Remontándonos a las horas sombrías del verano boreal de 1995, en concreto, el 11 de julio, poco antes de la finalización de la Guerra de Bosnia (6-IV-1992/14-XII-1995), más de 8.000 bosnios musulmanes fueron asesinados en el enclave de Srebrenica, al Este de Bosnia Herzegovina, por el ejército serbobosnio bajo el mando del general Ratko Mladić (1943-77 años) y el grupo paramilitar serbio conocido como ‘Los Escorpiones’, que ocultaban sus rostros con capuchas negras para saquear, torturar, violar y matar.

Sin duda, la más execrable masacre realizada en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial (I-IX-1939/2-IX-1945) y un caso de limpieza étnica, que trastornó al conjunto de la sociedad global y precipitó el punto y final del conflicto bosnio, presionando a serbios, croatas y musulmanes a firmar en 1995 el ‘Acuerdo Marco General’ para la paz en Bosnia y Herzegovina, también observado como ‘Acuerdos de Dayton’ o ‘Protocolo de París’, en la base aérea de Wright-Patterson, Ohio, EEUU, con motivo del proceso de desmembramiento de la antigua República Federal Socialista de Yugoslavia.

Veinticinco años más tarde, muchas de las heridas continúan abiertas y el exterminio persiste siendo el caballo de batalla en uno de los principales puntos de discusión entre las comunidades bosnia (musulmana) y serbia (cristiana-ortodoxa). Luego, no es sencillo residir junto a quienes contradicen que se haya cometido la eliminación sistemática, como tal; una huella que pulula en el imaginario colectivo de las mentes y corazones de los bosnios. Caso contrario ocurre en los serbios, convencidos que lo acontecido se embarduna en mito.

Los primeros, vislumbran el vacío inconsistente en la muerte de los miles de perecidos como parte integral de la masacre y, hoy por hoy, la punta del iceberg para la relajación de las relaciones entre ambas comunidades. En cambio, la amplia mayoría de los segundos, englobando a sus líderes, reconocen inadmisible la apreciación de genocidio. 

Contrariamente a las pruebas y sentencias de los Tribunales Internacionales, la negación permanece viva a la sombra de la violencia futura.

Hasta nuestros días, cerca de 6.900 víctimas han sido encontradas y reconocidas en más de 80 fosas comunes. Un número considerable ha sido enterrado en el Centro ‘Memorial y Cementerio del Genocidio de Srebrenica-Potocari’, donde recientemente han recibido sepultura los restos de nueve víctimas identificadas. 

En cuanto a sus ejecutores preferentes, Ratko Mladić, exjefe de Estado Mayor del Ejército y Radovan Karadzić (1945-75 años), en calidad de presidente de la República Srpska, entre 1992 y 1996, se capturaron, respectivamente, en 2010 y 2008; juzgados y castigados a cadena perpetua. En síntesis, se han dictaminado 191 casos vinculados con la aniquilación y dictadas 90 condenas.

Con estos antecedentes preliminares, se constata uno de los capítulos más tenebrosos en el Viejo Continente de posguerra, cuando tras casi tres años de rodeo, acoso y derribo, aflora el lamentable papel conjugado con lágrimas por Europa en este abominable suceso: difícilmente pueden ocultarse relatos de madres desmoronadas que jamás repararán en ver a sus hijos descansando en paz; o familias desalojadas sin mirar atrás y que aún no han retornado a sus hogares; o aquellas y aquellos supervivientes que prosiguen despertando en medio de la noche con el sobresalto petrificado. 

Por lo tanto, ¿cómo excluir la aflicción de mujeres, madres y esposas, que como una espada que les atraviesa el alma, divagan descorazonadamente en la profundidad del sufrimiento?

Ya, en los noventa, los Tribunales Internacionales establecidos a los efectos de arbitrar los crímenes consumados en la ex-Yugoslavia, sentenciaron a los serbios, avalando que la limpieza étnica materializada por integrantes de las fuerzas serbio-bosnio, configuraba un genocidio. 

Obviamente, se circunscribió una Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, valga la redundancia, con tres condenas por genocidio en los Juzgados alemanes, asentada en un sentido más extenso del término genocidio, que el empleado por las Cortes Internacionales.

Sin embargo, las fluctuaciones se levantan en el instante de concebir por qué representantes croatas y bosnios no se juzgaron con idénticos criterios, siendo que los testimonios o desgarros de los pueblos, describen la tempestuosa certeza de una incursión con las derivaciones de consternación, ferocidad y destrucción, en ningún tiempo adherida a los mandatos legales de las Convenciones Internacionales.

Introduciéndome sucintamente en el marco que puntearía lo que habría de desencadenarse, el citado contexto se ciñe en la descomposición de la República Federal Socialista de Yugoslavia. Con el fallecimiento de Josip Broz Tito (1892-1980), se abrió la puerta al aumento de los nacionalismos, a pesar de la voluntad que el dictador brindó para equilibrarlos. 

Desprovisto el Partido Comunista yugoslavo de un protagonismo aglutinador, las traiciones de Croacia y Eslovenia en su Congreso Estatal de 1990, adelantaron un quebrantamiento con sendas declaraciones de independencia en 1991. Toda vez, que el Ejército popular o JNA, anterior a su declaración de independencia, procuró infructuosamente retener a Eslovenia en lo que se reconoció como la Guerra de los Diez Días (27-VI-1991/6-VII-1991). Eslovenia era una República singular en la antigua Yugoslavia, étnicamente equilibrada, con idioma distinto y un nivel de renta por encima de las otras repúblicas, pero, como un hecho irremisible, su independencia se aceptó.

En contraste, los estragos de la guerra en Croacia estuvieron eclipsados por un espacio de sucesos vehementes aislados, que, a la postre, confluyeron en 1991 con la confrontación militar. Una minoría importante serbia en el seno de Croacia, emplazada en la demarcación de Eslavonia y al Norte de la comarca de Dalmacia, se negaba frontalmente a la independencia. Es más, no estaba dispuesta que sus derechos, respaldados por la influencia serbia en los órganos centrales del poder yugoslavo, se deshicieran en una Croacia claramente nacionalista e independiente.

Y, no menos, en la República de Bosnia, la carrera emprendida por croatas y eslovenos se vislumbró por los partidos locales con preocupación, muy atentos a las respuestas de la comunidad internacional. Los dirigentes de las tres etnias mayoritarias de Bosnia: musulmanes, 43%; serbios, 32% y croatas, 17%, preconizaban instancias discordantes entre sí y en algunas ocasiones, entre ellos mismos.

Preponderantemente, tanto bosniacos como bosniocroatas, entrevieron una aspiración común, imposibilitar a todas luces que Bosnia terminase devorada en República Federal por una Serbia con las manos libres, tras la claudicación eslovena y croata. Si de por sí, los bosniacos estaban prestos a lograrlo con la independencia, los bosniocroatas desconfiaban de una Bosnia autónoma y, en consecuencia, patrocinaban una unificación de sus territorios en Croacia.

Los serbobosnios aspiraban sostener la República de Bosnia incorporada a lo que subsistiese de Yugoslavia y de cualquier modo, afianzar el control político de los círculos que dispusiesen la delantera serbia, aumentarlas en lo admisible y hacerlas étnicamente similares.

No quedando inadvertido, que conforme el laberinto se complicaba en Bosnia, la comunidad internacional persistía atareada con la Guerra de Croacia. Los impulsos de paz no transferían calma y sosiego a la ciudadanía de Bosnia, sobresaltada por la elocuencia nacionalista que se nutría con intimidaciones de confrontación civil.

Con lo cual, la campaña bélica era predecible y pendía de un hilo, con la consiguiente réplica improvisada. Lo más sorprendente de las muertes, es que se ocasionaron en un área que supuestamente estaba asistida y socorrida por la Organización de las Naciones Unidas, ONU, al ser considerada zona segura por ser prácticamente musulmana. 

El recinto era custodiado por una base de cascos azules holandeses, que en esas mismas fechas el número de componentes descendió ampliamente por el permiso estival. Coyuntura, que las tropas dirigidas por Ratko Mladić aprovechó, sirviéndose del momento puntual para sacrificar a la población.

Aparentemente el plan radicó en destruir a los varones bosnios musulmanes, la escabechina comprendía el homicidio de niños, adolescentes y ancianos, con el propósito de conquistar la limpieza étnica. Los asesinos diseminaron los cuerpos en varias fosas para hacer más dificultoso sus hallazgos. 

El baño de sangre sobrevino en escasamente cinco días totalmente empedernidos. 

Miles de hombres y mujeres mutilados se acribillaron, a la vez, eran arrojados en los lugares dispuestos y otros, se soterraron vivos; a numerosos niños se les disparó frente a sus madres. Muchas de estas narraciones inhumanas se escucharon en el Tribunal de La Haya, para vergüenza de los allí presentes, que sancionó a los criminales de guerra de la ex-Yugoslavia. 

Yendo a los hechos, en el mes de abril de 1993 y al amparo de la Resolución 819 del Consejo de Seguridad, la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas, por sus siglas, UNPROFOR, asumieron el encargo de resguardar localidades como Zepa y Gorazde. Con todo, se promovería un largo y escabroso proceso de delimitación de responsabilidades sobre la Comisión del genocidio incurrido en Srebrenica, por acción u omisión y del que la organización no quedó excluida.

El ataque de las milicias serbo-bosnias de Ratko Mladić, se promovió al hilo de la compleja pugna que se desenvolvía en la República de Bosnia-Herzegovina desde su proclamación de independencia en 1991 y, el consecuente reconocimiento mundial durante abril de 1992.

La mordacidad entablada entre croatas, bosnios y serbios por hacerse con la dominación terrestre de las poblaciones que componían la totalidad étnica, sobrepasaron los límites de brutalidad. La fórmula radical de expulsar y expropiar a los ciudadanos de las minorías, esgrimió como herramienta las ‘operaciones de limpieza étnica’ que como eufemismo encubría el asesinato de masas.

El asedio serbio se desplegó en tres fases diferenciadas: sitio, bombardeo y genocidio. Ahogar Srebrenica se convirtió en la gran empresa de las élites serbias en Bosnia. Quince mil efectivos hostigaron el asentamiento en los primeros días de julio. Cuarenta y ocho horas hubieron de sucederse para el inicio de los bombardeos, preámbulo para una de las hecatombes más espeluznantes desde la Segunda Guerra Mundial.

En el asalto definitivo, los serbios tenían a sus anchas el dominio de la ciudad. Los testigos explicaron con pelos y señales que éstos aniquilaban a los musulmanes como bestias. En la carnicería intervinieron bandos relevantes como los hombres del partido ultranacionalista serbio de Vojislav Seselj (1954-64 años) y los Tigres del comandante Zelijko Raznatović´ (1952-2000), distinguido como Arkan.

Sobraría mencionar que en Srebrenica la escala de violencia adquirida rompió las barreras. En una maniobra preliminarmente planificada por Radovan Karadzić, cabecilla político de los serbo-bosnios en la autoproclamada República de Sprska, con la inacción del irrisorio contingente holandés, los civiles bosnios, unas 30.000 personas aproximadamente hacinadas en una posición resguardada y al margen de movimientos militares de Naciones Unidas, quedó indefensa a merced de las unidades serbias hasta la extenuación.

Lo que se desataría posteriormente, es señalado luctuosamente: en multitud de viviendas, colegios, cobertizos y bosques próximos a Srebrenica se consumó la infamia de miles de crímenes en un genocidio de género dantesco. Las mujeres disgregadas en distintas caravanas, se avasallaron con violaciones y vejámenes que no tienen calificativo.

Mismamente, se desgajaron a los hombres entre los 12 y 77 años; más de 20.000 mujeres y niños se desterraron remotamente de la tierra donde habían existido por generaciones. Y los que apenas permanecían, se confinaban en almacenes y furgones. El siguiente paso era clarividente: excavar sus propias tumbas. Entretanto, los desplazamientos en autobuses y camionetas se multiplicaban por doquier, en el que iba a ser su último trayecto en los contornos de Srebrenica. Como colofón, se mataban con los ojos vendados y manos atadas. 

Lo sucedido en estas páginas manchadas de maldad e infamia, han marcado un antes y un después en el devenir del campo de la justicia internacional. Los resultados más destacados emanados de esta aberración son reseñables desde el ámbito del Derecho Internacional contemporáneo.

La plasmación ad hoc por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas del Tribunal Penal para la ex-Yugoslavia, TPIY, asume la consigna precisa en torno a unas clases de crímenes determinados: genocidio, contra la humanidad y de guerra. Habiéndose investigado 161 casos, impuestas 90 condenas y extendiéndose su función desde que se estableciera en 1993 hasta las postrimerías de 2017. 

El precedente más inmediato del instrumento constitutivo de la Corte Penal Internacional elaborada mediante el Estatuto de Roma de 1998, inauguró su andadura en el año 2002. En buena medida, los argumentos de las responsabilidades individuales se han sustanciado; inversamente ha ocurrido con Naciones Unidas y los Estados implicados. 

No más lejos del Informe de su Secretario General, Kofi Annan, difundido en 1999 y con el que se identificaron los errores y deficiencias en la atribución del Consejo de Seguridad y en la cadena de mando de UNPROFOR, no se acordaron medidas exclusivas de resarcimiento emanadas de la aceptación de culpa.

Tan solo han prevalecido algunas demandas individuales interpuestas por parientes de las víctimas, reunidas en Holanda por la conducta de pasividad e inoperancia a la jerarquía de sus cascos azules, en aquellos días aciagos de julio, así como la renuncia en pleno del ejecutivo neerlandés con la revelación del Informe Niod.

Recuérdese al respecto, que los Acuerdos de Dayton ratificaron las ocupaciones territoriales efectuadas a través de las instrucciones de limpieza étnica y, lógicamente, Srebrenica quedó incluida en la República Serbia de Bosnia, Sprska; al mismo tiempo, se acomodó una Bosnia-Herzegovina con régimen confederal y tres identidades étnico-territoriales: bosnia, serbia y croata.

Si hubiese dejado en suspenso su pulso nacionalista con los Acuerdos de Dayton, Slobodan Milosević (1941-2006), presidente de Serbia (1989-1997) y Yugoslavia (1997-2000), permanecería en los anales como embajador de la paz. 

Pero, la realidad es que está imputado de tres causas de crímenes contra la humanidad y otra por crímenes de guerra en la Corte Internacional de La Haya. La raíz de ello no se juzga ni en Eslovenia, Croacia o Bosnia. Las imputaciones proceden de lo que se ha desatado despiadadamente en Kosovo, en una nueva reedición de la monstruosidad.

Actualmente, en Srebrenica subsisten poco más o menos, 13.000 habitantes, un tercio de la urbe que el municipio concentraba hace veinticinco años. De ellos, 7.000 son serbios y 6.000 musulmanes, con unas pocas decenas de croatas. Algunos residentes que, por aquel entonces, eran niños y dejaron sus casas con lo puesto, han retornado a estas tierras para ahondar sus simientes familiares. 

Finalmente, con exiguos recursos económicos y, primordialmente, fundamentándose en la perseverancia de los sobrevivientes y allegados de los difuntos, año tras año, la praxis por rescatar la integridad de los cadáveres marcha mansamente, por la dispersión de los restos de un mismo cuerpo en diferentes sitios; todo ello, en un escenario de negacionismo implacable de políticos serbo bosnios y serbios.

Entre los que contemplan el exterminio, la terminología ‘genocidio’ ha suscitado polémica en Rusia, Serbia y Bosnia, así como en historiadores, analistas y expertos en el conflicto.

En cierta manera, lo aquí retratado, parece un juego inicuo del destino. 

En otras palabras, con el estallido de la Primera y Segunda Guerra Mundial y la desintegración de un estado que durante décadas enarboló la convivencia pluriétnica, esta superficie se hilvanó con seis repúblicas: Montenegro, Eslovenia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Croacia y Macedonia y dos regiones autónomas, Voivodina y Kosovo; a las que le acompañaron múltiples etnias: croatas, serbios, eslovenos, albaneses, musulmanes, húngaros, macedonios, búlgaros, montenegrinos, turcos y gitanos. Pero, también, aderezada con dos alfabetos imperecederos, el cirílico y el latino y trece idiomas inextinguibles, aunque únicamente el serbocroata, esloveno y macedonio se conformasen en la Federación como los oficiales. 

Sin inmiscuirse, el trípode místico del catolicismo, el cristianismo-ortodoxo e Islam y, como no, los legados imperiales inexorables: el austrohúngaro y otomano. Los sentimientos que subyacen en esta valiosa herencia cultural no es el tributo, fervor y encanto, sino el espanto entumecido con el luto.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 28/VII/2020. 

*Referencias fotográficas: Fotografía: National Geographic de fecha 22/VII/2020 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

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