FINAL
«Michele está solo. A decir verdad, siempre lo ha estado…«
De este modo arranca ¿Qué? La Eternidad el último tramo del Laberinto del Mundo de Marguerite Yourcenar y en el que cuenta su infancia y adolescencia. Si bien tenía pensado llegar hasta 1939 o hasta que se le cayera la pluma de la mano, no pudo terminarlo, debido al derrame cerebral que sufrió y que le causó la muerte un mes después, el 17 de diciembre de 1987. Este último tramo llegó hasta 1920.
El libro comienza en agosto de 1903 con una Marguerite de dos meses en Mont-Noir junto a su padre de luto por Fernande y el día a día en la mansión, con la abuela Noémi mandando sobre todos, criados, lacayos, jardineros etc…No obstante Michele criará a su hija como a una niña libre que tendrá burritos, cabras y corderos como mascotas, le enseñará a leer a Homero y a Virgilio porque nunca irá a la escuela, sino que los tutores la educarán en casa, la verá hacer su primera comunión y le enseñará a amar la naturaleza y a pensar por sí misma, libre y sin ataduras.
Llega entonces 1905 y aparece en escena la Baronesa Jeanne de Reval o de Vietinghof, escritora y figura clave en la vida de Marguerite. Jeanne y Fernande habían estudiado juntas en el internado del Sagrado Corazón de Bruselas, haciéndose íntimas amigas y compartiendo secretos e intimidades. Jeanne provenía de una familia de abolengo protestante, pero aún así fue dama de honor en la boda de Fernande en 1900, poco después ella se casaría con el músico y Barón Egon de Curlandia, Rusia, cuya familia poseía vastas tierras y propiedades y trasladándose a vivir con él allí. Los siguientes 3 años las dos amigas se cartearon y ambas quedaron embarazadas casi al mismo tiempo, entonces la correspondencia se detuvo al dar a luz Jeanne a su hijo y poco después vendría el segundo. Teniendo que ejercer de madre perdió todo contacto con Fernande. Esos años 1903-05 serían también de frecuentar los salones y teatros de San Petersburgo y conocer al Zar y a su familia y al místico Rasputín, al igual que a su asesino, el Príncipe Félix Yussupov.
En 1905 durante una visita familiar a Bruselas Jeanne supo del triste final de su amiga y le escribió a Michele para darle el pésame, pero también para hacerle saber la última voluntad de su esposa: Si una de las dos moría en el parto la otra se encargaría de velar por el hijo de esta. De este modo y cada verano, Marguerite iría con su padre a una villa alquilada en la costa holandesa para jugar con los hijos de Jeanne y Egon, mientras su padre pasaba tiempo con ellos. He aquí que Jeanne y Michele empezarían una relación intensa pero llena de altibajos, no solo por el recuerdo de Fernande, sino por el beneplácito de Egon, quien prefería la compañía masculina, algo que Jeanne siempre supo y que Michele no condenó pero sí por lo que sintió cierto rechazo. ¿Quién le hubiera dicho a Marguerite que Egon le sirviría de inspiración para escribir en 1928 Alexis y el Tratado del Inútil combate cuando su padre le contó aquella historia?
Años de viajes a Holanda, Italia, Suiza, Alemania y Mónaco componen la vida de Marguerite, Michele, Jeanne y Egon junto con encuentros entre los dos amantes. La muerte de la abuela de Marguerite en 1911 supuso la venta de Mont-Noir y el traslado a París de padre e hija, posteriormente Mont-Noir perecería bajo las bombas alemanas en 1914. El escándalo de Egon con su amante y músico Franz en Roma supuso el fin de la relación de Jeanne con Michele para evitar su ruina en sociedad y la negativa de Jeanne a dejar a su marido. Rara vez volverían a verse, aunque Marguerite estaría en contacto con ella hasta la muerte de Jeanne en 1926 por un cáncer de hígado.
Estalla entonces la guerra y los Grayencourt se exilian en Londres durante un año 1914-1915 y como contaría la propia Marguerite allí aprendió inglés y sufriría dos intentos de abuso por parte de una de sus niñeras y de un primo mayor suyo, algo de lo que Michele jamás se enteró. A esta tensión se les sumaron los enfrentamientos de Michele con su hijo mayor y la posterior vuelta de padre e hija a París.
El último tramo del libro cubre las desventuras que vivirían Jeanne y Egon con la Primera Guerra Mundial y tras el final de esta en 1918. El matrimonio decidió exiliarse en Suiza para evitar el reclutamiento de Egon en el ejército ruso y tras haber servido por un tiempo de voluntarios en los hospitales de la Cruz Roja. La vida en Suiza fue cómoda pero austera, manteniéndose la pareja con los conciertos de Egon, pero pronto llegaron las malas noticias desde Rusia en 1917 con la caída del Zar. Con la excusa de dar una gira musical por Estocolmo, Londres y Copenhague Egon regresaría a su hogar, o más bien lo que quedaba de él, porque cuando pisó de nuevo su país en 1920 la guerra civil seguía y había arrasado todo, los bolcheviques controlaban la zona y casi toda la familia de Egon había sido asesinada y sus fincas incendiadas. De lo poco que sobrevivió y que encontró fueron a dos de sus primos que se tuvieron que adaptar al nuevo régimen, la madre de Egon que había perdido la cabeza ante la tragedia familiar y Odón, el jardinero de la familia junto con su hija. Gracias a la ayuda de su primo Elie, quien era médico del ejército rojo y le ayudó a escapar, Egon logró salir de Rusia y llegar a un puesto de vigilancia francés en la frontera con Polonia. El capítulo final se cierra con él haciendo parada en Frankfurt mientras regresa a Suiza y con un encuentro siniestro. Egon invita a un soldado alemán a un café y este medio borracho y hundido por la derrota alemana de 1918 le predice los acontecimientos de 1933 y 1939.
´´No somos unos vencidos…Pero espera un poco. Encontraremos un jefe. Permitiremos al Kaiser comer queso en Holanda. Les haremos hijos a las chicas…..Canallas que nos dejarán morir de hambre´´
Y de este modo y sin poder continuar como hubiese querido, Marguerite Yourcenar llegó al final del laberinto del Mundo y alcanzó la eternidad. Poco le quedaba para acabar. Añadiendo las muertes de Jeanne y de Michele entre 1926-1929 más su posterior partida a Estados Unidos con su pareja Grace en 1939 hubiese bastado para finalizar la obra, pero el final es este y por fin podremos cerrar la puerta de este laberinto que en cierto modo es el nuestro también y nuestra propia eternidad.