Tras haberme deleitado leyendo aquí y acullá, las proezas de este gran rey, que ya saben tiempo ha, de quien se trata, por la segunda fecha del título, por ello, me propongo que recordemos las proezas de dicho monarca y van a  leer lo que ya saben, o sea “el mismo perro, pero con distinto collar”.

He bebido, para nutrir mis recuerdos, el libro de historia titulado “Síntesis de Historia de España” de don Antonio Ballesteros Beretta, en su quinta edición, Editorial Salvat, Barcelona, Buenos Aires 1942, amén de una mirada en Google y Wikipedia.

Siempre ha sido una constante en mi docencia, indicar las fechas de los acontecimientos, al principio, a la mitad, o al final  de siglo.

Y me centro más en la prosopografía que en la etopeya de los personajes, ya saben, más en cómo sienten y cómo son, por encima del lugar que han nacido etc., aunque, a veces, como se dice en el cine, si lo requiere el guion se establecerá un equilibrio entre estos dos aspectos, pues todos los actos de la humanidad son más convincentes que su origen y fechas puntuales.

Bien, Alfonso VIII el Noble, nace a mitad del siglo XII y tras el corto reinado de su padre Sancho III, hereda el trono con sólo tres años de edad, siendo éste el origen del enfrentamiento de las dos grandes e influyentes familias: los Castros y los Laras, viéndose agravada esta situación por la intervención del rey leonés Fernando II.

Don Alfonso VIII, el Noble, era un rey de espíritu inquieto, animoso y alegre y llegada su mayoría de edad, la elegida como esposa fue Doña Leonor de Inglaterra, la cual, aportó a la dote la Gascuña.

La aventura de la Reconquista no pudo ser lo eficaz que pudiera haber sido, debido a las luchas internas de los reinados existentes: el de León (que fue el que consolidó el sentir asturiano) y fue continuador del reino, coexistiendo con Navarra, Aragón, Castilla y Portugal.

Todos compartían un sentir común, la Cruz, así esporádicamente se reunían para combatir contra la Media Luna.

En el momento que Don Alfonso percibía que se relajaba el ambiente, con un  tiempo relativamente pacífico, conquista Cuenca, una treintena larga, antes que diera comienzo el siglo XIII.

Hacía incursiones, a menudo, llegando hasta el mismísimo Aljarafe sevillano.

El Califa almohade Almansur, ya colmada su paciencia, decidió con un numeroso ejército, pasar el estrecho y llegado a Alarcos, derrotó a la fuerzas cristianas. Parece ser que fue la impaciencia de Don Alfonso de  entrar en litigio, sin esperar los refuerzos que habían de llegar de León.

Sabemos que las numerosas batallas que sucedían en los reinos cristianos, se pedía ayuda a cualesquiera de los reinos del Al-Andalus.

Finalizado el siglo XII y principios del XIII, ya flotaba en el ambiente, que para vencer a los invasores debían hacer suyo el dicho de que “la unión hace la fuerza” y tomó la iniciativa el ilusionante, decidido, valiente y noble señor, el rey AlfonsoVIII.

Simultáneamente y envalentonados por su última victoria, el Islam en occidente era fuerte y se preparaban para volver a saltar el estrecho y librar otra batalla que creían y deseaban fuese similar a la de Alarcos.

A finales del siglo XII y principios del XIII se realiza por fin la anexión de Gascuña, que, de hecho, era ya de Castilla, por ser la dote de doña Leonor, que se demoró y se tuvo que reclamar luchando por ella.

Volvamos a recordar lo que se respiraba por doquier, Don Alfonso sabía que él sólo no podía retar al enemigo, y hubo que pedir ayuda a Francia y a Alemania, encargo que recayó en manos del Arzobispo de Toledo, más dado a la política que a su menester religioso, don Rodrigo Jiménez de Rada.

Hasta el Papa Inocencio III ordenó predicar una cruzada y traspasaron los Pirineos miles de extranjeros, y así, ayudar reforzando las huestes beligerantes cristianas, mas no fueron más allá de Calatrava, volviéronse muchos, ya que no comprendieron que era una batalla de altos ideales, no de botines y saqueos, quedando sólo los fieles al servicio de la Cruz.

Los almohades a derrotar eran muchos y bien armados, por ello se unieron Pedro II de Aragón, Sancho el Fuerte de Navarra y Alfonso VIII de Castilla.

Don Diego López de Haro, que estuvo al mando de la batalla  de Alarcos y conocía bien la estrategia del bando islamita, advirtió al bando cristiano  que su valor se acrecentaba en retirada, con grandes refuerzos que entraban tardíamente en la lucha, dicho esto los de Don Alfonso formaron valiente retaguardia también para el final y así contrarrestar el empuje fuerte de última hora de los islamitas. 

Él, Don Diego, fue uno de los que estuvieron  al mando en los primeros puestos para entrar en la contienda. 

Ya conocen la leyenda, que también pudiere ser verdad y que nosotros analicemos que pudiera ser una posibilidad y más tarde pudiera ser que pasase como en los romances, que, al acabar una refriega en victoria, se mezclaban hechos reales con imaginarios, como loa al triunfo.

Recordemos que la llanura  donde se libró la batalla se podía acceder a ella por medio de desfiladeros, y todos estaban sellados y vigilados por las huestes enemigas, las filas cristinas avanzaban y acertaron a ver a un pastorcillo, que les reveló que él conocía uno, no muy lejos y que sabía que los almohades no hacían uso de él y apenas había vigilancia nada de defensa importante.

El ejército cristiano, como una escaramuza, entraron por sorpresa en batalla por ahí, bien organizados y sabiendo cada rey dónde y cómo actuar, don Alfonso en el centro y don Pedro y don Sancho uno a cada lado.

El gran ausente de esta batalla fue el rey de León.

Se cuenta que al principio de la refriega el avance cristiano se vio obligado a retroceder y don Alfonso mirando a don Rodrigo Jiménez de Rada le dijo: ”Yo e vos aquí muramos “ el obispo le respondió : “Non quiera Dios que aquí  murades, antes aquí habeda de triunfar de los enemigos” y al instante le respondió el rey: “Pues vayamos a prisa  para acorrer a los nuestros que están en grande afincamiento”.

Con este, digamos, chute de adrenalina, Don Alfonso le dio a la espuela y el valeroso Fernando García detuvo su ímpetu, sujetando la brida de su caballo y así impidió que llegase a primera fila para que su persona no peligrase.

Por fin se produjo el choque, el gran enfrentamiento entre sendos ideales los de la Cruz y los de la Medio Luna, entre Don Alfonso y “Miramamolin” que así llamaban los cristianos a Muhámmad an-Násir, su verdadero nombre.

El primer envite fue avasallador y cruento y conforme avanzaba la batalla  las fuerzas cristianas pudieron resistir el empuje de los adversarios.

Ganó la pericia y serenidad de la unión y concordia de estos tres reyes, más aquellos extranjeros que en Calahorra no marcharon a Francia ni a Alemania, pues creían en la Cruz, no en el botín, por ello, aunque no eran muchos, tenemos el deber de recordarlos y con importancia.

Yo, atendiendo a mis principios, creo que para Dios no existen casualidades sino providencia, pienso o intento creer o creo, no sé, que aquel pastor apareció en aquel preciso instante en el camino de las Navas de Tolosa, la del 1212, sí en aquel preciso instante, y si no es así, a mí nadie me puede privar de soñar.

Otros llamaron a esta victoria la de “Úbeda” o “Santa Elena”, pero prevaleció la de “Las Navas de Tolosa” que dividió la Reconquista en un antes y un después.

Los tres reyes prepararon concienzudamente el avance cristiano hasta la culminación de esta soñada victoria.

Ahora sí se pueden dar tres fechas con años, y todo español no las hemos olvidado nunca.

Son 711 con Don Pelayo, 1212 con Don Alfonso VIII “el Noble” y 1492 con los Reyes Católicos.

Será casualidad o no, pero tengo que compartir con ustedes, que cuando llevé a mis alumnos a Madrid y visitamos el “Museo del Ejército”, que todavía no habían trasladado a Toledo, pudimos contemplar la tienda de campaña de “Miramamolín”.

Digo esto pues casi siempre llevo en mi recuerdo algo afín con lo que relato.

La guerra más sangrienta de la Edad Media fue la de “Las Navas de Tolosa”, que vamos a poner el día y mes acaeció el 16 de julio, ya sabemos del 1212.

Y ahora desvelemos una duda.

Por aquello de la repetición de los dígitos, también se podía llamar a Alfonso VIII el rey del 1177 fue debido a la primera incursión, como dijimos, que hizo al conquistar Cuenca.

Con todo lo reseñado, no acierto a comprender cómo ningún director, ni guionista, se han interesado en dar vida a este valeroso monarca en un filme, bueno nosotros la estamos viviendo personalmente, cada uno a nuestra manera, como diría Fran Sinatra.  

Si la Historia es la maestra de la vida, tenemos, gracias a Dios, diputados-as senadores y as para dirimir conflictos con la palabra, no con la espada ni con insultos, eso sí, para defender objetivamente hechos justos.

No hay que sacar a la palestra algo que “Per se” es injusto, aseverando que es lo mejor, porque la mayoría lo ha votado, y pongo el sabido ejemplo que por muchos votos que se escudriñen a favor, un círculo nunca será un cuadrado.

Me ha venido a la mente otra anécdota alusiva al tema, pero corto aquí con el recuerdo de este gran rey y otros que están en nuestro latir. Hoy llenémosnos de orgullo con nuestro gran monarca Don Felipe VI.

¿Con qué adjetivación lo apodarán, los futuros historiadores inspirados en el pueblo?

¿Estaría bien “El Prudente”?

Nuestro Rey cuenta con una colaboradora eficaz: Doña Letizia, y la promesa de la princesa Leonor y la emblemática doña Sofía.

Ponemos fin a este articulo con un ¡Hurra a Don Alfonso VIII! y un ¡Viva Felipe VI!

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