A pesar de los numerosos controles que se realizan, desde que irrumpiese el COVID-19, comúnmente conocido como coronavirus, es tan escurridizo, que puede aflorar en cualquier instante y truncar en escasas jornadas, todo lo que se ha conseguido durante meses con importantes sacrificios.

Sin lugar a dudas, esto es lo que ha sucedido con el brote en el mayor de los mercados de Pekín, que ha significado un shock para un estado que comenzaba a tomar aire sin mascarilla. Pero, los rebrotes como el de Xinfadi Market Supermarket, o los que en las últimas semanas detonaron en empresas y bares de Seúl, confirman los riesgos del retorno a la actividad cotidiana en la denominada ‘nueva normalidad’.

Y, ni que decir tiene, lo que actualmente se ha desencadenado en España, donde el perfil medio del contagiado en los meses iniciales de la epidemia era de 80 años y necesitaba intervención hospitalaria, ahora, uno de cada cuatro es menor de 30 años y el 55% de los diagnosticados se muestran asintomáticos. Esto es lo que se desglosa del Informe del Instituto de Salud Carlos III, que examina los rasgos de los más de 25.000 casos revisados desde el pasado 10 de mayo, cuando se emprendió la desescalada hasta el reciente 17 de julio.

Con ello, que los nuevos infectados aglutinen una edad más joven y en su amplia mayoría sean asintomáticos, son antecedentes afines que justifican la recompensa de hacer test. Pudiéndose poner cerco a las sucesiones de transmisión y remediar otros contagios más graves que, posiblemente, demanden la colaboración médica.

Esta propensión se intensifica aún más, si se toman en consideración las reseñas más cercanas. Me refiero a las concernientes de la primera semana de julio, cuando los menores de 30 años llegaron a totalizar el 33% de los poco más o menos 4.500 analizados de esa misma semana.

En cambio, las personas de 80 años que entrañaron el 24% de los contagios en el pico de la pandemia y el 12% desde el plan para la transición hacia la desescalada, no comprenden ni el 5% de los prescritos. Idénticamente, ocurre con la franja establecida entre los 60 y 79 años, que se han convertido en el segundo grupo más perjudicado con el 28%, al simbolizar en estos últimos días, el 12% de los enfermos.

Las cifras dispuestas por el Ministerio de Sanidad en el muestrario del Estado, se han practicado 86 test de PCR por cada 100.000 habitantes, una cantidad que rebasa la tasa de los 35 test que se verificaron a principios de mayo. No obstante, queda apartada del umbral de 100, que es la suma que los expertos reconocen favorable.

Evidentemente, en la medida que no se desboquen las transmisiones, en esa coyuntura la voluntad de detección ha de ser mayor. Por lo tanto, la prioridad de los equipos sanitarios consiste en localizar un promedio de entre 10 y 15 contactos, por cada caso susceptible o sospechoso del SARS-CoV-2.

Ese término medio es prácticamente el triple de lo que se ha implementado hasta el momento; fundamentalmente, entre el intervalo de disminución de afectados y la nueva intensificación despuntada que ha dado la puntilla en Andalucía, Aragón, Baleares, Cataluña, Castilla-La Macha, Castilla y León, Comunidad de Madrid, Comunidad Valenciana, Extremadura, Murcia, Navarra, País Vasco, etc., llamando la atención el alarmante incremento de focos en Aragón, Cataluña, Levante o Pamplona, por citar algunos ejemplos. De media se averiguaban entre 5 y 6 contactos por cada positivo, toda vez, en los guarismos que llegaban a la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica, escasamente se reflejaban entre 0 y 2.

Con esta síntesis en los rebrotes que obliga a España a recuperar las fases en algunas regiones, nos situamos en Asia, una de las demarcaciones más pobres del mundo, con millones de personas que experimentan en carne propia los efectos mortíferos de la crisis sanitaria: viendo disipados sus precarios trabajos, o su hogar, apenas sin ingresos y en peligro inminente de morir de hambre.

La cima de la curva de contagios, esa que tanto nos preocupó y que nunca aparecía, todavía no ha alcanzado su máximo histórico en la India, donde se sospecha que en los meses de julio y agosto se allane la espiral. Las indudables ramificaciones del confinamiento y el vertiginoso esparcimiento del virus, una vez el país haya rehecho su ritmo habitual, para los más vulnerables pueden ser demoledores.

Y, es que, desde la irrupción del patógeno todos imaginaron que una vez excluido de su superficie, el flagelo epidemiológico proseguiría su itinerario lejos de sus límites fronterizos.

Unos siete meses más tarde del primer episodio en China, los representantes internacionales opinan que el coronavirus está de vuelta con efecto bumerán. De hecho, la Organización Mundial de la Salud, OMS, así lo concibe: la plaga está ganado más fuerza en América, tanto en el Norte como en el Sur y regresa al asalto en Asia, concretamente, en Pekín y Seúl, capital de Corea del Sur.

El Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, expone en dos frases concisas por qué es viable la aceleración del COVID-19: “Los primeros millones de casos tardaron más de tres meses en ser reportados. El último millón de casos reportado en sólo ocho días”.

El tiempo transcurrido desde entonces, nos ha acarreado la cuantificación dramática de 633.396 decesos alrededor del planeta. Hasta la fecha de hoy, existen más de 15.511.157 individuos infectados y más de la mitad de estos, se hallan distribuidos entre el Viejo Continente y Estados Unidos.

Ciñéndome en el continente asiático, hay que puntualizar que es el más extenso y habitado de la Tierra, con cerca de 45.000.000 de km². Lo que constituye el 8,74% del total del plano terrestre y el 29,45% de las tierras emergidas, con 4.463.000 de cosmopolitas. O lo que es lo mismo, el 69% de la urbe global.

A su vez, Asia se prolonga sobre la mitad Oriental del hemisferio Norte: desde el Océano Glacial Ártico, al Norte y hasta el Océano Índico, al Sur. Limitando al Oeste con los Montes Urales, contemplado como la divisoria natural de Europa y Asia y al Este, con el Océano Pacífico.

Del mismo modo, en la parcelación convencional de continentes de naturaleza europea, Asia y Europa emergen como dos entidades desiguales por motivos históricos y culturales. En términos geomorfológicos, configuran un único continente llamado ‘Eurasia’.

Conjuntamente, África se ensambla a Eurasia por el Istmo de Suez, por lo que se puede suponer la generalización de Europa, Asia y África como un único supercontinente, frecuentemente distinguido ‘Eurafrasia’ o ‘Afroeurasia’.

En este entorno tan peculiar, el SARS-CoV-2 ha venido a desvestir una serie de países emplazados en Asia, demostrando las penurias que se palpan, sin acceso a los servicios básicos. Sin inmiscuirse, las mujeres empobrecidas que residen en sitios urbanos, principalmente desamparadas, porque están hipotecadas a todo tipo de violencias, dificultades de salud mental, males crónicos por la desnutrición y los embarazos indeseados.

Es preciso incidir, en el Índice sobre ‘Pobreza Multidimensional’ divulgado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, y localmente por la encuesta CASEN: aproximadamente, la mitad de los 1.300.000 de personas afligidas por los azotes de la penuria, son menores y el 84,5% subsisten en Asia del Sur y África Subsahariana.

Dicho análisis acumula referencias de 101 territorios, en su totalidad de ingresos medios y bajos, que acogen en torno a 5.700.000 de habitantes. Allende al nivel de ingresos, profundiza en la pobreza multidimensional con respecto a variables como la salud, la educación, la calidad de vida, el agua potable, la vivienda o la electricidad; valorando que es pobre aquella persona que percibe menos de 1,69 euros al día.

A escala mundial, la organización subraya que uno de cada tres menores es pobre multidimensional, contrastado con uno de cada seis adultos. También, indica que los niños y niñas padecen la pobreza más intensamente y con más posibilidad de sufrir necesidades perentorias, como el impedimento de agua limpia, higiene, alimentación proporcionada o educación primaria.

Algo más de dos tercios de los 792.000.000 de personas multidimensionalmente pobres, conviven con retribuciones media-bajas; mientras, que 440.000.000 lo hacen con salarios bajos y 94.000.000 de pobres, se atinan con recursos por encima de la media. Análogamente, el estudio destaca la desproporción en la repartición de la pobreza. Recuérdese como Sudán del Sur y Níger, concentran una dimensión de pobreza del 91,9% y el 90,5%, respectivamente; frente al 14,9% de Gabón y el 6,3% de Sudáfrica.

India, en Asia del Sur, a la que seguidamente me referiré, toma la delantera en el ranking del número de pobres, le sigue Nigeria, Etiopía, Pakistán, Bangladesh, la República Democrática del Congo y China. Inversamente, la disparidad es superior en Nigeria, la República Centroafricana, Burkina Faso y Níger. Estos contrastes son manifiestos en la zona Sur de Asia, Afganistán arrastra un indicativo de pobreza del 55,9%.

En clave a la incidencia de la pandemia, el colapso de los centros sanitarios que hace unos meses vivió España u otros estados de Europa, en este momento está sobreviniendo en ciudades de la India como Delhi, Bombay o Chennai.

En cierto modo, el Gobierno ha mirado atentamente el proceder de los actores occidentales para desenvolverse lo más adecuadamente ante el virus: para ello, se han medicalizado hoteles, e incluso, trenes transitoriamente se han adecuado en 20.000 camas para cada localidad.

Pero, en la India, da la sensación que en vez de contrarrestar el COVID-19, se combate más contra el espectro del hambre y la pobreza.

Miles de inmigrantes se encuentran sitiados por las normas que acordó la Administración para moderar la circulación del patógeno. Muchos no han logrado volver a sus situaciones de procedencia y han perdido sus empleos, fusionándose a la clase obrera formal e informal.

Nueve de cada diez individuos ejercen clandestinamente y como se diría vulgarmente, ‘se buscan las habichuelas donde pueden’, aunque no se traten dignamente como seres humanos, sino más bien, como mano de obra aprovechable a precios módicos y fáciles para que las vidas de otros sean más desahogadas. Si bien, los más pudientes pueden disfrutar de una mejor atención médica y apartarse más cómodamente, con las fronteras cerradas y los vuelos internacionales suprimidos.

Los expertos se pronuncian con la tesis de valorar cómo la India pende y manipula cualitativa y cuantitativamente a los trabajadores informales, que integran el impulso laboral del país.

Desde el inicio del trance endémico, millones de personas afrontan diariamente el reto de subsistir. Las medidas aplicadas por las diversas naciones para impedir la expansión del coronavirus, están repercutiendo sustancialmente en los colectivos de población más delicados, que viven hombro con hombro en condiciones inhumanas y para quienes este percance está empeorando drásticamente, sus ya de por sí complejas circunstancias de protección.

Entre los círculos de población más quebradizos, concurren los ocupantes de los slums; a modo de suburbios que aumentan sin orden ni concierto en las metrópolis de los estados más arruinados. Hacinándose millones de hombres, mujeres y niños, procedentes de sectores rurales que migraron a otros puntos en la búsqueda de un mañana que el campo les negó.

Digámosle, que los slums son ensanches de chabolas que, por doquier, se han diseminado en la India, como derivación de los procesos migratorios de las franjas rurales a las urbanas.

Pongamos como modelo el Estado más occidental de la India, Guyarat: sus moradores son descendientes de las comunidades adivasi y dalit, apremiados a renunciar a sus aldeas por la escasez de mecanismos suficientes de subsistencia. Regularmente, los slums se establecen en campos baldíos que no disponen de servicios esenciales, como agua, electricidad, recogida de basura, etc.

La aglomeración de despojos, residuos o escombros, o el pésimo abandono de los desagües sanitarios y la inexistencia de retretes, condena a los slums a ser auténticos focos de afecciones.

La rama más expuesta a los inconvenientes avivados por la falta de aseo y desinfección son los más pequeños. Estas complicaciones de salud se acrecientan exponencialmente por el contexto de malnutrición que continuamente soportan. Teniendo en cuenta que personifican la primera generación en sus familias para acceder a la educación, han de eludir la privación de materiales de estudio o el encaje de bolillos, para beneficiarse mínimamente de un ambiente adecuado que viabilice su formación. El sinnúmero de componentes fusionado al rehúso social del que son víctimas en la escuela, hacen que el abandono escolar se multiplique.

No quedan al margen de la infinidad de obstáculos para sobrevivir, las contrariedades derivadas del alcoholismo que son muy repetidas en los slums.

El sentimiento de fracaso e inutilidad que perciben muchos hombres al verse que no pueden disponer de lo que desearían para sacar adelante a sus parentelas, conlleva que asiduamente se refugien en el consumo compulsivo del alcohol, normalmente de elaboración ilegal, que deteriora aún más el marco familiar.

Tal como descifra el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos, por su acrónimo, ONU-HABITAD, en estas instalaciones abandonadas a su suerte y contornos circunstanciales, permanecen unos mil millones de personas que cotidianamente han de encarar arduas penalidades, como las ya mencionadas o la asistencia médica, entre otras.

Los requisitos drásticos de confinamiento promulgados por el Gobierno, han retenido en un túnel sin salida a este combinado, a los que se le imposibilita salir a indagar el sustento diario y quién lo intenta, se expone a una encrucijada sin precedentes, por lo que la voracidad del hambre y la violencia por la impotencia, se hacen sentir en un ser o no ser en las arterias angostas de los slums.

No obviemos el irrisorio e insignificante espacio de las viviendas en estas áreas: habitáculos de 20 a 25 m² en los que habitan hasta 10 personas; problematizando la probabilidad de guardar las distancias de seguridad indicadas y la cuarentena en este minúsculo recinto.

La ONG internacional española de cooperación al desarrollo, MANOS UNIDAS, formada por voluntarios que pugnan por eliminar el hambre y la pobreza en el mundo y dar respuesta a las demandas imperiosas, son testigos de primerísima mano acerca del enorme desafío que conjetura hospedarse en los slums: el SARS-CoV-2 se transmite apresuradamente y con la densidad poblacional que hay en la India, particularmente, en estos puntos críticos, no hay manera sensata que alguien pueda someterse al distanciamiento social o a las pautas profilácticas y esa es, indispensablemente, la lógica de tantísimos positivos.

Partiendo de la base que en países en vías de desarrollo, como la India, se desconoce qué es un virus o, tal vez, cómo se esparce… Mezclándose el oscurantismo y desconocimiento y, por tanto, la aprensión y estigma para con las gentes que han contraído la enfermedad. No quedando enmascarada la discriminación a los pacientes y los que están dedicados en cuerpo y alma en la primera línea de la epidemia.

En nuestros días, una parte significativa de Asia transita por instantes sombríos, porque, entre la pobreza y el sufrimiento añadido, hay mucho que digerir.

Finalmente, han debido de relajarse las restricciones del confinamiento con la apertura de empresas, fábricas, tiendas, etc. Y, como es comprensible, al hallarse el gentío en las vías públicas, el COVID-19 está a sus anchas cumpliendo con su cometido principal, contagiar.

Consecuentemente, las recomendaciones sanitarias proporcionadas a una urbe que sobrevive el día a día en la calle, a duras penas puede ser obedecida para neutralizar la virulencia epidemial.

Este es el crudo escenario al que ha de enfrentarse otro de los continentes como Asia, abocado a la pobreza extrema y la ferocidad de una pandemia que aglutina más incógnitas que certezas; entre ellas, por qué razón muchos de los infectados ni tan siquiera lo notan, mientras que otros, irreparablemente los trasiega a la muerte más atroz.

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