El solitario caminante
tiene alma de peregrino,
de cómico, de ambulante,
de nómada sin sendas,
sin destinos ni caminos.

Marcha con gozo hacia el sol,
hacia aguas turbulentas,
hacia cumbres solitarias,
hacia crepúsculos suaves,
hacia la lluvia, la tormenta,
hacia rutas de rocío.

Y el solitario caminante
camina y no conoce su ruta,
no conoce su destino,
apenas distingue sendas,
veredas, vericuetos ni caminos.

Y un día, sin pensar,
vislumbró en su vida
lo que era su caminar,
se dio cuenta que tendía
hacia una meta lejana,
misteriosa eternidad.

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