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9 de agosto de 2022

El Monárquico

La Revista Digital de la HNME

Lucus Augusti

3 minutos de lectura

En mi universo infantil quedan las noches en la casa familiar en Marentes, Ibias, en Asturias, muy cerca de la raya con Lugo. Tierra de transición entre dos viejas lenguas, aunque no tan potentes como el castellano. Allí hablan en “fala”, lo que los lingüistas llaman astur-galaico y al que los políticos asturianos denominan ahora eonaviego, en un alarde defensivo que evite las connotaciones gallegas, aunque por el mismo precio podrían haberle llamado interflumen, por aquello de las raíces romanas, y hubiesen quedado mejor.

En aquellas noches, a la luz de los candiles, pues no había otra iluminación posible, oía contar historias de tierras viejas, de tierras olvidadas y duras para el campesino. Contaban como las muchachas de la familia madrugaban cada semana para, por las sendas y caminos de la montaña, llevar bajo la luz de las estrellas sus modestos productos al mercado de Fonsagrada, entonces una modesta villa hoy más conocida por ser fin de etapa del Camino primitivo y desde hace mucho tiempo por preparar el mejor pulpo a feira de Galicia.

En aquellas noches Lugo quedaba muy lejos, sonaba como si fuese una gran y lejana capital, y, al contrario que Fonsagrada, nunca tuve ocasión de visitarla. Hasta este pasado sábado que una reunión de compañeros me llevó hasta sus murallas para recordar viejos tiempos y comer el pulpo con cachelos. Una gran oportunidad para un gran descubrimiento.

Los amigos estaban más viejos, como yo, pero igual de animosos que hace 40 años, cuando nos iniciamos en Zaragoza; el pulpo, entre viejas historias y canciones, impecable, pero el primado sigue siendo para el de la Fonsagrada; pero Lugo fue un sorprendente hallazgo. Sus murallas romanas, impecables y completas con sus dos milenios a la espalda, por donde disfrutan los amantes de la carrera continua, esos que ahora se hacen llamar runners;  son el engarce para una coqueta ciudad llena de plazas recoletas, calles estrechas y bien empedradas con un vivaz tejido comercial en el que las terrazas de sus bares y cafeterías parecen primar sobre el resto de actividades.

Llama la atención el gran número y calidad de las tiendas de confección y calzado que se refleja en la elegancia de sus gentes. También sus tiendas de comestibles de donde me traigo un fabuloso botelo para degustar en el abrigo de la Gijón,  aunque la mayor joya sin duda es la catedral, diferente a casi todas las que había visitado antes, que son muchas. Casi todas imponentes, diseñadas para recordar al creyente su insignificancia ante el poder de Dios, siempre me han parecido un poco frías, seguramente debido a sus impresionantes volúmenes. No es el caso en Lugo.

La Catedral, de factura románica en su mayor parte, es diferente. Sus dimensiones son más humanas, y el hecho de tener el coro en medio de la nave central hace que todo vaya ofreciéndose como en capítulos. Son muchos los detalles artísticos que uno va tropezándose, pero es quizás la capilla y Virgen de los ojos grandes la que más impacta. Sin duda una obra maestra de la imaginería española pero, además, absolutamente diferente a todo lo que conocía. Un alarde de imaginación y ocupación del espacio de su capilla con su ubicación en el centro de la misma y sus elaborados brazos aéreos apoyados en los pilares de la misma.

No es de extrañar pues, que pese a no ser horario de culto, la Catedral estuviese con gran número de fieles en su interior ya que, con independencia de su función religiosa, se trata de un espacio francamente acogedor en todos los sentidos. Tiene Lugo motivos para otra visita que complete la de esta jornada, habrá que buscar la oportunidad.

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