A la cuestión de cómo se gestó el apoyo de la izquierda independentista a las cuentas del Estado y qué han recibido a cambio, el vicepresidente del Gobierno, ufano muñidor de los acuerdos presupuestarios, recordó con solemne irreverencia: «La política es el arte de lo que no se ve «.

Lo dice quien, en la oposición, predicaba la transparencia en la gestión del Estado y se enojaba con los supuestos pactos a escondidas, en los reservados de restaurantes que ahora se ven abocados a cerrar por la debacle de la pandemia. «Se desmoronan las trastiendas del régimen del 78», ha apuntado -con cierto deleite- una diputada de su formación.

El traslado de presos, la tramitación de indultos y la modificación del Código Penal, la eliminación del español como lengua vehicular en la enseñanza… son paradigmas de ese hallazgo; «lo que no se ve», que viene a ser que se hurta al discernimiento de los ciudadanos a cambio de apoyos para permanecer en el poder. No obstante, un portavoz de la izquierda independentista, en el Parlamento vasco, ha advertido de que esos apeos se enmarcan en la estrategia de «tumbar el régimen en favor de las mayorías y los pueblos».

En tiempos de relativismo ético, en caso de conflicto sobre fines últimos no es posible decidir científicamente, y el Estado es la fuente absoluta de toda decisión legal y moral en la vida política. La teoría «decisionista» de Carl Schmitt defiende que, en circunstancias críticas, para salvaguardar los intereses del Estado los gobernantes puedan decidir fuera de las expectativas democráticas. De manera que la aplicación del derecho depende de una decisión política, vacía de contenido normativo.

Alguien puede replicar, con razón, que son partidos democráticos cuyos representantes en el Parlamento han sido elegidos por ciudadanos españoles que pagan impuestos. De modo que, concluyen, nadie puede sentirse molesto porque participen del juego de la política. Lo que se deja de invocar es que este tipo de acuerdos no figuraban en el programa que llevó al partido que gobierna a ser el más votado y acaban cayendo en la tentación del caudillaje. Un contagioso modo de actuar.

El vicepresidente del Gobierno, que ha empeñado su ideología en el socorro a un partido necesitado de apoyos, tiene un ‘don añadido’, el de la bilocación profesional, ya que, en unidad de acto, es capaz de representar al Gobierno de la Nación y, a la vez, sindicar propuestas con una coalición que no encaja en la política exterior del Ejecutivo del que forma parte.

Su viaje a Bolivia lo ha hecho acompañando al Rey, sin desaprovechar la ocasión para desplegar su diplomacia y afianzar relaciones, como quedó patente pocas horas después de aterrizar en La Paz, cuando mantuvo un encuentro bilateral con el presidente de Argentina, Alberto Fernández.

Mientras tanto, y en sesión continua, socava la institución monárquica, sin reparar en que la lealtad y la cortesía no le restarían ni un ápice de su ardor republicano. Dos claras muestras de bilocación.

El ciudadano, empachado con los desdobles de personalidad, se pregunta: ¿puede el Gobierno desligarse de los actos del vicepresidente, o éste compromete al Ejecutivo del que forma parte, en coherencia con lo que, en su día, dijo una de las vicepresidentas para defender la unidad de acción del Ejecutivo y su cohesión y coordinación interna: «allí donde se encuentra un ministro, está el Gobierno»?

Ante la quiebra del axioma ‘dos partidos y un solo mensaje’, sigue preguntando: «¿El presidente le deja ir a su aire, como precio por gobernar, o hay que creer a quienes creen que, al jefe, esos desmarques le llevan los demonios? Y, de paso, las iniciativas desplegadas: ¿contaban con el respaldo del Gobierno o se trató de actuaciones exclusivas y personales?»

Aunque parece evidente el malestar gubernamental por la diplomacia paralela del paladín de Unidas Podemos, aunque en este caso no se considere implicado, el Gobierno no puede desligarse de los actos por varias razones: está allí como miembro del Ejecutivo, órgano colegiado, enviado por el presidente del Gobierno, como ministro acompañante del jefe del Estado.

‘Actividades particulares’

Al desvincular las ‘actividades particulares’ del invitado, personalmente, por el recién investido presidente de Bolivia, la titular de Defensa dejó claro que la iniciativa de promover La Declaración de La Paz no contaba con el respaldo del Gobierno y había que atribuírsela de manera exclusiva a Pablo Iglesias. Un ejemplo añadido de bilocación. En esa declaración, que lleva su huella indeleble, se señala al ‘golpismo de ultraderecha’ como la ‘principal amenaza a la democracia y la paz social’, que «se expande a nivel global; propaga la mentira y la difamación sistemática de los adversarios, apela a la persecución y la violencia política; promueve desestabilizaciones y formas antidemocráticas de acceso al poder».

Según Max Weber, el decisionismo resulta del ‘proceso de racionalización del mundo occidental, que culminó creando una civilización en la que la humanidad se halla hoy atrapada, como si se tratase de una jaula de hierro’. El apareamiento entre esa dualidad táctica, bilocación, y la capacidad de resolver con rapidez un problema, desemboca de forma inevitable en populismo.

En consonancia con la estrafalaria versión de la Marcha Granadera, interpretada por la banda de música que recibió en la capital andina a la delegación española, con el Rey inmutable, escuchando el himno entre dos maromos -con el puño en alto- que le llamaban hermano.

El aforismo ahora empleado viene a relevar aquella frase atribuida a Winston Churchill, que durante tanto tiempo hizo fortuna: «La política es el arte de lo posible», con su añadido, «pero para lograrlo hay que insistir en lo imposible».

Luís Sánchez-Merlo

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