El Gran Capitán, la carrera colosal de un magno militar

El Gran Capitán, la carrera colosal de un magno militar

Entre los nombres consagrados de esforzados valientes que nuestra Patria ha visto resurgir a lo largo y ancho de la Historia, tenemos el orgullo de retratar a un ilustre militar que hizo prosperar la guerra de choque medieval, siempre acompasada y tediosa, por la táctica de defensa-ataque. Dando preferencia a una metodología de combate moderna y diligente y atribuírsele el enorme merecimiento de forjar el primer ejército profesional español.

Ni que decir tiene que este pasaje pretende aproximarse a un genio que aplicó de manera magistral la simbiosis Infantería-Caballería-Artillería, valiéndose del apoyo naval. Y, por si fuese poco, reformó el ejército que comenzó a denominarse los ‘Tercios’, aleccionando a sus soldados con una disciplina inquebrantable, hasta suscitar en ellos el espíritu de cuerpo, la impronta de hombres honrados, el sentido del honor y la atracción religiosa. 

Me refiero al ‘Gran Capitán’, o lo que es lo mismo, a don Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar (1453-1515). 

Sus pródigas hazañas y conquistas tan gloriosas en la Edad Moderna (XV-XVIII), como propiamente constarían en la Edad Media (V-XV) las de don Rodrigo Díaz de Vivar. Aunando la tradición caballeresca medieval, especialmente, con sus inmejorables vínculos hacia la tropa y las nuevas predisposiciones renacentistas. Con lo cual, no hallamos ante el paradigma de quién evolucionó el estilo característico de la batalla y con la que los Tercios Españoles hipnotizaron la Europa del siglo XVI.

Con estas connotaciones preliminares, el principal protagonista de este texto reavivó la traza de la guerra, asentando las raíces de la invencibilidad de las huestes hispanas durante siglo y medio. Contribuyendo contundentemente en la Guerra de Granada (1482-1492) y venciendo a los galos en Italia, hasta incorporar el Reino de Nápoles a la Corona de España. 

Pero, ante todo, el ‘Gran Capitán’, calificativo y apelativo que obtuvo por sus brillantes cualidades en las campañas italianas, se convertiría en pieza noble y resolutiva en el engranaje del nuevo Estado que compusieron SS.MM. los Reyes Católicos: Don Fernando II de Aragón y Doña Isabel I de Castilla, Soberanos de la Corona de Castilla (1479-1504) y de la Corona de Aragón (1479-1516).

Una breve síntesis que nos ubique en el escenario real donde destacaría ejemplarmente la figura de Fernández de Córdoba: por aquel entonces, España estaba huérfana de una política de expansión ultramarina atlántica, a pesar de su beneficiosa situación territorial. 

Básicamente, supeditada a la coyuntura de Fernando II (1452-1516), al encarnar un Reino que desde del siglo XIII contemplaba al Mediterráneo Occidental, fundamentalmente, el Reino de Nápoles; al mismo tiempo, que las Islas Baleares y Cerdeña. La motivación residía en la opulencia del espectro italiano, como su banca y urbes y la influencia de los derroteros comerciales del trigo y las especias. 

En contraste, la efusión del Reino de Aragón y Cataluña por vía marítima alcanzó la cúspide en 1504, con la incorporación de Nápoles al espacio aragonés. En adelante, puertos como Barcelona y Valencia mejoraron con centros de intercambios e importantes industrias navales. 

Obviamente, esta tendencia conllevaría que los fondos de la Corona se designaran a empresas militares, esencialmente, para imperar en estas áreas y mantener a raya el empuje turco que se fortalecía en África del Norte.

Posteriormente, en la etapa de los Reyes Católicos, el lado económico no era rimbombante como para sufragar las expediciones experimentales en el Atlántico. Salvaguardando el dominio de las Islas Canarias, España no se preocupó demasiado por irrumpir en el insondable Océano y dejó la ruta a merced de los lusos.

Una vez consumada la conflagración que enfrentó en 1479 a Castilla con Portugal, la política de los reyes se desenvolvió con miras a las buenas relaciones con su vecino. Bien es cierto, que existieron varios enlaces matrimoniales y tratados para consolidar la paz. Dada la pugna de España y Francia por las heredades del Rosellón, Italia y Navarra, no era beneficioso indisponerse con Portugal, porque aquello entrevería tiranteces en poco más o menos, la totalidad de las fronteras españolas. 

Alcanzado el año 1492, presumió la reconquista de Granada, obteniendo la unidad de la superficie hispánica, el descubrimiento del Nuevo Mundo con el añadido de las tierras ignotas y la mayoría de edad de Carlos VIII de Francia (1470-1498). Un matiz previo, para llegar a las negociaciones sobre la devolución del Rosellón y Cerdeña, que se zanjaría en el año 1493 con el Tratado de Barcelona. A partir de aquí, se abrían otros canales de futuro para el Imperio Español.

Advirtiendo los propósitos del francés por ocupar Nápoles, Fernando el Católico captó una liga de Estados musculosa que defendiera su tesis. Comenzando por el Papa Alejandro VI (1431-1503), o el depuesto rey de Nápoles, el emperador de Alemania o el duque de Milán, entre algunos, denominada ‘La Liga Santa’ o ‘Santa Liga’, una coalición militar integrada por la Monarquía Hispánica que consiguió aglutinar a más de 60.000 integrantes. Pese a todo, Carlos VIII no titubeó a la hora de presentarse en Nápoles, asaltándola y apremiando una respuesta inminente del rey Fernando, porque este reino era feudo del Papa. Un argumento que le exoneraba del Tratado de Barcelona. Para el manejo y dirección de esta operación considerada crucial, designó al ya afamado Fernández de Córdoba, por su ardor guerrero, arrojo y bizarría.

En los prolegómenos y ante el brío francés mostrado, se entregaron a éste las plazas de San Germán y Gaeta, pasándose al bando ganador los señores feudales italianos. Mientras, el ‘Gran Capitán’ se puso en camino a Seminara, sito en Calabria, con un comienzo propicio para sus tropas. Pero la desaparición del primo de Fernando II, el cardenal Luis de Aragón (1474-1519) y la desidia en el campo de batalla de las avanzadillas sicilianas, predispusieron un vaivén en el rumbo de la contienda.

Ciñéndome sucintamente en Fernández de Córdoba, era miembro de la nobleza andaluza y perteneciente a la Casa de Aguilar. Sus progenitores eran el caballeroso don Pedro Fernández de Córdoba y Pacheco y doña Elvira de Herrera y Enríquez. Muy pronto, su familia logró que aun siendo infante se integrara como ayudante al servicio de Enrique IV de Castilla (1425-1474) y a su muerte, formase parte del séquito de la reina Doña Isabel (1451-1504). 

No había cumplido todavía los veinte años, resuelto y emprendedor, se animó a prestar sus servicios a cargo de la princesa Isabel, que dirigía una facción contraria a su hermano Enrique IV y la hija de este, Juana de Castilla (1462-1530), llamada por sus contrarios, ‘la Beltraneja’. 

Prestamente sobresalió y se aventajaba sobre el resto, hasta tal punto, que era conocido como el ‘príncipe de la juventud’, ingenioso, soberbio en la utilización de la espada y lanza, vivaracho, culto y abiertamente desprendido. 

Posiblemente, en esta última cualidad, en exceso, a criterio de su guía Pablo Cárcano.

En las vicisitudes de la Guerra de Sucesión castellana (1475-1479) persistió incansable a la causa de Isabel, frente a Juana de Castilla. Justamente, en esta complejidad belicosa, se desenmascaró el frontispicio de su esplendorosa Carrera de las Armas. Llamando la atención como soldado en la Guerra de Granada (1482-1492), señaladamente, en el sitio de Tájara y en la toma de Íllora, emplazada en la porción oriental de Loja.

En los años sucesivos que perduró el asedio de Granada, intervino como Representante competente de los Reyes Católicos y en los entendimientos y ajustes con el monarca nazarí Boabdil, conocido como Muhammad XII, que como es sabido, terminaron con la rendición de la Ciudad. 

Sin inmiscuir, que empezó a ejercitar sus descubrimientos tácticos, eclipsando el estrago medieval de choque entre las líneas de caballería, por la maniobrabilidad de una infantería mercenaria, encajada en unidades compactas. Intensificando su destreza para servirse de los recursos apropiados. Para ello, acondicionó la desenvoltura a los medios del momento, como, por ejemplo, la lucha de guerrillas en alguna de sus acciones, demuestra los triunfos logrados que le convirtieron en el más definido jefe militar de la monarquía castellano-aragonesa.

Los reyes le condecoraron por sus dotes virtuosos y las misiones cumplimentadas a la perfección, recibiendo una encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Orjiva y algunas rentas sobre la elaboración de seda granadina; lo que ayudó a ampliar su patrimonio y enaltecer a quién había pasado inadvertido en la nobleza castellana.

Culminada la Guerra de Granada, como no podía ser de otra manera, acaparó tal reputación, que le permitió en 1495 ser emplazado nuevamente para otra intervención. En esta ocasión, encabezó las operaciones militares en el marco excepcional de la península italiana, cada día más impreciso. 

Con dicha designación, los reyes le cedían un ejército aguerrido y práctico a un militar curtido en muchas hostilidades y un estratega inmejorable. 

Desembarcando en Calabria al mando de unas tropas aminoradas para hacer frente a las fuerzas francesas que habían invadido el Reino de Nápoles, Fernando el Católico tenía justas y legítimas aspiraciones. Las milicias hispanas enarbolaron ser superiores en soltura y acierto en la ‘Batalla de Seminara’, donde derrotó a unos combatientes más nutridos.

Nápoles se había erigido en el laberinto de unas cuantas acometidas entre los franceses y españoles. Fernández de Córdoba acorraló a las huestes enemigas en los Abruzzos, al Este de Roma y los refuerzos previstos serían aniquilados antes de su incursión.

Carlos VIII de Francia, exacerbado por el cariz que adquirían los sucesos, amplificó los esfuerzos por sujetar el Sur de Italia, pero el ‘Gran Capitán’ se apoderaba una a una, de todas las fortificaciones. La salvaguardia de Nápoles para el Imperio Español la cosecharon un puñado de soldados sin otro auxilio que su fe, la gallardía e inteligencia en el ataque.

La moral en las posibilidades evidenciado en cada uno de sus componentes, era algo así como un impulso más vigoroso que el fuego de los cañones, o el empaque de una carga de la imponente caballería pesada.

No obstante, aún habrían de librarse otras batallas cruentas, como Baratte, Tarento y Alella, respectivamente, que representaron la destrucción de los ejércitos dispuestos por el general Montpeasier. 

Era inapelable la superioridad impuesta por las tropas españolas y Fernández de Córdoba, que ya era reconocido como uno de los más excelentes y temidos militares del Viejo Continente. El hacedor, invulnerable y bien pertrechado regimiento del rey de Francia, era catapultado en repetidas embestidas y, a la postre, devastado en el curso de un año. 

Las efemérides daban la razón al personaje de este relato: valía la pena ser denodado y afanoso, que deleznable e indeciso.

Completado el designio de Nápoles, retornó a España en el año 1498, donde sus éxitos le aquilataron como se ha expuesto, con el sobrenombre de ‘Gran Capitán’ y el título de Duque de Santángelo. 

Dos años más tarde, por segunda vez se traslada a Italia, con el mandato de aplicar el Tratado de Granada, una alianza militar pactada entre Luis XII de Francia (1462-1515) y Fernando el Católico, para repartirse mutuamente el territorio de Sicilia Citerior, bajo el gobierno de Federico I o Fadrique I de Aragón o Chiaromonte (1452-1504).

En los preludios se originaron fricciones entre hispanos y galos en el interés por el acuerdo, confluyendo en la reapertura de escaramuzas. La diferencia numérica francesa impuso al ‘Gran Capitán’ valerse de su temple como militar y concentrarse en la protección de las plazas fuertes con la expectativa de los apoyos.

En la Batalla de Ceriñola (21-IV-1503/28-IV-1503), Fernández de Córdoba desbarató al ejército comandado por el duque de Nemours, que pereció en la ofensiva y ocupó todo el Reino. Las fuerzas contendientes enviada por Luis XII caerían derrotadas a orillas del río Garellano y los franceses cedieron la guarnición de Gaeta, en Lacio, un puerto marítimo de la costa occidental de Italia. Finalizado el conflicto bélico, Fernández de Córdoba en justa reconocimiento por su arrojo y voluntad ilimitada, fue designado Virrey de Nápoles, función que cumplió en el intervalo de cuatro años.  

Subsiguientemente, residiría en el monasterio cordobés de San Jerónimo, donde sopesaría abrazar el estado eclesiástico, pero, inexcusablemente, su delicada salud desaconsejaba esta decisión. En noviembre de 1515 padeció un ataque de calenturas que en pocas jornadas lo reubicaron en Granada, lugar en el que expiró el día 2 de diciembre de ese mismo año. 

El ‘Gran Capitán’ recibió santa sepultura en el Real Monasterio de San Jerónimo de esta misma Ciudad, si bien, a día de hoy existe el enigma de su paradero: las investigaciones verificadas en 2006 por el Instituto Andaluz de Patrimonio empleando técnicas de ADN y otros procedimientos, corroboran, que los restos mortales depositados en el sepulcro del ‘Gran Capitán’, no pertenecen a Fernández de Córdoba. En este sentido, se barajan diversas hipótesis. 

El enterramiento pudo ser expoliado en la duración de la Guerra de la Independencia Española (2-V-1808/17-IV-1814) por las fuerzas napoleónicas. No en vano, Fernández de Córdoba es señalado por los franceses, a quienes venció en Ceriñola y Garellano, afianzando el feudo del Reino de Nápoles para la Corona de España.

Desde ese instante se despuntó su legado y, vertiginosamente, los elogios a su persona eran los temas preponderantes de la literatura renacentista. En 1506, el poeta Giambatistta Cantalicio ya compuso en latín su ‘De bis recepta Parthenope’, reproducida diez años más tarde por Alonso Hernández en su ‘Historia Parthenope’

Ambos contenidos, extractan las gestas de este caballero legendario que, en definitiva, le encaramaron con los apelativos reiterados del ‘Gran Capitán’ y con una incuestionable evocación cidiana: “el que ganó dos veces Nápoles”. Detrás, uno de los poetas y dramaturgos más importantes del siglo de Oro español, Lope de Vega Carpio, le tributó una de sus comedias menores desarrollada y rehecha por el literato posbarroco, José de Cañizares y Suárez, titulada ‘Las cuentas del Gran Capitán’

Ya, en los inicios del siglo XX, el archivero, historiador, heraldista, genealogista y académico Antonio Rodríguez Villa, cristalizó una asombrosa tarea recopilatoria de las fuentes cronísticas desconocidas e indocumentadas de la biografía de este insigne, relevante y engrandecido militar.

© Foto: National Geographic de fecha 26/VIII/2020.

En consecuencia, don Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar, el ‘Gran Capitán’, nos dejó la chispa indeleble del artificio de la guerra, desplazando hábilmente las piezas de un puzle como sus tropas y reportando al adversario al espacio más benigno a sus intereses. A todas luces, para bien, revolucionó el restablecimiento de la Infantería en coronelías, el embrión que, a posteriori, vislumbraría a los futuros Tercios: el guardián impoluto de la Patria. Visiblemente admirado por sus subordinados, se ensamblaron a sus propuestas y jamás lo abandonaron, aunque el contexto infundiese los peores augurios y con apenas resquicios de ganar terreno. 

La combinación perfecta en su maniobrabilidad le proporcionó intercalar algunas innovaciones progresivas en el ejército español, que convergieron en los aguerridos Tercios.

La primera modificación se plasmó en 1503: Fernández de Córdoba implantó la división con dos coronelías de 6.000 infantes cada una, conformada por 800 hombres de armas, 800 caballos ligeros y 22 cañones. 

En sus manos dispuso de los medios a su alcance para cristalizar la guerra hasta las últimas consecuencias. Cediendo la potestad a la Infantería, que era idónea para manejarse en cualquier tipo de terrenos. Inteligentemente, redobló la escala de arcabuceros, uno por cada cinco infantes y aparejó con espadas cortas y lanzas arrojadizas a dos infantes de cada cinco, confiados a escurrirse entre las largas picas de los escuadrones de esguízaros suizos y lansquenetes, hasta herir mortalmente al enemigo en el abdomen.

También, confirió a la Caballería un cometido más ambicioso con la persecución y hostigamiento para encarar al rival y fracturarlo, quitándole el protagonismo que había poseído hasta el momento. Y no faltó, la puesta de un escalonamiento con tres líneas encadenadas, para tener una reserva y alguna probabilidad adicional de movimiento.

Esta es a groso modo la semblanza del ‘Gran Capitán’, un estratega a la altura de los más grandes de la Historia.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 01/IX/2020. 

Cleopatra, 2050 años. II Parte, Final

Cleopatra, 2050 años. II Parte, Final

EGIPTO ANTE TODO

El regreso de Cleopatra a Alejandría en el 44 a.C tras el asesinato de César marca la segunda parte de su reinado en el cual dio notables avances a la restauración del imperio de sus antepasados. Muerto Ptolomeo XIV y con Cesarión como rey, Cleopatra puso manos a la obra y terminó las obras de restauración en Alejandría.

Entre sus obras más famosas levantó un templo de Isis en la isla de Faros, hoy perdido lamentablemente, terminó las obras que su padre había dejado a medias en Edfú e inició la construcción del Cesarerum, un templo en honor a César, imitando al foro romano y cerca del puerto de la ciudad. También construyó un altar flotante en Hermontis y una sinagoga. En el plano intelectual la propia reina aplicó también sus dotes resucitadoras y Alejandría vivió un renacer intelectual, en el que Cleopatra destacó escribiendo tratados de medicina, pesos y medidas, hoy lamentablemente perdidos.

En su círculo de íntimos destacaron el filósofo Filóstrato y Dídimo de Alejandría, apodado el Chalkanteros ( intestinos de bronce) dado que escribió más de 3.500 tratados que luego sin embargo olvidaba haber escrito.

Durante los años 44-41 a.C Cleopatra se dedicó a  reinar en Egipto, pero sin perder de vista la guerra civil en Roma. Por desgracia a los problemas externos se sumaron los internos, estalló una epidemia de peste, el Nilo no subió bien de nivel durante el 43-42 y las cosechas fueron malas por lo que Cleopatra entendió que su pueblo se moría de hambre, declaró el estado de alarma y abrió los graneros reales para repartir el trigo gratis. En el año 42 a.C al saber que los Cesarianos se encontraban en Grecia partió con su flota para prestar ayuda a Antonio y Octavio, pero una tormenta la sorprendió y tuvo que regresar a Egipto tras haber perdido  la mitad de sus naves.

En el año 42 a.C la Guerra Civil terminó en Filipos, Grecia, en donde Casio y Bruto fueron derrotados y ambos se quitaron la vida. En ese mismo año César era proclamado dios en Roma y se avistó un cometa que fue llamado la estrella de César, dándose a entender que una vez vengado este ascendía a los cielos a ocupar su lugar entre los dioses.

Ahora Marco Antonio, Octavio y Lépido gobernaban Roma, pero decidieron partir la República en 3 partes para administrarla conjuntamente.

Antonio recibió la Galia, Grecia y Oriente

Lépido recibió África

Octavio recibió Hispania y Roma

La parte más rica de Roma estaba en Oriente, y Antonio se dedicó a gobernarlo desde la ciudad de Tarso, en el sur de la actual Turquía. Su principal objetivo ahora era conseguir lo que César no pudo al haber sido asesinado, conquistar la Partia. Pero necesitaba dinero, dado que el ejército tras la guerra civil estaba muy mal equipado, además era obligación que los monarcas clientes de Roma prestaran ayuda militar y económica, en este caso Antonio hizo llamar a Cleopatra. 

Por supuesto la llegada de Cleopatra a Tarso fue un gran acontecimiento, en el que no escatimó en gastos para dar un gran espectáculo. Llegó en una nave real con la proa de oro, los remos de plata, las velas púrpuras y en el centro bajo un toldo de seda estaba la reina ataviada como Afrodita, rodeada de criados disfrazados de Cupidos y Nereidas que arrojaban flores al agua del puerto ante los ojos atónitos de la muchedumbre, mientras los músicos tocaban en la cubierta.

Antonio le ofreció una suntuosa cena en palacio, pero Cleopatra insistió en que la reunión que se quería llevar a cabo debía ser en suelo egipcio y al final el Cónsul aceptó. Esa noche Antonio y sus hombres acudieron a cenar a la nave real y vieron que en el interior de esta Cleopatra había preparado más de 30 triclinios de oro forrados de seda, el suelo estaba cubierto de rosas y los tapices y cortinajes bordados en oro y púrpura colgaban de los techos y paredes. El banquete, que mezcló lo mejor de lo griego y oriental, se sirvió en una vajilla de oro forrada con piedras preciosas y para sorpresa de los invitados al final de la velada la reina le regaló todo eso a Antonio. 

¿Cuándo surgió el amor? Por llamarlo de alguna manera. No se sabe exactamente ni cuando ni como, lo que está claro y si sucedió es que Antonio pasó el invierno 41-40 a.C en Alejandría en compañía de la reina y la diversión fue de por si absoluta. Sin embargo, en Roma estalló una guerra contra Octavio la cual dirigió Fulvia, la esposa de Antonio, y cuando esta fue derrotada se exilió en Grecia en donde murió esperando a su esposo. 

Antonio entonces regresó a Roma para poner fin a las discrepancias con Octavio y para sellar la paz entre ambos Octavio le obligó a casarse con su hermana, Octavia. El personaje de Octavia pasaría a la postre como la anti-Cleopatra, dado que no comandaba ejércitos, ni reinaba ni decía lo que pensaba, fue el ejemplo de matrona y esposa romana. La pareja se trasladó a Atenas, en donde nacerían las dos hija del matrimonio, Antonia la Mayor y Antonia la Menor quien luego fue la abuela del emperador Calígula y madre del emperador Claudio. 

Justo antes de volver Antonio cumplió una petición de Cleopatra, matar a su hermana Arsínoe, la cual estaba refugiada en el templo de Artemisa en Éfeso pero que estaba reuniendo partidarios en el exilio. Una vez muerta su rival Cleopatra quedaba como la única y legítima soberana de Egipto. 

Cleopatra no vio a Antonio durante los siguientes 3 años y en aquel mismo año 40 a.C los partos atacaron Jerusalén obligando a Herodes, Rey de Judea, a huir a Roma. Más tarde fue restaurado en el trono. Algunas fuentes aseguran que la reina y el general se cartearon durante esos 3 años y que los espías de esta le informaban de la situación de Antonio en Roma. 

Aquel año 40 a.C Cleopatra descubrió que volvía a estar embarazada, dando a luz a mellizos, a los que puso Alejandro Helios y Cleopatra Selene. Con esto mandaba un mensaje de propaganda a Antonio, dado que puso el nombre del conquistador del Imperio Persa a uno de sus hijos.

En el año 37 a.C Antonio partió a Oriente, dispuesto a atacar la Partia, dejando a Octavia y sus hijas en Atenas, para más tarde mandarlas a Roma de vuelta. Al mismo tiempo Cleopatra partió también a Antioquía, ciudad en la costa sur de Turquía para reunirse con el general, pero había una sorpresa de la que Antonio no sabía nada. Cleopatra esta vez viajaba con sus hijos.

En Antioquía Antonio abrazó a sus dos hijos y los reconoció como tal, y fue más lejos aún. Reconoció a Cesarión como legítimo sucesor de César, mostrándose más partidario de los Ptolomeos que de Octavio y Roma. Tras 3 años separados apenas habían cambiado los sentimientos del uno por el otro, pero esta vez la reina le puso las cartas sobre la mesa. Cleopatra estaba dispuesta a correr con los gastos de la campaña de Antonio en Partia, pero ella exigía la devolución de los territorios ptolemaicos que habían pertenecido antaño a Egipto, algo a lo que Antonio no puso reparo alguno. De la noche a la mañana se le otorgó a Cleopatra el control del sur de Turquía, Líbano, partes de Siria, una rica porción de Judea, Sinaí, Creta, Chipre y la Cirenaica, el Imperio Ptolemaico renacía en su gloria del siglo III a.C. Con 32 años la Reina hizo acuñar una nueva moneda en la que aparece como Cleopatra Reina-Nueva Diosa que ama a su Patria.

La pareja pasó el invierno del año 37-36 a.C en Antioquía, en el cual la reina quedó de nuevo embarazada de Antonio. A mitad del año siguiente estos se despidieron en el Éufrates mientras Antonio se dirigía invadir Partia. Cleopatra puso rumbo al sur iniciando una gira por los territorios recién adquiridos.

Tras pasar por Damasco y Beirut la reina hizo parada en Jerusalén, en donde ella y Herodes negociaron lo siguiente. A Cleopatra, ahora dueña de una parte del reino de Judea, le pertenecían los campos de dátiles en Jericó y las reservas de betún del Mar Muerto y Herodes se comprometió a arrendarlos a cambio de 200 denarios de plata. Entre ambos había un odio disfrazado de diplomacia, pero Cleopatra estaba bien protegida y si Herodes la hubiera matado eso habría sido su fin. Lo que hizo fue despedirla con costosos regalos. En el verano del 36 a.C Cleopatra dio a luz a Ptolomeo Filadelfo.

La campaña de Antonio en Partia fue un desastre, perdió a 30.000 hombres y el rey de Armenia, su aliado, lo traicionó y hubo de regresar. Una vez más fue la reina quien acudió al rescate y Antonio, temiendo que en Roma Octavio aprovechara para desacreditarlo por la derrota sufrida, se fue a Alejandría con Cleopatra.

En el año 35 a.C Antonio invadió Armenia como represalia por su traición, pero en vez de celebrar el triunfo en Roma, lo celebró en Alejandría, lo que le originó impopularidad. 

Al año siguiente, en el 34 a.C,  en el Gimnasio de la ciudad y con sus habitantes reunidos se levantó un gran altar de plata con dos tronos de oro y Cleopatra vestida con un traje dorado, la corona de los cuernos solares, el cayado y látigo sagrado, sentada al lado de Antonio ataviado como Dionisos con una túnica bordada en oro y una corona de laurel, fue proclamada Reina de Reyes. 

Acto seguido Antonio proclamó a Cesarión Rey de Reyes y legítimo heredero de César, Cleopatra Selene fue nombrada reina de Cirenaica y Libia, Alejandro Helios fue nombrado rey de Armenia, Media y Partia (aún por conquistar) y Ptolomeo Filadelfo fue nombrado rey de Siria y y Cilicia. 

Cleopatra estaba feliz, porque al fin no solo había conseguido mantener a Egipto a salvo, sino que había rescatado la herencia de Alejandro Magno de crear un gran imperio en el que Oriente sería quien dictara las normas. Roma ahora podría temblar al ver el poderío de la reina quien ese mismo año se casó con Antonio tras repudiar este a Octavia. Aquel  año del 34 a.C  inauguró el Cesareum, el templo en honor de César. Forrado de oro y plata, mezclando el arte egipcio y romano, el edificio albergaba templetes, jardines y bosquecillos sagrados, obras de arte y bibliotecas. Cleopatra ya no era solo una reina. A sus 35 años era casi una emperatriz y el futuro para la dinastía Ptolemaica no podía ser mejor y para Cesarión igual. Alejandría entonces se convirtió en una fiesta en la que los desfiles, obras de teatro, carreras de caballo y fiestas inundaron no solo los 4 rincones de la ciudad, sino también de Egipto entero.

Desgraciadamente lo que pasó a la historia como las Donaciones de Alejandría fue visto como una traición en Roma. En el año 32 Octavio robó el testamento de Antonio y lo leyó en el Senado, y en él no solo reconocía a Cesarión como heredero de Roma, sino que deseaba ser enterrado en Alejandría junto a Cleopatra. Tras aquello y mostrándose como amo de Roma una vez se había desecho de Lépido, Octavio declaró la guerra a Egipto.

La Batalla final tuvo lugar en Accio, Grecia, el 2 de septiembre del año 31 a.C. Pese a que la flota egipcia era mayor que la romana la pareja de los dos amantes fue derrotada. Cleopatra y Antonio huyeron a Egipto, pero Octavio no les siguió, pues hubo de volver a Roma a sofocar una revuelta que se había extendido por todo el país.

Si en Egipto se sabía que habían sido derrotados las tropas podrían derrocar a Cleopatra, así que esta regresó en su nave engalardonada con flores y velas púrpuras haciendo creer que habían vencido a Octavio. Antonio se derrumbó y se retiró a la isla de Faros, mientras Cleopatra reunió a todas las tropas restantes y las asentó en Alejandría, a su vez que trataba de ganar tiempo buscando ayuda de aliados que les iban dando la espalda uno por uno. 

La reina entonces ordenó sacar sus barcos del puerto y trasladarlos al Mar Rojo, pues pensaba reunir sus riquezas, embarcarse con Antonio y sus hijos y exiliarse en la India. Lamentablemente los nabateos, enemigos de Cleopatra, le incendiaron su armada. Ahora no había escape posible. Durante ese tiempo Cleopatra empezó la construcción de su mausoleo, porque perdida ya toda esperanza tanto ella como Antonio empezaron a ver la muerte como única salida. 

A comienzos del año 30 a.C Octavio empezó la invasión de Egipto desde el norte. Cleopatra le ofreció su abdicación si dejaba vivir a Cesarión y reinar, como muestra de ese pacto le mandó su diadema y su cetro y un trono de oro, pero fue en vano. 

Antonio intentó entonces frenar a las tropas en Pelusion, pero fue derrotado y se atrincheró tras los muros de Alejandría. Le llegó entonces la noticia de que Cleopatra había muerto y este, destrozado, se suicidó arrojándose sobre su propia espada. En esto llegaron Mardián y Olimpos, quienes llevándolo en un triclinio y colgándolo de unas cuerdas consiguieron meterlo dentro del mausoleo y allí estaba Cleopatra, la cual cogió en brazos a Antonio llamándole mi esposo, mi señor y emperador. Antonio murió el 1 de agosto del 30 a.C y tenía solo 53 años.

Una vez ocupada la ciudad Octavio trató de ver a la reina, pero esta se había atrincherado en el mausoleo con todo el tesoro de Egipto, el cual amenazó con quemar si lo tocaban. A Octavio no le convenía perder ese botín, quería a la reina viva y le aseguró a través de sus emisarios que no sufriría daño alguno.

Mientras eso sucedía Cesarión había escapado a finales de julio con su tutor y se dirigía al Mar Rojo. Su madre lo había mandado con la esperanza de que él al menos pudiera huir a la India y con un puñado del tesoro real. Por el momento el muchacho de 17 años estaba a salvo.

Al final, los hombres de Octavio lograron entrar en el mausoleo y Cleopatra intentó clavarse una daga, pero le fue arrebatada en el forcejeo y la trasladaron a palacio. Cayó enferma y se negó a comer, queriendo dejarse morir de hambre, pero hubo de abandonar la huelga cuando Octavio le amenazó con matar a sus hijos. La primera reunión entre el vencedor y la vencida tuvo lugar el 4 de agosto, cuando Cleopatra estaba más recuperada. Se dice que intentó seducir a Octavio, mostrándole que siempre había guardado un grato recuerdo de César, incluso le mostró las cartas que este le había escrito entre el 47-46 a.C pero  de nada sirvió.

Le pidió entonces que al menos le dejara enterrar a Antonio según las costumbres egipcias, a lo que Ocatvio cedió, pero bajo estrecha vigilancia. La siguiente reunión se llevó a cabo el 9 de agosto, en la que Octavio le comunicó que ella y sus hijos lo acompañarían a Roma y firmarían la paz, pero Cleopatra tenía en mente otros planes, pues ya sabía que jamás regresaría a su patria. En Roma le harían lo mismo que le habían hecho a su hermana, luego la meterían en alguna celda en donde se volvería loca y se suicidaría como le había pasado a otros monarcas helenísticos. No, no iba a terminar así, ella la última descendiente de Alejandro Magno no sería el botín de guerra de Roma. Consiguió engañar a Octavio accediendo a todas sus peticiones, incluso le regaló joyas de incalculable valor para ganarse su confianza.

El 12 de agosto la reina supo por un criado fiel que Octavio pretendía zarpar a Roma en tres días, era el momento. Por la mañana, Cleopatra fue a visitar la tumba de Antonio,  tras realizar los ritos debidos le juró que pronto estarían juntos. Una vez hecha esta promesa la reina volvió a palacio, se dio un baño por la tarde y cenó, luego le entregó una misiva a un criado de Octavio pidiendo que por favor se la hiciera llegar. Mientras el criado de Octavio salía de las estancias de la reina otro entraba con una cesta, la cual tras ser revisada por los carceleros de Cleopatra  y comprobar que solo llevaba higos le fue cedido el paso. 

En cuanto Octavio leyó la misiva se dio cuenta de que aquella mujer le había mentido y engañado con una astucia admirable, y en sus propias narices. Al llegar corriendo a las estancias de la reina  Octavio y sus hombres solo pudieron ver que esta yacía muerta en un lecho de oro, ataviada con el traje y la corona real de Egipto. Iras yacía muerta al lado de su señora, mientras Charmián le retocaba la corona.

-¿Fue idea de tu ama acaso?: Exclamó el General Agripa.

-Claro que lo fue. Como debía corresponder a la descendiente de tan grandes reyes: Respondió Charmián antes de caer muerta también.

La causa de la muerte de Cleopatra nunca se ha sabido y la versión del áspid es la que acaba apareciendo en todas las películas. Pero aunque se encontraron dos punzadas en su brazo, no se encontró serpiente alguna, pero es probable que pasara lo siguiente.

Cleopatra era experta en venenos y durante aquel año 31-30 a.C estuvo experimentando con condenados a muerte, a ver cual toxina era la más indolora de todas y rápida de matar. Es probable que llevara una aguja envenenada escondida en el pasador del pelo y se la clavara, lo de las dos punzadas es probable porque quizás ella misma quiso dar a entender que un áspid o una cobra, el símbolo de la monarquía egipcia, la había mordido.

Octavio estaba furioso, pues había perdido su botín más ansiado, pero dispuso que la reina fuera enterrada con honores de estado y al lado de Antonio. 

El destino de los hijos de Cleopatra fue otro. Cesarión regresó a Alejandría engañado por su tutor de que Octavio le perdonaría la vida, pero nada más llegar fue ejecutado. Era el 23 de agosto y solo habían pasado 11 días desde la muerte de su madre.

Alejandro Helios, Ptolomeo Filadelfo y Cleopatra Selene fueron llevados Roma y criados por Octavia. Posteriormente los dos varones murieron entre el 29 y el 25 a.C, ese mismo año Octavio casó a Cleopatra Selene con el rey Juba II de Mauritania (actual Marruecos) y fue ella quien mantuvo el legado de su madre vivo al preservar las tradiciones ptolemaicas. La pareja tuvo dos hijos, Livia Drusilla y Ptolomeo, nieto de Cleopatra,  al que sin embargo el emperador Calígula mandó matar en el 40 d.C y se anexionó Mauritania a Roma. 

Con la muerte de Cleopatra la dinastía de los Ptolomeos llegó a su fin tras 3 siglos de reinado en Egipto y Octavio se lo anexionó al Imperio Romano, a día de hoy el mes de agosto lleva el nombre por el que luego se le conocería. Augusto. Pero también porque ese mes es cuando Egipto cayó definitivamente y dio comienzo la Pax Romana. Octavio se convirtió en emperador en el 27 a.C y gobernaría hasta su muerte en el 14 d.C tras 44 años de reinado.

Y pese a perder la guerra se podría decir que Cleopatra ganó de otra manera. A día de hoy su nombre evoca una época pasada y gloriosa, pero también de poder femenino y astucia política. Desde que subió al trono, el cual ocupó 21 años, su único objetivo fue mantener Egipto a salvo y aunque lo perdió su país despertó admiración y curiosidad en el Mundo Antiguo y posteriormente en el Renacentista, hasta el punto de que muchas villas y palacios señoriales se decoraron con pinturas y muebles de estilo faraónico. Cleopatra ha sido protagonista de Shakespeare y del cine, como fue el caso de Claudette Colbert en 1934, Elizabeth Taylor en 1963 y Leonor Varela en 1999. 

A día de hoy sigue sin saberse donde está su tumba. Kathleen Martínez, arqueóloga dominicana, la situa en Taposiris Magna, a 40 km de Alejandría. En los últimos años se han encontrado monedas, tumbas, altares y otros vestigios de época ptolemaica pero la tumba de Cleopatra y Antonio sigue burlando a sus buscadores.

Con este artículo dividido en 2 partes espero haber rescatado a la verdadera Cleopatra. No fue una femme fatale ni tampoco una mujer tonta y enamorada. Ante todo fue una reina, una figura política que jugó un papel clave en el crepúsculo del reino de Egipto intentando salvarlo hasta el final, sin lograrlo y dando paso al Imperio Romano. La versión que aquí se expone de ella es la de la Cleopatra greco-egipcia, no la romana que creó Octavio. 

En en el templo de Dendera en donde se observa a Cleopatra con Cesarión reza en egipcio Anj-dyet: Que viva para siempre. 

Sea pues.

Pinceladas Históricas (III)

Pinceladas Históricas (III)

Ya decidida a poner fin a esta pequeña saga anecdótica, elijo una del Papa Juan XVIII, que trata un tema de envergadura, naturalmente espoleo mi imaginación y veo, leyendo “La cabaña del tío Tom”, películas con enormes campos de algodón, puja de esclavos, o sea un mundo donde el ser humano a veces era una propiedad.

Me alegra la actitud de dicho Papa, que en el 1005 condena el comercio de esclavos, que llevaban a cabo catalanes y venecianos.

Tiempo ha, en mi recorrido por las tierras de España, recuerdo una visita a San Juan de la Peña; me impactaron la armonía en el contraste entre peñas vivas, naturaleza pura en simbiosis con la materia prefabricada. Si cabe este recuerdo quedó más arraigado, ya que tuve la suerte de contemplar el majestuoso vuelo de un águila, así engarzo este hecho con el Rey Sancho III el Mayor, de Navarra, quien restaura dicho monasterio, según el rito benedictino en el 1028.

Como la vida estudiantil está plena de vivencias de toda índole, aquí me siento en una clase de Literatura comentando algún pasaje del “Poema del Mio Cid”, y tras comentar cada uno sus apreciaciones coincidimos todos cuando aquella niña dio de beber al Cid, el famoso vaso de agua.

Y es que 1081 cuando Alfonso VI lo destierra advirtiendo que por donde pasase fuera repudiado, solamente le auxilió el Califa árabe al-Mugtadir. 

El Cid fue siempre leal a su Rey, pues en 1083 lo salva de una emboscada comandada por el alcalde de Rueda.

Y ya que estamos inmersos, sufriendo esta lucha contra el Covid dichoso, compruebo que en el 1109 hubo una epidemia en Francia llamada la del “mal ardiente”, producida por el cornezuelo del centeno. Aquello pasó, lo de ahora, estamos seguros que tendrá su fin.

Ríanse ustedes de los cotilleos de las revistas del corazón cuando aluden a las relaciones de viudos/as que rehacen su vida a los pocos meses, recalcando que todavía el difunto tenía el cuerpo caliente, era demasiado pronto asistir a ese acto social, etc.

Pues agárrense los cinturones quienes no hayan leído estas efemérides que saco a colación.

Fue en el 1034 cuando fue asesinado Romano III, Emperador de Bizancio y su viuda Zaé se casa ese mismo día con Miguel IV. A los ocho años, en el 1042, es destituido el Emperador Miguel IV y Zoé se casa con Constantino IX Monómaco que enseguida se proclamó Emperador. Constantino fallece en 1055 y le sucede Teodora, hermana de Zoé.

Pensando en la inversión de la escala de valores que tenemos actualmente: la corrupción, las medias verdades etc., etc. desempolvo del pasado una obra de Pedro Damián titulado “Libro de Gomorra” donde se describen los vicios del clero italiano, o sea que el mal y la desvergüenza ya estaban de moda antaño, pero ahora gozan de más divulgación 

Común ha sido en este confinamiento el hacer tartas, leer mucho, escuchar música, volver al pasado con viejas fotografías…

Pues bien, yo topé con el retablo de la Iglesia Mayor de Santiago, de mi pueblo, Jumilla, que es una de las más emblemáticas de la región murciana y fue construida en el siglo XV, miré una foto y me trasladó a la ciudad del Apóstol Santiago, donde su catedral dio comienzo en el 1075 

Leí hace años un artículo en un periódico donde decía la expansión de la devoción a Santiago Apóstol toda España y naturalmente nombro a mi pueblo, como a la de Jaén, que es muy cercana a Murcia pues comparto que en 1053 se puso la primera piedra de esta catedral; cuando la vi la extrañé mucho, pues a la vez que catedral era fortaleza. 

Este sofocante calor, me hace anhelar los días fríos de invierno y como con la pluma se puede viajar, al instante me encuentro en mi sillón, viendo la Cabalgata de Los Reyes Magos de Alcoy, la primera de España, pues bien, Los Reyes Magos, que tanto veneramos en España, descansan en Italia, en la ciudad de Maguncia.

Sus cuerpos embalsamados se descubrieron en 1158; podemos elevar una oración por los que todo lo dejaron por seguir aquella estrella y deseo le brindemos una sonrisa en memoria de los vivos recuerdos de nuestra niñez de esta bendita y lúdica fiesta.

Y tal vez un rayo de luna me ha trasladado al año 1987 

En el “boom” de las sevillanas, baile que muchos aprendimos con más o menos gracia, Sevilla se puso de moda en España y sí fue en Sevilla en el 1172 cuando se empezó a construir la Giralda, que en su día fue minarete de una mezquita, como bien saben.

Y recordemos ahora aquel ¡Ah!  Cuando contemplamos la Torre de Pisa, “¡Pero si es verdad, si está inclinada!”. Pues fue el arquitecto Pisano quien la construyó como campanario de la catedral.

Ya estamos casi al final, que es en Palermo donde en el 1182 se termina la construcción de la catedra de Monreal de estilo románico siciliano

Monreal, como saben, es un apellido y me ha emocionado un poco porque casualmente es como se apellidaba mi esposo

Foto de la Explanada de España (Alicante)

Y ya fuera del programa de este artículo, a modo de fin de fiesta envío mi cariño a los tres lugares donde ha discurrido y sigue mi vida: al “Jardín del Rey Don Pedro”, de Jumilla, al “Parque 9 de octubre”, de Petrer y a la “Explanada de España”, de Alicante.

Pinceladas Históricas II

Pinceladas Históricas II

Empiezo esta segunda parte de pinceladas olvidándome del refrán de: “Nunca segundas partes fueron buenas”.

Mi deseo es que quede en tablas o más lúcido.

Contaba a mi hija un viaje que hice a León y le encantó el modo en que lo descubrí, pues mi guía turística fue una amiga, me llevó a la Catedral, casualmente estaban limpiando las vidrieras, rezamos a la Virgen del Camino, visitamos la iglesia de San Isidoro etc. etc., y pensando en esta ciudad, entro en el año 371 que fue cuando el Rey visigodo Leovigildo conquistó León y Medinasidonia ocupada por los bizantinos.

Su hijo Hermenegildo, que era gobernador de la Bética, se convirtió al catolicismo, Leovigildo no lo aceptó, y su hijo se rebeló contra él y acabó como saben con el martirio de Hermenegildo.

Ahora aquí, luego allá, hay que ver con que vertiginosidad viaja el pensamiento, que casi puede estar simultáneamente en dos puntos. Nos vemos sin apenas darnos cuenta en nuestros lugares de origen, donde el verano tórrido que vivimos nos cuesta respirar, y por si fuera poco cercados por este indeseado virus que tanta calamidad va dejando, pues hablando de ella, volvemos la vista atrás y nos cercioramos que el año 640 fue un año jubiloso pues se acabó una pertinaz sequía en la Península Ibérica, que duró siete años como el sueño de José en Egipto y seguimos con los males de antaño, que bien saben los hubo y en el año 654 aparecieron nuevos brotes de peste en Roma, Pavía y Marsella.

Estando en cualquier menester nuestra mente vuela, viaja, emerge de nuestro subconsciente, reposa…

Y este momento me he visto en el atrio del convento de Santa Ana del Monte de mi pueblo y claro tiene su porqué, lo he elegido así para hilvanar esta evasión con un hecho eligiendo a una mujer, a la princesa merovingia Teodoquilda que en el año 659 funda el cenobio de San Pedro de Seus (Galia), sometiéndola a la regla benedictina y unos años antes en el 622 la reina Botilde, esposa del Rey franco de Borgoña Clodoveo II funda la abadía benedictina de Corbie, me alegra que estas dos mujeres poco conocidas, las valoremos como premonitorias de la lucha por los derechos de nosotras, las féminas. 

Me centro en el tema, con mi argumento elegido,  con mi estilo, por ello espoleo mis recuerdos para entronizar en estas páginas a otro Rey y sin saber apenas como, más rauda que una paloma, me veo en la plaza de Zocodover en Toledo, lugar de encuentro de culturas y es ahí en la “Ciudad Imperial” donde plasmo que  en el 667 fallece Ildefonso, Arzobispo de Toledo, nada menos que discípulo que de San Isidoro de Sevilla, y este aventajado alumno escribió: “De Virginitae beatae Mariae” y sobre  el camino del desierto.

Tengo como música de fondo el Cóndor, composición sudamericana que me encanta y sus notas me llevan a Méjico, a una ciudad que ya mencioné en el anterior artículo, es la ciudad de Yaschiclan que, en el año 682, fíjense que curioso es el nombre del Rey que empezó a reinar en esa fecha. Este Rey recién entrado en estas líneas, se llamaba  Escudo Jaguar el Grande, con apodo y todo.

Y no hace falta ni pasaporte, ni carnet, ni nada para  trasladarse a casa a nuestra península, la Ibérica, pues en el 684 una serie de malas cosechas, provocaron una carencia de alimentos originando una hambruna semejante a las  del Tercer Mundo.

Mirando un dibujo de tinta china, esta palabra en minúscula me hace pensar en China, la cual felizmente visité hace poco, siento como ustedes (hayan visitado o no este país) en los guerreros de Siam, ese ejército de terracota, visualizando la “Muralla China” y admirando los rascacielos de Shanghái es una gozada contrastar costumbres y culturas.

Pues este es mi enganche para narrarles una anécdota increíble y nada menos que en el 690, pues si en aquel año una antigua monja budista ocupó el trono chino con el nombre de Wu Tsé-tien y se sustituyó la dinastía Tang ¡anda! otra premonición, ya que demostró que la mujer si, diferente al varón, demostró que se tienen iguales facultades y cualidades para ser una Emperatriz y ahora cada uno de nosotros donde esté comprobamos como paso a paso los avances de los derechos de la mujer alegran tanto el corazón de todos que es para “Echar las campanas al vuelo” y hablando de ellas en el año 701 se funde en Europa la primera campana de bronce para uso eclesiástico.

He entornado un poco los ojos y me he visto en mi pupitre, en clase, allí, con los mapas perennes colgados en las paredes, con el olor mezcla de polvillo de tiza a la madera de los mismos muebles la de los lápices, pegamento, goma y colonia, vamos a recordar esa clase que casi todos hemos vivido con nuestro profesor o profesora, nos enseñó que en el año 711 el 19 de julio cuando las tropas árabes y bereberes, encabezadas por Tariq iben Ziyod, tras cruzar el estrecho de Gibraltar se enfrentan a los visigodos con Don Rodrigo al frente a las orillas del rio Guadalete en la península Ibérica  y ya sabemos con qué pena se nos dijo en aquella clase el final.

Los más jóvenes no vivieron estas clases pero hoy disponen de todo tipo de herramientas para aprenderlo de otro modo y al instante.

Aquellos tiempos cuando se cantaba “España limita al norte con el Mar Cantábrico, los Montes…

Pues bien, vamos a pasar los Pirineos y allí en el año 753 es cuando comienza a extenderse en la Galia el canto gregoriano y a duermevela me veo en la Catedral de la Almudena en un concierto dedicado a esta música sacra abro los ojos y recuerdo a nuestros Reyes a la Princesa y su hermana la Infanta.

Tras su 75º Conmemoración, el desembarco de Normandía, la eclosión de un nuevo orden mundial

Tras su 75º Conmemoración, el desembarco de Normandía, la eclosión de un nuevo orden mundial

Setenta y cinco años después, el veredicto de la Historia no ha quedado indiferente ante uno de los capítulos más cruentos del conflicto global, porque, como tal, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) enrevesada en su quinto año de contienda, tenía al Gran Imperio alemán como dueño y señor del viejo continente e, indudablemente, la ambición de Adolf Hitler (1889-1945) parecía no tener límites. 

En este escenario inefable por la barbarie de los hechos que se concatenaron, el estado galo se encontraba bajo opresión de la Alemania nazi y las Fuerzas Aliadas debían aferrarse a un dictamen que, de una vez por todas, zanjara este laberinto. 

De esta forma, alcanzado el día 6 de junio de 1944, los aliados determinaron invadir Normandía con 4.000 mil barcos y 11.000 aviones. Toda vez, que los germanos mostraron una implacable firmeza a la hora de luchar y las pérdidas de la armada aliada fueron más que significativas. 

Con todo, la pugna se adentraba en un momento crucial, porque, los ochenta kilómetros litorales designados a todos los efectos para descender, así como, asentar la cabeza de puente y, más tarde, desplegar el frente hacia la planicie gala, estaba compuesto fundamentalmente por playas. Si bien, la táctica americana residió en desconcertar al mando alemán sobre la fuerza existente que debía de participar en la maniobra del desembarco, en el lado opuesto, los alemanes estaban faltos de una estrategia, simplificando su eficacia a conceptos puramente tácticos y operativos. 

Partiendo de la base, que las fuerzas del Führer tenían infundadas sospechas que iban a ser asaltadas, sin embargo, desconocían cuándo y dónde se desencadenaría el avance. Por tal motivo, para repeler el probable ataque, hizo levantar una línea de defensa denominada ‘Muro Atlántico’.

La ocupación en sí, de la que es preciso ofrecer algunos datos numerales de los indicadores de primer orden, daría su inicio en la medianoche con un intenso fuego defensivo de los alemanes y una temeraria actuación aérea, dirigida por paracaidistas de las divisiones aerotransportadas 101 y 82 respectivamente, conocidos como ‘Screaming Eagles’.

Con estas premisas, este pasaje nos reubica en la batalla de Normandía, distinguida en clave ‘Operación Neptuno’ como parte de la ‘Operación Overlord’, donde la voluntad aliada se aglutinó en hacer desembarcar a un ejército todopoderoso que, llamado a liberar Francia, debía de alcanzar el núcleo duro del Tercer Reich y de esta forma, variar el signo del combate y, probablemente, como así sucedió, el devenir de Europa.

Una acción militar sin precedentes, que implicó al grueso de los ejércitos estadounidenses e imperial británico, ayudados por tropas auxiliares francesas, polacas y de otros países, para abordar las playas de Normandía por medio de incursiones anfibias.

Pese, a que no se obtuvieron los objetivos vaticinados y se conquistara muchísimo menos superficie de la planificada, al menos, se consiguió alojar consistentes cabezas de playa, para que en las jornadas sucesivas pudiesen descender 250.000 hombres y 50.000 vehículos. 

Hilvanándose con destreza y siguiendo los criterios del pensamiento estratégico estadounidense, establecido en sostener la ofensiva con 5 divisiones, más de 7.000 buques y embarcaciones y 195.000 efectivos de equipos navales pertenecientes a ocho naciones. 

Pero, si los arenales de Gold, Sword, Omaha, Utah y Juno se convirtieron en el drama de una feroz irrupción para menguar la hegemonía alemana, el paso del tiempo lo ha ilustrado como un suceso que conjeturó un duro varapalo a las potencias del Eje. Aquilatando una de las páginas más dolorosas de la guerra del siglo XX. 

Los 160.000 hombres que aquel 6 de junio atravesaron el Canal de la Mancha de Inglaterra a Francia, iban a ser los primeros de los más de tres millones, que a finales de agosto conseguirían tocar tierra franca. 

En ese mismo mes, las fuerzas combinadas impulsaron una acometida al sur, conocida como ‘Operación Dragoon’ y el día 25 consiguieron liberar París, desalojando a los nazis del noroeste entre Tolón y Cannes. Ya, en las postrimerías del mismo periodo, las tropas alemanas se vieron forzadas a alejarse por el valle del río Sena. Acto seguido, los aliados progresaron hacia Alemania y se unieron a las fuerzas soviéticas, que, análogamente, se aproximaban por el flanco este.

Por tanto, nos atinamos ante una intervención materializada con un gran contingente, espías secretos, observadores, comandos de élite, etc., considerándose por expertos, historiadores y analistas, como el mayor asalto marítimo en la historia militar, que marcó el desenlace definitivo del Tercer Reich.

Tal era la dimensión de lo que ciertamente allí estaba aconteciendo, que se estableció un nivel de seguridad que superaba el top secret, el llamado ‘bigot’. Bajo este vocablo, se fijaron las maniobras y posiciones donde residían los soldados, o los procedimientos de partida de los mismos y cualquier otro tipo de referencias, que obtendría como resultado el triunfo manifiesto de los aliados. 

Para desconcierto de los germanos, las fuerzas conjuntas no se lanzaron por el puerto de Calais, a unos 250 kilómetros del proyectado desembarco real, sino por Normandía, que mostraba otros intereses estratégicos. De ahí, la labor decisiva de la información transversal, manejada diestramente por parte de Estados Unidos y sus socios.

Todo estaba dispuesto para ser movilizado el día 5 de junio, pero, el tiempo adverso forzó a demorarlo y, únicamente, hasta que no se pronosticó que se restablecería las condiciones meteorológicas propicias, en seguida se dispuso a concretarse. 

De hecho, el instante de activación no estuvo designado al azar ya que, según se editó en la revista mensual estadounidense ‘Sky & Telescope’, los aliados precisaban de un cambio del nivel del mar, en este caso marea baja, lo que en esta franja solo sucede con el novilunio o plenilunio lunar. Deduciéndose, que solamente disponían a corto plazo de los días 5, 6 y 7 para consolidar el envite.

Gracias a la superioridad aérea anglo-norteamericana, se hizo patente la consecución de los objetivos. La aviación aliada pulverizó la inmensa mayoría de los puentes sobre el Sena y el Loira, imposibilitando que los germanos pudieran mandar algún refuerzo a Normandía. 

A ello, se sumó el escollo en cubrir todo un litoral de cuatro mil ochocientos kilómetros de longitud, entre los límites de España y Holanda; además, de los incesantes desacuerdos y objeciones en el mando militar alemán, sobre dónde iba a producirse el hipotético desembarco y cómo se conseguiría neutralizarlo.

Situémonos, pues, en la narración que traza la cresta del punto culminante de este episodio, porque, los virulentos duelos cuerpo a cuerpo y fuego cruzado que aquí se describen, fueron el máximo común divisor de una prolongada, compleja y abrupta empresa de organización con una suma de equipos, municiones, armamentos, suministros y víveres jamás contemplados y una aspiración común: derribar a la Alemania nazi. 

Y, es que, el resultado no podía ser otro que un plan maquinado atrevidamente por el bloque aliado, encabezado por Estados Unidos y Reino Unido que tenían conjugado, desconcertar a las tropas de Hitler con un ejército inadvertido e imprevisto que tomara las playas de Normandía. 

No quedaba duda, el sendero para el rescate de la Europa convicta por Alemania, ahora estaba contorneado, porque el canciller imperial, empecinado y acérrimo en la intuición que el desembarco era más bien, una artimaña y que la jugada principal se ocasionaría en Calais, decidió rehacerse con todas las fuerzas útiles, en lugar de verificar un repliegue organizado de cara a apuntalar el frente.

Llegado el ‘Día D’, término empleado para exponer la iniciación de la ‘Operación Overlord’, eran las cuatro de la madrugada del día 6 de junio, cuando 1450 soldados cuya mayoría no superaba los veinte años de edad, empezaron a rellenar las lanchas que pronto alcanzarían la orilla. 

Los más serenos pedían desde la borda de las embarcaciones, buena suerte a sus camaradas, porque, en definitiva, serían los primeros en marcar y dejar el rastro en la arena de Normandía. Seguidamente, tras ascender a las barcas y entre sacudidas y recados de anhelos, les aguardaba el enjambre del sacrificio, disponiéndose a superar los veintitrés kilómetros del Canal de la Mancha, en dirección a la playa de Omaha.

Ahora, ya no existía escapatoria ni marcha atrás, estaba claro que había comenzado el Desembarco de Normandía. Tensión y náuseas durante una espera interminable hasta tocar tierra, en unas aguas enfurecidas que evidenciaban la notable incertidumbre y la desazón de no hundirse antes de ganar la orilla. 

Una travesía infernal en la que irremediablemente el estruendo de los proyectiles y bombas se hacían notar y que por doquier descendían del cielo, fusionándose el aturdimiento e indisposición con las olas enfurecidas e impetuosas que sobrepasaban los 1,80 metros de altura.

La fecha, hora y lugar del abordaje ni tan siquiera lo sabían quiénes ahora intervenían, conservándose en el más mínimo secreto para asegurar el logro del ejercicio. Teniendo en cuenta, que antes de lo que ya iba de camino, se habían descargado sobre Francia sesenta y seis mil toneladas de bombas.

Los antecedentes que contrastan fehacientemente lo que allí estaba resultando, hablan por sí solos: El día 6 se tiraron en paracaídas 17.000 soldados americanos y 4.255 británicos. Esa misma jornada arribaron de cara a las costas 23 cruceros, 6 acorazados, 122 destructores y 360 torpedos y otros 10.500 vehículos. Arrojándose, según las fuentes documentales examinadas, la escalofriante cifra de 80.000 toneladas de bombas.

A ello, tristemente queda por incluir, que, en las cuatro primeras horas desde el comienzo de la acción, en la playa de Omaha ya habían perecido 3.000 mil hombres. Una cifra que parece risueña, dado que al llegar la caída de la tarde habían perdido la vida, algo así como, 50.000 soldados alemanes y 40.000 aliados. 

Evidentemente, era un balance estremecedor.

Es más, entre la horquilla del 6 de junio al 29 de agosto, perecieron en Normandía, nada más y nada menos, que 637.000 soldados; de ellos, 400.000 eran alemanes y 237.000 pertenecían al bando aliado. 

Más que cualquier otro combate de la historia, el ‘Día D’ encarna la vehemencia de Estados Unidos en el campo de batalla, justificando que no había otra elección que dejarse la vida por lo que se consideraba que era inexorable.  

De hecho, para los americanos es la guerra más elocuente del periodo que se circunscribe, porque cada rama de las fuerzas armadas luchó con atrevimiento durante la invasión: la Armada en entornos hostiles trasladó a las tropas; la fuerza aérea ganó el dominio de los cielos y sesenta navíos de la guardia costera proporcionaron una importante ayuda en materia de búsqueda y recuperación. 

Consecuentemente, se tuvo muy en cuenta que la ofensiva tenía que cristalizarse de forma diseminada, con el propósito de no ofrecer la más mínima pista en la disposición de las incursiones, donde decisivamente se aspiraba a orquestar el ataque. 

Sin otra cuestión, que la conjunción de un trazado minucioso, como el arrojo de los soldados y en algunas situaciones, algo de suerte, las tropas invasoras plantaron una cabeza de playa en la Francia ocupada. Pero, en algunos tramos de las costas, los alemanes aguantaron durante varias horas.

Es necesario esclarecer, que no todas las posiciones que se calcularon irrumpir en la jornada inicial, pasaron a manos aliadas; de hecho, en días sucesivos, cuantitativamente más hombres, dotaciones y materiales vinieron de Inglaterra. Gradualmente, tal como se decantaron los acontecimientos, las tropas nazis comenzaron a retirarse.

De esta manera, el enorme contingente fue llevado por vía marítima desde numerosos puertos británico del sur y el alcance del desembarco, ratificó la aproximación inapelable de las fuerzas aliadas hacia el corazón de Francia, hasta liberarla. 

El diseño perfilado por los aliados no se descompuso, a pesar de convertirse en una pesadilla de organización y cooperación; mientras, miles de barcos acometían a vanguardia el empuje principal con una gigantesca flota pocas veces reunida y tropas aerotransportadas aparecían a retaguardia de la línea enemiga. 

Con lo detallado y como se ha podido valorar, las fuerzas aliadas padecieron bajas sustanciales, sobre todo, como antes se citó, en la playa Omaha, nombre en clave que incluyó uno de los puntos calientes en los que se originó el asalto. 

En principio, el ejército de Hitler contrarrestó los avances aliados, hasta que éstos se abrieron paso y alcanzaron la avanzadilla occidental. En la primavera del año 1945, las fuerzas soviéticas entraron en escena, haciéndolo en Berlín y ese mismo verano, los bombardeos atómicos contra Japón concluyeron con la resistencia de la fachada del Pacífico. 

La guerra, en sí, había acabado y de ella brotaba un nuevo orden mundial y europeo.

En el transcurso de 1945, primeramente, al sudoeste de Rusia y a orillas de la costa septentrional del mar Negro, en Yalta, e inmediatamente, en la ciudad aledaña a Berlín, Potsdam, donde Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido como las potencias vencedoras, convinieron la repartición de Alemania. 

Ahora, a grandes luces, lo que comenzaba a centellear eran las rigideces que caracterizaron las reuniones, como prólogo de la desmembración del tablero mundial en dos bloques bien diferenciados: Por un lado, el módulo capitalista, con Estados Unidos y sus socios europeos como principales piezas; y, el conjunto comunista, con la URSS y los estados del ‘Telón de acero’, haciendo referencia a la frontera política, ideológica y en algunos casos, física, entre la Europa Occidental y la Europa Oriental.

Del bloque capitalista europeo surtiría el estímulo, de manera preferente el carácter económico y posteriormente, el plano político del que derivaría la Comunidad Económica Europea, origen de la reinante Unión Europea que, tras el punto y final de la URSS, acabaría por añadir a varias de las naciones que anteriormente conformaron el equipo comunista.

Como, era de entrever, el continente europeo salía profundamente herido y mermado de este trance, donde desde esta posición, Estados Unidos tomaría el protagonismo como responsable de los valores de la civilización occidental, reemplazando a Gran Bretaña, en su tarea de guardián cosmopolita.

Consiguientemente, se acabaría con el detestable régimen nazi, pero, otra modalidad de distinto calado tan absorbente como el ejecutor del Holocausto, empezó a apoderarse de la Europa Oriental, arraigando en las mentes y corazones la célebre ‘Cortina de Hierro’, que permaneció con síntomas tan incuestionables como la esclavitud y la desdicha de un sinnúmero de personas, hasta que la escasez se consumó en 1989, con la caída del Muro de Berlín. 

Estrenándose la interdependencia, que abogó por el sistema regulatorio económico, social y político entre las diferentes regiones del planeta. 

A partir de aquí, en la última década del siglo pasado, se emprende una etapa de progreso, ya que se funden sólidamente los principios de las libertades políticas y económicas, que, mismamente, promueven un pujante crecimiento mundial y como fruto, la prosperidad generalizada de millones de habitantes que reconquistaron las indiscutibles virtudes de convivir en sistemas representativos, democráticos, republicanos y federales, con economías flexibles e integradas en un espacio globalizado bajo el modelo del multilateralismo.

Finalmente, en el 75º Aniversario del Desembarco de Normandía, la humanidad entera se rinde en inagotables agradecimientos y gratitudes, a cuántos abanderaron la liberación de Europa de la opresión nazi y allanaron las fuentes de este nuevo orden internacional actual, haciendo gala para que esta herencia intangible que hoy atesoramos, nos oriente día y noche en la trayectoria de la libertad, apartándonos de cualquier totalitarismo, sea este del signo que aconteciere.

Un orden europeo que, según los últimos advenimientos que nos aguardan, está en serio riesgo de quedar abocado a una mutación, si a la postre, progresan algunas de las tendencias disgregadoras que en los últimos años se ensalzan en la Unión.

Cleopatra 2.050 años (I Parte)

Cleopatra 2.050 años (I Parte)

Cleopatra VII, una de las mujeres más famosas de la Antigüedad, gobernó Egipto durante 21 años. Perdió un reino, lo recuperó, estuvo a punto de volver a perderlo, se alió con Julio César con quien tuvo un hijo, luego otros 3 con Marco Antonio. Levantó un Imperio y lo perdió todo. Reina a los 18 años, diosa desde niña, madre a los 22, intrigante, calculadora, asesina, estratega y extremadamente inteligente y adelantada  a su tiempo. Fue un aura con sus sombras en el último período de esplendor del reino de los Faraones y del Helenismo y tras su muerte, ha pasado sin embargo, al panteón de las mujeres malditas, Femme Fatale, de la historia. En realidad Cleopatra fue ante todo una figura política con sus virtudes y defectos.

Cumpliéndose ahora este 12 de agosto próximo los 2.050 años de su muerte he creído que es de justicia rescatar a la verdadera reina y desmontar el mito que los libelos, obras de teatro y películas han hecho de ella en los últimos veinte siglos. Por un breve instante estuvo a punto de ser ella y no Octavio quien venciera y haber cambiado la historia de Occidente y de Oriente, mundos entre los que vivió siempre a caballo. El tiempo de espera ha terminado.

LA DINASTÍA DE LOS PTOLOMEOS

La historia de la familia de Cleopatra comienza en el año 331 a.C cuando Alejandro Magno invadió Egipto y expulsó a los persas, siendo coronado en Menfis como Faraón y adorado como un dios y libertador en vida. Gran amante de Homero, el monarca macedonio que siempre dormía con la obra del poeta bajo su almohada, tuvo entonces un sueño. Una gran ciudad frente al mar que sería la más hermosa de todas en cuanto a arte y cultura. Tras localizar el terreno, entre el Lago Mareotis y una isla llamada Faros, Alejandro trazó los cimientos con harina en vez de cal, entonces una bandada de pájaros descendió y empezó a comerse la harina. Presa del pánico el monarca consultó a sus adivinos y astrólogos, pero estos le dijeron que aquella bandada simbolizaba que la ciudad sería extremadamente rica y alimentaría a medio mundo y fue bautizada con el nombre de Alejandría. No se equivocaban, teniendo en cuenta que el trigo de Alejandría, que en si era el de Egipto, se convertiría en el sustento de los Ptolomeos y a posteriori en el del Imperio Romano.

Alejandro murió en el 323 a.C sin ver su ciudad acabada, siendo amo de media Asia y Oriente unidos a Grecia, pero sin heredero alguno. Fue entonces, cuando su hermanastro Ptolomeo se adueñó de Egipto y enterró el cadáver del conquistador en Menfis, para posteriormente trasladarlo a Alejandría. En el año 305 a.C Ptolomeo fue coronado Faraón.

ALEJANDRÍA, NUEVA CAPITAL DEL REINO

Bajo Ptolomeo I Alejandría se convirtió en la sustituta de Atenas. Diseñada por Dinócrates de Rodas la ciudad se dividió en 5 distritos, llevando las letras del alfabeto griego y con una gran plaza, una calle mayor de treinta metros de anchura y seis kilómetros de largo que atravesaban la ciudad, con calles bien asfaltadas, paralelas y perpendiculares, cruzándose siempre en ángulo recto. Lo que luego se llamaría la Vía Canópica. La ciudad se abastecía de agua potable gracias al Nilo y al Lago Mareotis, tenía alcantarillado y luz nocturna. Poseía además un dique unido a la isla de Faros que abastecía de agua a aquella zona.  

                                                                           PTOLOMEO I

Los edificios era en su mayoría griegos y de mármol, dado que Ptolomeo no escatimó en gastos para embellecer la capital de su nuevo reino. Pero también había un barrio egipcio con sus templos de granito rojo o pórfido negro con colosales estatuas de dioses egipcios y un barrio judío provisto de sinagogas. Las calles de Alejandría eran un hervidero de distintas etnias y lenguas, bien podías hablar en griego que en egipcio o en hebreo. Se levantaron teatros, termas, un gran gimnasio e hipódromos y pronto la ciudad se embelleció con jardines que recordaban al Edén o a los de Babilonia. El puerto que se construyó muy pronto atrajo a comerciantes que llegaban desde Arabia, la India o China pasando por el Mar Rojo, cargados con especias, incienso, sedas y piedras preciosas.

                                                      La Vía Canópica de Alejandría

Pero las 2 joyas de la corona egipcia eran los principales edificios de la ciudad. La Biblioteca y el Faro. Ptolomeo I no solo quería que su ciudad fuera lujosa, sino que fuera también el primer centro de conocimiento del Mediterráneo Oriental y levantó frente al puerto, cerca del Palacio Real, una gran Biblioteca, siguiendo el modelo de las de Atenas o Pella. Su primer director fue Demetrio de Falero y la construcción de aquel monumental edificio originó lo que podríamos llamar la primera fuga de cerebros de la historia. Fue allí en Egipto y en Alejandría en donde Euclides escribió sus Elementos, donde Aristarco descubrió el sistema heliocéntrico, donde Eratóstenes de Cirene calculó la circunferencia de la tierra y en donde  Calímaco y Apolonio de Rodas escribieron sus obras de poesía y Jasón y los Argonautas. Ptolomeo mandó guardar allí las obras de Platón, Homero, Eurípides, Píndaro y Sófocles.

Fue también en Alejandría donde Arquímedes estudió y en donde Herófilo de Calcedonia y Erasístrato estudiaron la anatomía y la fisiología humanas . Al lado de la Biblioteca se construyó una academia en donde vivían los sabios que trabajaban para la familia real llamada el Museion. Resumiendo, que la Biblioteca de Alejandría fue la primera univesidad conocida en el Mundo Antiguo. Se calcula que llegó a albergar hasta 900.000 rollos de papiro y pergaminos.

Para mostrar apertura cultural y religiosa  se guardaron copias del Libro de los Muertos, libros hindúes o persas, y ya en el reinado de Ptolomeo II se hizo venir desde Jerusalén a 70 sabios judíos, rabinos en su mayoría, para que tradujeran la Torá (Antiguo Testamento) del hebreo al griego, lo que se conoció como la Septuaginta.

Recreación de la Biblioteca

La otra joya de la ciudad y con sus 134 metros de altura era el Faro, levantado frente al puerto principal en la isla que llevaba su mismo nombre, Faros.  Fue construído bajo el reinado de Ptolomeo II y su arquitecto fue Sóstrato de Cnido. El edificio, erigido sobre una plataforma de base cuadrada, era de forma octogonal y estaba construído con bloques de mármol ensamblados con plomo fundido. En la parte más alta y coronada con una estatua de Poseidón, un gran espejo metálico reflejaba la luz del sol durante el día, y por la noche proyectaba la luminosidad de una gran hoguera a una distancia de hasta cincuenta kilómetros. Se calcula que la construcción del Faro costó una décima parte del tesoro real, pero fue una de las 7 Maravillas del Mundo Antiguo.

Faro de Alejandría

Para terminar y en lo alto de una colina, al oeste de la ciudad, se alzaba el Serapeum. El Serapeum era un templo que Ptolomeo I levantó sobre una gran explanada y al que se accedía por una escalinata. Estaba forrado con bronce y oro en su interior,  con una colosal estatua de Serapis, un dios greco-egipcio que se creó para conciliar a los ciudadanos de Alejandría. Serapis recogía elementos del dios buey Apis y de Osiris, de Zeus y Hades y sobre su cabeza descansaba una cesta que simbolizaba la abundancia en tiempos de cosecha. El Serapeum disponía de otra biblioteca y de unas catacumbas en donde se rendía culto a Anubis, dios de los muertos.

Recreación del Serapeum y del Dios Serapis

Por lo tanto fue en esta ciudad cosmopolita en donde nació Cleopatra en el año 69 a.C

LA REINA

Cleopatra VII nació en el Palacio Real de Alejandría en el año 69 a.C y sus padres fueron Ptolomeo XII Auletes (Flautista) por su aficción a tocar este instrumento, y Cleopatra V. Debido que para ganarse la lealtad de la población nativa y del clero egipcio los Ptolomeos habían tenido que adoptar el incesto en sus matrimonios, es muy probable  que los padres de Cleopatra fueran hermanos. El matrimonio tuvo un total de 6 hijos. Berenice IV, Arsínoe IV, Cleopatra VI, Cleopatra VII, Ptolomeo XIII y Ptolomeo XIV.

Para entonces y cuando nació Cleopatra, aunque Alejandría aún conservaba su esplendor cultural, el Imperio Ptolemaico había perdido casi toda su grandeza debido a las guerras entre padres, hijos y hermanos que habían acabado matándose entre ellos. Los Ptolomeos eran famosos no solo por su ser los monarcas más ricos y sabios de Egipto, sino también por el incesto y el parricidio y fraticidio que se empezó a practicar con Ptolomeo IV. En tiempos de los tres primeros Ptolomeos Egipto había controlado la Cirenaica, al este de Libia, Creta, Chipre, Siria, Judea, el Sur de Turquía  y hasta  habían llegado a Babibolonia, pero cuando nació Cleopatra ya solo les quedaba Chipre. El resto había sido engullido por un potencia que estaba empezando a adueñarse del Mediterráneo. Roma.

El Imperio Ptolemaico en su mayor apogeo

En este mundo fue donde se crió la princesa, bajo la sombra de Roma, que amenazaba el país de su familia cada día que pasaba más, pero pese a pertenecer a una familia de asesinos, la infancia de Cleopatra fue feliz. El palacio real era en si uno de los edificios más lujosos de la ciudad y contaba con su propio puerto. Las paredes estaban forradas de mármol y de tapices bordados en oro y en púrpura, las columnas de estilo corintio eran de jaspe con los capiteles de oro. Los suelos eran de ónice, forrados con piel de leopardo, pantera o tigre y los techos estaban forrados con oro, lapislázuli, esmeraldas y topacios. Los jardines eran frondosos y frescos, decorados con bellas fuentes y estatuas griegas y los muebles estaban hechos de cedro libanés o de bronce con incrustaciones preciosas. Por los pasillos recorrían embajadores, eruditos y las fiestas que se celebraban mezclando lo egipcio y lo griego duraban hasta el primer rayo del nuevo día.

La educación de Cleopatra corrió a cargo de los tutores y maestros de la biblioteca. La educación de  los príncipes ptolemaicos solía ser puramente griega y siguiendo el modelo Helenístico, pero Cleopatra fue más allá, pues su sed de conocimiento superó al de sus predecesores. Era capaz de recitar a Homero de memoria, conocía las tragedias de Eurípides y la poesía de Píndaro, sabía tocar la lira y montar a caballo como una experta jinete. Mismamente fue educada en política y en astronomía y dado que Alejandría era un hervidero de distintas lenguas Cleopatra no solo sabía hablar en griego, sino también en hebreo, arameo, etíope, persa, armenio, medo y lo más admirable es que fue la primera y única reina que se molestó en aprender a hablar y escribir en egipcio antiguo. Demostró que era la mejor candidata para sustituir a su padre cuando este falleciera.

¿Cómo era su aspecto? Probablemente la mayoría de los bustos que se conservan de ella ni siquiera sean de la reina. Se dice que era hermosa, pero más bien era de estatura mediana y con una nariz aguileña y con la piel de color miel. Se sabe que muchos Ptolomeos eran rubios por su ascendencia griega, pero debido al matrimonio de Ptolomeo I con Thais, una cortesana persa, es muy probable que Cleopatra fuera de cabello oscuro. Hermosa o no demostró que la seducción muchas veces reside en el intelecto y no en el cuerpo.

PRIMER EXILIO 58-55 a.C

Para el año 58 a.C la situación en Egipto era desesperante. El padre de Cleopatra llevaba reinando desde hacía 22 años, pero solo le interesaban las fiestas y tocar la flauta y el momento álgido llegó cuando Roma invadió Chipre, adueñándose de ella. Viéndose acorralado, el hermano de Ptolomeo XII, Rey de la isla, se quitó la vida y su reino se convirtió en colonia romana, sin que Egipto hiciera nada. La rebelión estalló en Alejandría y el pueblo coronó a Berenice IV como reina, junto a su hermana Cleopatra VI. Mientras,  Ptolomeo XII huyó a Roma con su hija. En ese año o al siguiente la madre de Cleopatra murió.

Ptolomeo XII fue acogido en casa del Cónsul Cneo Pompeyo, quien defendió su causa ante el Senado, aunque los romanos detestaban el sistema de modelo monárquico y más aún de estilo oriental. Desde el año 509 a.C cuando el último rey había sido expulsado de la ciudad, Roma era una república y el intentar ser coronado rey era castigado con la muerte. Aún así, Pompeyo salió ganando con la mayoría de votos a favor de restaurar al rey en el trono de Egipto. Mientras, allá en Alejandría, Berenice IV asesinó a su esposo y a su hermana Cleopatra VI y gobernó junto a su amante.

Durante los 3 años que Cleopatra pasó exiliada en Roma junto a su padre es muy probable que aprendiera que era mejor tener aliados que enemigos, incluso cuando esos aliados eran de la potencia que amenazaba a Egipto. En ese tiempo la princesa aprendió latín y según las malas lenguas tuvo como amante al hijo de Pompeyo, algo del todo improbable dado que al igual que su padre lo que más deseaba era volver a casa. Finalmente en el año 55 a.C Ptolomeo XII marchó a Asia con un ejército y con un préstamo de 17.000.000 de dracmas para reconquistar Egipto, junto a ese ejército iba el romano con Pompeyo y Marco Antonio a la cabeza. La caída de Alejandría fue rápida y Berenice IV fue decapitada junto a su amante por orden de su propio padre.

51 a.C POR FIN REINA

Como pago por su alianza con Roma Ptolomeo XII tuvo que permitir que las tropas romanas se instalaran en Alejandría, y la convivencia no fue fácil. Los romanos odiaban a los egipcios, cuyos dioses en comparación con los suyos eran monstruos y en cierta ocasión un soldado romano mató a un gato, animal sagrado en el país del Nilo, lo que casi le cuesta la vida al querer ser linchado por los propios alejandrinos.

En el año 51 a.C Ptolomeo XII enfermó de gravedad y murió al poco tiempo, pero antes dictó testamento en el cual nombraba sucesores a Cleopatra y a Ptolomeo. Los dos hermanos contrajeron matrimonio y la coronación se llevó a cabo en Menfis. Hay un cartucho que señala la coronación de Cleopatra el 2 de julio del 51 a.C, tenía 18 años y su hermano solo tenía 10.

Menfis

Estaba claro que quien reinaba era ella y no él. El año de su subida al trono no fue precisamente fácil, a la deuda de su padre con Roma, la cual tenía que pagar ella, se sumaron la hambruna y las malas cosechas por la bajada del Nilo. Mismamente el precio de la plata cayó, Egipto estaba casi en la banca rota, pero Cleopatra se mostró una hábil administradora financiera de su reino y logró que el importe de los ingresos fiscales y el comercio exterior ascendiera a 12.000 talentos al año y sustituyendo la moneda de plata por la de bronce.

             Estela de Cleopatra

Mismamente tuvo que controlar a las tropas romanas acuarteladas en Alejandría, las cuales se mostraban más revueltas cada día que pasaba, pero el verdadero enemigo estaba en casa. Aunque casada con Ptolomeo XIII, Cleopatra despreciaba a su hermano y lo rechazaba, debido a su obesidad y excesiva crueldad, a pesar de ser solo un niño. El matrimonio nunca se consumó y tanto Arsínoe, la hermana de Cleopatra como Teódoto el tutor de Ptolomeo XIII, el eunuco Potino y el General Aquilas manipulaban al rey-niño en contra de su hermana.

Fue en el año 49 a.C cuando los cinco planearon asesinar a la reina, pero Cleopatra descubrió el complot a tiempo y huyó de Alejandría en mitad de la noche, en compañía de sus dos criadas Iras y Charmión, su criado Apolodoro, su médico Olimpos y su  consejero Mardián. La huída fue a través de Pelusion, en el este de Egipto, atravesando Judea a caballo hasta llegar a Siria. Cleopatra estaba a salvo, pero exiliada. Sin embargo pronto su suerte cambiaría, pues como aprendió en el exilio junto a su padre, si no puedes con todos tus enemigos, pacta con el que te sea más útil. Y ese enemigo era Roma.

CÉSAR ENTRA EN ESCENA

Mientras Cleopatra huía para salvar la vida, en Roma estalló la II Guerra Civil entre los Pompeyanos y los Cesarianos.  Julio César cruzó el Rubicón tras pronunciar su famoso Alea Iacta est y entró en Roma, provocando la huída de Pompeyo a Grecia, pero en vez de seguirle lo que hizo fue ir a Hispania y aplastar al ejército pompeyano que estaba allí acuartelado, y solo tras su victoria, fue tras Pompeyo. Bien dicen que de las grandes amistades surgen luego las grandes rivalidades, César había sido amigo de Pompeyo y este le había salvado la vida en su juventud, incluso habían sido suegro y yerno, pero tras la muerte de Julia, esposa del Cónsul e hija de César, la relación se rompió. El encuentro final entre ambos tuvo lugar en Farsalia, en el año 48 a.C y allí Pompeyo fue derrotado definitivamente, pero de nuevo volvió a escapar y en el único lugar en el que pensó que podría encontrar ayuda y apoyo era en Egipto, a fin de cuentas los Ptolomeos le debían el seguir reinando.

A medida que Pompeyo se acercaba a las costas de Egipto crecía la incertidumbre. ¿Dar la bienvenida a un prófugo? César era ahora el amo de Roma y podía volverse en  contra en cuanto desembarcara en Alejandría, de modo que Teódoto aconsejó a Ptolomeo XIII cortar el problema de raíz con la frase de que un cadáver no muerde.  Nada más desembarcar en la playa de la capital egipcia Pompeyo fue decapitado por Aquilas.

Solo tres días después César llegaba a la ciudad y era recibido en la corte, en donde le mostraron la cabeza de Pompeyo. En vez de aplaudir el acto, el general romano rompió a llorar, Pompeyo merecía un juicio justo y no haber sido asesinado como un vulgar ladrón.

La noticia le llegó a Cleopatra quien ahora estaba acampada en la frontera de Egipto, junto con un ejército de mercenarios que había reclutado ese verano. Tras un año de exilio se disponía a volver, pero lo haría de otra manera,  más cauta y burlando a las tropas de su hermano quienes vigilaban la frontera por Pelusion. Lo mejor era acampar en la Península del Sinaí, remontar el Nilo hasta Menfis y regresar a Alejandría por el sur arribando en el puerto del Mareotis. Era un viaje de 8 días y por supuesto lleno de peligros. César además ordenó que Cleopatra se presentara en palacio, pues estaba dispuesto a reconciliar a los dos hermanos para que reinaran juntos de nuevo y evitar que Egipto entrara en una guerra, la cual se sentía ya latir en todo el país al haber partidarios de Ptolomeo y Cleopatra y organizar ambos episodios de violencia. Aquello además podía afectar al envío de trigo a Roma y matar a la ciudad de hambre. César se limitó a jugar en los dos bandos para de esa manera evitar un mal mayor.

Y así, una noche de octubre del 48 a.C Apolodoro, Iras y Charmián llegaron a Alejandría y desembarcaron en ella. Nadie les reconoció, pues iban disfrazados de comerciantes, y cargaban con una alfombra y se adentraron sin problema alguno en el palacio real, en el cual, César estaba alojado. La guardia romana les impidió pasar pero ellos alegaron que traían un regalo para César de parte de la reina y que era la alfombra que ellos transportaban. César le permitió pasar y estos desataron las ataduras que tenían la alfombra enrollada. Cuando la desenrollaron ante César surgió de esta la figura de la reina ante la mirada atónita del general romano.

De esta forma Cleopatra demostró que era más inteligente que sus enemigos, la historia de la alfombra pasó a la posterioridad como el inicio de las relaciones entre el general y la reina. El mito de que Cleopatra se presentó ante César engalardonada con sus joyas y vestimenta real es falso, probablemente fuera poco arreglada y llena de polvo por el largo viaje que había hecho, tan solo llevaba una túnica corta blanca y una cinta que le sujetaba el pelo. Pero a pesar de su aspecto, aquel hombre que tenía ya 52 años se quedó cautivado ante aquella muchacha de 22, la cual afirmaba que era la diosa Isis en vida.

La noche fue larga y por supuesto Cleopatra no perdió el tiempo en seducir a César, venía a defender su causa, y lo que es más, a recuperar su trono. La mayoría de los historiadores no se ponen de acuerdo si bastó una sola noche para que el general cayera rendido ante la inteligencia de la reina o si la relación amorosa nació después. Que amara a César es improbable, pero ambos se parecían en muchos aspectos y ambos se necesitaban. César admiraba a Alejandro Magno y Cleopatra descendía indirectamente del caudillo macedonio, cuyo cuerpo estaba enterrado además en el Mausoleo Real de Alejandría, ambos tenían pretensiones imperiales y compartían gustos en lujo e intelecto y Cleopatra estaba dispuesta a aliarse con Roma si César le apoyaba.

Lo que si está claro es que a la mañana siguiente Ptolomeo XIII encontró a los dos amantes juntos y fue presa del pánico. Las condiciones de César fueron las siguientes:

Roma y Egipto serían aliadas

La deuda de Ptolomeo XII fue rebajada a 10.000.000 de dracmas

Potino y Teódoto fueron puestos bajo arresto domiciliario

Cleopatra reinaría en Egipto junto a su hermano

Para calmar las ambiciones de Arsínoe Chipre fue devuelta a Egipto

El pueblo de Alejandría escuchó estas condiciones más el testamento de Ptolomeo XII y por el momento la paz estaba asegurada.

En ese tiempo Cleopatra le enseñó Alejandría a César, y por supuesto los dos destinos turísticos favoritos del romano fueron la Biblioteca y el Mausoleo Real. Allí descansaba el cuerpo de Alejandro, momificado y en perfecto estado de conservación en un sarcófago de cristal (antaño fue de oro pero Ptolomeo IX lo fundió para pagar sus deudas)  César aspiraba a ser como él y Cleopatra  le aseguró que juntos llegarían más lejos de lo que Alejandro había llegado. Sin embargo la paz fue breve, pues Potino intentó envenenar a César y este lo ejecutó, pero en el caos originado Arsínoe, Teódoto, Ptolomeo XIII y Aquilas escaparon de Alejandría y marcharon sobre esta con el ejército de Pelusion. La llamada Guerra Alejandrina había comenzado.

Un crucero por el Nilo y Cesarión

Los dos primeros meses de la guerra fueron los peores. César, sus tropas y Cleopatra se atrincheraron en el barrio real mientras el resto de la ciudad les hacía frente, y sin embargo resistieron. Por ese mismo tiempo la reina descubrió que estaba embarazada. En el transcurso de la guerra y para evitar que las naves egipcias entraran en el puerto, César incendió las suyas para así asestar un golpe a los egipcios, pero esa estrategia tuvo un precio y fue que el fuego alcanzó el puerto y una parte de la Biblioteca de Alejandría se quemó.

Hasta marzo del 47 a.C no llegaron los refuerzos desde Roma, junto con el rey Mitrídates I de Pérgamo, aliado de César. Tuvo lugar entonces la Batalla del Nilo en la cual Aquilas, Teódoto y Ptolomeo XIII murieron y Arsíone IV, quien se había autoproclamado reina de Egipto, fue capturada. El 27 de marzo Cleopatra  y César pudieron cantar victoria.

A pesar de los destrozos de la guerra, que había que restaurar edificios y poner los asuntos del reino en orden, los dos amantes celebraron la victoria con un crucero por el Nilo. César deseaba conocer el país de la reina, y por supuesto ella estaba dispuesta a seducirlo con todas sus riquezas, más aún con un hijo del general creciendo en su vientre; la reina no podía más que vislumbrar un futuro dorado para su país. Aquí nos alargaremos un poco, pues merece la pena conocer como era el barco-palacio de la reina.

En primer lugar, según se entraba, por la popa, se había instalado un pórtico abierto al frente rodeado de columnas. En la parte frente de la proa había un vestíbulo construido con marfil y la madera más cara. Al atravesarlo es como si se hubiera hecho un proscenio que iba techado, igual al que se encontraba otro vestíbulo, en la parte central, y se accedía a él a través de un portal de 4 puertas. A la izquierda y a la derecha había ventanas, para que ventilaran el ambiente. Junto a ellos se encontraba la habitación más grande. Estaba rodeada de columnas y tenía capacidad para 20 lechos. La mayor parte de ella fue construida con ciprés milesio y cedro escita. Las puertas del recinto habían sido hechas de tablones de tuya unidos entre sí y con decoraciones de marfil. La guarnición de clavos de su parte frontal y las aldabas, que eran de bronce rojizo, habían sido doradas al fuego. Los capiteles corintios eran de marfil y oro, y todo el arquitrabe de oro, sobre el cual se ajustaba un friso que representaba notables figuras de marfil de más de un codo de altura. Sobre la sala de banquetes había otro hermoso techo rectangular hecho de madera de ciprés y sus adornos estaban tallados y cubiertos de oro.

Junto a dicha sala había un dormitorio de 7 camas y unidas al Gineceo por un estrecho corredor. En el Gineceo había otra sala de banquetes con 9 lechos. Subiendo las escaleras de caracol a la segunda cubierta, existía otra habitación con 5 lechos que poseía un techo romboidal, y al lado un templete de Afrodita, abovedado, y con una estatua de la diosa hecha en marmol. Al lado otra magnífica sala de banquetes rodeada de columnas, hechas con piedras de la India,y al lado otra sala con alcobas.

Avanzando hacia la proa había una magnífica estancia báquica, de 13 lechos rodeada de columnas, con una cornisa chapada en oro hasta el arquitrabe que recorría la habitación. El techo se adecuaba al valor de la divinidad. En esa habitación se construyó un hueco cuyo aspecto era el de una construcción en piedra hecha de oro y de piedras preciosas; allí se instalaron estatuas representativas de la familia real egipcia hechas en marmol de Paros. Bastante agradable era también otra sala de banquetes situada sobre el techo de la estancia principal, a manera de pabellón; no tenía techo, pero se habían instalado unas piezas transversales en forma de arcos colocadas una a cierta distancia de otra, sobre las que, durante la travesía, se desplegaban unas cortinas de color púrpura.

A continuación venía un atrio que ocupaba el espacio situado encima del pórtico que se encontraba debajo. Junto al atrio se encontraba otra escalera de caracol que llegaba hasta el pasillo cubierto y la sala de 9 lechos, de estilo egipcio en este caso. Las columnas se alzaban redondeadas alternando entre el blanco y el negro. Sus capiteles tenían forma redonda, y todo su contorno similaba a rosas recién abiertas. Alrededor del cálato había espirales con forma de capullos y flores de loto y frutos de palmeras recién brotadas, también el estilo flor de nenúfar invadía la estancia y con formas entrelazadas.

Y por supuesto no faltaba una sala de conferencias, bañeras de cobre, un jardín, grutas secretas, una biblioteca, un gimnasio, establos, un altar de Dionisos e Isis y hasta un acuario.

Medía 90 metros de eslora, 13 de manga y 18 de puntal y era empujada por remeros que remaban con remos de marfil y de oro. Tras ellos les seguía una flota de 400 naves con todos los utensilios necesarios y con la guardia romana y egipcia.

La República Romana bajo el mandato de César

Así fue el romántico crucero por el Nilo de la reina y César y en el cual llegaron hasta el Valle de los Reyes y las primeras cataratas, para volver a Alejandría, en donde las noticias no eran precisamente las mejores. El rey Farnaces del Ponto se había lanzado a reconquistar su reino, matando a todo romano que se le pusiera por delante, mujeres y niños incluídos. En Numidia, Catón el Joven y Escipión, ambos pompeyanos, habían reunido otro ejército y en Roma Marco Antonio apenas podía controlar a los enemigos de César en el Senado. César abandonó Egipto el 7 de junio dejando a tres legiones para proteger a Cleopatra a la que casó con su otro hermano, Ptolomeo XIV, de 12 años. El 23 de ese mismo mes la reina dio a luz a un niño al que puso Ptolomeo César, pero sería conocido como Cesarión. Al fin un heredero para Egipto y si César lo reconocía como hijo suyo ¿quién sabe? Podía reinar un día en Roma si César al final se convertía en un monarca. Cesarión sería un nuevo Alejandro Magno que uniría Oriente y Occidente bajo el cetro de Roma y Egipto.

LA REINA EN ROMA

Una vez que César aplastó a Farnaces, a Catón y a Escipión, regresó a Roma para celebrar sus triunfos tras los cuales el Senado lo nombró Dictador por diez años. Con él traía nuevas reformas, algunas de estilo egipcio y la más notable y que a día de hoy sigue vigente, fue reformar el calendario lunar romano por el solar egipcio, lo que luego sería el calendario Juliano que actualmente es el Gregoriano. La idea partió tras debatir César en Alejandría con Sosígenes, astrónomo de la reina. César también inició la construcción de un biblioteca como la alejandrina y el ampliar las calles de Roma. Por esos tiempos la ciudad no era lo que luego sería en tiempos del Imperio, era un villorrio maloliente en donde salvo las villas señoriales y los templos y el Senado las casas eran de madera, pegadas unas a otras, lo que hacía que los incendios se propagaran rápidos y no había más que un teatro.

Mientras César se ocupaba de sus asuntos en Roma, en Egipto, Cleopatra cumplía su rol de reina y madre a la vez. A lo largo del año 47 a.C y comenzando el siguiente ya había purgado la corte de posibles conspiradores, había expropiado las propiedades y fortunas de las familias que habían apoyado a sus hermanos y mantenía a su lado a un fiel grupo de ministros y consejeros, aún así trabajaba sin descanso.

En la corte Ptolemaica por detrás de la reina, estaba el Dioeketes, el Primer Ministro, quien en ausencia del monarca cumplía los roles de regente. Y debió ser así cuando al año siguiente Cleopatra recibió una carta de César en la cual le informaba que estaba invitada a los desfiles por sus triunfos y esta partió con todo su séquito a Roma, llevándose a Cesarión y a su esposo con ella.

La llegada de Cleopatra a Roma causó controversias. Para los romanos no era más que una prostituta que había seducido a César, con el cual había tenido un bastardo. Cicerón fue sin duda su más acérrimo crítico y enemigo, y no perdía ocasión de atacar a la reina como a la ciudad en la que esta gobernaba. Sin embargo otros como Marco Antonio se mostraron cordiales con ella.

Cleopatra fue alojada en la villa de César y acudió a todos los espectáculos que se ofrecieron y cuando llegó el desfile de la victoria vio a su hermana Arsínoe encadenada, siendo llevada como trofeo de guerra tras el carro de César. Los dos amantes se volvían a ver tras un año separados y César debió de mostrarse rejuvenecido con Cesarión, a fin de cuentas ya había llegado a la conclusión de que no podría tener más hijos, de hecho su tercera esposa Calpurnia no le había dado ninguno. Ahora sin embargo y a pesar de no ser romano, Cesarión podía ser su futuro, al igual que el de su madre. Si César reformaba la ley quizás podía dejar como heredero a Cesarión, a pesar de tener un sobrino, Octavio. Pero la alianza entre Egipto y Roma quedó consolidada aún más cuando César levantó una estatua de oro de Cleopatra en el Foro romano, lo que causó la indignación de republicanos como Cicerón, Bruto y Casio.

LOS IDUS DEL 15 DE MARZO

A medida que César acumulaba poder se volvía más vulnerable, muchos temían que ambicionara ser rey. De hecho el pueblo lo aclamaba como tal, a pesar de que César dejó en más de una ocasión que no deseaba llevar corona alguna, por el momento, a pesar de que ya en el Senado se sentaba en un trono de oro, con una corona de laurel dorado, un cetro y un mando de púrpura.  Su gobierno durante aquel año 45-44 a.C consistió en acabar con los restos del ejército de Pompeyo en Hispania que había logrado rehacerse, el siguiente objetivo era conquistar la Partia, actual Irán, campaña que le llevaría quizás más de 3 años. No obstante si esa campaña le salía victoriosa ¿Qué podía ya interponerse entre él y la corona? No, el Senado no lo podía tolerar.

Pese a las advertencias de que no fuera al Senado ese 15 de marzo, César acudió. Tenía pensado partir a la Partia en tres días, y Cleopatra también estaba preparando el equipaje. ¿Pretendían ambos comandar a los romanos en esa guerra? Es probable que ella financiara su campaña, con la condición de que repudiara a Calpurnia y se casaran según los ritos egipcios y que Cesarión fuera heredero de un futuro imperio romano-egipcio, además la reina volvía a estar embarazada. Pero en cuanto César entró en el Senado ese día 15 de marzo, los senadores cayeron sobre él, asestándole 23 puñaladas. Bruto y Casio fueron los cabecillas de aquel asesinato, en un desesperado intento de salvar la República Romana, pero lo único que lograron fue volver a Roma en su contra, sobre todo a la plebe y estos huyeron al este. Había comenzado la III Guerra Civil Romana.

Los sueños de Cleopatra murieron en un dia y a pesar de que permaneció en Roma más de un mes después de la muerte del Dictador y acudió al funeral de este en el que su cuerpo fue incinerado, César no mencionó a Cesarión en su testamento. Viendo que la vida de su hijo corría peligro Cleopatra regresó a Egipto y desgraciadamente en el viaje de vuelta sufrió un aborto y perdió el bebé que esperaba. Cuando llegó a Alejandría envenenó a Ptolomeo XIV, nombrando a Cesarión nuevo rey de Egipto.

La reina no volvió nunca más a Roma, pero tampoco la perdería de vista en los siguientes 14 años.

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