Los Reyes de Oriente, la imprompta imborrable del imaginario cristiano

Inmersos en la Historia de la Salvación concatenada al capítulo que atañe al nacimiento e infancia de Jesús, si de por sí adquirió especial relevancia por lo que se vislumbró en el devenir de la Humanidad, mismamente, se puntualizaría otro antecedente de extraordinario calado como la Adoración de los Reyes al Niño de Dios.

La expresión católica de estos sabios venidos de Oriente, tiene su génesis en las fuentes documentales extraídas de los evangelios canónicos, que actualmente conforman el Nuevo Testamento; en particular, el Santo Evangelio según San Mateo que cita a unos magos.

Aunque, no pormenoriza los nombres, el número y las designaciones de Sus Majestades, quienes contra corriente siguieron con exactitud la luminosidad e irradiación de una estrella que les llevaría hasta la presencia de José y María, en un pobre pesebre de la Ciudad de Belén y en la que amorosamente cuidaban del recién nacido.

Ya, con anterioridad a alcanzar el final de su largo recorrido que les reportaría ante el “Rey de los Judíos”, los emisarios saludaron en Jerusalén al rey Herodes I el Grande (73-4 a. C.), gobernador de Judea, Galilea, Samaria e Idumea en calidad de vasallo de Roma y al que le preguntaron por este hecho puntual.

Pero, para interpretar adecuadamente a quiénes llegaron in situ hasta la cuna del Niño e intuir su contenido teologal, es preciso determinar la magnitud del texto extraído del Libro de los Profetas como Miqueas (740-670 a. C.).

Indudablemente, el pasaje profético es mesiánico, porque el autor pretende confortar a su pueblo frente a la intimidación de Asiria, antigua región del Norte de Mesopotamia, con el indicio de un futuro Libertador descendiente de la estirpe de David.

Dicha narración en los labios de los escribas y en la pluma del apóstol San Mateo, simboliza que para los precursores, Jesucristo debía nacer en esta Ciudad de Palestina y hacer constar que quién habría de venir cumplía con estos requisitos.

Herodes, en cuanto deliberó reflexivamente con sus intérpretes bien conocedores de los libros sagrados, pudo confirmar a los sacerdotes eruditos del Antiguo Oriente, que el Niño habría de nacer en la pequeña Ciudad de Belén, tal como lo había conjeturado la profecía a finales del siglo VIII a. C.

El fragmento de Miqueas 5, 1 dice literalmente: “Más tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño”.

Con lo cual, Herodes, le exhortó diplomáticamente, pero, a su vez, lo hizo astutamente, para que a su regreso se reencontraran y corroborasen el punto exacto donde se hallaba el Niño de Dios e ir él también a adorarlo. Como es sabido, objetivamente, su propósito perverso era darle muerte por la envidia que le afligía.

De camino a Belén, los magos contemplaron admirablemente aquella estrella, que con anterioridad les había presidido en su extenso peregrinaje, hasta descubrir con su fulgor a la Sagrada Familia de Nazaret.

Una vez en la estancia, solemnemente le adoraron y brindaron con dones como el oro, simbolizando la naturaleza real como presente dispensado únicamente a los reyes; asimismo, con incienso, encarnando la condición divina aplicada en el culto; y, por último, mirra, un compuesto embalsamador para los difuntos que evidenciaba el sufrimiento y la muerte que Jesús habría de padecer.

A su retorno, los embajadores avisados por un sueño de las intenciones malévolas de Herodes, jamás reaparecieron, una cuestión que encolerizó estrepitosamente al rey, dictaminando dar muerte inminente a los niños menores de dos años afincados en Belén; suceso que se conoce como la matanza de los santos inocentes.

Un nuevo encargo celestial habría de concurrir: siendo José prevenido de la grave amenaza que se cernía, partió de inmediato a Egipto con María y el Niño.

El Santo Evangelio de San Mateo 2, 13-15, nos expone como José satisfizo con comedimiento la Palabra de Dios que el Ángel le reveló: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle. Él se levantó, tomo de noche al niño y a su madre y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo”.

Con estos mimbres la Celebración de la Epifanía del Señor, que denota el advenimiento, la manifestación y el fenómeno en la revelación de Jesucristo hecha carne, la presentación en el pesebre de los Reyes de Oriente conjeturó el signo del mundo pagano, quiénes en su nombre, vinieron desde sitios distantes para mostrar con su profesión de fe y con ello, el refrendo en el reconocimiento de Dios a través de su Hijo.    

Y es que, desde épocas inmemoriales, tanto en Oriente o Levante como en Occidente o Poniente, a excepción de la Ciudad de Roma y, tal vez, en demarcaciones del continente africano, la Iglesia preconizó la revelación de Dios en la Tierra, que, a posteriori, se reconoció como la Festividad de la Epifanía.

En lo ignoto del siglo II, con algunas sectas gnósticas o corrientes sincréticas filosófico-religiosas que llegaron a enmascararse con el cristianismo, se aprecian reseñas acerca de la mención del Bautismo de Jesús. De todas maneras, habría que aguardar hasta la mitad del siglo IV, para obtener las primeras pruebas derivadas de fuentes ortodoxas.

Aunque, el umbral de la Epifanía parece ser bastante opaco, una tras otra, han ido resultando las más tergiversadas suposiciones; si bien, esta conmemoración afloró dentro del proceso de inculturación de la fe que muestra la conjunción de la catolicidad con las culturas de los pueblos, en una fiesta del Sol naciente de arraigo muy significativo.

De cualquier modo, la Epifanía se extendió rápidamente por Occidente con un triple contenido teológico: primero, como manifestación a los paganos reproducido con la admiración de los llegados de Oriente a Belén; segundo, valga la redundancia, como manifestación a los judíos mediante el Bautismo en el Jordán; y, tercero, como manifestación a sus discípulos con el milagro acaecido en las Bodas de Caná.

En Oriente, con la implantación de la Natividad el 25 de diciembre, la magnificencia de la Epifanía perdió su particularidad de dedicación al Nacimiento de Cristo, situándose en la evocación del Bautismo del Señor.

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© National Geographic, de fecha 26/XII/2019

Hoy por hoy, esta solemnidad gira en la Iglesia romana en torno a la universalidad del designio salvífico divino.

Con todo, las lecturas ya proclamadas en el profeta Isaías 60, 1-6 y cumplida enteramente en Cristo, así como en la Epístola de los Efesios 3, 2-3. 5-6 y en el Evangelio de San Mateo 2, 1-12, describen visiblemente la vocación salvadora de las personas que permanecen indiferentes al pueblo judío.

Idénticos enfoques se proponen en los pasajes eucológicos, expuestos, primeramente, como iluminados y copiosamente influenciados por las Sagradas Escrituras; y, segundo, porque están envueltos con la descripción conforme a un autor explícito del tiempo y situación en el que fueron redactados. Estos elementos, no caracterizan meramente el aspecto formal y exterior de los mismos, sino que análogamente, contribuyen en el enunciado y entendimiento de su base doctrinal.

La argumentación y los enunciados evangélicos presentes en los relatos eucológicos, aparte de constituirse en testimonios de primera mano, son el producto de la visión que la Iglesia extrae del misterio de Cristo en su fuente probada: la recopilación de los textos sagrados.

Ciñéndome en la figura de los Reyes de Oriente, la palabra griega “mágoi” es traducida como “magos” y “sabios”. Originariamente, se refiere a individuos eruditos de origen persa, probablemente sacerdotes, que eran exégetas de señales especiales, sobre todo, aquellas que atañen a la astrología.

Con el paso del tiempo, la retórica se dispuso de distintas formas para personificar a sujetos con prácticas y destrezas sobrenaturales.

A raíz de lo referido, el sentido vernáculo de “mágoi” puede incumbir a sabios que interpretaban indicios catalogados como extraordinarios. Al menos, se desprenden tres precedentes que defienden esta tesis: primero, en su proceder, los Reyes dieron a conocer que se sentían atraídos por los eventos estelares; segundo, la Biblia nos aporta que provenían de Oriente, con lo cual, se atinaban en el trazado de Babilonia y la antigua Persia. Y, tercero, de las poblaciones de Oriente, los babilonios tuvieron amplias posibilidades de instruirse apropiadamente en la doctrina hebrea, porque dichos extractos refundían las promesas que auspiciaban la venida del Mesías.

Con respecto al lugar de procedencia de los Reyes, concurren abundantes disonancias. Mientras, se estima que provienen de Persia, otros, en tanto, consideran que de Babilonia o, acaso, de Arabia y hasta de sectores ubicados al Oriente de Palestina como Etiopía y Egipto.

De hecho, Arabia se valoró como el reino arcaico nabateo en el que estaba Damasco, en concreto, al Este de Perea y Judea. No obstante, un detalle arqueológico del período de Constantino (272-337 d. C), desentraña el deseo del evangelista al encuadrarlos como oriundos de Persia.

A ello corresponde una carta sinodal del Concilio de Jerusalén del año 836, en la que se alude, que en el 614 las milicias persas devastaron los santuarios cristianos de Palestina, excepto el que corresponde a la Basílica de la Natividad en Belén, con la singularidad, que en su frontispicio se localizó un mosaico que reproduce la Adoración de los Reyes Magos, reconociéndose en sus imágenes los atuendos típicos de su país, motivo que inclinó a las tropas a eximir este templo de la destrucción.  

Estos tres sabios que surgieron en una sola ocasión en la Historia del Nacimiento de Jesús, dejaron una huella perdurable en las mentes y corazones de la fe católica, que desde las centurias transitadas se ha transferido de generación en generación.

La inmensa mayoría de los documentos que recrean su memoria tras el encuentro con José, María y el Niño, detallan su conversión. Un matiz que en el siglo IV resalta Eusebio de Cesarea (263-339 d.C.), que asigna el atrevimiento y carácter misionero del apóstol Tomás, también llamado Judas Tomás Dídimo, que habría sido el portador de administrarle las aguas bautismales.

En este contexto, Melchor, Gaspar y Baltasar se consagraron en cuerpo y alma a la divulgación del evangelio, hasta sufrir el martirio hacia el año 70.

Con anterioridad, al momento de postrarse ante el Niño, personalizaban a todos cuantos sin una revelación manifiesta del Dios judeo-cristiano, indagaban entre sus anhelos: la luz o la justicia, o el amor y lo sublime y el bien, ya fuese porque quedó desvelado en sus religiones por las semillas diseminadas, o bien, porque eran devotos al Dios que les hablaba en lo más recóndito de su conciencia; aún, sin creer en Él o sin buscarlo expresamente; pero sí, tácitamente en los valores contrastados.

Desde entonces, numerosos historiadores, expertos y analistas sostienen que, al orientarles una estrella, explicaría fehacientemente que estaban iniciados en la astrología o en la ciencia de la navegación y, por consiguiente, en la concreción del espacio de las conformaciones cósmicas.

Estos hombres en los que ni un ápice les hizo desviarse del rumbo marcado por la providencia, dejaron todo para encaminarse a lo incierto en la búsqueda del Mesías prometido, no flaqueando ante los inconvenientes del largo viaje. Al igual, que como en épocas pasadas resultó con el padre de la fe, Abraham, renunciando a sus seguridades y partiendo con convicción a la tierra que Dios le mostró.

Inicialmente, los Reyes florecen como una casta sacerdotal de Persia y Media, entregándose de lleno al estudio de la sabiduría. En los preámbulos del siglo II, aparecen personificados como nobles persas en las pinturas de las catacumbas de Santa Priscila, en Roma. Más adelante, en el siglo III, el escritor y teólogo Orígenes (184-253 d. C.), uno de los pilares de la teología cristiana, planteó que eran tres magos, en base a los obsequios entregados al Niño.  

Después, a mediados del siglo VI, la Iglesia de San Apolinar Nuovo en la localidad italiana de Ravena, se concretiza en ser el primer recinto donde se constatan las denominaciones que en nuestros días distinguimos; teóricamente, corresponden en griego a ‘Appellicon’, ‘Amerín’ y ‘Damascón’ y en hebrero a ‘Magalath’, ‘Serakin’ y ‘Galgalath’. Pese, a que San Beda el Venerable (672-735 d. C.), será quién en las postrimerías del siglo VII e inicios del VIII, precise sus sobrenombres, identificándolos con el don presentado al Niño de Dios y algunos de sus rasgos corporales.

Los primeros apelativos se asemejan a ‘Bithisarea’, ‘Melchior’ y ‘Gathaspa’.

Luego, en el siglo IX, el historiador Andreas Agnellus (805-846 d. C.) o Ravennate de Agnello, en su obra “Pontificalis Ecclesiae Ravennatis”, conocida como la Crónica Episcopal de Rávena, le confiere las designaciones de Melchor, Gaspar y Baltasar. En la Edad Media (476 d. C.-1453), el mensaje de universalidad y la creencia de Jesús como el Mesías anunciado, entrañó que los Reyes se veneraran como santos y reprodujeran las tres razas y continentes observados hasta aquel lapso, cuales eran: Europa, África y Asia.

Paulatinamente, la verdadera trascendencia en la significación de la Celebración de la Epifanía, se iría omitiendo hasta caer en desuso, enmarcándose en un sinónimo de la Adoración de los Magos.

Con este pragmatismo, primero Melchor, anciano de larga barba, habitualmente vinculado con las personas procedentes de la extensión europea, trae oro por la realeza de Cristo: Rey de la vida y del corazón, así como de la historia y del universo; del destino actual y del tiempo definitivo. El que es, el que era y el que va a venir. Segundo, Gaspar, imberbe de piel sonrosada, aglutina a las gentes asiáticas y lleva el incienso que es propio de la divinidad de Jesús, brindándole con su fragancia.

Y tercero, Baltasar, de tez morena, agrupa a las muchedumbres de África y transporta la mirra, retrato vivo de la humanidad del Señor y característica de la praxis humana, con la que se olean los cuerpos para la sepultura e indicativo de la pasión redentora de Jesús. Al unísono, los tres hacen alusión a las etapas del desarrollo de la vida: Gaspar refleja la juventud; Baltasar la madurez; y, por último, Melchor la vejez.

Irremediablemente, el oro, el incienso y la mirra nos trasladan a la denominada ‘Ruta del Incienso’, una travesía comercial que conectaba Egipto y la India por la Península Arábiga, remitiendo hasta el Mediterráneo efectos y géneros del Asia Central, hasta circunvalar Judea y toparse con Belén. Las enseñanzas antedichas, su empleo común y la senda inequívoca, hacen posible que los Reyes esgrimieran esta andanza.

Ahora bien, el itinerario que ha ganado más enteros con una distancia de casi dos mil kilómetros, se perfila en la porción de Persépolis, Takht e Jamshid en el Irán hasta Babilonia, específicamente, Mosul en Irak, que franquea Líbano y Siria y llega a Palestina desembocando en Belén. Prosiguiendo en la versión apócrifa, como el Protoevangelio de Santiago o el llamado Evangelio armenio de la infancia de Jesús, un volumen fijado en el siglo V o VI, y en otros escritos, se hace mención a tres Reyes: Melkon, rey de los persas; Gaspar, rey de los indios y Baltasar, rey de los árabes.

Eusebio Hierónimo (347-420 d. C.), conocido comúnmente como San Jerónimo o Jerónimo de Estridón, valiosísimo en la transcripción literaria que nos escenifica la recalada de los Reyes de Oriente en Belén, utiliza el término “praesepe” o “praesepium”, que traducido representa al pesebre.

Melchor o Melchiar, era el rey de Nubia y Arabia; mientras que Gaspar o Jaspar, rey de Tharsis y de Egriseula; y Baltasar o Balthasar, rey de Godolia y Saba. Según la tradición, fueron transportados en dromedarios y continuaron castos en el curso de sus vidas.

Consecuentemente, los soberanos orientales embajadores de los paganos, admitieron las primicias de la religión católica: lo que en principio estaba reservado para el pueblo escogido, pasaría a ser ecuménico.

Este es el gran presente que nos transfieren los miembros de la casta sacerdotal medo-persa de la época aqueménida, como Melchor, Gaspar y Baltasar con la Celebración de la Epifanía del Señor: la universalización de la Salvación encarnada en el Niño de Dios hecho hombre; escudriñando en el sagrario de sus conciencias hasta toparse con la Verdad más absoluta, visibilizada en el desprendimiento de adorar sin complejos, al Rey de Reyes y Señor de Señores.