Nos congratulamos en la celebración de los 175 años de la Institución Oficial de la Bandera Nacional. Una efeméride que se encuentra vinculada en su génesis histórica a la Corona de España.

Numerosos años de intenso calado y recorrido en los que la Bandera ha sido un referente ineludible de grandes homenajes y distinciones de toda una Nación, pero igualmente, fiel testigo y en ocasiones motivo de discrepancias y réplicas, que no son más que las que han rubricado a lo largo de los dos últimos siglos la agitada historia del Reino de España, hasta que la rojigualda por fin ha conquistado el lugar privilegiado que merece.

La puesta en valor y síntesis de la Insignia Nacional, retrato de la unión de todos los españoles y de quiénes desde sus funciones han servido o entregado la vida por ella, en cualesquiera de los cielos de la Tierra, se glorifica con este acontecimiento.

Por lo tanto, este pasaje pretende ser una senda itinerante en el tiempo, que se reviste de rojo y gualda, una Bandera que es semblanza viva e imagen de una superficie con la que se forja la declaración oficial de todo lo que envuelve a este país, que hoy vive a consta de la convivencia democrática y que con entusiasmo es el distintivo que la hace ser invencible.

Pero, al referirme al Símbolo y Guion Vital que ilustra a la Bandera de España, es hacer mención a algo más que un sentimiento y no mucho menos, que a la seña de identidad donde contemplar a un Estado Social y Democrático de Derecho, con rasgos diversificados desde mucho antes de irrumpir con su nacimiento. Y es que, en esta pluralidad cultural reproducida en la solidaridad que sublima a cuáles quiera de los vientos que acaricia sus pliegues, se atina su inmensa personalidad.

Al emprender el trazado de la Bandera de España que parece distante en el tiempo, se evidencia la correlación entre la Insignia Nacional, la monarquía española y la institución castrense, donde ya se advertían los matices rojos “gules” y gualda “oro”, como aspectos de profunda usanza de los Reinos de España, para surgir en 1785 otros más cercanos desde la bicolor naval de Su Majestad el rey Carlos III, como algunos modelos en el contexto de la Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz, hasta alcanzar el año 1843, punto de partida de esta conmemoración, para proseguir con pequeñas diferenciaciones como es el caso de los escudos o el tamaño de la misma, o excepciones como el león o la franja morada de la II República, hasta alcanzar nuestros días.

Sería el 13 de octubre de 1843, cuando la presidencia dirigida por el liberal progresista Joaquín María López, dispuso los colores rojos y amarillo como el “verdadero símbolo de la monarquía española”, estableciendo que la totalidad de banderas y estandartes que aglutinaba al ejército español, los aprobaran.

Por aquel entonces, este Estado en sintonía con otros territorios de su contorno, se oponía al desafío de fusionar el primitivo sentimiento nacional con la monarquía y para ello se propuso a la instauración de símbolos tradicionales.

Aquella Bandera roja y amarilla, que se alzaba como la imagen preferente de España, tenía una raíz mucho más antigua que lo que realmente parecía, más en concreto, estaba datada allá por el año 1785.

Precisamente fue este año, cuando Carlos III pidió a su ministro de Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, la descripción de una nueva bandera con el propósito de incluirla en la Marina de Guerra española.  

En este período y desde la instauración de la Dinastía Borbón, la Armada española se reconocía por banderas de color blanco, sobre las que se ponía a la vista el escudo de la monarquía y las aspas rojas de Borgoña. Pero, en este momento preciso, el Jefe de Estado apostó por una variación drástica en la imagen y tras haber valorado los doce modelos mostrados por Valdés, dispuso implantar una Bandera de tres bandas horizontales roja-amarillo-roja, con la singularidad que la dimensión de la división central debía ser equivalente al de las dos franjas rojas.

Los motivos en las variaciones que sustancialmente eran indiscutibles, quedan expuestos en el Real Decreto del 28 de mayo de 1785, en el que se fundamenta la transformación vislumbrada que dice literalmente: “para evitar los inconvenientes y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia, puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa mi Armada Naval y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos”.

A lo anteriormente señalado, se añade la opinión de Juan Álvarez Abeilhé, que indica al respecto: “la mayoría de los países utilizaban pabellones en los que predominaba el color blanco, tales como, Francia, Gran Bretaña, España, Toscano, Sicilia etc., y dado que estaban frecuentemente en guerra entre sí, se producían lamentables confusiones en la mar, al no poder distinguirse si el buque avistado era propio o enemigo hasta no tenerlo prácticamente encima”.

También, resulta clarificador el juicio del historiador Hugo O´Donell al mencionar en la obra “Símbolos de España”, que esta no era ni mucho menos la única causa del trasfondo en la innovación de la imagen de la Bandera, al insinuar que concurrían exiguas certezas de confusiones calamitosas en alta mar con motivo de los colores.

Toda vez, que el mismo autor manifiesta, que cuando Carlos III dispuso modificar la Bandera, el Reino de España ya no veía conveniente identificarse con la monarquía francesa, con la que por entonces cooperaba portando el símbolo blanco. Lo cierto es, que, a partir de 1785, la Bandera rojigualda comenzaría un itinerario apasionante que la haría erigirse en la enseña pública de la Nación, aunque para ello, aún faltarían seis décadas por llegar.

De lo que no cabe duda, que la iniciativa de los tonos rojo y amarillo no fue casual, ni una mera argumentación decorativa, sino que entrambos, se reunía los matices de los estandartes de los viejos reinos de Castilla y Aragón.

Comenzando por las flotas de la Armada Hispana, la nueva Bandera no se hizo esperar para enarbolarse en los arsenales regios y, más tarde, en plazoletas, explanadas y fuertes costeros. Sin obviar, el protagonismo que adquirió en la Guerra de la Independencia frente al ejército galo en 1808, donde por vez primera, tuvo la ocasión de ser ondeada en su propio territorio.

Pese, a que su aparición continuaba estando demasiado condicionada, proseguía interviniendo con numerosos estandartes en su amplia mayoría de color blanco. Así, a comienzos de 1820, la Bandera obtuvo si cabe, más presencia, cuando se produjo el golpe militar del general Rafael de Riego, que abrió las puertas al primer régimen liberal con el consabido Trienio Liberal.

En un lapso de la historia según revelan Javier Moreno Luzón y Xosé María Núñez Seixas en que “la movilización política alcanzó niveles insólitos hasta entonces en España”, los representantes de la dirección se accionaron en la empresa de instituir símbolos permanentes, que mostraran la soberanía del pueblo por la que declaraban gobernar. De esta manera, la rojigualda, al calor del llamado Himno de Riego, fue paulatinamente irrumpiendo hasta exhibirse con lucimiento en eventos oficiales, principalmente, en protocolos castrenses.

Pero el rápido desplome de la política liberal detuvo la ascensión de la Bandera, ya que el absolutismo recién establecido era totalmente enemigo a la imagen de Nación y, por consiguiente, a la empresa de insignias nacionales.

La pugna en el régimen político entre el absolutismo y liberalismo no acababa más que comenzar. Con este proceder y la eclosión de la primera Guerra Carlista, la Bandera roja y amarilla volvió a presentarse en las zonas de hostilidad, pero ahora, bajo la custodia de tropas liberales.

Consumada la movilización del bando liberal y no lejos de ser un hecho retratado con la reina Isabel II, el sendero parecía quedar suficientemente claro para que la rojigualda se constituyera en el verdadero símbolo Nacional.

Evidentemente, la villa de Madrid como capital de España, fue en 1840 la concatenación en que se hacía familiar la estampa de la Enseña Nacional, que comenzaba a hacer gala en lo más alto del Palacio Real y en las Cortes Generales.

Los persistentes desplazamientos de la reina por el territorio español, favorecieron la expansión de las tonalidades de la Bandera, que se hacían ostensibles en bases militares, establecimientos públicos y vías, e incluso, en viviendas particulares, tal como acontece en nuestros días.

Un punto de inflexión en el sentimiento patrio y, con ello, la conformidad decisiva de la Insignia Nacional, lo predispuso la Guerra de Marruecos que avivó la prodigalidad de banderas rojigualdas, hasta alcanzar dominios tan lejanos como Cuba.

Según señalan Moreno Luzón y Núñez Seixas, tras las noticias previas que las fuerzas dirigidas por Leopoldo O´Donell y Juan Prim habían sido las triunfadoras en la Batalla de Tetuán, la muchedumbre no titubeó en acudir en grandes masas a los caminos, para poner a la vista las banderolas rojas y amarillas a la exclamación unánime de “¡Viva España!”.

Las formas en que el símbolo de la Nación fue asentándose de manera fija y duradera, fue determinante para que permaneciera usualmente sin polémica, en una etapa del Sexenio Democrático enjuiciado como excesivamente alterado, cuando fue destronada la Dinastía Borbón y reemplazada por el reinado de Amedo de Saboya y, a posteriori, el comienzo de la Primera República.

Si bien, en aquellos instantes de la historia España, algunos círculos reducidos emprendieron con afán el patrocinio de un posible cambio de Bandera, al entender que ésta estaba demasiado emparentada a los borbones. Unos planteamientos derivados principalmente de corrientes republicanas, que acostumbraban a respaldar la originalidad de banderas tricolores, a semejanza de los estilos galo, en la que el matiz morado cobraba vigor al encarnar con elocuencia el lema de la libertad.

Curiosamente dicho color, que se había asomado retraídamente durante el Trienio Liberal, se relacionaba al Reino de Castilla con las huestes de comuneros, una revuelta frente a la autoridad de la corona, aunque, más bien parecía, una imprecisión, ya que el color real del reinado en los tiempos de la revolución conversa era el carmesí, también conocido como rojo de grana que es un tono rojo purpúreo vivo.

De cualquier manera, aquel resquicio inicial en la aprobación de la rojigualda se amplificaría en los años consecutivos, no más bien, por la acción de las inclinaciones republicanas que en su amplia mayoría admitían la Bandera roja y amarilla, sino, que, por el contrario, ante la influencia de las tendencias nacionalistas. Principalmente el País Vasco y Cataluña, donde en la última etapa del siglo XIX e inicios del XX, se comienzan a descubrir los primeros indicios de agravio a la Enseña Nacional. A ello habría que agregar, las horas bajas por las que pasaba la Corona, la Iglesia y el Ejército, agravado tras la crisis de 1898, que animó a estos grupos antiespañolistas, a los que le acompañó una resistencia patriótica de ímpetu análogo, que se dilucidó en el contexto de escaramuzas abiertas en los que la Bandera ejerció gran protagonismo.

En los lapsos inaugurales del siglo XX, no quedaron inadvertidos los grandes esfuerzos materializados por parte del gobierno, con el ahínco de preservar e incrementar la consideración a la Bandera, ya fuera en los colegios o en la misma institución castrense, que gradualmente indujo a que la rojigualda fuera adquiriendo el lugar dominante a la vista de la sociedad española.

Estas voluntades se vieron incrementadas en las formas del gobierno autoritario de Miguel Primo de Rivera a la hora de imponerla, aunque finalmente resultó ser desacertado, al promover que aquellas tonalidades pasaran a ser los de una monarquía discordante, a cualquier forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto del pueblo.

Así, no debería sorprendernos, que, en 1931 con la aparición de la Segunda República, viniese unido a un cúmulo de banderas, en la que la última franja de la Bandera española era sustituida al color morado. El cambio en sí, no fue sencillo, porque aquellos que eran opuestos al giro de régimen, reprocharon una decisión que consideraron inadecuada, ya que la rojigualda, como exponían, era querida por los españoles y como publicó el Diario de Castellón, “su carga histórica y emocional la hacía irreemplazable”.

Aquel debate espoleó a los dirigentes republicanos a introducir en la Ley de Defensa de la República, la sanción contra aquellas personas que expusieran símbolos añadidos a los representativos. Un mandato que únicamente había concretado Miguel Primo de Rivera a favor de las banderas nacionalistas. De cualquier modo, como consecuencia del golpe del 18 de julio de 1936, una vez más, las gamas rojas y amarilla reaparecieron. Todo ello, teniendo en cuenta que numerosos de los amotinados se alzaron contra la dirección republicana, llevando la Bandera con la franja morada, donde entre sus cabecillas existían recelos sobre el oportunismo de abrazarse a un emblema, que, en cierta manera, mermaría los respaldos entre las partes antimonárquicas.

Conjuntamente, grupos políticos como la Falange, se revelaban con mayor inclinación por sus propias insignias. Estos prejuicios a la sombra de la rojigualda perecieron ante el coraje de quiénes defendieron la insurrección militar.

Para ellos, recuperar por encima de todo aquella Bandera, entrañaba como declaran Moreno Luzón y Núñez Seixas, “la emergencia de un sentimiento perseguido, oculto en el ámbito privado: tras cinco años de clandestinidad y angustia identitaria, aquel símbolo, que para muchos representaba a la Nación desde tiempos inmemoriales, salía a la luz y concitaba a pasiones en una catarsis colectiva”.

Fue así, como al hilo conductor de la historia de la Bandera España, auguró, que la enseña roja y amarilla fuera referente de la administración franquista como resultado de la Guerra Civil, aunque con una novedad en su escudo. Para ello, tomó como reseña los símbolos primitivos de los Reyes Católicos, que intentaba desvanecer cualquier atisbo de la monarquía destituida en el año 1931, que aún pudiera permanecer.

En consecuencia, durante poco más o menos de cuatro décadas, la forma autoritaria del gobierno se mantuvo en la operación de consagrar los antiguos símbolos nacionales, acudiendo con asiduidad al conjunto aparatoso de elementos rituales patrióticos, al tiempo, que se impulsaba a la ostentación de alusiones nacionalistas.

Pero los intensos esfuerzos llevados a cabo, no lograron el agrado esperado, para contribuir al arranque definitivo de la Bandera bicolor entre los más críticos con la dictadura. De ahí, que con el paso de la transición a la democracia que arrancó tras el fallecimiento del generalísimo en noviembre de 1975, reaparecía nuevamente la discusión en relación a la inercia que debía tomar la Bandera Nacional.

Para los corrillos más cercanos al autoritarismo recién frustrado, la rojigualda describía un símbolo obligado del Estado, pero para los bandos republicanos de izquierda y nacionalistas, aquellos colores acarreaban una mancha imborrable, tras verse cercados durante largos períodos de ilegalidades y atropellos con la impronta del franquismo.

Aquellas discordias presionaron a un confuso vaivén de ofertas y favores entre los visibles bandazos políticos. Entre ellos, se encontraba la Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez, que pretendía inmovilizar el manejo de la rojigualda por los apesadumbrados de la dictadura que hasta muy bien poco, habían porfiado. Pero, además, hay que hacer alusión al Partido Comunista que asumió con rotundidad la Bandera bicolor, lo que quedó para la memoria como uno de las acciones más expresivas en su dirección hacia la legalización.

Aún, debieron de transcurrir diversos años para que los principales partidos políticos de la democracia, se envolvieran con convencimiento a la Bandera de España, hasta que el golpe de Estado perpetrado el 23 de febrero de 1981, convenció a los gobernantes en el menester de reafirmarse a los símbolos para impedir que el pensamiento de Nación, continuase concurriendo como una prerrogativa de la derecha antidemocrática. Ello lo favoreció, al ser reemplazado el escudo ese mismo año, para disponerse uno más específico, ahora, el perteneciente a las antiguas armas territoriales de la monarquía.

Es, desde aquel justo instante, cuando puede afirmarse que España, reculaba al regocijo de unos símbolos admitidos por la gran mayoría del estrato político y social, detrás de más de medio siglo.

La Bandera Nacional de hoy, es la finalización de un proceso complejo que se estrenó con las banderas de Sus Majestades los reyes, prosiguiendo con las de las milicias o campañas y, subsiguientemente, con las de entidades u organismos.

De esta forma, se rememora solemnemente el Real Decreto de 13 de octubre de 1843, aprobado por Su Majestad la reina Isabel II, “por el que se determina que las banderas y estandartes de todos los cuerpos e institutos que componen el Ejército, la Armada y la Milicia Nacional, sean iguales en colores a la Bandera de guerra española”, extendiendo la práctica al Ejército de Tierra hasta consagrarse y, desde entonces, instituirse en la Bandera Nacional principal.

Tras lo expuesto y aproximarnos al 175 Aniversario de la oficialidad de la Bandera de España, hoy, como siempre, nuestra Bandera es impetuosa, buscándonos para guarecerse y hacerse sublime en quién la pretende. Una Bandera producto de la semblanza de un país, labrada con principios y valores universales, que abarca lo arraigado, lo perdurable y la expresión pública del inquebrantable deber de hacer valer la Constitución.

No disipando, que la Bandera de España es el valor inmutable del Territorio que la preserva, infundido tiempo atrás a su plasmación. Pero también, es imagen de complejidades políticas, geográficas y lingüísticas, fundamentalmente, ideales en la preservación de valores cívicos y democráticos que persiguen avalar el bienestar de todos.

Una Bandera como la rojigualda, que quién la acoge, la hospeda y la protege, se compromete al establecimiento de una identidad propia que es única y exclusiva, convirtiéndose en esencia sagrada y misterio de la Patria, en cuyos pliegues se consagran ilusiones, retos y expectativas del mañana.

Por eso es la Bandera de todos, porque al contemplarla, retratamos el espejo vivo que nos encarna en apacible convivencia.

Insignia Nacional de tono rojo, que exhibe el flujo esparcido por tantísimas personas al hacer valer a la Madre Patria; pero también, aquella de pigmento amarillo, que, como tornasol de oro, describe la fuerza de su dominio y la dignidad que todos sin complejos, le debemos rendir.

Foto: Extraída del Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta de fecha 25/V/2017.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: