26 de septiembre de 2021

La muchedumbre solitaria

Las imágenes, en streaming, de críos que trataban de llegar a nado, agotados, solos y hambrientos, a la playa El Tarajal de Ceuta, huyendo de la falta de futuro, reviven el ‘mito de la multitud solitaria’ que inauguró Baudelaire (“El veneno del poder enerva al déspota”), desgalichado poeta francés, de mirada triste y acusadora.

Antes de que los Beatles sacaran su Eleanor Rigby, preguntándose “adónde va toda esa gente solitaria”; David Riesman “continuador de la temática orteguiana”, había publicado La muchedumbre solitaria.

La metáfora de la soledad, fenómeno creciente en nuestras sociedades, da título a la obra del sociólogo estadounidense, hasta convertirse en lugar común de la sociología y la cultura popular, al describir las nuevas realidades y ansiedades urbanas. El conformismo que impera en la sociedad actual, objeto de estudio por Riesman, donde los individuos buscan la aprobación de sus vecinos y temen quedar al margen de su comunidad, se ha convertido en tópico para referirse a la alienación del individuo en la sociedad contemporánea.

La vuelta de los centinelas a sus puestos fronterizos, tras las fiestas del final del Ramadán, coincidió con el comienzo de una tregua, pasajera, que ponía fin a la utilización engañosa por desaprensivos sin escrúpulos, de los más indefensos, como fuerza de choque y arma política.

Tras pindonguear por las calles, dando vueltas sin saber qué hacer y buscando qué comer y dónde dormir (estanterías metálicas y cajeros automáticos), se abrió la valla para el ‘rechazo en frontera’, eufemismo sorprendente de ‘devolución en caliente’, con los padres buscando a sus hijos tras una aventura fallida.

En su día, la que fue primera ministra de Israel, Golda Meir, dijo que la guerra con los palestinos se acabaría el día en que demostraran tener más amor por sus hijos que odio por los israelíes. No le faltaba razón.

Tiempo después, persisten conductas impías que la comunidad occidental rechaza (con la boca pequeña) que implica a menores, en Gaza como escudos humanos y en Ceuta como sostén de exigencias políticas.

España es el primer proveedor y cliente de Marruecos. Y el tercer inversor (con 652 empresas españolas). Pero los contenciosos siguen siendo los mismos: el Sáhara; Ceuta, desde 1580 española, y Melilla; y, más recientemente, incursiones en Canarias.

En un país donde la “monarquía no puede ser sometida a valoración” y la clase política ha sido educada en la reverencia, las torpezas diplomáticas por parte española han irritado al Majzén, la élite dirigente del país en torno al jefe de los creyentes. La existencia de un poder fáctico, arcaico y hermético, y un casting con escasa sustancia democrática –familia y allegados, terratenientes, hombres de negocios, líderes tribales, altos mandos militares– es, para algunos, una rémora que impide el funcionamiento efectivo de las instituciones, mientras para otros es un factor de estabilidad, al estar enraizado con la historia y las características sociales de Marruecos.

El reconocimiento de la “soberanía” marroquí sobre el antiguo Sáhara español, a cambio de normalizar relaciones con Israel, que el desvanecido Donald Trump, en su hora veinticinco, hizo sin encomendarse a nadie, tiene secuelas: Marruecos se ha insolentado, la Casa Blanca se encuentra con un hecho consumado de difícil reversión, y el Gobierno de la antigua potencia colonial ha ido sor-

teando las pretensiones del socio de coalición que reclama la libre determinación, lo que llevó a Rabat a posponer la Reunión de Alto Nivel (RAN) con España.

El socio norteamericano que no puede titubear en su fidelidad a Marruecos, único clavo ardiendo en el Magreb, ni disimular su tibieza con España, a pesar de las bases; se ha mostrado neutral en la crisis, repicando aquella penosa calificación para el intento de golpe militar el 23F: “asunto interno”.

Temeraria hospitalidad

La temeraria hospitalidad, advertida por el ministro del Interior, al mayor enemigo de Marruecos, presidente de la denominada República Árabe Saharaui Democrática (que España nunca ha reconocido), ha sido el reclinatorio utilizado para la querella sustanciada en un acto de fuerza destinado a mostrar la debilidad de España, en la defensa de las que fueron plazas de soberanía (Ceuta y Melilla), pretensión intermitente del Majzen. Con recado añadido a la Unión Europea, al poner de relieve la vulnerabilidad de nuestro confort occidental.

De ahí deriva una cuestión: ¿Quién tuvo conocimiento de la alteración de un pasaporte diplomático, para facilitar la entrada secreta al líder del Frente Polisario? ¿A cambio de qué? El Ejecutivo lo desmiente: “No llegó a España con pasaporte falso, aunque sí utilizó otra identidad en el hospital donde permanece ingresado, sin que mediase ninguna intervención por parte de las autoridades”. Las realidades sobreviven al conflicto: de momento, 30 millones de euros. El reconocimiento explícito de la causa desencadenante: “¿qué esperaba España de Marruecos, cuando vio a su vecino albergando a un responsable que tomó las armas contra el reino?” Y la retirada –mientras dure la colisión– de la embajadora marroquí, que ha avisado del empeoramiento de las cosas si se vuelve a actuar con “opacidad” y el líder saharaui no comparece en la Audiencia Nacional.

El cierre por Marruecos, en 2018, del tráfico de mercancías desde Melilla, no fue objetado por el Gobierno español, lo que debió interpretarse como una debilidad. Ahora, en momento de extrema gravedad, acertó el presidente Sánchez, plantándose en las plazas de soberanía con una sobria declaración: “Mi prioridad en este momento es devolver la normalidad a Ceuta. Sus ciudadanos y ciudadanas deben saber que cuentan con el apoyo absoluto del Gobierno de España y la máxima firmeza para velar por su seguridad y defender su integridad como parte del país ante cualquier desafío”.

En Ceuta y en Gaza, la suerte –trazada desde el exterior– de niños y adolescentes, evidencia una situación de extrema vulnerabilidad y el extravío en una masa anónima que les hace perder su individualidad. La debilidad moral no es rescatar a los niños de la multitud agonizante y mostrarse incapaz de darles una vida. Es no admitirlo.

Cientos de jóvenes y menores, realojados en una nave industrial con baños rotos, esperan iniciar una nueva vida en algún lugar de la Unión Europea, que tendrá que hacer algo más que declaraciones para proteger sus fronteras, al tiempo que contiene los apremios de Turquía y Marruecos.

En el aire, un interrogante: ¿Por qué el jefe del Estado no ha intercedido ante su homólogo alauí, para reconducir la situación? El Gobierno ha utilizado un argumento sorprendente para explicar el rechazo a implicar al rey de España en la crisis “al tratarse de una ‘cuestión política’ que no se corresponde con sus funciones”. El papel del monarca ha consistido, precisamente, en ayudar, bajo la dirección del Gobierno, a resolver problemas de Estado. ¿Desde cuándo no es así?

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