Nombres propios que fueron despojados de su humanidad, salen del anonimato en busca de la verdad

Nombres propios que fueron despojados de su humanidad, salen del anonimato en busca de la verdad

La vida es efímera, mientras que lo que tras ella queda, nuestra memoria, pretende hacerse imperecedera. Hoy, unas cuantas décadas más tarde de la finalización de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), nombres propios con apellidos y fechas de defunción han resultado del anonimato, para iluminar la consternación vivida por miles de prisioneros españoles en el campo de concentración de Mauthausen-Gusen.

Y es que, tan solo hace unos días, o séase, setenta y cuatro años después de los juicios de Núremberg, los Gobiernos de la democracia de España habían imposibilitado que constara la notificación de estos fallecidos, pese a los listados hechos por Estados Unidos y Francia en base a los diez libros ‘Totembuch’, literalmente ‘de los muertos’, que, hasta entonces, habían estado postergados en la Sede del Registro Civil Central de Madrid.

Ello, a pesar de los acuerdos suscritos en la postguerra, por el que los estados aliados debían remitir a sus países de origen las identificaciones de desaparición de los campos de ingreso. Lo cierto es, que el censo franquista daría el acuse diplomático de aquellos antecedentes indiscriminados, pero, en ningún otro tiempo lo quiso transferir a las familias de los 4.427 nombres de los difuntos, que en este pasaje reclaman ocupar el lugar que indiscutiblemente merecen.

Sin duda, la dictadura de Franco no se pronunció al respecto, por considerar a estas personas ‘rojos’ y, como tales, las sentenció a una muerte segura.

Evidentemente, queramos o no queramos, esta conducta improcedente nos convertiría en cómplices de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el régimen de Adolf Hitler. Con lo que este reconocimiento es un primer paso, tras casi cuarenta y un años de la promulgación de la Carta Magna.

Los indicios revelados en las fuentes del Listado oficial de víctimas, lo encabeza Don Olegario Aba García perteneciente a la provincia de Córdoba y se completa con Don Manuel Zurita Palomo de Teruel, ambos fallecidos en el campo de concentración de Gusen. Sucintamente se constatan doce mujeres, entre ellas, Rita de Teruel; Remedios, Eugenia y Paz de Ciudad Real, todas, fallecidas en el campo de Gusen; a las que le siguen María de Almería; Ana Inés e Irene de Madrid; Regina de Valencia y Luz Higinia de Navarra, muertas en el campo de Auschwitz; prosiguiendo con Carmen de Girona y María Leonor de Asturias, perecidas en el campo de Ravensbrück. Por último, en el Libro 10 figura Doña Eugenia Raimundo Levy, de la que no consta el campo de fallecimiento.

De cualquier manera, en el propio Mauthausen-Gusen no existía un área de mujeres propiamente dicho; sólo se hizo uno en el año 1944 para albergar a las que debían trasladarse de Auschwitz y Ravensbrück ante la aproximación de las fuerzas rusas. Precisamente, este último, sería el destino que les esperaba a la mayoría de mujeres españolas, cuando el partido nacionalsocialista obrero alemán gobernó el país.

Pero, esta cruel historia, conceptuada en términos historiográficos como ‘diabólica’, tendría su punto de partida en el campo de concentración de Mauthausen, como uno de los tentáculos del genocidio racial que instauró el autoproclamado III Reich (1933-1945), comprendiendo los actos cometidos “con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”.

Subrayándose, que ya es mucho decir, que, entre otros campos de aniquilación, Mauthausen, sobresalió por el endurecimiento en sus condiciones de vida.

Transformándose en uno de los mayores exponentes en la degradación de la raza humana, al adquirir niveles de iniquidad impensables. Porque, a la par, había una convicción, la muerte y concurría un temor, la forma más depravada de morir.  

Por eso, en Mauthausen, como en otros tantos campos de similares características, se recuerda algo que no puede permanecer en el olvido: rendir tributo a quiénes vivieron este calvario de indignidad absoluta, hasta ser despojados de su humanidad; para ello, es necesario sondear nuestro ser y desmontar la perversidad del hombre en su máxima expresión, aprendiendo de los errores incurridos y fortalecernos interiormente para que, en el futuro, nunca más vuelva a ocurrir, lo que aquí se relata.

Por lo tanto, al fin y hasta donde existen datos recopilados por el buen hacer de un equipo de historiadores españoles, la reciente divulgación en el Boletín Oficial del Estado Núm. 190 de fecha 9/VIII/2019, con el que se difunde uno a uno, los apellidos, nombres, fechas y lugares de nacimiento, provincias, fechas de muerte y campos de concentración de los españoles asesinados en Mauthausen o su adyacente, Gusen, es un primer avance para zanjar una irregularidad que ha envilecido la legitimidad del sistema de 1978, obedeciendo a una de las iniciativas llevadas a cabo por la Ley de Memoria Histórica, que trata de resarcir a las víctimas del nazismo.

Cómo, del mismo modo, esta medida haga justicia con los familiares de los difuntos que esperaban con desasosiego y, al menos, pudiera cerrar algunos de los capítulos más dolorosos del siglo XX.

Disponiendo que estas generaciones puedan hilvanar el destino que les deparó a sus antepasados, como padres, tíos, abuelos, etc., que desaparecieron sin dejar rastro, permitiendo fusionar los abusos nazis con miles de historias personales, entre aproximadamente los diez mil españoles que fueron desterrados, en su inmensa mayoría, como prisioneros republicanos o combatientes en el bando aliado, experimentando lo inenarrable hasta toparse con el drama de un final infernal.

Consecuentemente, lo que con enorme pesar se describe en estas líneas, anhela devolver la dignidad a las víctimas que traspasaron los límites fronterizos de Francia en los últimos meses de la Guerra Civil (1936-1939), pasando a formar parte de la facción francesa, o bien, se sumaron a la Resistencia de este mismo país.

Ahora bien, hasta no hace mucho tiempo, las reseñas de los españoles en estos campos de concentración, únicamente se habían distinguido extraoficialmente, aunque, paulatinamente se apreciaba algo de transparencia en estas páginas oscuras de lo irracional. Sin embargo, el transcurrir de las épocas no ha quedado prescrita, para quiénes, ni tan siquiera, fueron anotados en el Registro Civil tras su tránsito, porque cuando la España franquista se apropió de estos valiosos documentos, no tuvo reparo en enclaustrarlos y encubrir las atrocidades que se consumaron.

Entre los internados en Mauthausen, había quiénes provenían de Polonia, seguidos de habitantes soviéticos y húngaros. Conjuntamente, se confinaron grandes grupos de austriacos y alemanes, italianos, yugoslavos, franceses y, como no, españoles.

En su totalidad, entre la inauguración del campo en agosto de 1938 y la liberación por las fuerzas de los Estados Unidos de América en mayo de 1945, poco más o menos, unas 200.000 personas, fueron recluidas en aciagas circunstancias.

De esta abrumadora cuantía se desprende, que sólo la mitad pudo salvarse. El resto, sucumbió por los métodos aplicados como cámaras de gas, inyección letal, hipotermia o agotamiento hasta alcanzar la extenuación.

Lo que más horroriza, es el enloquecimiento criminal y atroz en el que estaba establecido el III Reich y la dirección del campo de exterminio, ya que en pleno descalabro y en las últimas jornadas de actividad en este infierno, se ordenaron el 50% de los homicidios. Convirtiéndose en rutina y sin trascendencia alguna, observar cómo en tan solo tres meses, caían al menos, el 70% de los sometidos a tales improperios y ultrajes.

Mauthausen-Gusen, como comenzó a denominarse desde mediados de 1940, se dispuso en cuanto Alemania se anexionó Austria en marzo de 1938. Edificándose junto a una cantera desocupada, colindante al río Danubio, a unos cinco kilómetros de la Ciudad de Mauthausen y a unos veinte kilómetros al Sureste de Linz, capital en la que Hitler dejaría atrás su periodo de adolescencia.

Era algo así, como una fortificación voluminosa de pedruscos en lo más alto de una montaña, rodeada por pequeños barracones y dispuesta por una red de más de veintitrés subcampos, bajo la clandestinidad e influjo de la nave nodriza, el ‘KZ Mauthausen’. Si bien, no se contempló como campo de exterminio, como era el caso Auschwitz, fue la única extensión del momento que adquirió la categoría III. Es decir, una estancia aterradora en el que se priorizaba los medios de detención más implacables, entendiendo que no era creíble la rehabilitación de los presos.

Obligatoriamente, esta categorización convertiría a Mauthausen en una de las superficies más espaciosas y con una de las más significativas tasas de mortandad de la Alemania nazi, de la que incuestionablemente no escaparía nadie. Su trazado, en lo que concierne a la disposición interna, quedaba a disposición de los malhechores del derecho común germano y delincuentes profesionales, cuyo principal cometido pasaba por exterminar a los condenados con la mayor celeridad posible.

Sin prisas, pero sin pausa, este fortín se amplificó, aunque en sus inicios los internos se destinaron para su edificación, pronto se descubriría el verdadero significado de este tétrico recinto: el aprovechamiento de la cantera de granito localizada en las afueras, como, asimismo, ocurrió con las zonas contiguas de Gusen.

En esta tesitura, de la noche a la mañana, los recluidos se vieron violentados a duras operaciones como mano de obra esclava. En un sinnúmero de ocasiones, más de once horas diarias, añadiéndose a ello, la exigua alimentación o la falta de atención médica, que aceleraron las realidades de Mauthausen para que se asentasen como maléficas.

Para gobernar y servirse de las canteras con fines de lucro, el III Reich creó la Compañía ‘Obras alemanas de piedra y tierra’, popularmente conocida como ‘DEST’, en pertenencia de la Organización militar, policial, política, penitenciaria y de seguridad de las ‘SS’. Análogamente, se encomendó la elaboración de materias primas para obras de calado monumental y de influencia en el régimen.

En corto espacio de tiempo, este perímetro con indicativos malévolos, se transformó en una combinación constructora de importantes dimensiones, entreviéndose las cifras de detenidos y la ocupación de los mismos que copiosamente comenzó a variar, como también, la procedencia de los reclusos.

No obstante, al principio Mauthausen tenía la premisa de asilar a los opositores políticos de la propia Alemania, pero con el estallido de la conflagración, la masa humana derivaba de regiones ocupadas.

Hasta esta parte luctuosa de Mauthausen, vinieron numerosísimos penados de España, mayormente jóvenes que procedían de Francia, donde habían escapado como excombatientes republicanos tras el conflicto civil.

En el momento que Alemania irrumpe en el estado francés, muchos de ellos pasan a ser capturados, algunos como cautivos de guerra, puesto que al encontrarse en edad de servir se habían incorporado en algunas de las compañías auxiliares del ejército francés; en otros casos, por subordinarse a la Resistencia franca.

Como matiz específico, la indumentaria que los españoles portaban en el campo de concentración, se distinguía por un triángulo azul, en calidad de inmigrante o apátrida y sobre ello, una ‘S’ de ‘Spanier’. Es consabido, que la represión franquista contradijo y encubrió en todo momento, la presencia de los deportados en este y otros campos germanos, conviniendo con la cúpula nazi que todos los prisioneros de guerra españoles fueran realojados.

Habitualmente, aquellos que eran incluidos en el sistema de Mauthausen, se sujetaban a una clasificación maquiavélica, teniendo el punto de mira en los que eran distinguidos como enfermizos y deleznables para afrontar estas faenas. Por tal motivo, eran apartados de los demás e inmediatamente aniquilados en estaciones de gaseado móviles o en el centro contiguo de ejecución por eutanasia de Hartheim.

No de extrañar, que los médicos dispusieran de inyecciones de fenol, para sacrificar a los pacientes anémicos que apenas tenían posibilidades de desenvolverse entre tantas penurias. Más denigrante resultó, que estuvieran hipotecados a experimentaciones pseudocientíficas afines con la testosterona, contagios de piojos o tuberculosis y prácticas quirúrgicas.

A partir de la última etapa de 1943, comenzaron a ser forzados en la cimentación de centros de producción subterráneos, que con anterioridad habían resistido los ataques de la aviación. Para ello, hubo de agrandarse el campo de Gusen y establecerse los subcampos de Steyr, Melk y Ebensee. El levantamiento de estas subestructuras en túneles, debió emprenderse en límites comprometidos y con riesgos permanentes en las entrañas del abismo, siendo uno de los factores predominantes en la cuantificación de las víctimas mortales.

En seguida, el campo principal de Mauthausen desempeñó el papel de término dependiente, adonde se encasillaban a los internados en los subcampos antes aludidos. Simultáneamente, éstos, aquejados por los muchos padecimientos e imposibilitados para los menesteres obligados, nuevamente eran enviados a Mauthausen donde fallecían. En la segunda medianía de 1944, la interposición desplegada por las fuerzas soviéticas conllevó que llegaran a Mauthausen y a sus campos satélites, numerosas personas resultantes de otros campos, entre ellos españoles, que seguían más próximos al frente oriental. Este lance se amplificó en 1945, cuando el ejército ruso se encontraba a las puertas de la Alemania nacionalsocialista.

Todo esto se transcribiría en las deplorablemente ‘Marchas de la muerte’, donde muchas vidas se truncaron en recorridos prolongados e inacabables hasta la postración. Para los que tras el sufrimiento experimentado ganaban Mauthausen, ahora, como ya se ha indicado, les aguardaba la voracidad de las turbaciones y ocupaciones impuestas, e indudablemente, la muerte más espantosa.

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En consecuencia, hacer referencia a cómo se segó la vida de estos hombres y mujeres, irremediablemente, hay que condicionarlo al trato infamante y descomedido sufrido como esclavos, acarreando grandes piedras junto a las severidades de las condiciones climatológicas; al menos, entre los 25 y los 35 grados bajo cero en periodo invernal y apocados a un sol calcinante en verano, coadyuvaba a castigar considerablemente a los rehenes por miles, que inducidos a las garras de la agonía, perecían como perros en los barracones.

Corazones y mentes empleados irracionalmente que consumidos por parásitos y males que regularmente se saldaban en mortales, tales como tuberculosis o artritis, o problemas de corazón, al mismo tiempo que fiebres tifoideas, pleuresía, forunculosis, y así, un largo etcétera.

Muertes virulentas como las incurridas, que los autores consiguieron con relativa presteza afinar con técnicas que, a la vez, eran espeluznantes y minuciosas. Así, los prisioneros aparte de lo ya mencionado, morían por azotes, suicidio provocado, o bien, por disparos o la ejecución en la horca.

Otra de las fórmulas degradantes, radicaba en introducirlos en aspersiones que vertían alternativamente agua helada o hirviendo, para consecutivamente, ser exhibidos al aire libre con escasa ropa o totalmente despojados, hasta sucumbir. Y, cómo no, una regla específicamente perniciosa en funcionamiento por algunos sádicos, que se fundamentaba en sumergir a la víctima hasta ahogarla en un recipiente con agua y excrementos humanos, o entre los restos de otras víctimas.

Y no hablemos de otros procedimientos verdaderamente perversos de martirio, ingeniados por la policía secreta oficial de la Alemania nazi, la Gestapo, para hacer hablar a los que tenían minúsculos propósitos de huida.

Luego,al acceder con aflicción a los diez libros ‘Totembuch’, o lo que es lo mismo, a la caja negra que desvela los crímenes realizados en Mauthausen, Gusen, Auschwitz y Ravensbrück con irrefutable derramamiento de sangre española, adquiere un sentido histórico cardinal; pero, sobre todo, afloran una serie de interrogantes sobre la herencia del franquismo en el sistema actual.

Un régimen, que, a todas luces, se declaró remiso a reconocer su deuda con las víctimas del nazismo y que, al menos, debería sosegar un sinfín de historias frustradas, que, en nuestros días desentrañen la confabulación de la España franquista con el holocausto de Alemania.

Según la publicación del Listado de españoles deportados a los campos nazis, el origen geográfico de quiénes despiadadamente perdieron la vida, corresponde a cualesquiera de los rincones territoriales que engloban a España y que por orden alfabético atañen a Andalucía, Aragón, Principado de Asturias, Illes Balears, Canarias, Cantabria, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cataluña, Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla, Comunidad Valenciana, Extremadura, Galicia, Comunidad de Madrid, Región de Murcia, Comunidad Foral de Navarra, País Vasco, La Rioja, y, por supuesto, las hipótesis infundadas venidas de datos de personas aún sin determinar.

Hoy, perceptiblemente se hace constar una legalidad, que, de ningún modo, tuvo que ser impedida, pero, la supuesta reparación a la que pueden optar legítimamente los descendientes, viudos y viudas de los asesinados en Mauthausen y otros campos reseñados, no es suficiente, si tales aberraciones se inmortalizan como impunes.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 25/VIII/2019.