Si a mí, una ciudadana “corriente y moliente”, me preguntaran qué le pido a la Corona, respondería que integridad, honestidad y transparencia, pues es deudora de la generación de ciudadanos que, con don Juan Carlos I, abrió camino a la democracia, al entendimiento de los españoles y a su convivencia en libertad.

A juzgar por el titulo del manifiesto que algunos diputados han leído para explicar el motivo por el que no estuvieron presentes en la solemne apertura de Cortes que presidió el rey Felipe. Ahora queda por desarrollar una pedagogía eficaz del valor de la monarquía. Para qué vale un rey, dicho de una manera directa.

Quizás, por eso, resulte oportuno hacer una especie de mini-resumen del análisis de lo que significa la Monarquía, publicado en la Razón

En primer término, se debe recordar que no es simplemente un régimen político, sino una forma de Estado, dentro de la cual caben regímenes diferentes, ajustándose a las circunstancias peculiares de cada tiempo, si bien conserva su esencialidad. Algunas veces utilizamos el nombre para referirnos a formas, autoridad personal en otros lugares, pero esto nos confunde. Un rey no es un emir ni un califa.

L. Suárez, en un artículo publicado en la Razón, explicaba: “La más importante entre las aportaciones que las monarquías traen consigo es la distinción entre autoridad y potestad. La autoridad es, en sí misma, un bien –ahora parece que queremos decir lo contrario-“. (Llevamos años confundiendo autoridad con autoritarismo), ya que es la que indica lo que debe hacerse, mientras que el poder se reputa como mal menor necesario al que se debe apelar para corregir a quienes se desvían e incumplen la ley que es la que traduce, en forma escrita, esa autoridad.

Alfonso XIII fue obligado, desde la calle, y quebrantando la ley, a suspender el ejercicio de sus funciones. Las consecuencias fueron terriblemente dolorosas para los españoles, en los dos bandos. Y, en cambio, cuando Don Juan, y luego su hijo, aceptaron el reto de aquel retorno a la legitimidad, la consecuencia fue una transición que hoy se presenta ante las demás naciones como un ejemplo.

Así sigue explicando L. Suárez en el artículo anteriormente citado esta cuestión:  “El monarca, el mismo que asumía la lejana herencia, reducía sus funciones a ese espacio propio de la autoridad ejercida únicamente con palabras. Y España, remontando las tremendas claves de la violencia, volvía sobre sí misma”.

El manifiesto leído por algunos diputados y aplaudido por otros, refleja una ingratitud tremenda :No se trata de defender o explicar a una persona, sino de conocer lo que significa una institución. Allí en donde aparece el monarca, se halla presente España. Y no pongamos en peligro el futuro. De la monarquía depende esa línea sutil en que se construye y alimenta el patriotismo.

“El Rey es, en fin, un símbolo de la Nación española que procura en el desempeño de sus funciones la integración política y social de la comunidad sobre la cual reina, y tal integración supone, además, una gran capacidad de guía, tanto de la vida social como de la vida política, y lo mismo en el campo de la vida española que de las relaciones internacionales. De tal modo que la escasez de su potestad constitucional se compensa con una excelente autoritas social.” (L. Suárez)

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