La onda expansiva de rabia iconoclasta que actualmente zarandea a EEUU con divergencias a otras naciones, no debe considerarse como una mera demostración de arrebato popular por el fallecimiento de George Floyd a manos de un policía.

En tal caso, habría que discernir para interpretar que el desmantelamiento de las estatuas de Cristóbal Colón (1451-1506) o de Junípero Serra Ferrer (1713-1784), entre algunas, responde a la ira contra la discriminación racial, cuando los anales confirman que esos y otros protagonistas, fueron los forjadores de la civilización que hoy conocemos. Mucho más ambiguo resulta, que esta corriente aparentemente antirracista, deje al margen de sus delirios a los colonizadores ingleses que sistemáticamente aniquilaron a la urbe nativa de los Estados Unidos, para adueñarse sin complejos de sus posesiones, mientras los misioneros españoles, como Serra Ferrer, ofrecían su vida y clamaban a los cuatro vientos las irregularidades de la esclavitud.

Por lo tanto, lo que aquí se relata, es la voluntad ciega por desfigurar el frontispicio de la Historia Universal; para ello, se reivindica deshacer las huellas de la herencia Hispana y, sobre todo, de la cristianización que llevaría aparejado el paradigma de una sociedad fraterna en igualdad de derechos.

Entretanto, es doloroso percatarse del silencio cómplice de los agravios, ofensas e infamias que padece nuestra presencia pasada en tierras americanas. En otras palabras: la indolencia y apatía ante el desplome de monumentos, relieves o monolitos de personas ilustres que irradiaron el palpitar civilizatorio del Nuevo Mundo.

Pongamos como ejemplo en lo inicialmente fundamentado, lo sucedido en la República Francesa, un país celosamente satisfecho y gozoso de sus esculturas históricas y conciliador con sus actuaciones.

Sin ir más lejos, el mausoleo de Napoleón I Bonaparte (1769-1821) ubicado en una posición predilecta de París, forma parte de la atracción turística, a pesar de las matanzas que ocasionaron sus huestes. Pero, el lamento general visibilizando al racismo, ha llegado hasta aquí. Su último objetivo ha sido la imagen de Jean-Baptiste Colvert (1619-1683), clave en el reinado de Luis XIV (1638-1715), llamado ‘Luis el Grande’, que se atina ante la Asamblea Nacional.

Tarde o temprano, Colvert pagaría con la misma moneda que otros afines en mayor o menor medida. Ni tan siquiera un mito como el general Charles André Joseph Marie de Gaulle (1890-1970), agasajado en pasajes y avenidas de cada pueblo y ciudad, e ídolo de la resistencia contra la ocupación nazi, se ha salvado de la exaltación.

Diversas tallas del promotor de la V República han pagado la expresión salvaje, por quienes le atribuyen todo tipo de atrocidades con relación al colonialismo y a la Guerra de Argelia (I-XI-1954/19-III-1962), aunque él mismo fuese quien concluyese el combate y admitiera la Independencia del territorio norteafricano.

Con estas connotaciones preliminares, asistimos a un mar de decadencia y asedio vandálico y devastador, mezclado con la ignorancia, el racismo antihispano y la cristianofobia de exasperación sectaria a los símbolos de porte español vinculados a Norteamérica, que indudablemente nos hace cuestionarnos seriamente: ¿Acaso tachando el pasado, se restaura el presente?  

Salvaguardar el respeto y el sentido común de las agresiones, asaltos y ataques a los iconos y emblemas que encarnan nuestro legado, como Cristóbal Colón, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) o Serra Ferrer, es una de las prioridades que oscurecen los sentimientos patrios del Pueblo Español.

Contemplar con estupor los agravios persistentes con pintadas en letras rojas como “racista” e incluso arrojadas al mar, evidencian el enfurecimiento de una multitud como consecuencia de un revisionismo histórico erróneamente interpretado, pero, que aún adquiere más proyección, si permanecemos impasibles.

Hoy por hoy, revisar un ayer distante con los ojos del siglo XXI, podría servirnos de arma arrojadiza en el espacio del debate político, pero ni mucho menos desde un análisis historiográfico, que nos condenaría hacer añicos algo de lo que nos queda para ser transferido a las generaciones futuras.

Dicho esto, es inexcusable dar nitidez a los numerosos casos que posteriormente referiré. Porque, no es lo mismo la vandalización de Miguel de Cervantes, novelista, poeta, dramaturgo y soldado español; que Antonio López y López (1817-1883), marqués de Comillas y esclavista. Al menos, habría que tratar la reubicación de su establecimiento, porque la figura se ha plasmado como un reconocimiento.

A partir de aquí, en atención al papel conjugado y su trayectoria, podría ser discutible que ocupase o no, un punto determinado de la zona pública. Debiendo hacerse con tacto y miramiento, porque si hipotéticamente se abordase un estudio escrupuloso sobre el colonialismo, ahí se adentraría el Imperio Romano que subyugó a las aldeas y pueblos de la vertiente mediterránea. Y lo mismo sucedió con los griegos, fenicios y así un larguísimo etcétera.

De manera, que retocaríamos, a la vez que eliminaríamos, todos los iconos de la Historia de la Humanidad.

La clave subyace en conservar una mirada ambivalente.

Es decir, no perder de vista el enfoque retrospectivo y quedarnos perennemente estancados; porque es preciso distinguir otras posiciones, sin deshacer su origen. Generando para ello un itinerario crítico que no nos perturbe.

Previo al derribo de una estatua, sea por la causa que fuese, ¡no procede!

Antes hay que sondear otras posibilidades y dar oídos a las partes historiográficas que la defienden, para verificar si enaltece algún argumento que no es imprescindible recapitular; por el contrario, si se decide su traslado, ha de hacerse justificando su sensibilidad y deferencia con el arte y los artistas que la crearon.

Lo malévolo y nocivo como volcarla, ¡es irracional y disparatado!

Ciñéndome a la ‘iconoclasia’ o ‘iconoclastia’, que nos ayude a profundizar en la tesis que en estos días se vierte en las mentes y corazones de muchas personas, es una palabra que en griego significa ‘ruptura de imágenes’; o lo que es igual, el destrozo premeditado dentro de una cultura de las representaciones u otros distintivos o monumentos, habitualmente por razones religiosas o políticas.

La Real Academia Española de la Lengua, define la ‘iconoclasia’ como la “doctrina de los iconoclastas” y, a su vez nos indica, que ‘iconoclasta’ proviene de “rompedor de imágenes”. Concretándola como “el movimiento del siglo VIII que negaba el culto debido a las sagradas imágenes, destruyéndola y persiguiendo a quienes la veneraban”.

De hecho, la ‘iconoclasia’ es un elemento reincidente de las principales variaciones políticas y religiosas que resultan en una sociedad. Generalmente, el término no comprende el desmoronamiento exclusivo de retratos de un gobernador después de su muerte o derrocamiento, como, por ejemplo, Akenatón, décimo faraón de la dinastía XVIII de Egipto.

Mismamente, la terminología ‘iconoclasta’ se superpone de modo alegórico a cualquier individuo que bien, se separa de los dogmas o convenciones instituidas, o los deprecia. Asimismo, la ‘iconoclasia’ es materializada por personas de distinta ideología, pero frecuentemente, es la derivación de desavenencias intransigentes entre las mismas facciones.

Hay que tener en cuenta, que en los siglos VIII y IX, respectivamente, las dos mechas que acabaron encendiendo la pólvora de la iconoclasia originadas en el Imperio Bizantino, son inusuales, porque el conflicto se centralizó en el uso de imágenes, más que por ser una pieza secundaria de inquietudes más profundas.

Durante esta etapa como en otras cuestiones doctrinales, la polémica no quedó condicionada exclusivamente a la esfera eclesiástica o a las evidencias teológicas. Las discrepancias culturales prosiguieron con el islam y la advertencia militar que representaba; si bien, es de suponer, que influyó en las acciones de uno u otro bando.

Además, la iconoclasia era respaldada por sujetos provenientes del sector Oriental del Imperio, así como refugiados de las provincias ocupadas por los musulmanes. Mostrándose como variables principales, tanto desde los inicios como en el último periodo del apoyo imperial, la tenacidad de los ejércitos, como el peso progresivo de las avanzadillas balcánicas, a los que se les suponía que carecían de sentimientos iconoclastas.

Posiblemente, la inercia en la explotación de iconografías se incrementó en los años que antecedieron al detonante de la iconoclasia. Una transformación significativa se desencadenó en el año 695 con Justiniano II (669-711 d. C), emperador romano en dos espacios separados (685-695/705-711 d. C.), que grabó el rostro de Cristo en el reverso de sus monedas de oro.

Ciertamente, el alcance de la valoración iconoclasta se desconoce, pero la evolución indujo a que el califa omeya Abd al-Málik ibn Marwán (646-705 d. C), abandonara su anterior adopción de las clases de monedas bizantinas y emprendiera una acuñación de traza más islámica con solo palabras.

De lo analizado hasta ahora, estaríamos asistiendo a lo que se denomina ‘damnatio memoriae’, una locución latina que literalmente se traduce como “condena de la memoria”, o la anulación de personajes célebres de épocas memoriales.

Pero, lo que no es de recibo que figuras de bronce, piedra o mármol que han sobrevivido esculpidas desde tiempos impertérritos, de la noche a la mañana se sentencien con parámetros sociales y culturales presentes; fórmula que no es la más acertada, porque cada curso aglutina su composición social, cultural y ética.

Ya en la vieja Roma la ‘damnatio memoriae’, era una aplicación que como su propio tratamiento revela, aspiraba a castigar el recuerdo de un enemigo del Estado tras su defunción.

Los romanos veneraban a sus ancestros, ornamentaban sus núcleos urbanos con páginas épicas de los más distinguidos y cuidaban para que sus apellidos se transfiriesen de generación en generación; recurriendo a la adopción de hijos adoptivos para salvarlos. La remembranza de la unidad familiar era uno de los soportes esenciales de la comunidad romana, hasta el extremo, que el descrédito al olvido se encajaba en la cima de los castigos más inicuos.

Los romanos concebían la Historia de la Humanidad como un paraje cuyos episodios o capítulos más sombríos podían, sencillamente, ser suprimidos y reemplazados por otros. ¿Quizás, es lo que ocurre hoy? Con ello, se garantizaba el no haber existido jamás y anular íntegramente cualquier atisbo de evocación, ya fuese en pasajes, inscripciones, murales, obeliscos o música admirada.

© Fotografía de National Geographic de fecha 19/VI/2020, la breve reseña insertada es obra del autor. 

Estas reseñas ponen el entredicho en los conquistadores hispanos, con una disposición cardinal en la toponimia americana, al ser el corazón de las acometidas y derribarse todo un patrimonio que engloba desde efigies, pilones o bustos, hasta calles, plazas y poblaciones que se prolongan por doquier. Las esculturas de Cristóbal Colón y otros españoles, llevan años resistiendo la ferocidad despiadada de quienes reclaman a los moradores indígenas, sin refrescarse el alto precio en sangre que hubieron de pagar por la plasmación de los Estados Unidos de América, inmediatamente a su Independencia de Gran Bretaña. Eso sí que simbolizó una estrategia de exterminio.

La tergiversación histórica e intelectual de rebeldías contra lo hispano, desenmascara amplios complejos sustentados por un liberalismo incoherente que ha hecho de la defensa de las minorías su mejor bandera, con la evasiva de censurar la obra cristalizada por España.

La diversidad reinante en las raíces de la toponimia de Estados Unidos, más concretamente en lo que atañe a la Hispania, los antecedentes desglosados de la publicación titulada “La herencia hispana y el español en la toponimia de Estados Unidos”, perteneciente a Juan Ignacio Güenechea y editado y publicado por el Observatorio de la Lengua Española y las culturas hispánicas en los Estados Unidos y el Instituto ‘Cervantes At Harvard University’, hacen ostensible la transmisión de la casta hispana en el país, valga la redundancia, porque lo hispano y el español, son indiscutibles en la rica semblanza de los Estados Unidos de América.

En las conclusiones de esta investigación, la toponimia de EEUU es un componente que ayuda a dar más fuerza en la impronta proporcionada por España y en la simbiosis que el universo hispano comparte con él.

Hay que fijarse detenidamente en los Estados del Suroeste, porque reproducen un mayor influjo; a los que le acompañan los de la franja Sur y Sureste, teniendo una analogía directa con el talante español en los más de 500 años en este suelo y, fundamentalmente, en estos sectores. Sin inmiscuirse, los Estados de la extensión Central, Norte y Este, con un protagonismo menor en cuanto a su estancia.

Conjuntamente, en los Estados retratados nos topamos con municipios que apilan algún topónimo concerniente al legado Hispano, al igual que sucede con los condados, donde en el 50% de los territorios se constata alguna de estas peculiaridades.

La castellanización de vocablos, mensajes y frases autóctonas muestra los engarces que, paulatinamente se entretejieron entre los expedicionarios españoles y los habitantes primigenios, al ser el primer idioma no nativo hablado.

Descubridores y exploradores como Hernando de Soto (1500-1542), o Juan Ponce de León y Figueroa (1474-1521), han dado nombre a varios puntos emblemáticos que inmortalizan sus gestas. Estos fueron conferidos en fechas postcoloniales y dan testimonio que los residentes norteamericanos, han sido verdaderamente los que perpetúan la grandeza que comparten con el infinito Hispano y en particular, con España.

Curiosamente, en la amplia topografía americana se aprecian ciudades bautizadas como Córdoba, Valencia, Oviedo, Madrid, Toledo, Sevilla, Salamanca, Granada, Durango, Navarra, Laredo, Andalucía, León, Ebro, Coruña o Aragón. Estas localidades se trascriben simplemente con la versión al inglés como Navarre, Grenada Seville, Corunna o Andalusia. Otras como Madrid, adquiere pequeños cambios como el condado de New Madrid.

Al unísono, pasa con denominaciones de ciudades o países centroamericanos y sudamericanos: topónimos venidos de naciones como Panamá, Cuba o Perú; o urbes como La Paz, Bogotá o Lima, diseminadas por la circunscripción estadounidense, traslucen la envergadura del cosmos hispanoamericano.

Alcanzado este tramo de la disertación, las irrupciones despiadadas a monolitos, relieves o tallas con indicativo español, más allá de perjurios, argucias y manipulaciones interesadas, reconociendo los hechos por encima de ideologías o teorías presentistas, la generosidad que envuelve cada una de las iniciativas españolas en América, rotulan un pretérito que podría encuadrarse en la primera globalización.

Únicamente un razonamiento anacrónico, improcedente y descontextualizado de las vicisitudes como las que están aconteciendo, descifran apologías infundadas: el presentismo que juzga a personalidades, empequeñece y desenfoca las labores, encargos y ocupaciones obradas en América por una Monarquía Hispánica policéntrica, depositaria y conciliadora.

Ante estas arremetidas a la memoria y pertenencia artística-escultórica avivadas por el oscurantismo, es necesario echar una ojeada a las autobiografías de los que hoy se desploman de su base en caída libre, para obtener una visión contextualizada de su recorrido y desempeño; por cierto, muy distante de la ilustración alejada, descaminada e inexacta que desde algunos medios y colectivos se propone depravar.

Consecuentemente, no existe un pasado que no esté subyugado al saqueamiento; ni historia que no se torne en terreno propicio para la lucha más atroz; pero, ninguna superficie como la del Viejo Continente se encuentra tan agotada de susceptibilidades y barbaridades colonialistas, con una legión de libertadores que pretenden conjurar sus errores.

Obviamente, España, acumula lo más abominable de este tsunami de incoherencia e iniquidad: el desenfreno de exacerbación y violencia descomunal contra el sentido de la propia historia cargada de reproches por la evangelización.

Del pedestal, nuestros ilustres han cosechado pisotones, insultos, escupos, pintadas y hogueras, en incluso, arrojadas al agua, para difundir el clamor de los insurrectos posmodernos que toman las calles con su propaganda ilusoria y provocativa, maltratando las señas de identidad de un gran país como España.

Ningún hombre de tiempos inmemoriales toleraría la aplicación de las reglas morales del siglo XXI, pero, empecinarse con Serra Ferrer u otros tantos, resulta conmovedor, porque este franciscano renunció a su cátedra de Filosofía y Teología, para consagrarse en cuerpo y alma a la educación integral de los aborígenes de California, sembrando con destreza misiones de cultura y piedad.

¡Rechacemos pues, este enloquecimiento corrompido, que ambiciona arrebatarnos un pasado que quedó rubricado con sus luces y sus sombras!

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