Aunque parezca extravagante o posiblemente, obsoleto, el hombre de nuestros días está fuertemente amenazado por el relativismo que le socava; o por la deshumanización palpable o indisposición a la vida; e incluso, por el atropello insistente de la dignidad inviolable de todo ser humano; pero, muy especialmente, se encuentra intimidado por la deformación o ataques continuos o enmascarados contra el matrimonio de un hombre y una mujer, o lo que es igual, la familia; esa, que es la célula vital de la sociedad y el patrimonio de la humanidad.

Repercutiendo como no podía ser de otra manera, en la integridad constitutiva del ser humano y desacreditando las oportunidades sociales en el desarrollo pleno y enteramente humano de su personalidad.

Hoy por hoy, la institución familiar se ha erigido en el blanco perfecto de la antítesis: por un lado, es la institución social mejor valorada; pero, por otro, está siendo zarandeada en sus cimientos básicos por arduos chantajes. Queda claro, que la familia está sumida en una encrucijada de complejos inconvenientes, al mismo tiempo, que soporta arremetidas de gran calado.

Con lo cual, la familia, en paralelo con la defensa de la vida, debería ser la primera prioridad, porque en el devenir del hombre, tanto en las satisfacciones como angustias, lo más categórico es la familia. Aquella, en la que se nos reconoce, respeta y valora; toda vez, que es el complemento perfecto para madurar y aprender a intuir el misterio de la vida, ahondando en las debilidades y fortalezas para ser personas.

Así, la familia, como santuario del amor y de la vida, prevalece para que cada individuo pueda ser amado, cultivándose en entregarse y amar. Por eso, la familia y más en concreto, el matrimonio, esto es, la alianza firme e indisoluble de un hombre y una mujer, es imprescindible para que la persona se adentre en la autenticidad de su ser.

Pero, el escenario real en el que naufraga la familia es tan peligroso y adquiere tales derroteros para el acontecer de la aldea global, que podría considerarse que la supervivencia, como su apoyo y reconocimiento, es la principal y más apremiante cuestión que nos atañe.

En el instante que se arremete o menoscaba a la familia, se depravan los vínculos humanos más sagrados; además, la historia particular de hombres y mujeres se abarrota de amargura y desaliento, proyectándose una apesadumbrada sombra de aislamiento y desafecto en esa vida colectiva. En definitiva, se hace añicos lo más esencial desde que se instituyó y se quiebra lo más elemental del bien común.

Con estas connotaciones preliminares, que ni mucho menos pretenden ser alarmistas, pero sí, visibilizar los hechos que se constatan en torno a la primera comunidad de vida y amor, cual es, la familia, Dios propuso que Jesucristo naciera en el seno de una familia constituida por José y María. Acogiéndolo con deleite, sencillez y humildad, hasta suscitar las mejores virtudes domésticas que deben presidir en el hogar.

La Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret que la Iglesia conmemora dentro de la Octava de Navidad, evidencia que para los cristianos no es únicamente una realidad cultural, social y antropológica, por encima de todo, es una certeza teológica. Es decir, concierne al trazado que Dios ha previsto para los hombres en la Tierra, paradigma de una escuela de santidad, donde José, María y Jesús hacen la voluntad del Padre y viven exclusivamente para Dios. Esta es la lección magistral que nos transmiten.

Porque, la Sagrada Familia es la fuente de la espiritualidad para toda familia humana y de la Iglesia. En otras palabras, es la Familia de las familias de Dios.

Si acaso, el surtidor de la vida, incluso cuando el acogimiento de la misma puede implicar un entorpecimiento, no nos es lícito cerrarnos a ella.

La Iglesia, que es una madre que nos protege y ampara, en su misión de la evangelización, nos la muestra no simplemente para que la miremos y reproduzcamos en virtudes, sino para que la santidad de Dios: Uno y Trino que florece en la Familia de Nazaret, colme los corazones y las mentes de todas y cada una de las familias del mundo.

Haciendo una reseña sucinta a la festividad de la Sagrada Familia de Nazaret, es en la segunda mitad del siglo XIX, cuando en el viejo continente alcanza un empuje prodigioso. Los papas percibieron en ella un medio oportuno para la recreación de la vida cristiana y resolutivamente acabaron impulsándola.

El Papa León XIII (1810-1903) en su breve apostólico Neminem Fugit de fecha 14/VI/1892, presentó los fundamentos teologales y la importancia piadosa del fervor a la Sagrada Familia, instituyendo su celebración en las semanas sucesivas a la solemnidad de la Navidad. Administrativamente, en el año 1893 se encuadró en la Liturgia Católica, con el propósito que las familias tuvieran un referente en el que sostenerse, para resistir la descomposición familiar y la pérdida de sentido y valores producidos por las mutaciones sociales y económicas de la época.

Su Santidad pretendía transferir un espejo evangélico de vida, bondades hogareñas y de unión en el amor, para que inmediatamente a las pruebas de esta vida, las familias cristianas pudieran complacerse en el cielo de la absoluta compañía de Dios y de la Sagrada Familia de Nazaret.

Si el Hijo de Dios nació y vivió en una familia, era sencillamente para consagrar la morada natural y hacer de ella una ruta que le reportara a Dios. Porque, ante todo, la familia es el recinto idóneo donde se ilumina y desentraña la vida humana. Y Jesús, pasó la mayor parte de su relato en la estancia patriarcal.

Reflexionando en el contexto y proceder en el que hubo de desenvolverse la Sagrada Familia de Nazaret, no es difícil entrever los enormes obstáculos que tuvieron que afrontar José y María, para asumir el misterio de la vida que se generaba en la matriz de la Virgen.

María declaró “Sí” a la concepción que Dios le indicó, aun siendo consecuente de los quebraderos que le ocasionaría a José. Experimentando la inquietud por su contrayente, pero creyendo que Dios que había encendido aquella vida, se encargaría de alentarla.

José, hombre justo, no queriéndola traicionar al evidenciar los signos de su embarazo, optó por repudiarla en lo oculto. Nada más tomar aquella decisión, como lo describe el Santo Evangelio de San Mateo 1, 20-21, se le apareció el Ángel del Señor en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Era indiscutible que José y María aceptaron la vida como un don de Dios y la salvaguardaron en la fe. Precisamente, esta apertura es la expresión primera y central de la Sagrada Familia de Nazaret, mostrándola como ejemplo primoroso a la vista de todos. No bastaba con admitir y dar a luz la vida, mismamente, se requería que esta familia se plasmase como escuela y santuario en la que el Niño se cultivara en el amor y respeto de los valores humanos y piadosos. Es en este exponente, donde ambos consortes son un patrón resplandeciente para Jesús.

Por lo tanto, en este techo de Nazaret Jesús aprendió a hablar e implorar con la oración y, paulatinamente, a desenvolverse en la Sinagoga con sus padres. Enseñándoles a apasionarse en la recitación de los salmos, e incluso, le adoctrinaron en la escucha de la palabra de los profetas, esa que tras ser proclamada cada domingo se hace presente en la Iglesia.

La Santa Iglesia nos exhorta a que distingamos en la Sagrada Familia la suma de muchas virtudes, pudiéndonos interpelar: ¿Qué se nos sugiere descubrir en el pesebre ocupado por José, María y el Niño de Dios?

La justificación que es una certeza, y por ende, una verdad de fe revelada, inmutable e indiscutible, estriba en que no es una familia más, porque los miembros que la integran esconden un misterio insondable e incomprensible: el arcano absoluto de Dios Uno y Trino que se desenmascara en Ella y por Ella.

Reconociéndose en la fe, que todo lo que confluye en esta Familia es santo: José, es padre adoptivo y casto; María, es la Virgen Santísima y Madre de Dios; y Jesús, es el Hijo de Dios. Conteniendo la santidad, pureza y perfección del Ser divino; es como si Dios pretendiera darse a saborear en este intrascendente grupo humano.

Deducción que se extrae de las frases de Su Santidad el Papa Juan Pablo II (1920-2005), al hacer alusión a la Sagrada Familia “Trinidad terrena”, pero, no lo hace en sentido alegórico, sino, porque verdaderamente Dios Uno y Trino, se manifiesta de diversas maneras en y a través de Ella.

Primero, Dios hace partícipe de esta paternidad a José, otorgándole la gentileza de un lazo adoptivo y espiritual en su Hijo eterno; segundo, en María mora el Espíritu Santo; y, tercero, el Niño Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo.

Un padre, una Madre y un Hijo, en la que lo humano se glorifica y, simultáneamente, se transforma en irradiación de lo divino, porque es la Primera Iglesia doméstica, germen y embrión de la Iglesia Universal: José y María ofrecen a su Hijo Jesús como Pan bajado del cielo y Cordero del sacrificio, que posteriormente, habrá de consagrarse en la cruz para la salvación del mundo y sacramentalmente en la eucaristía.

Jesús, Pan de Vida eterna que brota del seno de María, así es como trasciende del seno de la Iglesia el Pan de Vida eterna, en Jesús sacramento.

Llegados hasta aquí, la familia de Jesús se enraizó en Nazaret, un pequeño pueblecito sin apenas popularidad. Expresar la terminología “nazareno” se asemejaba a declarar “un nadie”. Igualmente, “nazareno” evoca el voto “nazareo”, que es una persona sagrada. Dichos denominadores se superponen en el talante de Jesús: el “nadie” que nos repuso al sentido de la vida y el “sagrado”, que cargó con nuestras culpas para retornarnos a la libertad y a la dignidad humana.

La presencia de Jesús en Nazaret le concedió una fisonomía propia: El Nazareno.

La Sagrada Familia de Nazaret nos proporcionó a un Jesús próximo y no pocas veces riguroso. Facilitándonos a un Nazareno que nos subrayó la condición humana de Dios y nos propuso vivir sin temores en el modo inefable que llevamos inherente.

Un espacio de crecimiento peculiar para Jesús y María y, a la par, para José que prosperaba en su itinerario de fe, profundizando íntimamente en la trascendencia de las circunstancias que le rodearon. Los lances de la vida quedaron posicionados en la Providencia de Dios, haciendo de Él su tesoro más preciado.

He aquí, a esta Familia llana, pobre e inadvertida en la que se fragua el más grande  de los pronunciamientos habidos de la Historia Mundial: sus valores se enaltecen y expanden. Donde, todo es sin límites y en total consonancia con el Amor de Dios; a pesar de existir coyunturas que no llegan a descifrar, pero, que asumen amorosamente. Sin darse cuenta, esta es la Casa de la Trinidad: Jesús se somete entrañablemente al trato con sus padres, José y María y a otra relación con el Padre del cielo, Dios.

Comprendiendo con finura el alcance de una disciplina espiritual en la paz, meditación e interioridad, estando dispuesto a la escucha permanente de las inspiraciones y doctrina de los maestros: sus padres. En una pedagogía de amor santificado e inviolable y bondadoso e irreemplazable que es su enseñanza, y lo primordial e inconmensurable que es su ministerio en la vertiente social, porque, análogamente, comenzaría a dar aliento y fortaleza a quiénes le siguen.

El evangelista San Lucas en su capítulo 2, versículos del 22 al 40, nos contextualiza a José y María que parten hacia Jerusalén, para cumplir con los ritos establecidos en su cultura y con los que se dedica a Dios el varón primogénito. Todo parecía marchar con normalidad, hasta que un hombre entrado en años y de procedencia modesta, Simeón, se percató que algo extraordinario estaba sucediendo, lo que instintivamente le llevó a bendecir y dar gracias a Dios por ser testigo de la aparición del Salvador.

Jesús de infante, junto a sus padres que lo conducen y orientan concienzudamente, es trasladado al Templo, despuntando como luz que esclarece el camino, fuego que depura los razonamientos y llama que acrisola los designios.

Este impulso y vivacidad que surten de este Hijo, estremece al viejo Simeón que con las exiguas energías que le quedan, clama que ya puede descansar en el lecho definitivo, porque sus ojos han divisado la salvación.

A partir de la Presentación de Jesús en el templo y a la edad de doce años, centellea otra virtud puesta de realce de forma paradójica. Jesús sigue en el templo, entre tanto, sus padres lo buscan afligidos y cuando lo descubren aflora la réplica inesperada de Jesús Niño: “Y ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”.

Inicialmente, la contestación parece estar fuera de lugar, de hecho sus padres “no comprendieron la respuesta que les dio”. Con todo, Jesús quiso transmitirle que el apego a ellos estaba supeditado a su correlación con el Padre, porque Él provenía de la voluntad de Dios y por encima de las ataduras familiares, estaba Dios.

A pesar de todo, “bajó con ellos y vino a Nazaret y vivía sujetos a ellos”.

Jesús, Hijo de Dios, se entregó de lleno a sus garantes, respetándolos como ningún otro, pero, también, le expuso el valor preponderante de Dios; porque, cuando Dios llama, no pueden interponerse los nudos afectivos de la familia.

Luego, Jesús honró a sus padres en el amor y la observancia de sumisión filial y misericordiosa, no inducida por el recelo, sino desde la mesura y la generosidad que enarbola el amor de hijo y no el amor de extraño.

Mientras, José y María le amaron inmensamente y le respetaron en sus numerosas decisiones, aunque en un mar de veces no las entendieron. Por eso, el Santo Evangelio nos corrobora que “su madre conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Y, por si fuera poco, en 1990, el Papa Juan Pablo II con motivo del Encuentro con las Familias en Chihuahua, México, selló con su predicación que “la familia es la primera comunidad de vida y amor, el primer ambiente donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no sólo por otras personas, sino también y ante todo por Dios”.

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Recuérdese al respecto, que la salvación del mundo se satisfizo gracias a la magnanimidad de la Sagrada Familia, porque entre la globalización y la mundialización que oscilan vertiginosamente, el destino de los pueblos y naciones pasa por el tratamiento que le concedamos a la más importante célula de la sociedad encarnada en la familia.

Hoy, no tendrían que omitirse las complejidades internas y externas en la familia que se convierten en ingentes desafíos, estando al orden del día las aflicciones de índole laboral y económicas; o los enfoques discordantes en la educación de los hijos, derivados de patrones formativos dispares en los padres; o los tiempos a penas inapreciables para el diálogo y el descanso; o los componentes disgregadores como el divorcio y el incremento alarmante de la praxis abortiva.

Del mismo modo, los individualismos, ingratitudes y egocentrismos acarrean erróneas visiones a la hora de distinguir a los hijos como meros objetos de propiedad privada; o la intemperancia adscrita a la violencia; o cualquier tipo de abusos, el consumo de alcohol y drogas, la pornografía y otras infinidades de fórmulas malévolas en la dependencia sexual, que hieren a la familia.

Este sería a groso modo, el rostro de la familia que lagrimea, sorprendentemente, invocada a ser comunión inseparable de vida y de amor fundado en el sacramento del matrimonio, abiertos los esponsales al don de la vida humana y a esa atracción que perdura por siempre.

La ejemplarización de la Sagrada Familia de Nazaret: José, María y Jesús, nos colma de anhelo en un infinito traspasado, como la Virgen María lo sería por la espada del dolor en las relaciones familiares.

Consecuentemente, el Mesías prometido por Dios, no podía nacer alejado ni distante de la Sagrada Familia de Nazaret, creciendo en sabiduría procedente de Dios, su Padre, con la intersección del Espíritu Santo. Fusionados ontológicamente en el amor, por lo que esta Familia posee la misma esencia divina en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu.

Si, tal vez, al leer este pasaje nuestra pobreza sea entender la riqueza que destila esta Familia, quiénes la hilvanan: José, María y Jesús nos invitan a crecer en humildad, edad y gracia, abrazando el lote hermoso que nos ha tocado según el Plan de Dios.

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