En estos días de pospandemia con rebrotes amplificados exponencialmente y aperturas de fronteras y vuelos internacionales desde Europa, Asia, Oceanía y América y la coronacrisis en el continente más pobre, se reavivan los puntos de vista más trágicos que arroja datos estremecedores. Algo así, como una especie de apocalipsis podría arrasar esta amplísima superficie, con hospitales abrumados, sin apenas respiradores y capacidades de gestión que en pleno siglo XXI se impugnan.

En un ejercicio de ironía sin precedentes, el Fondo Monetario Internacional, FMI, demanda a los donantes que se vuelquen en estos servicios sanitarios inestables, que él mismo favoreció para dilapidar. Científicos galos insinúan a todas luces, que este espacio geográfico vuelva a ser el cobaya de farmacéuticas occidentales; si bien, la Organización Mundial de la Salud, OMS, sale al paso considerándolo de discriminación inadmisible.

Sin embargo, el organismo internacional hace suyos los pronósticos más tenebrosos de hasta 10 millones de casos del SARS-CoV-2, en los seis meses posteriores al Sur del Sáhara.

Continuando la estela del texto anterior, en efecto, África clama, pero no lo hace únicamente con lamentos y abatimientos añadidos por el escenario epidemiológico del COVID-19, sino también, con lecciones y asignaturas pendientes que, ante todo, merecen ser atendidas: visiblemente devastada, desprovista y angustiosamente dependiente de terceros, es la historia que como siempre se repite.

Una instantánea que muestra la desprotección en la que se halla África, nos indica, que la inmensa mayoría de las poblaciones africanas cuentan con sistemas sanitarios atenuados y el conocimiento ante una pandemia de la categoría del coronavirus, es prácticamente inexistente; hasta el punto, que algunos estados ni siquiera cuentan con kits de detección.

Una situación que enrarece los enfoques, porque las medidas de higiene como el lavado habitual de manos, es uno de los dispositivos esenciales para aplacar el aumento de contagios y romper la cadena de propagación del virus.

Es indudable, que el patógeno avanza inexorablemente de manera incesante, pero más parsimonioso a lo presentido. Aquí, donde el distanciamiento social es inaplicable y numerosas inoculaciones estarían pasando desapercibidas por la carencia de test masivos. Con lo cual, merece la pena interpelarse sobre la coyuntura epidemial, qué ha operado hasta ahora y cuáles serían los probables entornos que se ciernen en África.

Los elementos climatológicos, demográficos, socio-económicos y políticos podrían fundamentarlo. Pocas certezas en estos intervalos de indudable perplejidad y muchas sospechas.

Para descifrar este hecho, los analistas se apoyan en dos posibles hipótesis: la primera, las administraciones africanas sabedoras de sus inconsistentes sistemas de salud, se coordinaron antes que otros países occidentales; y, segundo, la anomalía en los recursos para hacer test, con informes deficientes y tasas de realización de pruebas muy bajas, no aclaran el número real de infectados que existen.

Un ejemplo que ratifica lo expuesto ocurre en Nigeria. En esta nación se identificaron a más de 200 individuos que habían permanecido en contacto directo con el viajero italiano que reportó el primer episodio confirmado. Unos días después, sólo se realizaron las pruebas a 33 personas de las implicadas.

El primer portador del microorganismo localizado en África recayó en un ciudadano chino en Egipto, el 14 de febrero; o lo que es igual, el 31 de enero, dos semanas más tarde que España anunciara sus primeros positivos. En África Subsahariana, el primer caso se emitió el 28 de febrero en Nigeria. Desde esa jornada, la variación en los contagios ha sido vertiginosa, hicieron falta 16 días para rebasar los 100 casos y otros 10 para alcanzar los 1.000. El 9 de marzo había cinco países infectados; transcurrieron 10 días cuando se pasó a los 34.

A día de hoy, la intensificación exponencial que arroja el coronavirus en África habría sido peor, si los Gobiernos no hubieran reaccionado con premura. Habiéndose ralentizado su diseminación, al menos a juzgar por las reseñas concernientes a un virus cuya magnitud es compleja de evaluar.

Ya, desde enero, estas naciones y su principal organización supranacional, la Unión Africana, UA, han hecho un esfuerzo importante para coordinarse y diagnosticar el SARS-VoV-2 en 46 territorios.

Un continente en el que un 89% de las ocupaciones se encuadran en el sector informal, con la resultante privación de subsidios de desempleo, enfermedad o jubilación, muchas de estas gentes han debido de conformarse con normas alternativas a la cuarentena absoluta: consecuencia del inconveniente de confinar a una persona que no puede sobrevivir, si no sale de su casa para empeñarse en los menesteres que le atañen.

No obstante, no debe pasarse por alto la degradación de los derechos humanos, la insatisfacción social y las derivas autoritarias en zonas como Kenia, Malawi, Zambia, Uganda, Sudáfrica o Nigeria, que no cambian el rostro depravado de quiénes tienen en sus manos la injusticia más perversa.

El presumible debilitamiento del COVID-19 en la calidez climática o la apreciación comparativamente inferior de viajes y turismo, representan la posición periférica de África dentro del orden mundial.

Matices que esclarecen el desenvolvimiento lineal y no exponencial advertido, desenmascaran la escasez de sistemas validos de detección, la prevalencia de mortandad referente a otras afecciones o la priorización de procedimientos sanitarios tradicionales.

A corto plazo, una de las derivaciones de la pandemia es la acentuación del desequilibrio alimentario, con turbulencias en la cadena de suministro que podrían ser catastróficas. África, se verá intensamente dañada por ser la demarcación importadora neta de géneros agrícolas y alimentarios: si la economía no se regula, posiblemente, se torne en una grave crisis que trascendería en la paz y seguridad.

Allende a las resultantes sanitarias que percuten, el contexto endémico haría caer en la extrema pobreza a 50 millones de africanos, como lo postula el Banco Africano de Desarrollo, BAD, en un informe editado recientemente en su apartado ‘Perspectivas económicas en África’. Las suposiciones contrastan, que en 2020 un tercio de los africanos, o séase, 425 millones de personas, vivirán supeditadas con menos de 1,90 dólares al día. Pero, la repercusión de la infección empeorará el curso.

Mismamente y yuxtapuesta a la ingente incertidumbre reinante, una segunda oleada de langosta aguarda a África Oriental. Calculándose que su incidencia rondaría en torno a veinte veces más aguda, que la que en febrero sobresaltó a ocho estados de la comarca. La conjunción de estas causas constituye un desafío en toda regla para la manutención y los medios de subsistencia en el Cuerno de África.

En cuanto a la objeción obligada, la Organización de las Naciones Unidas, ONU, señala, que es crucial dar preferencia a la agricultura, para lo cual, debe despejarse la incógnita como una parte crítica no subordinada a pausas articuladas con compases en la lucha del coronavirus. Además, para asegurar la seguridad alimentaria, es preciso defender los corredores de alimentos y respaldar a los agricultores para que no se produzcan paralizaciones en la distribución.

A ello hay que ensamblar, la deferencia de las comarcas y comunidades donde las dificultades por momentos crecen, robusteciendo los sistemas de protección social y protegiendo la llegada a los alimentos a los grupos más desamparados, fundamentalmente, las niñas y niños, como las mujeres embarazadas, los ancianos y otros colectivos vulnerables.

Actualmente, los formuladores de políticas africanas afrontan un dilema cuando se trata del virus: al anhelo de impedir que el COVID-19 se instale a sus anchas, varios países africanos aglutinan una experiencia denodada en la conducción de brotes de enfermedades contagiosas.

La instauración del Centro Africano para el Control y Prevención de Enfermedades, por sus siglas, CDC, enfatiza que en los últimos años la posición en la salud pública se ha reforzado ampliamente.

Pero los engranajes para rastrear, tratar y confinar difieren bastante, principalmente, entre los residentes en fronteras permeables y deficientemente inspeccionadas, donde es dificultoso la observación continuada del padecimiento a nivel nacional.

Los portadores iniciales ya están establecidos en numerosos sectores, pero la penuria en la praxis de las pruebas, hace que sea trabajoso conocer la dimensión íntegra de la transmisión.

La escasa o nula aclaración sobre el patógeno denota que no se sabe con exactitud las cifras de asintomáticos o leves y, aún menos, las particularidades en que pudiese estar influenciado por la topografía y demografía de África.

Para armar en el sentido de la expresión este universo de inopia, carestía y ahogo en su batalla particular contra el SARS-CoV-2, la Unión Europea, UE, ha promovido un puente aéreo humanitario con tres vuelos procedentes de Italia con rumbo a Somalia, destinando 42 toneladas de ayuda.

De lo analizado hasta ahora, la simbiosis investigación, desarrollo e innovación, nociones interrelacionadas e indispensables en la era pre-covid, se hacen imperativas en el panorama que nos precede.

Un simple antecedente lo esquematiza todo: únicamente el 0.1% de las patentes mundiales gravitan en inversiones africanas. Queda claro, que las capacidades continúan, pero las eventualidades se resisten.

Cientos de pensadores y estudiosos han reclamado más inversión y coherencia en las actividades orientadas a la obtención de nuevos conocimientos, como método inapelable para vencer esta difícil realidad. Compitiendo categóricamente para intensificar la ciencia africana, pero, no como un área de investigaciones europeas, chinas o norteamericanas al puro estilo de acaparamiento o laboratorio de pruebas, sino por la estimación del conocimiento local y la ampliación de recursos designados a la ciencia para en y desde África.

Indudablemente, todo ello, presumiría la plasmación de proyectos de investigación sobre este continente, colaboración y liderazgo de entidades africanas en iniciativas investigadoras y la contribución de estos mismos entes en presentaciones internacionales.

Igualmente, abarcaría a medio y largo plazo la descongestión del conocimiento, no más lejos de los principales núcleos en Kenia, Nigeria o Sudáfrica como el más avanzado, para no adolecer los discursos asimétricos internos. Sin inmiscuirse y como proposición de mínimos, debería concederse la movilidad africana, inhabilitada a explorar los encuentros académicos en Europa por las limitaciones migratorias vigentes. Obviamente, nada de lo anterior entrañaría comenzar de cero, sino promocionar e incrementar sugerencias asentadas y reconfigurar percepciones discordantes entre el Norte y Sur. La UA tiene que desarrollar con más amplitud decisiones panafricanas en la línea del CDC, fundado en 2016 tras la irrupción de la epidemia del ébola.

En esta tesitura, los valedores preferentes de la UA, particularmente la UE, ha de abandonar la oratoria y conquistar la acción.

De esta forma, si algunos dirigentes europeos desean desprenderse de las dinámicas acomodadas, han de apostar por el impulso de la investigación en África, entendiendo que irrefutablemente ésta será la única senda para la superación.

En este aspecto, derrotar la afrenta del ‘pesimismo versus optimismo’, que encubre criterios paternalistas y egocéntricos, para acomodarse en visiones de realismo y reforzar la ciencia africana en cualesquiera de sus disciplinas y aproximaciones.

Así, abarcando desde las ciencias naturales hasta las matemáticas, economía o ciencias sociales, sin desmerecer las perspectivas más pospuestas del positivismo y el neoliberalismo que tengan en cuenta el conocimiento local, frecuentemente encuadrado en guías diferentes a las dadas por Occidente.

En otras palabas: los síntomas y destellos que se entretejen, prevén que África digerirá arduamente secuelas sanitarias y, sobre todo, económicas derivadas del coronavirus. Sin lugar a dudas, es predecible por la clase dependiente del continente, como por sus economías uniformes y carentes de variantes y heterogéneas para aportar diversidad y sujeción en la exportación de materias primas.

Y es que, el muestreo estratificado de los más frágiles, previsiblemente sufrirá los inconvenientes de manera más puntiaguda, ya sea en áreas deprimidas de las grandes ciudades o en el calamitoso Sahel, donde se atisba un trance alimenticio de gran volumen que acabará perturbando los campos de refugiados y migrantes de la región.

Ante esto, la ciencia debe permitirnos ratificar los cálculos, ahondar en los peros y los contras de estas anomalías y facilitar la anticipación pertinente con las soluciones en los epicentros que se confirman.

Esta crisis puede ensancharse como una instantánea de establecimiento y agravamiento del conjunto poblacional, donde sucumban los de siempre o, por el contrario, y gracias a la investigación, se advierta como una rendija de oportunidades que proporcionen indicios originales, creativos y minuciosos, diversificados a los ya consabidos y que volteen la evidencia contemporánea o futura.

Sin más, es así, como puede prevenirse que, en África, no se reproduzca el enredo letal que en un sinnúmero de ocasiones nunca debería haber ocurrido.

En definitiva, dada la lasitud de los sistemas de salud de diversos estados en vías de desarrollo, el COVID-19 podría amasar efectos demoledores. La circunstancia que África se enfrente a la pandemia en la casuística virulenta a como lo están haciendo Europa, Asia o América, inquieta a las organizaciones no gubernamentales, ONG y a los organismos internacionales.

Dicho esto, cuántas medidas, remedios y circunspecciones se están siguiendo, o al menos, eso parece, África, sostiene una necesidad perceptible de demandas humanas y materiales, así como infinitas trabas de acercamiento a los servicios básicos en numerosísimos territorios.

Un espectro de entresijos al que se añaden los sistemas sanitarios aminorados, paupérrimas instalaciones y un déficit de componentes y experiencia en la localización de un virus como el SARS-CoV-2, que irremediablemente nos reporta a la disyuntiva con que se saldó el ébola, sobrevenido entre 2014 y 2016, respectivamente, y que ha quedado entre las páginas oscuras de la historia como el mayor brote epidemiológico.

Por aquel entonces, en diciembre de 2013, con un foco en Guinea Ecuatorial, la plaga se explayó velozmente a Liberia, Sierra Leona, Nigeria, Senegal, Mali, Estados Unidos, España y Reino Unido. Sus resultados se descifraron en 11.300 fallecidos y más de 28.000 infectados.

Hoy, nadie esconde los miedos que se incrementan en la totalidad de la malla africana, ante el escepticismo si proliferará el virus con la malignidad que lo está perpetrando en otros puntos conocidos del planeta. Seis meses han transcurrido desde que la OMS recogiera el testigo de China con lo que estaría por llegar y extenderse hasta la fecha por 188 países. La cifra provisional alcanza 17.295.538 personas en cuanto al volumen de infectados y 673.171 óbitos por esta desdicha.

Es innegable que se han realizado importantes avances y se trabaja a destajo para desarrollar una vacuna, pero el patógeno ha traspasado fronteras como un tsunami imparable, prosperando por doquier hasta instalarse en África.

La demora habida en esta planicie, hace sopesar que la prolongación del virus podría encontrarse en un estadio anterior de su evolución con respecto al resto. Mientras, en Europa y las regiones inicialmente sacudidas, como China y Corea del Sur, sus sobresaltos subyacen en los rebrotes y previsibles oleadas.

La insuficiencia de datos fiables merma a numerosas naciones africanas y algunos Gobiernos son remisos a identificar epidemias, o mostrar sus sistemas de salud en precario al reconocimiento externo. Aun admitiendo el uso de mascarillas, es insalvable que los hospitales terminen en estado de shock.

Pero, si algo hemos aprendido en este tiempo recorrido con el lastre económico y social que todavía objetamos, es que este virus no entiende de fronteras y la mirada global es tan valiosa como la nacional: compartir información es imprescindible para encarar las debilidades y fortalezas de África, que no silencia su pobreza y los conflictos armados que la encadenan.

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