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OPINIÓN

Los sentimientos de culpa

Se puede ser bueno pero no excepcional, rayando con el genio, nunca se llegará, pero ello no nos debe defraudar, ni preocupar, ni frustrar, pues estando dentro de la media, ya es mucho, y sobre todo cuando se van cumpliendo años y confundimos el depósito del líquido del limpiaparabrisas con el depósito del líquido de frenos; pero son despistes que no nos deben producir sentimiento de culpa porque avanzar en la edad implica mermar las facultades, que, por otra parte es un logro y un contento que pasemos de los setenta. Nunca debemos tener sentimiento de culpa por no ser mejores, o por haber hecho algo mal, sino por lo que no hicimos.

El origen del sentimiento de culpa se instaura en el ser desde nuestra infancia. Cuando nuestros padres pensaban que éramos uno genios, los mejores y más listos, y nos quedamos sin realizar sus sueños, los sueños de ellos, que no eran los nuestros. Porque, por lo normal, al menos en mi generación, no había diálogo con nuestros padres, sino el ordeno y mando, y una «galleta» si venía al caso. Cuando pasan los años, uno se siente, innecesariamente, un podo frustrado, y para curar ese sentimiento, necesitamos un diálogo interno sanador que nos será positivo o muy positivo, como una forma de restaurar aquellas heridas que nos produjeron ciertas enojosas situaciones.

Si el sentimiento de culpa fuera muy fuerte y constante, por algo que va contra nuestra conciencia, la persona debe recordar lo positivo y no lo negativo. Nuestra formación personal está compuesta por retazos, pero nunca se deben convertir en flagelos, daños, en víctima o, por el contrario, verdugos de otros o de nosotros mismos, por la autoinculpación, muchas veces erróneas o innecesarias. Por mucho que te flageles, te castigues o te pongas cilicios de penitencia, no vas a conseguir purificarte como hacían los frailes antiguamente. A Dios le da igual si te castigas o no. Por lo tanto, el método más acertado es el examen de conciencias.

Quizá debemos hacer las cosas diferentes, desde otro punto de vista, como las veía Pablo Picasso “Todo acto de creación es ante todo un acto de destrucción”. Para empezar con algo nuevo, debemos acabar con lo viejo, el pasado puede ser un gran obstáculo. El sentimiento de culpa nos ayuda a aprender de nosotros mismos, de actos o situaciones que hayan resultado perjudiciales y que no queremos repetir, no queremos caer en los mismos errores, no en la tentación. Sería una forma de aprender, porque nadie nace sabiendo. En nuestras vidas experimentamos sensaciones de todo tipo a través de las situaciones que vivimos, experiencias, a veces buscadas y otras por negligencia, o porque no sabemos. Cuando nos liberamos de una culpa nos producen bienestar y placer, es agradable recibir recompensas. Por ello, una de las frases que más nos pueden complacer es del de «Te perdono», cuando se te perdona, te sientes liberado. En la oración del Padrenuestro o Padre nuestro (las dos formas son correctas), oración cristiana por excelencia, hay unos versos que dicen: «perdona nuestras ofensas/como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» Porque el perdón es una gran liberación de la culpa.

Nadie se libra de haber experimentado esta sensación de culpa, alguna vez, porque el ser humano es imperfecto, la perfección puede ser destructiva. Si lo pensamos bien, muchas de las frases que recibimos en los primeros años de vida pretendían, sobre todo, controlar nuestro comportamiento. Proyectando un sentimiento de culpa: «eso que acabas de hacer está muy mal, deberías avergonzarte de ello» o «si eres malo me vas a dar un disgusto de muerte». Así, el niño y niña se sentirán culpables innecesariamente. La culpa no es camino educativo, sino que es el ejemplo el que educa. Porque en lugar de una persona autónoma, estamos construyendo las bases de una persona insegura, temerosa y dubitativa.

La culpa es, ante todo, una emoción. Y podría acarrear depresiones o ansiedad. No es una forma de educación, sino de control represivo, una especie de tortura psíquica. Esta emoción que surge tras un comportamiento, una situación de la que nos creemos responsables o, incluso, proyecciones que nuestros padres pudieron dirigir sobre nosotros en el pasado, impacta en uno mismo de diversos modos. Generamos un malestar tan inútil como innecesario en las personas que nos rodean o que conviven con nosotros, y se podría proyectar a amigos o incluso a vecinos, que no nos aludan como una forma de castigarnos por algo que a ellos no les gusta. Se supone que a nadie le gusta ser su propio verdugo, sin embargo en gran parte de los casos acabamos siéndolo de nosotros mismos. Estas acciones mentales son las que pueden alimentar en mayor medida nuestros sentimientos de culpa.

Los pensamientos no se van a erradicar solos, no se olvidan a nuestro antojo, por lo tanto, una de las soluciones podría ser el enfrentamiento para que nos aclaren qué problemas tienen con nosotros, podría tratarse de un malentendido, que al guardar silencio se agrava. Somos complejos y por lo tanto humanos, que conlleva una serie de imperfecciones, hábitos y comportamientos.

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