l día 16 de agosto fue la festividad de San Roque, que pocos saben es copatrono de Alicante.

Precisamente, sobre el tema de los patronos de Alicante, creo que es la única localidad de España que no los celebra como festivos. El día 5 de agosto, la fiesta de la Virgen del Remedio, patrona y alcaldesa perpetua de la ciudad, no es festivo y se celebra con la alborada del día 3 en la plaza del Ayuntamiento, con disparo de salvas honoríficas los días 4 y 5 y con la Misa solemne en la Concatedral, seguida de una procesión por el centro histórico, que este año de pandemia no ha podido ser por razones obvias. Y si nuestro otro patrono, San Nicolás, es festivo, es porque se celebra la Constitución. Así, hay muchos que creen que los patronos de Alicante son la Santa Faz y San Juan, porque son los días festivos oficiales.

Pero San Nicolás y San Roque son santos muy venerados y objeto de una gran devoción popular; aunque San Roque históricamente es poco conocido y resulta difícil separar lo cierto de lo añadido en su biografía.

De los escasos documentos que podemos basarnos, se deduce que nació de una noble familia de Montpellier (Francia), entre el final del siglo XIII o mediados del XIV, quedando huérfano en la adolescencia y demostrando ya desde entonces su vocación y entrega a Cristo.

Conociendo que Roma, además de la cautividad de Aviñón, sufría la más terrible peste, Roque vende todas sus posesiones y se dirige a la Ciudad Eterna. Por el camino tropieza con la epidemia y comienza su labor curativa y taumatúrgica. Al llegar a Roma despliega una actividad prodigiosa, su caridad no encuentra límites para curar, consolar y elevar el ánimo de todos los afectados por la calamidad. Su labor roza lo milagroso, arrancando la admiración y la devoción de las gentes, no solo allí sino también en Piacenza, a donde se desplaza en su lucha abnegada contra la enfermedad que, finalmente, se le contagia. Entonces le desprecian y lo dejan solo, expulsándolo del hospital e, incluso, de los muros de la villa. Roque se interna en el bosque, donde con ramas de árboles construye una mísera cabaña en espera de la hora de la muerte. Pero Dios no lo abandona. Todos los días un perro le lleva en la boca un panecillo y le lame las llagas.

Curado de su enfermedad, Roque se dirige a su patria, llegando hasta su ciudad natal donde un tío suyo, por entonces alcalde, no le reconoce y lo encierra en la cárcel pública creyendo que es un espía. Allí, finalmente, Roque muere. Su cuerpo resplandeciente atrae la admiración de todos, y su tío, por la cruz que ve grabada en su pecho y con la que había nacido, cae en la cuenta de que es su sobrino.

La veneración popular comienza enseguida, sobre todo al experimentarse su intercesión especial contra la peste, terrible azote durante toda la historia pasada. Se sostiene que fue canonizado poco después de morir; aunque algunos opinan que lo fue en el Concilio de Constanza, entre 1414 y 1418, donde tras de su invocación cesó inmediatamente la peste que amenazaba la ciudad alemana. Su culto fue confirmado por el papa Urbano VIII y por dos decretos de la Sagrada Congregación de Ritos del 26 de julio y 29 de noviembre de 1629, quedando fijada su fiesta para el 16 de agosto.

En el siglo XVII la devoción del santo se encuentra extendida por todas las partes del orbe, pues trascendió también a Oriente y entre los pueblos eslavos y nórdicos, venciendo su culto incluso el recelo de los obispos que querían impedirlo por creerlo excesivo. Numerosas cofradías se organizan bajo su advocación y es patrono de multitud de pueblos y regiones del mundo.

Así, en Alicante, sufriendo en 1559 una terrible epidemia de peste que amenazaba acabar con la población, los afligidos alicantinos se acogieron a la milagrosa intercesión de San Roque, a quien aclamaron copatrono de la ciudad, erigiéndole una ermita al pie de la Ereta, cerro situado en la falda del Benacantil. Y todos los 16 de agosto se celebraban solemnes actos religiosos en honor del santo, mientras que los alicantinos festejaban el día de su Copatrono con grandes demostraciones de alegría, según se nos cuenta en la Crónica de Viravéns, que dice.≪En la velada de San Roque subía el pueblo a visitar la ermita, cuyo exterior se iluminaba profusamente, adornándose por tres días las calles inmediatas con banderas, grímpolas y arcos de follaje. En determinados puntos de esa parte de la ciudad se construían pintorescas grutas, se formaban bonitas fuentes artificiales y hasta se figuraba el calabozo donde murió en Montpellier el ínclitovarón motivo de aquel popular festejo. Y los vecinos pasaban las noches en alegres bailes y entonando expresivos cantares al son de bandolas, guitarras y bandurrias, mientras en el terrado del Santuario sonaba una dulzaina, invitando al vecindario a la bulliciosa fiesta.≫

Una fiesta que todavía hoy celebran con sencillez los vecinos de aquella zona del Casco Antiguo, herederos de esta multisecular tradición, prácticamente desaparecida en Alicante, pero que continúa manifestándose con pujanza en muchos otros lugares. Y, ahora que estamos padeciendo esta pandemia, tal vez sería conveniente volver a encomendarnos con fe a San Roque.

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