No más lejos de las reflexiones que subyacen, a día de hoy, la única certeza que deja el SARS-CoV-2, comúnmente conocido como coronavirus, precisamente es la ausencia de certezas. En este caminar a lo inexplorado que impregna como lluvia ácida, se debaten numerosas creencias fluctuantes que nos arrastran a la inmovilización.  

Y no es para menos, porque los vínculos sociales, o el trabajo, el modo de ocupar el ocio y tiempo libre, o el duelo, tan reiterado en estos trechos indeterminados, ya no son como lo habíamos conocido hasta entonces. Incluso, hay quienes contradicen este entorno; tampoco faltan los que opinan que más que promover transformaciones, lo que hace el COVID-19 es precipitar la espiral en la que estamos envueltos.

Vivimos épocas de inquietud, nos acorrala la extenuación y la incapacidad para planificar. El ser humano requiere de seguridades que le consoliden en el presente y lo empuje a un mañana. Pero, actualmente, no se pueden hacer previsiones a largo, ni medio plazo. En cierta manera, las seguridades se han empobrecido y las arrogancias quedan sepultadas. 

En esta sacudida del ser o no ser en el prisma social, económico y emocional, la réplica colectiva es de perplejidad descomunal con despropósitos, dando origen a la tensión, desazón y en algunos casos, al desbarajuste. Con lo cual, para introducirnos en un aparente futuro, haríamos bien en profundizar la historia de la raza humana con principios sociológicos. 

A nadie le cabe la menor duda, que los tiempos pasados han estado salpicados de sangre, indiferencias y consternación por los conflictos bélicos sostenidos; o por las hambrunas acaecidas y las calamidades epidémicas padecidas. Por lo tanto, si el hombre como especie ha llegado hasta el siglo XXI, lo ha hecho desde su potencialidad de adaptabilidad con la resiliencia, resistencia evolutiva y cognitiva. 

El coronavirus ha irrumpido en una sociedad cambiante, dejándonos en fuera de juego y causando un desconcierto progresivo que desconocemos cuándo, ni cómo concluirá. Ello ha suscitado un escepticismo crónico y, en ocasiones, nos ha entumecido en el accionar cotidiano, ante un enemigo invisible y con la fuerza implacable de un ejército. Y todavía con efectos más contundentes, al desenmascarar la fragilidad social, económica, política y sanitaria convertida en el verdadero talón de Aquiles.

En escasos meses, de depositar la confianza en la ciencia en la que creíamos, con desasosiego y temor nos hemos topado con un escenario epidemiológico capaz de perturbar nuestras vidas por años, o tal vez, para siempre. Hasta ahora, incapaces de contrarrestarlo con solvencia, sin recurrir a las técnicas adoptadas para protegernos de los fáciles contagios o del distanciamiento social.

Contemplando a España, aunque el horizonte se amplía a otras esferas, se suma la ineficacia en la gestión de la enfermedad, con estructuras administrativas inactivas, sistemas inadecuados de selección de élites políticas, deplorable comunicación pública y baile de cifras en los datos oficiales, retardo en la adaptación del aislamiento colectivo; así como ratios de morbilidad y mortandad pésimos, malos indicadores económicos y el sentimiento de desatención en una importante proporción de la ciudadanía. 

Tomando como ejemplo la segunda semana de marzo, o quizás, los momentos reinantes que advertimos, que obviamente, no pueden considerarse del mismo calado, el comienzo del curso escolar y el colapso institucional, inexcusablemente, hacen saltar las alarmas.

Debiendo asociar una nueva vuelta de tuerca a corto plazo, con el dinamismo económico de mano de los programas de relanzamiento de la Unión Europea, proyectado con un plan de recuperación y sobre el marco financiero plurianual 2021-2027. 

Cada una de estas vicisitudes nacionales y globales, macro y micro, aleatorias e imprecisas, pero, posiblemente presagiadas, así como las secuelas directas e inmediatas de la crisis epidemiológica, como la indisposición en las clases sociales, el empobrecimiento generalizado, el trastorno endémico que no cesa o la muerte que nos acecha, está contribuyendo y contribuye a importantes tensiones sociales, que en los próximos años aumentarán en populistas e instigadores. 

La pandemia está siendo terrorífica, poniéndonos contra las cuerdas en una tragedia de grandes dimensiones, con la pérdida de vidas y el tránsito de personas a las que no se han podido despedir con un duelo apropiado. Y mucho menos, ni un beso ni un abrazo. Desapareciendo una generación que nos ha dejado en el silencio más atroz.

Con asiduidad, suele defenderse que cualquier trance aglutina un retroceso como tal, y éste se alarga más que las mismas dificultades. Hay autores que interpretan la crisis económica de 2008 con las tensiones existentes y la verticalidad democrática de numerosos estados, englobando la reactivación de los nacionalismos. El contexto inusual y sus implicaciones no perdurarán únicamente en los intervalos de incidencia del virus, sino después. 

En cada una de estas direcciones, la patología conjetura una marcha atrás. Reculando a lo acaecido en temas de salud, porque la medicina contemporánea había trabajado con éxito en los males infecciosos y parecía que estábamos más aplicados en las enfermedades crónicas o no transmisibles, como los padecimientos cardiovasculares o el cáncer. Curiosamente, esta epidemia con reseñas medievales, nos ha reemplazado a riesgos que dábamos por superados.

Fotografía: National Geographic de fecha 19/IX/2020.

Simultáneamente, el elenco de consecuencias se ha producido inesperadamente y a pasos agigantados, dañando todas las vertientes de la sociedad. Nadie ha quedado al margen de esta tesitura y, ni mucho menos, en un marco internacional identificado por las oscilaciones de las instituciones multilaterales y de retroceso democrático. 

Queda claro, que nos topamos ante una disyuntiva integral en un período con gobernantes que buscan recursos meramente locales, centralizados en intereses parciales. España, se halla ante una eventualidad a la que tiene que dar respuestas pertinentes en un paisaje político convulso.

En contra de la inclinación histórica que el coronavirus está adquiriendo, el espacio rural es catalogado como el más cualificado para neutralizar al patógeno. No es notorio que recapitalice la predisposición imperante de dominio urbano, pero, al menos, en cuestión de estancia y turismo, la España interior y el espectro rural vacío, han conquistado un atractivo que ojalá perdure. 

Junto a ello, la sociedad en su conjunto, convive con complicidad e implicación comunitaria a nivel de vecindad, jurisdicción y grupos profesionales, que han creado otras relaciones y reavivado valores que permanecían deteriorados. Quedando al descubierto que la economía, vaya medianamente bien o mal, cuenta con una fragilidad estructural considerable, al supeditarse a los sectores del turismo y servicios.

Estos últimos meses, fundamentalmente, julio y agosto, ratifican que no debemos bajar los brazos de cara a un virus que segundo a segundo nos acecha. Y es que, ya no solo repercute en el colectivo de personas mayores o vulnerables, también redunda en jóvenes y niños a los que inicialmente se reconocían inmunes. Si bien, los contagios se han amplificado exponencialmente, los finados parecían haberse simplificado, incluso hasta llegar a no contabilizarse ninguna muerte diecinueve semanas más tarde de darse por concluido el ‘Estado de Alarma’. Lo que parecía vislumbrar un indicio de esperanza para todos.

Con los números proporcionados por el Ministerio de Sanidad, España se emplaza en el triste podio de los países que reconocen más extintos en correlación a la población, y el que más sanitarios infectados registra. 

Sobrepasado los seis meses desde el establecimiento del ‘Estado de Alarma’, España continúa liderando las estadísticas más aciagas a nivel mundial. A día de hoy, el número de contagiados alcanza los 716.481 y la cifra de decesos se ha encaramado a los 31.232. 

Las últimas referencias del Sistema de Monitorización de la Mortalidad diaria o Sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III, elevan las defunciones por encima de las 46.000 y ha detectado entre las postrimerías de julio y la primera quincena de agosto, lo que ha denominado “exceso de fallecidos”.

Coincidiendo con la segunda oleada de la epidemia, este verano España ha sumado un exceso de mortalidad del 10%. Es decir, 3.560 perecidos más de los previstos. Siete Comunidades Autónomas recogen esta cuantía en los guarismos de muertes. 

Conforme se muestra el último reajuste del Sistema de Monitorización Momo: en Aragón, un 45% en la primera mitad de agosto; Extremadura, un 37% más que en la última quincena de julio; Castilla y León, un 25%; Madrid, un 20% en agosto con 522 difuntos; Cataluña, casi un 20%; Andalucía, un 17% y la Comunidad Valenciana con un 13%.

El Informe del Instituto Carlos III especifica que en los seis meses sucedidos del COVID-19, el exceso de mortalidad ha rebasado los 47.000 óbitos. Entre las víctimas, resalta el incremento en los mayores de más de 74 años, ya que 16.545 de los 14.384 estimados, pertenecen a este grupo de edad, mostrando un exceso de mortalidad de 2.160 individuos; poco más o menos, la totalidad de exceso global. 

Otras 159 personas tenían entre 65 y 74 años, y 130 eran menores de 65.

De esta manera, en los meses acumulados de 2020 se han ocasionado dos etapas bien diferenciadas de exceso de mortalidad, con el matiz de producirse por varios motivos a nivel nacional, abarcando el primero desde el 10 de marzo al 9 de mayo, y el segundo del 27 de julio al 15 de agosto, respectivamente.

En el primero de ellos se verificaron 43.556 finados, un 64,3% más de lo valorado con los indicios de los diez últimos años. En cambio, en el segundo con sólo tres semanas, se ha originado un exceso de muertes de un 12,6% con respecto a su estimación.

Aunque en el balance se incluye los fallecimientos por cualquier causa, el Informe MoMo señala que desde finales del mes de julio los óbitos diarios por el SARS-CoV-2 superaron los 125 por día.

Lo cierto es que continúan ascendiendo los positivos, los ingresos en los centros sanitarios y, principalmente, en lo que atañe a las defunciones. Más aún, España es el estado de Europa que más decesos ha notificado en la comparativa con su población: unas 100 muertes diarias en los últimos siete días. Los casos ascienden rápidamente en muchas comunidades, como Castilla-La Mancha, Navarra, Cataluña o Madrid, al igual que el acomodo de los hospitales y Unidades de Cuidados Intensivos, UCI. 

Lo peor de todo subyace que la situación epidemiológica como indican los expertos, no cambiará en su tendencia, mientras los positivos sigan ascendiendo. Cabiendo esperar en las próximas semanas más ingresos y fallecidos. Para ser más precisos, los pacientes diagnosticados por el virus ocupan el 22% de las camas disponibles en Madrid; el 13% en Castilla-La Mancha; el 12% en Aragón y el 11% en País Vasco y Baleares.

En lo que respecta a las UCI, diversas comunidades se atinan con más de la mitad de sus camas de enfermos graves empleadas por pacientes del COVID-19. En la Rioja, la ocupación se incrementa en el 60%; Catilla-La Mancha, el 55%; Aragón y Murcia, el 48%; y Navarra y Baleares, el 40%.

Como se ha referido precedentemente, España es la nación que constata más sanitarios infectados del planeta, desde que, en los preludios de la enfermedad vírica, tanto médicos, como enfermeras, auxiliares, celadores y resto del personal cumpliesen su labor sin guantes de nitrilo, mascarillas, batas y otros equipos de protección individual tan imprescindibles. Gradualmente, la carencia de este material ha ido disminuyendo, al integrarse los Servicios de Salud Autonómicos a unos procedimientos de adquisición que en aquellos momentos se demoraban. 

No soslayándose, que el Gobierno aún no dispone de la reserva estratégica.

De todo ello se desprende, que la amenaza de la segunda oleada nada tiene que ver con la UE, aunque por activa y por pasiva el Ejecutivo Central porfíe en contradecir esta evidencia. Las justificaciones van desde enmendar la elevada cantidad de casos por el avance de las pruebas materializadas, hasta atemperar el peso de las muchas muertes causadas, sin dejar de empequeñecer el cariz inquietante que están ocupando estos días, al compararlo con el revés que conocimos en marzo y abril.

Como se ha fundamentado en estas líneas, España es el país que reúne más positivos e ingresos hospitalarios en las UCI con respecto a su volumen poblacional. Idénticamente le ocurre en cuanto a la mortandad, tal y como lo pormenoriza el Centro Europeo para la Detección y Control de Enfermedades, abreviado, ECDC, que profundiza en las comparativas de los estados.

El Gobierno argumenta la intensificación de contagios por la incidencia en las pruebas practicadas, que ahora son más asiduas que en meses anteriores. No obstante, dentro de la UE, no es el que más test realiza, ni en total ni en relación al tamaño de su población. Y lo más alarmante, es la región con más infectados. En otras palabras: en la última semana se han verificado de media 178 test por cada 100.000 habitantes, siendo una cifra similar a la de Alemania, pero por debajo de Francia con 198; o Dinamarca, con 548. 

La contrariedad reside en que los test realizados no dependen en tanto, de la diseminación del censo poblacional en sí, sino en la cuantificación de contagios reales. A más contagios, más test. De hecho, la Organización Mundial de la Salud, por sus siglas, OMS, aconseja que los nuevos positivos no deben alcanzar el 5% del total de los test efectuados, para así valorar que la epidemia está controlada.

En España, como subraya los recuentos de la Universidad de Oxford en su proyecto ‘Our World in Data’, la positividad se encuentra en el 11%. Con rotundidad, es el más deficiente de los estados miembros de la Unión. En Alemania la positividad corresponde al 0,8%; en Italia, al 2,5% y en Francia, el 5,2%.

Asimismo, da la impresión como si se transmitiese a la ciudadanía el presentimiento inconsistente de una cercana comercialización de la vacuna, mientas la pandemia vuelve a remontar embravecida y los servicios sanitarios están comenzando a colapsarse ante una nueva acometida del virus.

La confianza o más bien la irresponsabilidad, ha ayudado que alcancemos el otoño en unas circunstancias nada halagüeñas y, posteriormente, el invierno aún más exigente que no prevé buenos pronósticos, porque podría favorecer una mezcla perfecta: el coronavirus embravecido y la gripe que cada año aqueja a miles de personas.

Tampoco se entiende que no hayan mejorado en tiempo y forma, los recursos sanitarios de salud pública y la dotación de atención primaria, para la implementación de una moderación en los brotes. Por lo tanto, no se trata exclusivamente cómo actuará el SARS-CoV-2, que por fortuna no es propenso a grandes mutaciones, sino más bien, a cómo nos desenvolveremos y qué posicionamiento tomarán las administraciones competentes. Luego, si se relajan los distanciamientos, el uso de las mascarillas e higiene y abundan las reuniones esquivando las observaciones reiteradas, junto al desequilibrio en los comportamientos individuales habidos y por haber, irremediablemente, los contagios y las defunciones estarán al orden del día.

Consecuentemente, el COVID-19 demuestra a todas luces que persiste en su capacidad de contagio dominante, valiéndose de las coyunturas que no son pocas: es un patógeno muy infeccioso, contaminando a las personas en cuanto se presenta el más mínimo resquicio. Toda vez, que somos nosotros, los que modificamos los hábitos o entornos que ayudan fácilmente a la transmisión.

A pesar que el control del coronavirus queda distante de lograrse, se agrava la premura por su neutralización: España ha cumplido más de seis meses con récord en el número de contagios; sin inspecciones con PCR en los aeropuertos y sin rastreadores suficientes para perseverar en la exploración del virus. Del mismo modo, no cuenta con medidas uniformes para atenuarlo, como debía haberse prevenido antes del regreso a las aulas.

El arrebato de la segunda oleada no es una utopía y vuelve a gravitar en la visión de un drama presto a enfurecerse. Indiscutiblemente, hay lógicas para estar inquietos, o lo que es lo mismo, razonamientos más que reconocidos, para comprometernos responsablemente como miembros de la sociedad a la que pertenecemos. 

A lo mejor, una de las destrezas más acertadas en este entresijo epidemial, es asumir que puede ser una vía de progreso. Me explico: una adversidad de dimensiones desmedidas, suele convertirse en un detonante que abruptamente irrumpe en la dinámica habitual de las personas, poniendo en jaque la clarividencia de la realidad, pero, pudiendo ser asumida desde otros puntos de vista menos trágicos.

Frente a una emergencia sanitaria de este encaje, el principio de solidaridad, jamás debería de saltar por los aires.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 23/IX/2020. 

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: