Tras compartir con ustedes, como el título indica, sobre la belleza, ya habrán echado en falta que me restaba hablar algo más sobre ella.

Son dos las clases a las que voy a dedicar todo este artículo, pues pasan muchas veces desapercibidas.

Conocemos personas no muy agraciadas, que no son lo que se dice idóneas para atraer el flechazo de Cupido a primera vista, pero ¡ojo! al tratarlas y conocerlas vislumbramos algo hermoso, sí, eso es, que estamos ante un tipo de belleza, no el sublime estético, que ya lo vimos, sino lo sublime moral.

Este consiste, en que sus actos son generosos, pacientes, desprendidos, dulces, correctos, amables, serviciales, leales, que no siempre se dan en la misma persona.

Los tenemos entre nosotros y los ha habido y habrá en todo tiempo, así fueron elegidos como protagonistas algunas que otras personas pertenecientes a dicho grupo.

Me viene a la memoria “Marianela” de nuestro insigne escritor Benito Pérez Galdós, en el cine contamos como muestra “La Heredera”, protagonizada por Olivia de Havilland, “La Tonta del Bote”, en plan jocoso, de Pilar Millán Astray.

La verdad, que en nuestro entorno podemos encontrarnos con estos pacíficos y altruistas seres.

Y sé, que, a ustedes, como a mí, cuando hemos conocido una persona que carece de los cánones de belleza clásica, amén de los que no concuerdan con el estilismo actual, en cuanto se les trata, su naturalidad, junto a muchas de las adjetivaciones enumeradas anteriormente, logran que nos interroguemos:

“Pero, ¿cómo he estado tan ofuscado de ver a esta persona feucha?”. Entonces decimos: “es una bella persona”; en realidad tendríamos que decir: “es una buena persona”. Estamos trasladando la bondad a la belleza, pero se oye todos los días, o con mucha frecuencia.

Pudiera ser que también poseyera la otra clase de belleza que nos falta plasmar, que es “la belleza simple”, valga la redundancia, es simplemente “lo elegante”.

Y pensamos: “pero si tiene clase, si sabe elegir a la perfección lo que es un fondo de armario, si acierta en el atuendo informal y en el festivo al cien por cien”. Van siempre a juego, con los colores acertados, con el detalle preciso, si es mujer, con un maquillaje acorde con los eventos a seguir, nos parece que su presencia no es muy notoria, pero dejan huella en el ambiente con perfumes discretos, primando, en todo, la sencillez.

Pues sí, imaginemos, esa persona, que posee la belleza sublime más la simple, la elegante, esa personalidad es un potente imán que atrae, y si alguien tiene la suerte de conseguirlo, ha encontrado un tesoro.

No pasa así a la inversa, sabemos existe la mujer que físicamente posee esa atracción a la que Cupido sí le lanzaría su flecha.

Pues resulta, y esto creo todos conocemos algún caso, en principio gusta, comienza algo de cortejo, seguido en breve por el trato, mas no saben en qué momento, cuando descubre cómo se porta en la mesa engullendo más que comiendo, con conversaciones ególatras, en que emerge lo intranscendente y trivial, pues, en esas circunstancias el chico o chica ponen los pies en polvorosa y se dicen “¡pies para que os quiero!”.

Comprendemos que mucha gente favorecida está adornada, también, con muchas virtudes y buenas costumbres, y han protagonizado historias de ficción como Blancanieves, en el cuento de los hermanos Grimm y gente no favorecida, con sus almas todavía más nefastas que su físico, un ejemplo son las malísimas hermanastras de Cenicienta.

En la vida real ocurre igual, pero centrémonos en lo que hoy ventilamos.

¿Qué ocurre en esta dualidad? Que una resultona con un alma zafia es rechazada y una que aparentemente no brilla, en cuanto se descubre su interior quedan prendados o prendadas por ello, es muy verdadero aquello de que “La suerte de la fea la bonita la desea”.

Muy importante pues, es la belleza sublime moral y la belleza simple, la elegancia.

Cuanta gente podría decir:

“Sí, yo tuve suerte, yo elegí bien a mi esposa, no era un bellezón, pero por los ojos se le escapaba una dulzura especial que atraía más que a las moscas la miel, y viceversa, el pensamiento de una chica podría ir por el mismo camino respecto a su mozo y afirmaría: “yo no tengo un Brad Pitt, pero es un ser tan atento, tan delicado y además es “un quitapenas” de primera, que, la verdad, he tenido suerte.

Por eso recuerdo que nunca me gustó aquella canción que decía “Que se mueran los feos, que se mueran, que se mueran…”

Además, estas personas al ir cumpliendo años siguen siendo las mismas, elegantes, atentas y dispuestas.

Qué razón llevaba Platón al describir que la educación consiste en sacar del interior todo el potencial de bondad y belleza que fuere posible.

“Chapeau” a los educadores que lograron que seres como los descritos hayan mejorado sus tendencias naturales, hayan mejorado su autoestima.

Así pues, disfrutemos, en general, de una sonrisa de labios entreabiertos, que es más sublime que una carcajada, de una mirada con una caída de ojos misteriosa, que es más delicada que una picaresca, y de una voz susurrante, más que de una voz potente.

Y para terminar como el domingo pasado, me sentiría muy honrada si mi trabajo ha conseguidos ser catalizador para que ustedes deseen releer algo de sus autores favoritos, disfrutando la belleza que portan sus páginas, no sin antes invitarles a que lean este poema mío, que tiempo ha escribí, elegido porque aquel vestido tuvo que ser elegante.

Pequeña añoranza

Ponte, mujer, ese vestido rojo,
el que te pusiste aquel día,
aquel día…
que temblando me dijiste sí;
y ponte, mujer, tu lazo de terciopelo
y recoge tu melena
rizada, leonada, como ayer.
Cuando vengas hacia mí,
yo cerraré los ojos,
tú los cerrarás también,
y ese beso dulce 
que absorberemos 
será aún más hermoso
que aquel furtivo y ardiente
que nos dimos temblorosos,
en el pasado, en el ayer.
Ponte tu vestido rojo
para mí, mujer.

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