En los más de dos milenios de cristianismo, María ha sido y es para la humanidad la presencia más cercana, concreta y llana del gran misterio de Dios y de su obra de salvación. En infinidad de ocasiones, su sensibilidad y mansedumbre nos ha desenmascarado la ternura y piedad de Dios.

Contemplando la exposición de la doctrina acerca de María y del recogimiento del pueblo creyente, se evidencia que ésta ha sido la mayor inspiración de Cristo y de Dios en el relato de la vida del hombre. Sin lugar a dudas, el empeño de conocerla nos ha posibilitado profundizar en el alcance del misterio de Cristo y de su designio divino. Indudablemente, el fervor y el amor a la Virgen María han abierto un camino al conocimiento de la redención de Cristo y de la gracia de Dios.

Hoy, en pleno siglo XXI, María es el fruto más visible y afable, la expresión más clara de la nueva naturaleza que se recrea en Cristo y por Cristo; el fundamento más concluyente de la imperecedera bondad de Dios hacia la pobre estirpe humana. Porque, a fin de cuentas, en María se ilumina el mundo liberado en toda su majestuosidad, pero, aún más deslumbrante en ella es la fuerza redentora de Cristo y la inagotable generosidad de Dios con nosotros. Y es que, sus méritos sobrenaturales han hecho que numerosos hombres y mujeres revelaran la bondad de Dios y consiguieran los dones de la salvación.

El discernimiento, la sensatez y el entendimiento sobre la veracidad de la Virgen María, no se obtiene meramente por la vía racional de unas cuantas conclusiones.

Para percatarnos de su vocación, tampoco bastaría con recopilar los textos en los que las Sagradas Escrituras la refiere. La razón de ser de María, el descubrimiento paulatino de su inclinación en el proyecto sagrado de la creación y de la salvación, es un proceso mucho más complejo en el que intervienen la fe y la razón, o la inteligencia y el amor, o la capacidad de personas determinadas y en el transcurrir de los tiempos, el encaje contiguo del pueblo de Dios.

De ahí, que el saber de María sea el producto de la visión eclesial del misterio de Dios y de Cristo a lo largo de la vida de la Iglesia. Es más, la enseñanza de la Virgen nos ayuda a discernir en la tarea de la redención.

María, mejor que nadie se aproximó a la vida íntima de su Hijo y habitó en su corazón. Ensamblada necesariamente a Él por la gracia de la gestación, es una mujer especifica en la Historia de la Humanidad, figurando como una parte esencial y de la identidad propia; porque, cada paso que ofrecemos en el conocimiento de su ser y vocación, enciende la intuición y transmite nuestra afinidad con la realidad reconfortada por Cristo resucitado.

En ese día a día de la Iglesia y de los cristianos, María es el medio vivo para llegar a Jesús y el puente para estar en contacto con Dios.

Por tanto, María no es una fantasía o una construcción de nuestros deseos y añoranzas, es una mujer humilde en la peculiaridad de su encargo. En su existir cotidiano no se envuelve de lucimientos reservados, sino que convive y se ocupa como una más, amando, padeciendo y disfrutando como cualesquiera de las madres y como cada una de las jóvenes de su población: simpatizando y comunicándose, conserva lazos de amistad con sus parientes y vecinos. Y en esta normalidad, reside en comunión espiritual con su Hijo que es la Palabra de Dios y el Salvador del mundo.

Así, pues, María modestamente mora en su hogar de Nazaret, pero, sobre todo, lleva consigo un alma permeable a la intimidad con Dios.

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Su grandeza que es simpleza, a la vista de los que le rodean no se convierte en gestos atrayentes, sino más bien, en la profundidad harmoniosa de la oración y la misericordia. Permaneciendo en un proceder recogido y bienaventurado, con los sentimientos en lo más recóndito de los umbrales del espíritu de Dios.

Con estas connotaciones preliminares, este pasaje pretende hacer visible el “Sí” en mayúsculas de María en la Anunciación, sin la que no se hubiese cristalizado el germen y la sabia del Nacimiento del Niño de Dios; aproximándonos a una mujer y a sus dogmas, que es una verdad de fe revelada y, por ende, inmutable e indiscutible.

María, de origen judío de Galilea, región montañosa situada al Norte de Israel, fue una esposa abnegada, madre entregada y modelo de santidad que algunos fragmentos neotestamentarios concernientes al Santo Evangelio de San Mateo y San Lucas y los Hechos de los Apóstoles, como diversos relatos apócrifos del Protoevangelio de Santiago, vivió entre finales del siglo I a. C., y mediados del siglo I d. C.

La aparición de María es probada por las corrientes del cristianismo primitivo, que finalmente acabaron por integrarla en el canon bíblico: primero, de manera referente, en el cristianismo paulino y segundo, haciendo más hincapié en el cristianismo sinóptico y joánico, donde se le reconoce en más de un sentido como única participante en un instante único de la Historia de la Salvación: la Encarnación de Jesucristo y copartícipe del tormento y muerte de Jesús y la institución de la primera comunidad cristiana orante, previamente, a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

María es un nombre común de la época, aunque su etimología no es del todo conocida, distinguido en el Tanaj o Antiguo Testamento por haber sido la designación de la hermana de Moisés y Aarón; originariamente, es escrito en hebreo como ‘Miryam’ y ‘Marjam’ en arameo. La traducción de los Setenta la nombra de la forma aramea, el cambio de la primera vocal que emite la articulación habitual es la que se conversaba en Palestina; tal vez, sea el estilo helenizado de la palabra.

Lo mismo que los nombres de Moisés y Aarón se consideraron con suma deferencia, el de María no se utilizó más que como nombre común, pero con el paso del tiempo se complementaría como indicativo de esperanza por la era mesiánica.

Ya en la Edad Media, Medievo o Medioevo (476-1492) se sondearon acepciones más místicas bajo los actuales descubrimientos arqueológicos como “alteza” o “ensalzada”, que son las significaciones más afines al nombre de origen hebreo.

Igualmente, María es tratada como “Estrella de los Mares” o “Estrella del Mar”. Interpretación declarada en el Antiguo Testamento, en concreto, en el Libro de los Reyes 18, 41-45.

Por consiguiente, desde los incipientes siglos de la catolicidad, la Virgen María se convirtió ante los devotos en el paradigma excelso e inimitable de virtudes humanas, morales y espirituales.

Tales hechos, han sido expuestos asiduamente por historiadores, investigadores y analistas como un axioma incuestionable, que no requiere ser aclarado ni demostrado documentalmente.

María, descendiente de San Joaquín y Santa Ana, tras alcanzar los tres años y ser acompañada por sus progenitores, fue presentada en el templo al Señor y entregada a su servicio, viniendo a ser entre todas las adolescentes el espejo de espiritualidad y ejemplaridad.

Allí, la niña María aprendió con prontitud a ovillar lana y lino, a bordar las vestimentas sacerdotales y demás objetos para el culto consagrado; además, leía con total circunspección y apasionado amor las palabras sagradas, aunque, sin ningún rito exterior hizo voto perpetuo de preservar su pureza virginal. Una muchacha que creció con los ánimos naturales de su edad y que correspondió en consonancia a cómo iba madurando, sin obviar, el anhelo de su pueblo y las promesas de Dios.

María, era todavía una jovencita cuando Dios le sugiere la responsabilidad de ser la Madre del Salvador. Es con este talante, como Dios entra plenamente en su historia, cuando su corazón está repleto de ansias y escasamente comenzaba a abrirse al mundo. Sin embargo, María se dona pródigamente al plan de Dios. Le declara un “Sí”, rubricado en blanco para el Dios hacedor que la encaminará por itinerarios sorprendentes e insospechados.

Con su contestación fulminante testimonia la gran capacidad de fe, serenidad, renuncia y disponibilidad. Pero, mismamente, abre su joven espíritu admitiendo el deber comprometido por su apertura a lo desconocido.

Precisamente, es en este entonces en el que María tendría más de doce años, cuando se satisfacía el período consentido a las judías para realizar los votos convenientes. Conocemos por la revelación y el magisterio de la Iglesia, que en Ella, el favor admirable se anticipó a la naturaleza corrompida y que ningún hálito viciado la contaminó.

Si realizamos un ejercicio de retroempatía y nos situamos en el ambiente histórico de la biografía de María, trasladándolo al contexto de nuestros días, nuestra sociedad se identifica por el incremento acelerado de gestaciones derivadas del sexo prematrimonial. Con lo cual, hoy por hoy, el episodio de María hubiese supuesto uno entre tantos otros.

Mas, con la maternidad de las jóvenes casaderas se ponía el punto y final a la niñez y a la ingenuidad, para apuntalar el comienzo de los cometidos propios de la mujer.

María, jamás había conocido varón y en su época, quedarse en estado fuera del casamiento se estimaba como un quebrantamiento merecedor de la muerte, portando en sus entrañas lo que se juzgaba como el fruto de la fornicación.

Y, más aún, estando desposada con José.

Recuérdese al respecto, que entre los israelitas este compromiso poseía carácter irrevocable y exigía la fidelidad: la cohabitación, únicamente se consentía transcurrido un año más tarde de la ceremonia matrimonial. Ahora bien, María, había dispuesto por motivos religiosos un voto perenne de virginidad.

Las señas declaradas por María cuando acogió el recado del ángel Gabriel, tal y como las pormenoriza San Lucas en su capítulo 1, versículo 38 lo dicen todo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Sus talentos como una fortuna son incalculables, porque, indistintamente, es madre y deudora; tiene convicción y persevera en la constancia del rezo; se hace catecúmena y se sostiene intensamente en el santuario de la paz; una mujer que constantemente se nutre y hospeda la Palabra de Dios: el Verbo la bendice fortaleciéndola por el Niño que va tomando forma en su seno.

Aquella, que contra corriente ha creído sin haber visto, ahora implora, invoca y suplica en la Iglesia en favor de todos.

María, se muestra en los Santos Evangelios como la que reflexiona y ahonda en los acontecimientos, hasta desenmascarar el albor de la Palabra. Depositándola en lo más inescrutable de su voluntad, vislumbra que se halla ante el suceso insondable de la salvación de Dios.

El ”Sí” de María en la Anunciación adquiere su máximo exponente y es definitivo, porque no entiende de intereses, limitaciones y disposiciones; invariablemente le permite continuar a la vera de Dios y al servicio de su acción en la Tierra.

A María, nadie le puede arrebatar la experiencia valiosa de pobreza, sumisión y obediencia en la intervención protectora de Dios, siendo la primera entre las más sencillas; por eso proclama a viva voz, que Dios auxilia a los humildes e invierte para bien, la opresión e injusticia que los poderosos imponen.

Posteriormente, incorporada en plenitud a su Hijo Jesús, prontamente intuye la trascendencia de las palabras que le transmitió el anciano Simeón en el templo de Jerusalén: “Una espada te atravesará el corazón”. Experimentando ese sufrimiento en su caminar mediante la inquietud, la incomprensión, el aislamiento o la pérdida de su Hijo y así un largo etcétera. Rebasando el momento crítico en el Calvario, de pie inseparable junto a la cruz, ve agonizar a Cristo. Asumiendo la vivencia más dolorosa.

A pesar de todo, María mantiene la puerta de su casa abierta, a merced de los enviados de Dios, para que no tengan que sacudirse el polvo de las sandalias. Estando incesantemente evangelizada por el ángel Gabriel, en una fe dócil, comedida y gradual que fluye de turbación en turbación con el aliento impertérrito del espíritu.

Para ella, Jesús es un hombre nuevo, su predicación rotula perspectivas que nos prende y sobrecoge, no dejando que la fe se aletargue y contraiga el derrotero del Calvario: tan paradójico a la naturaleza humana, como tan antagónico a un corazón de madre, pero, tan de acuerdo con la sabiduría de Dios.

Dedicándose a la oratoria de los salmos de sus predecesores, coexistiendo en comunión con los santos y abriendo el camino a una maternidad dichosa. Sin soslayarse, que con su disponibilidad, José por ser un hombre justo, defiende a María y al hijo que lleva, fiando el destino del niño y de la madre.

Pero, María, no es solamente un manantial de abundantes gracias; de la misma manera, ella misma las absorbe de personas concretas que Dios prescribe: como José, Isabel, Zacarías, Ana o el ya citado Simeón.

Detrás, resultarán los apóstoles y sobre todo, el discípulo amado que en el Cenáculo reza con ella. Una tienda de reunión como el corazón de María, en la que desemboca la fe de los antepasados y la de los que ahora comparten con ella la comunión de bienes, donde irremisiblemente se esparce a cuántos rincones, la Palabra de Dios.

Esta fe, la de María, halla su pulso en la misión: el tesoro debe ser transportado en vasijas de barro y ofrecido, o lo que es igual, en la debilidad del hombre, como la luz llameante para que alumbre la casa o ese perfume derramado para que su fragancia colme la estancia del banquete.

Acaso, el éxodo de María a la montaña de Judea pudiera ser la primera misión, trasegando con el niño por los senderos del infinito, hasta engarzarlo en la primera familia cristiana: el linaje de Zacarías. Isabel su esposa, dirá de María y de su Hijo: “¿Qué he hecho yo para que la madre de mi Señor venga a mí?”.

María ha sido la primera en amar a Dios en carne humana, un amor inigualable que ha consistido en asistir a la criatura, acogerlo, alimentarlo, acompañarlo, instruirlo, educarlo en las plegarias y en las promesas de su pueblo. Una fe que ha comprendido todo el sufrimiento inseparable a la concepción, no sólo en el intervalo de la natividad, sino en cada uno de los menesteres que una madre ha de afrontar en la orientación de su Hijo a la plena madurez.

Como inicialmente se ha mencionado, los dogmas de María son cuatro. Dos de los cuales, en los siglos inaugurales después de Cristo han sido reconocidos por cada una de las tendencias cristianas; mientras, que los restantes, corresponden a etapas contemporáneas, respectivamente,1845 y 1950.

Los dos primeros resultaron de Concilios, los demás son pronunciamientos papales en respuesta al misticismo popular. Uno de ellos, es el dogma de la virginidad de María, que concibió a su Hijo por gracia divina; el segundo, corresponde a la que la distingue como madre de Dios. Como es sabido, esto sería discutido en el Concilio de Éfeso celebrado en el año 431, coincidiendo con la ocasión de establecerse que en Jesús conviven lo humano y lo divino: el Hijo de María es Dios encarnado.

El tercer dogma sancionado en el año 1854 por Pío IX (1792-1878), dispuso que María procreó sin mancha, estando libre de pecado original.

Por último, el cuarto dogma es la Asunción de María al cielo en cuerpo y alma. Con anterioridad a ser doctrina revelada, por determinación del Papa Pío XII (1876-1958), la Asunción ya era una creencia extendida y la celebración estaba muy arraigada.

Consecuentemente, Dios puso los ojos en María, llena de gracia, para consumar el más grandioso de los proyectos trazados por Él: la redención de la raza humana. Aquella doncella hebrea, sujeta a la actuación de Dios, aglutinaba hermosos caracteres que la reportaron a ser la protagonista del gran misterio de la Encarnación de Jesús.

Signos, conductas y actitudes que por doquier se prodigaron en María, como la humildad y la disposición para el servicio; o la fe y la piedad inquebrantable; o la capacidad para guardar secretos en lo más escondido de su intimidad con el Padre; pero, sobre todo, su observancia persistente conforme a la Palabra de Dios.

Esta es sencillamente la Virgen María, la madre de ese Niño que yace en el portal, aquella que como Sierva del Señor confió totalmente en Dios y aceptó el reto de llevar en su seno al Creador; criándolo bajo la guía divina para que más tarde, llevara a término la obra memorable de la Salvación.

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