Vivimos unos tiempos en los que estamos encadenados a una rueda que gira sin parar, no va por la pandemia del covid-19 sino porque cada vez más asumimos más trabajos y compromisos. Esta rueda es la sociedad en la que vivimos, tal vez sin elegirla, pero es lo que tenemos, es la realidad cotidiana, que no es ni mucho menos perfecta, sino imperfecta compuesta de remiendo. Tal vez te guste la vida del ermitaño, la del fraile misionero, o la de quien vive bucólicamente alejada en el campo en su cortijo y con su huerta ecológica propia de subsistencia. Por el contrario, el resto de los trabajadores no tenemos más remedio en integrarnos en la sociedad en la que vivimos y adquirir nuevas responsabilidades. En esta sociedad se puede ser un miembro activo o pasivo, es cuestión de elección, pero pienso que la pasividad debe ser aburrida. Los que nos consideramos activos estamos siempre metidos en proyectos, visualizando una idea antes de ejecutarla. Los jóvenes inventan cosas o participan o se apuntan a partidos políticos, a asociaciones como voluntarios, sería lo que llamamos la «sociedad juvenil participativa».

La responsabilidad se empieza a aprender desde la infancia como, por ejemplo, cuanto te regalan una mascota, de la especie que sea, y el niño/a se ha de encargar de su alimentación y cuidado aleatorios, o te regalan una bicicleta, de la que tienes que ser responsable en cuidarla como algo tuyo y aprender a conducir y a respetar las normas de tráfico, en definitiva, a ser responsable de nuestros actos. Se aprende a ser responsable cuando se aprende a ser respetuoso con las normas generales de convivencia y con las personas, a acatar las normas y códigos de conducta. Esto se ve por ejemplo al cruzar un paso con semáforo, existe siempre algún indisciplinado que cruza en rojo, esto son síntomas de rebeldía y se dicen «Las normas no se han hecho para mí». Es como el conductor que se para en el rojo por si hay un guardia, no porque ha de pararse. 

Los alumnos se portan en las escuelas como se portan en el seno familiar, ellos son espejo de sus padres o tutores. Antiguamente se criticaba la autoridad de los maestros y profesores que usaban la regla o palmatoria disciplinaria, no era más que un sistema de imponer autoridad brutal –en mis años juveniles probé más de una vez la regla–, para que el alumno aprendiera a obedecer y a respetar a los maestros y profesores, sin preocuparles mucho si aprendían o no. Lo importante, entonces, en mis años de alumno, era obedecer y respetar la autoridad del maestro, y forzar nuestra voluntad rebelde a prestar atención, a ser hombres de bien. Una de las cualidades humanas que se aprende es la de prestar atención para aprender o intentar aprender. Lo que también llevaba a una gran tasa de fracaso escolar, porque lo que buscaban los padres era que aprendieras las cuatro reglas y ponerte a trabajar. Pero, sin duda alguna, aprendías a ser responsable, porque ser responsable es distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, y actuar en conciencia, entre otros asuntos, como el de estar callado cuando los mayores hablan, o habla un maestro, profesor o un conferenciante.

A los hijos de ciertas burguesías se le mandaba a colegios internos, o a ciertas clases aristocráticas dominantes se les ponían preceptores para que no se contaminaran de tanta obediencia y sumisión, es decir que se les preparaba para mandar, para ser aristócratas o príncipes, para ser líderes. Era la idea de la insociabilidad para mandar sobre los obreros como una masa de borregos. Esta idea de la enseñanza restringida desaparece cuando te das cuenta de que estaban educando a un monstruo insociable y peligroso, hasta el punto de ser irresponsable controlarlo. De los colegios públicos se pasó a los colegios y universidades privadas, que es donde siempre han estudiado las élites sociales, las clases más altas, contra lo que luchó el comunismo y la socialdemocracia del S. XIX, la desaparición de las clases, que aún siguen y es evidente que persisten. Al desaparecer las clases, el marxismo no tiene razón de existir, que quiere pobres o renta mínima, pero no burguesía.

Por ello, una de las zonas de éxito que debemos aprender es a respetar con responsabilidad, es decir, hasta donde se pueda y sea menester, porque no se puede ser siempre una obediente acémila con orejeras tirando de la almijara o palo del molino o una noria. A veces, el individuo ha de rebelarse y protestar, y contradecir o rebatir, pero hasta ciertos límites que impone la cultura y los modos, porque contra la responsabilidad de hacer está la paralizante obcecación de un ego que quizás no te lleve a obtener beneficios materiales o personales, lo que se llama ahora «intereses particulares». 

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