Aún en la retina de nuestros ojos permanecen las reseñas de la morgue improvisada en el Palacio de Hielo de Madrid, o la de aquellos camiones frigoríficos aglomerados con restos humanos en las vías públicas de Nueva York. 

No más lejos de la impotencia en los dígitos alcanzados, un millón, es una cifra parcial que podría simbolizar bien poco, pero, hoy por hoy, es una cantidad que dramatiza con apremio la dinámica de la aldea global; desdibujándose no ya solo en el plano sanitario, sino en el económico y político internacional. Pero, sin lugar a dudas, la secuela más demoledora es el desierto que nos ha quedado con los que se marcharon para siempre, porque las honras fúnebres se materializaron sin un beso y un abrazo en el trecho final del padecimiento, o siquiera, una despedida en el sepelio, a raíz de las medidas sanitarias aplicadas.

Y es que, en estos últimos intervalos el denominado SARS-CoV-2, nos ha confirmado que un elemento diminuto e imperceptible, puede hacer saltar por los aires lo que presumíamos como invulnerable. Bien es cierto, que no estamos en condiciones de vencerlo, pero sí más concienciados de residir con él, hasta que desaparezca paulatinamente con las vacunas y la inmunidad de grupo. 

En una constatación de la realidad infligida por el patógeno, recibimos con estupor la noticia del millón sobrepasado de óbitos: una barrera psicológica que corrobora el desenfreno de una epidemia que zarandea a 188 naciones y ha infectado a 34.4 millones de personas.

Es sabido que los extintos confirmados son una métrica estándar que utilizan la mayoría de los países, pero nada imposibilita reportar guarismos dudosos de finados, o de exceso de mortalidad que se van controlando.

Ni siquiera, las medidas contundentes tomadas por los estados han conseguido aminorar el avance vertiginoso del COVID-19, que induce a infaustas ramificaciones y aviva las dicotomías políticas de las principales potencias.

Esto sería, en síntesis, el preámbulo de un entresijo que origina perturbaciones, sufrimientos, ajustes a corto y largo plazo, eventualmente quebrantos económicos y vorazmente víctimas mortales. Es una certeza como tal, con un horizonte oscuro y una curva que emprende su ascenso en Europa, Oriente Medio y Asia, lo que intensifica las sospechas de una segunda ola. 

Entretanto, las restricciones sanitarias adquiridas por las administraciones se endurecen, como la vuelta atrás a los postconfinamientos, o el cierre de bares y restaurantes, o la limitación de los encuentros que se multiplican con la creciente insatisfacción de la ciudadanía.

Cuando por entonces el día 11 de enero detonó el dato del primer fallecido como resultado de un inexplicable virus descubierto en Wuhan, provincia de Hubei, China, foco de la pandemia, ni el más perspicaz de los analistas habría vaticinado lo que más tarde se desencadenaría. Ni imaginábamos que, con la defunción de aquel hombre de 61 años, posteriormente, se agolparían cientos por miles de cadáveres y, menos aún, el entorno que soportaríamos con la mascarilla como compañera diaria, o la incursión del teletrabajo, la hipótesis de enclaustrarnos nuevamente en casa y el recelo de la muerte, aunque en ocasiones lo disimulemos, está ahí acechándonos.

Meses después, conocemos de buenas tintas que es un agente dañino altamente infeccioso, que se propaga en un periquete y se valora como muy capaz de desatar un impacto social, económico y sanitario considerable en cualquier parte del planeta.

“No es SARS ni es gripe”, esto es lo que literalmente expresaba la Organización Mundial de la Salud, abreviado, OMS, en su Informe de fecha 24 de febrero. En aquellos momentos indeterminados, el país asiático computaba 2.595 muertos y dominaba la situación de los primeros casos. En otros emplazamientos, escasamente había 19 fallecidos y se desconocía que despuntaríamos al millón de difuntos.

Hubo un primer período circunspecto que trasladó al coronavirus a todos los rincones; subsiguientemente, existió una desaceleración antes del verano por los aislamientos rigurosos y, a continuación, una marea diferencial de mortandad entre los estados. 

Así, hemos tocado y superado con creces el millón de decesos. 

A nadie se le escapa desde el sentido común, que este antecedente numérico es el oficial, pero, imperiosamente inconcluso, porque la cuantificación será superior y llevará años precisarla con exactitud. En España el excedente de víctimas casi dobla a la cifra oficial. Pero, no es la única nación donde esto sucede. La subestimación es más pésima en América Latina como Perú, donde los óbitos representan el 37% de los advertidos en los registros; o Bolivia y Ecuador, que alcanzan el 20%.

En cambio, en el Viejo Continente es curioso la cuestión de Portugal, al aglutinar un exceso de más de 6.000 defunciones, pero el recuento oficial no apareja la tercera parte. España, con el 53% se asemeja a Sudáfrica con el 47%; por abajo de los conteos más proporcionales de Estados Unidos, Reino Unido o Italia, con cantidades que rondan el 70% de muertes observadas. Paralelamente, hay territorios como Francia, Bélgica, Suecia o Brasil, donde los guarismos oficiales son próximos o por encima del indicado.

Quedémonos con estos números: los extintos de los países anteriormente citados concretan 488.000; toda vez, que el exceso comparado se encarama a los 749.000. El contraste radica en los 261.000 finados que supone un 30% más.

Del mismo modo, hay países como Italia, Reino Unido o España que únicamente anotan como fallecimientos por el COVID-19, a pacientes que hayan dado positivo en las pruebas PCR o similares. Esto ha inducido a una subestimación en las sumas, fundamentalmente, en la primera ola: por aquel tiempo, miles de personas murieron sin ser testadas lejos de un centro sanitario. 

No obstante, dichas defunciones pertenecen a los excesos contemplados en los registros civiles. Un inconveniente que es menor en estados en los que la pandemia irrumpió más tardíamente, o que posiblemente, tuviesen más capacidad para realizar test desde los inicios de la crisis epidemiológica. 

En la argumentación propia de España, prevalece un debate redundante que posee una sencilla objeción: el Gobierno no enmascara los extintos, pero, a la par, no lo hace con la debida transparencia. 

No los encubre, porque si actualmente consta en los registros civiles un exceso de 56.000 muertes, obligatoriamente, es por el rastreo que muestra el Instituto Nacional de Estadística, INE y el Centro Nacional de Epidemiología, CNE, subordinado al Ministerio de Sanidad. Pero, a su vez, es indiscutible, que los números no han sido ofrecidos con la claridad necesaria.

Con anterioridad a la época estival, durante 15 días se notificó una cifra de muertes equívoca que claramente exasperó a la opinión pública; no quedando aquí la polémica, la cifra se congeló varias semanas. Pudiendo haberse completado las cifras de óbitos en los informes diarios de Sanidad para evitar suspicacias, como de hecho ocurrió. 

Es de subrayar, que en agosto Reino Unido corrigió el procedimiento con el que asignaba las muertes por el SARS-CoV-2: dejando de computar las personas infectadas que morían una vez transcurrían 28 días, lo que instantáneamente excluyó a 5.000 víctimas del recuento oficial. En Ecuador, Chile y Perú se incluyeron de golpe a cientos o miles de difuntos. 

© Fotografía: National Geographic de fecha 25/IX/2020.

Una última fuente de un mar de incógnitas son las cantidades derivadas de los estados con menos recursos. Es complicado conceptuar la rigurosidad de las cifras oficiales en territorios como Ecuador, India o en zonas del continente africano. Si bien, hay términos con censos escrupulosos y otros, con muchísimas deficiencias. En una amplia mayoría de países no existen registros civiles o de enterramientos. 

Queda claro, que los excesos de mortalidad saldrán a la luz con el paso de los meses o años, hasta comprobar con más minuciosidad el coste en vidas que nos ha dejado el patógeno.

Ciñéndome en España, cabría preguntarse: ¿por qué se ha frustrado lo que todos hemos conocido como la ‘nueva normalidad’? Numerosos expertos se inclinan por la escasez de medios; o quizás, por los desaciertos en la planificación; o la confianza desmedida bajando la guardia en detalles elementales, para que en definitiva estemos abocados a una dinámica de contagios y no hallamos logrado reducir al virus tras el desconfinamiento.

Las restricciones que se aliviaron el 21 de junio fueron retornando a unas y otras regiones en julio, pero, simultáneamente, a partir del 18 de agosto, España volvió a vivir un endurecimiento en las limitaciones que, sin precipitarse, han ido adquiriendo más protagonismo hasta volver al confinamiento domiciliario como una coyuntura real, si es que ya no se han instalado nuevamente en él algunos municipios y pueblos.

Esta sería a groso modo la exposición de un fracaso anunciado: España sólo logró apartarse de las peores descriptivas de Europa, entre las últimas semanas de la primavera y primeras del verano, para volver a liderarlas con más influencia en pleno deterioro anímico con lo que ello supuso, y con enorme disparidad sobre prácticamente cualquier otro estado de su entorno. 

Para hallar un trasfondo a este maremágnum, es imprescindible retroceder al estado de alarma y al plan de desescalada tan esperado.

El esfuerzo titánico de la ciudadanía calificado desde modélico a ejemplar, como coinciden diversos expertos, se convirtió en ir abandonando progresivamente las restricciones que prosperaron en Comunidades y Ciudades Autónomas, conforme tuviesen una progresión lo bastantemente minúscula del virus y se consiguiesen las capacidades pertinentes para contrarrestar la epidemia.

Sin embargo, concurrieron inconvenientes significativos: el Ministerio de Sanidad optó por no ponderar cuál debía ser esta incidencia y, ni mucho menos, las garantías. Con lo cual, no había unos parámetros definidos y algunas Comunidades accedieron a otra fase, cuando probablemente todavía no estaban en disposición sanitaria de hacerlo. Fijémonos en Madrid, que rebasó la ‘Fase 1’ asegurando unas potencialidades de vigilancia epidemiológica que jamás desempeñó y que, de ahí, cruzó a la ‘nueva normalidad’ al completar apresuradamente el estado de alarma; incluso, antes que el resto de Comunidades explorasen el recorrido inicialmente hilvanado.

La voz del catedrático en epidemiología de la Universidad de Harvard y que afanosamente colaboró en el plan para la ‘transición’, Miguel Hernán (1970-50 años), lo dice todo: “La nueva normalidad era otra cosa. Esto que hemos experimentado ha sido simplemente una desescalada apresurada sin hacer los deberes”

Desde sus conocimientos, para llegar a esta circunstancia de restricciones suavizadas que se consideraron como ‘nueva normalidad’, era preciso que se dieran cuatro requisitos que a su manera de entender no se implementaron debidamente: primero, liderazgo de las Comunidades para elaborar y robustecer tanto las capacidades asistenciales y diagnósticas, como los rastreos y aislamientos o cuarentena; segundo, aclaración del Ejecutivo Central en la puntualización de los indicadores epidemiológicos que proporcionaran acciones conjugadas; tercero, planteamiento de las medidas específicas de la desescalada por expertos multidisciplinares, para el establecimiento de una gestión económica sostenible con el juicio científico sobre el COVID-19. 

Y, por último, una evolución continuada de toma de decisiones en el comienzo y finalización, apoyado en la valoración de los antecedentes epidemiales de las tres semanas anteriores. 

Meses más tarde, se pone en reprobación el balance de los rastreadores y la solvencia de la atención primaria. Todo ello, junto a la conducta irresponsable de bastantes ciudadanos y empresas, que no han operado eficazmente a la hora de prevenir a sus activos humanos. Sin inmiscuir, la obcecación por no desistir al ocio nocturno, unido a factores de aleatoriedad, han dispuesto una resaca desorbitada a modo de prohibiciones y nuevos confinamientos.

Por lo tanto, en paralelo a lo que sobrevino en la primera oleada de la crisis pandémica, el virus acampa a sus anchas en un trazado en los que el Gobierno Central conceptuó de ‘nueva normalidad’. 

En este momento, España ocupa el primer peldaño en las gráficas de contagios en la zona de la Unión Europea, UE. Según los índices del Centro Europeo para el Control de Enfermedades, abreviado, ECDC, registra 789.932 casos positivos. En otras palabras: acumula más transmisiones que la suma de 24 países europeos. 

Algunas fuentes adjudican el ascenso desatado de contagios al aumento de test y otras evidencias de detección, figurando en el ranquin 27 a nivel mundial en pruebas por millón de habitantes. Igualmente, el ECDC, nos ubica en lo más alto con respecto a la pormenorización de los casos anotados en los últimos 14 días en Europa, al reconocerse una media de 319,9 por cada 100.000 habitantes. 

Y, cómo no, es la primera en decesos notificados en las últimas dos semanas por cada 100.000 habitantes. Las tablas detallan el 3,2%, muy por encima de Francia, con ligeramente el 1,2%. En Portugal, pese a su cercanía con España, la ratio llega al 0,8%; seguido de Italia con el 0,4%; y Alemania, levemente con el 0,1%.

Haciendo una descripción sucinta a modo de comparativa con las capitales europeas, el escenario es irresoluto, tanto por la repercusión del padecimiento como por las acotaciones impuestas, en la que inevitablemente los episodios de contagio se desorbitan; pero no tanto como acontece en Madrid, que con severidad soporta la segunda ola con 700 casos por cada 100.000 habitantes en 14 días. 

Comenzando por Bruselas, desde el 1 de octubre ya no es un imperativo el empleo de la mascarilla en la calle, salvo que sea inviable conservar la distancia de seguridad. La cuarentena se ha simplificado a una semana y se han acentuado las infecciones, saltando frenéticamente hasta las 168,3 por cada 100.000 habitantes. 

Y como no podía ser de otra manera, el cierre de bares y restaurantes se ha adelantado hasta las 23:00; además, se ha prohibido las confluencias en las vías públicas de más de 10 personas en la franja de 23:00 a 6:00 horas, respectivamente.

Continuando con París, desde el pasado 27 de septiembre y al menos durante 15 días con indicios de ampliarse, el volumen de los eventos puntuales se comprime de 5.000 a 1.000 personas. Tampoco se permite la reunión de más de 10 individuos en áreas cotidianas y se han anulado las celebraciones vecinales y estudiantiles. 

Mismamente, otros ámbitos analizados como focos de contagio, llámense cafeterías, tabernas y comedores, se han visto reducidos con el cierre a las 22:00 horas y no se pueden abrir de cara al público las salas de fiesta y recintos asociativos. Curiosamente, esto no ha redundado tanto en los cines, como en los teatros y museos.

Siguiendo con Londres, se adentra con inquietud en una espiral de 25 casos por cada 100.000 habitantes. Al igual que en otras localidades ya mencionadas, mesones y pubs cierran sus puertas a las 22:00 horas. Es inexcusable la praxis de la mascarilla en los desplazamientos ordinarios, interior de tiendas y grandes almacenes y establecimientos de hostelería. 

Sin soslayarse, que el servicio de barra no está autorizado y los círculos de más de seis integrantes, tanto en interior como exteriores, es sancionado con recargos de hasta 220,00 euros.

En Berlín, con la exigua proporcionalidad en el devenir del virus hasta no hace mucho, ha resuelto que algunas metrópolis empiecen a hacer sombra al preludio de la alerta, con 35 casos por cada 100.000 habitantes en siete días. Múnich es la más perjudicada, lo que ha llevado a extractar en seis vocablos la táctica adoptada: “más mascarillas, menos alcohol, menos gente”

Las sanciones por no acatarlas ascienden a 250,00 euros y se tiene anunciado privar el consumo de alcohol en sectores habitualmente concurridos y disminuir los aforos en programas privados con un máximo de 25 personas. 

En consecuencia, afrontamos una catástrofe sanitaria sin precedentes. 

Da la sensación como si empezásemos a vislumbrar fórmulas estrictas de importante calado, cada vez más profusas que nos inquietan y atormentan, porque se asemejan a los prolegómenos de una segunda ola. 

A día de hoy, es evidente que no puede descartarse que la virulencia del SARS-CoV-2 sacuda una vez más Europa, reportándonos a andanzas de un ayer muy reciente: sistemas sanitarios colapsados y al borde de sus mínimos, con los facultativos en estado de shock por el envite descomunal de la transmisión. 

Luego, lo más previsible pasa por el compromiso ante nuevos postconfinamientos. 

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 3/X/2020. 

© Fotografía: National Geographic de fecha 25/IX/2020 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

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