La trampa mortal de los más vulnerables frene al coronavirus

La trampa mortal de los más vulnerables frene al coronavirus

Como si se tratara de una terrible pesadilla de la que querríamos despertar, aún cuesta asumir lo que estamos experimentando desde la explosión de la bomba vírica llegada desde China. El incendio que ha propagado el coronavirus, sus insalvables consecuencias y las medidas extraordinarias de prevención accionadas para contrarrestarlo, son reales y están aquí.

Ante las evidencias inexorables con la prórroga del confinamiento y la desescalada atisbándose en el horizonte, inducen a un deterioro irrevocable con sensaciones incrementadas por el escepticismo que lo acorrala todo. Predominando dudas e interrogantes que agrandan la perturbación. Si a ello se le añade el impacto económico de la enfermedad, se aglutinan los elementos necesarios para que estemos irritables ante lo que está por llegar.

Si bien, queda mucho por conocer sobre los factores de riesgo que recrudecen la marcha del coronavirus, las principales instituciones médicas han divulgado ‘Guías de Urgencia’ sobre las afecciones y condiciones previas, que conllevarían a ver la cara más sombría de la pandemia. Aparte de la edad avanzada, la Organización Mundial de la Salud, subraya que no hay que bajar la guardia con los males respiratorios crónicos, coronarios y el cáncer o la diabetes. Actualmente, en la aldea global se contabilizan 1.700 millones de personas con al menos algún padecimiento, que empeorarían en este entorno epidemiológico. No repercutiendo exclusivamente en los mayores, al constatarse que una cuarta parte poblacional en edad de trabajar, tiene alguna patología que le atenúa ante el virus. 

Quienes así lo fundamentan, creen indispensable identificar a los que lo padecen y concretar el riesgo extra de cada patología, previniendo a los más expuestos antes del desconfinamiento e incluso, priorizarlos en la asignación de las futuras vacunas.

Sabemos, que el coronavirus es un virus repentino, tanto por su potencialidad para hacerse sentir, desenvolverse y enfermarnos, como por su magnitud de difundir información. Indudablemente, somos testigos de una anomalía compleja desde el punto de vista sanitario y probablemente, por vez primera, con nuestro granito de aportación estemos emitiendo en vivo y en directo una epidemia.

En el nuevo paradigma que acarrea el contexto contemporáneo, no podría esperarse menos de una propagación como la causada por el coronavirus SARS-CoV-2, pero, entre tanto vértigo desde de su irrupción, también confluye la tardanza en ciertas decisiones. Tal vez, esta apatía se relacione con el enlentecimiento inseparable del envejecimiento. Precisamente, una de las peculiaridades de la longevidad es la inanición en algunas de sus funciones orgánicas, pero, lógicamente, no van por ahí los tiros de lo que pretendo fundamentar, sino más bien, ciertas actitudes nihilistas de la sociedad de hoy.

En Europa, el coronavirus se ha cobrado la vida de miles de personas longevas y lo más execrable se lo llevan las residencias de ancianos, donde el virus además de esparcirse a sus anchas, se ha cebado con aquellas y aquellos que manifiestan dolencias preliminares con un sistema inmunológico delicado. 

España, en este asunto no es una excepción, porque el coronavirus es el epicentro del seísmo que deja historias anónimas de personas con demencias avanzadas, grandes dependientes y enfermos terminales que quedan absolutamente arrinconadas de todo tratamiento y a merced de morir en estos centros, donde el recuento de decesos es dificultoso determinar con exactitud, por la ausencia de test de diagnóstico rápido de detección de anticuerpos. 

En esta encrucijada, pocos epidemiólogos y forenses del mundo se pronuncian con contundencia a la hora de inclinarse por la cifra auténtica de fallecidos. España, no pasa desapercibida como tal, sobre todo, por la dimensión que infravaloran las autoridades cuando el Ministerio de Sanidad ofrece cada día el balance actualizado.

En esta sintonía, el Documento de Trabajo elaborado por cuatro autores y divulgado por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada, abreviado, FEDEA, sucinto en 34 páginas y titulado “Encajando el puzle: Una estimación rápida del número de infectados por COVID-19 en España a partir de fuentes indirectas”, muestra que hasta el 26/IV/2020, la suma acumulativa de muertos se elevaba casi a los 35.000, un 46,2% superior a los guarismos oficiales. Del mismo modo, considera que la transmisión habría repercutido en 140.341 menores de 10 años, 3,21%; conjuntamente, por grupos de edad, la infección se encontraría muy por encima del 2,6% de la población. 

Tómense como ejemplos, respectivamente: las personas ancianas entre los 80 y 89 años con 228.538 contagios, un 9,9% y los mayores de 90 años, 105.869 con un 19,20% del total. 

O lo que es igual, la epidemia habría influido a 1,23 millones de españoles y el valor registrado en la tasa de mortandad estaría en el 3,1%, aunque crece al 7,8% entre los mayores de 80 años. Luego, tres de cada cien españoles han enfermado y de los cuales, los contagiados mayores de 80 años, ocho de cada cien han perecido. 

Ciñéndome en el colectivo de personas mayores, según el Informe distribuido por el Centro Europeo para el Control y la Prevención de Enfermedades, por sus siglas, ECDC, contempla que una cantidad elevada de estos centros se han visto desbordados y las defunciones representan más de la mitad de los casos constatados en territorios como Bélgica o Noruega. Sin obviarse, que existen claras contradicciones en la medición de las referencias del Viejo Continente, aún no se pueden rematar con precisión las primeras comparativas. 

Sin embargo, la fórmula más adecuada es el tratamiento de la sobremortalidad y a partir de aquí, analizar algunas de las variables como la dimensión de los centros; la franja de edad y síntomas de la enfermedad de los fallecidos; plantilla de trabajadores; medidas asumidas y, por último, la investigación de los posibles indicadores que han predispuesto los hechos desencadenados.

Unos estudios verificados en Estados Unidos y Bélgica permiten determinar que en centros con incidencias de positivos por coronavirus, se hace constar un importante número de asintomáticos. Se trataría de un grupo mayor de 80 años comprometido a desarrollar cuadros graves, que habitualmente conviven, comparten espacios, efectúan las comidas en común y tienen un contacto estrecho con cuidadores que se intercalan entre todos los residentes.

Partiendo de la base lo que supone la realización de las pruebas, tanto a quienes presentan las sintomatologías, como en el caso contrario, indiscutiblemente, se pretende reducir la propagación del virus.

Adelantándome a lo que fundamentaré, en España, los test rápidos tan imprescindibles para aumentar la capacidad del diagnóstico microbiológico del COVID-19, como se denomina la enfermedad que provoca el nuevo coronavirus y ser más eficaces en la lucha contra la expansión, no se pusieron en funcionamiento en estos centros hasta bien tarde. Como, de igual forma, hasta la fecha, no se han proporcionado los índices en la mortandad por franjas de edad.

Resulta interesante apuntar que las incidencias han ido mutando a lo largo del tiempo recorrido, lo que de por sí es frecuente en los brotes emergentes: en datos oficiales de Italia, con casi 14.000 casos examinados, revelan una mortalidad del 9,6% en los septuagenarios; el 16,6% en los octogenarios y un 19% entre los nonagenarios. Deducciones parecidas en su letalidad se han confirmado en China, con el 8% en los septuagenarios y de casi el 15% en los mayores de 80 años. 

En estos días ‘In memoriam de la Historia de España’, numerosas residencias colisionan contra un muro infranqueable: apaciguar escenarios extremos donde ancianos apresados por el virus, se rechazan en hospitales. 

La tesis fundamenta el protocolo perfilado por un grupo de geriatras asentado en la ética de la medicina de catástrofes. 

Ellos mismos, los geriatras, implementan la valoración de las llamadas telefónicas para resolver quién debería o no ingresar en los centros sanitarios, con un triaje de los pacientes, en atención al valor social o esperanza de vida en caso de colapsarse las Unidades de Cuidados Intensivos, abreviado, UCI.

En otras palabras, se ajustan a cuatro criterios sustentados en los años de vida útil que le esperan a esa persona mayor, o en el momento circunstancial de las urgencias hospitalarias. Desechándose cualquier tratamiento a quienes reúnan demencias avanzadas o los grandes dependientes, enfermos terminales y enfermos de cáncer terminal. Amén, que el texto se basa en lógicas comparables con la guía ética hecha por los médicos intensivistas para designar la preferencia en el ingreso a la UCI.

Es preciso dejar claro, que desde los primeros coletazos de la crisis, un sinnúmero de residencias demandaron la premura inexcusable de contar con los Equipos de Protección Individual, abreviado, EPI, tanto para la dotación que interviene con el colectivo de la tercera edad, como los que habían sido infectados.

Entre las diversas medidas que prescribe el protocolo se hallan la cuarentena de los que den positivo, así como la puesta de zonas comunes y salas de estar, impidiendo bajo ningún concepto los desayunos, almuerzos y cenas en salas colectivas. Igualmente, la dotación de una mascarilla quirúrgica a cada uno de los usuarios, con la difusión escrupulosa de los conocimientos acerca de las pautas a seguir en la prevención contra el virus, prevaleciendo el nivel cognitivo y la capacidad de colaboración de cada individuo. 

Sin inmiscuirse, el lavado e higiene aplicado del moblaje y herramientas de contacto con los presentes, acotándose los traslados y desplazamientos entre las áreas y locales del propio centro, al objeto de impedir la transmisión vírica. 

Con lo cual, en medio de la polémica que se ha levantado y tras darse por iniciado los test generalizados, en los que se apuesta por los test serológicos o PCR, más completos para fallar de una manera más contundente si alguien está o no contagiado, los óbitos ascienden y descienden, las cantidades bailan y la rendición de cuentas formuladas, tarde o temprano habrán de mostrarse tal y como son, porque hasta ahora no ha sido posible saber con rigurosidad las víctimas mortales que el coronavirus ha dejado tras de sí, en las poco más o menos 5.457 residencias de ancianos españolas, ya sean públicas, concertadas o privadas.

Las reseñas dadas por las Comunidades Autónomas que están en poder del Gobierno Central, de los usuarios de este tipo de centros que han muerto por el COVIC-19 o con indicios relacionados desde el preludio de la epidemia, con mayor incidencia en decesos en la Comunidad de Madrid, Cataluña y las dos Castillas, se cuantifican en 16.746 personas, cifra que irremisiblemente variará conforme transcurran los días a la hora de la lectura de este pasaje. 

La cuantía anterior corresponde al 67% de lo comunicado por la Sanidad Mortuoria y no por el Ministerio de Sanidad.

Hay que indicar, valga la redundancia, que Sanidad asignó miles de test rápidos a las entidades territoriales Administrativas y Ciudades Autónomas, para los recintos más sensibles: residencias y centros sociosanitarios. 

Pero, aún irresuelta la casuística de las defunciones, únicamente se reconocen como bajas por el coronavirus, a quienes han sucumbido después de haber dado positivo. Es decir, las pruebas que no se hacen post mortem, por lo que no se contabilizarían las personas que finalmente no se han hecho la prueba.

A esto ha de superponerse que cada Comunidad Autónoma maneja los datos indistintamente y no siempre son exactos, un componente singular que recientemente el Ministerio de Sanidad ha querido sustituir, reclamando a las Administraciones pertinentes, una pormenorización más minuciosa en el conjunto de muertes y contagios por coronavirus en las residencias.

En esta tesitura, la Fiscalía General del Estado, mediante el Fiscal Delegado para la ‘Protección y defensa de los derechos de las personas mayores y de la red de Fiscalías Provinciales’, hoy por hoy, tiene abiertas 121 diligencias civiles y 86 penales, en consonancia con la salvaguardia de los derechos individuales y universales, que, innegablemente, se encuentran en situación de vulnerabilidad para que se investigue la proliferación de contagios y una supuesta mala praxis o hechos, en los que se alerte de comportamientos punibles.

En el caso de las primeras, en lo que atañe a la esfera civil, la inmensa mayoría se centralizan en Cataluña, con 50 y Castilla y León, 15. Aspirando a desenmascarar el estupor y la aprensión de los que se hospedan y solventar los inconvenientes puntuales que, por mucho que se soslayen, acuciantemente continúan persistiendo. 

En cambio, los procedimientos penales se han determinado como emanación de las denuncias interpuestas por familiares y trabajadores de los centros, en su mayor parte pertenecientes a la capital del Reino.

En el resto de las regiones españolas, se han incoado respectivamente: en Madrid, cuatro civiles; en Castilla-La Mancha, ocho civiles y cinco penales; en Aragón, tres civiles y una penal; en Galicia, once civiles y cinco penales; en Cantabria, tres civiles y una penal; en Andalucía, diez civiles; en Extremadura, siete civiles y cinco penales; en la Comunidad Valenciana, nueve civiles; en La Rioja, una civil y otra penal; indistintamente, en Murcia, Navarra y el País Vasco, una civil; y, por último, en las Islas Canarias, dos civiles y una penal.

Sobraría aludir, que las pesquisas se han encaminado a las Fiscalías de cada comarca, como, asimismo, las decisiones derivadas a raíz de la revelación ofrecida por la Ministra de Defensa, previniendo que en labores de desinfección llevadas a cabo por el Ejército en el marco de la ‘Operación Balmis’, en algunos de estos centros residenciales de mayores, los militares se toparon con ancianos fallecidos y conviviendo con otros residentes.

En concreto, más allá de confirmar si se trataba de más de un episodio, se mantuvo la reserva y ponderación en la aclaración de los detalles y en manos de quién debería reincidir la responsabilidad. Así, el 23 de marzo, los Soldados de la Unidad Militar de Emergencia, por sus siglas, UME, localizaron los cuerpos de dos ancianos en sus lechos sin recoger; posteriormente, el día 29 del mismo mes, hallaron otros once cadáveres en idénticas coyunturas. 

Lo que sí es manifiesto, que ante los hallazgos dantescos y el contexto del Estado de Alarma, los integrantes de las Fuerzas Armadas levantaron acta en estas residencias en calidad de Agentes de la Autoridad, para seguidamente remitirlas a la Fiscalía General del Estado. 

No obstante, no es descartable que los restos descubiertos en tales circunstancias, infringieran alguna desidia, sino que siguiesen en las camas por la activación del protocolo especial para el COVID-19, con el que deben transcurrir varias horas entre el deceso y el subsiguiente traslado: los fallecidos se reubican en una habitación refrigerada, nevera o túmulo, donde permanecen hasta la llegada de los servicios funerarios. Toda vez, que en ciudades desbordadas por los extintos, ese plazo puede verse alterado a las 24 horas.

Ante la más mínima sospecha de contagio, el protocolo impone que no se tenga contacto con el finado hasta la llegada del facultativo y el personal de la funeraria, provistos con bolsas y equipos de protección.

En definitiva, libramos una batalla asimétrica que no concluye dentro de una guerra no declarada sin día, tarde o noche. La amenaza no descansa ni concede relajación en las residencias de ancianos, convirtiéndose en uno de los puntos más castigados por la eventualidad sanitaria que ha avivado la epidemia opaca del coronavirus. 

Cuando el virus penetra en las entrañas de estos lugares, irremediablemente, arremete contra los más deleznables, como desafortunadamente está sucediendo: ¡Como lobos insaciables!, el virus apresa a los más entrado en años de la manada humana.

Los numerosos casos observados en nuestro país no son la punta de lanza, porque la ola de tránsitos en las residencias sofoca cruelmente a Italia, como uno de los más vapuleados; pero, también, Francia, donde se amplifican episodios diezmados por el coronavirus, en una Europa emplazada en el centro de la pandemia que aglutina a una urbe envejecida, presta a reclamar el amparo en instantes tan adversos. 

A tenor de lo descrito en estas líneas, tras cuarenta y ocho días de cuarentena, el confinamiento se alivia por tramos de edad y horarios para la población, saliendo a las calles. Una calma aparente que no está exenta de incertidumbres, reinterpretaciones y objeciones; en los que a pesar de todo, se siguen conociendo decenas de residentes contagiados y muertos, sin un conteo minucioso del Ejecutivo Central de los que se nos han marchado por culpa de este patógeno.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 04/V/2020

El desplome económico global del coronavirus

El desplome económico global del coronavirus

La pandemia del coronavirus tiene al mundo aprisionado entre el abatimiento y el espanto. Tal es así, que los mercados de capitales internacionales fluctúan ante la inseguridad de no reducirse la propagación a nivel global y que se produzca una significativa ralentización del crecimiento económico mundial.

A ello habría que añadir, que un equipo de científicos del Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Estados Unidos, afirma haber identificado una nueva cepa del virus que se ha convertido en la dominante del planeta, mucho más infecciosa que las versiones iniciales y que por doquier se transmitieron velozmente. 

Con lo cual, podría referirme al crac del 2020, algo comparable en similitud a lo acontecido en el año 1929, en paralelo a 1987 y de suponer, muchísimo peor, al que todavía ronda en las mentes y corazones del 2009. Esta reseña lo dice todo: sólo en las tres últimas semanas, las bolsas han perdido más que por aquellas fechas.

En términos habituales de producción, puede indicarse que España ha entrado en recesión en el primer trimestre y prácticamente es notorio el agravamiento en el segundo, ya que una parte importante del estado está confinado a pesar de los primeros coletazos de la desescalada, como del mismo modo, está en paro.

Hoy por hoy, la caída es equivalente a la registrada en la Gran Recesión. Entre los años 2008 y 2012, respectivamente, cuando el Producto Interior Bruto, PIB, español descendió un 9,2% y se dilapidaron casi tres millones de empleos. Algo fácil de decir y difícil de asimilar.

Pero, el contraste subyace que, por aquel entonces, los efectos desencadenantes de la inestabilidad se promediaron en un lustro. Esto representa que los españoles dejaremos atrás este vértigo siendo un 10% más pobres, entendiendo que en esta ocasión el impacto se aglutinará en dos trimestres. 

Los pronósticos muestran que en junio se reducirá el primer enjambre del coronavirus. Si la actividad se restablece, seguramente se multiplicará un arrebato de consumo. Es lo que se conoce como el resultado del ‘corcho de la botella de champán’. Luego, podríamos interpelarnos: objetivamente, ¿se precipita la economía española a su mayor desmoronamiento desde la Guerra Civil?

El ‘Goldman Sachs’, uno de los grupos de banca de inversión y de valores más grande, considera que España dejará de crecer el 1,8% presagiado y el PIB se desplomará el 1,3%. Considerando, que en el año 2021 la economía rebotará y crecerá un 4,3%. 

De hecho, son muchas las voces que coinciden en afirmar que nos encontramos ante la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial, con la diferencia que esta es circunstancial. Porque, hace doce años, tanto las empresas como los bancos, habían quebrado y ahora el sistema productivo está saneado. 

La clave pasa por descifrar que nos topamos con una economía de guerra. El coronavirus no entiende de fronteras y nos arrasaría si acaba expandiéndose por el Hemisferio Sur. Es imprescindible la acción conjugada de los bancos centrales y las principales economías, como sucedió después del conflicto bélico. Algo así, como una especie de ‘Plan Marshall’, oficialmente llamado European Recovery Program. Queda claro, que a la catástrofe sanitaria le sigue una crisis económica implacable. 

El Fondo Monetario Internacional, abreviado, FMI, no ha sido menos en pronunciarse, levantado acta provisional del derrumbe en la actividad económica integral: la sociedad cosmopolita habrá de digerir en 2020 una contracción pronunciada en el ritmo de crecida superior al 3%. 

Sin lugar a dudas, en las economías avanzadas será donde la disminución o pérdida generalizada se advertirán más acentuadas y dentro de estas, la eurozona, con España e Italia a la cabeza, como los países más castigados y con contracciones que pasarán a la historia en las observaciones estadísticas del 8% y 9%.

Bien es cierto, que me refiero a cifras circunstanciales con suposiciones dominadas por un elevado grado de desconfianza, coligada a indagaciones inconclusas acerca de la evolución de la pandemia, como de su transmisión y posibles rebrotes epidemiológicos. A partir de aquí, la normativización de las actividades económicas estribarán del compás y acoplamiento en las medidas de estímulo económico que acuerden los Gobiernos nacionales y las Instituciones multilaterales.

La inversión en sanidad es fundamental para descomponer a la epidemia, pero, igualmente, para restablecer el desgaste de las dotaciones que no hace mucho se materializaron en aquellos territorios, consagrándolas en aras de una austeridad más entendida. 

En esta tesitura, el FMI propone la ampliación de los estímulos fiscales, si las dificultades recesivas permanecen y que los bancos centrales conserven sus particulares políticas monetarias.

Cabría conjeturar, que la hipotética recuperación prevista para 2021 asumida por la Organización Financiera Internacional, no está asegurada. Porque, pende en que la enfermedad quede definitivamente contrarrestada en la segunda mitad del año y, consiguientemente, se levanten las limitaciones operativas y el movimiento de las personas que restringen su capacidad de producción y demanda y, concluyentemente, del empleo y de la generación de rentas.

Tal vez, el Fondo está confiado en sus predicciones, asumiendo que las turbulencias en la producción de las economías están centralizadas en el trimestre ya referido, con la indudable anomalía de China. 

Si bien, se baraja la posibilidad, que cuando la expansión del virus en las economías avanzadas quede poco más o menos, anulado, la regulación del engranaje económico sea inconstante entre las zonas. 

Ciñéndome en el tratamiento de la información del Banco de España, recogido en el Artículo Analítico del Boletín Económico 2-2020 y que lleva por título “Escenarios macroeconómicos de referencia para la economía española tras el COVID-19”, la economía española aun asumiendo una contracción sin precedentes, sorteará con holgura la que se ocasionó en tiempos de la crisis financiera.

Previamente, dicho texto expone literalmente en su resumen: “Aunque la acción decidida de las distintas autoridades nacionales y supranacionales, contribuirá a paliar esos efectos, su magnitud sigue siendo, por el momento, muy incierta”.

El Banco de España presume que la actividad se aplanó un 4,7% trimestral, únicamente entre los meses de enero y marzo. En la totalidad del año augura que caerá entre un 6,6% y el 8,7%, en el caso que el confinamiento se prolongue y en el grado que prosiga la tormenta a la finalización del Estado de Alarma.

En la realidad más contradictoria, este organismo pronostica un naufragio de la renta nacional del 13,6% y denota el ensanchamiento de la crisis sanitaria; obviamente, se enrarece la salida de restricciones. 

De la misma forma, opina que la recuperación para el próximo ejercicio será manifiesto, pero, no absoluto, desechando la forma de ‘V’ que nos proporcionaría rescatar la riqueza malograda en la última etapa de 2021. Análogamente, los despidos se dispararán hasta el 18,3% y el 21,7%, sin contabilizar a los trabajadores afectados por un Expediente de Regulación Temporal de Empleo. Además, el déficit público podría situarse en el 7% y 11% del PIB; al igual, que la deuda se colocaría en el 110% y 122%. Las cifras contienen las medidas decretadas por el Ejecutivo Central y distinguen la acentuación del gasto público que atribuiría la renta mínima. 

Por lo tanto, estamos hablando de las previsiones en el avance o retroceso del desempleo, deuda y déficit público. En síntesis, una valoración macroeconómica más pesimista, en comparación con la efectuada por el FMI, ante el desmoronamiento del sector de servicios que se añade al desplome pujante contabilizado en la actividad manufacturera.

En atención a la Organización Mundial del Comercio, por sus siglas en inglés, WTO, el comercio global se descalabra: la economía se detiene y decae como uno de los mayores motores de refuerzo en el PIB mundial.

A groso modo, el comercio universal son los vasos comunicantes por el que circula sin frenos el malestar financiero. Es así de sencillo, como podría abreviarse el golpe de efecto percibido de un miembro a otro. La parálisis que vive la economía y el confinamiento recalcitrante para recortar la inoculación de la pandemia, adquiere divergencias en todas las esferas.

En el horizonte se atisban las economías más exportadoras que se proyectan para lo más catastrófico: desde Alemania o México hasta alcanzar China, todas sin excepción, zarandeadas fuertemente por una inmovilización de la actividad comercial que sobrecarga la enorme cuantía de bienes y mercancías. 

La WTO, de acuerdo con el barómetro del organismo que computa el dinamismo comercial, rotula unos indicadores deprimentes. En ellos se contrastan las tendencias del tiempo real y examina los puntos de modulación en el desarrollo del comercio. En este sentido, pretende concluir los registros marchantes y las sospechas de la Organización Mundial del Comercio y otras organizaciones.

Tómese como ejemplo, un índice acomodado en los 100 puntos evidencia una progresión en consonancia con los intereses a medio plazo, no superior a 100 que justificaría un crecimiento mayor a la tendencia, mientras que, por ende, uno menor a 100 puntos, revela lo inverso.

Como refleja la muestra, el comercio sostendrá una bajada más marcada de lo deseable. Es incuestionable, que difícilmente podríamos decir que esto no sea lo presumido, porque estamos refiriéndonos a la interrupción económica de más calado de la historia reciente. Según aclara el último dato proporcionado por el Banco Mundial, constituye cerca del 60% del PIB.

Todo ello, teniendo en cuenta que se han implementado diversos dispositivos para avalar la sostenibilidad de las empresas y remediar las quiebras en serie, no por ello será menos impetuoso el encontronazo en el volumen de negocios y beneficios. El regreso a la normalidad, irremediablemente, requerirá de unos períodos establecidos.

En esta catarsis, a estas alturas las valoraciones de acciones pueden parecer atrayentes, pero, no serán capaces de sustentar un acrecentamiento sostenido, dadas las minúsculas posibilidades de actividad; si perdura la viabilidad de otro declive pronunciado, estará condicionado por las reglas de juego de los Estados y bancos centrales. 

En cambio, los recelos por la percusión microeconómica pueden ser un serio impedimento para una efectiva recuperación. 

Es aceptable que los mercados persistan en su volatilidad, pero más errantes en la trayectoria, sin una directriz notoria, antes de que se resuelvan las fluctuaciones. En este entorno, la movilidad será la llave en el rendimiento.

Los bancos centrales han inducido más liquidez en el sistema, siendo el banco central de los Estados Unidos, la Reserva Federal, abreviado, FED, el más agresivo. Con tipos negativos o muy próximos a cero en la mayoría de los países del Grupo de los Diez o G10, las compras de activos a gran escala y las condiciones de financiación se convierten en los instrumentos utilizables de los banqueros centrales. De lo que se desprende, que los bancos centrales han sido considerablemente eficaces para aportar liquidez y financiación en el universo de la inversión. 

GRAu0301FICO 2

Es evidente, que los desequilibrios del COVID-19 seguirán adelante más de lo que los inversores temen y que el perjuicio monetario, será hondo y latentemente largo. Ante esto, la visión más acertada es centralizar el capital en empresas con balances y perfiles de financiación más consistentes y con solvencia, al objeto de asegurar los rendimientos de capital mejor que sus competidores.

La conmoción económica será extremadamente impetuosa, porque, a la par, fusiona la sacudida de la placa tectónica de la demanda y la placa tectónica de la oferta. No obstante, es práctico que esto esté acaeciendo en una economía precipitada y, por lo tanto, más capaz de oponer resistencia a los envites.

A priori, atendiendo a la envergadura de la colisión y a su extensión estacional, el quid reside en las medidas alcanzadas por las administraciones para apuntalar las acciones y, sobre todo, el resquicio pertinente de los activos económicos. 

Y es que, mirando el entresijo del año 2009, en nuestros días, los gobiernos demuestran más suficiencia a la hora de desenvolverse, ante una réplica con medidas que se cristalizan antes que se genere la sensación dañina en la economía. El reto será doble: primero, ayudar a las empresas y hogares en el transcurso de la debacle y, segundo, afianzar el resarcimiento más resuelto de la economía.

Para los bancos centrales, se ajustaría en sanear la liquidez de los mercados financieros y eludir los vaivenes de financiación a las empresas para que no se extenúen, afianzando la liquidez de los bancos. Por el contrario, para los gobiernos, el paso preliminar gravita en subsanar la pérdida de ingresos de los hogares y las empresas, hasta garantizarlos con préstamos. 

A muy corto plazo, la prioridad es soslayar las grietas que pudiesen abrirse con préstamos puente. La facultad de llevarlo a término para las empresas perjudicadas y en apenas poco tiempo, prosigue siendo dudoso.

En consecuencia, cada jornada que transita simboliza una menos para este contexto indeterminado, lo que nos asiste para fraguar algunas perspectivas, a pesar de intuir que quedan bastantes perplejidades a la vista: Por eso, ¡mantenerse imparcial!, no es una obviedad en los mercados de renta variable. 

Es innegable, que se está mercantilizando en cotas insospechadas con beneficios de políticas monetarias y económicas generosas, pero, aún es excesivamente pronto para ponderar en los resultados. 

Puede que el rastro del coronavirus se interprete como el cataclismo más acelerado de la actividad económica de Estados Unidos. Los números económicos de marzo, abril y mayo desenmascaran un desastre como ningún otro. Perceptiblemente, el paro en América ofrece todos los riesgos habidos y por haber de dispararse y ensombrecer el punto culminante de la crisis financiera.

Los antecedentes concernientes a las peticiones de subsidios de desempleo iniciales, confirman las muchas anomalías que están por irrumpir. A ciencia cierta, con los estímulos fiscales y pagos de transferencias gubernamentales en funcionamiento, las rentas familiares se arruinarán y es presumible que el consumo sucumba estrepitosamente.

Con estos mimbres que no son pocos, los créditos fiscales, la disponibilidad de financiación rebajada y la prórroga de otros gastos empresariales, las pequeñas y medianas empresas se verán seriamente azotadas.

Con anterioridad, ya se sabía que la economía retornaba de una desaceleración económica transitoria que liquidaba cualquier senda viable en el comercio. Con la situación referencial de partida, el brusco descendimiento en el volumen de mercancías que soporta el comercio, pondrá a un sinfín de estados contra las cuerdas, e incluso, algunos, que, eventualmente, todavía no están agitados por el brote vírico.

El coronavirus no es el único que está comprometiendo a las regiones periféricas, sino el menoscabo de las economías exportadoras e importadoras, en una economía globalizada e interdependiente, valga la redundancia, se ha transformado en un enemigo asimétrico que lastra aquellas economías que, por la estructura que ostentan, son más dependientes del comercio exterior que otras.

Recuérdese al respecto, la praxis de Alemania, donde su economía con un 40% del PIB sujeto a las exportaciones, se atina impresionado ante esta coyuntura. Idénticamente acontece con el gigante asiático, China, otra economía exportadora.

Hasta que, poco a poco, el comercio restaure los niveles previos al desbordamiento del COVID-19, con eminencias anteriores a la desaceleración económica, irremisiblemente, se recrudecerá esa gran dependencia a un fenómeno entumecido por una tasa de crecimiento menor. 

Si mirásemos la comparativa del teatro de operaciones de 2008, hay un matiz que merece la pena subrayar: la premura e intensidad en la respuesta por parte de los bancos centrales y gobiernos de 2020. 

Los ingentes volúmenes de ayuda aclaran el optimismo de los mercados, pero faltaría por vislumbrar si éste podría persistir. A día de hoy, el Viejo Continente ha desdoblado medidas sanitarias decisivas, en el polo opuesto, el acento estadounidense continúa siendo improcedente, al saltarse las reglas y retractarse como el epicentro de la pandemia.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’

El coronavirus mata, pero antes deshumaniza e impone su soledad

El coronavirus mata, pero antes deshumaniza e impone su soledad

Son momentos de convulsión colectiva y tan desconcertados divagamos en ella que, quizás, se nos ha podido olvidar fijarnos en el eslabón más deleznable de la cadena: nuestros mayores. Sí, aquellas y aquellos que un día nos concedieron el don de la vida y hoy más que nunca precisan de la atención, el cuidado, la comprensión y el cariño. 

Almas ocultas desamparadas tras las puertas a las que nadie llama, ante un paisaje devastado por el dolor como el que vive España, agradecerían enormemente que nos acercásemos en la medida de lo posible, interesándonos por una situación tan compleja. Me pongo en su lugar y no me cabe más que pensar: que la soledad de estas personas, tal vez, pronto, se convierta en mi soledad o en tu soledad.

De ahí, que no sea por casualidad, los estragos de la muerte en proporciones y formas aterradoras de ancianos que residen en sus hogares o fuera de estos tan distantes de su núcleo familiar y en circunstancias de destierro, donde toda socialización queda reducida al mínimo.

Indudablemente, este colectivo es el más deleznable de la crisis del COVID-19, porque además de la fatalidad que les supone contraer la infección, deben mantenerse apartados y no recibir más visitas que las indispensables, lo que favorece el ostracismo y desamparo. Si bien, las medidas impuestas para impedir la propagación de la pandemia contemplan los controles para asistirlos, el dilema se acrecienta en familiares y cuidadores, hasta el punto, de concurrir divergencias entre el menester de asistirles y el alto riesgo de infectarle el virus.

Es preciso puntualizar, que preservar la vida de estas personas que conviven en sus casas o instituciones, o que están solas y con padecimientos, es una prioridad inexcusable como la de proteger a otros individuos.

A estas alturas del drama que estamos sosteniendo, son muchas y aún con incógnitas por esclarecerse, las personas mayores que han perdido la vida en el interior de estructuras residenciales, puesto que la aglutinación en las mismas han agudizado los peores presagios; con el añadido, de los inconvenientes en la adquisición de las herramientas de protección, a pesar del desprendimiento y generosidad y en algunos casos, de grandes sacrificios de cuantas y cuantos se han consagrado en su ayuda.

Sobraría exponer, que quiénes tienen arrugas en el rostro, debemos tributarles nuevos bríos y voluntades para salvaguardarlos de estas inclemencias, así como igualmente hemos sido protegidos y ayudados en instantes puntuales de las pequeñas y grandes tempestades de la vida. Con lo cual: ¡No posterguemos en el olvido a estas personas, porque, en la aislamiento que sufren, el coronavirus nos lo acabará arrebatando!

Los miedos e incertidumbres que nos extralimitan y la necesidad ineludible de permanecer en la vivienda, evidentemente, alimentan los efectos psicológicos, aunque todavía difíciles de predecir. De todo ello, los entornos familiares repercuten en los modos de afrontar el confinamiento, principalmente, al tratarse de una materia inexplorada para todos, se desconoce el peso que puede adquirir.

Dejando a un lado las variables individuales, no todos los 47 millones de habitantes que conforman el saldo poblacional de España, harán frente al intervalo de confinamiento en las mismas condiciones, ni dispondrán de los mismos refuerzos humanos. En definitiva, quién esté solo, quedará más desguarnecido.

Según los datos facilitados por la ‘Encuesta Continua de Hogares’ difundida por el Instituto Nacional de Estadística, en relación a los medios de vida de los españoles, cerca de un 10% vive solo, lo que representa el 26% de los domicilios.

Un porcentaje que no ha hecho más que agrandarse en los últimos tiempos y que se ensambla a otro componente agravante: los ciudadanos que acumulan cierta edad catalogados como octogenarios, están obligados a confinarse solos y con diversos grados de debilidad y patologías.

Pero, no es exclusivamente esta tesis la que subyace en este escenario, sino que asimismo, son los que más barreras experimentan a la hora de acceder a las nuevas tecnologías que les habilite a mantener relaciones con familiares y amigos.

Unos mimbres sociodemográficos ideales en el que los antecedentes esconden no pocas desdichas particulares y, que posiblemente, sepamos de buenas tintas, una vez se culmine el confinamiento.

En este entramado, de los 4.732.000 personas que habitan solas en España, poco más o menos de la mitad, tiene 65 años, lo que significa el 43,1%. En cambio, 850.000 han alcanzado la edad de 80 años. Es decir, forman parte del grupo con el mayor rango de vulnerabilidad obligado a extremar las prevenciones durante este período.

Mismamente, de los más de 18 millones de viviendas que constan en nuestro país, 2.037.000 se hallan ocupadas por personas mayores que en estas últimas semanas se han visto apremiadas a hacerlo en soledad, sin tener el más mínimo contacto físico con sus seres queridos.

Deestos, un número importante se encuentran en estado de viudez: 1.486.000 perdieron sus parejas y de las que 1.358.000 tienen 65 años o más. La amplia totalidad, mujeres, o lo que es lo mismo, 1.109.000 viudas a diferencia de los 249 viudos.

En paralelo, entre los mayores de 65 se constata los que están sin pareja: 179.000 solteras y 159.000 solteros. En consecuencia, las distintas variables dependientes identifican a una persona que subsiste sin compañía y que pertenece a una mujer mayor de 65 años, probablemente viuda.

En esta línea, la cuestión no engloba meramente a la soledad como tal, sino justamente, a las peculiaridades de estos hogares donde dichas personas aguantan confinadas. Haciendo un breve recordatorio en la antigüedad de estas construcciones distribuidas por la geografía española y las redes comunitarias, lógicamente, perturban en las realidades del mantenimiento y la accesibilidad de las mismas; habitualmente, más inseguras en jurisdicciones muy pobladas, donde comporta mayores inestabilidades que las que se localizan en espacios intermedios o rurales.

Obviamente, la reclusión los despoja en el disfrute de su rutina diaria en hábitos tan esenciales para el envejecimiento activo como el paseo mañanero, que completa la actividad física periódica o la dieta equilibrada, entre algunos. Ahora, con la irrupción del coronavirus, todo se delimita a una llamada de teléfono, que incluso podría ser reemplazada por una videollamada para los longevos más aventajados en la inercia de esta metodología.

El paisaje del aislamiento es absoluto y las posibilidades de estar mínimamente al tanto de este colectivo se ve cualitativa y cuantitativamente disminuido. Un ejemplo palpable en lo fundamentado, inevitablemente nos reporta a trágicos episodios de bomberos forzando la puerta de entrada y en su interior, toparse con la imagen dantesca del cadáver de quién no pudo pedir ayuda.

Desdichadamente, también hemos sabido de personas mayores muertas en sus casas, arrinconadas e incomunicadas, sin que mínimamente se advirtiese este percance, mientras cumplían con la cuarentena del COVID-19.

Gracias a Dios, existen más incidencias con la participación de los vecinos que hacen de compañía y ayuda mutua imprescindibles en la distancia, para superar las dificultades sanitarias. Pero, la falta de contacto social, coligados a los desasosiegos y ansiedades, acaban haciendo presa a este grupo quebradizo, ante un contexto desconocido para todos.

De lo que se desprende de esta exposición, que la evolución de la crisis ha puesto en la diana a los mayores, si acaso, en una encrucijada sin salida, al ser los más vulnerables e indefensos ante la agudización de los trastornos crónicos y la inmunodepresión; siendo motivo de preocupación ante la emergencia de exacerbar las desigualdades y desventajas que padecen.

Conjuntamente, las pautas adoptadas con la alarma sanitaria de este calado, empeoran las amenazas persistentes a sus derechos como grupo enmarcado de especial fragilidad.

La carencia de recursos sanitarios está perjudicando directamente a la población, pero sobre todo, a las personas mayores, tal como lo muestran los parámetros oficiales: el 95% de los óbitos tenían más de 60 años. A la par, ocurre con la franja de edad en los 80 años en adelante, que reúne el 67,20% de los fallecimientos, únicamente, el 7,02% de los ingresos en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Esta certeza es la más recurrente y la que conllevaría a realizar una más que profunda reflexión de las autoridades, sobre si ante una previsible sociedad del bienestar y de los cuidados como es la de España, realmente se han aplicado las prioridades pertinentes, o el suficiente nervio al sistema de salud ante esta u otras emergencias.

La insuficiencia de medios y plantillas han dejado al descubierto un asunto problemático e invisible hasta ahora: la minusvaloración de la vida de las personas mayores. Comenzando por la propia percepción social ante la inquietud que implica la pandemia.

Curiosamente, hasta que no se han tomado medidas ponderadas de prevención para toda la población y se han desorbitado las cifras de decesos, la enfermedad se ha subestimado al tenerse la impresión que era un tema fundamentalmente repercutible a estas personas, como si incumbieran menos, transmitiéndole un miedo hasta cotas insospechadas. La complicación ha surgido cuando los centros se han colapsado y prácticamente no había servicio para todos.

Es injustificable e improcedente priorizar la atención sanitaria de los pacientes aplicando el criterios de la edad. Independientemente de los trastornos previos que concurran, las vías a otras fórmulas que salvaguarden la vida no puede estar en manos de la edad, o de la hipótesis en la esperanza de vida, o de padecer deterioro cognitivo o demencias, o de tener o no personas a cargo, etc.

A su vez, los numerosos comunicados o notas emitidos sobre el irrevocable trance de la muerte a la sombra de las personas mayores aquejadas por el virus, aparte de crueles, como no podía ser de otra manera, han desencadenado el pánico y desprotección con arduos sentimientos de revertirse entre esta población, una vez se haya rehecho la normalidad.

La contrariedad de este rechazo por edad no es que derive de una indisposición por la cantidad de ingresos, sino por una estereotipificación y discriminación propagada sobre la longevidad, admitida por la sociedad del siglo XXI, por la que la vida y los derechos de las personas mayores no valen lo mismo.

En estos días de duro confinamiento, el COVID-19 está coadyuvando a que las secuelas de este trato desigual emerja con intransigencia.

Sabedores que los mayores han sido encuadrados como particularmente indefensos a la enfermedad infecciosa, muchas residencias no han dispuesto de los mecanismos apropiados para preservarlos lo más adecuadamente, al igual, que los profesionales cuidadores que incasablemente velan por ellos.

Esta institución temporal o permanente no son centros sanitarios, ni pueden serlo. Lo que se pretende es facilitarles un recinto acogedor y agradable como alternativa al hogar familiar, cuando confluyan una serie de eventualidades familiares, económicas o socio-sanitarias que desaconsejan la continuación en el domicilio. A lo mejor, la vicisitud del coronavirus ha precipitado una reflexión inaplazable sobre las residencias, interpelándonos a implementar un modelo de atención centrada en la persona.

Es necesario pronosticar los recursos proporcionados, públicos y privados para que estos centros residenciales otorguen la preservación de su proyecto de vida con dignidad y saboreando en plenitud sus derechos.

La extenuación ante la evidencia que nos envuelve es inherente, pero, en concreto, a estas personas les aprisiona el horror de verse contagiados por la infección, al mismo tiempo de la soledad que les destruye, el obstáculo insalvable de no controlar este universo emocional con la tenacidad que ello requiere.

Sin duda, en estas jornadas de confinamiento, el principal objetivo a corto plazo es conseguir la serenidad psicológica de los mayores, encauzando las emociones a través de las palabras. Sus sonrisas y sollozos, forman parte de esa voz inconfundible que clama en la separación y en los nexos de vinculación social de apoyo, vivificados en cada llamada de teléfono.

Al hilo de lo ponderado, convendría no omitir el Artículo 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que literalmente dice: “todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derecho”.

En una guerra abierta pero, sin enemigo visible, no puede, ni debe atentarse contra los Derechos Humanos de las personas. La pandemia está dando transparencia a la discriminación por razón de edad, que no puede recapitular más sufrimientos como los ocasionados por la desidia y el prototipo de atención como en coyunturas se ha observado, sino más bien, sustentados en esos derechos de libertad y dignidad que enarbolamos como un valor y condición cardinal de la sociedad de hoy.

Actualmente, estos derechos lo intuimos debilitados y dañados en los mayores que residen solos. He aquí, la dimensión de ese esfuerzo y labor solidaria desplegados sin distinción, que nos atañe para que ninguno se perciba desatendido o desamparado, dando lo mejor de sí con ellas y ellos desde la entereza y el rigor imprimido por las autoridades, estableciendo métodos alejados del edadismo.

Objetivamente, si de por sí están atenuadas las relaciones sociales, lo que ha variado es el foco de atención y acompañamiento, supliéndolos por el afectivo que se hace junto a ellos, valga la redundancia, por el acompañamiento telefónico.

A este tenor de una edad cronológica, biológica y otra funcional o clínica, los móviles se tornan en los grandes aliados en cada llamada que se produce, ante en esa ausencia de cercanía física que termina siendo emocional, apaciguando el agravamiento de la carga de ansiedad o de soledad, que es la causante de trastornos cognitivos, demencias o problemas psicológicos importantes.

Podemos estar aislados socialmente sin reportar sentimientos de soledad, como, del mismo modo, estar solos sin estar aislados socialmente; pero, irremediablemente, ambos ámbitos acarrean daños a la salud física y mental. Sin inmiscuirse, el papel desplegado por las redes e interacciones sociales que optimizan las energías con besos y abrazos virtuales.

GRu00c1FICO 2
National Geographic de fecha 19/IV/2020

Las medidas han de equilibrar el blindaje de cara al virus y la decadencia de la calidad de vida con la enfermedad; la ponderación impropia de las acciones de distanciamiento social complican un panorama dificultoso.

El margen físico es capital para contrarrestar el contagio en las casas o residencias con pluripatología y dependencia o en áreas remotas, pero es oportuno la culminación de prácticas creativas y seguras que potencien las conexiones sociales vía internet.

El elevado índice de vulnerabilidad desenmascarado con el coronavirus, demuestra la arrogancia de algunos círculos viciados que sentencian la vejez. Incuestionablemente, el sinónimo de envejecimiento ha dejado su rastro en expresiones implacables y deshumanizadas puestas con cinismo en las redes sociales, haciendo énfasis en la fragilidad de estas personas e ignorando por completo la autonomía de una larga vida puesta al servicio de la sociedad.

Estos son nada más y nada menos, nuestros mayores, los guardianes en la prolongación de la vida y la ancianidad y los coprotagonistas de la experiencia acumulada, gracias a los años atesorados; haciendo frente a este enemigo infernal, pero, en ocasiones, postergados y considerados como una carga pesada.

Los estereotipos imaginarios y el enfoque deformado, paternalista, uniforme y contradictorio de un colectivo distinguido por la diversidad, se enfrenta al aislamiento y soledad que parecen cogerse de la mano; pero, ello no quita, que se pronuncien para ser escuchados ante sus tribulaciones, luchas, angustias e inquietudes con la convicción que en la distancia estamos a su lado.

Si por activa y por pasiva, las letanías de consejos de protección se han vuelto reiterativas, hay que seguir aunando esfuerzos en el intento de convertir esta situación que les encadena, en una más tolerable, que atenúe las zozobras y los sobresaltos que soportan.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 23/IV/2020.

El duelo del coronavirus, un dolor sin besos ni abrazos

El duelo del coronavirus, un dolor sin besos ni abrazos

El escenario excepcional que vivimos por la pandemia del COVID-19, comúnmente conocida como Coronavirus, nos ha hecho alterar los modos de estar, como las rutinas, hábitos, costumbres y formas de pensar o de relacionarnos con familiares, allegados y amigos que han inducido a cambios drásticos en el cariz cotidiano. 

Este sería el caso concreto en la praxis a la hora de fallecer y la consecuente despedida del difunto entre un mar de ataúdes, que, irremediablemente, han obligado a fomentar estrategias de adaptación ante la actual crisis.

En estas últimas semanas, el inquietante número de decesos desenmascara la cruda dimensión social de las exequias, que se han visto postergadas de manera sistemática, para contrarrestar males mayores ante la susceptibilidad que infunde la emergencia de la epidemia que no entiende de fronteras. 

Así, actos tan significativos en torno a la muerte de ateos, agnósticos y católicos, como la disposición del apoyo en instantes tan dolorosos o el desarrollo tradicional de los protocolos propios como el acompañamiento en los velatorios, ceremonias religiosas o rituales para velar al fallecido en cuerpo presente, aglutinan rasgos propios para que el duelo no se convierta en una travesía que en sí, ya es escabrosa. 

Sin embargo, el Estado de Alarma establecido y los requerimientos sanitarios reinantes, inexcusablemente, han condicionado en gran parte los retazos de vida que aún discurren en el sentimiento tradicional de la persona doliente, ahora condicionada a superar la ausencia de quién ni tan siquiera pudo despedirse.

Evidentemente, no de extrañar los muchos sentimientos sumergidos entre la tristeza, pero, tampoco son menos, la indignación, el infortunio, la impotencia o la impresión de desamparo o destierro entre el sobrecogedor silencio, que se inocula en un contexto desconocido y al que es difícil de adaptarse.

En esta situación intermitente e insólita, están quienes tienen el mandato divino de bendecir la vida que dejan atrás esos miles de cuerpos y fortalecer a sus familiares para encontrar respuestas en la fe. Es sabido, que la sociedad española nunca antes, se había encontrado ante un entorno con criterios de distanciamiento tan estrictos como la limitación de visitas externas, incluyéndose los familiares o personas ingresadas en residencias, así como la reducción del contacto con los más vulnerables, el colectivo de personas mayores.

De hecho, las autoridades sanitarias advierten que la afectación más letal de la infección se provoca en personas a partir de 65 años con patologías cardiovasculares previas, principalmente, hipertensión e insuficiencia cardíaca y en menor medida, con patologías respiratorias crónica y diabetes. 

Por consiguiente, si ya es complicado y arduo afrontar la muerte de un ser querido, esta coyuntura empeora considerablemente el sufrimiento de familiares y próximos, ante el impedimento de cumplir con normalidad el funeral. 

GRAu0301FICO 2

Ante esto, los expertos previenen del posible bloqueo en el duelo que derivaría en otros males añadidos, como la depresión o el estrés, en los que se aconseja el refuerzo de la parte personal ante la colectiva, precisamente, ahora que la mayoría nos encontramos confinados en casa. Llegados hasta aquí, superar un proceso de duelo sin besos ni abrazos que son terapéuticos, se torna bastante espinoso: si acaso, un entresijo de resignación con una fuerte dosis de concienciación. Si de por sí, el luto consta de la fase personal y social, la segunda, se ha visto ampliamente empequeñecida y la personal se hace más aguda y perdurable.

Más allá del desenlace en el trance, nos encontramos ante unas honras fúnebres impropias, porque no se enmarcan en la intimidad acostumbrada: los familiares no llegan a asimilar la pérdida o ausencia al no tener el más mínimo contacto con el cuerpo del otro, o la mirada y la voz, e incluso, no ha despedido ni acompañado al difunto durante su padecimiento en el centro sanitario o residencia de mayores.

En definitiva, ha sido irrealizable el compartir los últimos minutos con la persona allegada debatiéndose entre la vida y la muerte, porque no existe propiamente el ritual mortuorio del que puedan ser partícipes; cómo tampoco, jamás ha habido una última visión contemplativa de la persona que ha fallecido. 

Es más, la normativa vigente establece únicamente la presencia de tres familiares en el camposanto, que con anterioridad han recibido el shock emocional de la llamada telefónica, en la que se les informa del número de asistentes permitidos y la autorización expresa de la incineración, en caso de elegir esta práctica; además, de las pautas para acceder al parte de defunción y las cenizas. 

Es algo así, como si la persona recientemente muerta, sin más, desapareciera.

Queda claro, que al no ser un duelo al que normalmente estamos habituados, se avivan un sinnúmero de angustias. 

Ocasionalmente, aflora el espejismo de presuponer que la noticia admitida vía telefónica, no es cierta. Hallándonos ante historias desgarradoras negadas a ser conscientes en admitir una realidad despiadada al no ser asimilada, hasta que concluyentemente se produzca el esclarecimiento con la confirmación de los médicos. 

Finalmente, escapa a la luz el instante más trágico e inexorable que es intolerable al ser humano: no ver a la persona que acaba de marcharse o palpar la caja que, aparentemente, puede estar infectada por el virus, a pesar de las férreas medias sanitarias. 

No queda distante, que quién pasa por esta encrucijada se sumerge en una negación constante, interpelándose a sí mismo: “¡Esto que me ha ocurrido es una pesadilla!”. Involuntaria e instintivamente florece el reflejo del último diálogo de aquella vez, o esas frases que más adelante se hubiesen compartido.

Con estas connotaciones preliminares, el panorama irreal que sobrellevamos, es real, como también, las medidas de alarma sanitaria y el confinamiento prorrogado que psicológicamente nos pasa factura con síntomas fluctuantes de ansiedad y depresión y que, indiscutiblemente, conllevan una amalgama de consecuencias dolorosas, particularmente, para quienes han perdido a un ser querido, ya sea por la infección del coronavirus o por otras causas.

Si bien, no es reconfortante y alentador analizar algunos de los puntos del documento técnico “Procedimiento para el manejo de cadáveres de casos de COVID-19”, versión del 6 de abril de 2020, sí que es preciso el uso exacto de su literalidad a la hora de implementar la exposición de este pasaje. 

Algunas líneas dicen al pie de la letra: “Dado que el cadáver puede constituir un riesgo biológico, el cadáver debe ser transferido lo antes posible al depósito después del fallecimiento. Antes de proceder al traslado del cadáver, debe permitirse el acceso de los familiares y amigos, restringiéndolo a los más próximos y cercanos, para la despedida sin establecer contacto físico con el cadáver, ni con las superficies u otros enseres de su entorno o cualquier otro material que pudiera estar contaminado. 

Las personas que accedan deben tomar las precauciones de transmisión por contacto y gotas, debiendo estar protegidas con una bata desechable, unos guantes y unas mascarilla quirúrgica”

Mismamente, “el cadáver debe introducirse en una bolsa sanitaria estanca biodegradable y de traslado, que reúna las características técnicas sanitarias de resistencia a la presión de los gases en su interior, estanqueidad e impermeabilidad”. 

Análogamente, este instrumento indica: “La introducción en la bolsa se debe realizar dentro de la propia habitación de aislamiento. Una vez cerrada la bolsa con el cadáver en su interior o colocados los dos sudarios con una cremallera a cada lado, se deberá pulverizar con desinfectante de uso hospitalario o con una solución de hipoclorito sódico que contenga 5.000 ppm de cloro activo. 

Una vez que el cadáver esté adecuadamente colocado en la bolsa, se puede sacar sin riesgo para conservarlo en el depósito mortuorio, colocarlo en el ataúd para llevarlo al tanatorio, enviarlo al crematorio o realizar el entierro”.

Inicialmente, la Real Academia Española, por sus siglas, RAE, define el ‘duelo’, como “las demostraciones que se hacen para manifestar el sentimiento que se tiene por la muerte de alguien”

Pero, ante las circunstancias especiales que subyacen por el COVID-19, valga la redundancia, los familiares de los óbitos no tienen opción de aferrarse a la libertad de dichas demostraciones, al truncárseles el acompañamiento en los velatorios y llorar juntos, como mucho, las tres personas acreditadas y a más de un metro de distancia.

En otras palabras: nada más llegar, sin bajar el ataúd de la carroza funeraria tras un breve responso y rociarse con agua bendita, quienes concurren pertrechados con mascarilla donde el contagio queda proscrito a un segundo plano, difícilmente, consiguen ocultar el valle de lágrimas. Toda vez, que los guantes no sirven demasiado para desentumecer el semblante del penúltimo escollo, el entierro, hasta que la insignificante comitiva se disipa entre los recovecos del cementerio. 

Amén, que al no darse los abrazos ansiados en el pésame como instinto innato que pretenderíamos fraguar en condiciones habituales, al menos, la recomendación de los psicólogos expertos en duelo, nos reemplaza al contacto físico por el sobreentendido como virtual, enviando mensajes emotivos, pero, amortiguando la intensidad de los mismos, por la parte que nos atañe.

Sobrevenida la defunción por la pandemia, se da por comenzado el período de duelo muy distinto a como habitualmente se sobrellevaría, imprescindible para rescatar nuevamente la harmonía emocional y dar sentido a ese día a día, admitiendo la dura desaparición. 

Este espacio en el tiempo concatena unas fases que, lógicamente, evolucionan para bien o para mal, en atención a las peculiaridades y medios de cada individuo. En momentos tan insólitos con confinamiento ampliado y aislamientos obligados, la preparación del duelo es específicamente delicado. 

Las singularidades de adquiere el recorrido del fallecimiento hasta ahora inexplorados, acarrean unos límites de tensión o estrés, que, incuestionablemente, conciernen a la entereza y equilibrio mental de las personas que seguidamente definiré: Primero, al no haberse despedido de la persona querida, ya sea por la celeridad en la muerte, o la complicación fulminante en el avance de la infección por coronavirus, sin soslayarse, el distanciamiento físico aplicado por los protocolos sanitarios de aislamiento.

Segundo, las alteraciones en los servicios fúnebres, como el máximo en el número de asistentes, las reservas en el contacto físico o la premura en las fórmulas de protección sanitaria e inclusive, el inconveniente de desarrollar un sepelio como quizás, se hubiese esperado.

Tercero, no tener cercanos a los familiares y allegados que sufren la pérdida y que, indudablemente, constituyen la fuente esencial en el afecto y consolación, con el estigma de no poder abrazarlos.

Cuarto, proveniente de lo anterior, emergen impresiones, desesperación o lamentos a través de pantallas o telefonía móvil, lo que produce frialdades infligidas en el ademán de las emociones. Y, por último, quinto, la intermitencia en la aflicción y el daño acrecentados, al vislumbrarse que quien ha perecido, lo ha hecho en soledad.  

Paralelamente, este colectivo está inmerso en la inestabilidad emotiva que gradualmente ha ido amplificándose, pero, conjuntamente, se yuxtaponen otras variables como las sospechas evidentes de contraer la enfermedad, o el desasosiego por el resto de familiares en la distancia geográfica frustrados ante la imposibilidad de reencontrarse, o la inquietud económica que todo ello le atribuye. 

Tal como exponen los especialistas, si no ha existido el menor resquicio de estar al lado del familiar en su despedida, como el no haber participado en los rituales posteriores de las honras fúnebres o el entierro, la conformidad del percance puede convertirse en drama. 

Téngase en cuenta, que estamos poniendo el acento a un proceso que requiere de sus tiempos, porque, a la par, entraña la aceptación racional y emocional. Mientras, el cerebro es más expeditivo, al corazón le cuesta más enfrentarse a este duro golpe. 

Aunque, cada situación de dolor es única e individual no hay recetas infalibles, bien es cierto, que existen algunas sugerencias e indicaciones al respecto, entre las que cabría mencionar, la regulación de las emociones. Es fundamental darles nombre, prestarles la atención que merecen, pronunciarlas, conocerse a uno mismo y asumirlas tal y como uno es y cómo se concibe. 

Asimismo, la realización de algún automatismo de despedida en casa, como el encendido de una vela o la definición de una zona o rincón de recuerdo, o la colocación de alguna fotografía u objeto representativo del difunto en un lugar definido, pueden aliviar la contextualización presente.

De la misma forma, suscitar pensamientos positivos ante el desconsuelo del ser querido, posiblemente, reportaría al convencimiento de una única inclinación de cómo transcurrieron sus últimos momentos. Es aconsejable, no estancarse en una única idea: Nuestro familiar, aun habiendo terminado en aislamiento hospitalario, gracias al buen hacer de los servicios sanitarios, no experimentó el abandono. 

Si la muerte se hubiera ocasionado en alguna de las Residencias de mayores, como lamentablemente ha sucedido, probablemente, hubo alguien que le tendió la mano en el abismo de la distancia. Y, si murió solo, seguramente, lo hizo reviviendo alguna conversación reconfortante o algún episodio enternecedor con el que cerró sus ojos. 

Obviamente, es imposible averiguar la realidad de lo que pensó o sintió, pero, es necesario dar contenido a otras probabilidades que, mínimamente, actúen de puente tonificador. Por lo demás, es indispensable cuidar o promover los lazos interpersonales, aunque se haga telemáticamente con los que compartimos la pérdida, así como con quienes nos aporten escucha, discernimiento y aliento desde el optimismo. 

Luego, expresando el sufrimiento y concibiendo que no hay una regla infalible, unos exteriorizan los sentimientos llorando; en cambio, otros lo hacen exclamando o precisando estar solos con más asiduidad. 

Pero, es un imperativo abrirse cuando se es incapaz de progresar en el duelo. En otros términos, porque ello podría desembocar en el duelo patológico, cuando la persona queda bloqueada en todos los aspectos; una disyuntiva que se acrecienta con el confinamiento que, hoy por hoy, sostenemos.

Como ya se ha citado, la restricción de los ritos tradicionales adolecen un contexto que de por sí, resulta ingrato. En un duelo público, la sensación de vacío permanece y el mapa mental del mundo se satisface gradualmente con evocaciones, menciones e historias pasadas de la persona que estuvo. 

Pero, desde que irrumpiese el coronavirus, esta conmoción es más punzante y profunda, ya que no se colma con la visita de otros y, ni muchos menos, con la despedida. Por esta cuestión, el afectado se siente desbordado y acude a otros comportamientos poco beneficiosos y cargados de ansiedad, o persiste sumido en su resolución sin prosperar, advirtiendo sensaciones de irrealidad o aprensión personal e intensos sentimientos de culpabilidad. 

Consecuentemente, el duelo engloba varias etapas como la negación, ira, tristeza, negociación y aceptación, siendo primordial aceptar la muerte sobrevenida gestionando las emociones y el dolor acumulado, como la adaptación al medio en que el difunto ya está ausente, hasta ser capaz de recordarlo sin desestabilizarse. 

Es sabido que no existen normas universales y que estas premisas pueden no implementarse en dicho orden, pero sí, que es inapelable, su modulación para impedir un duelo indefinible.

Actualmente, las inacabables cifras de contagiados y fallecimientos en España por el COVID-19, han entrelazado instintos encontrados que validan el pesar de cuántos sentimientos perdidos lloran ante la incertidumbre y el dolor desgarrado del último adiós, en el que a duras penas, habrá algún consuelo para serenar tanto desconsuelo.

No podría finalizar este pasaje, sin insistir en la responsabilidad de permanecer en casa conviviendo en solidaridad, reconfortando y transmitiendo esperanza a nuestros seres queridos, como también, rogando a Dios por la pronta recuperación a los afectados, el descanso y la vida eterna a los fallecidos y el consuelo a las familias desoladas, ante el cruel dilema de las honras fúnebres.

*Las dos fotografías que acompañan a dicho texto, han sido extraídas de National Geographic de fecha 09/IV/2020

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’

El 23-F, un paréntesis de la democracia en la Historia de España

El 23-F, un paréntesis de la democracia en la Historia de España

Transcurrían exactamente las 18 horas y 23 minutos de aquella jornada frenética llamada a convertirse en el 23-F, cuando en las mentes y corazones de los españoles el tiempo se contuvo con agitación.

Era refutable, lo que inesperadamente retransmitían aquellos televisores en blanco y negro: A la exclamación de “¡Quieto todo mundo! y a la orden de que todos se echasen al suelo, don Antonio Tejero Molina (1932-87 años) y doscientos guardias civiles, irrumpieron por la fuerza en el Congreso de los Diputados. Imágenes inenarrables que se conservan por la imprevisión de los insurrectos, que con anterioridad habían anulado todas las cámaras menos una, que captó lo acaecido hasta pormenorizar los antecedentes de un episodio sin precedentes.

La noticia corrió como la pólvora propagándose velozmente por el resto de la Nación. Nadie sabía e incluso, podía conjeturarse, lo que sería de España que había estado cautiva a la sombra de una dictadura de casi cuarenta años.

Un hecho de la Historia reciente, que en nuestros días permanece mostrando el veneno de sus entrañas, como un acontecimiento de violencia política extrema, para cuantos lo sobrevivimos en la ingenuidad de la democracia. Sin lugar a dudas, tras treinta y nueve años, se desconocen en su plenitud los entresijos de la acción, pero sí, las muchas secuelas políticas e institucionales que han subsistido y subsisten.

Perceptiblemente, los sublevados querían instaurar un gobierno militar de facto, redimir los principios del movimiento nacional y el espíritu del 18 de julio de 1936.

O séase, la estela de aquel horripilante Golpe de Estado, mediante una rebelión manejada contra el Gobierno de la Segunda República (14-IV-1931/1-IV-1939), emanado de las Elecciones de febrero que se perpetró en julio de dicho año y terminó con el crimen del principal dirigente de la oposición, don José Calvo Sotelo (1893-1936).

No obstante, aparte de las vicisitudes consabidas sobre el malogrado golpe, como el asalto de Tejero en el hemiciclo o la resistencia entre el General don Manuel Gutiérrez Mellado (1912-1995) y los insubordinados; o los tanques prestos en las vías de Valencia; o el discurso emitido por la primera cadena de TVE a la 1:14 minutos de la madrugada de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I (1938-82 años), existen otras evidencias que persisten enmascaradas y en los que la joven democracia estaba al borde del precipicio.

Una de esas páginas sumergidas bajo el peso incólume de cuatro décadas, es la confidencia que sostuvieron a altas horas de la noche el Expresidente del Gobierno don Adolfo Suárez González (1932-2014) y el Teniente Coronel Tejero.

Instantes después que los incondicionales conducidos por Tejero accedieran súbitamente en el Congreso, precisamente, en el momento de la votación de investidura de don Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo (1926-2008), los guardias descargaron varias ráfagas de intimidación sobre el techo del hemiciclo. Todos los diputados, menos tres, don Santiago José Carrillo Solares (1915-2012), Gutiérrez Mellado y el propio Suárez, se arrojaron al suelo.

Antes, el curtido y experimentado Vicepresidente del Gobierno había pretendido contener a los conspiradores y como militar de mayor rango que era, no titubeó en enfrentarse a Tejero. Inmediatamente, Suárez, abandonó su asiento para apartar a Gutiérrez Mellado del intransigente Tejero y tras el estruendo de los disparos, se daría paso a una tensa vigilancia.

Entretanto, los ánimos se iban crispando.

Ya, desde el estrado, uno de los amotinados avisó a Sus Señorías que la reclusión no se dilataría demasiado, únicamente, debían esperar sentados a que apareciera la autoridad competente. Pero, Suárez, no aguantó impasible ante lo que sobrevenía y pidió dialogar con el cabecilla del atentado. Siendo apremiado en dos ocasiones a que regresase a su escaño, tal como él mismo lo describe.

Ante su total desaprobación, Tejero determinó apartar a varios diputados del hemiciclo para recluirlos en otras instancias adyacentes al edificio. Me refiero a don Felipe González Márquez (1942-77 años); don Alfonso Guerra González (1940-79 años); don Agustín Rodríguez Sahagún (1932-1991); además, de Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado que lo trasladaron juntos a la Sala del Reloj. Toda vez, que Suárez, acabaría incomunicado en la Sala de Ujieres.

Al expresidente lo supervisaban tres guardias que intermitentemente se reemplazaban, continuando vigilado dieciséis horas y media.

Según narra Suárez, conversó con quiénes le tenían aprisionado y no les quitaban los ojos de encima, tratando de hacerles ver lo irracional de los hechos. Pudiéndose constatar, que la mayoría de ellos no llegaron a reparar en la causa de las consignas recibidas.

Nada más entrar frenéticamente en el Congreso y prosiguiendo con el plan maquinado, en Valencia, se sublevó el Capitán General de la III Región Militar, don Jaime Milans del Bosch y Ussía (1915-1997).

Rápidamente, en su condición de alarde, desplegó a la División Motorizada “Maestrazgo” con dos millares de integrantes y cincuenta carros de combate. Los efectivos se desenvolvieron desde el puerto de esta Ciudad hasta el centro de la misma, donde los cañones encaraban a las edificaciones institucionales, como las Cortes valencianas o el Ayuntamiento.

En estas horas de ostracismo y soledad, se produjo la colisión cuerpo a cuerpo entre Suárez y Tejero. Aproximadamente, eran las cuatro de la madrugada, relata literalmente el Expresidente en una entrevista concedida al Diario 16, cuando el golpista se adentró en la estancia donde Suárez seguía detenido: “Los tres guardias civiles que me custodiaban se pusieron en pie. Tejero se aproximó a mí, que permanecí sentado y me colocó la pistola en el pecho. Yo le miré fijamente a los ojos al tiempo que le gritaba ¡Cuádrese! No sé si desconcertado o sorprendido, dio media vuelta y abandonó la habitación”.

Con estos indicios preliminares del 23-F que se libraba en la Historia Contemporánea de España, este pasaje nos acerca a uno de los momentos cruciales que, tal vez, pusieron en riesgo el ser o no ser, de los valores democráticos.

Como reconoce el catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, don Juan Francisco Fuentes Aragonés (1955-65 años), en aquel preciso intervalo, Suárez, “un hombre desarmado” que había sido “despojado del poder”, le dio a Tejero “una lección de valor y disciplina”.

Mismamente, este ilustre historiador revela, que el proceder del Expresidente era “la prueba incontestable que seguía encarnando la suprema autoridad” de la responsabilidad que aún ostentaba; porque, al impedirse la votación de investidura, el relevo a Calvo Sotelo no se había cristalizado.

Con lo expuesto, la inoculación del Golpe de Estado no puede comprenderse en su justa medida, sin establecer de manera sucinta el escenario existente en España, acentuado por una crisis global de carácter económico, político y de orden público, en paralelo a la punzante arremetida de las formaciones terroristas.

Pero, su génesis hay que ubicarla en una sucesión de movimientos previos, trazados por la élite política y económica conservadora, incompatible con el paradigma habilidoso de Suárez y seguidora de un sistema democrático condicionado.

Sin inmiscuirse de este entorno, el contexto mundial avivado por la intensificación de la Guerra Fría (1947-1991) y las dificultades inducidas a partir de 1973 por la subida del petróleo, que, por lógicas irrebatibles, apertura y dependencia externa de la economía de materias primas, acabó perturbando a España. No quedando en el tintero, la extenuación del régimen franquista y el inicio de la Transición, que impedía a grandes luces acometer las reformas oportunas.

De ello, no iba a ser menos, el talante de las Fuerzas Armadas, en adelante, FAS, cultivadas en el estilo autoritario, hicieron que la política exterior española se diferenciara por su escepticismo. Realmente, el fallecimiento de don Francisco Franco Bahamonde (1892-1975) y la llegada al trono de Don Juan Carlos I, exigían el esclarecimiento de un nuevo proyecto en el tablero del sistema internacional.

Partiendo de esta base, este trecho imperceptible está interrelacionado con las circunstancias pasadas en la Transición. Así, gradualmente cuatro elementos suscitaron tensiones persistentes que la Administración de Suárez no lograron atajar: Primero, los inconvenientes venidos del escollo económico; segundo, las estrecheces para modular una organización territorial del Estado; tercero, las operaciones terroristas efectuadas por Euskadi Ta Askatasuna, por sus siglas, ETA; y, cuarto, la intransigencia de partes del ejército en admitir un sistema democrático.

Predominando en esta miscelánea de augurios, las sintomatologías procedentes del descontento habido en las filas del Ejército, que en abril de 1977 se revelaron, como consecuencia de la legalización del Partido Comunista de España.

Recuérdese al respecto, que, en noviembre de 1978, se materializó la desarticulación de la ‘Operación Galaxia’, una tentativa golpista que ideaba otro Golpe de Estado contra el Gobierno de Suárez. Su encargado central, Tejero, por entonces había sido procesado a siete meses de cárcel. Quién, más tarde, tras la travesía de veintisiete meses, llevaría a la práctica su empeño, pero, en esta ocasión, con acciones irrefutables.

Luego, cabría interpelarse: ¿Qué mentalidad aglutinaba el Ejército de la España sediciosa? Era incuestionable, que en 1981 la progresión comunista sobresaltaba a numerosos estados de la Europa Occidental. Pero, curiosamente, en ninguno de ellos aconteció lo que en España.

La tesis se justifica en que sus FAS no disponían de la peculiaridad que las españolas, fundamentalmente, en lo relativo a las pertenecientes al Ejército de Tierra.

Este grupo humano se diferenció y catalogó en ser el contrafuerte del régimen franquista y, en él, se multiplicaban los mecanismos adecuados de una organización institucional con los patrones propios de la Cultura Militar que dispone don Charles Constantine Moskos (1934-2008), sociólogo de las fuerzas estadounidenses y profesor de la Universidad Northwestern.

De forma, que, en este arquetipo institucional, obtiene notable significación tanto los valores como las normas explícitas del ‘deber’ o la ‘Patria’. Concretamente, en las FAS de España, estos valores se hallaban perceptiblemente soliviantados, porque el Ejército arrastraba la estela cercana de una Guerra Civil, que había infundado el desvanecimiento de la cara más liberal del Cuerpo de Oficiales, convirtiéndolos en activos extremadamente conservadores.

Este espectro subjetivo se conservó e incrementó en el período de Franco. Los efectos desencadenados no podían ser otros: en 1975, las FAS se definían por su vocación interior, que les reportaba a considerarse como las últimas consignatarias del orden público.

Amén, de un ethos inconfundible por el afanoso nacionalismo patriótico, el integrismo católico, el belicismo, el antiliberalismo, el antirregionalismo, el despotismo, el anticomunismo y la susceptibilidad en el poder civil y las significaciones democráticas, en los que eran incontrastables, que Dios, configuraba la polifonía perfecta para el sentimiento entusiasta del amor a la Patria.

Y, es que, para ser militar no era indispensable la aplicación religiosa, a pesar que la inmensa totalidad de la oficialidad adecuaba su ética a la moral y reconocía como sagrados, los preceptos del Evangelio.

Un espíritu de cuerpo concebido como un modelo de vida cuyas virtudes intocables y engrandecidas eran la disciplina, el valor, el compañerismo, la tenacidad psicofísica y el consabido sacrificio, tenían que ponerse en ejercicio con acatamiento impertérrito al mando y constante desvelo por la Tropa, fundamento de la estructura orgánica y operativa de las FAS.

Ahora bien, el Golpe de Estado del 23-F aglutinó a cuatro militares: El General don Alfonso Armada y Comyn (1920-2013), jefe de la maniobra y futurible Presidente del Gobierno; el Teniente General Milans del Bosch, ejecutor en la verificación de las actuaciones perturbadoras y de asumirlas dentro de la artimaña de Armada; el Teniente Coronel Tejero, encomendado a poner in situ el golpe; y, por último, el Comandante don José Luís Cortina Prieto (1938-82 años), que contrajo el cometido de generar una atmósfera propicia en la ejecución, monopolizando los medios de comunicación de extrema derecha, como la de favorecer y posibilitar la función de Tejero.

GRu00c1FICO 2

Ciñéndome escuetamente en la afectación del 23-F denominado ‘Solución Armada’, que era un secreto a voces, se trazó en dos variantes guiadas por el General Armada.

La primera, con indicativo ‘constitucional’, radicaba en reportar a la Presidencia del Gobierno por medios avalados, o lo que es igual, esgrimiendo el dispositivo de la ‘moción de censura’. Tanteo que se deshizo el 29 de enero de 1981, con la renuncia de Suárez que naturalmente paralizó esta fórmula.

La segunda, con molde ‘pseudoconstitucional’, residió en producir un horizonte de excepcionalidad que boicotease a los dirigentes políticos a reelegir a otro Presidente; en este caso, la ocupación del Congreso de los Diputados, valga la redundancia, que es la que auspició la excepcionalidad del 23-F.

Cabe destacar, que Milans del Bosch, oficial de mayor graduación que Armada, se le encomendó que militarizara a las fuerzas de su circunscripción; que incitara al resto de los once Capitanes Generales para que obrasen idénticamente en sus regiones militares y que dispusiera la apropiación de Madrid con la División Acorazada Brunete N.º 1, por sus siglas, DAC, que era la unidad más eficaz del Ejército estacionada en las periferias de la capital.

Tanto Tejero como Milans del Bosch, consumaron su misión en la realización y tomó militarmente el espacio de su región militar, aunque no consiguió que la DAC hiciera lo mismo en Madrid, ni que otros Capitanes Generales diesen el visto bueno a su postulado.

Consecuentemente, lejos de la sacudida que compuso el 23-F en el sentir de los españoles, punteó el comienzo del final del protagonismo del Ejército en el quehacer político.

Dando pie a la instauración de un sistema democrático estable, conllevando un vuelco moderado en el encaje del Gobierno, hasta culminarlo con la admisión en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, por sus siglas, OTAN.

Por lo demás, se sancionó la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico, LOAPA, que solidificó las pretensiones de los grupos políticos autonomistas. Si bien, en 1983, sería suprimida por el Tribunal Constitucional.

Del mismo modo, el 23-F fue elemental para el triunfo decisivo en las Elecciones Legislativas del 28 de octubre de 1982 del Partido Socialista Obrero Español, PSOE; porque los españoles apostaron por una mayoría legislativa pujante, que soslayara la percepción de debilitamiento que había acompañado en los últimos años a la Unión de Centro Democrático, UCD. También, vaticinó la segunda legitimación democrática para la Corona, con el refrendo del texto legislativo de la Carta Magna: la Constitución Española de 1978.

Una Nación como España, camino de abanderarse como un Estado Social y Democrático de Derecho, que el 24 de febrero de 1981, marcó el punto de inflexión como garante de la democracia española, porque Su Máximo Representante, S.M. el Rey Don Juan Carlos I, había sido el baluarte firme contra el chantaje golpista y el que definitivamente lo aniquiló. Convirtiéndose en el Hacedor de los principios democráticos, apartando los falsos fantasmas en su legitimidad de origen franquista.

Por lo tanto, las larguísimas horas y minutos que siguieron a este túnel del tiempo traumático que contextualizaron el retrato bochornoso de una España convulsa por lo que estaba en juego, forma parte del imaginario colectivo de los españoles; independientemente, de la generación a la que pertenezcamos.

Reafirmándose a los ojos del mundo la figura sin fisuras del Monarca, adaptándose al pulso histórico y social que, memorísticamente, se retienen en la retina como el aliento democrático heredado de una realidad visiblemente política, cultural e histórica, forjada en el enriquecimiento mutuo al amparo de la diversidad en la que todos nos empeñamos.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 02/III/2020

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies