Los anónimos sociales somos esos que cogemos el virus coronado y no salimos en los periódicos y, por el contrario, en cuanto un famoso estornuda ¡Jesús!, ya no se dice, sale en la prensa nacional. Los anónimos no contamos, somos números,  personas que no cuentan. Otros son los mendigos de la sociedad, los que viven en chabolas, que los hay. Pero en este artículo no me refiero a los mendigos económicos, sino a ese tipo de personas que no tienen amigos, ni están en asociaciones, ni se relacionan con nadie, se meten en su cuarto y viven una vida virtual, anónima, son los que denominé, en otro artículo como los «a-exitosos», los que no buscan el éxito, sino sobrevivir con lo mínimo, y se conforman con tener lo mínimo y gastar la mínimo. Tener suficiente les basta. Bien, pues después de esta forzosa cuarentena van a abundar como estrellas en la noche. Y es que ni los novios ni las parejas se besan. Los besos los ha prohibido el gobierno, bonito título para un poema o un relato.

     Otras personas, a las que yo presiento como anónimas, son los vendedores ambulantes de Loterías, apenas les hacemos caso, no les miramos a la cara, ¿por qué?, porque se han situado en un escalón de ofrecerte algo que a lo mejor tú no deseas, y los ves como «incordiantes flautas» en restaurantes o sobre cartones en las entradas de los cajeros automáticos de los bancos.

     Entre estos anónimos sociales se encuentran también las víctimas, no me refiero a las víctimas de un crimen o de un atentado, sino a aquellas personas que viven en el núcleo familiar o laboral que han de hacer lo que no quieren o no les gusta, son las personas manipuladas, los obligados a llevar la vida que no desean y no pueden escapar de ese mandato. Uno ha de partir de la idea que tanto la libertad como la felicidad están en uno mismo, dentro de nuestra propia voluntad de decidir. Hay quienes saltan de su silla ante una voz imperativa del propio nombre. Esa llamada que les hace vibrar bien sea de los padres, jefes o pareja, o de tu acreedor. Es la voz de tu nombre el que te alerta como si fuera una llamada telefónica imprevista, o la llamada temerosa de una mala noticia que esperabas.

     Estas personas se van anulando poco a poco, pierden la objetividad de la realidad, el equilibrio entre lo normal y lo excesivamente comparado o comparativo, con situaciones de verdadera alerta o alarma silenciosa.

De momento, hemos de partir de que nada es terrible, nada debe ser llevado a los extremos, todo tiene solución cuando se comparte con otras personas. La situación en que vivimos actualmente tendrá solución.  A veces, uno ha de empezar por lo más simple que es decir «no», con esta negativa estamos dando grandes pasos ante la manipulación o el control, porque rebelarse, aunque sea por asuntos mínimos es un fortalecimiento en el carácter, y los amigos o adversarios aprenderán a que no te dejarás manipular, o que has cambiado de aptitud sumisa a la de combate. Por lo general, el abuso viene sobre las personas que se muestran receptiva a aceptarlo todo. En el caso de las mujeres, parece como si fueran más dadas al sacrificio y al soportar situaciones de estrés. Y en un matrimonio con hijos, son estos los que más atan. Pero no hay que ser drásticos, sino que uno ha de educar al otro, poco a poco, sutilmente. Si no puede cambiar al otro, sí puedes cambiar tú, respecto al otro.

      Por lo general se utilizan varias armas contra las víctimas como es la culpa. Un arma eficaz consiste en la que la otra persona se sienta culpable de algo. Es uno de los mecanismos más usados. Pero contra el sentimiento de culpa existe el mecanismo de ignorarla, rechazarla, que esa culpa pase de largo. Uno se ha de salir de la trayectoria de la culpa. Si te anulas te haces anónimo y eso, a mí personalmente, no me gusta. El lector, tú, amigo que me lees en el silencio, sabes que tengo razón. Y no es «la razón de las sin razón que a mi razón se hace…» quijotesca empresa matando a gigantes invisibles que estaban en su cabeza delirante.

      Yo me sentía culpable de un suceso, de una culpa colectiva, de que todos los integrantes del equipo social habíamos metido la pata extrema: la de palo. De momento asumimos la culpa, y la autoridad del jefe se relajó, el tanque dejó de atacarnos, entonces fue la ocasión de dar explicaciones y, cuando las dimos, se trataba de un problema general, ninguno de los otros equipos lo pudieron superar. Por ello, luego recibimos excusas y, todos, quedamos más o menos contentos.

      Uno se ha de acostumbrar a que las cosas nos pueden salir mal, enrevesadas o turbias. Exigirse perfección y que todo salga bien supone que la frustración del error o del suspenso es mucho más grave. El alumno que nunca suspende, y suspende una vez se sentirá muy culpable de su suspenso; en cambio, el alumno que suspende con regularidad se va acostumbrado a que esa es la tónica del curso, y ante un suspenso más o menos, no se sentirá tan culpable. 

      La felicidad que tenemos se ve en el reflejo de los ojos de los pájaros, se ve en la alegría de la espuma de los mares y de las fuentes, el pan futuro se percibe en el corazón de las nubes, y la tristeza del mundo se observa en el color del hígado de los pollos sacrificados. Todo es superstición, dice la gente, pero los antiguos supervivientes de mi aldea de El Acebuchal (Acebumeya en mi novela El cazador del arco iris), no llevaban reloj y sabían en cada momento (día o noche) la hora exacta que era. Y cuando levantaban una piedra podían hacer una lectura del pronóstico del tiempo según los insectos que había debajo. Tú piensa lo que quieras, pero mi tía abuela Wenceslá Acosta, llamada la Sabia, vivió 105 años.

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