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7 de octubre de 2022

El Monárquico

La Revista Digital de la HNME

Armas, sanciones, paciencia

5 minutos de lectura

En esta sucesiva prueba de voluntades en la que nos encontramos seis meses después de la invasión, está por ver quién puede ganar la guerra. Y, para ello, una pregunta urgente: ¿qué sería más útil para los ucranianos?

La respuesta podría ser: más armas -de aquellas que están funcionando-, más sanciones -cuyos efectos se están haciendo de rogar- y mucha paciencia.

El apoyo europeo debe alargar el plazo y Ucrania, que puede ganar esta disputa, seguir aportando razones para que el frío invierno no sea en vano. Para quienes piensan que es el momento de ayudar a Putin a llegar a un acuerdo, la cuestión sería: ¿quién se quebrará antes, Rusia bajo las sanciones occidentales o Ucrania bajo las bombas rusas?

Aunque vala la pena considerar cualquier solución a esta pavorosa guerra -excepto una que, de cualquier manera, recompense a Putin por su agresión-, ahora mismo las posibilidades de un acuerdo de paz negociado son escasas, ya que ambas partes siguen pensando que tienen más que ganar en el campo de batalla.

Como ocurrió con la repentina caída de la Unión Soviética, nadie puede predecir cuándo -llegado el caso- podría cambiar el apoyo con el que cuenta Putin, ahora susceptible de poderse truncar ante el anuncio de movilizar a unos 300.000 reservistas.

Aunque a los dictadores -que reprimen la disidencia sin piedad, si bien sobreviven a las catástrofes- no les va bien la incertidumbre, hay una razón poderosa por la que Putin -sabedor de que el pueblo ruso no quiere una guerra ancha y larga- quiere abrir otras vías para hacer frente a la contraofensiva ucraniana.

El reciente éxito de Ucrania, necesitada de mostrar progresos -para reforzar la moral en casa y con sus aliados- y demostrar que puede llegar a recuperar el territorio perdido, puede animar a los europeos a soportar sus propias cargas en esta guerra. La presión volverá a recaer sobre ellos para que mantengan las sanciones durante los meses por venir.

Reforzar la decaída opinión pública europea es una de las razones por las que Kiev puso en marcha la ofensiva en el sur que llevaba tiempo planeando. Otra razón poderosa tiene que ver con la voluntad rusa de incorporar las zonas del Mar Negro, lo que para el futuro de Ucrania resultaría mucho más amenazador que la anexión del Donbás.

La estrategia empleada -utilizando Himars y otras armas de ataque de precisión- ha ido dirigida a debilitar el mando y el control rusos, con el resultado conocido: recuperación de 8.000 kilómetros cuadrados que estaban en manos rusas; cancelación de oficiales de alto rango -coroneles y superiores- y el Kremlin obligado a ir moviendo su cuartel general para evitar los bombardeos.

Habida cuenta de que, cuando un ejército deja de creer en que puede ganar, a menudo pierde muy rápidamente. ¿Puede este avance agravar un descontento latente, desde antes de la guerra, en el seno del ejército ruso?

Referéndums de adhesión

La respuesta de Putin a los inesperados progresos de Ucrania no se ha hecho esperar. Junto a la llamada a filas y el endurecimiento de las penas de cárcel por actos cometidos en tiempo de guerra (rendición, deserción y saqueos), la urgente celebración, reeditando la maniobra de Crimea, de referéndums de adhesión en las áreas pro-rusas -Járkov, Donetsk y Jersón y Zaporiyi- para legitimar su inmediata afección a la Federación Rusa.

Y aquí vuelve a emerger, de nuevo, otra prueba de la voluntad con una preocupación decisiva: la eventual utilización de armas nucleares tácticas por parte de Rusia.

El corazón estratégico de esta guerra es, en definitiva, una batalla entre autocracias y democracias. Aunque a los misiles no les importa la nieve, cabe recordar las lecciones de historia de la catástrofe invernal de Napoleón en Rusia, relatada en Guerra y Paz.

Ante la proximidad del invierno severo, que siempre funciona a favor del defensor, en este caso Ucrania, ¿qué tareas se agolpan? La labor para Biden -el gran beneficiado- debería centrarse en utilizar todas las herramientas a su alcance para ayudar a Europa con sus problemas energéticos. Combatir las armas rusas -gas y petróleo- es una prioridad absoluta y debería prevalecer sobre otras preocupaciones.

Asimismo, Estado Unidos y la OTAN deberían empezar a hablar de cómo continuaría la lucha la próxima primavera, de cómo los pilotos ucranianos pasarían el invierno entrenando en nuevos aviones fabricados por Estado Unidos y otros países de la OTAN… y utilizando nuevos sistemas de armas.

Esa sería la mejor manera de demostrar que las democracias europeas han dado un paso delante en apoyo de Ucrania y están comprometidas en esta lucha hasta el final, lo que podría cambiar los cálculos de Rusia.

Lo cierto es que Putin, presionado por los sectores más radicales del Kremlin que le exigen una postura de fuerza, se encuentra en un escenario al que no quería llegar y que no controla. La historia ofrece muchos ejemplos de decisiones impopulares que acaban provocando el derrocamiento de los dirigentes que los toman.

Ante esta prueba incesante de voluntades, la respuesta de Occidente no puede ser otra que armas, sanciones… y sobretodo, mucha paciencia.

La ONU, que sólo puede ser tan eficaz como sus miembros quieran y le permitan, ya que no es un país soberano y no puede detener esta guerra de fondo debido al poder de veto de Rusia en el Consejo de Seguridad, está actuando esta vez con eficacia: negociando el acuerdo ha permitido la exportación de grano ucraniando desde Odessa y haciendo lo posible -hasta ahora sin éxito- para imponer cierta seguridad y controles en la central nuclear de Zaporiyia.

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