Acaso las pugnas de los Gobiernos, o tal vez, las catástrofes naturales o los grandes hallazgos o inventos de la humanidad, como las vacunas o el fármaco, que con ansias la aldea global aguarda para reducir al virus, no han impedido que gran parte de los estados que habían iniciado un regreso reservado a la normalidad, nuevamente se enfrenten al drama de hospitales colapsados y la amenaza del autoconfinamiento. 

Hoy por hoy, según indica la Organización Mundial de la Salud, OMS, la letalidad del SARS-CoV-2 está en torno al 0,5%, cuando en los primeros coletazos del año llegó a ser cuatro veces superior; en parte, por el avance en el tratamiento de los casos graves en las Unidades de Cuidados Intensivos, UCI. 

Pero, tras nueve meses de crisis epidemiológica, las hipótesis más optimistas barajan que todavía la vacuna se pospondrá otros tantos meses, y que ésta no conjeturará el punto y final de la enfermedad, sino un respiro en su incidencia y mortandad.

Los datos oficiales son solo aproximativos, porque en numerosos territorios únicamente se han anotado las defunciones de individuos que arrastran alguna infección demostrada por la prueba rápida de antígenos, o la de ARN viral mediante un RT-PCR; sin sustraerse, que en la primera oleada murieron muchísimas personas a las que no se le realizó. La demora en las notificaciones e inconvenientes burocráticos para implementar un registro medianamente actualizado, refieren un desface crónico en el seguimiento ordinario de la pandemia. Una coyuntura que redunda con amplias disparidades en otros países y con procedimientos, más o menos, consolidados. 

Luego, difícilmente puede soslayarse que España está conmocionada tras dos colosales y repentinos impactos: primero, un escenario epidémico que no da tregua y, segundo, un desmoronamiento sin precedentes de la economía y el empleo.

A ello hay que añadirle dos unanimidades: primero, la epidemia ha causado multitud de víctimas colaterales; y segundo, que la esperanza de vida está siendo seriamente minada por otros padecimientos crónicos con la irrupción del COVID-19, al mostrar la fragilidad ante la acentuación de diversos males. El ascenso entre otros de la hipertensión, o la hiperglucemia, el índice de masa corporal, IMC, o la hipercolesterolemia, junto al repunte de extintos por dolencias cardiovasculares, parece avisarnos que el mundo podría estar llegando a un punto de inflexión. 

Precisamente, así es como lo corrobora un estudio reciente difundido por la revista médica británica ‘The Lancet Public Health’, que desenmascara la intensificación exponencial de enfermedades no transmisibles que producen en España más de 175.000 decesos al año, en conjunción con el virus, que indudablemente pone en jaque las conquistas sanitarias logradas, ante la acometida de varios factores de riesgo.

Si bien, la segunda oleada o riada, como algunos ya la denominan, muestra importantes contrastes con respecto a la primera, no por ello deja de ser turbulenta; incluso puede que lo sea más. Cuando el pasado 1 de junio el coronavirus llevaba tres meses ocasionando trastornos considerables en su travesía por España, las reseñas proporcionadas por el Ministerio de Sanidad reflejaban 27.127 finados. 

Aquella fluctuación fue catastrófica porque el patógeno, como diríamos llanamente, sin fisuras nos sorprendió y atrapó. Por entonces, los sanitarios escaseaban de equipos de protección, los centros sanitarios no disponían de planes de contención para afrontar el alud de contagios y las UCIS no contaban con plazas y respiradores suficientes para atender a los pacientes más graves. En definitiva: todo un mar de dificultades salió a la luz y sobre la marcha se salió del paso.

Con estas perspectivas, el contexto es absolutamente diferente: existen mascarillas, el personal sanitario dispone de materiales apropiados para no quedar al desnudo y con menor posibilidad de contagios, y la población se ha habituado a las medidas de seguridad que han de seguir para eludir cualquier sospecha de infección. 

Sin lugar a dudas, la llegada de junio determinó el cierre circunstancial de la primera fase de la pandemia y con ello la entrada en la pospandemia; más tarde, surgiría los prolegómenos de la segunda ola en la que actualmente nos atinamos con preocupación. 

Si bien, el confinamiento domiciliario aminoró la curva y los contagios y las muertes parecían contenerse, con una vuelta de tuerca el virus ha vuelto a reaparecer envalentonándose y dándose por desbocado con otra incursión severa. 

No habiendo una conformidad unificada, no son pocos los especialistas que se pronuncian al encasillar el 12 de junio, como el detonante de esta segunda ola pandémica. Ahora, casi un tercio de los brotes epidemiológicos en España se originan en los ámbitos sociales. 

Los círculos familiares y de amigos, compañeros y camaradas se constituyen en el núcleo preferente de la transmisión: eventos organizados, recintos de ocio pero, sobre todo, las confluencias antes citadas, centralizan la tercera parte de los rebrotes de los que el 31,4% provienen del contorno cotidiano. 

Los antecedentes del Informe emitido por el Ministerio de Sanidad puntualizan que, en los preludios del segundo azote epidemial, se anotaron 8.488 brotes que totalizaron 80.924 casos. A ellos, le acompañan el terreno familiar con el 18,8%; el profesional, 13,3%; los centros sociosanitarios, 8,3%; educativos, 6,1%; sanitarios, 2,6%; los colectivos particularmente sensibles como los centros de acogida o derivados de pateras, 2,1% y otros, con el 1,9%, circunscritos a grupos practicantes, prisiones o residencias de estudiantes.

Obviamente, esta estadística no recoge la integridad de casos, sino los que se han descrito y clasificado en brotes de al menos tres positivos. En la última semana se produjeron 7.822 episodios coligados a estos, lo que entrevé, valga la reiteración, que poco más de un 12,4% de los casos, se hayan prescritos en ese mismo lapso de tiempo. 

El 80% de los brotes se contemplan como de pequeña dimensión, con menos de 10 afectados. En cambio, los que reúnen más cantidad de diagnosticados, algunos con más de 100, inciden entre los trabajadores en condiciones de vulnerabilidad y en centros sociosanitarios, con pacientes geriátricos con agudización o aparición de otras patologías previas.

Con lo cual, la vertiente social aglutina el 27,4% de los brotes y el 25,1% de los casos. Los vinculados a encuentros familiares y de amistades se configuran en la mayoría con el 68,1%. Asimismo, el 15,3% de los brotes adquieren un mecanismo combinado. Es decir, la propagación se mueve de la esfera familiar a otras, como el ambiente laboral o en su interacción con el medio a lo largo de su ciclo vital, o inversamente.

En declaraciones del exdirector de Acción Sanitaria en Situaciones de Crisis de la OMS y profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública, Daniel López Acuña (1954-66 años), este análisis apuntala las limitaciones sociales, mientras que los brotes intradomiciliarios no asumen tanto protagonismo, como el de las reuniones sociales de diferentes unidades de convivencia. Por lo que su propuesta es que obligatoriamente se incorporen todos los esfuerzos habidos y por haber.

Es sabido que, desde la última actualización, han proliferado los contagios en residencias de estudiantes y colegios mayores con 18 brotes y 283 casos; además, en ambientes laborales relacionados con el sector empresarial y de la construcción, con 16 brotes y 75 casos; y en centros sanitarios, pero, sobre todo, en hospitales, con 22 brotes y 186 casos. 

Poniendo especial énfasis en la transmisión nosocomial o intrahospitalaria en los centros de salud, que no deja de ser inquietante. Desde los trechos acontecidos, la enfermedad vírica nos ha dejado profundas cicatrices y un mar de consternación por quiénes repentinamente se nos han marchado sin un beso ni un abrazo, aunque las cifras sean menores que en aquel trimestre aciago de marzo, abril y mayo. 

Sin embargo, por doquier, los contagios continúan a sus anchas, sin que de momento obtenga su fruto los nuevos posconfinamientos, como el impuesto en Salamanca, u otras prohibiciones como la del País Vasco de acortar al 50% el aforo en la hostelería y programas culturales y religiosos.

El SARS-CoV-2 se perpetúa abriéndose camino por la geografía española, haciendo de las suyas en regiones como Castilla y León, al asentar otra marca récord: 1.046 positivos verificados por test molecular o de antígenos. Conjuntamente, también están confinadas ciudades como Palencia, León y Burgos; o Miranda de Ebro, perteneciente a la provincia de Burgos; o San Andrés de Rabanedo en el alfoz de la capital leonesa y San Pedro de Latarce, localidad y municipio de la provincia de Valladolid.

A pesar que la pandemia da la sensación de contraer menos mortalidad, el temor de los expertos y autoridades sanitarias es extremo. Taxativamente, las referencias parecen ser más optimistas, pero la dirección que últimamente ha tomado es inestable y planea otro descalabro, si finalmente no varía su tendencia.

Es incuestionable que el conocimiento de la enfermedad se ha optimizado, al ajustarse mejor a la virulencia de la infección. En los intervalos más difusos se tendió a apuntar que el porcentaje de víctimas desencadenadas por el coronavirus, sería comparable al de la Gripe A (H1N1). 

Con los últimos reajustes realizados por la OMS, la tasa de mortalidad se sitúa entre el 0,6% y el 1%. Queda claro, que es un patógeno más mortífero que el virus de la influenza tipo A o Gripe, cuya letalidad ronda el 1% por 10.000.

Al desconcierto en los métodos de cálculo, se yuxtapone la veracidad en el recuento de óbitos que excede al que los mismos sistemas sanitarios arrojan. Objetivamente, es complicado fijar la cuantía de fallecidos en lo que llevamos de año y que lo han hecho de manera indirecta por la enfermedad y, aun no habiendo padecido el COVID-19, de uno u otro modo se han visto perjudicados.

Foto: National Geographic de fecha 18/X/2020.

Sin inmiscuir, que en atención al exceso de mortalidad que ofrece el Instituto Nacional de Estadística, INE, a partir de las identificaciones remitidas por los registros civiles informatizados, los muertos reales se aproximan a los 60.000. 

En base al número oficial de perecidos que concreta el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias de Sanidad, por sus siglas, CCAES, España ha registrado entre marzo y el 23 de octubre, 34.752 decesos, lo que corresponde a 722 finados por millón de habitantes. Un abismo en los cálculos sin explicación.

Si en vez de cuantificar el guarismo proporcionado por el CCAES, se aplicase el dado por el INE desde los comienzos de la crisis sanitaria, se han producido 58.850 defunciones por encima de lo considerado, alcanzando una tasa de 1.240,74 extintos por cada millón de ciudadanos y que llevaría a ocupar a España el primer puesto en el ranking mundial. Guarismo sobrecogedor que a esta altura continúa sin ser reconocido por el Gobierno y que no tiene visos de menguar.

La revista médica ‘Nature Medicine’ que edita artículos de investigación en el área biomédica, incluyendo la información básica y clínica de los aspectos de la medicina, revela que España es el territorio de Europa donde se denota un aumento temporal en el control de mortalidad.

En otras palabras: se evidencia una desproporción acusada entre los difuntos y los que habrían muerto en estas fechas. Con una media de 98 defunciones por cada 100.000 habitantes, han perecido un 38% más de lo estimado, duplicando la mortandad media del continente.

En prácticamente todas las situaciones hasta los últimos días de febrero, el Sistema de Monitorización de la Mortalidad diaria, MoMo, dependiente del Centro Nacional de Epidemiología, que emplea medias históricas establecidas en las defunciones de los últimos diez años, detalla las correspondientes con lo previsto, pero el exceso de mortalidad comienza a despuntar notoriamente desde la primera semana de marzo. 

En España, los fallecimientos se amplifican en las postrimerías de febrero e indiscutiblemente crecen en las dos últimas semanas de marzo. Otro de los hechos más llamativos es el engarce con la edad: entre las personas mayores de 65 años, perecieron un 40% más de lo sospechado para un período semejante.

Todo apunta que más allá de acariciar lo más alto, la arremetida del virus apenas ha vuelto a golpearnos, porque a priori, parece ser que se dilatará en el tiempo, englobando el otoño y el invierno; estaciones en las que el descenso de las temperaturas agigantaría la peligrosidad del agente infeccioso. 

Los recelos de epidemiólogos y de los clínicos que atienden a los enfermos, no es para menos, al observar la mutación de algunos indicios que llevan semanas aumentando de forma incesante e incierta. 

El Viejo Continente que creía haber mejorado en la primavera con la caída de la curva, ve cómo muchos de sus estados han claudicado estrepitosamente ante la sacudida epidemiológica, entre ellos, España. Y es que, el agravamiento en los contagios aventaja con creces la cima de marzo. 

Si tuviésemos que diferenciar el calado general de la pandemia, la verdadera ola es la que estamos pertrechando ahora y no la de marzo y abril. Como ya se ha mencionado, el índice de letalidad ha descendido, pero en estos momentos su efervescencia está en el pico histórico. Idénticamente aconteció con la pandemia de la gripe de 1918, donde las sucesivas olas fueron más escabrosas que las iniciales.

La epidemia se ha enrevesado azarosamente en una buena parte de España y su desenlace es manifiesto en el balance: simultáneamente, habiendo silenciado otras enfermedades, el país ha superado sus máximos de contagios con 15.186 confirmados, la cifra más elevada de la segunda ola, incluyendo a la primera. La desescalada impetuosa y descomedida ha desembocado en 700.000 casos entre junio y octubre.

Las Comunidades Autónomas de Madrid, Cataluña y Andalucía aportan el repertorio más numeroso de positivos con 3.175, 2.763 y 2.870, respectivamente; aunque en otras como Navarra o Aragón, las cantidades desencajan cualquier suposición. 

El margen de corrección que se contornea para España no pinta demasiado bien: en la última semana se han contagiado 62.791 personas y han fallecido 575. Debiendo incorporar a esta suma 222 óbitos en la comprobación realizada en la tarde del viernes 16 de octubre. Y digo hasta este día, porque sorprendentemente la siguiente revisión no la conoceremos hasta la tarde del lunes 19. Algo inaudito en los tiempos de vivimos. 

Entretanto, las restricciones se extienden y la influencia del coronavirus, uno de los principales indicadores en el recorrido de la crisis epidemiológica, vuelve a incrementar. En el horizonte nos encontramos con 280 casos por cada 100.000 habitantes, un nivel de alto riesgo. Variable que a todas luces ha subido 22 puntos en siete días, arrastrando a casi todas las Comunidades y Ciudades Autónomas y limitando a más de 1.000 municipios.

Si hace dos semanas el entorno recrudecido era la Comunidad de Madrid, ahora es la Comunidad Foral de Navarra la que se perfila como la más asestada: detectando 847 contagios por cada 100.000 habitantes, seguida de Aragón con 455; La Rioja, 453; Madrid, 451 y Castilla y León, 412. Poco más o menos, la totalidad de los ítems que eclipsan lo aconsejable, sobrepasan lo recomendado por la OMS en la positividad de las pruebas materializadas, o séase, el 3%; e incluso, el 10%, que es la establecida por el Ministerio de Sanidad para decidir el confinamiento. 

Sin ir más lejos, la media nacional se encuentra en el 11,3%. 

En consecuencia, con los datos facilitados por el Departamento del Ministerio de Sanidad, España se emplaza en el triste podio de las naciones que consignan más decesos, en proporción al conjunto poblacional y el que más sanitarios infectados contabiliza, para una enfermedad infecciosa en la que todavía no existe tratamiento; si acaso, la dexametasona, porque las otras cuatro terapias investigadas, llámense la hidroxicloroquina, lopinavir, remdesivir e interferón, no tienen efecto.

Para hacernos una composición de lugar del compás que imprime el repecho de contagios en el planeta, a poco de alcanzarse los 40 millones, un millón se encuentran repartidos en España que corona el ‘top ten’ liderado antes por los Estados Unidos de América, India, Brasil, Rusia, Argentina y Colombia. La regla de tres no puede resultar más sencilla: uno de cada cuarenta sujetos que han doblegado o están soportando las secuelas de este enemigo invisible, viven entre nosotros.

Pero, para no perder de vista el enfoque brutal ante rastros tan apabullantes como los descritos en estas líneas, es imposible obviar que detrás de ellos hay personas, familias y un elenco de sentimientos compartidos con cientos por miles de biografías quebradas, que regresan al imaginario colectivo con lágrimas contenidas entre la añoranza de voces y rostros. 

Ciertamente, no parece probable que nos enfrentemos a un futuro radicalmente distinto, pero el SARS-CoV-2, además de dinamitarnos psicológicamente, avanza inexorable erosionando la credibilidad de la raza humana: siendo más despiadado donde prevalece la parcialidad y la desinformación.

[Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 21/X/2020.]

Foto: National Geographic de fecha 18/X/2020 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

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