Curiosidades de linaje. Los doce leones de Úbeda

Año del Señor de 1344. Sitio de Algeciras contra los moros. Gobierna Castilla el Rey Don Alfonso XI.

Situación histórica:

Espacios políticos hacia el 1360. Tras las grandes conquistas del siglo XIII, Granada permaneció más de dos siglos como último territorio musulmán; quedando configurada la «España de los cinco reinos». La frontera con los moros se encontraba cerca de Úbeda (Jaén), por lo que sus habitantes estaban acostumbrados a guerrear.

A continuación, un artículo de Ramón Quesada en el que relata como epopeya la gesta de los “Doce leones”, desarrollada en 1344 en el sitio de Algeciras, y cuyo resultado originó que se colocaran en el escudo de Úbeda doce leones rampantes:

Cuando, el 23 de marzo de 1344, las huestes del Rey Don Alfonso XI ponían cerco a las tropas de la media luna en el sitio de Algeciras, el monarca se volvió hacia sus capitanes pidiendo doce voluntarios para enfrentarse a otros tantos moros que habían tenido la osadía de retar a los cristianos. Al instante, doce caballeros dieron un paso hacia delante y se ofrecieron al rey de Castilla. Los doce pertenecían al Concejo de Úbeda, integrado en los Concejos del Obispado de Jaén, y se llamaban:

1 – Diego López Dávalos, Alcayde de los Alcázares de Úbeda en 1379, hermano de antepasado directo,

2 – Gonzalo Hernández de Molina, procurador del concejo de Úbeda, antepasado directo,

3 – Gil Martínez de la Cueva, Señor de la casa de la Cueva, antepasado directo,

4 – Juan Alonso de Mercado,

5 – Juan Sánchez de la Trapera, antepasado directo,

6 – Diego Messía (de Molina), hermano de antepasado directo,

7 – Juan Sánchez de Aranda,

8 – Lope Rodríguez de los Cobos, Señor de la casa de los Cobos,

9 – Alonso Porcel, antepasado directo,

10 – Alonso Sanmartín y

11 – Benito Sánchez del Castillo.

12 – Pero Gil de Zático, posteriormente fue considerado traidor.

«Nos satisface y nos llena de orgullo ‑dijo el monarca a sus capitanes‑ que sean vuestras mercedes, nobles caballeros de Úbeda, los que de buen grado os brindéis para tan gran empresa. Noticias tengo de que los hombres del Santo Reino han dado siempre por Castilla y León lo mejor de ellos mismos. No me sorprende, pues, que este puñado de mis mejores capitanes sea nacido en la villa de Úbeda, tan conocida y tan querida por mis antecesores, que Dios perdone».

Los moros, henchidos de venganza, habían hecho bien las cosas. Una gran extensión de terreno, dividiendo unas y otras posiciones, estaba limpia de hierbas y rasa como la palma de la mano. En el centro y a todo lo largo, partiendo en dos mitades el campo donde había de celebrarse la justa, había sido levantada una cerca de trozos redondos de madera de pino, adornada con cintas de colores y guirnaldas de hierba entrelazadas.

Entrando en liza. Toda la parte derecha estaba ocupada por los árabes y naturales de Algeciras, atraídos por la noticia. La izquierda estaba reservada a los cristianos. El lado de Poniente estaba ocupado por los caballeros moros que iban a tomar parte en el torneo y el Saliente por los doce caballeros de Úbeda con escuderos, asistentes de campo y tropa con trompetas y tambores. La tarde, templada y primaveral, tenía un sol limpio que hacía refulgir las puntas de las lanzas, los escudos y las armaduras de caballeros y monturas. No corría apenas viento y las banderas y pendones caían desmayadamente, cubriendo las astas. Dadas ya las cinco de la tarde, todo estaba preparado para dar comienzo la lucha. Varios moros, montados en caballos de largas colas, recorrían el terreno blandiendo banderas verdes con la media luna, al parecer inspeccionando la explanada. Apenas se hubieron retirado, sonaron las trompetas árabes y un jinete se subió a la cabalgadura, aferrando con la mano derecha la lanza y con la izquierda un escudo redondo, pintarrajeado de muchos colores.

Contestaron las trompetas y los tambores cristianos y, en la parte alfonsina, se repitió la escena anterior. Se alzó de manos el caballo de don Diego López Dávalos pateando la tierra y, al sonar la señal de combate, los contendientes, cada uno en su posición, arremetieron uno contra otro en furia salvaje. Al cruzarse, el choque fue tremendo. El jinete árabe rozó con la lanza en ristre el escudo contrario; pero don Diego, más corpulento que su enemigo, propinó a este tan severo trallazo en pleno pecho que, herido de muerte, el moro cayó del caballo y agonizó antes de dar con sus huesos en el suelo. A continuación, don Diego le cortó la cabeza con el hacha.

En el primer empellón, don Juan Sánchez Trapera sólo pudo hacer tambalearse a su contrario. Pero, en el segundo, ambos cayeron a tierra y se entabló una feroz pelea a espada que costó una superficial herida al cristiano en el brazo.

 Escudo de don Juan Sánchez de la Trapera, según lo pintó Argote en 1588. Este linaje originó el dicho: “puñalada trapera” (1).

Después, el moro, al intentar levantar el brazo izquierdo para cubrirse con el escudo, sintió su estómago desgarrado por la espada de don Juan, que remató al agareno con un certero golpe de puñal para, a renglón seguido, cortarle la cabeza con la espada. La lid, entre otro caballero árabe y don Juan Alonso de Mercado, fue rápida. La lanza de este traspasó el costado del contrario y, antes de que el moro se diera cuenta, ya estaba mordiendo el suelo sin vida. Otra cabeza más para la colección. La lucha entre don Pero Gil de Zático y el gigantesco musulmán de enormes bigotes fue la más sobrecogedora hasta ahora. Don Pero, jugando con su oponente, como el gato con el ratón, mientras le dirigía palabras de burla, consiguió recorrer la explanada hasta tres veces, esquivando el cuerpo cada vez que el moro le enfilaba con la lanza. Tres carreras que resultaron fatales para el de la media luna, pues en cada una de ellas perdía algo, aparte de sus fuerzas. Fue primero el turbante, luego el escudo y, al final, la lanza, lo que le perdió. Quiso derribar a don Pero apeándose y desde el suelo; pero este, en el último de los recorridos del campo, le enristró clavándole la lanza en el cuello. Arrastrándose un gran trecho, le clavó, a continuación, la lanza hasta que esta se perdió por el perno. Se apeó don Pero, dio con el pie media vuelta al cadáver y le escupió en el rostro. Agarró la cabeza inerme y, de un solo tajo, la separó del cuerpo. Cogió con una mano las riendas del caballo; con la otra, la testa del moro por el cabello y se retiró. Esta acción provocó el enojo de los árabes, que le llamaron de mil formas y todas a cuál más hiriente. Don Diego Messía despachó a su rival de turno, a la primera de cambio. El moro, más joven que los otros que le habían precedido y con menos experiencia, arremetió alocadamente, abandonando la guardia, lo que aprovechó don Diego para atravesarle el abdomen. Cuando, de un certero golpe de espada, le separó la cabeza del tronco, aún tenía vida.

Escudo de don Diego de Mexia, según lo pintó Argote en 1588. Lo describe como tres fajas azules en campo de oro.

La peor suerte, aunque no funesta, la tuvo don Benito Sánchez del Castillo, que vio su pierna derecha traspasada por la alabarda enemiga y, a duras penas, tras un continuado forcejeo, pudo acabar con el de Mahoma, impedido por el dolor que sentía. Ambos en tierra y cojeando visiblemente el cristiano, manejando con esfuerzo la lanza, consiguió engañar al árabe asestándole tan fuerte palo en la cabeza que le hizo caer de bruces. Le puso el pie en el pecho y, mirando donde se encontraban los moros, hundió la lanza en el corazón del caído. Don Benito tuvo que ser retirado por las asistencias, pero llevaba bien clavada en la punta de su lanza la cabeza del berberisco.

Al tocar el turno a don Juan Sánchez de Aranda, ya los moros no estaban tan ufanos. La justa estaba mediada y seis cadáveres sin cabeza, allí cerca, daban fe de la superioridad cristiana con las armas. Los otros seis árabes, que esperaban la hora de su participación en la justa, se mostraban nerviosos y ello era otra baza a favor de los leales al rey don Alfonso.

Se arremetieron los beligerantes al galope de los corceles. Al cruzarse, el jinete agareno logró derribar al cristiano; más, con tan mala fortuna, que este, al caer, le asestó la lanza con fuerza y los dos rodaron por el suelo. Quiso clavar el moro, en el cuello de don Juan, su almavar; pero, al hacerlo, el ubetense hizo rodar su cuerpo y evitar así la acometida. Se incorporó, sacó la espada y asestó un golpe al árabe cortándole un brazo. Intentó huir como un cobarde, mas la espada de don Juan, lanzada hacia él, se introdujo en su espalda, derribándole. Se acercó a él y, limpiamente, le quitó la cabeza.

El islamita, que cayó en suerte a don Gil Martínez de la Cueva, entró en pelea con exageradas risotadas, posiblemente debidas a su tensión de nervios. Cantó al espolear al caballo y siguió haciéndolo mientras el capitán de don Alfonso le daba muerte. Y ocurrió que, engreído y ajeno a la gravedad del caso, prestó más atención a quienes le rodeaban que a su contrincante; así que a nadie sorprendió que, apenas mediada la explanada, cayera sobre la hierba segada, perforada la cabeza por el ojo derecho, como consecuencia de la lanzada asestada por don Gil. Y otra cabeza para la macabra colección.

Escudo de don Gil Martínez de la Cueva, según lo pintó Argote en 1588.

Por las 8 aspas de la bordura su antepasado directo participó en la conquista de Baeza en 1227. Don Gil fue quinto abuelo de don Beltrán de la Cueva, I duque de Alburquerque, uno de los personajes más importantes de su tiempo, por ser valido del Rey Don Enrique IV de Castilla.

El siguiente, un morisco vestido con estrafalaria elegancia a lomos de un caballo color de la nieve, no impresionó a don Alonso de Porcel, crecidas sus facultades por el resultado favorable de la justa. Sin embargo, y aparte de las apariencias, ni fue nada fácil a don Alonso desprenderse del moro. Luchó como un héroe; pero, poco inteligente ante la astucia del de Úbeda, fue vencido, pie a tierra, por tremendo hachazo en el hombro, que casi le partió en dos. No quiso morir así porque sí y maldijo al caballero cristiano escupiendo sangre. Esperó el ubetense a que agonizase y, de otro golpe de hacha, le arrebató la cabeza.

Escudo de don Alonso de Porcel, según lo pintó Argote en 1588.

La verdad es que don Pedro Rodríguez de los Cobos no se había visto en tal aprieto en su vida. Aceptó enfrentarse a “su moro”, porque aquel día, en la tienda del rey, la sangre le hirvió en las venas al saber que los árabes, envalentonados, no sólo tenían la plaza de Algeciras, sino que, por otro lado, osaban desafiarles de forma tan presuntuosa. No pudo contenerse y, por eso, alzó la voz ofreciéndose junto con los demás. No le pesaba; pero ahora que, sentado sobre el caballo, esperaba el toque de la dichosa trompeta para iniciarse la contienda, notaba en su interior algo desconocido que le asustaba. Agarró el escudo y la lanza, arreó al caballo y se fue impasible hacia la vida o… la muerte. Sintió, por última vez, el clarín; apreció, bajo sus pies, el tropel del rocín del moro y, como un muñeco manejado por hilos, apremió su cabalgadura sin precisar adónde iba.

De pronto, notó un golpe en el pecho, propinado por su propio escudo, al encontrarse con la lanza del caballero islamita. Y, a no ser por ello, seguro que ya estaría en el otro mundo. Pero el tremendo impacto, como un toque de aviso, le puso en razón. Se aferró a la lanza, se mordió los labios y, como el mismísimo demonio, propició al estupefacto agareno tal trastazo que este cayó de bruces, regando el piso con la sangre que manaba de la herida abierta debajo de la axila. Le cercenó la cabeza con enormes deseos de vomitar, pero… ¡había vencido!

Admitiendo que los dos caballeros cristianos que quedaban por luchar no tuvieran la fortuna que sus predecesores, ya la suerte para los moros estaba echada.

Otros dos para la docena. De diez justas, igual número de árabes habían mordido el polvo a manos de los del rey don Alfonso. Pero los agarenos no se entregaban y esperaban ‑por lo menos, en las dos últimas confrontaciones‑ salvar una relativa honra. Así que los dos moros que restaban, de acuerdo mutuo y salvándose las reglas establecidas de la caballería, salieron al mismo tiempo a la explanada, para hacer frente al cristiano de turno. Pero no hubo sorpresa. Los de la Cruz dejaron que los de la media luna recorrieran el campo a sus anchas. No salen a su encuentro y, cuando lo hacen, son don Gonzalo Hernández de Molina y don Alonso de Sanmartín quienes dan la cara a los dos sorprendidos sarracenos. Don Gonzalo, con un nuevo caballo, es un veterano curtido en mil peleas y no pasan cinco minutos antes de hacer morder la tierra a su adversario. Por su parte, don Alonso, escurridizo como la serpiente, origina en su adversario tan visible temor con sólo su mirada, que este le viene a las manos como un jilguero y no tiene nada más que, con toda facilidad, clavarle su puñal de puño dorado entre estómago y abdomen. Se dan la mano los dos compañeros y, con un ademán de victoria dirigido al grupo de moros que no salen de su asombro, seccionan las cabezas de las víctimas.

Escudo de don Gonzalo Hernández de Molina, según lo pintó Argote en 1588. Las 8 aspas de la bordura las ganó su bisabuelo don Pedro González de Molina “el desheredado” en la conquista de Baeza en 1227. Las tres lises son por descender de los Vizcondes de Narbona (2).

Retrato de don Francisco de los Cobos y Molina por Jan Gossaert, en 1530. Se encuentra en The Getty Center, Los Ángeles (3).

La liza había terminado y la gente comenzó a marcharse, elogiando la destreza de los caballeros cristianos. Los moros, no pudiendo ocultar la vergüenza de saberse vencidos y humillados, retiran los doce cadáveres decapitados de sus caballeros y desaparecen de la explanada, lanzando improperios y amenazas a los cristianos, que les regalan, a su vez, burlas y risas. Al regresar al campamento, el Rey Don Alfonso salió al encuentro de los doce héroes de Úbeda. Les abrazó uno por uno, llamándoles «Mis valientes», y dio las órdenes pertinentes para que los heridos recibieran cuidados médicos. En aquel momento, el caballero don Diego López de los Cobos se dirigió al monarca para decirle, al mismo tiempo que le ofrecía las doce cabezas de los moros vencidos:

—Aquí tenéis, majestad, vuestro trofeo. Ahora, en nombre de mis compañeros, solicito de vos la merced de que este hecho de armas sea señalado para eterna memoria y ejemplo en el escudo de armas de la noble villa de Úbeda.

—No sólo damos nuestro beneplácito, sino que, desde este momento, haremos todo lo posible para que así sea. No podía, nobles caballeros, ofrecer vuestra proeza mayor gloria a la ciudad de donde sois. Grabad con fibras de oro los doce leones, símbolo de tan valiosa gesta, en el pendón de tan leal villa. Ahora, quemad esas horribles cabezas o dadles sepultura, pues parece que me miran.

El resto de la tarde y parte de la noche fue dedicada, con grandes festejos, en honor de los caballeros que habían tomado parte en tan señalada hazaña. El pendón de Úbeda, a voluntad del rey, fue colocado durante dos días en lugar preferente, custodiado como la joya más preciada por los caballeros de los Concejos de Jaén, Sevilla, Córdoba, Jerez, Carmona, Arjona y Niebla. El día 27 de marzo de 1344, a cuatro de la gesta de los doce “Leones” de Úbeda, el Rey Don Alfonso XI aceptó la propuesta de los islamitas y tomó la plaza de Algeciras pacíficamente, después de llevar veinte meses de asedio. Al día siguiente, Domingo de Ramos, entró el monarca victorioso en la ciudad, colocando sobre su Mezquita la Cruz de Cristo. Úbeda recibió con gran alborozo a los doce caballeros, les agasajó y escribió en el libro de su historia esta gesta que, constantemente, nos recuerda nuestro escudo de armas ubetense.

Por Juan Adolfo Cerón.

Referencias:

– (1) La expresión “puñalada trapera” se origina en Úbeda. Dos familias pugnaban por controlar la zona, los Trapera y los Aranda. Durante una discusión, un Trapera apuñala a un Aranda en el Claro del Salvador. El Aranda, herido, se refugió en un templo de la ciudad que celebraba la eucaristía. El Trapera entró en la iglesia y delante del altar mayor le asestó la puñalada definitiva que acabó con su vida.

Personado en la ciudad el Adelantado de Andalucía Per Afán de Rivera, puso orden y una vez examinados los hechos, ajustició a varios de los Trapera, dejando relegado al olvido el apellido Trapera, sustituyéndolo por el de Alcázar, el cual sería el que llevarían a partir de ese momento los supervivientes y descendientes de éstos.

Refiere esta disputa entre bandos Argote de Molina en su Nobleza de Andaluzia, página 278.

– (2) Descendientes de la Casa de Manrique de Lara cuya genealogía demostrada se adentra en la alta edad media y emparentan con varios reyes de este periodo. También son los de este linaje descendientes directos de don Rodrigo Díaz de Vivar, “El Cid”, por parte de su hija doña Cristina Rodríguez, cuya nieta, la Infanta doña Sancha de Navarra, casó con el Conde don Pedro Manrique de Lara, XIII Vizconde de Narbona, II Señor de Molina y Mesa.

– (3) Foto de https://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_de_los_Cobos_y_MolinaDon Francisco de los Cobos y Molina (sobrino carnal de mi antepasado directo don Diego de Molina González, regidor de Úbeda), fue Secretario personal del Emperador Don Carlos V y de su hijo Don Felipe II, Comendador Mayor de León en la Orden de Santiago, y la persona más influyente en política interna española y en las relaciones internacionales de esa época. Don Francisco usa su escudo de los Cobos junto al de Molina en todas sus casas, palacios y castillos de Canena y de Torres, en Jaén. Su hijo don Diego de los Cobos y Mendoza, fue el primer marqués de Camarasa; y su hija doña María Sarmiento y Mendoza casó con don Gonzalo Fernández de Córdoba, “el Gran Capitán”.