He recibido, de un amigo aliviado por el respiro de las entrañas políticas, una invitación a observar lo pequeño que delata lo grande: cómo lo público se cuela en la sopa y nos cambia el menú sin pedir permiso.
Todo empezó con un suplemento por asiento y un QR para entrar al teatro. Después llegaron las terrazas que ocupan la plaza, el adiós al efectivo y las tarifas que crecen solas. Llaman a esto modernidad, peo es un secuestro civil: el robo silencioso de nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestra libertad.
Una mirada -gastronómica, urbana, social- a esa «política de las costumbres», que moldea, deforma o encarece la vida diaria: cierre de comercios, peajes digitales, nuevas cortesías y prohibiciones -móviles, silencios, códigos de vestimenta-, normativas que peatonalizan o encajonan la ciudad y micro conflictos de convivencia, desde la música ensordecedora en terrazas hasta las guerras por el espcio público.
Y la estética como arma: gestos, vestuario, puestas en escena. Todo se imita o se rechaza, pero siempre se exhibe.
EL SECUESTRO DEL TIEMPO LIBRE
La improvisación está en peligro de extinción. Actividades antes espontáneas -ir al cine o visitar un museo- ahora exigen planificación milimétrica, compra anticipada y observancia de protocolos.
Antes bastaba decidir ir al cine a las siete; hoy, sin QR, pago previo y confirmación, no entras a un teatro que exige -como si dudara de tu palabra- ratificar dos veces la asistencia.
El ocio se ha vuelto una reunión de trabajo en ropa informal. Lo hemos aceptado con sumisión, como si la libertad fuera peligrosa y la espontaneidad, un vicio. Tal vez la última sea salir sin plan… y sin batería.
LA TARIFA OCULTA DE LA NUEVA NORMALIDAD
Pequeños recargos se han convertido en costumbre: suplementos y comisiones por asiento, por maleta, por pagar con tarjeta.
Desde el 1 de enero de 2002 -cuando comenzó a circular el euro- vivimos cercados de precios -trampa, condecimales de orfebre. Lo que antes costaba diez euros ahora cuesta diez, más inflación, suplemento por gestión, recargo por temporada alta y tasa medioambiental. El precio ya no es una cifra: es una conversación.
Incluso la propina, antaño gesto libre, se ha industrializado: 10%, 15% o 20%. Las tarifas ocultas no solo sangran el bolsillo: erosionan la confianza.
EL ADIÓS AL EFECTIVO
La desaparición del dinero en metálico está alterando la relación con el gasto, la propina, la privacidad… y hasta la espontaneidad. El dinero para ir al cine desaparece como las cabinas telefónicas: aún a la vista, pero en vías de extinción.
El billete arrugado, con el que antes se pagaba un café o una deuda sin testigos fiscales, ahora es un vestigio romántico. Cada gesto es un apunte blancario. Y cuando falla el datáfono, se cae la red o se agota la batería, se derrumba la supuesta comodidad.
Sin efectivo se esfuma también la discreción: ya no hay pagos invisibles ni regalos sin registro. Todo deja rastro, como si la intimidad tuviera que pasar por el fielato del banco.
OBSOLESCENCIA DE LO COTIDIANO
Nada se rompe: se abandona. Lo cotidiano se ha vuelto provisional para fomentar el consumo constante.
Aplicaciones que dejan de actualizarse, piezas que no se fabrican, reparaciones más caras que el objeto mismo. El mensaje es claro: compre otro. El cementerio invisible de objetos, recuerdos y hábitos crece sin duelo.
PRIVATIZACIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO
Las calles ya no son tan públicas. Las plazas, de terrazas alquiladas mesa a mesa; las playas, de hamacas que delimitan lo libre; las aceras, de veladores que obligan a caminar en fila india.
El argumento es «dar vida al barrio», pero la calle sigue siendo nuestra, incluso sin pulsera de acceso. Es un país que presume de plazas, lo público no debería reservarse solo para quienes consumen.
LA NOSTALGIA COMO ESTRATEGIA DE MERCADO
Nada vende más que el pasado. La nostalgia prefabricada se ha convertido en un recurso comercial imbatible: basta invocar lo «vintage» o «de toda la vida» para justificar cualquier producto nuevo, aunque lo hayan inventado ayer.
Esta nostalgia amañada evita competir en modernidad y activa un recuerdo amable que rara vez se contrasta con la realidad.
Este silencio ominoso nos lleva al secuestro civil sin darnos cuenta. La próxima vez que una moda, norma o tarifa se disfrace de avance, recuerde: a veces lo más moderno sigue siendo decidir por uno mismo… y pagar con billetes arrugados.
Quizá este sea el verdadero signo de los tiempos: hemos aceptado como progreso aquello que nos roba tiempo, espacio y libertad. El reto no es adaptarse, sino decidir qué hábitos no queremos aceptar como clientes cautivos. Tal vez la última modernidad sea la más antigua: elegir… y marcharse.



