Cuando me jubilé, coloqué mi nido en Alicante, a la orilla del mar y viví ese maremágnum de traslado de muebles, enseres etc.

Especial atención tuvo para mí la decoración, que una de sus facetas la realicé enmarcando un conjunto de tarjetas postales antiguas, de aquellas color siena, blanco y negro, con los característicos colores tan intensos de antaño.

Las entresaqué de la correspondencia de antepasados míos, que ya saben era casi un reto felicitar en las onomásticas, cumpleaños…, se felicitaba al salir de una enfermedad, al obtener un trabajo, vamos como hoy “El mismo perro, pero con distinto collar”.

Avisada por el dueño o encargado del establecimiento, me presenté a recoger mi encargo y cuál no sería mi sorpresa que me dijo que a muchos clientes les cautivaron y estaban dispuestos a negociar y ajustar conmigo un precio, que ya partía de uno elevado.

Yo le respondí que esas láminas no tenían precio, que para mí eran como un tesoro.

Un preámbulo largo, lo sé, pero ya habrán averiguado de qué va el tema.

Aquellas lecciones tan abstractas, que tantos quebrantos me supusieron, ahora, al repasarlas, siento un placer especial y vienen con velocidad a mi mente, recordando aquellos años juveniles, esos conceptos que me enseñaron, es decir, no enseñaron a bien pensar.

Empecemos por el valor, y recordándolo junto la experiencia vivida de lo que se trata.

Pero no está de más refrescar la memoria, como la venta y compra del “Monopoly. Por ejemplo, de dos pisos en Madrid uno en la calle Serrano y otro en Vallecas, es obvio que el primero posee más valor, una pulsera de platino, más que un de plata y un descubrimiento científico que salve vidas, más que saber de nuevas rutas de itinerarios turísticos…

Decimos frecuentemente que todo tiene un precio y es verdad, todo no cuesta igual.

El coste de algo, lo que fuere, está en lo que hemos de entregar para conseguirlo, 

Cuesta más, entregamos más dinero por un vestido diseñado por Balenciaga, más valioso que otro de un diseñador que empieza a abrirse camino en estos lares.

Si una persona pagase mucho dinero por una cosa sin valor, ha habido un engaño, una estafa, ha realizado una mala compra.

O sea que el coste viene determinado por su el precio que hay que abonar para adquirirlo.

Muchas cosas su valor es apreciable a simple vista, un avión tiene más valor que un coche, un balón de reglamento más que una pelota de tenis etc.

El valor es una cosa intrínseca que posee un objeto, inmueble, joya etc. pero su coste varía, ya que estamos inmersos en la oferta y la demanda y esta circunstancia ajusta el precio.

En ciertos lugares, sobre todo en países árabes en los característicos zocos y bazares, un objeto con el mismo valor, con ese regateo de tira y afloja, hay quienes fuerzan a que el coste baje y resulta esa adquisición como una ganga; viceversa, un engaño según gane el que compre o el que ofrece.

Sí amigos, tengo muchas vivencias de esta índole, pero como sé que esto es muy usual, las omito.

Quedamos unos amigos para dar un paseo y claro como estamos vivos respiramos, sí, el aire entra en nuestros pulmones.

El aire es de un valor estable e intrínseco, pero como es muy abundante, no nos cuesta nada.

En las rebajas, objetos que, con valor por su diseño, creatividad y antigüedad, para dar salida al género, se ofrecen por menos precio, pero para muchos no es así, si no que se lo pregunten a un coleccionista, que, cada día, sus pertenencias, como no quiere venderlas, tienen más valor.

El valor de los objetos o composiciones han de ser objetivos, por ejemplo, los poemas de Tagore, Bourdelais, Lope de Vega o Calderón tienen un valor intrínseco, aunque personas con poca preparación no alcancen a entenderlo, igual podríamos decir del Coliseo romano, la Giralda de Sevilla o el Palacio de Aranjuez.

Entre varios objetos, si nos dan a elegir y nuestra elección va al mismo, deducimos que tiene más valor, que preferimos ese y no otro y si alguien se decantase por el más insignificante el más deslucido, eso sería debido a la incultura, o sea, de un modo natural siempre nos tendemos al de más valor.

Entonces, si yo deseo algo con énfasis, no quiere decir esto, que aquello que prefiero sea más valioso, los deseos van por una parte y los valores intrínsecos de los objetos por otra.

Esto lo  apreciamos  en los seres humanos que van tras valores materiales tras un ideal inferior de poco valor, en vez de elegir lo que verdaderamente vale.

Y entra  de lleno la  frase  que oímos usualmente como un lamento, como una queja.

La escala de valores que yo aprendí y sigo estando de acuerdo con ella es la siguiente: 

Vamos de menos a más.

Económico, vital, intelectual, estético, moral y religioso.

Termino con un poemita, donde elijo plasmar lo que siento con libertad,

asumiendo riesgo de que muchos no lo comprendan.

Si han llegado al final de mi artículo, incluido el poema, se lo agradezco mucho y muy agradecida por dejarme estar un rato a su lado.

Mis poemas
Pueden no tener valor,
razón, vida, ni sentido,
tal vez no digan nada,
pero me allanan caminos.
Mis conceptos no se aclaran,
no expresan nuevas ideas,
pero me siento valiente
al vibrar con mi palabra.
Puede no tener valor
nada de lo que escribo,
pero ahuyento fantasmas,
y eso, en mí, tiene sentido.

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