Aún no hemos digerido en su plenitud el significado del término ‘pandemia’, desde la explosión de la bomba vírica llegada desde China, que por definición, es una crisis global que no dominaremos, sin un discernimiento político en clave internacional.

Y es que, nuestro memorable y admirable confinamiento, tan encomiado por la clase política, no valdrá de nada si no nos abrimos al resto del mundo, donde el patógeno continúa prosperando inexorable. Para todas y todos, la denominada ‘nueva normalidad’ entre comillas, nos ha reportado a hábitos inexplorados, como el distanciamiento social, o el uso obligatorio de las mascarillas e higiene permanente de las manos. Conductas en nuestro proceder que hemos interiorizado en su justa medida, para empequeñecer el impacto de este mortífero virus.

El Síndrome Respiratorio Agudo Severo Coronavirus-2 o SARS-CoV-2, es el nombre otorgado al nuevo coronavirus del pasado año. Precisamente, el 12 de agosto se cumplieron cinco meses desde que pasó a ser considerado como pandemia. La Organización Mundial de la Salud, por sus siglas, OMS, comunicaba la expansión general del virus: no nos quedó otra que confinarnos, la economía se detuvo y surgió el mayor de los trances sanitarios al que nos hemos enfrentado desde la Segunda Gran Guerra.

Por aquel entonces, desde su irrupción en un mercado de la Ciudad china de Wuhan, por doquier y sin pausa, el COVID-19 se ha ido ensanchando, permutando en los automatismos cotidianos y maneras de convivir de los habitantes de la Tierra.

Terminologías como el susodicho ‘confinamiento’, o ‘cuarentena’, ‘desescalada’, ‘brotes’, etc., son partes explícitas del día a día en sus diversas variantes con la cuantificación de infectados, recuperados y tristemente los excesos de mortalidad.

Hasta que no existan reseñas del descubrimiento de una vacuna, las reglas de juego serán destrezas de obligado cumplimiento en las que habrá que convivir con ellas. E incluso, algunas de estas es posible que permanezcan establecidas en las sociedades y contraídas como tareas rutinarias, como ya ocurrió con otras epidemias sobrevenidas que encaró el planeta.

Sin embargo, uno de los escenarios más espinosos en el combate a muerte contra el coronavirus, es su comportamiento impredecible. Inicialmente, calificado como un padecimiento que asaltaba el sistema respiratorio, valga la redundancia, ha hallado la fórmula de arremeter otros sistemas y órganos del cuerpo humano.

De hecho, naciones que emprendieron la reactivación económica, han tenido que reavivar pautas preventivas y de aislamiento para encarar la reaparición de los brotes epidemiológicos.

A día de hoy, la patología persiste embistiendo por los estados del globo y, aunque en sus prolegómenos adquirió especial virulencia en Italia y España, las demarcaciones mediterráneas han cedido su puesto a otros en este infausto ranking. Conforme lo transita acuciosamente, poco a poco, resurgen historias anónimas que exhiben lo heterogéneo de los episodios en las muchas superficies. Un problema apremiante para quiénes están desafiando la enfermedad vírica.

Sin duda, el territorio más vapuleado es Estados Unidos, que registra 5.439.661 contagiados y 170.913 finados. A su sombra está Brasil, que cuenta con más de 3.328.216 positivos y 105.791 decesos; e India con 2.525.144 infectados y 49.134 perecidos. En cuarto lugar se emplaza Rusia, que encarama sus guarismos hasta los 912.823 contaminados, aunque con 15.498 víctimas mortales.

Especialmente inquieta el entorno de Sudáfrica, el quinto más azotado, ratificando más de 572.865 casos positivos y 11.270 fallecidos. Estamos refiriéndonos al extremo más meridional del continente africano en entrar en este siniestro top 5 y, comprensiblemente, es un indicativo alarmante por la pobreza que subyace.

En su cuantificación sistémica, el universo sobrepasa los 20.995.929 enfermos por coronavirus y 741.723 óbitos. A nivel mundial, el SARS-CoV-2 parece encontrarse en una ligera fase de desaceleración, transitando de una media de 300.000 casos diarios a unos 280.000.

Teniendo en cuenta que los datos no siempre son confrontables por el procedimiento de confeccionar las estadísticas, y lo voluminosísimo de las discrepancias, invita a indagar disparidades en la praxis de la crisis sanitaria.

Ciertamente, se está cosechando una verdadera revivificación del patógeno como consecuencia de la relajación en las normas de distanciamiento físico, conforme la plaga ha hecho acto de presencia.

Una panorámica sucinta por continentes delata, primero, comenzando por Europa, la proporción de incidencias diarias, así como la tasa de casos que dan la sensación de estar agigantándose. La amplia mayoría de las notificaciones en los últimos 14 días apuntan a España con 28.267, seguido de Rumanía, 15.420; Francia, 13.245; Reino Unido, 8.743; y Alemania, 8.319.

Una mirada retrospectiva al momento delicado que franquea España en su disyuntiva con el COVID-19, no sólo es manifiesto al inspeccionar el gráfico de los rebrotes o la marcha del virus, sino que al cotejar sus cantidades como por ejemplo con las de Italia, el primer estado europeo en el que tomó tierra la pandemia. Las referencias recogidas por la Universidad Johns Hopkins, señala que España con 47 millones de habitantes ha contabilizado en el último mes 60.454 nuevos contagios, o lo que es igual, 7.7 veces más que los 7.927 computados en Italia, con 60 millones de habitantes.

Si bien, el exceso de extintos es superior en el país alpino, con 267 difuntos en el último mes, por los 100 de España.

Segundo, en América, Estados Unidos es la zona más castigada con numerosos estados forzados a retroceder en sus desconfinamientos, ante los repuntes continuados de contagios.

Asimismo se ha esparcido por América Latina, que cuenta con más de la mitad de las infecciones del continente americano, lo que ha llevado a la OMS a encajarlo como el epicentro de la epidemia. El contexto empeora en pleno invierno, en una extensión lastrada por la pobreza y evidentes síntomas de falta de recursos.

Brasil es el más dañado y el segundo con más positivos y defunciones, tanto es así, que ha sobrepasado a EEUU en la cuantía de muertes al día, y es el segundo en superar los tres millones de casos. La vertiginosa circulación del virus en Chile, México, Panamá, Bolivia o Perú colapsan los sistemas sanitarios.

Tercero, Asia, con China como foco principal del brote, fundamentalmente en la provincia de Hubei y la Ciudad de Wuhan, parece haberse moderado la enfermedad con la localización de más casos importados que, propiamente de contagios locales; conllevando la prohibición en el acceso de extranjeros.

Queda claro, que la nación más flagelada por los efectos epidemiológicos es la India, el segundo más habitado del mundo que no ha podido impedir el crecimiento endémico, a pesar de los tientos en el confinamiento aplicado. De la misma manera, Irán está soportando la arremetida del coronavirus, tanto desde la vertiente sanitaria como económica.

En la mitad Oriental de Asia, incide el aumento impetuoso de la perturbación epidemial en naciones como Indonesia, Bangladesh, Pakistán, Singapur, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí.

Cuarto, África, es el último continente en desembocar el COVID-19, apenas quedan áreas donde la calamidad no se haya hecho sentir; si bien, los índices de infectados no se han embalado como en otros sitios de la humanidad. Con más de 1.200 millones de residentes, no es de los más perjudicados, pero la OMS avisa con inquietud de la “preocupante tendencia al alza”, si no se contrala adecuadamente. Barajándose que los finados podrían alcanzar la escalofriante cifra de los 190.000.

El 56% de la urbe urbana se agrupa en suburbios secundarios o refugios informales, y únicamente el 34% de las viviendas posee medios básicos para lavarse las manos. Conjuntamente, las dificultades alimentarias por la penuria llegarían a duplicarse. En lo más alto de los contagios se atina Sudáfrica, que ya es el quinto de la esfera terrestre, sin excluir a Egipto, Nigeria, Ghana, Argelia, Marruecos y Kenia.

Y, quinto, Oceanía, con Australia en la vanguardia, ha vuelto a imponer limitaciones precisas, tras haber tenido dominado el esparcimiento de la pandemia. El repunte ha llevado a las autoridades a establecer en Melbourne el toque de queda nocturno y determinar en Victoria el estado de desastre.

Nueva Zelanda que aplicó un confinamiento riguroso y consiguió el control del SARS-CoV-2, reaparece con casos activos. Actualmente, alarga el cierre de las fronteras y no se desecha que aparezcan más brotes.

Ciñéndome en España, ocupa el doceavo peldaño con relación a los contagiados y el séptimo en la magnitud de decesos notificados por el virus. Toda vez, que si se contrasta en el anglicismo ranking de los perecidos por cada 100.000 habitantes, la relación está encabezada por el Viejo Continente con Bélgica, Reino Unido, España, Italia y Suecia. En la cuestión epidemiológica, los 837 brotes en España hace irremediable interpelarse, si la metodología empleada es efectiva para suavizar la intensificación de los contagios, habiéndose implementado medidas más rigurosas, con la reiteración del confinamiento.

Una vez expirada la vigencia del estado de alarma y las medidas extraordinarias de contención, incluidas las limitativas de la libertad de circulación, se adoptó la nueva normalidad que no ha impedido la transmisión del coronavirus, multiplicándose las hospitalizaciones e ingresos en las UCI.

Con lo cual, las expectativas en el horizonte hacia una mejoría aparente se han disipado, con previsiones nada halagüeñas.

Lo más inquietante es que en dos semanas la réplica de contagios no ha cesado y han aumentado exponencialmente. Una de las últimas cantidades ofrecida por el Ministerio de Sanidad, dice haber rebasado los 20.000 positivos detectados en una semana. Es el doble que 14 días antes y diez veces más que hace un mes. La ampliación tan llamativa se está precipitando.

Los brotes neurálgicos han reactivado en un mes de 73 a 837, en los que se ha establecido algún vínculo epidemiológico. Los principales se concentran en Aragón y Cataluña, pero en otras Comunidades Autónomas están repuntando con más vivacidad como la Comunidad de Madrid, Comunidad Valenciana, País Vasco y Andalucía.

Evaluando los episodios de Aragón y Cataluña más recientes, entrevén dos tercios de la totalidad de España en la última etapa de julio, pero con el desarrollo extendido en otras comarcas de la geografía española, reúnen el 40%.

Tarde o temprano, por el cariz de la enfermedad en los contagiados, la subida en el número de hospitalizaciones aparecería.

Tras la desescalada como punto de partida, se comenzó con menos de un centenar de ingresos, desde entonces no ha habido tregua con un incremento generalizado: Aragón, la más implicada, los ingresos rebasan el centenar desde hace dos semanas; la Comunidad de Madrid, la segunda con más hospitalizaciones, la cifra prácticamente se ha duplicado en siete días.

En cambio, la Comunidad Valenciana con una fulminante acentuación de casos, y Cataluña, más constante, son los otros lugares con mayor presión. Aunque desde el Ministerio de Sanidad se insiste en el elevado número de asintomáticos, poco más o menos, la mitad de los detectados.

El nuevo perfil del contagiado es joven y asintomático. La época estival y el burlar las medidas de seguridad sanitarias han alertado la infinidad de casos. Uno de cada cuatro contagiados es menor de 30 años y el 55% de los diagnosticados se muestran asintomáticos. Es lo que se desglosa del Informe elaborado por el Instituto de Salud Carlos III que concienzudamente examina el trazado de los más de 25.000 casos asentados desde el 10 de mayo, cuando se estrenó la fase de desescalada hasta el pasado 17 de julio.

Y no es menos, en lo que atañe a las gráficas de óbitos, donde el ascenso de la curva es considerable. Posteriormente, con semanas por debajo de la decena de defunciones, en los últimos siete días la cifra nuevamente ha alcanzado la treintena de muertos.

Datos tan contradictorios no se habían producido hasta ahora, pero el exceso de la mortalidad con una evolución sostenida en los contagios, era de prever que volviese a darse.

No lejos de esta realidad, la situación epidemiológica reinante, ha puesto contra las cuerdas al sector del ocio nocturno, que como es sabido, aglutina un peso definido como elección a las noches del verano y genera cientos de puestos de trabajo. El virus ha apremiado a diseñar unas condiciones discordantes con el producto que normalmente proporcionan estos establecimientos.

Véanse las terrazas reacomodadas como bares de copas con servicio en mesa, o las distancias de seguridad y otras directrices de higiene, que al menos han compensado a estos locales con los costes de apertura.

Pese a todo, el agravamiento de los brotes en diversas localidades que en su inmenso conjunto están encadenados a la vida nocturna, ha conllevado al endurecimiento de las fórmulas para estos negocios que, en este momento se sienten abrumados, porque el cierre está estipulado hasta las tres de la madrugada, mientras que en otros, se produce antes.

Como indican fuentes preguntadas del sector, en las franjas de verano y aun con temperaturas elevadas, los consumidores no llegan por la tarde, sino que lo hacen a partir de la medianoche, por lo que el horario de venta es exiguo y no les resulta beneficioso.

Irremediablemente, esto ha ocasionado el cerrojazo circunstancial, no ya sólo ante la anomalía de ganancias por la pérdida de público, sino también, porque el género o artículo ofrecido no se parece en nada al que los interesados demandaban. Es indiscutible que estando sujeto a ordenanzas de restricción en la capacidad de ocupación y la prohibición de bailar en discotecas, hacen imposible la reapertura de ciertos recintos, cuando los rebrotes están aparejados a estos espacios.

Tanteando las proposiciones del Ejecutivo Central con respecto al plan de contingencia y detección precoz de nuevos casos del COVID-19, el rumbo de la pandemia en España no se revierte para bien, sino que evoluciona para mal.

En consecuencia, la era del escepticismo que encaramos inducidos a lo ignoto por el SARS-CoV-2, ha apresurado el curso de la Historia que ya iba espoleada y que en nuestros días más que nunca, con el capitalismo colapsado, nos intimada hacia una ruptura brusca de implicaciones que no se pueden predecir.

Con la humanidad buscando argumentos en los que apoyarse y Rusia que dice haber aprobado una vacuna contra el coronavirus entre la desconfianza mundial y sin completar los ensayos, emerge China, requiriendo para sí ese orden racional de firmeza ostentada.

Algo así, como la punta del iceberg que se expone como una evasiva eficiente, inteligible y viable.

Pero en sociedades como las occidentales, su centralización oriental no tiene buena sintonía: cuando existe la desdicha y los recelos en las clases populares que pierden protagonismo, aparece el recado enmascarado de ángel de la luz con el ‘orden’.

Un ‘orden’ propuesto tanto por los tentáculos de la dictadura china, como por los brazos armados del autoritarismo nacionalista y anárquico de Donald John Trump (1946-1974) en EEUU, o de Jair Messias Bolsonaro (1955-65 años) en Brasil, entre algunos.

O, tal vez, un ‘orden’ que reivindica reservas despiadadas a la libertad en el santuario de una imaginaria seguridad.

Desde tiempos impertérritos, la raza humana ha sido incompetente para desplegar una conciencia crítica de especie; conceptuación que constituye uno de los ejes de su proyecto intelectual. Sin este principio como comunidad de miembros interrelacionados, se puede disciplinar un enfoque apuntalado en el egoísmo y la descomposición que deja vía libre a los vaticinadores de la insatisfacción y que presumiblemente se auspician en los salvadores de la restauración del orden.

Este es, hoy por hoy, el rostro de un enemigo invisible y macabro como el coronavirus, al que nos oponemos y tratamos de contrarrestar.

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