El preámbulo de un Nuevo Mundo en el imaginario de la Humanidad, hasta entonces evidenciado en los límites más ignotos de la Tierra, conjeturaría un cambio de paradigma que del cosmos asumía el hombre renacentista.

Y es que, allende a los exiguos espacios marítimos, el océano se hacía enigmático e incógnito, donde supersticiones y proclamas lo habitaban de animales ilusorios y encolerizados que custodiaban aquellos mares tétricos en su aura de leyenda.

Quiebra de convencionalismos y quimeras, o paso de la tradición y creencia astrológica a la ciencia astronómica; o más bien, la doctrina y estudio de la alquimia a la disciplina química, van a ser los rasgos de esta etapa resplandeciente traducida en hechos concretos derivados de las raíces espirituales del Renacimiento (1300-1600); una de cuyas más poderosas fuerzas motoras estribó en el impacto de las relaciones internacionales y en el ámbito social y político.

Sin lugar a dudas, la ciencia y la técnica de aquel momento tan básicas como limitadas, van a ser empleadas por los descubridores de nuevas rutas y otros mundos; como, igualmente, les parecería fuera de lugar a las generaciones venideras, las hipótesis físicas que emplean los profesionales de hoy para el procesamiento de datos. Inexcusablemente, esta disparidad entre la minucia de los medios y la magnificencia de los resultados obtenidos, hace sobresalir con más asombroso realce la magnitud de quiénes consiguieron lo que aquí se pretende retratar.  

Así, durante el siglo XV (1401-1500) los reinos hispanos de Portugal y Castilla serían los apoderados de desenmascarar los arcanos del Océano Atlántico, en esos tiempos más conocido como Mar Océana o Mar Tenebroso, en el que la creación se encontraba reducida a tan solo tres continentes: Europa, Asia y África.

El Descubrimiento de América presumió un antes y un después en la trayectoria de la Edad Media (476 d. C. – 1492), al poner en comunicación dos circunspectos continentes hasta entonces ajenos.

Como no podía ser de otra manera, de repente, la patria ibérica se forjó de puente entre la vieja Europa y un continente remoto e inconcebible, con una topografía exuberante y grupos humanos pródigos e inéditos. América no era una tierra despoblada, porque vivían desde tribus errantes hasta grupos humanos con sus peculiaridades definitorias como los mayas, mexicas o incas.

La disposición previa de numerosos hábitos, como costumbres, ideas y culturas, ha servido de estímulo para debatir hasta qué punto el término ‘Descubrimiento de América’, hace justicia a la misma Historia.

Por eso, dependiendo de la nación y sistema ideológico, este Día memorable suele encuadrarse en algunas claves, entre otras al ‘Día de la raza’; o al ‘Encuentro entre dos mundos’; ‘Día de Colón’; ‘Día de las Américas’; ‘Día de la identidad y la diversidad cultural’; ‘Día de la descolonización’: ‘Día del respeto y la diversidad cultural’; ‘Día de la resistencia indígena’; ‘Día de las culturas’ o ‘Día de la diversidad’.

En definitiva, cada gobierno ha retratado este insólito episodio como mejor ha estimado oportuno, en atención al alcance y las consecuencias que ello presumió.

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Con estos mimbres se abre uno de los más complejos capítulos de una gesta que quinientos veintisiete años más tarde, nos recuerda que los pilares que concebimos como inamovibles, probablemente, se sesguen un poco.

No lejos de esta realidad, el denominado ‘Nuevo Mundo’ implicaría a la flamante colectividad moderna y a sus muchos desplazamientos de exploración con los pueblos primitivos de América, para dar por despuntado un imperio colonial que perduraría durante siglos.

Cabiendo añadir, aunque resulte incómodo aludirlo, que la recalada de los europeos en estas recónditas tierras, entrevió un colapso demográfico de la población nativa, debido fundamentalmente a los genocidios que se perpetraron.

Sin obviarse, la irrupción de varios padecimientos epidemiológicos, que como es fundado suponer, en aquellos trechos, los naturales de las zonas no poseían defensas biológicas.

Por tanto, comencemos, pues, en este pasaje, la nada fácil obra de historiar abreviadamente la gestación de una empresa ultramarina, que se lanzó a una aventura de gran envergadura; que a fin de cuentas, nos remite a tan magno acontecimiento del Descubrimiento de América, donde indudablemente el mundo se concebiría de manera muy distinta.

Si bien, con anterioridad a que el Océano Atlántico abriera sus puertas a lo que estaría por llegar, era consabido desde el punto de vista ilustrado, que la Tierra era redonda. Tal afirmación, no toleraba discusión alguna, ni entre los especialistas o admiradores de la misma geografía, astronomía o cosmografía.

A pesar de ello, conocer la conformación del globo terrestre, su asignación de tierras y mares, además de las dimensiones y distancias de las grandes masas de agua y continentes, pedía a gritos la usanza y automatismos de los grandes exploradores españoles y portugueses. Con esta traza, dos conjuntos de bienes materiales con patrones, herramientas y tradiciones completamente desiguales (Europa y América o América y Europa), se desenvolvieron cada una por distintos derroteros hasta que la providencia quiso que coincidieran.

Mientras, el Viejo Mundo merodeaba otros puntos cardinales de encuentro con los sentidos puestos en Oriente y ambicionando sus fortunas; entretanto, el Nuevo Mundo concurría inadvertido por las civilizaciones de Europa, Asia y África; hasta que un genovés, navegante y cartógrafo, don Cristóbal Colón (1451-1506), Cristoforo Colombo en italiano o Christophrorus Columbus en latín, buscando Oriente alcanzó Occidente, abriendo un camino que estaba predestinado a cambiar el orden mundial.

Ni los intelectuales del lugar o los marineros impertérritos imaginarían, aquella inmensa prolongación de la ‘Terra Incógnita’, ni la imprevisible grandiosidad del Océano Pacífico. Ese iba a ser el hallazgo científico que se acometió aquel día célebre del 12 de octubre de 1492. Puesto, que no solo se abría el frontispicio de un continente oculto, sino que asimismo, la antigua esfera terráquea se había ensanchado, poco más o menos, al doble del volumen que se le atribuía.

Emplazándome en este fascinante escenario, el siglo XV conocido como el ‘Siglo de las Innovaciones’, los ponientes y levantes que hinchaban las velas de las naves emprendiéndolas hacia lejanías inciertas, desenmascaró el capitalismo mercantil en la indagación de itinerarios comerciales en dirección a las Indias y Asia, para mercadear especias y sederías, más preciadas que el oro.

De hecho, originado por los conflictos del Imperio Bizantino, definitivamente acabaría desplomándose con la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453; vicisitud, que paralizó el comercio entre Europa y las Indias por el Mediterráneo.

De esta forma, los europeos occidentales no tuvieron más remedio que indagar otros recorridos alternativos por Asia, inducidos para dar continuidad a las operaciones mercantiles visiblemente intermitentes. Una centuria inmersa en un período de arduos, pero, acompasados progresos en las pesquisas del mundo, infundidos por las nuevas invenciones como la imprenta, los avances en los métodos metalúrgicos o de los telares, otorgaron mejoras sustanciales a la economía.

Análogamente, el impulso de la industria naviera, sector esencial para la comercialización, al ser el principal vehículo, se vio ampliamente favorecido por la producción de otros modelos de flotas: más consistentes, superiores en cuanto a su capacidad, mejor acondicionadas a la singladura trasatlántica de altura afrontando amplias etapas y con comida y provisiones proporcionadas a la tripulación.

Todo ello, combinado con los adelantos geográficos, cartográficos y científicos, ofrecieron la coyuntura perfecta para sondear lugares inconcebibles. Al mismo tiempo, el cabotaje era un aprovechamiento claramente burgués, que gradualmente ilustró su carácter antifeudal a las expediciones innovadoras.

A ello hay que añadir, la ambición de las metrópolis europeas por amplificar la fe católica a otras partes del planeta, propagando el evangelio a otras regiones mediante la evangelización.

Producto de estas incursiones, se produjo la invasión castellana de las Islas Canarias, que empezó por la Isla de Lanzarote en 1402 y se consumó con la adquisición de Tenerife en 1496.

En este contexto, Colón expuso al soberano de la Corona de Portugal don Juan II (1455-1495), un proyecto buscando financiación para alcanzar las Indias desde el Oeste. Siendo la respuesta censurada, porque sus marinos lusitanos estaban consiguiendo importantes mejoras en los periplos de las costas africanas. Un trayecto más llevadero, que una travesía surcando el misterioso e inhóspito abismo del océano.  

Sopesando reflexivamente el plan de Colón, era temerario. Es más, los supuestos defendidos se fundamentaban en rutas que salían desde las Islas Canarias, calculando que al persistir en la misma latitud, quizás, podría tocar la Isla de Cipango, hoy Japón. Una cuestión que los portugueses no estaban dispuestos a aceptar, porque si la iniciativa resultaba favorable, dicho itinerario debía ser compartido con la Corona de Castilla y el Reino de Portugal no estaba por la labor de desistir a esta exclusividad.

Es a partir de este instante, cuando Colón que ya había permanecido al servicio del rey luso, plantea a los Reyes Católicos don Fernando II de Aragón (1452-1516) e Isabel I de Castilla (1451-1504) la propuesta que a posteriori aceptarían; con la premisa, que los soberanos de la Corona de Aragón y de la Corona de Castilla estaban por detrás con respecto a los portugueses, en su competitividad por ganar lo antes posible las Indias.

Es así, como finalmente los Reinos de Castilla y Aragón acuerdan abogar por este designio, una vez integrado y con la aportación económica de los Soberanos, Colón zarpó del Puerto de Palos el día 3 de agosto de 1492 con tres embarcaciones, ‘La Santa María’, la mayor y las menores ‘La Pinta’ y ‘La Niña’.

Eso sí, con siete años de demora en lo acordado, porque hasta entonces, el objetivo castellano había pasado por desalojar a los musulmanes de España.  

La circunstancia comercial que estaba acaeciendo, desencadenó que esta tentativa se convirtiera en lógico interés económico, ya que el negocio europeo con Extremo Oriente establecido en el intercambio de especias y géneros de lujo, era extremadamente productivo. Y, por si fuera poco, la compraventa en Oriente Medio se materializaba por tierra con la supervisión de los árabes.

Sin soslayar, como se ha indicado, que Portugal llevaba años tratando de dar con una vía marítima a la India, circunvalando las costas africanas; operación que don Vasco Da Gama (1460 o 1469-1524) consiguió en 1498.

Era evidente, que los viajes marítimos que llevaron a la situación Este para rebasar el Océano Índico, sirvieron de inspiración a otros marineros, que vieron luz verde a la hora de plantarse en la demarcación de Asia Oriental para derivar en el Oeste.

Es preciso poner en antecedente, que Colón preconizaba a capa y espada, la hipótesis que el diámetro de la Tierra era tan pequeño que podía llegar a Asia transitando desde Europa a poniente.

Paulatinamente, la aspiración de Colón se consideró novedosa, haciéndose popular entre la mayoría de los cartógrafos y marinos de la época; hasta contemplarse como una elección válida para el trazado de las especias. Tanto fue así, que el propio genovés temió que le aventajasen a la hora de atravesar el Atlántico.

Según y cómo, algunos navegantes conocedores de la circunvalación atlántica, pudieron advertir a Colón de la presencia de islotes que dejaran hacer escala en la navegación transoceánica; e incluso, que puntualmente tuvieran alguna referencia en la concreción de tierras por rastrear al otro lado de las aguas.

Llegado a este intervalo del texto, a principios de octubre de 1492, comenzaron a distinguirse las primeras bandadas de aves; ya en aquella noche imperecedera del 11 al 12, la nao Santa María se sobresaltó al escuchar repentinamente la exclamación de ¡Tierra a la vista! Era verdad, por vez primera, estas tierras incógnitas y anónimas, estaban siendo avistadas por aquellos esforzados y valerosos marineros capitaneados por Colón.

La certeza de otros dominios que sucesivamente irían surgiendo, comenzó por la Isla de Guanahaní, llamada por el almirante como San Salvador e identificada con la que actualmente es Watling; una de las setecientas islas que posee la Mancomunidad de las Bahamas, que es uno de los trece países que forman la América Insular, Antillas o Islas del Caribe.

Consecutivamente, el navegante prosiguió su peregrinaje por las demás islas de este archipiélago, como Santa María de la Concepción o Fernandina, Isabela, etc., hasta fondear el día 28 de octubre en Juana, lo que hoy es la República de Cuba; designación que le concedió en deferencia al príncipe don Juan, futuro heredero de la Corona. Más adelante, el 6 de diciembre compareció ante la Isla de La Española, que hoy acoge a dos estados soberanos como la República Dominicana y Haití. Lamentablemente, en la jornada del 24, esta embarcación encalló en las proximidades del Cabo Haitien.

Curiosamente, los restos de este barco que segundos antes habían rubricado en sus crónicas aquel chirriar de la madera o los alborotos de los integrantes en ocupaciones de recoger anclas, o las mismas velas atormentadas por los fuertes vientos y el agua arrollando contra su casco, el destino lo predestinó para una última misión: sus traviesas, maderos, tablas y palos que habían bordeado las inmensidades de las aguas, serían ahora los hacedores de una pequeña fortificación llamada a convertirse en el primer asentamiento español en el Nuevo Mundo, que tras construirse con primor por lo que ello encarnaba, pasó a denominarse como mejor merecía: ‘Navidad’.

A partir de aquí, se sucedieron un sinnúmero de acciones dignas de rememorar, pero, que no es el caso de lo que se pretende abordar.

Recuérdese, que aquel grupo de marineros tenaces que abanderaron la concatenación de la Historia tras ver América, junto a quien sin tregua los gobernó por aguas colosales; ese hombre resuelto y audaz que en todo tiempo pergeñó su proyecto, Colón.

Tan cierto, que hasta su fallecimiento en 1506, estaría empujado a creer que las playas en las que había arribado pertenecían a Asia; sin ser consciente, que lo que apisonaba sus pies eran tierras americanas.

A renglón seguido de los cuatro viajes que cristalizó Colón por América Central, hubieron de añadirse otras partidas que comportaron múltiples hallazgos. Del proceso de conquista y colonización que ha legado su veracidad de lo acontecido, existen cientos de textos, escritos y citas de peso irrefutable.

Las informaciones y rumores sobre el Nuevo Mundo que corrió como la pólvora entre los contemporáneos, acabó por forjar un ideal de América que influyó en su resonancia internacional. Esta identidad estuvo asentada en el hecho de que España pretendió que esta tierra residiese como un deseo histórico predeterminado, cuyos lineamientos se dispusieron deliberadamente desde la nación.

Por consiguiente, el Descubrimiento de América, conjeturó el mayor de los ensanchamientos de las fronteras oceánicas de Europa y la finalización del aislamiento con Afroeurasia, considerado un ensamble tricontinental.

Poco a poco, se mostraría con más exactitud el nuevo mapa global, como el usufructo de la superficie americana, adquiriendo los espacios y explotándolos para la prosperidad del comercio europeo; aparte, del sometimiento de los pobladores amerindias al orden militar, político, religioso y cultural occidental; el esparcimiento mercantil del viejo continente; el establecimiento hegemónico de los países imperialistas como España, Portugal, Inglaterra, Francia y Holanda; pero, sobre todo, el amplio desenvolvimiento de la economía transatlántica e inauguración del proceso de globalización, aunque de manera incipiente.

Es decir, la integración del mundo en una narrativa Histórica Universal, donde no se ha minimizado los desenlaces sobrevenidos, pero si se ha maximizado su valor desde los tiempos transcurridos.

*Artículo editado en el Diario autonómico de Ceuta el 12-X-2019

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