El protagonismo insospechado del nacionalismo blanco en el discurso mediático de hoy, emerge de sus evidentes manifestaciones de poderío tanto en Europa, como en América del Norte y Australia. Así, desde Christchurch en Nueva Zelanda, hasta las marchas entorchadas de Charlotesville en Virginia, transitando por la matanza de la sinagoga de Pittsburgh en Pensilvania (27-X-2018) o el ataque de Orlando (12-VI-2016); ponen en demostración los muchos episodios e intentos de violencia consumados por individuos vinculados a la causa del supremacismo blanco. 

Me refiero a varones caucásicos jóvenes, habituados a los foros instaurados por la extrema derecha en el conjunto de redes de comunicación interconectadas como internet, radicalizados en aislamiento y sugestionados por el empuje movilizador de la Derecha Alternativa, también conocida como ‘alt-rigt’, acreedores de una tendencia que superpone la aberrante doctrina racial y el tradicionalismo cultural. 

Una narrativa a grandes luces sustentada entre otros, por el odio, el racismo, la intolerancia y la desintegración de los principales valores de la convivencia social. 

Y es que, en los últimos años, la propagación del fanatismo racial está sacudiendo atrozmente a Estados Unidos, que da la sensación de ser particularmente sensible ante las corrientes supremacistas, porque a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el extremismo nacionalista ha producido más víctimas en tierras americanas que el mismo extremismo islamista.

Una inclinación que se ha transformado en un desafío de gran alcance, impugnando la tesis del presidente estadounidense Donald John Trump (1946-73 años), al desmentir que el supremacismo blanco ni mucho menos es un peligro en evolución.

Antes de indagar en sus raíces, cabría preguntarse: ¿en qué radica el supremacismo blanco? A grandes rasgos, considera que las razas originan culturas específicas, en comparación a la concepción de la raza como una construcción social en sí misma. Como resultado de esto, enjuicia la amalgama racial indeseable, dado que perturba y deforma la naturaleza de cada etnia. 

Por lo tanto, cueste lo que cueste, su propósito cardinal es la conservación de la raza blanca, como su cultura, la cosmovisión y sus costumbres.

Fruto de lo anteriormente expuesto, conlleva que el nacionalismo blanco se declare enfrentado a la inmigración, o sea dado a la depravación de los fundamentos históricos de los estados de su mismo color de piel. 

El cruce racial de Occidente, habitualmente caucásico, profundizaría en el vacío y exclusión de la cultura blanca y en sus prácticas y automatismos sociales, en un proceso apodado como ‘genocidio blanco’. De ahí, la proyección de una comunidad desunida y rebelde ante cualquier inoculación racial y condenada a la pócima racial.

Ahora, es más fácil vislumbrar en tales sentimientos, el peso de la xenofobia y la supremacía racial, a pesar que la mayoría de ideologías culturales contemporáneas hayan enmascarado sus figuraciones de defensa de la identidad cultural y racial; en un antagonismo al orgullo identitario de los grupos minoritarios, como los afroamericanos o latinos.

Examinando sucintamente este hecho en Estados Unidos, es necesario referirse a la Guerra de Secesión (12/IV/1861-9/IV/1865), en la que los estados confederados del Sur aspiraban conservar la esclavitud de los negros. 

Las implacables políticas de discriminación racial con el nacimiento de masas paramilitares como el Ku Klux Klan, acrónimo KKK o servidores de Dios, o las Camisas Rojas, unido la protección atropellada de los órganos de poder sureños, confirmaban que no existía un espacio común para la sociabilidad entre los blancos, como superiores y los negros, lastrados a ser inferiores en todas las coyunturas.

La urbe afroamericana subsistía arrinconada y rechazada de cualquier ámbito político, ante la avenencia indiferente de las élites del Norte, que habían construido con aparente normalidad una base racista admitida por la sociedad estadounidense. En estas circunstancias, es creíble concebir las atribuciones monstruosas de los supremacistas blancos.

Hay que añadir, el desgarro irreversible de la Segunda Guerra Mundial (1/IX/1939-2/IX/1945), que sepultó las desigualdades más extremas del supremacismo en el ostracismo de los medios de comunicación. La cruzada de los derechos civiles fracasó en los tumultuosos años sesenta, con el exacerbar ideológico e identitario de las minorías étnicas americanas, que proscribieron en su disposición ante los márgenes del consentimiento público.

Pese a ello, la esencia del nacionalismo blanco nunca se disipó, al contrario, resistió tanto por medio de tendencias subyacentes como con alegatos conservadores y anárquicos. De estos residuos y despojos resultarían los fangos presentes: el triunfo de Donald Trump en las elecciones a la Casa Blanca de 2016, forjada con una maniobra intransigente y cargada de arengas a la primacía del americano medio, brindaría todo un horizonte en bandeja al supremacismo puro y duro.

El reavivado protagonismo mediático se fijó en las instituciones, que tejieron la maya del nacionalismo blanco contemporáneo, compendiado en la demanda de los orígenes blancos y en la resistencia defensiva de los estilos ideológicos progresistas, haciendo que predominasen en el espectro racial y sexual de las sociedades actuales. 

En definitiva, quiénes así lo conciben erróneamente, ambicionan preservar la hegemonía del linaje blanco sobre el negro, por valorarlo genéticamente superior.

Con estas connotaciones iniciales, el supremacismo blanco comprendido en los movimientos de extrema derecha, es un concepto indefinido que se apoya básicamente en cuatro argumentos: primero, los blancos tienen que ser los dominantes sobre el resto de razas; segundo, deben residir exclusivamente en sociedades de blancos; tercero, obligatoriamente, la cultura que ostenta está por encima de las demás y cuarto, la herencia biológica de los blancos siempre será preferente.

Cabe destacar, que hay un consenso general sobre la efectividad en lo que se refiere a la descripción e identificación de lo que se interpreta por extrema derecha. Una aclaración lleva a pensar, en los modos políticos que se engranan más a la derecha que a las inercias conservadoras. 

En cambio, otras opiniones pretenden alcanzar una lógica más consolidada con la exploración de algunas de sus peculiaridades, como por ejemplo la antítesis a los métodos democráticos, o el apoyo a hipótesis conspiratorias, o la revelación de un nacionalismo agudo, además de la xenofobia, el racismo, el manejo del terror, etc. 

Cualquier indagación bibliográfica sobre la misma, justifica la conjunción de disciplinas ideológicas, estrategias, planes o designios en una difícil imbricación de conjeturas como modelo moderado y consagrado. 

El extremismo de por sí, es una corriente tolerada en las democracias reinantes, pero no consentido cuando alienta al resentimiento o segregación, o claramente si desemboca en la violencia. Los analistas debaten sobre la forma de catalogar a estos grupos que han franqueado la línea roja y que por tanto se encasillan como terroristas, estando en consonancia a la hora de establecer al menos cinco: neonazis, cabezas rapadas racistas, supremacistas blancos tradicionales, identidad cristiana y bandas criminales en prisiones.

Fotografía: National Geographic de fecha 19/XI/2019.

Dentro del predominio blanco existe una diversidad de inclinaciones secundarias, cada una con su propia constelación de integrantes e incondicionales particulares. Igualmente, es factible someterse a más de una, aunque algunas sean bilateralmente excluyentes. 

Conjuntamente, intervienen otros grupos de supremacistas blancos que no se ajustan llanamente en ninguna de las parcelas concretas del movimiento.

Llegado a este punto, la fuente primera de violencia conectada con el terrorismo, proviene de los supremacistas blancos, superando por este orden a los extremistas de derecha antigubernamentales, los extremistas islámicos domésticos y los extremistas y anarquistas de izquierda. 

Específicamente, aquellos que están implicados en las partes coordinadas, comparten una extensa variación de funciones que se encuadran desde manifestaciones y desaprobaciones, a tientos por propagar recados y movilizar a nuevos adeptos, hasta el establecimiento de relaciones y acontecimientos sociales. 

Posteriormente, consiguen implicarse desde tareas criminales de odio a menores, hasta complots o actuaciones de sabotaje, así como en una escala espaciosa de operaciones delictivas no ideológicas.

El escenario vigente pasa porque el extremismo de la derecha persiste postergado a distantes niveles de amenaza, contemplando a estos grupos carentes de trascendencia en asuntos de seguridad nacional. Ello, fundamentalmente es debido, porque las formaciones de derecha únicamente amedrentan y hostigan a las etnias minoritarias que no son anglosajonas.

La nebulosa que diseña la extrema derecha se disipa en discusiones públicas y en políticas, prescritas a confluir en ejes tan críticos como la identidad nacional, la migración o la integración de la sociedad. 

Acentuándose la capacidad de fuerza y dinamismo de la extrema derecha, que monopoliza cualquier imprevisto irascible para congregar a sus seguidores y generar misivas de rehúso, aversión e intransigencia para los residentes antes citados.

Simultáneamente, se esgrime el universo on line y las redes sociales para dialogar desde lo anónimo y despótico. Si no salta a la vista el chantaje supremacista blanco, principalmente se debe por la apreciación extendida de la ineficacia de éstos por adquirir fortaleza, organización y soporte social. Lo que resulta desacertado, ya que otros fenómenos sociales comparables como el yihadismo, han demostrado con creces disponer de capacidad suficiente para desenvolverse, aun no disponiendo de recursos financieros. 

En ocasiones, la insignificante atención que se le otorga a la representación de la extrema derecha, es por la escasez de antecedentes oficiales, pesquisas de infracciones o de asesinatos que se les imputa, por lo que realmente se invisibiliza una monstruosidad disfrazada con argucia. Si bien, el arrebato político, las fechorías de odio y el terrorismo son aspectos distintos en un mismo conflicto, no deben ser emprendidos como sucesos independientes. 

Por lo demás, estas corrientes apelan una estrecha afinidad con organizaciones a nivel internacional e indiscutiblemente, sus ramificaciones tienen que ser transfronterizas. 

De la misma manera, se hace constar una ruta cultural coligada a la divulgación de comunicados políticos, persiguiendo la horquilla social y la potencialización del sentido de permanencia mediante la música, las alocuciones, vídeos o programas culturales.  Por consiguiente, el molde económico y político predispone el auge de la radicalización y la incorporación de otros individuos de extrema derecha; de modo, que en los intereses de las piezas del puzle tanto políticas como económicas, sociales y tecnológicas, éstas deparan una clara visión de cómo los diversos movimientos supremacistas prosperan en un corto periodo de tiempo.

Entre las variables intervinientes que percuten en los componentes políticos, se deprava la multiplicación de conflictos locales y regionales concernientes a nacionalidades y religiones explícitas, a las que le siguen otras como la intensificación de sacudidas populistas de extrema derecha con guiones racistas y de supremacismo blanco; aparte, de un universo sin liderazgo incompetente para solucionar posibles crisis e interesarse por los riesgos y amenazas del siglo XXI. 

Asimismo, le acompañan la insatisfacción y el distanciamiento hacia las instituciones con valoración de confianza en los mínimos; crecimiento en los pros y los contras frente al Gobierno; pronunciamiento contra el salafismo; tramas internacionales que proporcionan el efecto de emulación; respaldo conspirativo de partidos políticos y ONGs; antisemitismo progresivo; obstinación ante las normas migratorias y las directrices sociales, etc.

Con relación a los elementos económicos se constata el desequilibrio y la desigualdad; la falta de empleo en los jóvenes y en los padres de familia, emparentándose en los hijos con el aumento de la xenofobia y el menoscabo de los valores democráticos; merma en el margen monetario de la clase media; relatos repetidos sobre empleos ocupados por extranjeros que impiden la actividad laboral de los nacionales, etc.

Al referirme a los tintes sociales, obligatoriamente hay que hacer alusión a las migraciones continuas, que causan una atomización social y entorpecen enormemente la ocupación; mismamente, la concurrencia de una urbanización global que no cesa, tejiendo guetos urbanos que agrandan las enormes diferencias. 

Por último, entre los mecanismos tecnológicos hay que prestar especial atención a las interconexiones que posibilitan la información y la comunicación, así como la plasmación de redes internacionales; técnicas de última generación que pueden aplicarse en distribuidores criminales, manejos de internet y procesos de la comunicación, financiación, reclutamiento, adoctrinamiento y estructura.

Por ende, muchas de estas actividades sutilmente encubiertas, perturban a los ciudadanos en su vivir cotidiano, masacrándolos con el acorralamiento, la violencia verbal y psicológica o el rechazo social. 

Entre los movimientos revolucionarios nacionales más activos en los últimos diez años en Estados Unidos, los supremacistas blancos practican la violencia pura y dura, incurriendo en el 83% de los crímenes afines con el extremismo y estando involucrados en el 52% de las refriegas y tiroteos entre los exaltados y la policía. 

Preceptivamente, éstos reúnen una importante infinidad de intrigas e intervenciones terroristas, poseyendo un elevado grado de complicidad en las fórmulas delictivas, así como en los asesinatos por causas ideológicas, aunque estos últimos, han sido en menor proporción.

Queda claro, que el pensamiento del supremacismo blanco se contiene en el pleno convencimiento que los blancos están sentenciados a la desaparición, si acaso, por un ascendente influjo de no blancos, que son controlados y manejados por los judíos. Esta autosugestión se ejemplifica en frases como la denominada catorce palabras, que dice literalmente: “Debemos garantizar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos”.

Un lema acuñado en los años 80 por David Eden Lane (1938-2007), en calidad de preso supremacista blanco, mientras cumplía una condena a cadena perpetua en la prisión federal de Terre Haute, en Indiana, por los crímenes cometidos como líder y uno de los miembros fundadores del grupo conocido como ‘The Order’.

Consecuentemente, desde 2009, la extrema derecha ha experimentado una regeneración alarmante que le ha supuesto cuantitativamente más afiliados y que ha ocasionado un engrandecimiento en la violencia de derecha; mayormente, con peligrosas maquinaciones que, poco más o menos, han equiparado el atentado de Oklahoma City, ejecutado el miércoles 19 de abril de 1995. 

Una anomalía crónica como la del supremacismo blanco, que, hoy por hoy, a modo de tentáculo letal, no puede ser contemplado por un amplio número de norteamericanos, debido en su justa medida, porque desde hace siglos forma parte del legado heredado por numerosas generaciones.

Desgraciadamente, los espejismos e irrealidades de los supremacistas blancos, no requieren necesariamente hacerse realidad para que sus enardecimientos e intransigencias consigan sesgar el hálito de otras personas. Tal vez, sólo demanden poseer entre sus filas a mentes retorcidas y encrespadas con odio extremadamente enraizado, para asestar, fracturar y desgarrar el don más preciado: la vida del ser humano.

Publicado en el Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta, el día 23/XI/2019.

© Fotografía: National Geographic de fecha 19/XI/2019 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor

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