📧 elmonarquico@monarquicosdeespana.es

EDITORIAL

Monográfico: El Peñón de Gibraltar, luces y sombras

Para entender todos los entresijos de las luces y las sombras del llamado Peñón de Gibraltar, tenemos que retroceder varios siglos, para entender que ocurrió exactamente y saber a como hemos llegado a esta situación tan Rocambolesca, que una Colonia este en pleno corazón de Europa.

Inglaterra aprovechó la rendición de Gibraltar a los Austrias, aliados suyos, para hacer de la plaza una colonia. Felipe V, el Borbón a quien los Austrias disputaban la Corona en la guerra, no logró recuperar el Peñón.

En su correspondencia, Oliver Cromwell, el líder político que convirtió Inglaterra en una República (Commonwealth of England) tras la ejecución de su rey, ya mostraba el interés de sus compatriotas por la plaza de Gibraltar. En 1656, en una carta al almirante Edward Montagu, decía: “Acaso sea posible atacar y rendir la plaza y castillo de Gibraltar, los cuales en nuestro poder, bien defendidos, serían a un tiempo una ventaja para nuestro comercio y una molestia para España, con solo 6 fragatas ligeras establecidas allí, hacer más daño a los españoles que con una gran flota enviada desde aquí”.

Montagu, que ejerció un papel importante en la firma del Tratado de Lisboa de 1668, por el que la monarquía hispánica reconocía formalmente la independencia de Portugal , respondía señalando que existía un “gran deseo entre mis colegas de que se tome Gibraltar, la forma más sencilla de ocuparlo es desembarcar en las arenas del istmo, cortando toda comunicación de la plaza con tierra”.

Los ingleses habían mostrado, pues, sus apetencias sobre el Peñón desde mucho tiempo antes de 1701, fecha en que comenzaba la guerra de Sucesión española. Con este nombre se conoce el conflicto que enfrentó a buena parte de las potencias europeas, alineadas a favor de los Borbones o de los Austrias (caso de Inglaterra) en su intento por hacerse con el trono de España tras la muerte sin descendencia de Carlos II.

La Corona había sido heredada, en virtud del testamento de este monarca, por el nieto de Luis XIV, el duque de Anjou, que reinaría como Felipe V. En 1704, cuando la plaza capitula, el príncipe Jorge de Hesse Darmstadt la recibe en nombre del archiduque Carlos de Austria (sus partidarios le denominaban Carlos III) como pretendiente al trono de España. Sin embargo, no puede extrañar que, pocas horas después, el almirante George Rooke arríe el pabellón de la Casa de Austria e ice la enseña de la reina Ana de Inglaterra. Las protestas de Darmstadt, como representante del archiduque, resultaron inútiles.

Wikipedia Gibraltar

Así pasaba Gibraltar a manos inglesas, pese a que su gobernador, Diego de Salinas, había capitulado ante el representante de un pretendiente al trono de España. La población gibraltareña, que, en virtud de lo acordado en las capitulaciones, podía permanecer en la plaza o abandonarla, optó mayoritariamente por marcharse, y salió de Gibraltar el 6 de agosto.

Una nota marginal, escrita por don Juan Romero, párroco de la iglesia de Santa María, en el noveno libro de matrimonios, reflejó lo que aquel día representó para los gibraltareños: “Fue tanto el horror que habían causado las bombas y las balas que de mil vecinos que tenía esta Ciudad quedaron hasta solamente doce personas, abandonando su patria, sus casas y bienes y frutos. Fue ese día un miserable espectáculo de llantos y lágrimas de mujeres y criaturas viéndose salir perdidos por esos campos en el rigor de la canícula. Este día así que salió la gente robaron los ingleses todas las casas y no se escapó la mía y la de mi compañero; porque mientras estábamos en la iglesia la asaltaron los más de ellos y la robaron. Y para que quede noticia de esta fatal ruina puse aquí esta nota”.

La historiografía tradicional, en la que destacan los Comentarios a la Guerra de España e Historia de su rey Felipe V el Animoso (1725), de Vicente Bacallar y Sanna, marqués de San Felipe, sostuvo que las defensas de Gibraltar en el momento de ser atacado por la flota de Rooke eran muy limitadas. Historiadores más recientes, como Manuel Álvarez Vázquez o Francisco Javier Resa Moncayo, ponen en duda esa afirmación, al considerar que en los años anteriores se habían ejecutado importantes obras de mejora de las defensas gibraltareñas, y que la guarnición con que contaba su gobernador, pese a su inferioridad respecto al número de atacantes, podía haber resistido mucho más.

La ocupación de Gibraltar tuvo un gran impacto, aunque se supo de ello con cierto retraso. El 9 de agosto –cinco días después de que Gibraltar capitulase, don Antonio de Ubilla, secretario del Despacho Universal, escribía a los corregidores de las ciudades andaluzas, comunicándoles que quedaba “sitiado Gibraltar, y que si la desgracia continuare, perdiéndose dicha plaza, se pondría Su Majestad (Dios le guarde) a caballo para venir a socorrernos, como lo hubiera hecho a no haberle templado su Consejo de Estado por ahora”.

Retrato de Felipe V Rey de España

Felipe V encargó al capitán general de Andalucía, el marqués de Villadarias, la empresa de recuperar la plaza. El 5 de septiembre, cuando los ingleses habían tenido tiempo para organizar debidamente la defensa del Peñón, llegaban al campo de Gibraltar las primeras unidades del ejército que iba a llevar a cabo el asedio. Villadarias muy maltratado por la historiografía tradicional, que lo tachó de incompetente y dejó caer sobre él, sin fundamento, el estigma de traidor a la causa borbónica lo hizo unos días después.

Los soldados que integraban las milicias provinciales sumaban a su limitada instrucción un escaso espíritu de lucha.

Su tardanza queda explicada porque en el momento de la pérdida de Gibraltar se encontraba en Extremadura al frente de las tropas que invadían Portugal, al haber entrado este reino en guerra contra Felipe V en virtud del Tratado de Lisboa de 1703. Villadarias dispuso de un importante número de efectivos para el asedio. Sus tropas sumaban 12.000 hombres: 9.000 españoles y 3.000 franceses. Una cifra considerable, aunque las tropas españolas estaban formadas por un heterogéneo conglomerado de unidades entre las que había notables diferencias.

Allí se dieron cita, por ejemplo, milicias municipales llegadas de distintos lugares de Andalucía y los regimientos de Infantería Española, mandados por el conde de Aguilar, o el de la Real Guardia Valona, que estaba a las órdenes del duque del Havre. Mientras que las milicias estaban formadas por reclutas con escasa o nula formación militar, los regimientos mencionados los integraba lo que denominaríamos cuerpos de élite.

Esa situación hizo que el papel desempeñado por las tropas durante el asedio resultara muy desigual, a lo que también contribuyeron las diferencias que, desde el primer momento, se vivieron entre los mandos franceses y españoles.

Los soldados que integraban las milicias provinciales sumaban a su limitada instrucción un escaso espíritu de lucha. Muchos de ellos habían sido apresados por las autoridades locales para poder cumplir con las cifras de reclutamiento que se les asignaban, y eso explica, por ejemplo, que una parte importante de los miembros de las milicias del reino de Córdoba desertaran a la primera ocasión.

Hubo quien lo hizo ya durante el trayecto que, desde su lugar de procedencia, le conducía al campo de Gibraltar. Allí las unidades llegaron muy mermadas, con un 40% de deserciones. Por el contrario, los regimientos de Infantería Española y de la Guardia Valona, formados por tropas mucho más experimentadas, lucharon con denuedo, y muchos de sus miembros quedaron en el campo de batalla a lo largo de un asedio que se prolongaría casi nueve meses.

Los trabajos previos para el asedio, como el cavado de trincheras y pozos, se vieron entorpecidos por la meteorología, con un otoño excesivamente lluvioso que dificultó las tareas. Ignacio López de Ayala señala a este respecto: “Padecían más los sitiadores que los sitiados, porque, expuestos a todas las incomodidades de un invierno riguroso, se arruinaban todas las obras con la lluvia i las tropas temían menos al cañón enemigo que al incesante trabajo de rehacer las trincheras para que se volviesen a caer”.

Los franceses se negaban, por ejemplo, a que en sus raciones hubiera cerdo porque, según decían, no estaban acostumbrados a comer ese tipo de carne.

Eso hizo que los ataques no comenzaran hasta finales de octubre. La Gaceta de Madrid señala que la primera vez que se abrió fuego contra las posiciones inglesas fue en la mañana del 26 de octubre. Pocos días después se vivirá uno de los momentos culminantes del asedio. El 11 de noviembre se llevó a cabo un plan elaborado a partir de las informaciones que facilitó al marqués de Villadarias un cabrero de la zona llamado Simón Susarte, quien, como buen conocedor del terreno, se ofreció a conducir a un contingente de tropas por caminos ocultos hasta un lugar desde el que podían atacar el Peñón de forma ventajosa y sorprender a sus defensores.

Comprobada la viabilidad del proyecto, se organizó una tropa de 500 hombres al mando del coronel Figueroa. Sin embargo, el ataque que había de efectuar el grueso de los efectivos no se produjo como estaba previsto. Después de agotar la escasa dotación de municiones que llevaban, fueron exterminados por el enemigo en una feroz lucha cuerpo a cuerpo. Solo lograron salvarse el cabrero Susarte y algunos paisanos que lo acompañaban, al escabullirse por caminos perdidos en la montaña.

La razón por la que no se había lanzado el ataque fueron las dudas del máximo responsable de las tropas francesas que participaban en el sitio, el general Cabanne, quien consideraba indecoroso deber la conquista de la plaza a un paisano. En realidad, lo que reflejaba su actitud eran las reticencias y malas relaciones que había entre los mandos de los dos ejércitos que defendían la causa de los Borbones, y que, a estas alturas de la guerra, se habían puesto de manifiesto en diferentes ocasiones.

Los conflictos entre españoles y franceses no se debían solo a cuestiones estrictamente militares. Los problemas surgían por cualquier motivo. Los hubo muy serios, como el rechazo de los franceses a aceptar los suministros que proporcionaba la intendencia. Se negaban, por ejemplo, a que en sus raciones hubiera cerdo porque, según decían, no estaban acostumbrados a comer ese tipo de carne.

El conde de Gerena, que, en su condición de regente de la Audiencia de Sevilla, tenía encomendado el abastecimiento de los víveres a las tropas del ejército sitiador, se vio en la necesidad de conseguir carne de vacuno, que era la que los franceses decían comer. Logró comprar una partida de trescientas vacas al marqués de Vallehermoso, que se mostró muy generoso al regalar las 67 cabezas que se perdieron por el camino cuando eran conducidas al campo de Gibraltar.

Otro momento importante del asedio se vivió en febrero de 1705. Los sitiadores habían estrechado el cerco y llegado al pie del Peñón. Con los refuerzos que Villadarias había recibido pocos días antes, el 7 de febrero decidió lanzar el que consideró el ataque definitivo. Dieciocho compañías acometieron las defensas inglesas, y a punto estuvieron de romperlas, pero faltó el empuje final. En opinión de don Juan Romero, el cura que había permanecido en Gibraltar, si los españoles hubieran tenido conocimiento del terror que su ataque produjo entre los defensores, que a punto estuvieron de desfallecer, la plaza habría caído en sus manos.

La realidad que llevó al fracaso es mucho más compleja. El asalto, llevado a cabo el 7 de febrero, había sido planificado de forma conjunta por españoles y franceses, bajo las órdenes del marqués de Villadarias, en una reunión celebrada el 31 de enero. Todo quedó dispuesto para lanzar el ataque al día siguiente, 1 de febrero, pero la intensidad de las lluvias no lo permitió, y hubo que retrasar el asalto, que pudo iniciarse el día 7. Cuando la acometida, en la que tomaban parte unidades de granaderos franceses, estaba a punto de desbordar las líneas inglesas, las tropas francesas abandonaron las posiciones que ya habían ocupado sin causa alguna que lo justificase.

Esa fue la razón por la que el ataque de aquel día 7 no alcanzó su objetivo: recuperar la plaza de Gibraltar. Todo apunta a que los jefes del ejército francés decidieron actuar de esa forma con el propósito de que Gibraltar no fuera conquistado antes de la llegada al campamento del mariscal Tessé para hacerse cargo del mando de las operaciones, cuya presencia en el campo de Gibraltar era inminente.

En efecto, días después llegó al campamento sitiador René de Froulay, conde de Tessé, mariscal de Francia. Había sustituido al duque de Berwick al mando de las tropas hispano francesas que operaban en la península, y Felipe V le encomendaba la conquista de Gibraltar. Después de lo acontecido el 7 de febrero, su llegada se produjo en un momento de fuertes tensiones entre españoles y franceses. En aquellas circunstancias, tener que traspasar el mando suponía para el marqués de Villadarias una grave humillación.

Junto a otros oficiales españoles que se sintieron deshonrados, se retiró del asedio y marchó a Antequera, donde tenía fijada su residencia. Injustamente se le tachó de incompetente, e incluso se sospechó que estaba traicionando la causa de Felipe V, si bien sus acciones como capitán general de Andalucía señalaban lo contrario.

La presencia de Tessé en el campo de Gibraltar no supuso avances significativos en el asedio, pese a que en marzo se preparó un ataque combinado por tierra y mar. El mariscal de Francia contó para ello con la colaboración de una escuadra, mandada por su compatriota, el almirante Jean Bernard de Pointis, que atacaría por mar, mientras la infantería lo haría por el istmo. Sin embargo, la llegada de una flota inglesa al mando del almirante John Lake desbarató esos planes. Lake obligó a la escuadra francesa a retirarse e introdujo en el Peñón un importante refuerzo de hombres, municiones y alimentos.

Fue un duro golpe para la moral de los sitiadores, que seguían con los problemas causados por una climatología particularmente adversa para el mes de marzo. Las lluvias inundaban continuamente las trincheras. A ello se sumaba la escasez de medios. Tessé se quejaba, en una carta al príncipe de Condé, de la falta de balas y pólvora y del lamentable estado en el que se encontraban las piezas de artillería con las que se habían de batir las defensas inglesas.

Del asedio al bloqueo. En abril, el responsable del sitio decidió, ante la falta de apoyo naval y la posibilidad de que los sitiados continuaran siendo reabastecidos, ponerle fin. Ordenó realizar los trabajos necesarios para establecer un bloqueo a Gibraltar, y evitar de ese modo que se convirtiera en una base desde la que lanzar ataques hacia el interior de Andalucía. Tessé se lo comunicó a Luis XIV por carta y envió a uno de sus oficiales para informar verbalmente a Felipe V de la imposibilidad de continuar el asedio.

Terminados los trabajos del bloqueo, las unidades que habían participado en el asedio se retiraron. A principios de junio, la Guardia Valona abandonaba el campo de Gibraltar. Había sufrido un duro castigo. Sus bajas se acercaban al cincuenta por ciento llegó a Gibraltar con 1.300 hombres y se retiraba con apenas 700, y los supervivientes ofrecían un aspecto lamentable. El comisario real de Guerra señalaba en una carta que iban “la mayor parte desnudos y descalzos, pues los vestidos a más de dos años que los tienen y estando con ellos en continuo movimiento”.

Buscó recursos de las rentas del tabaco, pero su administrador, don Eugenio de Miranda, le indicó que este fondo estaba agotado.

Los problemas derivados de la falta de medios y las dificultades económicas de las que se quejaba Tessé no eran una novedad. Eran constantes desde el comienzo del asedio. El conde de Gerena, por ejemplo, cuando envió las vacas compradas al marqués de Vallehermoso, adjuntó instrucciones para que se vendiesen las corambres de los animales con el propósito de conseguir algo de dinero. Para lograr la financiación de los gastos del asedio hubo de recurrir a empréstitos que le otorgaron comerciantes españoles y extranjeros. Participaron, entre otros, el comerciante gaditano Juan Bautista Reina o Pedro de Elizamendi, así como la Casa Bernard de París.

Buscó recursos de las rentas del tabaco, pero su administrador, don Eugenio Miranda, le indicó que ese fondo estaba agotado. Incluso sacó a la venta tierras, procedentes de usurpaciones de terrenos baldíos, en el término municipal de Utrera reclamando que pertenecían a la Corona, que fueron tasadas en 75.000 ducados. Los gastos del asedio del 14 de noviembre de 1704 al 15 de junio de 1705, en que se cerraron las cuentas, sumaron 102.464 doblones de a dos escudos de oro y siete reales de plata. Es decir, unos 205.000 ducados.

Con un fracaso, debido en parte a la actitud de los jefes franceses y sus diferencias con los españoles, concluía el primero de los tres asedios a los que fue sometido Gibraltar en el siglo XVIII para intentar incorporarlo de nuevo a la Corona de España.

El Tratado de Utrecht señala muchos puntos a tener en cuenta, para entender como es la realidad a día de hoy.

El Tratado de Utrecht, también conocido como Paz de Utrecht o Tratado de Utrecht-Rastatt, es, en realidad, un conjunto de tratados firmados por los estados antagonistas en la Guerra de Sucesión Española entre los años 1713 y 1715 en la ciudad neerlandesa de Utrecht y en la alemana de Rastatt. Los tratados ponen fin a la guerra, aunque posteriormente a su firma continuaron las hostilidades en territorio español hasta julio de 1715, momento en que el marqués de Asfeld tomó la isla de Mallorca. En este tratado Europa cambió su mapa político. El segundo tratado vigente más antiguo por el asunto de Gibraltar, plaza militar de la Corona Británica.

Los primeros intentos de lograr la paz (1709-1710). Preliminares de La Haya y Conversaciones de Geertruidenberg.

La primera iniciativa para intentar llegar a un acuerdo que pusiera fin a la Guerra de Sucesión Española tuvo lugar a principios de 1709 y partió de Luis XIV. El rey francés se veía presionado por las últimas derrotas que habían sufrido sus ejércitos, y más aún porque Francia atravesaba una grave crisis económica y financiera, que hacía muy difícil que pudiera continuar combatiendo. Finalmente, el acuerdo de los preliminares de La Haya, de 42 puntos, fue rechazado por el propio Luis XIV porque imponía condiciones que consideraba humillantes entre otras, ayudar a desalojar del trono de la Monarquía de España a su nieto Felipe de Borbón, duque de Anjou. Tampoco el emperador José I de Austria pareció muy dispuesto a firmarlas: a pesar de que se reconocía a su hermano el archiduque Carlos como rey de España (con el título de Carlos III el Archiduque) consideraba que se hubiera podido obtener más concesiones por parte de Luis XIV, a quien sus consejeros consideraban incapaz de continuar la guerra.

Como Luis XIV había previsto, Felipe V no estaba dispuesto a abandonar voluntariamente el trono de España. Así se lo comunicó su embajador, Michel-Jean Amelot, que había intentando convencer al rey de que se conformase con obtener algunos territorios y evitar así la pérdida de la monarquía entera. A pesar de ello Luis XIV ordenó a sus tropas que abandonaran España, excepto 25 batallones: «he rechazado la proposición odiosa de contribuir a desposeerlo [a Felipe V] de su reino; pero si continúo dándole los medios para mantenerse en él, hago la paz imposible». “La conclusión a la que llegó [Luis XIV] era severa para Felipe V: era imposible que la guerra finalizara mientras él siguiera en el trono de España”, afirma Joaquim Albareda.

Jean-Baptiste Colbert de Torcy. Grabado de Hyacinthe Rigaud. Cuando el marqués de Torcy, ministro de Estado de Luis XIV, comunicó a los aliados la negativa del rey francés a firmar los preliminares de La Haya afirmó: «preveo que habrá que esperar otro momento para una paz tan deseada y necesaria para toda Europa». Ese momento llegó el 3 de enero de 1710 cuando a iniciativa del propio Torcy comenzaron unas nuevas negociaciones con los aliados en Geertruidenberg sobre la base de los preliminares de La Haya. Luis XIV pretendía asegurar a Felipe V la soberanía sobre algunos de los estados italianos de la Monarquía de España concretamente el reino de Nápoles, el reino de Sicilia, y la isla de Cerdeña como compensación a su renuncia a la Corona Hispánica en favor del archiduque Carlos.

Sin embargo, los aliados se negaron a introducir modificaciones en lo estipulado en los preliminares de La Haya, que no contemplaban ninguna compensación por el abandono de trono español por Felipe V y, sobre todo los británicos, volvieron a insistir en que si Felipe V se negaba a renunciar a la corona española Luis XIV debía colaborar con los aliados para destronarlo. El consejo de Estado de la monarquía francesa presidido por Luis XIV se reunió el 26 de marzo para discutir la situación y, finalmente, el 11 de mayo se decidió que Luis XIV no emprendería ninguna acción militar para destronar a su nieto Felipe V pero sí que aportaría dinero a los aliados 500 000 libras mensuales para que combatieran contra él.

Esta última propuesta les pareció insuficiente, principalmente, a los holandeses, que exigieron primero que la armada francesa participase en las operaciones militares contra Felipe V y, más tarde, que su ejército también interviniera, estableciendo un plazo de 15 días para responder. Entonces Luis XIV puso fin a las conversaciones de Geertruidenberg.

Según Joaquim Albareda, “aquella tanda de negociaciones constituyó una nueva ocasión perdida para alcanzar la paz. El príncipe Eugenio de Saboya y Marlboroug debieron arrepentirse de no haber cedido en sus pretensiones desmesuradas ante el veterano y experimentado rey de Francia, puesto que habían dejado escapar la oportunidad de lograr una paz altamente favorable a los intereses aliados y, en especial, a la Casa de Austria”.

La Paz de Utrecht. Las negociaciones secretas entre Luis XIV y Gran Bretaña.

Robert Harley hacia 1710. Ante la intransigencia mostrada por los neerlandeses en las conversaciones de Geertruidenberg para alcanzar la paz, Luis XIV y su ministro de estado el marqués de Torcy decidieron sondear al gobierno de Gran Bretaña y en agosto de 1710 su agente en Londres François Gaulthier se puso en contacto con el miembro del gobierno Robert Harley. Estos contactos se vieron favorecidos por la victoria de los tories en las elecciones del otoño de ese año ya que este partido defendía poner fin a la guerra, frente a la postura belicista del derrotado partido whig. Harley se convirtió en secretario de finanzas y junto con Henry St John, vizconde de Bolingbroke, secretario de Estado, impulsó la nueva política “pacifista” que se vio reforzada cuando se conocieron en Londres las dos resonantes victorias que había obtenido Felipe V en las batallas de Brihuega y de Villaviciosa a principios de diciembre de 1710 frente al ejército del archiduque Carlos tras el fracaso de su segunda entrada en Madrid y que le aseguraban a Felipe V el trono español el dominio austracista quedó reducido al Principado de Cataluña y al reino de Mallorca. Ese mismo mes de diciembre de 1710 el gobierno tory hizo saber al marqués de Torcy que Gran Bretaña no apoyaría las aspiraciones del archiduque a la corona española a cambio de importantes concesiones comerciales y coloniales, lo que significaba un vuelco total en las perspectivas de paz. A partir de entonces se incorporaron a las negociaciones el poeta y diplomático Matthew Prior, por el lado británico, y un buen conocedor del comercio colonial Nicolas Mesnager, por el lado francés.

El giro definitivo en el escenario internacional se produjo el 17 de abril de 1711 con la muerte del emperador José I, lo que suponía que el archiduque Carlos era el nuevo emperador. Este hecho, según Joaquim Albareda, proporcionó “el pretexto perfecto a los británicos a la hora de argumentar el cambio de rumbo emprendido: había que evitar la constitución de una monarquía universal, ahora de los Habsburgo”. La primera medida que tomaron fue reducir notablemente la ayuda económica que sostenía al ejército imperial, al tiempo que continuaban con las negociaciones secretas con los franceses. El 27 de septiembre de 1711 Carlos abandonaba Barcelona para ser coronado emperador con el nombre de Carlos VI (la ceremonia tuvo lugar el 22 de diciembre en Frankfurt) dejando a su esposa Isabel Cristina de Brunswick como su lugarteniente y capitán general de Cataluña y gobernadora de los demás reinos de España, para demostrar su «paternal amor» hacia sus fieles vasallos de la monarquía. Además de con este gesto, Carlos VI quiso dejar claro que no renunciaba al trono de España y mandó acuñar una medalla conmemorativa con la leyenda Carolus Hispaniarum, Hungariae, et Bohemiae Rex, Arxidux Astriae, electis in Regem Romanorum.

El 22 de abril de 1711, solo cuatro días después de la muerte del emperador José I, el rey Luis XIV enviaba a Londres a su agente Gaulthier con un documento en el que aceptaba las dos principales exigencias británicas: dejar de apoyar a Jacobo III Estuardo en sus aspiraciones a suceder a la reina Ana de Inglaterra y reconocer la línea protestante de la sucesión en la persona de Jorge de Hannover, y dar garantías de que nunca se unificarían las Monarquías de Francia y de España, una posibilidad que aparecía en el horizonte al haber muerto ese mismo mes el Gran Delfín, con lo que Felipe V de España pasaba a ser el segundo en la línea sucesoria, tras su hermano mayor Luis, duque de Borgoña. Pocos días después volvía Gaulthier con el acuerdo de los británicos. El resultado de la negociación se tradujo en tres documentos que prefiguraban los acuerdos posteriores de Utrecht y concretaban los beneficios obtenidos por el Reino Unido. Los neerlandeses no fueron informados de todo ello hasta el mes de octubre de 1711. Cuando la Cámara de los Lores votó en contra del acuerdo el 7 de diciembre de 1711 la reina Ana nombró doce nuevos pares favorables a los mismos y en una nueva votación consiguió que fuera aprobado. A continuación cesó a Marlborough que era un firme partidario de continuar la guerra como capitán general, siendo sustituido por el duque de Ormonde que en mayo de 1712 recibió órdenes secretas del gobierno de evitar batallas o sitios.

La reacción de Carlos VI no se hizo esperar y su embajador en Londres hizo llegar a la reina Ana un memorial en el que manifestaba su sorpresa por el acuerdo alcanzado con Francia negociado a sus espaldas. En el mismo mostraba su estupefacción por la renuncia al objetivo de la Gran Alianza cediendo España y las Indias a Felipe V9:

“después de tantas victorias, tantas plazas conquistadas, después de un gasto excesivo de tesoros inmensos, después de haber obtenido unos artículos preliminares en el año 1709 muy distintos a éstos, y después de haber llevado las armas de los aliados a las puertas de Francia de manera que, si se quiere continuar la guerra, ya no está en disposición de impedir la entrada de las tropas en el corazón del reino”

Los Tratados de Utrecht. La reina Ana convocó a las partes en conflicto en la ciudad holandesa de Utrecht para firmar la paz que pusiera fin a la Guerra de Sucesión Española. Las sesiones se iniciaron el 29 de enero de 1712 y enseguida se hizo evidente, como comunicó el embajador imperial desde La Haya, «la grande unión y armonía que hay en Utrecht entre los ministros de Inglaterra y Francia» y otro representante informaba de la determinación de los británicos en concluir «la mala paz que nos anuncian».

La muerte en febrero de 1712 del heredero al trono de Francia, el duque de Borgoña, y al mes siguiente del hijo de este, el duque de Bretaña, convertía a Felipe V en el sucesor de Luis XIV, y aumentó la necesidad de que este renunciara a sus derechos a la Corona de Francia o a la de España para que el acuerdo entre Luis XIV y la reina Ana pudiera ir adelante. Al parecer Luis XIV hubiera preferido que su nieto renunciara a la Corona de España y se convirtiera en el nuevo delfín de Francia e incluso en este propósito recibió el apoyo de la esposa de Felipe V, María Luisa Gabriela de Saboya, y los británicos estaban dispuestos a aceptarlo a cambio de que fuera el duque de Saboya el que ocupara el trono de España y las Indias, menos sus estados patrimoniales de Saboya y Piamonte, más el reino de Sicilia, que pasarían al nuevo delfín, pero Felipe V en abril de 1711 comunicó que prefería seguir siendo rey de España, agradecido por la fidelidad que le habían mostrado sus súbditos de la Corona de Castilla, por lo que renunciaba a sus derechos al trono de Francia. Así el acuerdo secreto franco-británico pudo seguir su curso.

Lo esencial del acuerdo alcanzado entre Francia y Gran Bretaña fue dado a conocer por la reina Ana en una sesión del Parlamento británico celebrada el 12 de junio de 1712 en la que, después de garantizar la sucesión al trono en la línea protestante de la Casa de Hannover, afirmó:

Al final, Francia ha manifestado que ofrece que el duque de Anjou renuncie para siempre, para él y todos sus descendientes, a cualquier pretensión sobre la corona de Francia, ya que la ansiedad de que España e Indias hubiesen podido estar unidas a Francia ha sido la principal causa del inicio de esta guerra, y la prevención efectiva de esta unión ha sido el objetivo que he tenido desde el principio del presente tratado… Francia y España estarán ahora más divididas que nunca y de esta manera, gracias a Dios, se restablecerá el equilibrio de las potencias de Europa.

La importancia que tenía el ejército británico en la Gran Coalición se pudo comprobar al mes siguiente en la batalla de Denain, en la que el nuevo capitán general inglés, el duque de Ormonde, recibió órdenes de su gobierno de no intervenir, y los ejércitos holandés e imperial fueron derrotados por el ejército de Luis XIV. La retirada de facto de Gran Bretaña de la guerra se confirmó el 21 de agosto cuando se declaró el armisticio entre británicos y franceses.

La noticia del fin de las hostilidades entre las monarquías de Gran Bretaña y de Francia, como era de esperar, fue muy mal recibida en la corte de Viena en la que se hicieron severas críticas a la conducta de los británicos que vendían «a mal precio tanta sangre derramada», con lo que «quedaban el emperador y el Imperio abandonados de sus amigos».

Tampoco fue bien acogida en la corte de Madrid la noticia de «tan inminente ruina» pero Felipe V ya había decidido renunciar a la Corona de Francia, aunque eso también suponía que los Estados europeos fuera de la península de la Monarquía de España pasaran en su mayoría a la soberanía del emperador Carlos VI. Así, el 5 de noviembre de 1712 se formalizó la renuncia en una ceremonia celebrada ante las Cortes de Castilla, y a la que asistieron los embajadores de la reina de Inglaterra y del rey de Francia. De esta forma ya no quedaban impedimentos para firmar los tratados que pusieran fin a la guerra de sucesión española.

Los tratados entre Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos.

El 11 de abril de 1713 se firmaba en Utrecht el primer tratado entre el reino de Francia, el reino de Gran Bretaña, el reino de Prusia, el reino de Portugal, el ducado de Saboya y las Provincias Unidas. En el mismo los representantes de Luis XIV, a cambio del reconocimiento de Felipe V como rey de España, tuvieron que ceder a Gran Bretaña extensos territorios en la futura Canadá (Saint Kitts, Nueva Escocia, Terranova y territorios de la Bahía de Hudson), además de reconocer la sucesión protestante en el Reino Unido comprometiéndose a dejar de apoyar a los jacobitas y prometer el desmantelamiento de la fortaleza de Dunkerque en compensación Francia incorporaba el valle de Barcelonette en la Alta Provenza cedido por el duque de Saboya y el Principado de Orange, cedido por Prusia.

En cuanto a los Países Bajos, Luis XIV cedió la “Barrière” de plazas fuertes fronterizas en los Países Bajos españoles que aseguraran su defensa frente a un eventual ataque francés (Furnes, Fort Knocke, Ypres, Menen, Tournai, Mons, Charleroi, Namur y Gante), aunque en menor número que el acordado en los preliminares de La Haya de 1709. Como finalmente los Países Bajos españoles pasaron a soberanía austríaca se firmó un nuevo tratado de la Barrera el 15 de noviembre de 1715 entre las Provincias Unidas y el Imperio, que según Joaquim Albareda, los convirtieron “en una especie de colonia neerlandesa tanto en términos militares como económicos, al pasar a ser un territorio abierto a las exportaciones holandesas e inglesas, realidad que impedía a los manufactureros belgas competir industrialmente con los productos originarios de aquellos países”.

Tres meses después los representantes de Felipe V que habían permanecido retenidos en París casi un año (entre mayo de 1712 y marzo de 1713) por orden del marqués de Torcy para que no interfirieran en las negociaciones, aunque con la excusa de que necesitaban un pasaporte para ir a Utrecht, se incorporaban al acuerdo con la firma el 13 de julio del tratado entre el reino de Gran Bretaña y el reino de España. Los embajadores de Felipe V, el duque de Osuna y el marqués de Monteleón, llevaban instrucciones muy precisas de su rey como que mantuvieran el reino de Nápoles para su Corona o que «nación ninguna ha de traficar derechamente en las Indias ni ha de llegar a sus puertos y costas» y en caso de concederles ventajas las naves serán españolas y deberán partir y retornar a puertos españoles. Un tema al que concedía mucha importancia era el referido al caso de los catalanes en aquellos momentos Barcelona todavía resistía el cerco borbónico sobre el que afirmaba que «de ninguna manera se den oídos a propósito de pacto que mire a que los catalanes se les conserven sus pretendidos fueros».

De las instrucciones que recibieron de Felipe V los plenipotenciarios tuvieron que hacer concesiones en todos los apartados, y su único éxito en realidad fue mantener lo referido al caso de los catalanes. Gran Bretaña recibió Gibraltar y Menorca y amplias ventajas comerciales en el imperio español de las Indias, concretadas en el asiento de negros, que fue concedido a la South Sea Company y en virtud del cual podía enviar a la América española un total de 144 000 esclavos durante treinta años, y el navío de permiso anual, un barco de 500 toneladas autorizado a transportar bienes y mercancías a la feria de Portobelo y libres de aranceles. Con estas dos concesiones se rompía por primera vez el monopolio comercial, que había mantenido la Monarquía Hispánica para sus vasallos castellanos, durante los dos siglos anteriores los términos en que debía operar el navío de permiso, fueron concretados en un sentido aún más favorable para los intereses británicos, en el tratado comercial que se firmó en 1716.

Le siguieron otros 19 tratados y convenciones bilaterales y multilaterales entre los estados y monarquías presentes en Utrecht, entre los que destacan:

Tratados entre Francia y las Provincias Unidas, Brandeburgo, Portugal y el ducado de Saboya (julio de 1713).

Tratados entre España y el ducado de Saboya (julio de 1714), las Provincias Unidas (julio de 1714) y Portugal (febrero de 1715).

Convenios comerciales entre Gran Bretaña y España (marzo y diciembre de 1714 y diciembre de 1715).

Los Tratados de Rastatt y de Baden. Artículos principales: Tratado de Rastatt y Tratado de Baden (1714).

A pesar de que recibió el Ducado de Milán, el reino de Nápoles, la isla de Cerdeña (intercambiada por el reino de Sicilia en 1718) y los Países Bajos españoles, Carlos VI no renunció a sus aspiraciones a la Corona española por lo que no reconoció a Felipe V como rey de España ni al duque de Saboya como rey de Sicilia y se negó a firmar la paz en Utrecht, aunque los holandeses sus últimos aliados sí lo habían hecho. Según el cronista austracista exiliado en Viena Francesc Castellví, Carlos VI actuó así porque fiaba en las contingencias del tiempo. La mayoría edad del rey Luis [XIV] y un príncipe de tres años que debía sucederle, los grandes achaques de la reina Ana, la inquietud del pueblo de Inglaterra, la poca satisfacción de los holandeses y generalmente todos los aliados le daban esperanza que en el espacio de una campaña podía mudarse el sistema y volver a encenderse con más fuerza la guerra.

Al no firmar el Imperio los acuerdos de Utrecht la guerra prosiguió en la primavera de 1713. El ejército francés ocupó las plazas de Landau y de Friburgo y la flota británica bloqueó a la emperatriz Isabel Cristina y a las tropas imperiales que seguían en Cataluña. Estos reveses militares convencieron a Carlos VI que debía poner fin a la guerra por lo que se iniciaron las negociaciones de paz en la ciudad alemana de Rastatt a principios de 1714.

El tratado de paz entre Francia y el Imperio se firmó en Rastatt el 6 de marzo de 1714. Las fronteras entre ambos volvieron a las posiciones de antes de la guerra, salvo para la ciudad de Landau in der Pfalz (en el Palatinado Renano), que quedó en manos francesas. El acuerdo se completó con la firma del Tratado de Baden del 7 de septiembre de 1714.

Una vez iniciadas las negociaciones en Utrecht la reina Ana de Inglaterra quien, según Joaquim Albareda, “por motivos de honor y de conciencia, se sentía obligada a reclamar todos los derechos de que gozaban los catalanes cuando les incitaron a ponerse bajo el dominio de la Casa de Austria” hizo gestiones a través de su embajador en la corte de Madrid cuando aún no se había firmado ningún tratado para que Felipe V concediera una amnistía general a los austracistas españoles, y singularmente a los catalanes. Pero la respuesta de Felipe fue negativa y le comunicó al embajador británico «que la paz os es tan necesaria como a nosotros y no la querréis romper por una bagatela».

Finalmente el secretario de estado británico vizconde de Bolingbroke, deseoso de acabar con la guerra, claudicó ante la obstinación de Felipe V y renunció a que este se comprometiera a mantener las “anteriores normas regionales” catalanas. Cuando el embajador de los Tres Comunes de Cataluña en Londres Pablo Ignacio de Dalmases tuvo conocimiento de este cambio de actitud del gobierno británico consiguió que la reina Ana le recibiera a título individual el 28 de junio de 1713, pero ésta le respondió que «había hecho lo que había podido por Cataluña».

Los cambios territoriales de la Paz de Utrecht. Mapa político de Europa después del tratado.

El Reino de Gran Bretaña obtiene Menorca y la propiedad sin jurisdicción de la Ciudad, el Castillo y las edificaciones agregadas en 1704 (según el artículo X) de Gibraltar, tierras ocupadas durante la guerra (cedidas por la Monarquía de España); Nueva Escocia (Acadia), la bahía de Hudson y la isla de Terranova (cedidas por la Monarquía de Francia); la isla de San Cristóbal en el Mar Caribe, el asiento de negros (un monopolio de treinta años sobre el tráfico de esclavos negros con la América española) y el navío de permiso (concedidos por España).

La Casa de Saboya ve devueltas Saboya y Niza (ocupadas por Francia durante la guerra) y parte del Delfinado (Bardonecchia, Fenestrelle, Casteldelfino, Oulx y Pragelato). Obtiene Sicilia (cedida por España).Con la posesión de Sicilia recibe el título de rey que, con diversas denominaciones, tendría en adelante la casa de Saboya (primero reyes de Sicilia, luego reyes de Cerdeña y finalmente reyes de Italia). Además recibe Alessandria, Langhe, Monferrato y la Valsesia.

Las Provincias Unidas reciben Venlo y la “barrera” flamenca (una serie de fortalezas en el norte de los Países Bajos españoles que el Imperio ayudó a financiar), cedida por Felipe V de España.

Brandeburgo recibe Güeldres del Norte, con las ciudades de Geldern, Horst aan de Maas, Venray y Viersen (cedido por el rey de España) y la “barrera” de Neuchâtel (cedida por Francia), además de su transformación en reino con el nombre de Prusia. Federico I fue su primer rey.

Portugal obtiene la devolución de la Colonia del Sacramento, ocupada por España en marzo de 1705.

El Archiducado de Austria obtiene del rey de España los Países Bajos españoles, el Milanesado, el reino de Nápoles, Flandes y Cerdeña. El archiduque Carlos de Austria, ahora emperador, abandona cualquier reclamación del trono español en 1725 por el Tratado de Viena.

El Reino de Francia reconoce la sucesión protestante en Inglaterra y se compromete a no apoyar a los pretendientes Estuardo. También se compromete a demoler las fortificaciones de Dunquerque y a cegar su puerto y obtiene definitivamente el Principado de Orange y el valle de Barcelonnette.

Felipe de Anjou obtiene el reconocimiento como rey de España y de las Indias por parte de todos los países firmantes, en tanto que se establece una cláusula que prohíbe que el rey de España y el de Francia sean una misma persona.

Además, las tropas austriacas se comprometen a evacuar las zonas del Principado de Cataluña, lo que realizan a partir del 30 de junio de 1713. Ante lo cual, la Junta General de Brazos (Brazo Eclesiástico, Brazo Militar y Brazo Real o Popular) acuerda la resistencia. A partir de este momento empezó una guerra desigual, que se prolongó durante casi catorce meses, concentrada en Barcelona, Cardona y Castellciutat, al margen de los cuerpos de fusileros dispersos por el país. El punto de inflexión será cuando las tropas felipistas rompan el sitio de Barcelona el 11 de septiembre de 1714. Mallorca, Ibiza y Formentera cayeron diez meses más tarde: el 2, 5 y 11 de julio de 1715.

Consecuencias: el nuevo “equilibrio de poder” en Europa. El gran beneficiario de este conjunto de tratados fue Gran Bretaña que, además de sus ganancias territoriales, obtuvo cuantiosas ventajas económicas que le permitieron romper el monopolio comercial de España con sus territorios americanos. Por encima de todo, había contenido las ambiciones territoriales y dinásticas de Luis XIV, y Francia sufrió graves dificultades económicas causadas por los grandes costes de la contienda. El equilibrio de poder terrestre en Europa quedó, pues, asegurado, mientras que en el mar, Gran Bretaña empieza a amenazar el control español en el Mediterráneo occidental con Menorca y Gibraltar. Como ha señalado Joaquim Albareda, “en último término, la paz de Utrecht hizo posible que el Reino Unido asumiera el papel de árbitro europeo manteniendo un equilibrio territorial basado en the balance of power de Europa y su hegemonía marítima”.

Para la Monarquía de España la paz de Utrecht supuso, como han señalado muchos historiadores, la conclusión política de la hegemonía que había ostentado en Europa desde principios del siglo XVI.

Retrato de Jorge I Rey de Inglaterra

La olvidada carta del Rey Jorge I prometiendo devolver Gibraltar a España

Ante la posibilidad de una alianza con España, el Conde de Stanhope, militar y secretario de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, y el Rey Jorge I pusieron sobre la mesa en 1716 la opción de devolver Gibraltar que, a su juicio, carecía de importancia estratégica y era muy difícil (y caro) de defender en comparación a Menorca.

Sin afeites ni remilgos, se puede afirmar que la forma en la que Inglaterra se hizo con Gibraltar hubiera emocionado al mismísimo pirata Francis Drake. La potencia en ciernes del momento acudió a principios del siglo XVIII a España a defender los intereses de uno de los candidatos a la Corona hispánica, el Archiduque Carlos, y regresó de aquella guerra internacional con un trocito de aquellas tierras para gloria de la Reina Ana. Claro que, en un mapa europeo en constante cambio, ni el inglés más optimista pensó jamás que el Peñón de Gibraltar podría conservarse hasta hoy. Hubo un tiempo en el que sopesaron incluso la opción de abandonar un puesto defensivo que resultaba muy caro y poco práctico, para centrarse en otro de los botines de la guerra: la joya de Menorca.

A finales del año 1700, Felipe V se proclamó Rey de España y pudo entrar en el país sin oposición alguna, a pesar de que su ascenso vulneraba el reparto que habían hecho las grandes potencias de Europa con Luis XIV de Francia. El Rey Sol no quería repartir el pastel con el resto del mundo y pretendía que su maleable nieto reinara sobre todo el Imperio español, cuyos recursos quedaban así convenientemente a disposición de Francia. Los países hostiles a tal concentración de reinos, esto es, Inglaterra, Holanda y el Imperio germánico, mostraron su disconformidad con la decisión de los Borbones: primero en la Italia española, luego en los Países Bajos y, finalmente, en España.

El Rey Sol no quería repartir el pastel con el resto del mundo y pretendía que su maleable nieto reinara sobre todo el Imperio español, cuyos recursos quedaban convenientemente a disposición de Francia.

En septiembre de 1703 el pretendiente austriaco al trono, el Archiduque Carlos de Habsburgo, fue proclamado Rey de España en Viena y, pocos meses después, partió a Inglaterra para rendir pleitesía a la Reina Ana. Su siguiente parada, ya embarcado en una flota inglesa, fue Lisboa. 1704 fue el año en el que los ingleses trajeron la guerra a la península. Un escenario sin precedentes, puesto que ningún ejército extranjero había invadido territorio español desde hace siglos.

La humillación de Utrecht. La presencia de barcos ingleses y holandeses en el Mediterráneo causaron estragos por toda la costa española e inflamaron a los descontentos de Valencia, Zaragoza y Barcelona para que se levantaran contra las autoridades borbónicas. La pérdida de aquellas ciudades españolas fue uno de los peores momentos de la guerra para el bando de Felipe V, pero nada hubo tan emblemático, y con tantas consecuencias en la actualidad, como la conquista inglesa de Gibraltar en agosto de 1704.

Temiendo un nuevo fracaso en Cádiz, el Príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, virrey de Cataluña en tiempos de Carlos II «El Hechizado», aconsejó en esas fechas a las fuerzas aliadas que tal vez era mejor tomar Gibraltar. El 1 de agosto, el almirante británico Rooke situó sus barcos en la bahía de Gibraltar y ordenó un desembarco, de tal modo que en pocas horas se pudo ocupar el istmo y cortar las comunicaciones alrededor de la fortaleza. Ante la negativa del gobernador a rendir Gibraltar, los buques ingleses comenzaron el bombardeo dos días después. Esa noche, el gobernador accedió a hablar de la capitulación: los aliados exigieron que en tres días de plazo debían salir del Peñón.

El 6 de agosto, Jorge de Hesse-Darmstadt ocupó este enclave en nombre de Carlos III, si bien fueron los ingleses los que se apoderaron de la fortaleza y se hicieron allí fuertes. Las sucesivas intentonas por recuperar Gibraltar a cargo del Marqués de Villadarias se toparon con una resistencia extrema por parte de los británicos, que tenían allí una guarnición de 2.000 ingleses, 400 holandeses y 70 catalanes. Aquella pequeña fuerza fue capaz de resistir el asedio de 18.000 hombres durante ocho meses, entre otras cosas, porque los británicos dominaban los mares. La gesta convirtió aquel peñón sin valor comercial o estratégico, más allá de servir de plataforma para una invasión masiva, en un símbolo de prestigio para la nación inglesa.

Felipe V se quedaba España y las Indias, pero renunciaba a los derechos de sucesión sobre Francia, a los Países Bajos a Italia.

La Guerra de Sucesión se alargó casi una década, con altibajos para ambos bandos, hasta que la inesperada muerte del hermano del Archiduque Carlos colocó en sus manos la Corona imperial. Ninguno de los aliados estaban por la labor de que, en vez de Felipe V y su abuela, fuera el Emperador Carlos y los austriacos los que concentraran un poder tan alto. No obstante, el gobierno británico retrasó la paz hasta el límite por meros intereses económicos, que en verdad habían sido su auténtico aliciente para meterse en la guerra. En agosto de 1712, cuando Gibraltar ya llevaba ocho años en manos inglesas, cesaron las hostilidades formalmente entre Holanda, Portugal, Francia y España. Felipe V se quedó España y las Indias, pero renunció a los derechos de sucesión sobre Francia, y a la soberanía de los Países Bajos e Italia.

El llamado tratado de Utrecht, cerrado en 1713, demostró que Inglaterra había ganado más que nadie con una guerra que, al menos en apariencia, había enfrendo a dos dinastías con escaso acento británico. Recibió de Francia concesiones territoriales en América y de España el derecho del asiento para el comercio de esclavos en América, así como la posesión de Gibraltar y Menorca.

Estos asuntos pendientes condenaban a Felipe V a nuevas guerras en cuanto se curara las heridas. Cuenta Henry Kamen en su libro «Felipe V, el Rey que reinó dos veces» que, con Menorca y Gibraltar en manos inglesas e Italia sometida al control imperial, España se encontró de la noche a la mañana desprovista de su influencia en el Mediterráneo y ante la necesidad de atacar al Sacro Imperio. De ahí que los tempranos intentos españoles de recuperar Sicilia, Cerdeña y Nápoles se encontraron con una reacción a tres bandas del Imperio, Francia e Inglaterra, sin ganas de que el Mediterráneo se convirtieran en un escenario de inestabilidad. Tropas francesas incluso tomaron varias fortalezas del norte de España, forzando a nuevas concesiones del Rey en 1721.

Ante la posibilidad de una alianza con España, el Conde de Stanhope, militar y secretario de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, y el Rey Jorge I pusieron sobre la mesa por primera vez en 1716 la opción de devolver Gibraltar que, a su juicio, carecía de importancia estratégica y era muy difícil (y caro) de defender en comparación a Menorca, una isla alejada de la Península y con grandes posibilidades militares (en pocos años se convirtió en la base principal de la Royal Navy en estas aguas). Sin embargo, la ofensiva trazada por el primer ministro de Felipe V, el italiano Alberoni, en el Mediterráneo, que también incluyó una expedición militar a Escocia, esfumó de un plumazo los avances diplomáticos.

Hasta 1720, el Conde de Stanhope no volvió a desempolvar el tema de Gibraltar. Como parte de la entrada de España en la Cuádruple Alianza, el gobierno británico mandó una propuesta formal al Rey en junio de ese año. El texto estaba acompañado de una carta, días después, del propio Jorge I prometiendo devolver «con rapidez» el Peñón a España. La carta, que la Reina Isabel de Farnesio exhibió varias veces a lo largo de su vida como prueba de la levedad del honor inglés, afirmaba:

«Señor mi hermano: He sabido con extrema satisfacción por medio de mi embajador en vuestra corte que Vuestra Majestad está por fin resuelto a eliminar los obstáculos que por algún tiempo han dilatado el entero cumplimiento de nuestra unión. Puesto que por la confianza de Vuestra Majestad me testimonia puedo contar como restablecidos los tratados que entre nosotros se disputaron y como consecuencia intercambiados los instrumentos necesarios al comercio de mis súbditos, no dudo más en asegurar a Vuestra Majestad mi rapidez a satisfacerle por lo que respecta a su petición sobre la restitución de Gibraltar, prometiéndole que me valdré de la primera ocasión favorable para regular este artículo de acuerdo con mi Parlamento, y para dar a Vuestra Majestad una prueba ulterior de mi afecto he dado orden a mi embajador para que tan pronto como esté terminada la negociación de la que está encargado, proponga a Vuestra Majestad una nueva alianza, de común acuerdo y conjuntamente con la Francia, conveniente en las coyunturas presentes, no solamente para afirmar nuestra unión, sino para asegurar la tranquilidad de Europa. Vuestra Majestad puede estar persuadida de que por mi parte aportaré todas las complacencias posibles, ya que de ella me prometo una más perfecta y común ventaja para nuestros Reinos»

Sin el apoyo del Parlamento, Jorge I incumplió lo prometido y estiró los términos del Tratado de Utrecht hasta la ilegalidad, mientras España intentó varias veces recuperar Gibraltar a la fuerza. Una de ellas, en la breve guerra con Inglaterra de 1727, cuando se concentraron 20.000 hombres en Punta Mala. A pesar de los duros bombardeos, el 7 de mayo fracasó el asalto sobre la fortificada plaza.

Paradójicamente, la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, que también enfrentó a Inglaterra contra España, vivió otro estrepitoso fracaso al intentar recuperar Gibraltar por parte del mismo general, el Duque de Crillón, que en ese conflicto reconquistó Menorca con sorprendente facilidad en enero de 1782. Los ingleses, al final, perdieron el territorio que más querían conservar y se quedaron el peñón de la discordia.

Los puntos obviados del Tratado de Utrecht por los que Gibraltar ya tendría que ser español

A lo largo de estos 300 años, Gran Bretaña han incumplido varios de los acuerdos relativos a la jurisdicción territorial, a la comunicación por tierra y a las condiciones establecidas para que se terminara la cesión de la soberanía sobre el peñón.

Gibraltar lleva siendo noticia y punto fricción entre España y el Reino Unido desde que, al finalizar la Guerra de Sucesión española, en 1713, se firmara el polémico Tratado de Utrecht por el que el Rey Felipe V cedía el peñón a los ingleses «para siempre». El último enfrentamiento entre ambos países, después de que el presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, asegurara hace un año que había llegado a un acuerdo con la primera ministra británica, Theresa May, por el que esta se comprometía a abordar la soberanía de la pequeña colonia.

Sánchez, incluso, prometió que si se produce la retirada del Reino Unido de la Unión Europea con el famoso Brexit, «la relación política, jurídica e incluso geográfica de Gibraltar pasarán por España». Este periódico, sin embargo, tuvo acceso a una carta del Gobierno de May en la que desmentía tales afirmaciones. «El gobierno español lo pidió en repetidas ocasiones, pero no lo ha conseguido», explicaba después la primera ministra en relación a la modificación del artículo 184 del Tratado, añadiendo un mensaje a los ciudadanos del peñón: «Siempre estaremos a vuestro lado, estamos orgullosos de que Gibraltar sea británica. Nuestra posición en torno a su soberanía no ha cambiado y no cambiará».

Ya son ya más de 300 años de polémicas tras la firma del Tratado de Utrecht, en los que España ha intentado recuperar este enclave estratégico de 6,8 kilómetros cuadrados y 31.000 habitantes, sin importar si nos encontrábamos en una república, dictadura, monarquía o bajo un gobierno del PSOE o del PP.

En 1720 el Rey Jorge I de Gran Bretaña envió una primera carta a España en la que prometía devolverle el peñón «con rapidez». Siete años después, incluso hubo una guerra por Gibraltar en la que Inglaterra venció. Durante el siglo XVIII, Gibraltar fue sometido a terribles asedios por diferentes regímenes para hacerse con su dominio. En el más importante, entre 1779 y 1783, murieron más de 5.000 españoles, por 1.900 soldados británicos. Más recientemente, el entonces ministro de Exteriores socialista, Miguel Ángel Moratinos, aseguraba en 2009 que la reclamación de la soberanía de dicho territorio era «irrenunciable». Y en 2013, su sucesor, José Manuel García Margallo, respondía que «se ha acabado el recreo de la época de Moratinos en los referente a Gibraltar».

El cuento de nunca acabar. Pero si nos atenemos a lo establecido en el Tratado de Utrecht, más allá de las diferentes controversias y enfrentamientos bélicos entre ambos países a causa del peñón, se puede establecer que Gran Bretaña lleva 300 años vulnerando descaradamente algunos de los puntos que se establecieron en 1713. ¿Qué dicen estos exactamente? ¿Qué establecen y por qué no se están respetando desde Londres?

Jurisdicción territorial

El famoso artículo X dice: «El Rey Católico Felipe V, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno». Sin embargo, hoy en día la definición del territorio cedido es objeto de disputa en lo que se refiere a la tierra, el espacio aéreo y el mar, precisamente porque el tratado establecía que la propiedad se cedía «sin jurisdicción territorial y sin comunicación abierta con el país circunvecino por parte de tierra».

Esto quiere decir que, aunque el Reino Unido tiene un título válido de soberanía, habría que resolver el problema de su alcance territorial, pues en el mencionado artículo X no se establecía una línea fronteriza, ni posteriormente se realizó una demarcación. Decía que eran inglesas la ciudad, el castillo y las edificaciones agregadas en 1704, pero ¿qué ocurre con las ampliaciones del terreno que se llevaron a cabo en años posteriores? España ya mostró su oposición a la presencia británica en la lengua de tierra y objetó la construcción del aeropuerto en 1938, pues se encontraban fuera de la demarcación establecida en Utrecht aquel año de 1713.

Comunicación por tierra

Para «evitar abusos y fraudes en la introducción de las mercaderías», el tratado también fijaba que «la comunicación por mar con la costa de España no puede estar abierta y segura en todos los tiempos». Esto aislaba por tierra a Gibraltar, a la que dejaba abastecerse del mar para su propia subsistencia, pero no comerciar con lo obtenido. Y en tiempos de «grandes angustias», permitía a sus habitantes comprar alimentos en territorio español, pero únicamente para su consumo propio.

Según esta disposición, Gibraltar se mantuvo aislado hasta 1985, cuando, en el contexto de la incorporación de España a las instituciones europeas y a la OTAN, esta intentó atraer a los gibraltareños a posiciones más favorables a su causa, por un lado, y para favorecer el desarrollo del conjunto de la región, por otro. Sin embargo, estos pasos para facilitar los intercambios no han producido avances significativos hacia el objetivo de recuperar el territorio. Más bien al contrario, ya que Gran Bretaña, además de haber consolidado su estatuto político autónomo, ha ido reforzando la economía de la colonia y sigue trabajando para convertir el peñón a medio plazo en un centro de negocios, en contra de lo pactado en el Tratado de Utrecht.

En los últimos tiempos, la gran obsesión del Gobierno británico ha sido consagrar que las aguas que rodean el peñón son de soberanía inglesa, algo que España no acepta, por la sencilla razón de que en el Tratado solo se cedieron las aguas del puerto de Gibraltar. Aún así, el pasado Gobierno de David Cameron, por ejemplo, no perdió ocasión para denunciar las supuestas violaciones de esas aguas por parte de embarcaciones españolas, alentado por los «llanitos». Pero, según lo pactado en 1713, tales violaciones no se han producido.

El fin de la cesión

El tercer pacto establecido en Utrecht es el más importante, ya que aludía a que España tiene prioridad para dar por terminada la cesión si Gran Bretaña intentara «dar, vender o enajenar de cualquier modo la propiedad de Gibraltar». En este sentido, el Gobierno británico ya ha decidido «enajenar» su colonia. Obviamente no a una potencia extranjera, pero sí a la población del peñón mediante las ambiguas concesiones que se les ha hecho.

Por un lado, la Constitución gibraltareña de 1969 y, por otro, las reformas adheridas en 2006, en las que se introducía el derecho de autodeterminación de los gibraltareños, aunque condicionara este a «los tratados existentes», tal y como exigía España. Si hiciéramos caso al Derecho Internacional e interpretáramos correctamente el artículo X del Tratado de Utrecht, la cesión de España habría terminado y tendría que recuperar los derechos soberanos sobre el territorio cedido.

No hay que olvidar que este pedazo de tierra, es un punto de apoyo estratégico sin dimensión demográfica, por lo que en él nada se dice de su población. De ahí que dispusiera la reversión a España si Gran Bretaña lo abandonaba. Esto no solo se impide la transferencia a un tercer país, sino también a un Gibraltar independiente, algo que ya avalaron las Naciones Unidas en su resolución 2253 de 1967.

Tres siglos de vigencia de un tratado que jamás se ha revisado y por el que no han dejado de sucederse episodios de tensión entre el Gobierno español y británico, en una relación que el historiador Federico Sánchez Aguilar calificó como la «herida abierta» de España..

¿Por qué y desde qué año Gibraltar pertenece a Reino Unido?

La salida de Reino Unido de la Unión Europea ha traído consigo la incertidumbre sobre el territorio de Gibraltar, un lugar donde el tránsito de personas hacia ambos lados es diario. Frente a esto, se ha desatado el debate sobre el poder de decisión de España y muchos han aprovechado para dudar sobre la soberanía del territorio pero, ¿por qué y desde cuándo es británico el Peñón?

En el sur de la Península Ibérica, la colonia del Peñón de Gibraltar acoge a unas 32.000 personas en su territorio, de dominio británico desde el 4 de agosto de 1704. Su futuro se ha visto puesto en entredicho tras el ‘Brexit’, que deja descolgado a un territorio ligado a España territorial y socialmente.

En este contexto, se ha debatido sobre el poder de decisión que España, como vecino íntimo de la colonia británica, tiene sobre la nueva situación que vivirán entre ambos territorios y cómo las políticas de Gibraltar afectarán al conjunto del país.

El debate ha traído una larga cola de reproches entre dirigentes y ciudadanos de ambos lados de la frontera y las redes estallan con comentarios de distinta índole. Pero, antes de debatir sobre el futuro de la colonia, es conveniente conocer por qué ese pequeño trozo de la península pertenece a Reino Unido y desde cuándo es así.

La clave histórica reside en la Guerra de Sucesión española tras el fallecimiento del rey Carlos II, conocido comúnmente como ‘El Hechizado’, en 1700.

Dicho rey murió sin dejar descendencia que se hiciera cargo de la corona por lo que su sobrino-nieto Felipe de Borbón, nieto del rey francés Luis XIV (Borbón) y del español Felipe IV (Austria) fue el heredero y fue coronado como Felipe V de España.

Esta coronación desencadenó un conflicto a nivel internacional que es conocido como la Guerra de Sucesión Española (1701-1713) y que enfrentó a las casas de Borbón y Austria por el derecho sobre el trono de España después de que el Archiduque Carlos de Habsburgo, de los austrias, reclamara su vínculo de sangre con Carlos II y su derecho a la corona española.

El país terminó dividido entre los que apoyaban a los borbones y los que hacían lo propio con los Austrias: partidarios y detractores de Felipe V, donde Castilla apoyó a los borbones y Aragón a los austrias.

El problema se agravó cuando Inglaterra y Holanda decidieron apoyar al Archiduque Carlos. Una escuadra de soldados ingleses y holandeses llegó a Gibraltar para conquistarlo en nombre del Archiduque.

El Gobierno se negó y entonces comenzó el asedio que finalizó una vez tomado el Peñón. Los habitantes españoles que en ese momento residían allí tuvieron que huir ocupando Algeciras, Los Barrios, y fundando el municipio de San Roque, “donde reside la de Gibraltar”, como reza en su placa de bienvenida a la ciudad hasta el día de hoy.

Es entonces cuando la reina Ana de Inglaterra ordena que le quiten el Peñón al Archiduque y expulsa a todos los que allí vivían, nombrarlo puerto franco y nombrar a un gobernador.

El conocido Tratado de Utrecht se firma en 1713 como colofón a la guerra, dando la victoria y la corona de España al rey Felipe V con la condición de no aspirar a la corona de Francia. Lo más importante de este acuerdo es que España tuvo que ceder Gibraltar y Menorca a la Corona británica.

Menorca volvió a ser española en 1802 mientras que el Peñón siguió siendo británico. Y hasta ahora seguirá siéndolo porque hasta en dos ocasiones han votado los gibraltareños sobre la soberanía de su pequeño municipio.

En 1967, el 99,64% quería seguir bajo la soberanía británica y desarrollar organismos democráticos locales. Sólo 44 personas se sentían españolas por aquel entonces.

Dos años más tarde se llevó a cabo el cierre de la frontera de la mano de la dictadura franquista que España sufría y que la separó de Gibraltar, con todo lo que aquello conllevaba, después de que ellos promulgaran una Constitución propia.

No fue hasta 1985, con Felipe González, cuando se reabrió con el motivo de poder pertenecer a la Unión Europea: si no lo hacía, España se quedaba fuera.

Cuando en 2002 se volvió a plantear la soberanía a sus ciudadanos, un 98,97% de la población se negaba a que se compartiera entre España y Reino Unido.

Volviendo al presente, Gibraltar también participó en el referéndum sobre el ‘Brexit’ con una negativa del 95,9% a salir de la Unión Europea: los gibraltareños no quieren pertenecer a España pero sí se sienten europeos.

Hasta el momento, las consecuencias de la salida de Reino Unido de la Unión Europea es un mar de dudas sobre la situación de Gibraltar, que se puede ver afectada para gibraltareños y españoles.

Es punto de encuentro entre dos continentes África y Europa y entre dos mares el Mediterráneo y el océano Atlántico, objeto de disputa entre dos países España y el Reino Unido, pero también el hogar de 30.000 habitantes que hablan un dialecto único, de los únicos monos en libertad de Europa, de uno de los aeropuertos más peculiares del mundo y sobre todo es un lugar de encuentro de culturas.

El enclave de alrededor de 600 hectáreas de extensión poco más del doble de Central Park de Nueva York- pasó a manos británicas en 1713, cuando España lo cedió por el del Tratado de Utrechtt, que puso fin a la larga Guerra de Sucesión y llevó a los Borbones a la corte de Madrid.

El llanito, que además del idioma es como se llama coloquialmente a los habitantes de Gibraltar, combina las palabras y estructuras del español con un marcado acento andaluz con las del inglés británico, la lengua oficial.

“El idioma se originó cuando un inglés y un español no se entendían y las palabras que se decían se iban corrompiendo”, explica el historiador gibraltareño Tito Vallejo Smith, autor del Diccionario Llanito.

Así, las nuevas palabras que se han ido creando en las calles de Gibraltar generalmente no las entienden ni un español ni un inglés.

“Las tuberías en llanito son piperías (del inglés pipe y el español tubería). Ahí tienes: pipería”, explica entre risas Vallejo Smith en conversación con BBC Mundo.

Pero además de vocablos como tipá -tetera (en inglés tea pot)- o chinga -chicle (en inglés chewing gum)-, el llanito también tiene expresiones propias como “stop giving me the tin”, que literalmente equivaldría a una mal traducida “deja de dar lata” o “deja de molestar”.

Una palabra curiosa que ha recopilado Vallejo Smith en su Diccionario Llanito es “chachi”, que, aunque en desuso, también se utiliza en España para definir algo muy bueno. Según el historiador, el vocablo viene de la época posterior a la Guerra Civil española “cuando en Gibraltar había mucha abundancia y en España había mucha hambre y se llevaban toda la comida para allá”.

Por eso, explica, “todo lo bueno venía del (entonces primer ministro británico Winston) Churchill”, que al ser pronunciado los hispanohablantes entendían “chachi”. “Y claro de ahí surgió el chachi: esto es de chachi, esto está chachi”, apunta.

El diccionario de la Real Academia Española recoge el término pero no indica su procedencia. Otras teorías indican que su origen está en el caló, el lenguaje de los gitanos en España.

Además, por la historia del territorio, el llanito tiene influencias de otros idiomas como el italiano particularmente del genovés, el hebreo, el francés, el caló (gitano), el portugués y el árabe.

“Gibraltar es una especie de América pequeñita. Aquí hemos tenido a gente de todo el Mediterráneo literalmente. Almirantes que venían de Italia, de Francia, de Portugal para irse a América y decidían quedarse aquí” y dejaban su influencia en el lenguaje, afirma Vallejo Smith.

El historiador advierte que el llanito no es igual que el espanglish, el idioma que se habla en Puerto Rico y en los barrios hispanos de Estados Unidos.

Pero lamenta que cada vez se habla menos por comodidad: “Las personas se están volviendo gandulas. Como sabemos bien los dos idiomas -el español y el inglés- pues lo que se habla es una especie de espanglish. Dices la palabra que te viene a la mente antes. Y eso se está cargando el llanito propio. La necesidad que había antes de crear palabras propias y corromperlas se está acabando”.

¿Por qué Gibraltar parece un pueblo genovés?

Ventanas con persianas verdes y azules, fachadas de colores pastel, puertas con arcos. En algunos rincones de Gibraltar uno podría sentirse transportado a un pueblo genovés, en el norte de Italia.

El visitante no encontrará en esta ciudad las calles estrechas de casas encaladas típicas de Andalucía. Tampoco las casas victorianas de ladrillo y chimeneas humeantes propias de una población británica.

El aire ligur de Gibraltar responde a la influencia de una de las comunidades más antiguas y numerosas del territorio.

En 1753, el 34% de la población local era de origen genovés, el grupo más numeroso de la ciudad en aquella época. Existen varias explicaciones a esta migración: intereses comerciales, pesqueros y el hecho de que Gibraltar era una escala común en el viaje hacia América.

Incluso hoy en día, los apellidos italianos suponen el 20% del censo. Y algunos de esos nombres llegaron a ser ilustres.

El actual gobernante, Fabian Picardo, es uno de ellos. También los son la ex Miss Mundo Kaiane Aldorino y el diseñador de moda John Galliano.

En este sentido, la influencia en el plano arquitectónico parece lógica.

“Después del gran asedio de 1779 y 83, el pueblo de Gibraltar fue arrasado por los cañonazos de los españoles, por las baterías de La Línea. Entonces, la ciudad fue arrasada y estaba en ruinas. Entonces vinieron de Génova una familia, los Moschetti, que eran arquitectos, eran albañiles y el gobernador les dio la misión de edificar el pueblo de nuevo. Entonces introdujeron la influencia italiana”, cuenta Tito Vallejo.

Una roca con 52 kilómetros de túneles. Que una roca, el Peñón de Gibraltar, tenga 52 kilómetros de túneles, puede parecer sorprendente. Pero dada la pequeña extensión de Gibraltar (cinco kilómetros de largo y uno de ancho), gran parte de su infraestructura es subterránea.

Durante la Segunda Guerra Mundial llegó a haber una verdadera ciudad bajo tierra con kilómetros y kilómetros de túneles, depósitos de agua y combustibles, generadores de electricidad, servicios telefónicos, carnicerías, panaderías e incluso hospitales.

“Los ingleses se enteraron que había un plan de invasión por los alemanes y Gibraltar siendo tan pequeñito dijeron: aquí no nos podemos quitar del medio cuando empiecen los bombardeos, nos tenemos que meter bajo tierra”, explica el historiador Tito Vallejo Smith.

Así, tras evacuar a mujeres, niños y ancianos, empezaron a hacer túneles dentro del peñón para que toda la guarnición militar se protegiera. Según explica Vallejo Smith, todo estaba diseñado “para aguantar nueve meses sin depender de nadie”.

Además, buena parte de la tierra que se quitó para excavar los túneles se tiró al mar y se usó para construir la pista de aterrizaje que fue clave para la invasión del norte de África durante la guerra. “Gibraltar se convirtió como en un portaaviones gigante”, dice el historiador.

Hoy en día buena parte de los túneles están cerrados, otros siguen siendo de uso exclusivo del ejército británico, mientras que otros se usan con fines civiles como el almacenamiento de agua o combustibles.

“Todo lo tenemos dentro del peñón, el petróleo, la gasolina.. Desde fuera no se ven esas cosas, pero dentro es otro mundo”, afirma Vallejo Smith.

El aeropuerto en el que los aviones cruzan una carretera. Gibraltar es tan pequeño que cuando uno cruza la frontera por la única carretera que conecta al enclave con España no tiene más remedio que atravesar la pista de aterrizaje del aeropuerto.

Un semáforo se pone en rojo en el momento en que un avión aterriza y obliga a esperar a quienes quieren acceder a la ciudad. En ocasiones, la llegada de un avión provoca largas colas de autos a la entrada y a la salida de la roca. La pista, literalmente atraviesa el istmo que une la pequeña península gibraltareña a tierra firme y parte de ella se encuentra en terrenos ganados al mar.

Existe un proyecto de construcción de un túnel de 350 metros bajo la pista de aterrizaje que permita la circulación del tráfico mientras llegan los aviones. Aunque las obras se han aplazado en varias ocasiones, las autoridades esperan que la infraestructura esté en funcionamiento en 2015.

El aeropuerto fue construido durante la Segunda Guerra Mundial, pero su uso fue militar hasta que en 2006, España y el Reino Unidos acordaron las condiciones para la operación de vuelos civiles.

También apunta que el aterrizaje en él es uno de los más peligrosos del mundo.

Capital mundial de las apuestas online. Según la Cámara de Comercio de Gibraltar, junto con el turismo, los servicios financieros y las actividades navales, las apuestas en línea son uno de los cuatro pilares de la economía gibraltareña.

Atraídas por los beneficios fiscales e impositivos, muchas compañías de juegos y apuestas online eligieron a principios del siglo XXI este pequeño enclave al sur del Mediterráneo para sentar su base de operaciones.

Eso le llevó a convertirse en uno de los principales centros de operaciones de las apuestas en línea. Pero el juego se convirtió en objeto de polémica, especialmente con la vecina España, porque las compañías domiciliadas en el territorio, pero que desarrollaban sus negocios fuera de él, no pagaban impuestos y durante años, algunos organismos como la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos) hasta 2000 incluyeron a “la roca” en las listas internacionales de paraísos fiscales.

Sin embargo, esta situación cambió en los últimos años y en 2011 el gobierno local introdujo un nuevo impuesto del 10% a las empresas. La actividad es tan importante para la economía local que el gobierno gibraltareño tiene incluso un Ministerio de Servicios Financieros y Apuestas.

Y, según datos de 2012, el sector emplea a unas 2.000 personas, lo que equivale al 10% de la población activa de Gibraltar.

¿Es la mayor “colonia” británica en España?

Los nacidos en Gibraltar son considerados ciudadanos británicos. La población del enclave se acerca a los 30.000 habitantes, según datos oficiales. Esto hace de Gibraltar la ciudad con mayor número de habitantes de esa nacionalidad en la Península Ibérica.

Sin embargo, el número de británicos residentes en España más de 312.000 excede con creces la población gibraltareña.

Tras rumanos y marroquíes ambas comunidades con casi 800.000 miembros, ecuatorianos y británicos con una población similar son el tercer y cuarto grupo de extranjeros en España.

La provincia de Alicante, en el sureste español, es la que alberga a la mayor colonia de residentes de ese origen, con más de 130.000 británicos. En esa zona, algunos pueblos llegan constituir verdaderos “pequeños Reinos Unidos” diseminados, especialmente, por la costa mediterránea.

Quizá el ejemplo más extremo es Rojales, un municipio de poco más de 20.000 habitantes, donde más del 70% de la población es extranjera y el 40%, británica.

¿Por qué Gibraltar era el límite del mundo conocido?

Las columnas de Hércules, según la mitología griega, marcaban el límite del mundo conocido. Con esta expresión se referían los navegantes de la Antigüedad a los dos montes que flanquean el estrecho de Gibraltar.

De acuerdo con la leyenda, el mismo semidiós habría colocado un pilar a cada lado del canal de 15 kilómetros de ancho que separa Europa de África.

Más allá de Gibraltar, hacia el este, el Mediterráneo se convierte en el Océano Atlántico. Y para los navegantes antiguos ese era el punto a partir del cual no convenía adentrarse: el “non plus ultra”, en latín, o “no más allá”.

En el siglo XVI, el rey Carlos I de España adoptó esa expresión como lema personal, pero le cambió el sentido: el “non plus ultra” se transformó en “plus ultra”.

Hacía pocas décadas que embarcaciones castellanas habían llegado hasta las costas de América y la navegación oceánica era un desafío cada vez menor.

En la actualidad, el escudo de España tiene una columna de Hércules a cada lado y una cinta con las palabras “plus ultra” se entrelaza entre ellas.

Para algunos podría resultar paradójico que una de ellas se encuentre en suelo británico y la otra en territorio marroquí.

¿Por qué Gibraltar tiene una “Bahía de los catalanes”?

Hoy en día es una de las playas más tranquilas y turísticas de Gibraltar, pero durante la Guerra de Sucesión, concretamente en agosto de 1704, la denominada “Bahía de los catalanes” fue el escenario del desembarco de un batallón de 350 soldados de ese origen que llegaron para luchar junto a los ingleses contra castellanos y franceses.

Y aunque en 1713 el Tratado de Utrechtt marcó la cesión de Gibraltar al Reino Unido, la Bahía mantuvo ese nombre en honor al regimiento de catalanes.

En el siglo XIX, sólo los pescadores, la mayoría de ellos descendientes de genoveses, podían vivir en la bahía y para ello requerían un permiso otorgado por el gobernador.

Actualmente buena parte de los habitantes de esa bahía, también conocida como la Caleta, son descendientes de esos pescadores genoveses.

Gibraltar, trescientos siete años después

La historia nos demuestra que España perdió y nunca ha podido recuperar Gibraltar porque, desde el mismo 4 de agosto de 1704, España ha sido económica, y por tanto política, diplomática y militarmente, más débil que el Reino Unido.

Se considera con frecuencia que España perdió Gibraltar el 4 de agosto de 1704, cuando su gobernador Diego Salinas firma la capitulación de la plaza (que en realidad firma el 5 de agosto) y guarnición y población tienen que abandonarla. Pero no es exacto. Quien ocupó la plaza esos días fue el austriaco príncipe de Hesse en nombre del archiduque austriaco Carlos, pretendiente al trono de España frente al rey Felipe V. Es decir, la plaza pasó de las manos de una España (la franco-borbónica) a las manos de otra España (la austro-habsburguesa), en uno de esos episodios de nuestra historia, en que una de las dos España nos hiela el corazón, conocido como la Guerra de Sucesión Española (1701-1715),

España pierde en realidad Gibraltar en el Tratado anglo-español de Utrecht de 13 de julio de 1713, en el que se estipula que España «cede a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas», oficializando así la arbitraría ocupación británica.

La flota confederada, en la que el príncipe de Hesse recorría las costas españolas intentando crear una cabeza de playa desde la que abrir un nuevo frente, iba mandada por el almirante británico Rooke. En Gibraltar, consiguen establecer dicha cabeza de playa mediante un ataque a la plaza desde dos direcciones: desde el istmo del peñón en el que las tropas del príncipe de Hesse habían conseguido desembarcar y mediante un desembarco anfibio en las proximidades del puerto llevado a cabo por los infantes de marina británicos. En este segundo desembarco, las primeras tropas que tocan suelo izan, en el punto más alto de la zona, la bandera de la Unión Jack para señalar a los navíos donde no deben disparar para evitar bajas por fuego amigo. Una bandera que el almirante Rooke se niega a quitar tras la capitulación, cuando ya sólo debía ondear la del aspirante al trono español, el archiduque Carlos.

Un año más tarde (agosto de 1705), otra fuerza naval confederada expedicionaria, en la que viaja el propio pretendiente Carlos, atraca en Gibraltar para recoger a Hesse y la mayor parte de las fuerzas de la guarnición para la operación de desembarco en Cataluña, que se supone partidaria del pretendiente frente a las pretensiones centralistas de Felipe V. Quedan como guarnición dos regimientos británicos y dos holandeses y el brigadier británico Shrimpton como gobernador y comandante de las fuerzas. En 1706, la reina Ana de Inglaterra, presionada por comerciantes ingleses, declara unilateralmente Gibraltar como puerto franco. Y en abril de 1713, poco antes de firmarse los tratados de Utrecht y Rastatt, la diplomacia británica fuerza a los Países Bajos a sacar sus tropas de Gibraltar, quedando en consecuencia la guarnición constituida exclusivamente por tropas británicas bajo la autoridad de un gobernador británico. Para entonces, la población de la plaza, cada vez más numerosa, está constituida por las familias de la guarnición y administración británicas, algunos antiguos pobladores españoles que han regresado y las familias judías procedentes del norte de África, representantes y empleados de los intereses de los comerciantes británicos.

Y es esta situación, la que Gran Bretaña alegará en las negociaciones de Utrecht para reclamar (más bien, imponer) la posesión de la plaza, en la que “ondea su bandera desde hace ocho años” protegida por sus soldados.

España intentará reconquistar militarmente Gibraltar cinco veces a lo largo del siglo XVIII (1704, 1705, 1719, 1727 y en el gran asedio de 1779-1783), todas sin éxito. Una situación que culminará en febrero de 1810, en plena Guerra de la Independencia, cuando, con la excusa de impedir que los franceses puedan usarla contra Gibraltar, fuerzas británicas destruyen la llamada Línea de Contravalación, construida como obstáculo defensivo situado al otro lado del istmo (extremo norte) para detener los contraataques británicos desde la plaza durante los asedios.

Verja Gibraltar. El resto del siglo XIX como a lo largo del XX y el XXI, a lo que se asiste es a una nueva, arbitraria y fraudulenta, ocupación británica: la del istmo, claramente excluido del Tratado de Utrecht (recordemos: ciudad, castillo, puerto, defensas y fortalezas, nada más). Durante el XIX, la excusa consistió en alegar una vieja costumbre medieval, según la cual, la ocupación de una plaza implicaba a todo el terreno adyacente a la misma hasta el alcance de un tiro de cañón. Y el modo, solicitar autorización de instalaciones en el istmo por diferentes razones, la más común, con ocasión de epidemias en la plaza, hospitales provisionales, que guarnecían. Cuando la epidemia pasaba, el hospital provisional se retiraba, los puestos militares no. Y, así, hasta alcanzar la ubicación actual de “la verja”, sólo a unas centenas de metros al sur de la vieja y derruida Línea de Contravalación. “Verja” construida por los británicos entre febrero y septiembre de 1909, alegando que la progresiva ocupación física unilateral del istmo otorgaba por sí misma derecho de posesión.

No quedaría ahí, sin embargo, la ilegal y progresiva “extensión” británica más allá de la concesión española de Utrecht, ya que a lo largo del siglo XX (y lo que va del XXI), esta extensión será a costa de aguas de jurisdicción española en vez de terreno en tierra firme. Con ocasión de la Primera Guerra Mundial, el Reino Unido construirá en el istmo una pista de aterrizaje de biplanos, que, desde la Segunda Guerra Mundial, se ha ido alargando hasta convertirse en un auténtico aeropuerto civil y militar, cuya pista de aterrizaje se adentra casi quinientos metros en aguas de la bahía de Algeciras, en lo que el Reino Unido denomina “aguas territoriales” de Gibraltar, concesión inexistente en el Tratado de Utrecht (recordemos: ciudad, castillo, puerto, defensas y fortalezas, nada más).

Terreno comido a la bahía de Algeciras que no ha hecho sino incrementarse con multitud de construcciones portuarias, turísticas y habitacionales. Teniendo como colofón, la inesperada, absurda y poco amistosa decisión tomada en el mes de julio de 2013 de cegar con treinta o cuarenta bloques de hormigón, dotados de pinchos de hierro salientes, un amplio sector de las aguas de la bahía frente a La Línea y Campamento para impedir que puedan faenar los pescadores españoles “en sus aguas territoriales”. Sin que sirviera de nada (mejor dicho, sí, para empeorar las cosas) el aparente castigo de interrumpir el paso entre ambos territorios (cierra de “la verja”) entre 1969 y 1982.

Hay otra historia humana paralela a esta historia política. La de las dos comunidades que han estado viviendo a ambos lados de los puestos militares primero, de “la verja” desde 1909. Dos comunidades indistinguibles en lengua (el acento andaluz propio de la zona), costumbres e incluso religión (mayoritariamente católica), entrelazadas por múltiples matrimonios y relaciones familiares, comerciales y laborales, si bien estas últimas no equilibradas, ya que tradicionalmente han sido los trabajadores campogibraltareños los que han pasado, y siguen pasando, a trabajar a Gibraltar, convertido desde los años setenta del pasado siglo xx en un auténtico paraíso fiscal. Imbricación entre ambas comunidades, que, en cierto modo, debilitó y amortiguó el cierre de “la verja” entre 1969 y 1982, sin que hasta la fecha haya sido posible su plena recuperación. De ahí que dicho cierre, más que favorecer en nada a España y a sus reivindicaciones históricas insatisfechas, complicara si no la resolución del contencioso, sí la necesaria y siempre positiva convivencia entre ambas comunidades.

Así pues, ahora que con el brexit se vuelve a poner de actualidad la relación con Gibraltar, no parece haber más remedio que tener en cuenta las dos historias, la política y la humana. Si por la política, la historia nos demuestra que España perdió y nunca ha podido recuperar Gibraltar porque, desde el mismo 4 de agosto de 1704, España ha sido económica, y por tanto política, diplomática y militarmente, más débil que el Reino Unido, a lo que se añade, en los presentes momentos, el carácter de aliados (en la OTAN) y el de socios recientes (en la Unión Europea) de ambos países; por la humana, lo que nos demuestra la historia es que ambas comunidades, a ambos lados de “la verja”, salen beneficiadas cuanto más justas, equitativas y libres sean las relaciones de todo tipo entre ellas, como bien demostraron, en su corta vida, los Acuerdos de Córdoba y su corolario, la Comisión Mixta de Cooperación y Colaboración Gibraltar-Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, de 2006, cuyo lema de actuación venía a ser “dialogar sobre lo que sea solucionable, mientras se mantiene la presión diplomática sobre las reivindicaciones históricas insatisfechas”. Acuerdos finalmente invalidados, a partir de octubre de 2010, debido al uso abusivo que las autoridades gibraltareñas del momento pretendieron hacer de lo allí estipulado.

Confiemos, pues, que los aún en trámite, acuerdos y estipulaciones para la salida del Reino Unido de la Unión Europea, sobre los que España tiene capacidad de veto en las cuestiones que afecten a Gibraltar, y de los que forma parte el, recientemente debatido en el Congreso de los Diputados, borrador de Acuerdo Fiscal sobre Gibraltar, sigan la estela de los citados Acuerdos de Córdoba, incluido todo tipo de contacto entre autoridades de los dos países y de la colonia, a cuanto más nivel, mejor, para beneficio de ambas comunidades y de la relación entre ellas, sin que ello implique renunciar a las reivindicaciones históricas insatisfechas, al menos hasta que España llegue a ser más fuerte económica, y por tanto política, diplomática y militarmente, que el Reino Unido y puedan cambiarse las tornas.

Cosas que quizás no sabías de este enclave británico

Dejando de lado las disputas sobre la soberanía y más recientemente, las negociaciones por el Brexit por las que se suele hablar de Gibraltar

Los únicos monos en libertad de Europa. Gibraltar presume de ser el único lugar de Europa donde se encuentran monos en libertad.

Los alrededor de 200 ejemplares de macacos gibraltareños, también conocidos como monos de Berbería, son una de las principales atracciones turísticas del Peñón.

Las teorías sobre su origen son diversas: desde la leyenda local que dice que llegaron de Marruecos por un túnel subterráneo bajo el Estrecho de Gibraltar del que nunca ha habido evidencias, hasta la que dice que les trajeron de su hábitat original en el norte de África durante la ocupación árabe de la Península Ibérica entre los años 711 y 1492, o la hipótesis de que los trajo el ejército británico después de tomar el Peñón en 1704.

En 2005, un estudio del Instituto Antropológico de la Universidad de Zurich (Suiza) dio pistas científicas sobre su origen al revelar que la colonia de macacos de Gibraltar fue fundada por ejemplares procedentes de dos poblaciones distintas de Argelia y Marruecos.

Lo cierto es que la vida de estos pequeños mamíferos está unida a la del Peñón: el cronista Alonso Hernández de Portillo los definió en sus escritos de principios del siglo XVII como los “verdaderos dueños de la roca” y, según un dicho gibraltareño, los británicos sólo dejarán Gibraltar cuando los monos se vayan.

El Gobierno actual de España sostiene.

España ha solicitado reiteradamente al Reino Unido entablar negociaciones, en cumplimiento de lo dispuesto por las Naciones Unidas, para llegar a una solución definitiva del contencioso de Gibraltar, única colonia existente en Europa.

I. Elementos básicos de la posición de España

Gibraltar es una colonia. Desde los años sesenta, Gibraltar figura en el listado de las Naciones Unidas de “territorios no autónomos pendientes de descolonización”. Este vestigio colonial destruye la unidad nacional y la integridad territorial de España. Es incompatible con la Resolución 1514 (XV) 1960, sobre descolonización. Naciones Unidas ha señalado que, en el proceso de descolonización de Gibraltar, el principio aplicable no es el de libre determinación de los pueblos sino el de restitución de la integridad territorial española. La cuestión de Gibraltar debe ser resuelta mediante negociaciones bilaterales entre España y el Reino Unido. La ONU ha venido recomendando estas negociaciones, ininterrumpidamente, desde 1965.

En cuanto al Istmo:

• En el Tratado de Utrecht sólo se cedían “la ciudad y el castillo de Gibraltar junto con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen”. El Istmo (como las aguas adyacentes o el espacio aéreo suprayacente) no fue cedido por España, quedando siempre bajo soberanía española.

• La mera ocupación de facto continuada por los británicos no cumple los requisitos del Derecho Internacional para la adquisición de soberanía.

• Por eso, España siempre ha señalado que la ocupación del Istmo es ilegal y contraria al Derecho Internacional y, por tanto, ha reclamado siempre su devolución sin condiciones.

En la Declaración de Lisboa de 1980, ambos Gobiernos se comprometían a resolver el problema de Gibraltar en un espíritu de amistad y de acuerdo con las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas.

Posteriormente, la Declaración de Bruselas de 1984 desarrolló la de Lisboa: España y el Reino Unido sentaron las bases de un nuevo proceso negociador para solucionar todas las diferencias sobre el Peñón, incluidos los asuntos de soberanía. Hubo también intensas negociaciones en el período 2001-02, que no llegaron a buen término.

España continúa la defensa de sus reivindicaciones donde corresponde: en las Naciones Unidas, en particular en su Asamblea General, y también en el Comité de los 24, donde se discuten procesos de descolonización que, en el caso de Gibraltar, caen bajo el principio de integridad territorial de los Estados.

El Gobierno ha invitado en múltiples ocasiones al Reino Unido a retomar, a la mayor brevedad, la negociación bilateral sobre cuestiones de soberanía, interrumpida durante demasiados años sin haber obtenido contestación. También ha reiterado su disposición a negociar con el Reino Unido un nuevo mecanismo de cooperación regional “ad hoc”, que favorezca aspectos prácticos de dicha cooperación. Este mecanismo sustituiría al Foro Trilateral, que España considera extinto.

El nuevo esquema contemplaría la participación, además de España y del Reino Unido, de las autoridades locales gibraltareñas y también de las autoridades locales y regionales españolas, es decir, la Junta de Andalucía y la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar; la Comisión estaría invitada.

Hemos mantenido nuestras responsabilidades como Estado miembro de la UE y parte en el Acuerdo de Schengen. Con el apoyo y verificación de la Comisión hemos ejecutado un proyecto ambicioso de mejora de los controles en la Verja en beneficio de los ciudadanos que viven a uno y otro lado de ella. Al mismo tiempo, hemos intensificado nuestra lucha contra el contrabando y el crimen organizado, precisamente en cumplimiento de nuestras obligaciones en el marco de la Unión Europea y de Schengen.

España vela también por el respeto de la normativa tributaria de la UE, denunciando cuando considerábamos ajustado al Derecho de la Unión Europea que se estaba infringiendo esta normativa en perjuicio del régimen tributario europeo. Para España y para otros Estados miembros de la UE, Gibraltar es un paraíso fiscal. Actualmente, la Comisión tiene abierta una investigación formal sobre ayudas de Estado en relación con el régimen fiscal societario del Peñón. España ha denunciado también ante la Comisión Europea la fiscalidad del sector del juego on line de Gibraltar.

También vigila aquellos comportamientos contrarios a la normativa UE en materia de medio ambiente y contrarios a la normativa internacional en materia de pesca.

El status de Gibraltar y la disputa sobre la soberanía de las aguas y sobre el Istmo tienen un impacto directo en algunos expedientes de la UE (asuntos de justicia e interior, medioambiente, aviación, etc.) ya que España no reconoce la ocupación del Istmo ni la Verja como frontera. En materia de aviación civil, para permitir la aplicación de la normativa UE y de los Acuerdos con terceros, hemos hecho propuestas constructivas para encapsular el problema del aeropuerto de Gibraltar, construido por Reino Unido en el Istmo.

Gibraltar y la Unión Europea

Gibraltar no forma parte integrante del Reino Unido, sino que es un territorio bajo soberanía británica del que el Reino Unido asume sus relaciones exteriores. En virtud del artículo 355.3 del Tratado de Funcionamiento de la UE, relativo al ámbito de aplicación de los Tratados de la UE, las disposiciones de los Tratados son de aplicación a Gibraltar en la medida de que es un territorio europeo cuyas relaciones exteriores son asumidas por una Estado Miembro (el Reino Unido).

El Tribunal de Justicia de la UE, también considera Gibraltar como una colonia, como ha afirmado en varias sentencias, la más reciente de 13 de junio de 2017.

Sin embargo, la aplicación de los Tratados está sujeta a una serie de características especiales definidas en el Acta de Adhesión de Dinamarca, el Reino Unido e Irlanda de 1972, que excluye a Gibraltar de:

-la Unión Aduanera

-la Política Comercial Común

-la Política Agrícola Común y la Política Pesquera Común

-la obligación de recaudar el IVA.

Gibraltar no forma parte del Espacio Schengen al igual que el Reino Unido.

BREXIT

Dado que el Derecho de la Unión Europea solo se aplica en el Peñón gracias a la pertenencia del Reino Unido a la UE, la salida del Reino Unido de la UE implica necesariamente la de Gibraltar. Así se recoge en el punto 4 de las orientaciones del Consejo Europeo de 29 de abril de 2017 sobre el BREXIT, y también en las instrucciones de la Comisión Europea.

Sobre las relaciones que después del BREXIT vaya a mantener Gibraltar con la Unión Europea, hay que estar a lo dispuesto en el punto 24 de las orientaciones, que dice literalmente: “Una vez que el Reino Unido haya abandonado la UE, ningún acuerdo entre la UE y el Reino Unido podrá aplicarse al territorio de Gibraltar sin acuerdo entre el Reino de España y el Reino Unido”. Esto rige también para el período transitorio que eventualmente se acuerde, como se recoge en las orientaciones de 15 de diciembre y las instrucciones a la Comisión de 29 de enero de 2018.

Declaraciones ya realizadas en el 2019, en la Comisión de la ONU, toda una declaración de intenciones, de cual es el postulado del actual Gobierno del Peñon de Gibraltar y la fragilidad y poca contundencia del Gobierno Español.

Gibraltar cito a Franco en la ONU para defender la autodeterminación y reclamar un Brexit “sensato”.

El Viceministro principal de Gibraltar, Joseph García, ha recurrido este martes al dictador Francisco Franco para defender el derecho de autodeterminación para los gibraltareños y reclamar un Brexit “sensato” porque, según ha abogado, “la frontera” no puede volver “a emplearse jamás como un arma política”

García ha sustituido a Fabian Picardo ante la Cuarta Comisión de la ONU, dedicada a la descolonización, durante la cual España se ha mostrado abierta al diálogo con Reino Unido sobre la cuestión de la soberanía del Peñón.

“España, insisto, está abierta al diálogo”, ha remarcado el embajador español ante Naciones Unidas, Agustín Santos, que ha recordado la resolución 2429 de la XXIII Asamblea General de Naciones Unidas que pidió al Reino Unido, como potencia administradora, que pusiera término a la situación en Gibraltar antes del 1 de octubre de 1969, y declaró que el mantenimiento de dicha situación es contrario a los propósitos y principios de la Carta.

En esta línea, ha denunciado que la situación de Gibraltar es una ocupación ilegítima y una violación de la integridad territorial de un estado miembro de Naciones Unidas que, además, conlleva implicaciones negativas en las condiciones socioeconómicas de los habitantes de las zonas afectadas.

“Nunca aceptaremos esta ocupación, que es ilegal según el Derecho Internacional”, ha recalcado Santos, que no obstante ha trasladado el compromiso de España para dialogar con Reino Unido sobre la soberanía del Peñón.

El vicepresidente principal de Gibraltar, por su parte, ha reclamado nuevamente la retirada del Peñón de la lista de Territorios No Autónomos, de la que forma parte desde 1946, y ha denunciado que la demanda de autodeterminación ha sido ignorada reiteradamente. “Parece como si no existiéramos”, ha apostillado.

Durante su intervención en Nueva York, el viceministro principal de Gibraltar ha esgrimido la decisión del “gobierno fascista del general Franco” en 1969 de cerrar la frontera de España con Gibraltar para destacar que esta circunstancia hizo “más fuertes” a los gibraltareños, cimentó “aún más” su identidad como pueblo y reforzó su resolución “de no renunciar nunca” a su soberanía y su derecho a la autodeterminación.

“Las tácticas de coerción demostraron ser completamente contraproducentes”, ha enfatizado García, que ha reclamado que “la frontera no debe volver a emplearse jamás como un arma política”.

En este sentido, ha recordado que Gibraltar se enfrenta a finales de mes a su posible salida de la Unión Europea como consecuencia del Brexit, a pesar de que una “abrumadora mayoría” de los gibraltareños quieren permanecer en ella, y ha recurrido a los acuerdos pactados con España ante este escenario: cuatro Memorandos de Entendimiento que abarcan medio ambiente, tabaco, cooperación en defensa de la ley y derechos de los ciudadanos, así como un Acuerdo Fiscal.

“Resulta claro que con buena fe y respeto mutuo es posible encontrar soluciones positivas”, ha alegado al respecto, para a continuación destacar que esto redunda “en el interés de ambas partes” como demuestra, ha ejemplificado, que Gibraltar sea ya “un importante motor económico” para España o que más de 15.000 personas vivan en España y trabajen en el Gibraltar, que además adquiere bienes y materiales de España por valor de más de 1.500 millones de euros al año.

“Resulta claro que con buena fe y respeto mutuo es posible encontrar soluciones positivas”, ha alegado al respecto, para a continuación destacar que esto redunda “en el interés de ambas partes” como demuestra, ha ejemplificado, que Gibraltar sea ya “un importante motor económico” para España o que más de 15.000 personas vivan en España y trabajen en el Gibraltar, que además adquiere bienes y materiales de España por valor de más de 1.500 millones de euros al año.

En esta línea, ha incidido en el derecho del Peñón a reclamar su autodeterminación y ha alegado que “los deseos del pueblo de Gibraltar, expresados de manera libre y democrática, deben estar por encima de todo”. “Hoy en día, no puede haber ninguna otra alternativa”, ha concluido.

En cualquier caso, ha recordado que el Derecho Internacional obliga a las Naciones Unidas a “colaborar” con Gibraltar y se ha puesto a disposición de la Comisión y el Comité de los 24 (Comité Especial de Descolonización de la ONU) para “trabajar juntos” con el objetivo de “garantizar” la retirada de la lista de Territorios No Autónomos.

Pedro Sánchez dio un paso más en la entrega de Gibraltar. Y ya, ni siquiera, a Reino Unido. Ahora, realmente, la entrega es prácticamente a la propia colonia británica, que con el acuerdo del Brexit y la renuncia de España a pelear por el Peñón, se constituye casi como un paraíso fiscal con interlocución decisiva ante España. Justo la antítesis de la realidad legal que ampara a España, pero que el Gobierno socialcomunista se niega a reclamar.

Fabián Picardo ha agradecido públicamente el nuevo clima de entendimiento con el Gobierno de España. Y es normal que esté contento con el trato de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Porque España ha desaprovechado definitivamente la enorme fuerza de la negociación del Brexit para reclamar la cosoberanía del Peñón. El Gobierno de Mariano Rajoy logró, en época de José Manuel García Margallo al frente de Exteriores, una posibilidad de veto del acuerdo para España en caso de que el régimen pactado sobre Gibraltar no respetara las exigencias nacionales. El nuevo Gobierno definitivamente ha renunciado a esa potestad y no será fácil que vuelva a tener una oportunidad de reclamar la cosoberanía a Reino Unido con una fuerza tan clara y evidente.

El Gobierno ha perdido esa oportunidad. Pedro Sánchez permite que Gibraltar mantenga su régimen sin cambios, pero ahora con su país soberano fuera ya de la UE. Es decir, que las negociaciones con Reino Unido concluyen por parte de la UE y lo hacen sin que España haya bloqueado el acuerdo del Brexit -especialmente el comercial- hasta que se hubiese cumplido el régimen del istmo, aeropuerto y cosoberanía que la propia ONU respalda.

El daño realizado por Pedro Sánchez está aún por verse en la práctica. Pero cada disputa que haya a partir de ahora con el Peñón será una cuestión bilateral entre España y Reino Unido. Y casi entre España y Gibraltar, si Reino Unido decide marginar a España obligándole a tratar directamente con Picardo.

El acuerdo perfilado con Reino Unido con motivo del Brexit recoge todo un abanico de cesiones sobre el Peñón no visto desde la firma del Tratado de Utrecht. La principal de estas cesiones fue ya previa, en la parte de las negociaciones mantenida en 2019, también bajo el mandato de Pedro Sánchez. Y consistió en el reconocimiento de unas supuestas “autoridades gibraltareñas” con capacidad negociadora, cosa que no había ocurrido hasta ese momento y que ha marcado todo el devenir del acuerdo definitivo, básicamente porque España no ha decidido poner pie en pared y reclamar la cosoberanía del Peñón.

Los puntos aceptados en materia de fiscalidad y protección de los intereses financieros entre España y el Reino Unido se han basado en ese reconocimiento de unas supuestas autoridades gibraltareñas con capacidad negociadora sobre materias que requieren de soberanía. Y ahora, la vuela atrás a esa situación será muy compleja.

Hasta el momento, España sólo aceptaba acuerdos respaldados por la soberanía británica. La ONU mantiene la exigencia a Reino Unido de proceder a la descolonización de Gibraltar. Y, por lo tanto, esa descolonización debería dejar la soberanía del Peñón a España. Ahora, el reconocimiento de otras supuestas autoridades puede ser interpretado como una cesión en el orden de espera por el retorno de Gibraltar.

Hay que recordar que el acuerdo definitivo procede de las cesiones realizadas ya en época de Josep Borrell que, tras la firma del Acuerdo Internacional en 2019, fue el primero en destacar su importancia por ser el primero que se firmaba con este rango desde el Tratado de Utrecht. Y en él, Sánchez cedía, además, en la histórica reclamación española sobre el Aeropuerto de Gibraltar, que igualmente ha quedado aparcada pese a contar igualmente con apoyo de la legislación internacional.

Otro punto que se incluye en la lista de cesiones de Pedro Sánchez es el de una concesión de facto, un privilegio a las sociedades offshore del Peñón en toda la zona colindante con Gibraltar. Una de las propuestas que mantuvo España en la mesa con el anterior Gobierno del PP fue la de incluir Gibraltar y todo el área colindante en una zona especial a efectos fiscales y comerciales, de forma que el tratamiento gibraltareño -muy reducidos impuestos societarios- beneficiase igualmente a las poblaciones colindantes. A cambio, esa zona especial debía eliminar de una vez por todas una característica propia del sistema del Peñón: su fuerte opacidad fiscal y empresarial. El objetivo de esa propuesta era evitar el vampirismo empresarial que ejerce el Peñón sobre el resto de territorios vecinos, algo que ha llevado a que las diferencias de renta per capita entre las localidades ajenas a Gibraltar y el Peñón sea de hasta 1 a 6. También esa pretensión se ha abandonado y entregado.

En declaraciones del 20 de enero de 2021 La ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, detallo que los compromisos alcanzados entre España y el Reino Unido sobre la relación con Gibraltar en un acuerdo que supone un “punto de inflexión” en la relación y permite cambiar los conceptos de “honor y humillación” por la “corresponsabilidad y la interdependencia”.

Así lo explico González Laya en el Congreso en su comparecencia ante la comisión mixta para Asuntos de la UE, en la que ha explicado tanto el Acuerdo de Relación Futura entre el Reino Unido y la UE, como el principio de acuerdo en relación con Gibraltar que supone pasar “de la palabrería a los hechos”, da respuesta a las demandas del Campo de Gibraltar y “avanzar por primera vez en el terreno práctico los intereses nacionales, recuperando control en esta zona”.

Se trata, explico de conseguir que el futuro Gibraltar no sea una cuestión que enfrente al Reino Unido y España sino “un vínculo positivo que nos obligue a cambiar dinámicas” para conseguir una relación sólida y beneficiosa para ambas partes.

Para ello ha sido preciso “aparcar las cuestiones de soberanía durante el tiempo necesario hasta que las circunstancias nos permitan abordarlas en beneficio de todos”, ha señalado.

En su opinión, “la paradoja sería que tras el Brexit, la UE contribuiría a encauzar una cuestión irresuelta durante tres siglos. En vez del histórico ‘más vale honra sin barcos que barcos sin honra’, la UE nos está ayudando a salvar los barcos al tiempo que cambiamos los conceptos de ‘honor y humillación’ por otros como la corresponsabilidad y le gestión conjunta de la interdependencia”.

La ministra subrayo que el buen funcionamiento de este acuerdo permitirá a españoles y gibraltareños “descubrir muchos elementos que nos unen y explorar nuevos cauces para abordar los muchos intereses comunes que compartimos, desde el respeto a cómo cada uno se ve a sí mismo”.

Y tras apuntar que “solo el desarrollo armónico y la prosperidad de ambas orillas garantizan el futuro de cada una” ha sugerido que “así como la prosperidad de la orilla europea necesita de esta imbricación entre Gibraltar y el Campo sobre bases saludables, la prosperidad de la orilla africana será una quimera si no se promueve una visión similar entre Ceuta y Melilla y las regiones vecinas marroquíes”.

En su exposición, la ministra ha detallado principios en materia de movilidad, seguridad de las fronteras, control de aduanas, transporte aéreo, terrestre y marítimo, competencia justa, medio ambiente, coordinación de Seguridad Social y derechos de los ciudadanos.

González Laya ha calculado que la negociación para lograr el nuevo Acuerdo entre la UE y Reino Unido relativo a Gibraltar tardará aproximadamente seis meses durante los que las relaciones se regirán mediante las medidas de adaptación acordadas por el Consejo de Ministros y por los “elementos de flexibilidad” previstos por la UE para “evitar una situación traumática en la zona”.

Alerta diplomática por las concesiones del Gobierno en Gibraltar

Diversos medios muestran su preocupación de que «derribar la Verja» termine de perpetuar el régimen fiscal asimétrico y la mano de obra española cautiva en la colonia británica

El «principio de acuerdo» con Reino Unido en relación a Gibraltar ha provocado preocupación y perplejidad en medios diplomáticos consultados por este diario que no aciertan ha explicarse de qué manera las negociaciones han podido finalizar con la aceptación de todas las exigencias de la colonia británica sin que ésta haya tenido que realizar ninguna contraprestación.

Durante todo ese tiempo puede pasar de todo pero lo cierto es que, por los datos que se conocen hasta el momento, parece que serán agentes de Frontex agentes no españoles de Frontex, se entiende los que se encarguen de los controles de entrada en espacio Schengen en el puerto y el aeropuerto de Gibraltar. España será país responsable pero carecerá al parecer de capacidad ejecutiva para garantizar las estrictas medidas que se exigen para la entrada en este espacio de libre circulación de personas y mercancías.

¿Cómo se garantizará entonces la seguridad del perímetro del aeropuerto construido en el istmo del Peñón? Más allá de lo impactante y satisfactorio (para líderes políticos de izquierda) que es hablar del «derribo» de «muros» en la era post Trump, lo cierto es que la Verja fue construida por los británicos en 1908 en terreno ocupado ilegalmente por Reino Unido.

Tampoco quedó claro tras escuchar a la ministra como se puede conjugar el «derribo» de la Verja con el articulado del Tratado de Utrech, que es el único instrumento jurídico que justifica la presencia británica en territorio español y que prohíbe expresamente el contacto por tierra entre Gibraltar y el resto de España. Uno cosa es que el Gobierno decida puntualmente permitir por diversas consideraciones la fluidez en la Verja y otra que renuncie para siempre a poder ejercer cualquier control aduanero o de otro tipo en el futuro. En definitiva el «principio de acuerdo», anunciado por cierto la víspera del único día del año sin prensa diaria en España más que una «puerta abierta a la esperanza», parece «una puerta abierta a la incógnita».

Diplomáticos arrojan alguna luz, sobre esta cuestión llaman la atención sobre otro punto que suele pasarse por alto: la existencia de una base militar británica en la que se realizan actividades nucleares sobre las que el Gobierno español no tiene información alguna.

¿De verdad se puede esperar que un comandante de un submarino nuclear británico tenga que sellar su pasaporte ante agentes de Frontex para acceder a la base de Gibraltar?

¿Y una vez dentro de ella, cómo se va a controlar su acceso, no solo a España, sino al resto de los 26 países que componen el espacio?

Pero más que este cúmulo de incertidumbres, en un aspecto tan importante como los compromisos adquiridos por España, ante el resto de países del área Schengen en lo que a la seguridad de nuestras fronteras se refiere, en medios diplomáticos preocupa la completa asimilación de la retórica en referencia a una «zona de prosperidad compartida» repetida por las autoridades locales de Gibraltar y por las terminales sindicales y asociativas de Picardo que en España «colaboran» con la colonia repitiendo sus consignas.

¿En un país con 5 millones de parados, no podemos asegurar la asistencia y realizar las inversiones necesarias para garantiza el bienestar del puñado de miles de españoles que trabajan manteniendo la economía en Gibraltar?

La respuesta que se suele dar a esta pregunta apunta al interés del PSOE, en mantener un feudo electoral como el Campo de Gibraltar, pero parece poco probable que una masa electoral tan exigua pueda justificar unas concesiones tan abultados a Picardo, sin ninguna contraprestación aparentes. El hecho de que el Partido Socialista en Andalucía haya sido durante décadas un pozo sin fondo de corrupción, unido a que Gibraltar es uno de los paraísos fiscales más opacos del planeta, no invita precisamente al optimismo en este sentido.

Es pertinente recordar que Hacienda estima en 1.000 millones de euros al año el coste para las arcas públicas de este enclave de 7 kilómetros cuadrados en el que se alojan 30.000 sociedades mercantiles (datos 2019).

Mientras, en la colonia británica la satisfacción es evidente. Gracias a la «sensibilidad inédita» de la ministra de Exteriores González Laya, Fabian Picardo ha visto como la maldición del Brexit se convertía finalmente en un sueño hecho realidad: España ha perdido una oportunidad histórica para reclamar la soberanía de la última colonia existente en Europa y se abre un camino asfaltado y libre de impedimentos para que el Peñón consolide su estatus y un sistema fiscal asimétrico respecto a nuestro país que le ha convertido en el tercer enclave con mayor PIB per cápita del mundo tras Luxemburgo y Qatar.

Más allá de lo que defienden asociaciones de trabajadores españoles con evidentes lazos con las generosas autoridades del Peñón, la factura del derribo de la Verja la pagará la mano de obra cautiva del Campo que solo puede encontrar trabajo en empresas gibraltareñas, «dopadas» gracias a un régimen fiscal que consagra una competencia desleal contra la que las empresas españolas no pueden hacer nada. «En el resto del mundo la esclavitud y colonización son cosas del pasado pero nosotros parece que hemos llegado a la conclusión de que necesitamos en pleno siglo XXI que nos colonicen para progresar», resumía un diplomático español.

El acuerdo sobre Gibraltar tras el ‘brexit’ deja a España sin bazas para reclamar la cosoberanía. Paradójicamente, el Peñón estará ahora más integrado en la UE que antes del ‘brexit’.

Pedro Sánchez ha dado un giro a la política diplomática española. El principio de acuerdo con Reino Unido ha orillado la histórica reivindicación de la cosoberanía del Peñón. Si el documento final no aloja novedades importantes, se consumará la siguiente paradoja: tras el brexit, Gibraltar estará más integrado en Europa que antes.

Su inclusión en Schengen -libre circulación de personas y la desaparición de la verja conforman una nueva realidad muy atractiva para las autoridades gibraltareñas.

Moncloa y el Ejecutivo británico alcanzaron su acuerdo a punto de expirar el plazo. Un brexit duro habría sido nefasto para los trabajadores españoles que cruzan la frontera cada día alrededor de 14.000, pero también para Gibraltar.

Para más inri, la protección de esos trabajadores ya estaba garantizada por un acuerdo anterior, confeccionado para aplacar las consecuencias del brexit.

De ahí que, contemplado el saldo del negocio, quede ese poso de histórica oportunidad perdida. España tenía más elementos que nunca para ejercer la presión sobre Reino Unido, pero levantó la bandera blanca. Dilapidados esos alicientes, este Gobierno y los venideros se quedan sin munición.

A tenor de lo sabido hasta ahora, la frontera aduanera residirá en el puerto y en el aeropuerto. Desaparecerá la verja, cuyo trazado actual fue decidido por los británicos en 1938, cuando España estaba sumida en la Guerra Civil. ¿Esto qué significa?

En caso de que el acuerdo final no incluya una armonización fiscal, el producto gibraltareño que viaje a España competirá en superioridad de condiciones. Por otro lado, la ausencia de un control hasta ahora la verja dará alas al contrabando.

Así lo explica Fernando Eguidazu, secretario de Estado para la Unión Europea entre 2015 y 2016: “Cuando se negociaba el acuerdo entre Reino Unido y Europa, la UE fue clara. No podía suprimir los aranceles si Johnson no se comprometía a el mismo nivel fiscal. Lo mismo debe ocurrir con Gibraltar”.

José Manuel García-Margallo recibió varios mensajes de eurodiputados de otros países. Alguno, incrédulamente, le han dicho: “¿Sois gilipollas? Les habéis dado todo sin recibir nada a cambio”.

“Hemos entregado todas las prestaciones que teníamos para negociar. Si Gibraltar entra en Schengen y en la unión aduanera, ¿Cómo vamos a reclamar la cosoberanía? ¿Por qué les va a interesar? Les hemos garantizado una estatalidad de facto. Parece Mónaco, Liechtenstein o Andorra”.

Margallo denuncia, además, que esa “estatalidad” es la que viene buscando desde hace años Fabián Picardo, ministro del Peñón. “Esto es un punto de no retorno. Por supuesto. Supone renunciar a la soberanía para siempre”.

El hoy eurodiputado del PP critica al Gobierno por calificar el acuerdo de “moderno” y “progresista”: “¿Es moderno tener una colonia en tu territorio en 2021? Sólo hay 17 en todo el mundo. Una es el Sáhara en África; el resto, islas del Caribe. ¿Es progre tener un paraíso fiscal en las puertas de casa?”.

Margallo, cuando estuvo al frente de la cartera, ofreció la doble nacionalidad, respetar el autogobierno de las instituciones gibraltareñas y la entrada en Europa a cambio de la cosoberanía. Un proyecto que no fue apoyado finalmente siquiera por la propia cúspide del PP. Ahora, Gibraltar ha obtenido esa entrada en Europa por lo menos en la práctica sin negociar nada de lo primero.

Gibraltar: el principal problema territorial de la UE y el Reino Unido espera un nuevo estatus.

Cuando Gran Bretaña entró en la Comunidad Económica Europea, ahora la Unión Europea (UE), en 1973, Gibraltar también fue incluido como un territorio europeo cuyos asuntos exteriores dependían de Gran Bretaña.

Gibraltar está excluido de la Unión Aduanera de la UE, los tratados fiscales y la Política Agrícola Común.

La soberanía de la región autónoma de Gibraltar en el sur de España, que figura en la lista de “países no autónomos” de las Naciones Unidas (ONU), fue transferida a Inglaterra por España con el Tratado de Utrecht firmado en 1713.

Si bien España argumenta que no hay ninguna disposición legal sobre el estrecho y las aguas territoriales de Gibraltar en ese acuerdo, Inglaterra afirma que Gibraltar en su conjunto fue otorgado a este.

Por un lado, España respalda las decisiones de la ONU respecto a la integridad territorial y descolonización de Gibraltar, mientras que Gran Bretaña sostiene que la península tiene derecho a determinar su propio estatus político.

La mera ocupación de facto continuada por los británicos no cumple los requisitos del Derecho Internacional para la adquisición de soberanía.

En la Declaración de Lisboa de 1980, ambos Gobiernos se comprometían a resolver el problema de Gibraltar en un espíritu de amistad y de acuerdo con las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas.

Posteriormente, la Declaración de Bruselas de 1984 desarrolló la de Lisboa: España y el Reino Unido sentaron las bases de un nuevo proceso negociador para solucionar todas las diferencias sobre el Peñón, incluidos los asuntos de soberanía. Hubo también intensas negociaciones en el período 2001-02, que no llegaron a buen término.

El status de Gibraltar y la disputa sobre la soberanía de las aguas y sobre el Istmo tienen un impacto directo en algunos expedientes de la UE (asuntos de justicia e interior, medioambiente, aviación, etc.) ya que España no reconoce la ocupación del Istmo ni la Verja como frontera. En materia de aviación civil, para permitir la aplicación de la normativa UE y de los Acuerdos con terceros, hemos hecho propuestas constructivas para encapsular el problema del aeropuerto de Gibraltar, construido por Reino Unido en el Istmo.

El Tribunal de Justicia de la UE, también considera Gibraltar como una colonia, como ha afirmado en varias sentencias, la más reciente de 13 de junio de 2017.

Hasta la fecha ha habido dos referéndum sobre derechos soberanos de Gibraltar.

En el primer referéndum celebrado en 1967, los gibraltareños afirmaron que querían permanecer como parte de Gran Bretaña, con una tasa muy alta del 96%.

En el referéndum celebrado por la administración autónoma de Gibraltar en 2002, el 98,97% de la población de Gibraltar se opuso a la soberanía conjunta de la región entre Gran Bretaña y España.

Dado que el Derecho de la Unión Europea solo se aplica en el Peñón gracias a la pertenencia del Reino Unido a la UE, la salida del Reino Unido de la UE implica necesariamente la de Gibraltar. Así se recoge en el punto 4 de las orientaciones del Consejo Europeo de 29 de abril de 2017 sobre el Brexit, y también en las instrucciones de la Comisión Europea.

Sobre las relaciones que después del Brexit vaya a mantener Gibraltar con la Unión Europea, hay que estar a lo dispuesto en el punto 24 de las orientaciones, que dice literalmente: “Una vez que el Reino Unido haya abandonado la UE, ningún acuerdo entre la UE y el Reino Unido podrá aplicarse al territorio de Gibraltar sin acuerdo entre el Reino de España y el Reino Unido”. Esto rige también para el período transitorio que eventualmente se acuerde, como se recoge en las orientaciones de 15 de diciembre y las instrucciones a la Comisión de 29 de enero de 2018.

El texto del acuerdo entre España y el Reino Unido prevé demoler la verja de Gibraltar

El documento que recoge el pacto, prevé la demolición de cualquier “barrera física” (la Verja) entre la colonia británica y España y un sistema de doble llave (en manos gibraltareñas y españolas) para entrar a través del puerto y aeropuerto del Peñón.

El texto, distribuido a los paises de la UE, contiene las directrices para negociar un tratado entre la Comisión Europea y el Reino Unido sobre Gibraltar que debe entrar en vigor en seis meses. Estos son sus principales puntos:

Soberanía. Los artículos 1 y 3 del acuerdo subrayan que su contenido “no prejuzga la cuestión de la soberanía y la jurisdicción” de Gibraltar y que el futuro tratado salvaguardará “las respectivas posiciones de España y el Reino Unido” en esa materia. En su carta de presentación del pacto, el embajador británico ante la UE reclama medidas efectivas para evitar nuevas barreras con Gibraltar mientras el futuro tratado entra en vigor.

Movilidad. “El futuro acuerdo UE-Reino Unido contendrá disposiciones para permitir la aplicación a Gibraltar de las partes más relevantes del acervo Schengen necesarias para alcanzar la eliminación del control de movimiento de personas entre Gibraltar y el área Schengen, removiendo todas las barreras físicas”, señala el texto pactado entre Londres y Madrid.

Papel de España. “España, como Estado vecino miembro de Schengen, será responsable de la implementación […]de los controles Schengen. Reino Unido (Gibraltar) no [los] implementará”. El texto insiste en que “España será responsable ante la UE de la aplicación” del acuerdo Schengen en Gibraltar, “incluido el código de fronteras y la protección de sus límites exteriores”.

Doble llave de entrada. Gibraltar decidirá primero si autoriza o deniega la entrada al visitante, usando su propia base de datos. España decidirá después si autoriza o deniega la entrada en el área Schengen (en la que se integra Gibraltar), utilizando la base de datos Schengen. “Ambas decisiones serán acumulativas”; es decir, se requieren los dos permisos para entrar en el Peñón.

Puerto y aeropuerto. “España y Gibraltar harán los controles de personas y equipajes en las instalaciones del puerto, además de otros controles sobre cruceros y puerto deportivo”. Similar procedimiento se aplicará a las llegadas por vía aérea. “Ofíciales españoles y gibraltareños compartirán oficinas en una instalación en el aeropuerto creada con este fin”, especifica el texto.

Periodo de transición. Durante un “razonable periodo de implementación” de cuatro años, España “pedirá asistencia operacional de la Agencia Europea de Fronteras y Guarda Costas (Frontex) para tareas relacionadas con los controles Schengen y la protección de las fronteras exteriores”, estableciéndose una misión conjunta. En el caso de que, transcurridos los cuatros años, alguna de las partes (España o Reino Unido, incluidos los gibraltareños) “no esté satisfecha con los resultados”, el acuerdo se dará por terminado, previa celebración de consultas.

Régimen de visados. Embajadas y consulados españoles serán competentes para expedir visas Schengen de corta duración (hasta 90 días) para entrar en el espacio europeo sin fronteras a través de Gibraltar. España informará a Gibraltar de las visas concedidas y el Peñón “deberá alinearse con la política de visados de la UE”. Los visados de larga duración (más de 90 días) para quienes tengan permiso de residencia en Gibraltar también serán concedidos por embajadas o consulados españoles, según las normas Schengen, aunque se podrían remitir al interesado a través de la correspondiente embajada británica. España también será la que conceda el ETIAS (sistema que identifica potenciales de riesgo en los viajes de ciudadanos) para poder entrar en la zona Schengen a través de Gibraltar. Se trata de un permiso de viaje requerido a partir de 2022 para los ciudadanos de países que no necesiten visado.

Permisos de residencia. Las autoridades del Peñón podrán dar permisos de residencia que “solo serán válidos para residir en Gibraltar”, advierte el texto. “Las autoridades gibraltareñas deberán tener en cuenta una eventual oposición por parte de España”, añade. Además, el Gobierno del Peñón debe garantizar que su política de permisos de residencia se adecua a los estándares españoles y europeos “y se basa en la existencia de vínculos reales con Gibraltar”.

Devolución y asilo. A los rechazados en la frontera de Gibraltar, se les aplicarán las normas Schengen sobre devolución al país de partida. Las autoridades gibraltareñas serán las competentes para la concesión del asilo, pero su decisión estará sujeta a consulta con la Comisión Europea para comprobar que es acorde con la legislación de la UE.

Cooperación judicial y policial. España y Gibraltar harán una vigilancia conjunta de las fronteras exteriores a través de una fluida cooperación judicial y policial, que se reforzará.

Unión aduanera. El futuro tratado incluirá una “solución a la medida”, basada en la adaptación a Gibraltar de la unión aduanera de la UE, de la que hasta ahora estaba excluida. Se eliminarán, por innecesarios, los controles aduaneros en la Verja pero “serán necesarias medidas que eviten distorsiones en el mercado interior, especialmente en la economía de la región” vecina, Andalucía. Para ello, Gibraltar deberá aplicar “en lo sustancial” los mismos aranceles y política comercial que la UE, lo que incluye derechos aduaneros, IVA, prohibiciones y restricciones por razones de seguridad; así como facilitar a la Unión estadísticas fiables sobre sus importaciones de bienes.

Mecanismo de salvaguarda. Los trámites aduaneros precisos se formalizarán en España, fuera de la Verja, aunque se instalarán puntos de control en el puerto y el aeropuerto de la colonia. Las autoridades aduaneras de España y Gibraltar colaborarán para controlar las importaciones del Peñón. Se pondrá en marcha un mecanismo para monitorizar la aplicación de la legislación aduanera de la UE y, en caso de incumplimiento, se podrían reintroducir los controles. “Eliminar las barreras físicas entre España y Gibraltar requerirá reforzar la armonización. Dado el pequeño volumen del tráfico de mercancías de Gibraltar a la UE, los trámites no deberían implicar una excesiva carga administrativa”,

Tabaco. El acuerdo subraya la necesidad de desarrollar impuestos especiales para “productos sensibles” (tabaco, alcohol y fuel) y adoptar medidas que garanticen la igualdad de condiciones y “aseguren la trazabilidad de los productos del tabaco”. “Acuerdos administrativos entre España y las autoridades de Gibraltar desarrollarán su cooperación mutua en esta área”.

Medio ambiente. ”Gibraltar no adoptará ni mantendrá ninguna medida que debilite el nivel de protección medioambiental de la UE. La cooperación mutua en esta materia se reforzará”, señala.

Fondo de cohesión. El acuerdo podría incluir la creación de un mecanismo financiero de cohesión entre Gibraltar y el Campo de Gibraltar en materia de formación y empleo. “Los fondos de la UE podrían contribuir a este mecanismo”, señala.

Trabajadores transfronterizos. La definición será lo más amplia posible y abarcará tanto a trabajadores por cuenta propia como ajena. Se les garantizará igualdad de trato con los nacionales respecto al empleo, retribución y condiciones de trabajo. Su permiso de trabajo les dará acceso preferente al mercado laboral, sin importar su situación y sin limitaciones por ocupación, pudiendo cambiar de empleador. La solicitud de permiso podrá presentarla tanto el empleador como el trabajador y la mera presentación de la solicitud podría incluir el derecho a desplazarse para buscar empleo. Recibirán un documento físico que les acreditará como trabajadores transfronterizos.

Seguridad Social. El acuerdo incluirá un capítulo sobre coordinación de Seguridad Social de quienes trabajen en Gibraltar y residan en España y viceversa. Las previsiones serán similares a las del tratado entre la UE y el Reino Unido y nunca inferiores, en protección y derechos, a las del tratado de retirada.

Datos personales. Para facilitar el flujo de datos personales, el acuerdo prevé que la legislación europea en esta materia se siga aplicando a Gibraltar, adaptándose a los cambios.

Disputas. Las diferencias en la aplicación del acuerdo se someterán al arbitraje del mecanismo de gobernanza del tratado general entre Londres y Bruselas sobre el Brexit.

Discurso de Fabián Picardo sobre el acuerdo de Gibraltar, Reino Unido y España. (El 31 de diciembre del 2020)

Mis queridos conciudadanos gibraltareños, esta Nochevieja podemos mirar hacia adelante con expectación y esperanza.

Creemos que ahora podemos reestablecer nuestra relación con España y proyectarla de forma más positiva hacia el futuro. Después de muchos meses de duro trabajo, hemos llegado a un principio de acuerdo con el Reino Unido y España. El acuerdo es para un marco propuesto para un acuerdo o tratado entre el Reino Unido y la Unión Europea sobre la futura relación de Gibraltar con la UE. Ese acuerdo regirá la relación entre Gibraltar y la Unión Europea en las cuestiones de competencia de la Unión Europea.

El embajador británico en la misión del Reino Unido ante la Unión Europea ha escrito al presidente de la Comisión Europea confirmando el deseo del Reino Unido de que se negocie dicho acuerdo y que la Unión Europea busque un mandato a tal efecto. España ha confirmado que también se ha puesto en contacto con la Comisión Europea con ese fin.

Como hemos estado tratando de conseguir, el tratado que se negociará tratará de maximizar la movilidad sin restricciones de las personas entre Gibraltar y el espacio Schengen. España, como Estado miembro vecino de Schengen, será responsable, en lo que respecta a la Unión Europea, de la aplicación de Schengen. Esto se gestionará mediante la introducción de una operación de Frontex para el control de los puntos de entrada y salida del espacio Schengen en los puntos de entrada a Gibraltar. Estas disposiciones se establecerán inicialmente por un período de cuatro años. También tratará de abordar la movilidad máxima y sin restricciones de las mercancías entre Gibraltar y la Unión Europea.

Asimismo trataremos de llegar a un acuerdo sobre cuestiones relacionadas con el medio ambiente, la competencia leal, la coordinación de la seguridad social, los derechos de los ciudadanos, los datos y los asuntos relacionados con el reconocimiento continuado de documentos y otras cuestiones accesorias. Estas son las cuestiones que importan a las personas, a nuestros ciudadanos en general, y a nuestros trabajadores en particular, a nuestras empresas y a nuestros empresarios, nuestros creadores de riqueza. No ha sido fácil y hemos llegado al límite. Estamos tan cerca del límite, de hecho, que creo que todos los que participamos en las negociaciones sentimos la cuchilla del límite cortándonos las carnes cuando terminamos los acuerdos en las primeras horas de esta mañana. Tuvimos que hacerlo, para asegurarnos de que no falláramos en la defensa de todos los asuntos que son de gran importancia para nosotros. Pero ahora, casi en el último minuto, la negociación ha terminado con éxito y el reloj ha dejado de correr. Vamos a evitar los peores efectos de un Brexit duro. Pero, por supuesto, ir a la cuerda floja significa que puede haber muchos cabos sueltos que resolver con muy poco tiempo. Así que, por favor, tengan paciencia, ya que ahora tenemos que hacer efectivas las disposiciones para mejorar las medidas transitorias, una vez que finalicen las negociaciones de este tratado. No hay ningún aspecto del marco acordado que transgreda de alguna manera las posiciones de Gibraltar sobre la soberanía, la jurisdicción o el control, y no es sólo mi opinión. También es la opinión de todos los miembros del Consejo de Ministros de Gibraltar a los que he informado esta mañana. También me lo ha confirmado específicamente por escrito el fiscal general de Gibraltar, Michael Llamas.

Quiero agradecer a todos los ministros de mi gobierno por su consejo y apoyo en la negociación de estos acuerdos. En particular, debo agradecer al Viceministro Principal, Joseph García, por su trabajo junto a mí en el equipo de negociación de Gibraltar. También debo agradecer a Sir Joe Bossano, por su orientación en cada uno de los debates del Consejo de Ministros sobre este tema. La realidad es que no podríamos haber apoyado un principio de acuerdo de este tipo si la soberanía hubiera estado sobre la mesa. Así que quiero agradecer expresamente al Presidente del Gobierno español, el Primer Ministro Pedro Sánchez, por el enfoque que él y su Gobierno han adoptado en esta negociación. Desde el momento en que abordó por primera vez la cuestión de Gibraltar, el Presidente Sánchez ha insistido en que quería mirar más allá de la sempiterna cuestión de la soberanía. También, por supuesto, quiero agradecer explícitamente a la Ministra de Asuntos Exteriores española, Arancha González Laya, su trabajo, su sensibilidad y sus esfuerzos muy, muy personales para conseguir un marco mutuamente aceptable, así como los esfuerzos del Secretario de Estado español para Europa, Juan González Barba. Lo mismo ocurre con el Primer Ministro Boris Johnson del Reino Unido, con quien he estado en contacto en los últimos meses y que no ha olvidado a Gibraltar en las negociaciones de Brexit.

Esperábamos concluir nuestras deliberaciones a tiempo para la votación de ratificación [del parlamento británico] de ayer y sólo perdimos ese plazo debido al rigor que requería ese momento. En particular, debo dar las gracias al Secretario de Relaciones Exteriores Dominic Raab por su diligencia y compañía en esta negociación, sobre todo en las últimas 24 horas, ya que no dejó piedra por remover para garantizar una conclusión segura de las negociaciones. Ya sea que haya estado en Barnet [suburbio de Londres] o en Bangalore, el Secretario de Relaciones Exteriores ha estado disponible para hablar, discutir y elaborar estrategias para obtener el resultado adecuado para Gibraltar y su pueblo. Tanto el Primer Ministro como el Secretario de Relaciones Exteriores han comprendido la necesidad de una solución diferenciada para la realidad socioeconómica y geográfica de Gibraltar. Nos han dado el margen para poder alcanzar este resultado en el momento oportuno. Y todo esto no habría sido posible en absoluto sin la paciencia, el trabajo duro y el compromiso de nuestros respectivos equipos de negociación. Hemos tenido muchas oportunidades de discutir, debatir e incluso compartir una o dos risas, ya que nos hemos dado espacio para llegar a estos acuerdos. Un genuino agradecimiento a José Pascual, a Hugh, a María Victoria, a Simon, a Pascual, a Michael, Salvador, Albert, Nuño, Matt, Craig, Joanna, y a todos los muchos otros que nos han acompañado en esta primera parte del viaje. Quiero recordar con cariño al antiguo jefe de la oficina de Gibraltar del Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid, Antonio García Ferrer, que falleció en el transcurso de esta negociación.

Señoras y señores, este ha sido un proceso difícil, hemos estado luchando contra la marea de la historia, pero con este principio de acuerdo, esperamos empezar a ver el contorno del futuro. Estamos al comienzo de la creación de un área de prosperidad compartida. Eso es lo que este momento debe representar. Eso es lo que queremos ver: un mayor crecimiento económico. Queremos ver una mayor cooperación. Y queremos ver que una mayor prosperidad se convierta en una realidad material para todo Gibraltar y toda la región que nos rodea. La llegada, al final de la tormenta de Brexit, de un arco iris de oportunidades, que toca las orillas de cada parte de la hermosa bahía alrededor de la cual hemos hecho nuestras vidas y luchado por nuestras políticas. Al entrar en la tercera década del tercer milenio, no podíamos permitir que un retroceso en la movilidad de las personas se convirtiera en la nueva normalidad. A medida que el mundo se une más, no podríamos vernos más aislados del continente físico de Europa. Ese fue el llamamiento del siglo XXI, el llamamiento que todos hemos encontrado irresistible, el llamamiento que debemos a las generaciones futuras, responder con valentía y determinación como lo hemos hecho. Por lo tanto, esperamos que este acuerdo de Nochevieja sea el comienzo no sólo de un feliz año nuevo, sino de muchas décadas, si no de siglos venideros. Espero hacer una declaración más completa en el Parlamento en los próximos días, si la pandemia lo permite.

El Peñón se ha negado en todo momento a la presencia de policía española, ni siquiera en el primer periodo transitorio de seis meses. Consideraba que sería una cesión en su soberanía, algo intocable para Reino Unido. Finalmente, los próximos cuatro años, será Frontex quien asuma la vigilancia. Gibraltar no quería uniformes de la policía española ni en el control de pasaportes ni el de mercancías.

Los próximos seis meses supondrán un periodo de prueba. Un periodo transitorio que será como un contrato en pruebas y que permitirá que se acabe unilateralmente en cualquier momento si una de las partes no está convencida, señalaron desde el equipo negociador. El principio de acuerdo se ha trasladado a Bruselas y tardará aún en ratificarse.

Hacer equilibrios durante los próximos meses para facilitar la situación en Gibraltar, especialmente en la frontera, sin llegar a cometer ninguna infracción en asuntos sensibles, pero utilizando la flexibilidad que otorga el código Schengen sin llegar a estirarlo demasiado. “Tenemos que cuidar este acuerdo para que tenga vida, porque es muy frágil”, señalaron fuentes de Exteriores. Los próximos meses serán claves: una vez Madrid y Londres han alcanzado un pacto ahora es el turno de que Bruselas haga la orfebrería legal. Hasta que ese trabajo esté concluido el acuerdo estará haciendo equilibrios en el alambre.

Gibraltar ya ha sustituido la bandera de la Unión Europea por la de la Commonwealth, como se puede comprobar una vez cruzada la verja que separa La Línea de la Concepción (Cádiz) de Gibraltar.

Todo el mundo, a ambos lados de la verja, viven con incertidumbre los acuerdos posibles a cuatro bandas: Gibraltar, el Reino Unido, España y la Comisión Europea.

Los residentes en España y que coticen en Gibraltar podrán acceder a prestaciones por desempleo hasta 2022. Con este régimen transitorio, el Gobierno garantiza el acceso a la prestación por desempleo española a los europeos que se desplacen diariamente a Gibraltar a trabajar hasta el 31 de diciembre de 2022.

Se puede, pero hay que cumplir con una serie de trámites. Y es que uno de los grandes problemas con el brexit será el aumento de burocracia. La solicitud para trabajar en el país a partir del 1 de enero se realizará a través de internet y, como era de esperar, no es gratis. Varía entre las 610 y las 1.408 libras, en función de las circunstancias y el tiempo que se quiera permanecer en el Reino Unido. En el caso de España (y para el resto de los Estados miembros) el precio son 55 libras.

Los residentes en el Reino Unido seguirán recibiendo atención sanitaria siempre y cuando estén dados de alta en el sistema público de salud británico. Eso sí, los migrantes que lleguen a partir de 2021 tendrán que abonar una tasa de 624 libras anuales. Por otro lado, los ciudadanos británicos en España mantendrán la tarjeta sanitaria siempre y cuando haya reciprocidad entre los países.

En España, el acuerdo del brexit ha sido acogido de diferente forma en función del sector al que se pregunte. Por una parte, la industria automovilística recibe con buenos ojos el pacto, precisamente porque se da una seguridad que sin él no existiría. No pasa lo mismo en el sector pesquero. Las cuotas fueron uno de los grandes temas de discordia y el acuerdo refleja una reducción del 25% y que se firmen acuerdos anuales. De nuevo, la incertidumbre.

No sabemos con exactitud cuáles son los términos del acuerdo alcanzado entre España y el Reino Unido sobre el futuro de Gibraltar.

La señora Laya, ministra española de Asuntos Exteriores, se ha limitado a cantar las excelencias de la desaparición de la verja y la satisfacción que le embarga al haber garantizado la movilidad de los 15.000 trabajadores españoles que diariamente se trasladan al Peñón para cumplir con sus obligaciones laborales. Todo ello, según parece, en un marco en el que el tratado Schengen, que entre paises miembros de la UE supone la desaparición de los controles fronterizos, se aplicará también a Gibraltar mientras que la vigilancia de las entradas y salidas del territorio para personas y mercancías de paises terceros, será llevada a cabo el el puerto y en el aeropuerto del territorio por funcionarios del servicio FRONTEX de la UE, sin indicar, como sería lógico, que tales funcionarios pertenecerían a los servicios españoles de policía y seguridad. La ministra española ha precisado además que el texto completo del acuerdo no será dado a la publicidad hasta que los parlamentarios españoles que deban conocerlo y eventualmente ratificarlo no hayan tenido conocimiento del mismo.

Propuesta extravagante esta última, que debería ser denunciada por los mismos parlamentarios españoles que eventualmente deberán decidir sobre el futuro del acuerdo o al menos por los que entre ellos pertenecen a formaciones constitucionalistas: el texto del acuerdo entre el Reino Unido y la UE para resolver las incidencias del Brexit es ya dominio público, meses antes de que los eurodiputados sean convocados para exponer su decisión sobre el mismo.

El abanico de las reivindicaciones abandonadas en la negociación por Sánchez y la ministra González Laya va del amplio plano de la soberanía a lo más concreto, como por ejemplo el control del espacio sobre el que está construido el aeropuerto de Gibraltar.

Idéntica conducta debería ser la que siguiera el gobierno español con respecto al acuerdo sobre Gibraltar. Cualquier otra decisión contraria a la indispensable transparencia que las acciones gubernamentales exigen en el funcionamiento de una democracia arrojaría todavía mas sombra de duda sobre un gobierno como el español que ha hecho de la ocultación y el engaño una de sus marcas características. Tanto más cuanto que el Brexit y sus consecuencias incluyen aspectos de la máxima trascendencia para todos los implicados en la aberrante decisión que llevó a Gran Bretaña a excluirse del proceso de la unificación europea. Incluyendo naturalmente a España y sus derechos sobre Gibraltar.

El abanico de las reivindicaciones abandonadas en la negociación por Sánchez y la ministra González Laya va del amplio plano de la soberanía a lo más concreto, como por ejemplo el control del espacio sobre el que está construido el aeropuerto de Gibraltar.

Es bienvenida la noticia de que los 15.000 ciudadanos españoles que diariamente se trasladan al Peñón para trabajar vean reconocida la posibilidad de seguir haciéndolo. Es también un reconocimiento de la parquedad del mercado laboral en el Campo de Gibraltar y de la succión económica que el territorio británico ha venido ejerciendo sobre el territorio español colindante. La lógica angustia con que los alcaldes del Campo unieron sus voces para reclamar un acuerdo que siguiera permitiendo el tránsito laboral es una buena muestra de ello y en el fondo hace pensar que en realidad la colonia no es Gibraltar sino La Línea de la Concepción y los municipios del área, colonizados en verdad por el espacio británico.

Como lo sería el ofrecer noticia sobre los términos del acuerdo en temas tan sensibles para nuestra economía como son los fiscales, regulatorios y penales. De sobra conocida es la merecida fama del Peñón como paraíso fiscal y como cobijo de tráficos ilegales y delictivos.

Y en la misma y grave longitud de onda conviene también preguntar si el acuerdo incluye algún párrafo o espacio dedicados a la presencia militar del Reino Unido en el Peñón, que entre otros aspectos aproxima regularmente la presencia en sus aguas de proximidad, ya que no soberanas, de submarinos nucleares. Hay que recordar que según lo que Laya nos cuenta y de sus palabras deducimos, Gibraltar es a casi todos los efectos un terreno comunitario y la vecindad inmediata española debe ser respetada a todos y cada uno de los efectos correspondientes. Suponiendo que en efecto la negociación correspondiente haya sido conducida con la habilidad y contundencia que nuestras necesidades exigen y nuestros intereses demandan. Que no solo son los derivados de los trabajadores transfronterizos.

En 2002 José María Aznar y Tony Blair, con el decidido impulso del entonces ministro británico de Asuntos Exteriores, Jack Straw, mantuvieron conversaciones sobre un esquema de cosoberanía para el territorio. Tema que fue sometido a la consideración de la Cuarta Comisión de la Asamblea General de Naciones Unidas en 2016 por el gobierno de Mariano Rajoy, como oferta para una negociación que ya tenía en cuenta las posibles repercusiones del Brexit.

No vaya a ser que de nuevo tengamos que doblegarnos a la permanente cantinela de los pesimistas que por millares en nuestro solar patrio habitan y que siempre acaban con la misma cantinela: «Al final, siempre gana Gibraltar».

La historia de los trescientos años ya esta escrita, comprobando que la Gran Bretaña a incumplido durante varios siglos y mas recientemente lo que ha firmado, el presente es el que es, que tenemos que vivir ahora, y el futuro sinceramente se nos presenta incierto, sobre todo por nuestro Gobierno de España, que ha demostrado su incompetencia y debilidad a la hora de negociar, ya que el Peñón de Gibraltar, sabe muy bien lo que quiere, ganar dinero a toda costa sea como sea. En principio con el amparo de Gran Bretaña, pero si tuvieran que darles la patada lo harían, pidiendo y solicitando ser un Estado Independiente, para seguir con su bandera patentada de corsarios del siglo XXI.

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: