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Una bocanada Real

La paradoja

Que el jefe del Estado español deba medir las consecuencias diplomáticas de visitar una parte de su propio territorio constituye una anomalía difícil de explicar. Que esa cautela responda al temor de incomodar al jefe del Estado vecino añade una paradoja todavía mayor.

Ceuta y Melilla son españolas. Marruecos reivindica ambas ciudades y España no tiene por qué negociar su soberanía. Sin embargo, cada visita de la Corona adquiere la dimensión de un acontecimiento excepcional, sometido a cálculos políticos, precauciones diplomáticas y silencios cuidadosamente administrados.

La presencia de los Reyes, después de los graves acontecimientos fronterizos del verano, ha permitido contemplar esa contradicción en toda su extensión.

Una historia que no prescribe

Melilla pertenece a la Corona española desde finales del siglo XV. Ceuta, incorporada inicialmente a Portugal, quedó bajo soberanía española en el XVII. Ambas cuentan desde 1995 con estatutos de autonomía y ninguna figura en la relación de territorios pendientes de descolonización de Naciones Unidas.

No se trata, por tanto, de una soberanía provisional ni de una cuestión territorial pendiente de arbitraje internacional.

Las visitas de los monarcas han sido, sin embargo, extraordinariamente escasas. Juan Carlos I y doña Sofía viajaron a ambas ciudades en 2007, provocando una crisis diplomática con Rabat. Casi dos décadas después, Felipe VI y doña Letizia han regresado en circunstancias especialmente delicadas.

Lo excepcional no debería ser la visita. Lo extravagante debería ser que su celebración exigiera tantas cautelas.

La presencia y el silencio

La acogida ciudadana ofreció la imagen más elocuente del viaje. Ceutíes y melillenses salieron a recibir a los Reyes después de semanas marcadas por la inseguridad y la tensión fronteriza.

El afecto popular expresó una necesidad de amparo institucional que ninguna declaración administrativa podía sustituir.

La Corona reafirmó la soberanía española sin renunciar a la buena vecindad con Marruecos. El homenaje a los inmigrantes fallecidos añadió una dimensión humanitaria que no desmiente ni debilita la defensa de las fronteras. La compasión y la soberanía no son conceptos incompatibles.

Pero aquella bocanada de normalidad constitucional se produjo bajo una vigilancia diplomática extraordinaria. Discursos, gestos y protocolos fueron medidos para evitar que la presencia del jefe del Estado en territorio español desencadenara una nueva crisis con Rabat.

La pregunta resulta inevitable: ¿hasta qué punto puede condicionarse el ejercicio ordinario de la jefatura del Estado por la susceptibilidad de un país que reivindica parte del territorio nacional?

La discreción diplomática es necesaria. Convertirla en una limitación permanente de la normalidad institucional sería otra cosa.

El silencio de los setenta días

Apenas concluido el viaje, trascendió la incursión de buques militares marroquíes en aguas españolas durante la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta. Los hechos, ocurridos a finales de julio, habían permanecido fuera del conocimiento público durante más de setenta días.

El Gobierno presentó el episodio como puntual y resuelto con normalidad. Pero una incursión militar extranjera en aguas españolas no puede quedar despachada mediante una fórmula tranquilizadora. Importa conocer su alcance, la respuesta de la Armada, las decisiones adoptadas y las razones del prolongado silencio público.

La coincidencia entre presión migratoria y movimientos militares obliga, además, a examinar si ambos acontecimientos formaban parte de una estrategia de presión híbrida. No basta con insinuarlo, pero tampoco con descartarlo sin explicaciones.

La controversia ha llegado al ámbito judicial mediante la petición de que se investigue la actuación de los buques marroquíes. Corresponde esclarecer los hechos y determinar qué información recibieron las instituciones concernidas.

Presencias y ausencias

También merece una explicación política la ausencia del presidente del Gobierno durante la visita. No porque la Corona necesitara acompañamiento para ejercer su función representativa, sino porque el respaldo a Ceuta y Melilla constituye una responsabilidad del conjunto del Estado.

Los monarcas encontraron en ambas ciudades una acogida que confirmó la fuerza de los vínculos nacionales. Pero ni su presencia ni el afecto ciudadano podían resolver la crisis de Ceuta.

No correspondía a los Reyes hacerlo, ni disponían de las facultades constitucionales necesarias. Su presencia reafirmaba la soberanía; las decisiones para defenderla corresponden al Gobierno.

Los Reyes llevaron a Ceuta y Melilla una bocanada de aire fresco. Pero una bocanada no cambia el clima. Y el clima de la soberanía no se modifica con gestos: exige decisiones.

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