Era 1981 cuando Matthieu Galey llegó a Petite Plaisance, la residencia de Marguerite Yourcenar en USA, para entrevistar a la escritora de 78 años. A ambos solo les quedaban 6 y 5 años de vida respectivamente, pero ese encuentro que pasó a la eternidad recoge reflexiones muy profundas de la autora, casi proféticas. La Antigua Grecia fue siempre el tema principal de muchas de sus novelas así como la Grecia actual fue su patria espiritual, por lo tanto es atrevido por mi parte decir que aunque Marguerite no era creyente el universo le otorgó un don profético. Los Dioses la nombraron sucesora de Delfos y su Oráculo.
Como si de la Sibila se tratase y sentada en su sillón Marguerite expone en estas 366 págs y a lo largo de varios capítulos que ella misma revisó y firmó para darle el visto bueno a Galey, reflexiones y afirmaciones que hoy son en su inmensa mayoría las que han dado forma a este tedioso siglo XXI. Firme partidaria del ecologismo y vegetariana practicante Marguerite expuso los problemas a los que la naturaleza y el planeta se enfrentarían en el futuro, pero el cual ya estaba palpándose en aquellos años 80 con la tala de bosques, los desastres de cargueros petrolíferos como el que sucedió en Alaska en ese tiempo y el descontrol de la caza de especies protegidas. Afirmó que el tiempo no olvida, sino que impone y dicta sentencia si no se actúa con premura y esa sentencia es el cambio climático.
En las entrevistas prosigue denunciando la situación que correrán países como Pakistán e Irán donde el islamismo radical tomó o tomaría el poder en esos años y como eso podría definir las futuras guerras en la región, haciendo que los pueblos olvidasen su procedencia, sumándose probablemente acciones brutales para imponer su ideología e incluyendo a Israel y Palestina dentro de ese riesgo, porque entre sus amistades se contaron varios judíos pero no sionistas.
Sobre el feminismo afirmaba que para que una mujer pueda ser igual al hombre primero debe de ser inteligente e instruirse antes que exigir cualquier cosa y después usar la educación como arma, pero que el feminismo correrá el riesgo de convertirse en un adoctrinamiento si no es utilizado correctamente, he aquí otra profecía hecha realidad. ella no era una persona política, defendió en una manifestación el final de la guerra con Vietnam y denunció abiertamente el racismo en la sociedad americana cuando llegó al país en los años 40 huyendo de Hitler y la guerra, pero políticamente hablando nunca fue una mujer de participar en eventos.
Sus reflexiones se mezclan evocando los recuerdos sobre su vida, respondiendo a esas preguntas a Galey, como por ejemplo que su padre la educó en casa y que el animarla a leer a autores clásicos despertó su amor por Grecia y el querer ser escritora, su infancia idílica y algo asilvestrada en la hacienda de Mont-Noir y el poco amor que le tuvo a su abuela Noémi, una mujer del siglo pasado y algo tiránica. Evoca igualmente con cariño a las figuras de Jeanne de Vietinghoff y a Barbe la amiga de su madre y su niñera, quienes ocuparon el lugar de Fernande cuando murió once días más tarde tras dar a luz a Marguerite y que esas figuras hicieron que esa ausencia maternal nunca le afectase personalmente. Afirmó que aunque no era creyente si que sentía mucha paz cada vez que visitaba una iglesia como en Bélgica o Roma, aparte de otros monumentos, llegó a reconocer que el arte sacro y el contemplarlo le otorgaban una serenidad y paz interior que otros sin embargo no son capaces de ver y encontrar y que es en esos momentos cuando lo humano y lo divino pueden convivir plenamente.
Su trayectoria como escritora y los momentos felices con su pareja Grace, así como el cambio brusco que trajo a sus vidas el cáncer que se la llevó en 1979 tras estar 42 años juntas más la experiencia de escribir sobre Adriano, Zenón y Alexis componen el resto del libro. En la mayoría de la obra las afirmaciones de Marguerite para cualquiera que lea el libro podrá hacer ver que más 40 años antes de que lo que ahora estamos viviendo tuviera lugar esta mujer, dotada de ese don profético, fue capaz de verlo y con los ojos abiertos. Sí, sin duda Marguerite Yourcenar fue capaz como la Sibila de Delfos de ver el futuro con los ojos abiertos. Un futuro poco esperanzador, y no por ello carente de esperanzas, a pesar de todo.