Tres meses después que España estableciera el confinamiento para cotrarrestar el COVID-19, comúnmente conocido como Coronavirus, la pandemia parece estar retrocediendo y medio país ha emprendido con esperanza el desconfinamiento. La otra mitad, aún espera con anhelo poder hacerlo.

Desde que en aquella fecha sombría del 14 de marzo el Gobierno declarase el Estado de Alarma, lo que conjeturó la limitación de movimientos en el conjunto poblacional, únicamente eran posible el desempeño de ciertas funciones de parcelas autorizadas, o la realización de compras de primerísima necesidad, la crisis sanitaria nos ha reportado a las cifras aterradoras de 27.136 fallecimientos y 243.209 CPR+, según los últimos datos oficiales que, obviamente, serán superiores a la lectura de este pasaje.

A pesar de dichas sumas, el estudio de seroprevalencia cristalizado por el Ministerio de Sanidad a 60.983 personas, muestra que España no ha adquirido la inmunidad de grupo, porque sólo el 5% de la población, poco más de dos millones de personas de un total de 47 millones, ha desarrollado anticuerpos.

Indudablemente, con estos antecedentes preliminares aumentan las reservas en cuanto a la cadencia de la desescalada del confinamiento, porque los expertos técnicos no descartan un rebrote del virus. Como no podía ser menos, las regiones que todavía no disfrutan de las primeras medidas de desconfinamiento, se hallan en la Comunidad de Madrid y la inmensa mayoría de Cataluña, donde se emplazan los dos principales focos, con una importante letalidad de la enfermedad.

Desde esta etapa desconcertante, el Gobierno ha adoptado medidas sin precedentes para preservar la salud y reducir los catastróficos efectos económicos, que prácticamente han dinamitado la XIV Legislatura. Recuérdese al respecto, el cierre de escuelas, comercios, suspensión de actividades económicas, excluyéndose los sectores esenciales, etc.

Estas medidas han pretendido mitigar el rastro desangelado de la enfermedad, pero han ocasionado la pérdida de un millón de empleos, sobre todo, en lo que atañe al comercio, el ocio y el turismo, pilares esenciales de la economía española. Movilizándose 200.000 millones de euros, casi un 20% del Precio Interior Bruto, abreviado, PIB, para dosificar las consecuencias económicas de la pandemia.

Cada una de estas decisiones no han estado exentas de controversias por parte de la oposición, que reclama al Gobierno mayor transparencia, frente a la opacidad y una reactivación de las tareas económicas, tras semanas de inactividad.

Ejemplo de ello podría referirse, que aún no se ha hecho público de manera oficial, la identidad de los integrantes del Comité de Expertos en la gestión de la crisis. Como, igualmente, no ha sido posible saber con rigurosidad las víctimas mortales que el patógeno ha dejado tras de sí, con un conteo minucioso en las 5.457 residencias de ancianos españolas, ya sean públicas, concertadas o privadas, en las que han muerto por el virus o síntomas similares 19.485 víctimas, la mayoría en la Comunidad de Madrid, Cataluña, Castilla-La Mancha y Castilla y León.

Lo que correspondería al 66% del total de lo administrativamente comunicado por el Ministerio de Sanidad. Persistiendo irresuelta la casuística de las defunciones, porque solamente se reconocen quienes han fallecido después de haber dado positivo, pero no las muertes recopiladas por Sanidad Mortuoria en centros como residencias, domicilios particulares y vía pública. Es decir, las pruebas que no se hacen post mortem, por lo que no se contabilizarían a las personas que no las tienen hechas.

A esto ha de superponerse, que cada Comunidad Autónoma maneja los datos indistintamente y no siempre son exactos, un componente que el Ministerio de Sanidad ha querido sustituir, reclamando a las Administraciones pertinentes la pormenorización minuciosa de muertes y contagios en las residencias por coronavirus.

Y, como no, otra de las polémicas suscitadas, tienen que ver con la propuesta de la primera prórroga del Estado de Alarma autorizada por el Congreso sin ningún voto en contra, a diferencia de las tres subsiguientes, en los que gradualmente fueron disminuyendo los apoyos y en la votación realizada el pasado 6 de mayo, contó con 75 votos en contra y la abstención del principal grupo de la oposición.

En otras palabras: la economía intenta ahuyentar la paralización castigada por el confinamiento y la desconfianza que desencadenó el virus prosigue. Algunos negocios han preferido no realizar la reapertura por las restricciones aplicadas; otros, están en manos de la evolución de la crisis epidemiológica y, un tercer grupo, por lo pronto, ni se plantea el regreso a la actividad.

Con lo cual, la nominada nueva normalidad que tanto ansiamos, ha desbocado un aluvión de fluctuaciones que, a día de hoy, no han quedado solventadas y nos abren un espectro infinito de incertidumbres.

Haciendo una recapitulación sucinta de lo acontecido en estas largas y no deseables semanas de desasosiego e inquietud, lógicamente, cargadas de alteraciones por lo experimentado a nivel emocional, hubo un tiempo, no hace mucho, llamémosle el punto de partida, en el que el coronavirus era una anécdota que se desenvolvía cuando alguien carraspeaba o tosía, aquello tintineaba como algo distante que no iba con nosotros.

Incluso, se sugería que era algo paradójico desenmascarado en lo más remoto, porque su rastro comenzaba a incidir y nos podríamos estar refiriendo a un antes y un después en su recorrido, pero, que ni mucho menos nos perturbaría.

Dos meses más tarde, desde el primer contagio averiguado en España, ese paciente número cero, nos había llevado a la cifra récord de 94.417 contagiados y 8.189 fallecidos.

El 31 de enero, teniendo constancia del primer positivo en España, en palabras literales del Director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, decía: “Creemos que España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado. Esperemos que no haya transmisión local. Si la hay, será muy limitada y controlada. Por lo tanto, parece, según el número de casos diagnosticados día a día, que la epidemia comienza a remitir”.

Posteriormente, el 9 de febrero, surgía el segundo positivo y mediando setenta y dos horas, sorprendentemente, la patronal mundial de los operadores de telecomunicaciones, daba por suprimido el ‘Mobile World Congress’, también conocido como ‘Congreso Mundial de Móviles’, distinguido como el más ambicioso del planeta y presto a celebrarse en la Fira de Barcelona. Ya, en el imaginario colectivo, comenzaban a rondar los fantasmas de lo que estaría por llegar.

Las diez primeras transmisiones se reconocieron el 24 de febrero y el mismo 25, los primeros positivos concretos en Madrid, Barcelona y Castellón. El 26, Sanidad ampliaba la probabilidad de propagación y lo recalificaba de bajo a moderado.

Alcanzado el mes de marzo, con él surgieron los 100 infectados y velozmente, el día 4, oficialmente, se informaba que España contabilizaba el primer óbito por coronavirus. ¿Quién iba a ser, sino? Un pobre anciano que había muerto el 13 de febrero en Valencia, hasta entonces, la causa-efecto del Sistema de Monitorización de mortalidad no relacionaba a los extintos con el COVIC-19.  

El contexto puntualizado previamente, comportaría la ingrata decisión de examinar los restos mortales que sucesivamente se produjeron, para contrastar si presentaban idénticos diagnósticos que el anterior finado.

Paulatinamente, con anterioridad a que España se viese sumergida en la tenebrosidad de la pandemia, contemplábamos sin prestarle la debida atención las imágenes de agentes de la autoridad, blindados como si nos atinásemos en los prolegómenos de una guerra bioquímica. ¡Algo, realmente inusual!

Aquello, empezó a correr como la pólvora, auspiciándose a ser lo más común: sobreviniendo de modo inadvertido hasta erigirse en el caballo de batalla. En un abrir y cerrar de ojos, las calles, avenidas, viales y arterias quedaron desérticas al sopesarse lo que se presuponía que podía suceder.

En días sucesivos, las cantidades numéricas apuntaban a la realidad que se cernía y por doquier, se amplificaban. Si bien, no se había establecido la severidad del confinamiento, numerosos particulares decidieron cerrar, los hoteles valoraban las anulaciones y la ciudadanía se inquietaba a la vista del desenlace en la economía.

Las orejas al lobo se las vimos cuando solo podían asistir no más de tres personas a los velatorios. Algo que tardaríamos en asimilar, porque era la antesala de lo inhumano: ni tan siquiera un beso ni un abrazo de un adiós para ella o él, a quien en pocas horas se nos marchaba para siempre sin una despedida.

En paralelo, se escalaban posiciones en los pronósticos de contagiados y se sobrepasaba la barrera psicológica que actualmente podría sonarnos como deseable, al valorar hasta donde hemos llegado objetivamente.

Desde este preciso momento y tal como se desarrollaron los acontecimientos, se iniciaba la odisea con el cierre de colegios en el País Vasco y seguidamente en Madrid y comunidades autónomas. El 16 de marzo, se registraron 10.097 contagiados, con corta diferencia, 9.000 más que las setenta y dos horas que le sucedieron. Antes que concluye el mes que hubiéramos tachado del almanaque, se acariciaban los 100.000 (94.417) contagios y los 10.000 (8.189) decesos.

Como es sabido, el 14 de marzo el Gobierno tuvo que hacer uso del Artículo 116 de la Constitución para establecer el Estado de Alarma. Simultáneamente, se advertía la saturación de las Unidades de Cuidados Intensivos y de los centros hospitalarios. No faltaron las justificaciones y alegatos angustiosos por la falta de espacios de atención a los enfermos, recursos y difuntos que se nos escapaban por cientos en el más inmenso de los aislamientos.

Entre el abatimiento y el caos, aparecería una iniciativa difundida en mensajes e imágenes compartidas a través de Facebook, Twitter y WhatsApp, estrenándose con aplausos que se configuraron como algo cotidiano, en apoyo y homenaje a quienes estaban en la primera línea de la batalla: los sanitarios; definitivamente, esta seña de identidad de raza hispana permaneció con nosotros, consolidándose a las 20:00 horas para que se sumasen los más pequeños.

Eran evidentes la confluencia de profundos sentimientos desbordados con efervescencias desde las ventanas y balcones, porque, si en un principio comenzó siendo una expresión en honor al personal sanitario, pasaría a ser el sello de todas y todos y muy especialmente, por los que ya no estaban.

Tampoco, faltaron las caceroladas, en desaprobación por algunas de las actuaciones y gestiones del Gobierno.

El 21 de marzo, se sobrepasaban los 1.000 muertos, 1.375 y 25.374 positivos. En escasamente diez días, los dígitos se quedaban efímeros, al aproximarnos a los 10.000 cadáveres. A raíz de entonces, sobraría exponer en estas líneas, lo que sobrevendría…

Como se ha referido, el desconcierto emotivo hacía mella y el hecho latente del trastorno sanitario excedido, endurecían más el confinamiento extendido de cara a la ciudadanía, con las tensiones y disputas en las reuniones virtuales del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud de las autonomías, por salvaguardar los intereses que mejor se creían.

Hasta habilitarse hospitales complementarios en Madrid y Cataluña y morgues in extremis, ante la avalancha de finados que ininterrumpidamente no daban tregua. Sin inmiscuirse, que conforme las jornadas transcurrían, la enfermedad infecciosa se cebaba con el colectivo más vulnerable: las personas mayores.

Pero, si ha habido algo que nos ha podido tocar las fibras de la conciencia, es la historia desgarradora que conocimos de primera mano por los medios de comunicación, en lo que atañe a las labores de desinfección materializadas por el Ejército en el marco de la ‘Operación Balmis’, con el hallazgo en centros residenciales de la tercera edad, donde los militares se toparon con imágenes dantescas de ancianos fallecidos y conviviendo con otros residentes.

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Foto: National Geographic de fecha 17/V/2020.

Entre todo lo fundamentado, faltaría por añadir la circulación de inequívocos bulos y vaivenes extremados en las medidas recomendables para la seguridad individual, como el acomodamiento o no de explícitas iniciativas profilácticas, como la importancia de las transmisiones, probabilidades y derivaciones de las mismas; o adelantar los plazos en los que aparentemente no se doblegaba la curva de contagios y defunciones; o el uso o no acertado de las mascarillas. Lo que ha resultado desacertado y ha llevado a redundantes ansiedades entre la población.

Particularmente, ha sido demencial la argumentación en el automatismo de las mascarillas: de la noche a la mañana eran indispensables, salvo para los enfermos con muy poca utilidad, hasta modificarse y ser de obligado  cumplimiento fuera de casa. En escasos días, se reculaba en su efectividad y nuevamente se volvía a contar con ellas como fundamentalísimas. En razón de estos elementos, es inaudito la pérdida de tiempo en la activación de la fabricación en la industria nacional, de unidades elementales de conseguir e irreemplazables para las desinfecciones como mascarillas y equipos de protección individual, tras las expectativas disfrazadas sobre la llegada de las mismas.

Amen, de la eficacia y homologación de las obtenidas y el haber imposibilitado el mercado exterior de cientos de millones en una averiguación épica como inoperante, ha fragmentado la confianza y minado la moral de resistencia de los españoles.

Consecuentemente, con las lecciones no lo bastantemente aprendidas, pero sí, al menos, algo más reflexionadas, la pandemia del coronavirus nos previene que debemos estar capacitados para adelantarnos a lo imprevisto: tal vez, parezca una contradicción en términos generales y un entresijo semántico.

En nuestra aldea global, lo repentino nos lleva a unas connotaciones: los economistas no predijeron la crisis financiera del año 2008, pero, si repararan lo que es en este mismo instante una burbuja de créditos con alto riesgo de morosidad, se les empinarían los pelos.

El hombre es el único animal que tropieza dos y más veces en la misma piedra, cultivando la experiencia acumulada, pero, a la par, pudiendo extrapolarla. De manera, que no solo comprende el disparate financiero, sino, asimismo, cualquier otra burbuja. Esto sería un modo de predisponer lo inesperado para las pandemias: la madre naturaleza se mantiene en sus paradigmas inexorables y descubrirlos, es en el fondo el designio de la ciencia.

Ya no hace falta vislumbrar cuál es el virus específico que nos incomoda en todos los aspectos de la vida, tenemos al SARS-CoV-2; sea cual sea y nos invada cuando vuelva a irrumpir, debemos acondicionar milimétricamente un sistema de salud bien sufragado y que se amolde con presteza a cualesquiera de las amenazas súbitas y vehementes.

La salud de la población y el establecimiento de calendarios vacunales preparados, serán básicos ante visitantes espontáneos. Claro, primaría estar en disposición de una vacuna en la carrera impulsada por hallarla. No obstante, la lucha no es contra los laboratorios, sino con el tiempo que galopa apresuradamente, pudiéndolo lograr para reforzar un escenario epidémico más tolerable.

En aras de no volver a caer en los mismos anacronismos, las políticas de recortes financieros y privatizaciones avariciosas, deben acabar y reemplazarse por ayudas de fondos a la medicina y la ciencia. La ampliación permanente de la desigualdad social es y será, un impedimento para cualquier tentativa de gobernanza legítima.

En el meollo de este entramado, la ciencia ha sido y será una herramienta para prosperar en la pugna por el remedio de las grandes enfermedades que nos abruman, pero, no está en sus coyunturas solventarlas de un día para otro. De ahí, que sea evidente el grado de zozobra al que está subyugada la comunidad científica en esta crisis y los riesgos psicosomáticos a los que esta opresión nos enfrenta.

Ciertamente, valga la redundancia, preparar lo imprevisible es dificultoso, por no decir imposible, pero no por lógicas científicas o filosóficas, sino por las insensateces socioeconómicas que soporta el modelo vigente de la humanidad.

Contrariamente, hay quienes enfatizan con arrogancia, que todo se transformará como producto de la pandemia.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 21/V/2020

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