Todos pasamos, sin cesar, por umbrales iniciáticos. Cada accidente, cada incidente, cada alegría y cada sufrimiento es una iniciación, y también pueden serlo la lectura de un libro hermoso, la vista de un bello paisaje, pero la gente está poco atenta, o es poco reflexiva para darse cuenta
En una sola frase Marguerite Yourcenar consigue resumir lo que sin es duda conocer una historia que es a su vez como coger una llave que abre una puerta, y desde ese momento uno traspasa el umbral del inicio. A veces un libro puede ser nuestro propio reflejo o el del mundo propio y de la propia alma humana, es decir, un constante cruzar por un laberinto donde no encontrarás minotauros, pero si pruebas y, vamos a decirlo alto y claro, muy insoportables, por decirlo suave a la vez.
No suelo llorar con los libros, solo me ha pasado 3 veces en mi vida. Una fue durante dos días, tras leer El Niño del Pijama de Rayas, la otra cerca ya del final de las Memorias de Farah Diba y la última En Ausencia de los Hombres de Philippe Besson. Es posible que en tan solo 198 págs uno pueda salir con el alma hecha pedazos tras haber leído esta historia, y a su vez con una clara reflexión, y es que somos humanos y lo que más anhelamos es amar y vivir.
Al meter la llave en la cerradura de esta historia llegamos al París de 1916, en plena I Guerra Mundial y en plena Batalla de Verdún, una de las peores que se recuerda aún hoy en día. En tres personajes que son Vincent, Arthur y Marcel, este último es Marcel Proust el escritor y autor de En Busca del Tiempo Perdido, podemos ver reflejado el anhelo de amar y ser amado, el miedo a la muerte y la presencia constante de la guerra y a su vez la madurez y la más fina intelectualidad. París es el escenario de esta historia, siempre contada en primera persona por Vincent, exceptuando la segunda parte que se compone de cartas escritas entre él, Arthur y Marcel. La novela llama a cuestionar la necesidad de escribir y transmitir a través de la escritura nuestra propia voz, para evitar su destrucción por el paso del tiempo, porque solo así pervive la voz humana.
Besson consigue que el libro te atrape, no evitas estar sentado en el café de París al lado de Marcel y Vincent y escuchar las confidencias que él y Arthur comparte por la noche en su refugio, todo el rato estás ahí porque somos parte de ellos también. Ves reflejado en estos tres personajes lo mismo que sin duda alguna un día desearían los que como en Ucrania, Rusia o Irán viven atrapados entre el fuego de la guerra, el miedo y la tiranía y el anhelo de respirar de nuevo.
El autor además consigue en un momento engañarnos, haciéndonos creer casi al final algo que no puedo desvelar lo que es y que es auténtico choque emocional, por eso les animo a leerlo.
Es sin duda un canto a la liberación y un homenaje a la adolescencia desenfrenada y el querer sentir lo que es amar y el ser libre como ocurre con Vincent, que solo tiene 16 años, y que me recordó un poco a mí mismo hace ya mucho tiempo. Sin duda alguna la vida es vivida en diferentes etapas, pero incluso uno siente conexión hasta con un habitante de 1916, que por ficticio que sea, no deja de ser tan real como el que escribe esto. Así que queridos lectores lean este libro.