No elegimos nacer, nadie nos pidió permiso para existir, y paulatinamente vamos experimentando lo que nos depara los vericuetos de la vida.

Ordenando unos papeles, me topé con unos cuadernos donde plasmé pensamientos, llamémosles, de tipo moralizante, sentenciosos, populares, artísticos, etc.

Y encontré unos alusivos a cómo enfrentarnos a la vida y     profundidad, otros muchos sobre la transcendencia de la muerte.

Todo me motivó a elegir el tema de este nuevo artículo.

Tratar del más allá siempre ha fascinado a la humanidad y gracias a Dios así sigue siendo, por ello he recopilado algunos versos de poetas que han pensado sobre ello, y a la vez otros que canten a la vida, para recordar y revisar nuestra andadura y demos un pasito adelante para disfrutar de paz y alegría 

   Primero contamos con Jorge Manrique, poeta del Medioevo, donde su famoso poema es un exponente de la poesía de aquellos tiempos.

En “Las Coplas a la muerte de su padre”, recordamos que en esta composición abundan hermosas metáforas, alegorías, paralelismos, vislumbrando en él un poeta pre-renacentista.

“Despierte el alma dormida avive…” nos sumerge en relación que se tenía de la muerte en el Medioevo, nada centrado en el hombre, todo relacionado hacia Dios.

Nos vamos un ratico con Quevedo y nos encontramos ya inmersos en “El Renacimiento”, por supuesto el eje central del pensamiento está en el hombre y nos ha legado el mejor soneto de Lengua Castellana compuesto hasta hoy, que posee una particularidad, que sus tercetos son tan perfectos que hacen palidecer a los cuartetos, y da fin aludiendo “que es polvo, pero polvo que ha amado”

Juan Ramón Jiménez, nos regala esta bella hipérbole “La belleza hace eterno el momento fugaz y sin latido”.

Volamos a la vida campesina y sencilla que nos brinda Gabriel y Galán en su poema “El Ama”.

“Yo aprendí en el hogar en que se funda, la dicha más perfecta quise ser como…

Todo esto pertenece a un pasado concreto que debemos valorar para adaptarlo en nuestro entorno y ¡vivamos, vivamos! entre nacer y morir con alegría y dignidad.

Nos animan en este menester, también, cantantes y pongo por ejemplo al dúo ABBA con su alegre “Mamma mía”.

Algunos interrogantes cotidianos de la vida José Luis Perales nos lo sirve en bandeja: “Y quién es él” “En qué lugar…” y hasta las canciones bullangueras del verano nos hacen pensar, pero lo que se dice pensar “Si yo tuviera una escoba, si yo tuviera una escoba, si yo tuviera una escoba cuantas cosas barrería”. Hace alusión a la injusticia y corrupción, en clave de humor, pero nos hace pensar.

El gran Pablo Neruda nos dice que, entre comillas, que se puede morir poco a poco y asevera: “Quién no lee, muere lentamente”. Podemos aplicarlo también así: el que no canta, el que no baila el que no…” está abocado a lo mismo.

No puedo sustraerme entrar en el Romanticismo de la mano de Gustavo Adolfo Bécquer, con una rima alusiva explícitamente a la muerte “Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, cubrieron su rostro con un blanco lienzo” …, nos estremece este hálito de la muerte que no queremos recordar y sabemos va a suceder.

Cuando la vida se acorta como se reduce el acordeón en su melodía, la valoramos más pues el fin, ya no es lejano.

Y es que no hay nada que iguale el don supremo de la vida, el mejor regalo que vamos descubriendo sin cesar.

La muerte será la última lección que nos de la vida y menos mal que el tiempo no se puede ahorrar, si no la convivencia  sería una  hecatombe.

Imitando el oleaje del mar, pasamos a disfrutar de pensamientos sobre la vida, unos tristes, otros alegres.

“Vivir es gracia concreta, su imagen no… Su persona su persona”, nos lo aconseja Jorge Guillén. O sea, no vivir en tercera persona, ni mirando a ver que hacen los demás.

Hemos de zambullirnos en la piscina vital de la vida y nadar y bregar y luchar y avanzar … 

Hay un dicho que dice, que hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, como si esto fuera lo más importante, que su importancia tiene, nuestro hijo nos dará descendencia, nuestro árbol nos regalará sombra y nuestro libro, se leerá más o menos. Pero eso no quita la realidad de que hemos de perecer, por ello la vida hay que sorberla sin que se derrame una sola gota.

Vivir es imitar los rayos de sol, que caen perpendicularmente sobre la tierra y la calientan más, así nuestras palabras y acciones han de caer de este modo, para alegrarles la vida a quienes nos rodean.

Ayer mismo, hablando con una amiga de los triunfos, fracasos y avatares de la vida, me dijo estas palabras que menciono:

“Para mí la vida es caminar buscando el triunfo y aprender, nunca fracasar”.

Vivir es hacer lo que nos dice Zorrilla en uno de sus versos del poema “La siesta”: “Mis ojos no se sacian de verte y admirarte”.

“¡Ay los requiebros de la mieles de amor!

Y fíjense qué vital la estrofa de Bertolt Brecht:

“Y digo esos señores son incorruptibles

no hay importe que los pueda tentar

cuidar las leyes y dictar sentencia

¿No es suficiente incorruptibilidad?”

Esto si se lleva a cabo es vivir con coraje, es vivir sin poner la “cazuela”, es vivir con dignidad.

Y éste de León Felipe ¿no es un canto a la vida?

“¿Es agradable nacer?

Pues yo digo que es tan agradable morir.

Muero con el moribundo,

y nazco con el niño que recoge los pañales…”

¡Cuánto aprendemos de los poetas!, deberíamos andar por el sendero de sus versos.

Hemos de aprender a dialogar para encontrar puntos y nuestro talante ha de ser flexible para caminar juntos, sí, juntos, pues si somos adversarios habrá un respeto, pero si abrimos la puerta a la enemistad, la tendremos siempre en los talones.

La que viene sin avisar, la mujer de blanco, la puntual, la segadora, la del alba, son los nombres azucarados que ponemos a la muerte, porque el nombrarla, tal cual, nos da algo de escalofrío, que este hecho no ha encajado en ninguna asignatura y no estamos preparados para asumir este misterio. 

Recuerdo lo que me contó una amiga, el diálogo que tuvo con su hijo pequeño, que intuía a la Parca.

– Mamá, cuando venga la muerte tú no le abras la puerta.

– Hijo es que ella, ella, traspasa hasta las paredes y no llama.

 El crío insistía y le dijo:

– Pues tú, mamá, si entra te escondes debajo de la cama.

Son partes de la vida, que muchos niños intuyen durante los duelos y el ambiente de tristeza que lo impregna todo.

En muchos cuentos ha estado presente, en “La bella durmiente”, “Blancanieves”, pero también se ha disfrutado cuando el beso del Príncipe les salva la vida.

Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz tienen unos versos que  terminan igual.

La santa:

“…Y vivir en tí no puedo

qué muero porque no muero”

y San Juan:

“y mi mal es tan certero

que muero porque no muero”.

Conocemos el refrán que dice “No hay mal ni bien que cien años dure”, o sea que el inexorable fluir del tiempo, que no necesita cañerías ni conducciones a todos nos inundará, el tiempo lo sentiremos como agua y cuando ésta nos llegue al cuello, no habrá fontanero que lo remedie.

Nuestro destino trazado lo tenemos, pero nuestro libre albedrio está en nosotros y muchos hechos están en nuestras manos realizar una u otra cosa.

Debemos de luchar por nuestra felicidad y no pasar de largo, seamos como  la avecilla más pequeña, el colibrí que da 55 aleteos  por segundo para libar el polen de las flores, o sea trabaja.

Transcendental la pregunta, ¿A dónde vamos? Cada cual tiene su respuesta, según su libre criterio, yo creo que abrazaré a los míos cuando traspase ese túnel, que dicen que en el final existe mucha luz.

Un día en clase memorizábamos con ayuda de un disco el poema de García Lorca “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías.

La clase trocábase en un solemne silencio y escuchábamos y repetíamos “a las cinco en punto de la tarde”, y algo de tenebroso flotaba cuando escuchábamos “una niña trajo la blanca sábana” etc.

Mas esto tiene su reverso, dicho torero, antes vivió, es decir, disfrutó, gozó, tuvo su plenitud, muchos deseos colmados, lo que se dice le sacó el jugo a la vida. 

¡Vivimos, vivimos! Tenemos múltiples modos de disfrutar: libertando a un pajarillo, acompañando a un solitario, cantando una nana, el rezar una oración, asistir a un cumpleaños, asistir a un boda, oler el perfume de una flor, sentir la sonrisa de un niño, deshacer un entuerto, leer un poema, una novela, la victoria de nuestro equipo, asistir a un concierto y tantas y tantas… 

Ha habido poetas que han piropeado a la muerte algo insólito, pero cierto así leemos en ´´La muerte da a la vida las gracias de lo acabado”, nos lo comunicó José María Pemán. 

Podemos meternos en la piel de un niño porque antes lo fuimos y asombrarnos de sus juegos, de su mundo y, por ende, recordar alguna que otra aventurilla de antaño que seguro nos hará sonreír.

 Cuando el otoño hacía su aparición, preconizaba la costumbre de la escenificación de Don Juan Tenorio en el teatro y en todas las casas, en cualquier ambiente escuchábamos “Yo a los castillos subí, yo a las mazmorras bajé”, y todo este tufillo de ultratumba las pandillicas lo sentíamos y nos reuníamos en los portalones de casas señoriales, que eran más grandes y contábamos historias de fantasmas, de aparecidos, donde se bebía nuestra dosis de terror, miedo, amor y cementerio.

Acabo en nuestro hoy que hemos de ser valientes y vivir con intensidad la vida, que sigue siendo bella dentro de la tragedia y ahora comprendemos más que nunca que lo importante, como sabemos, es disfrutar las cosas, que ni se compran ni se venden y que lo que se dice vivir, vivir es pensar y ayudar a los demás como gracias a Dios está sucediendo a nuestro alrededor.

Vivimos tiempos difíciles, sí, pero propicios para consolar, aconsejar y abrazar con sonrisas.

¡Vivamos, vivamos! Y a tope entre nacer y morir

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