Mandar es sencillo, consiste en comprobar que se hace lo que has mandado o se está haciendo y sus resultados. Y si no se hace es cuando uno ha de pedir explicaciones porque si no las dan, satisfactoriamente, los obligados a cumplirla serán amonestados. Se vuelve a mandar de una forma comprensible hasta que se haga de una forma u otra, el resultado es lo de menos, lo importante es que la gente que está bajo tu mando, órdenes o subordinados, o como los quieras llamar, han de saber que el jefe tiene el poder de decidir. El líder es la figura que tiene seguidores por simpatía, como pueden ser partidos políticos, o sectas religiosas, o famosos, pero el jefe no es líder, sino un cargo intermedio. La gente sigue al líder sin ninguna obligación, simplemente porque se siente más seguro con sus decisiones.

No se puede dejar de exigir que se haga lo que tú digas, no se pueden permitir dejaciones ni negligencias. En la vida militar te ordenan acciones sin darte explicaciones y tú obedeces, sabiendo que la obediencia debida puede colisionar contra la Constitución. Lo que sirve para la vida militar también sirve para la vida civil. El líder toma decisiones, sin temor a que disgusten a otros, puesto que, si no tiene capacidad de decir, nunca jamás será líder, sino una “monja de la caridad”.  Se puede ser bueno y condescendiente, pero llega el momento en que se ha de tomar la última decisión y se ha de decir «esto se hace así porque lo digo yo» o «no, se hace lo contrario a mis órdenes».

El liderazgo es, por lo general, de carácter cabezón, y de ideas fijas, por eso tiene asesores, como los presidentes de los gobiernos. En las empresas, es distinto, se hace creer que funciona el equipo, y hay que dejar que piensen que, el resultado ha sido una idea del equipo, de esta forma, se convencen de que lo están haciendo bien, y se reafirma su autoestima, se sentirán más importantes y productivos.  Sobre todo cuando el líder coincide con la figura del dueño y amo de la empresa, entonces no existe el líder, sino el amo.

Es necesario, como escribiera Dale Carnegie, que el personal se sienta querido e importante, y sobre todo elogiar cada uno y todos los progresos de tus colaboradores o subordinados, o sea, ser abundante en elogios. Y frecuentemente premiarlos con anotaciones en un cuadro de honor, con premios e incentivos. Es seguro que, casi siempre son los mismos los que se merecen premios, pero es importante no dejar de lado al grupo de los anónimos ignorados (el pelón de los torpes) o los que no tienen capacidades para hacer más. Pero como una de las labores del jefe es la de ser justo y graciable, ha de hablar con ellos privadamente, para conocer sus mínimos progresos, su interés, y, a veces, el jefe quedará asombrado de lo que este grupo de ignorados, de anónimos que, por otra parte, son multitud y muy receptivos, son capaces de lograr. Sobre todo cuando saben que su opinión puede contar.

Porque hay gente tímida que es incapaz de dirigir la palabra al jefe, pues está en su educación represiva el ser sumisos, no son folloneros, ni protestones. Pero, en el fondo, sienten y sufren como los demás. Por ello, este grupo requiere la atención personalizada del jefe y, en algunos casos, pueden asombrar sus capacidades de trabajo, su entrega y su lealtad. Son los típicos que en clase van sacando aprobados con esfuerzo, que no arman follón, que no sobresalen y que nunca pregunta nada. Pues en la vida laboral es lo mismo. Son los que un día cambian de empresa y se convierten en jefes, o líderes políticos; sin embargo, contigo no eran capaces de rendir al 120 %, simplemente, porque su destino era otro.

Por otra parte, el liderazgo se ejerce desde el ejemplo. Todo jefe tiene, a su vez, a un jefe superior, que cuando le ordenan algo que no le agrada, no puede ir proclamándolo o quejándose, sino que se calla y actúa, se llama lealtad al mando.  Porque si, su comportamiento, no es ejemplar, luego, estos empleados a los que zarandeas te van a copiar los vicios y no las virtudes. Los empleados o subordinados copian a su jefe de obras, ellos son su espejo en el que mirarse.  Por consiguiente, cuando se incorpora un veterano de otro departamento, de otro destino, vendrá con los vicios o formas diferentes de hacer las cosas. Lo mejor es que vaya pasando el tiempo, y observarlo, hasta que llega el momento en que lo tiene que llamar a solas, no en grupo, lo metes en el despacho y le explicas cuáles son las normas en el destino que ocupa ahora él y quién es el jefe. 

Nunca nos gusta abroncar a nadie, nunca nos gusta disgustarnos, va contra la natural tendencia del comportamiento humano. Pero cada cual tiene su responsabilidad, y la responsabilidad del jefe, es la de exigir y ordenar para rendir o conseguir objetivos. Llegará un momento en que de tanto dirigir o mandar, se hace rutinario, tan rutinario que únicamente, excepcionalmente, tendrás que despedir o corregir a alguien o cortar cabezas por su incompetencia, insubordinación o malos resultados.

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