Carta apostólica. El hermoso signo del pesebre

1. El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad

de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.

2. El origen del pesebre encuentra confirmación ante todo en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén. El evangelista Lucas dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7). Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium.

El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41). Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía:

«Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4). En realidad, el belén contiene diversos misterios de la vida de Jesús y nos los hace sentir cercanos a nuestra vida cotidiana.

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla. Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén. Y es posible que el Poverello quedase impresionado en Roma, por los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor que representan el nacimiento de Jesús, justo al lado del lugar donde se conservaban, según una antigua tradición, las tablas del pesebre.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno»[1]. Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado. Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes[2].

Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio.

El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús. De aquel belén de la Navidad de 1223, «todos regresaron a sus casas colmados de alegría»[3].

3. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.

La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén. Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

4. Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo. En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré? Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia. Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz. Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido. Este escenario dice que Jesús es la novedad en 

medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original.

5. ¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías. Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor. «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

6. Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros.

Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado.

Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos! — les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura. Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan…, todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

7. Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total. Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él. Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

8. El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas.

«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación. El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas. Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida.

9. Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos. Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.

Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo. Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes. Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

10. Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia.

No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida. En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición.

Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe. Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad. Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos.

Dado en Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019.

Francisco

[1] Tomás de Celano, Vida Primera, 84: Fuentes franciscanas (FF), n. 468.

[2] Cf. ibíd., 85: FF, n. 469.

[3] Ibíd., 86: FF, n. 470.

El belén, la humilde grandeza humanizada en Dios hecho hombre

El belén, la humilde grandeza humanizada en Dios hecho hombre

En el acontecer de los tiempos y de la Historia Universal, han surgido momentos e instantes puntuales, tal vez, indescriptibles, colosales y grandiosos por el inmenso calado en su derivación y el contexto que se une a los medios rudimentarios, que, si cabe, dificultaba la posibilidad de llevar a término su constatación; transmitiéndose oralmente de padres a hijos y de generación en generación como un rico legado, hasta calar en lo más hondo y convertirse en una piadosa tradición cargada de simbolismo catequético, para contemplar desde la espiritualidad a ese Niño que nació de la Virgen María.

Si hubiese que distinguir alguna de las páginas más trascendentes en el devenir de la Historia de la Salvación, indudablemente, nada de lo que a posteriori aconteció, como la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, se hubiese llevado a término en el plan salvífico de Dios, si con anterioridad no hubiésemos conocido el testimonio misionero descrito de primera mano como un acontecimiento único y singular: el Nacimiento de Jesús.

El evangelista San Lucas, en su prólogo extraído de la Biblia de Jerusalén dice literalmente: “Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”.

Con estas fieles e insondables palabras asentadas en las Sagradas Escrituras, hoy disponemos de las mayores evidencias que resultaron hace más de dos milenios, cuando apenas sin ruido, algazaras, estruendos o alborotos, en el punto más sencillo y humilde de la Tierra, Belén, el Niño de Dios hecho hombre, cambiaría para siempre las mentes y corazones en el derrotero de las personas.

Textualmente y al pie de la letra el Santo Evangelio según San Lucas, en su capítulo 2, versículos del 1 al 7, nos detalla minuciosamente: “Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento”.

Épocas más tarde, como tiempos, períodos, edades, reinados o centurias, Belén, la tierra que hospedó al Mesías, es una Ciudad palestina en la región conocida como Cisjordania, situada a unos nueve kilómetros al Sur de Jerusalén y enclavada en los montes de Judea; si bien, en un principio se denominaba Efrata, que significa fértil, seguidamente con la conquista de Canaán, se comenzó a llamar Belén, cuyo significado bíblico es ‘casa del pan’. Por fin, en una parte de esta comarca, se hace constar la existencia de un pesebre que deriva de ‘praesepium’, término empleado por Eusebio Hierónimo, conocido comúnmente como San Jerónimo, pero también, como Jerónimo de Estridón o, simplemente, Jerónimo (347-420 d. C.), que tradujo la Santa Biblia del griego y hebreo al latín hacia el año 350 de nuestra era, por encargo de Su Santidad el Papa Dámaso I (305-384 d. C.).

A su vez, ‘praesepium’ viene de ‘prae-sepas’, que parece conservar relación con el griego ‘he phatne’, que significa “la concavidad donde se deposita el alimento del ganado”, cuya raíz procede del sánscrito ‘bredh’.

Con estos precedentes iniciales, en los primeros siglos de la cristiandad difícilmente se representaban imágenes del nacimiento o de la vida de Jesús, debido básicamente a las amenazas y persecuciones de las que eran objeto los cristianos. Contexto complejo que les apremiaba a ser cautos y reservados en sus expresiones externas.

Ya, en la concatenación de este itinerario que nos reportará al belén, no se conoce con relativa precisión los primeros indicios de esta realidad, pudiéndonos apoyar en la tesis del siglo II, cuando las referencias de la feliz vicisitud se difunde en las catacumbas con indudable mutismo, donde los primeros cristianos se congregan para sus celebraciones domésticas y en las que aflora una tímida expresión afín con este Misterio.

Al ser estos cementerios extremadamente respetados por la población romana, que ni mucho menos imaginaba la idea de invadirlos y profanarlos; ni tan siquiera, con la finalidad de atacarlos para consumar alguna captura, ha de añadirse, que la amplia mayoría de las catacumbas pertenecían a importantes personalidades del entresijo romano, con privilegios a los que no se podía transgredir, a no ser que se dispusiera de algún fundamento explícito.

Paulatinamente, al incrementarse la función primitiva de estos santos recintos, pasando a ser un paraje habitual de reunión y no únicamente para dar sepultura, el ambiente se hizo más cálido, siendo la chispa de inducción para que se enriquecieran las paredes con contenidos religiosos. Todo ello, sin haberse eclipsado el temor a ser sorprendidos, conllevaría a que las imágenes se declarasen con símbolos, más difícil de descifrar que lo escuetamente representativo. Luego, se encadenaría una diversidad de signos navideños decorados en claustros, templos, abadías y monasterios, para mostrar a todas luces, la Historia Sagrada esculpida en piedra.

Estas antiguas revelaciones concretan la base de una formidable cantidad de obras artísticas como pinturas, dibujos o grabados que van surgiendo en estos lapsos y lugares precisos, con el designio de transferir el hálito de la Navidad; pero, que ciertamente no puede reconocerse como belenes o pesebres, porque están orientados a la escultura.

Por esta lógica son escasas y exiguas las expresiones atesoradas que datan de este momento, a excepción del hallazgo de la ‘Adoración de los Magos’ en la catacumba de Domitila del siglo IV; o el Nacimiento en el que aparecen las figuras del buey y el asno envolviendo el pesebre, pero sin las imágenes de José y María en la catacumba de San Sebastián, también del siglo IV; o el grabado de María con el Niño en brazos, protegida por el Profeta Isaías que indica la estrella, localizado en la Capella Greca del cementerio de Priscila del siglo II y que, hoy por hoy, es la pintura más lejana.

Con la paz de Flavio Valerio Aurelio Constantino (272-337 d. C.) en el año 313, al concluir aparentemente los acosos y acechos de los cristianos, esta materia comienza a extenderse libremente y se le otorga el matiz religioso que abarca. Alumbrando las primeras tentativas en el cuidado de la elaboración artística, como es el caso del pesebre entre el buey y el asno descubierto en un enterramiento de la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma, cuyo pasado se establece en el año 345.

Inmersos en la Edad Media y con el despertar del Románico, capiteles y portadas se ven beneficiados con ideas emparentadas al Nacimiento, certeza que se desenmascara en Francia e Italia. Inicialmente, se encarnan inspiraciones independientes del Misterio de la Natividad, aunque es de entrever, que además del Nacimiento propiamente visto, los hechos más frecuentes se atinan en la Anunciación y la Adoración de los Magos.

Las causas parecen intuitivas: la primera, por conjeturar la máxima expresión en la génesis del Misterio y la hermosura plástica; y la segunda, por lograr proporcionar una representación radiante y totalizar el acatamiento de los humano a lo divino.

Por lo tanto, la Adoración a los Magos emerge en el arte paleocristiano, encontrando su seña de identidad en las basílicas bizantinas con la Anunciación a María, en la que concurre una clara diferenciación entre las interpretaciones orientales y occidentales. Esencialmente, porque el arte bizantino personaliza a María efectuando labores caseras, como extraer agua del pozo o tejiendo; en comparación con la disciplina occidental, que la exterioriza recitando o implorando. Fundamentándose la desigual concepción que sobre la mujer ha existido entre Oriente y Occidente.

Mismamente, la alegoría del Ángel se modifica, porque si en un principio está sujetando un bastón de mensajero, ahora yace con una vara de azucenas que significa la pureza de María.

En 1223, ocurre un suceso histórico de gran repercusión para la espiritualidad y grandeza del advenimiento de Dios hecho hombre, corroborado con la celebración de la Santa Misa en San Francisco de Greccio, Italia. Con ello, la estampa del Nacimiento que se había caracterizado por la pintura y la magnificencia del relieve, pierde algo de protagonismo.

En consideración a lo acontecido en tierras italianas, San Francisco de Asís (1182-1226) recién venido de Roma, donde S.S. el Papa Honorio III (1150-1227) acababa de otorgarle el reconocimiento de la Orden Franciscana de la que era su fundador, coincidiendo con los días de la Navidad de este mismo año, colocó en una pequeña gruta de Greccio un pesebre con las imágenes de San José, la Virgen María y el Niño con algo de paja, a las que le acompañaba un buey y un asno vivos, porque entre sus devotas voluntades, anhelaba contemplar por sí mismo el Nacimiento del Niño eterno. Por tal motivo, eligió este emblemático lugar para oficiar la Misa de Nochebuena, a la que concurrieron, aparte de los religiosos, numerosas personas colindantes.

Sucintamente, entre la documentación consultada, esta sería la noble reseña de lo allí ocurrido, pero faltaría por llegar la secuenciación de lo sobrenatural.

En el transcurso de la consagración, la imagen del Niño de Dios tomo aspecto de carne mortal, posiblemente, queriendo recompensar de este modo la simplicidad y el amor sin límites a los asistentes y al Santo de Asís.

Desde aquella noche memorable, el belén se propagó mediante los franciscanos a cualesquiera de los rincones que éstos visitaban desempeñando la misión, favoreciendo el estilo de la Orden y haciendo entrega de la buena noticia al pueblo llano. Caminando infatigablemente calzadas y poblados, hasta encajar el pesebre en el vivir diario de las personas, habiéndose humanizado y popularizado, sin perder por ello, su enorme fondo catequético.

Tras la celebración de la Misa de San Francisco, los templos de la Orden adoptaron el uso de montar el Nacimiento en los días de Navidad. Una práctica que gradualmente fueron acogiendo el resto de Órdenes religiosas, imprimiéndole cada una su temperamento y leves diferenciaciones. Tales, como la segunda Orden franciscana, la perteneciente a las Clarisas, que exclusivamente instalaba al Niño Jesús en la cuna, pero, envuelto por manos de monja con magníficos paños, tejidos y calados; resistiéndose a aumentar la composición con las imágenes de San José y la Virgen. Asimismo, los jesuitas y dominicos hicieron suya esta costumbre y la transfirieron ardientemente, aumentando la iconografía sagrada.

Al hilo del germen escenográfico de los orígenes del belén, los siglos XVI y XVII abarcan unos tiempos en los que tras abandonar la Edad Media (476-1492), la supervivencia continúa siendo inexorable y por ende, la manera de ser del sujeto, pese a las influjos extranjeros del Renacimiento (1300-1600), persiste siendo agrio e inflexible; cuestión que denota un estilo concreto.

No obstante, no es hasta la Edad Moderna, siglos XV al XVIII, cuando los más virtuosos disponen el Nacimiento de Jesús como fuente de iluminación de su obra, explotándose como manifestación artística y no puramente mística.

Sin lugar a dudas, en el Renacimiento ya se extiende esta coyuntura, pero es en la segunda mitad del siglo XVII y con algo más de fuelle en el siglo XVIII, cuando el arte belenístico consigue su mayor grandiosidad con los principales artistas de la época, que lo engrandecen a niveles inmejorables; mientras, los pequeños artesanos lo divulgan haciéndolo accesibles a las clases populares.

En el siglo XVII, los napolitanos se configuran en el mayor exponente de la maestría en figuras del belén, detallando con escrupulosidad tanto la cabeza, como los brazos y las manos, las piernas y los pies, estando el cuerpo satisfecho de fibra vegetal que las hace considerablemente flexibles a cualquier posición. Las indumentarias aplicadas, conformes a la moda del momento, le produce esa incoherencia tan acostumbrada en los belenes que no les quita la fascinación ni el realismo.

No es hasta el año 1759, con la llegada al trono de España de Su Majestad el Rey Don Carlos VII de Nápoles, como Carlos III de Borbón (1716-1788), cuando el belén adquiere su apogeo y solemnidad en el afán Real de divulgar el mensaje evangélico, impulsando entre sus súbditos la propagación de esta liturgia.

Doña María Amalia de Sajonia (1724-1760), cónyuge de Carlos III y reina consorte de España, Nápoles y Sicilia, adquirió un importante papel a la hora de generalizar el belén en el Reino de España; instalando un Nacimiento en el Palacio del Buen Retiro de Madrid. Precisamente desde este intervalo, es cuando los artesanos deciden reemplazar las cabezas de madera por las de barro, simplificando el procedimiento de confección con una mayor expresividad en el rostro.

En seguida, los nobles de la Corte se las ingenian para imitar a S.M. el Rey y la modalidad se amplifica: primero, entre la aristocracia, a la que le sigue la burguesía y por último, el pueblo, que la hace suya cuando los artífices más sencillos lo ponen a su alcance económico, disminuyendo la calidad artística, pero lógicamente, obteniendo una resonancia excepcional.

Lo que primeramente había sido un pensamiento del monarca para intensificar la conciencia religiosa de las gentes, acabaría superponiendo el campo artístico y popular sobre lo bíblico.

Los especialistas en el tema, al percibir que su labor era amparada reproduciendo personajes populares, adornaron la perspectiva con componentes representativos de la región, dejando sobrevolar su figuración hasta alcanzar una ostentación de desbarajuste histórico, ahora innovando los paisajes palestinos por fértiles tierras italianas o los mismos pastorcillos hebreos, convertidos en actores populares de la población napolitana.

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Con el mismo talante quedaría la sencilla gruta franciscana en un ingente templo pagano, de la que no se salvaría ni tan siquiera la imagen de la Virgen María, que pasó a ser ejemplificada como una fastuosa y condescendida matrona romana, muy al antojo del populacho, que de este modo, daba colorido a las sobrias definiciones de los evangelistas.

Obviamente, a lo largo y ancho de siglo XIX la acumulación de material surgido del siglo XVIII, hace que la creación artística se contenga, quedando en manos de pequeños artesanos el privilegio de conservar una cadencia mínima de producción; debiendo superarse la segunda mitad del siglo XX, para que de nuevo reaparezca con empeño la comparecencia de escultores de gran notoriedad, dispuestos a perfeccionar su tarea belenística.

En definitiva, el belén tradicional apenas se parece al actual, porque más bien es alegórico en vez de realista, disponiendo de figuras a distintas escalas, según su categoría y en dos planos: el celeste y el terrestre. Sirviéndose de ingenios luminosos como velas o candiles, e incluso, con elementos que, de acuerdo con las ideas, hoy resultarían inconcebibles. De ahí, que el belén formara parte del dulce y exigente proceso de la transmisión de la fe.

Consecuentemente, quien mejor nos puede exhortar en tono catequético y pedagógico sobre el significado y el valor del belén, es el Santo Padre Francisco que en su Carta Apostólica Admirabile signum, fielmente no expone: “El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del Nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él”.

Actualmente, sumidos en patrones de vida que nos han hecho perder de vista lo más esencial del existir y coexistir, como es el amor de Dios, con un grave retroceso de los valores morales y espirituales, y para peor, engañados no tanto por la manipulación publicitaria que muestra la tendencia mercantilista, sino, más bien, por lo que parece esclavizarnos en una sociedad de consumo que desvanece la divinidad de Dios en todos sus órdenes.

Por tanto, combatamos para que no se debilite la luz que brilla en el belén, allí donde, quizás, hubiese caído en el olvido; hasta desempolvarlo y descubrir nuevamente ese corazón que late más apresuradamente en el instante que colocamos la figura del Niño Jesús, hasta insuflar y revitalizarnos con el espíritu de la Navidad. 

​A la Inmaculada Concepción, patrona de la HNME

El miércoles 8 de diciembre de 1982 San Juan pablo II , en su homilía destacó la figura de Maximiliano Kolbe que meditó con agudeza extraordinaria el misterio de la Concepción Inmaculada de María a la luz de la Sagrada Escritura, del Magisterio y de la Liturgia de la Iglesia, sacando admirables lecciones de vida.” Ha sido para nuestro tiempo profeta y apóstol de una nueva «era mariana», destinada a hacer brillar con fuerte luz en el mundo entero a Cristo y su Evangelio. El dedicó todas las obras de su vida y de su vocación a la Inmaculada. Y por eso en este año, en el que ha sido elevado a la gloria de los Santos: él está mucho más cerca en la Solemnidad de la Inmaculada de quien amo definirse «militante».”( SAN JPII)

 La atención de San Maximiliano Kolbe se concentró incesantemente sobre la Concepción Inmaculada de María para poder tomar la riqueza maravillosa encerrada en el nombre que Ella misma manifestó y que constituye la ilustración de cuanto nos enseña el Evangelio de hoy, con las palabras del ángel Gabriel: «Te saludo, oh llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1,28). “Refiriéndose a las apariciones de Lourdes —que para él fueron estímulo e incentivo para comprender mejor las fuentes de la Revelación— observa: «A. S. Bernadetta, que muchas veces le había preguntado, la Virgen responde: Yo soy la Inmaculada Concepción». Con estas palabras Ella manifestó claramente no solamente ser concebida sin pecado, sino ser la misma «Concepción Inmaculada», así como una cosa es un objeto blanco y otra la blancura; una cosa es perfecta y otra la perfección» (ib. v. III, p. 516). Concepción Inmaculada es el nombre que revela con precisión qué es María: no afirma solamente una cualidad, sino que describe exactamente su Persona: María es santa radicalmente en la totalidad de su existencia desde el principio.” ( San JPII)

Alegraos, que celebramos una gran fiesta

Es la historia de un amor,

como no ha habido otro igual

Es la historia de un si pleno,

de una mujer llena de gracia

Es el si que Dios espera para hacerse hombre

Y que el hombre pudiera ser Dios

Él ahora espera nuestro si

¿ Qué si le debo decir a Dios?

Creo en Ti

Espero en Ti

Te amo

Y a la Virgen y San José

les miro embobados

soñando con las palabras que pronto van a escuchar

mamá,máma,mamá….

“ La participación del Ejército en la Semana Santa, un patrimonio inmaterial que refrenda tradición, cultura e historia”

“ La participación del Ejército en la Semana Santa, un patrimonio inmaterial que refrenda tradición, cultura e historia”

Un año más, tras la primera luna llena que sigue al equinoccio de la primavera boreal, la fusión de las tradiciones castrenses junto a los actos religiosos que se incardinan en esta larga Historia, se hace más que ostensible en la Semana Santa o en la Semana Mayor católica.

Porque, es más que una certeza, que las Fuerzas Armadas de España, están representadas lustrosamente por las diversas unidades que la aglutinan y que conservan una especial vinculación con las diversas Cofradías y Hermandades que residen, en su venerable misión de acompañar a los pasos procesionales que, como una herencia enraizada, no se ha desvanecido en el tiempo.

Irremediablemente, ha quedado esa estela indeleble del afecto en quiénes han tenido la dicha de desfilar, refrendando una parte de esta memoria fuertemente vinculada que armoniza tradición, cultura e historia.

De manera, que los militares que voluntariamente desean participar procesionando, viven simultáneamente un sentimiento que renace, se alimenta y florece en esta piedad popular, constatándose una vez más, la plena integración y excelente sintonía que confluye entre el ejército y la sociedad española.

Haciendo mías las palabras del Papa emérito Benedicto XVI, en el discurso pronunciado a los Ordinarios Militares en Roma el 22/X/2011, S.S. decía literalmente: “La vida militar de un cristiano, debe ponerse en relación con el primero y más grande de los mandamientos, el del amor a Dios y el prójimo, porque el militar cristiano está llamado a realizar una síntesis mediante la cual sea posible ser también militar por amor, cumpliendo el ministerium pacis inter arma”.

Ellos y ellas, nuestros soldados, en medio de las inseguridades de las armas o en épocas de paz o de lucha, de algún modo, hacen suyas la máxima expresión del santo evangelio: “nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos”.

El militar de nuestro tiempo y de este contexto cultural, comprende que su profesión entraña, sobre todo, combate, pugna, peligro y determinación a la hora de ofrecerse por el bien de todos. Para ello, requiere de valores y virtudes que lo faculten para afianzar la seguridad de sus compatriotas mediante el desvelo y la sensatez, pero, alcanzado el instante que jamás hubiese querido, deberá librar la madre de las batallas para adueñarse de la paz y la libertad.

Ya, en el transcurrir de los siglos, han existido multitud de efemérides y aquellas otras, que aún permanecen calladas en el anonimato, hechos memorables que han permitido grandes y gloriosas hazañas.

Este parentesco fraternal es una cuestión intrínseca a la vocación militar, porque, es un signo en el vivir cotidiano de los activos de las Fuerzas Armadas.

Esta mano extendida de hombres y mujeres que nos conceden el amparo armado, siempre está dispuesta a ser el brazo derecho y apaciguar la profunda consternación de propios y ajenos en ese ejercicio sigiloso, al que se prestan a ser artífices de la paz entre las armas.

Pero, mismamente, envueltos en un mismo uniforme y una misma bandera, son consecuentes que, engalanados cadenciosamente con su porte al compás de sonidos provenientes de la sincronización de costaleros, varales o candelería, se hacen sentir más próximos ante el esfuerzo devoto de nazarenos y penitentes, que junto a las tallas, palios, bambalinas y mantos que se mecen bajo el aroma entremezclado de flores, cera e incienso, se prenden en una conjunción perfecta de emoción, aplausos y lágrimas.

Con estas premisas iniciales, un año más, los titulares de las distintas Cofradías y Hermandades de la geografía española, volverán a salir a las calles para realizar su Estación de Penitencia, como testimonio de la religiosidad cristiana que conduce la vida de una parte significativa de las personas.

Y lo hacen, sabedores que ahí estarán una vez más estos soldados siempre virtuosos y abnegados, escoltando solemnemente las diversas procesiones, empleando la cortesía militar por deferencia a la condición de un acto público, conforme lo dispone el Reglamento de Honores Militares, porque, ya no se concibe este ambiente cofrade sin la presencia indiscutible de los componentes de las Fuerzas Armadas.

Consiguientemente, ahí quedan algunas de las connotaciones principales, que seguidamente referiré entre las páginas ilustres de la Semana Santa de España, porque sería imposible nombrarlas en su conjunto, durante estos días intensos de pasión con el rastro distinguido del colectivo militar.

Entre ellas podrían destacarse el Santo Entierro de Zamora cuya talla pertenece al año 1593; Jesús del Gran Poder de Sevilla de 1620; la Quinta Angustia de Valladolid de 1625; la Esperanza Macarena de 1670; el Cristo de la Redención de Málaga de 1675 o las filigranas barrocas de la Semana Santa murciana pertenecientes al siglo XVIII, entre otras.

Por lo tanto, es más que evidente, la contribución sobresaliente de comisiones, escoltas, compañías o piquetes de honores en las Cofradías y Hermandades de España, que se combinan en esta degustación militar y religiosa plenamente compenetradas, otorgando el deleite al paladar, el encanto a los ojos, el primor al oído o la exquisitez al tacto, pero, sobre todo, la complacencia y felicidad de quiénes hacen resplandecer el exorno floral con bellos tonos de colores, para acuñar la idiosincrasia cofrade de los cortejos pasionarios que elegantemente discurren.

Devoción, peticiones y un amplio abanico de sentimientos reaparecerán en avenidas, calzadas, callejuelas, empedrados y adoquinados hasta tomar primorosamente la carrera oficial, entre los que brillarán por antonomasia, esos soldados que subliman la espiritualidad de servicio a la Patria fortaleciendo el alma, porque, sienten el deber apremiante de ser los constructores de la paz y el baluarte de la seguridad, por el bien de todos.

Luego, con la gracia de los claveles, orquídeas, jazmines, lirios o rosas, o quizás, de helechos o buganvillas, pero, sobre todo, de la flor de azahar, cuyo fruto es la naranja que inunda los árboles durante la época de primavera, así como sucesivamente comienzan a teñir las copas de puntos blancos, tan pronto como comienzan a abrirse, empiezan a desprender esa esencia que es la propia de esta atractiva y acogedora Nación.

Porque, España, en cada uno de sus lugares más insignificantes, se colma de este bálsamo aprisionado y como el olfato es el sentido que nos reporta a la memoria, irremisiblemente nos evoca a tiempos resplandecientes de lo que será el preámbulo de esta semana grande de pasión.

Y, es que, esta fragancia divina de olor a azahar, graciosamente se mezcla con el intenso aroma del incienso celestial.

Ya no queda pretexto para que podamos refundirnos ante este exquisito paisaje de ambiente cofrade y de túnicas y capirotes, porque es el turno de las galas florales que reúnen los soportes y las rejillas en los que meticulosamente se han puesto las flores recientemente cortadas y, donde, los pasos han quedado punto por punto adornados en el trono y en esa talla sagrada, que, entre aclamaciones y aplausos, segundos más tarde se elevará por encima del hombro, bajo el temple de aquellos benditos costaleros.

Ornatos florales que místicamente están trenzados con Nuestro Señor Jesucristo o Nuestra Señora la Virgen Santísima, reteniendo en nuestras pupilas la pureza o el sacrificio, o, a lo mejor, la última cena de Jesús o la llegada a Jerusalén entre las palmas.

De forma, que cada adorno floral encarnado durante esta semana, forma parte de los instantes recapitulados en las sagradas escrituras.

Ahí quedan en el recuerdo, el matiz rojo de los claveles, siempre más intenso al rememorar el sacrificio de las imágenes bíblicas, en tanto, que inmortaliza la efusión de sangre, donde un manto de cientos de flores tapiza el eterno recorrido de Cristo aprisionado y en penitencia.

Igualmente, ante nuestros ojos aparecerá ese tinte morado de los lirios, reflejo del sufrimiento padecido y que cubre el calvario como huella identificativa de la Pasión de Cristo. Pero, tampoco será menos, ese blanco de los claveles o rosas acrisolado con llantos, que engalanan la pureza de la Virgen, siempre serena con su mirada suplicante y lágrimas en su rostro de profundo dolor por el fallecimiento de su hijo.

Y, como no, en las estaciones de pasión, irrumpirá espontáneamente la lluvia incesante de pétalos de flores que inundan de fragantes notas la exaltación de la saeta, donde ahí estarán silenciosas esas mujeres vestidas de mantilla con negro riguroso y que se hace compatible con la elegancia más refinada.

Corresponde entonces considerar, que la Semana Santa de España, forma parte de la razón de ser de sus Ejércitos, porque, quienes desean concurrir con carácter personal y voluntario, saben de antemano, que serán testigos directos de excepción de una larga tradición popular que cuenta con décadas de historia, respondiendo al acervo cultural y a una de las costumbres más arraigadas.

Estos desfiles bíblico procesionales que despiertan múltiples elogios y ovaciones en cada cortejo con sus pasos específicos, hoy en día no se concebirían sin la presencia indiscutible de determinadas unidades del Ejército, que no dejan ni un solo instante de ser aclamadas y observadas con entusiasmo, acompañando y escoltando dignamente las imágenes religiosas. Una simbiosis única, que forma parte de un patrimonio inmaterial que, en ocasiones, no se valora en su justa medida.  

En España, la inclinación de rendir culto público procesionando esculturas de Nuestro Señor Jesucristo, Nuestra Madre la Virgen María o de los santos, se remonta a más de cinco siglos de antigüedad. Ya, en la Edad Media, surgirían las primeras muestras, teniendo su origen inicial en los gremios. El recogimiento medieval se constituyó en una fórmula de afirmación comunitaria, porque los cristianos de aquel momento vivían la fe como una práctica colectiva y, por consiguiente, obligatoriamente compartida.

Con los gremios, fueron surgiendo las primeras cofradías o hermandades de piadosos de una imagen concreta a la que estaban unidos, bien, por la profesión, estamento o zona de residencia. Aunque, actualmente pueda contemplarse como algo insólito, hasta no hace mucho tiempo, la religión prácticamente lo absorbía todo, hasta la parte más intrascendente del relato habitual de las personas.

Así, un ciudadano español de esta época podía estar sujeto a una imagen sagrada determinada. Tanto Cristo, como los santos y las distintas advocaciones marianas, concedían protección frente a los infortunios de la vida, que, por cierto, eran muchos.

Tal vez, el indicativo de una sequía o una enfermedad o, acaso, una guerra. Pero, ante tales adversidades, el culto a las imágenes originaba confianza, sosiego y ánimo en momentos difíciles de sobrellevar.

Sin embargo, las procesiones de Semana Santa no se oficiaron en la Edad Media o, al menos, no ha quedado justificado documentalmente. Las manifestaciones devotas y de la semana de pasión no comenzarían a mostrarse hasta mediados del siglo XIV, con la irrupción apesadumbrada de la epidemia de la peste negra.

Acontecimiento que arrasó a la urbe europea, donde regiones enteras quedaron despobladas y otras se arruinaron al perder entre el treinta y el cincuenta por ciento de los habitantes, en apenas pocos meses.

Tal fue la virulencia de la infección, que en algunos territorios de España perecieron dos de cada tres habitantes, que terminó padeciendo los efectos desencadenantes de esta pandemia y que como en otros tantos lugares, llevaría aparejadas secuelas políticas, económicas y religiosas.

Paulatinamente, hasta bien entrado el siglo XVI, no comenzaría a surgir el germen de la Semana Santa, cuando poco a poco fueron resultando las cofradías penitenciales y con ellas los desfiles de congregaciones de flagelantes, hasta originarse finalmente la inclusión de la imaginería en las procesiones.

Posteriormente, después de tantísimos siglos de camino, la penitencia pascual se ha incrustado en la praxis cultural del Pueblo de España, modelándose con ella la identidad común de los Ejércitos, hasta concederle al culto católico el carácter de Estado. Configurándose en una pieza clave de proximidad, identidad y confluencia en el sentimiento vivo de las Fuerzas Armadas.

Lo que, de principio, supondría una réplica inadecuada, para quienes rechazan esta contribución militar en los acompañamientos procesionales.

Un debate promovido al entrar en colisión con el principio de aconfesionalidad del Estado y, por ende, al descarte en actos religiosos de instituciones estatales como las Fuerzas Armadas.

Dando lugar a la confusión, como a un cierto grado de oscurantismo con respecto a la normativa en vigor, e incluso, teniéndose la valoración equívoca, que esta colaboración castrense vulnera lo explícito, cuando el artículo 16.3 de la Constitución Española lo determina de modo irrefutable: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.

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Es imprescindible esclarecer que la aconfesionalidad del Estado entraña neutralidad en lo religioso, pero no suprime las necesarias relaciones de cooperación, ya que dicha aconfesionalidad no conjetura la laicidad de otros estados de nuestro escenario. Es decir, el Estado no debería imposibilitar cualquier asistencia de organismos estatales en ceremonias religiosas.

Pero, para eludir las posibles tergiversaciones que pudiesen derivarse, pronto se dispuso de una norma que agrupara y codificara este derecho.

Con tal finalidad, se publicó el Real Decreto 684/2010, de 20 de mayo, (BOE. N.º 125 de 22/V/2010), por el que se aprueba el Reglamento de Honores Militares, que, en su Disposición Adicional cuarta punto 2, que hace referencia a la participación en actos religiosos, establece que: “Cuando se autoricen comisiones, escoltas o piquetes para asistir a celebraciones de carácter religioso con tradicional participación castrense, se respetará el ejercicio del derecho a la libertad religiosa y, en consecuencia, la asistencia y participación en los actos tendrá carácter voluntario”.

Efectivamente, nuestros soldados, partiendo de la decisión personal a la hora de participar en las procesiones, no entran en contradicción con los deberes de esta profesión de armas, sino, que, por el contrario, contribuyen a la unidad de vida y acción común, adoctrinándose en el crecimiento continuo de las virtudes espirituales, para dignificar el cumplimiento de los preceptos constitucionales en consonancia a la defensa, la libertad y la seguridad de España.

Esta fraternidad de fondo es algo intrínseco a la vocación militar, enarbolándose desde tiempos inmemoriales a los vínculos entre las Fuerzas Amadas y las corporaciones penitenciales de culto, siendo inmutable y recóndita en su contenido y sustentada en una recíproca colaboración.   

A tenor de lo declarado en estas líneas, es sencillo reflexionar el peso que contrae este nexo intachable, antiguo en la historia y contemplativo en los tiempos, que es retratado como una de las estéticas más familiares y predilectas de la Semana Santa española.

Por todo ello, que numerosas de las unidades de los Ejércitos de España acompañen a los Sagrados Titulares en su discurrir por las arterias de este País, a buen seguro que complementa todo el complejo mundo de realidades históricas, contenidos simbólicos, pálpitos personales y esos lazos de unión institucionales que se han ido entretejiendo y que, entre todos y todas, debemos salvaguardar.

Cristo de la Llaga en la Espalda (Villanueva de la Jara, Cuenca)

Cuenca es una ciudad preciosa, con multitud de atractivos bien conocidos por todos, como su Catedral, el Museo de las Ciencias, la Ciudad Encantada, etc., o sus pueblos, como Belmonte, tierra de Fray Luis de León, Buendía, con Esculturas grabadas en montañas, etc, pero este fin de semana, en el que hemos realizado una excursión a tierras conquenses, cuál ha sido nuestra sorpresa al descubrir uno de los Monumementos Nacionales, la Basílica «Nuestra Señora de la Asunción», de Villanueva de la Jara, lugar donde Santa Teresa de Jesús fundó dos conventos y en la actualidad sólo hay uno; por cierto, impresionante, espectacular, precioso. Allí se encuentra El Santo Cristo de la Llaga en la Espalda, escultura que mide 1,81 metros (estatura que se corresponde a la Sábana Santa de Turín). Fue esculpida por Ponsoda, uno de los imagineros más solicitados a mediados del siglo XX. La llaga de la espalda casi nunca ha sido tomada en cuenta y según contó San Bernardo, a la pregunta que hizo a Jesús, hallándose en oración, de cuál había sido la parte de su cuerpo que sufrió más dolor en la pasión, el Señor le respondió:

Yo tuve una llaga en la espalda, honda, tres dedos, que se me hizo llevando la Cruz, a causa de los tres huesos que en ella sobresalen. Esta me ha sido de mayor pena y dolor que todas las otras, la cual consideran poco todos los hombres por no serles conocida, pero tú tenla en veneración, y sabes que cualquier gracia que me pidas en su virtud te la concederé. Y a todos los que por ella me honraren, les perdonaré sus pecados cotidianos, de los mortales confesados no me acordaré más y conseguirán mi gracia y misericordia”.

Así que, tomemos buena nota y, cuando necesitemos una gracia especial, podemos recurrir a la Santa llaga de la Espalda de Jesús.

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