Las vidas que el virus no podrá borrar
© Foto: National Geographic de fecha 30/VI/2020

Las vidas que el virus no podrá borrar

Al margen de las desangeladas estadísticas en la cuantificación de óbitos habidos en España por la pandemia del SARS-CoV-2 que estamos padeciendo, existen personas con nombres y apellidos y un relato memorable al que le acompaña una biografía que merece ser evocada en el Patio de la Armería del Palacio Real.

Muchos familiares de los difuntos en un mar de consternación, no han podido darles si quiera, el definitivo adiós y el postrero abrazo, como consecuencia de las restricciones sanitarias aplicadas para detener la propagación. Sus seres queridos, abrumados por las sombrías circunstancias a llorarlos en soledad, les queda el bálsamo de la memoria indeleble. Sumándonos a este duelo para aliviarlos en un homenaje a los compatriotas que el virus nos ha arrebatado.

Hoy, el propósito legítimo de este reconocimiento es doble: que los finados no se queden en una mera cantidad, o en un dígito que agigante el registro de uno de los más apesadumbrados recuentos de la historia reciente de este país; y, por otro, que la sociedad en su conjunto se sume a este dolor, arropando a los allegados de las víctimas y contando con el afecto y la condolencia de sus conciudadanos.

Son por miles las almas esperanzadas que nos escrutan desde el cielo y nos evocan a un pretérito que permanece vivo entre nosotros: hombres y mujeres de distintas edades, procedencias y de toda índole que han perecido directamente o han sido sospechosas de padecer el coronavirus, pero, sobre todo, el patógeno se ha cebado con el colectivo más vulnerable, nuestros mayores.

No olvidemos de estos trechos brumosos, que se nos despojó de cualquier resquicio en ver plasmado algún rito social en torno a la agonía final: las horas angustiosas del velatorio, recibir abrazos de pésame o el sepelio e incineración con los parientes.

Por lo tanto, no se trata únicamente de lo que se genera detrás de la muerte, sino antes. Todas y todos, tenemos derecho a sentirnos asistidos por alguien de nuestro entorno afectivo; además, de ser prevenidos que nos apagamos y que las personas más cercanas conozcan cómo nos encontramos, no estando aislados y ni mucho menos, sin las condiciones paliativas mínimas.

Cuando no se produce una defunción en las realidades que creemos dignas, también le sustraemos valor a las vidas de esas personas. Una cuestión que, hoy por hoy, en mayor o menor intensidad, percibimos en los planteamientos que desvalorizan el sentir de los fallecidos.

Es más, en infinidad de oportunidades hemos podido escuchar máximas como: ¡Ah, pero tenía patologías previas!, o ¡es que ya tenía 85 años! Adentrarnos en el inmenso calvario que ha aglutinado el escenario epidemiológico, como otorgarles el lugar que merecen y reivindicar que nunca más vuelva a repetirse, forma parte de la compleja labor que es asumir socialmente el suplicio ante la muerte y reparar la pérdida súbita.

Una tarea que no puede desunirse del deber de hallar una narrativa consonante para este tormento, porque actúa en los marcos mentales y de valor, que engrandecen o desestiman las vidas de las víctimas y, que, en definitiva, aportan o ciegan la concordia y la comprensión de los demás.

Lo que aquí subyace es la evocación y el abatimiento: el daño, la pena y la rabia contenida. Es así como tintinea esta melodía dramática. Todo combinado en un caleidoscopio emocional que es la lava del luto individual y colectivo: con ese tiento suave de vuestras manos, la mirada compasiva que transfiere la distancia, la fragancia de los cabellos y la enseñanza imperecedera que nos habéis transmitido.

Ahora nos queda la humanidad en el recuerdo y las lágrimas derramadas, con el lamento conjugado del porqué os habéis marchado inesperadamente. De ahí, que para hacer frente a un duelo de estas peculiaridades, primeramente, es preciso aceptar la coyuntura de la verdad.

En otras palabras: la severidad sobrecogedora y el desierto de los datos constatados y los que aún permanecen en el anonimato, con el riesgo que jamás salgan a la luz. Como, del mismo modo, no debería exceptuarse la dimensión religiosa que, sobre todo, en su vertiente católica, comparten la amplia mayoría de los afectados.

Antes de este matiz, queda otro que es indiscutible: la imposibilidad orgánica de sostener el proceso homeostático y su dignidad, más cuando se ha originado un aluvión de contextos traumáticos en los momentos concluyentes de estas personas, por la incomunicación afrontada antes del tránsito final.

La primera expresión de reflexión, irreparablemente, pasa por conocer nominalmente a todos los extintos por el COVID-19. Desde entonces, luctuosamente debemos referirnos a 28.420 decesos y a un volumen de infectados de 260.255 en el cómputo general de España. De alguna manera, la epidemia ha trazado una línea equidistante entre todos.

Visto desde otro prisma, en las dos caras de una misma moneda, figurarían aquellos para quienes el coronavirus sigue siendo un desafío en toda regla, resultándonos más o menos, temible y soporífero, pero sin comprometernos a un estropicio en los quehaceres cotidianos, al que en alguna ocasión retornaremos a la normalidad. Y esta situación nos hace bromear sobre las adversidades de amoldarnos a medios desconocidos, aunque sea para conservar el estado anímico en lo más alto.

Inversamente, en la otra cara, brillan como luceros en el firmamento, las personas que atrozmente la afección se ha llevaba en cuestión de horas; con el añadido del desgarro emocional para los más próximos a los restos mortales, ante unas honras fúnebres que prácticamente no existieron.

Obviamente, sin posibilidad de redimir su existencia anterior a lo que estaría por sobrevenir, se sienten aprisionados en un sueño tenebroso y tétrico: condenados a no intercambiar unas últimas palabras o miradas cómplices y, sin el desahogo del llanto y los abrazos compartidos.

Con estos mimbres, este pasaje pretende hacer un reconocimiento especial a todos los que se han ausentado para siempre, acompañando en el espíritu a sus familiares, y para quienes esta calamidad no es exclusivamente una materia de números vacíos con nombres que sin clemencia deshumanizan un drama.

Suele afirmarse que cuando anhelamos mirar atrás, estamos haciendo memoria. El término concreta un aspecto indispensable en la naturaleza de los recuerdos: su constante necesidad de preservarlo. La memoria, valga la redundancia, es un edificio común en el que es imperativo combatir contra el tiempo que transita inexorable; confiriendo la voz a los que quisieron poner rostro al sufrimiento resistido.

Esta crisis epidemiológica nos ha dejado recónditas cicatrices y ha socavado la topografía nacional de oquedades que los recuerdos están prestos a rellenar. Según las deducciones preliminares del primer registro clínico nacional multicéntrico, sobre este padecimiento que ha materializado la Sociedad Española de Medicina Interna, por sus siglas, SEMI, uno de cada tres enfermos hospitalizados por el SARS.CoV-2, desarrolló importantes dificultades respiratorias y uno de cada cinco, finalmente murió.

Estamos refiriéndonos a un estudio que refunde antecedentes de 12.213 individuos dados de alta o fallecidos y en el que han colaborado 604 analistas de 146 centros sanitarios de las Comunidades Autónomas.

La investigación ratifica, como se había hecho ostensible, que la amenaza del virus está vinculada con las franjas de edad: más de la mitad de los excesos de mortandad se produjeron entre las personas de más de 90 años; asimismo, el 42,5% entre los mayores de 80 y un 25%, abarcaría el percentil encajado entre los 50 y 59 años.

Habitualmente estos pacientes recibieron tratamiento con varios fármacos antivirales, especialmente, la hidroxicloroquina, un principio activo antimalárico o antipalúdico que, tras diversas pruebas impulsadas por la Organización Mundial de la Salud, OMS, se ha prescrito que su uso no es recomendable, por detectarse una acentuación de la mortalidad.

Ya, entre el 26 de marzo y el 9 de abril, respectivamente, los hospitales españoles entraron en estado de shock y las Unidades de Cuidados Intensivos, UCIS, pasaron de asistir a 3.679 contagiados graves, a atender el doble: 7.069 el día 7, porque el Ministerio de Sanidad no ofreció ese dato los días 8, 9 y 10.

La escasez de conjuntos tecnológicos apropiados o de especialistas, con el precedente de estar infectados o en cuarentena un número considerable, forzó a poner en práctica el triaje, trillaje o cribado, como protocolo de intervención que es un método de selección y clasificación; lo semejante a determinar quién podía o no recibir cuidado ultraespecializado en estado crítico, en atención a las posibilidades de sobrevivir.

Precisamente, en esos intervalos aciagos y con la alerta general, el Ministerio de Sanidad comenzó a obtener equipos básicos para la atención de los enfermos, fundamentalmente, componentes de ventilación mecánica denominados respiradores. Para ello, requirió la ayuda del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria, INGESA, un organismo nada curtido en la negociación de los mercados internacionales y, por lo que se ha podido comprobar, a penas seguro en la selección de aparatos para la asistencia de los intensivistas, anestesiólogos y enfermeras especializadas a cargo de unidades de críticos u otros servicios similares.

De los mecanismos recibidos, escasamente unos pocos fueron efectivos para su empleo en las UCIS. Los restantes, configuraron un mero trámite o registraron subidas de presión imprevistas, o apenas precisos u ofrecieron mala ventilación, o sencillamente eran ineficaces.

Esta sería la síntesis de las adquisiciones que se realizaron en coyunturas puntuales con la irrupción del COVID-19.

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© Foto: National Geographic de fecha 30/VI/2020, la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor

Actualmente, las cifras nos muestran que España es uno de los lugares del mundo donde el coronavirus ha golpeado con más virulencia, pero cuando nos referimos a los sentimientos que nos embargan, los dígitos no dicen la veracidad.

Detrás de la casuística irresuelta en las descriptivas oficiales, queda un llanto; o un hueco ahogado en las entrañas; o tal vez, una aflicción que rubrica la nostalgia de una vida en quienes la compartieron.

Ellas y Ellos, no estaban presentes en los aplausos de las ventanas y balcones, pero sí en la vanguardia desafiando la pandemia. Indiscutiblemente, me refiero a los profesionales que dispusieron barreras de protección para asegurar las vidas de cristal en los centros de personas mayores. De hecho, les punza que se ponga en entela de juicio el ejercicio de sus funciones.

Sin duda, estos recintos que custodian el oro más preciado que disponemos, nuestros mayores, han sobrellevado al patógeno de manera acusada. Enzarzándose despiadadamente como si del ojo de un huracán se tratase, al dejar a su paso miles de víctimas mortales con historias de angustia y espanto inenarrables; pero, sobre todo, sensaciones de aislamiento e ingratitud difícilmente explicable, si no se siente en primera persona.

En el punto más culminante epidemiológico, los gerocultores no solo se toparon con el acceso a los hospitales cerrados para los ancianos, conjuntamente, a todo el sector profesional se le culpabilizó de falta de diligencia, atribuyéndosele una actuación sanitaria que no le incumbía, ni tenía capacidad para desempeñarla. En estos espacios neurálgicos, personas anónimas se han dejado como diríamos vulgarmente la piel, hasta ser presas del virus. Ayudando a los más frágiles e insistiendo por encumbrar una sólida muralla que contrarrestase al bicho.

Armándose de paciencia, sobrellevando un estrés paralizante, tomando difíciles decisiones, dando la cara ante el pánico de los residentes y pensando en los demás, antes que en uno mismo.

Han sido semanas de sobresaltos constantes, en los que el SARS-CoV-2 se expandía con una tendencia vertiginosa, casi imparable. Si en los prolegómenos de los coletazos más virulentos estas estancias recibían luz verde de los hospitales, éstos, a su vez, seguían con un dramatismo descomunal en luz roja.

Es innegable que nos abruman los 19.634 muertos que a día de hoy se han producido en las 5.457 residencias públicas, concertadas o privadas de ancianos, pero, aún más nos duele, la falta de reconocimiento que adultera el pésame.

Sin embargo, la narración factual de la desdicha motivada por la nueva cepa y las prevenciones acordadas, cobran protagonismo en las recriminaciones de los geriátricos. Al acusarlos de preparar protocolos que salpicaban a algunos hospitales, rechazando a pacientes dependientes y con discapacidad. O lo que es lo mismo: homicidio imprudente, denegación de auxilio y prevaricación.

Calificándose de improcedente la secuenciación que compuso la Consejería de Sanidad al comienzo de la crisis sanitaria, para relegar a ciertos enfermos con grandes dependencias y eludir el colapso de ingresos.

Consecuentemente, como si una espada les atravesara el alma, todos, sin excepción,se han ganado la dicha de perpetuar e inmortalizar a los suyos, rindiéndoles su respeto con la distinción que perdieron: la dignidad. Por eso, concedemos la palabra a quiénes pueden reflejar las lagunas que subyacen tras la partida de estas personas y que estuvieron sometidas nada más y nada menos, que en una encrucijada. Entre algunos Nombres Propios que nos dejan este ‘In Memoriam’ inacabable, figuran el de Amparo, o Daniel, Gabriel, Olga o Ana…, que percibieron el pálpito y la huella imborrable de sus vidas. Nadie mejor que Ellas y Ellos para donarnos el legado que les honra.

En estas últimas semanas hemos conocido con sabor agridulce, desde familiares, amigos y compañeros de los difuntos, autobiografías, reseñas y anécdotas desde los amplísimos rincones y cobijos de la geografía española.

Contemplar uno por uno los rostros que hermosean su semblanza, es empinarse a la fosa que enmascara esta ingrata enfermedad y sumergirse en sus obituarios, nos ilumina a abrazar la crudeza y el rigor de los instantes sobrellevados. Muchas de estas descripciones son tan refinadas y elegantes, que sabedoras del alcance de la batalla final que habrían de encarar, tenían conciencia plena que no dispondrían de un último apoyo tan crucial en su despedida.

Ciertamente, lo vivido en estas fechas, podría estimarse como una singularidad existencial, aunque en ocasiones haya podido parecer una pesadilla: la inmensa mayoría de los familiares dolientes, no tuvieron posibilidad humana de volver a reencontrase con los suyos; en un abrir y cerrar de ojos se encontraron con un trance, al que ni tan siquiera se surcó el velatorio para directamente transitar al camposanto.

Mismamente, se rotulan segundos eternos, mensajes de amor y muestras de admiración y cariño con significaciones de intenso valor y sacrificio, condicionado por un adversario implacable e intangible como el coronavirus.

Incluso, han subsistido choques infernales por denominarlos de algún modo, como la de aquellos pacientes que superando una hemiplejia e infarto cerebral, no consiguió prosperar en otro duro combate al que le aguardaba el COVID-19. Lógicamente, se resalta la tristeza entremezclada con centelleos de luz, que tuvieron la virtud de hacer felices a quienes en un santiamén la vida se les apagó.

En esta mañana consagrada del 16 de junio con una brisa excelsa, rosas blancas comienzas a poblar la base del pebetero, cuya llama destila las vidas truncadas que no desaparecerán; si bien, el tiempo imperturbable ha querido pasar sus páginas de largo, Ellas y Ellos, siempre estarán con nosotros.

Análogamente, su impacto persistirá durante generaciones completas y se harán palpitantes en cada una de las nuevas hojas que habrán de escribirse en el dietario ilustre de España.

Mientras perseveramos los que continuamos sanos, debemos conjurarnos con las víctimas que de repente se hallaron ante la intemperie más cruenta de la muerte. De la desesperanza y desolación, sobresale la fortaleza, gracias a la solidaridad fusionada, la investigación que no cesa y al empeño decidido sin límites, de los que se exponen por los demás.

Este empuje, coraje y aliento que sobreviene de lo individual a lo colectivo, es la simbiosis ideal que podemos implementar para los conciudadanos que tan inhumanamente se nos han ido, reposen en armonía.

Finalmente, rehenes de un torbellino repentino en una aldea global desolada por el desconcierto unitario de un virus conocido como el SARS-CoV-2, rendimos tributo y ofrecimiento a Ellas y Ellos, donde se delatan hechos intransferibles que atesoran un pasado dispuesto a ser aclarado.

¡Descansen todos en paz y brille la luz para siempre, con la seguridad que quienes le seguimos y confiamos, sabremos con la ayuda de Dios, si llegara el caso, dar continuidad a su encomiable ejemplo!