La Cuaresma, un tiempo de gracia espiritual

La Cuaresma, un tiempo de gracia espiritual

Un año más nos adentramos en la Cuaresma, el punto de partida que precede y dispone a la Celebración de la Pascua. El tiempo litúrgico de penitencia y conversión de indudable fuerza evocadora, en la que los creyentes se preparan para experimentar los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Momento excepcional para la escucha reposada y penetrante de la Palabra que es preciso aunar espiritualmente, para sepultar a ese hombre viejo que opera en nosotros. En otras palabras: la ruptura total del pecado que reside en el corazón, apartándonos de aquello que nos aísla del Plan Salvífico de Dios y, por consiguiente, de la paz, la felicidad y la realización personal.

Paulatinamente, mediante un intenso período de preparación pascual iría consolidándose, hasta configurarse en la realidad litúrgica que actualmente conocemos como Tiempo de Cuaresma.

En la primitiva Pascua del Señor, contribuyeron los requerimientos propios del catecumenado y de la disciplina penitencial, para la reconciliación de los penitentes, incorporando la praxis de un ayuno inicial el viernes y sábado anteriores a esta celebración. A dicha experiencia podría referirse la ‘Traditio Apostólica’, un documento de principios del siglo III, cuando por entonces, se apremiaba a los candidatos al Bautismo, al ayuno el viernes y que estuviesen en vigilia la noche del sábado. En este siglo, la Iglesia de Alejandría de profundos y recíprocos vínculos con la Sede Romana, realizaba una semana de ayuno anterior en paralelo a las líneas afines.

Análogamente, la ‘Constitución Sacrosantum Concilium’ en relación a la Sagrada Liturgia (3-XII-1963, n. 109-110), contempla la Cuaresma como el intervalo en la Historia de la Salvación en el que nos disponemos a celebrar, “teniendo en cuenta el doble carácter de este tiempo”: el Misterio Pascual, a través del cambio interior; la evocación o celebración del Bautismo y la participación en el Sacramento de la Reconciliación, compartiendo las actividades “penitenciales, individuales y colectivas”.

Según San León Magno (390-461 d. C.) en una descripción al detalle extraída del análisis del Sermón 42: “la Cuaresma es un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales, la Iglesia proponiendo a sus fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana”.

Por lo tanto, ya desde tiempos inmemoriales, se atisbaba el resquicio de una renovación espiritual. De hecho, el ‘Catecismo de la Iglesia Católica’ (N. 540) retoma esta fundamentación y dice literalmente: “La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto”.

Con estas connotaciones preliminares, este pasaje pretende entrever un momento acentuadamente penitencial en el desierto de la vida del hombre: la Cuaresma. Exhortándonos con la asistencia del Espíritu Santo, emprendiendo una actitud interna de cambio o de metánoia, o lo que es igual, de conversión descubriendo el rostro de Jesucristo.

De ahí, que la temática de los diversos sistemas de lecturas que en estas semanas nos preceden, tengan un telón de fondo común iluminando las muchas oscuridades que nos atenazan, hasta contribuir pedagógicamente a vivirlos con más intensidad en la cercanía del gozo de la Resurrección. Y es que, cuanto más se intensifican sus rasgos característicos, más provechosamente podremos degustar de toda la riqueza espiritual, excavando en las raíces de la fe para convertirnos.

Primeramente, la acepción teológica de Cuaresma es muy rica y su vertebración de cuarentena comprende una visión doctrinal inconfundible. Cuando el ayuno se condicionaba a dos días o a una semana, o a lo sumo se evidenciaba por el desconsuelo de la Iglesia ante la añoranza del Esposo, o por la atemperación de la anhelante expectación. Mientras, que el ayuno cuaresmal, conjeturó unas sugerencias adecuadas que se argumentaron por el alcance simbólico del número cuarenta.

No debe soslayarse de lo expuesto, que la tradición Occidental inaugura la Cuaresma con la lectura del Santo Evangelio que hace hincapié en las tentaciones de Jesús en el desierto. El paso cuaresmal concreta, pues, una vivencia en este medio inhóspito y desolado, que, al igual que en el caso del Señor, se extiende con su máxima distinción en los cuarenta días.

Queda claro, que la Iglesia se enfrenta a un combate espiritual vital, como etapa de continencia y prueba para entrar con mayor plenitud y gozo en el Misterio Pascual.

Algunos de estos hechos que indiscutiblemente contrastaron el devenir de la Historia del Antiguo Israel, enriquecen el número cuarenta, como se advierte en el Antiguo y Nuevo Testamento y reaparecen en la Cuaresma para proyectarse con su valor paradigmático. Así lo corroboran valga la redundancia, los cuarenta días del diluvio universal; o los cuarenta días de Moisés en el monte Sinaí; o los cuarenta años de peregrinación del Pueblo de Israel por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida.

De esta manera, la cuarentena rememora la acción de preparación: cuarenta días de Moisés y Elías previos al encuentro con Yahveh; cuarenta días empleados por Jonás para obtener la penitencia y el perdón; cuarenta días de ayuno de Jesús antes del preludio de su ministerio público. En las Sagradas Escrituras, el número cuatro encarna el universo material, continuado del cero que simboliza la duración de nuestra vida en la Tierra, en consonancia con las numerosas encrucijadas y posibilidades de crecimiento en la vida cristiana, que, poco a poco, impregnan los criterios de la fe.

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En suma, la cristiandad ha descifrado el número cuarenta como expresión del tiempo de la vida presente y primicia del mundo futuro.

El ‘Concilio Vaticano II’ (cfr. SC 109) resalta que la Cuaresma adquiere una doble dimensión: bautismal y penitencial, destacando su esencia de introito para la Pascua en un ambiente de escucha permanente a la Palabra de Dios y de oración continuada.

Haciendo una breve síntesis primitiva de la Celebración de la Cuaresma, que ayude en el esclarecimiento de su embrión, suele afirmarse que contiene una ‘Historia’ y ‘Prehistoria’.

En los incipientes siglos del cristianismo, se hace caer la balanza en el hábito del ayuno con los grupos gnósticos, como corrientes filosóficas que ambicionaban conseguir un entendimiento absoluto de la naturaleza de Dios en su concepto de cuerpo y alma; pero, sobre todo, en lo que concierne a la vertiente platónica: “el cuerpo es una cárcel del alma”.

Es con la antropología dualista griega cuando parece acrecentarse la tendencia penitencial, haciendo que el cuerpo tolere, soporte y se sustente del sufrimiento, transformándose en víctima para que el alma se depure. Conjuntamente, concurren otras evidencias desde fines del siglo II y principios del III en la efectividad de las costumbres cuaresmales, especialmente, en lo que respecta al ayuno como premisa de la Pascua.

Mismamente, la argumentación de la Cuaresma se remonta en los albores de la Iglesia, pero, la gestación de los cuarenta días comienza a apreciarse en el Concilio de Nicea (20-V/19-VI 325 d. C), disponiéndose la terminología ‘tessarakoste’, que en griego alude a la ‘Cuadragésima’. Sospechándose que esta reseña se moduló con los cuarenta días de Jesús en el desierto, a la par, que Moisés y Elías. Por fin, se instituye la dedicación anual del Misterio Pascual de Cristo, al observarse el menester de una introducción más apropiada con la oración y el ayuno, como modelo ejemplificado en el Señor.

Posteriormente, la Cuaresma se engranaría con la ‘Pascua Judía’, pero sin coincidir en el mismo día, porque tras una fuerte controversia, el Papa Víctor estableció la ‘Pascua Cristiana’ el Domingo consecutivo al 14 de Nisán. Es de este modo, como se alumbra el piadoso uso del ayuno infrapascual de carácter escatológico del Viernes y Sábado Santo, como crecimiento al ‘Domingo de Resurrección’.

En la ‘Didascalia’, se menciona que se alarga durante una semana y contrae un sentido más ascético. Inmersos en el siglo III, en Roma, el desarrollo pascual se circunscribe a tres semanas con ayunos habituales, descartándose los sábados y domingos.

Habría que aguardar a la llegada del siglo IV, para apreciar los primeros indicios de una composición orgánica cuaresmal de cuarenta días, con arranque de seis semanas antes del ‘Domingo de Pascua’, designado como el ‘Domingo de Cuadragésima’. Precisamente, es en esta centuria la que marca la predisposición de constituirla en tiempo de penitencia y renovación para la Iglesia, con la puesta en escena del ayuno y la abstinencia en la ingesta de carne.

Este último exclusivismo, al menos en su inauguración, se perpetuó con vitalidad en las Iglesias de Oriente; si bien, el procedimiento penitencial se avivó en Occidente, aunque hubo que hacer hincapié en el espíritu penitencial de conversión y oración.

En el primer estadio de organización cuaresmal, únicamente se oficiaban las reuniones eucarísticas dominicales; entre semanas, los miércoles y viernes concurrían asambleas no eucarísticas.

Llegados a la última etapa del siglo V, el miércoles y viernes precedentes al primer ‘Domingo de Cuaresma’, empezaron a celebrarse como si formaran parte del período penitencial. Tal vez, como remedio para equilibrar los domingos y jornadas en los que se rompía el ayuno. Recuérdese, que en este ‘Miércoles’, los penitentes por la imposición de la ceniza entraban en el orden que disponía la penitencia canónica.

Cuando la institución penitencial se suprimió, el protocolo se expandió a la comunidad cristiana, origen del ‘Miércoles de Ceniza’ o ‘Feria IV anerum’. En las postrimerías del siglo VI, las convocatorias del lunes, miércoles y viernes ya santificaban la eucaristía. Pronto, se incorporaron otras asambleas eucarísticas los martes y sábados.

Finalmente, la evolución de este tiempo se completó bajo el pontificado de San Gregorio Magno (540-604 d. C.), con la asignación de un ritual eucarístico para los jueves de Cuaresma. En esta centena se origina el despliegue cuantitativo en el balance del ayuno, transitando con el primer ‘Domingo de Cuaresma’ hasta el ‘Jueves Santo’.

Es decir, de una ‘Quadragésima’ o cuarenta días, a una ‘Quincuagésima’ o cincuenta días contabilizados desde el domingo anterior al primero de Cuaresma, hasta la Pascua. Progresivamente, hasta alcanzar una ‘Sexagésima’ que corresponden a sesenta días, consiguiendo un domingo más y finalizando con el ‘Segundo Domingo de Pascua’. Esta nueva extensión tuvo carácter más sobrio y debió incorporarse por los influjos de Oriente. Sin inmiscuirse, que esta modificación se amplificó a las celebraciones.

Luego, con la innovación litúrgica del Concilio Vaticano II (11/X/1962-8/XII/1965), se optó por prescindir del período cuaresmal los días del denominado ‘Triduo Sacro’, porque realmente no correspondía al cierre de la Cuaresma en sí, sino a una ‘Celebración de la Pascua’ concebida como el paso de la muerte a la vida, o de la esclavitud a la libertad. Por lo que, a pesar de no persistir los cuarenta días medievales, concluye el ‘Jueves Santo’ con el Oficio de Nona que atañe a las 15:00 horas y los oficios de la ‘Cena del Señor’.

Redimensionando el Tiempo de Cuaresma en la vida de las personas, uno de los grandes peligros que nos asechan es el de amoldarnos a la rutina. Habituándonos en llevar un relato intrascendente e insustancial que, con reincidencia, nada ni nadie nos inmuta de los muchos desequilibrios éticos y morales que subyacen.

Ni lo positivo o agradable para dar gracias a Dios, o por el contrario, lo negativo o insulso para afligirnos. En cierta medida, el hombre y la mujer se han acostumbrado a una espiral monótona, admitiendo signos de afecto o de atención, o posiblemente de servicio, sin apreciarlos lo adecuadamente. E incluso, contemplando la pobreza o la miseria y cuántas variables intervinientes acontecen como males endémicos, con absoluta indiferencia.

Asimismo, como cristianos, vivimos la fe raquíticamente sin otorgarle la estimación que merece. Y si no le ofrecemos la debida atención, ello podría llevarnos a la inercia de un automatismo apático que mansamente estaría abocado a diluirse.

En esta tesitura, la Cuaresma como se ha acentuado en este texto, es una ocasión ideal de conversión o cambio de dirección, para ponernos en la verdad de cara a Dios renunciando al pecado y ganando la reconciliación.

Es, pues, un trecho propicio y de liberación, en el que combatimos al pecado interiormente enquistado, hasta encauzarnos a un apaciguamiento con Dios, la Iglesia, la comunidad y cada uno de los hermanos.

Si cabe, un lapso de lucha escatológica contra Satanás y sus tentaciones y engaños, pero, también, un trecho para ir al encuentro del morir a los gustos y apetencias terrenales y procurar una comunión más íntima con Cristo, hasta toparnos en nuestro desierto particular. Es aquí, obligatoriamente, en la debilidad que nos embarga, donde a lo mejor, erradamente le pedimos la gloria a Dios.

Como resultado de este escrutinio interior en la conversión vivificada y el laborioso combate en la oración y el ayuno que se espera de nosotros, ya en los últimos momentos de la Cuaresma y la Semana Santa, humildemente acudimos al Sacramento de la Reconciliación. Esta será la recompensa del bien sobre el mal, pensando en el itinerario cuaresmal de conversión transitado.

Será un poner frente a Jesucristo y la Iglesia todo el balance conclusivo de lo que hemos caminado por el angosto desierto, cuando ya somos conscientes de lo que debemos desprendernos para que la conversión sea más íntegra y plena.

La Iglesia como Madre solícita y bondadosa, nos acoge entre sus brazos invitándonos a poner en marcha tres prácticas cuaresmales saludables y prioritarias, al objeto de fomentar la conversión de las que nos habla Jesús en el Evangelio de San Mateo 6, 1-6.16-18, a modo de las armas de la penitencia cristiana: la oración, el ayuno y la limosna.

Cada una de ellas, están totalmente distantes de la ley que nos condena, pero sí, muy cercanas y afines en la libertad de los Hijos de Dios. Primero, la oración, como condición ineludible para aproximarnos a Dios, ahora más intensa y con las lecturas asiduas y meditadas de las Sagradas Escrituras, que ejemplifican la Historia de la Salvación en la que estamos retratados.

Con el rezo, dialogamos íntimamente con el Señor, dejando que la gracia nos inunde en el corazón y como la Virgen María, nos abrimos a la acción del Espíritu Santo dando una respuesta libre y generosa. Dejándonos escrutar por el germen de la Palabra y transfigurándonos con el Espíritu que nos llama a la santidad.

Segundo, el ayuno y a otras maneras de abstinencia, aprendemos a privarnos de lo inexcusable y frecuente para vernos a nosotros mismos en forma realista; aprendiendo a pasar por las carencias propias de un desierto, prestando atención sin interrupciones a la voz de Dios.

Se trata de despojarnos de aquello que fácilmente nos empaña la vista, de cuántas esclavitudes nos atenazan y que ejercen encubiertamente su dominio. Tales, como la comida, el dinero, los afectos, el sexo, la televisión o el teléfono móvil y así, un largo etcétera. Consagrando a Cristo las miserias que nos reportan a aceptar los siete pecados capitales que habitan en el corazón del hombre.

Y tercero, la limosna que desenmascara la grandeza incondicional de la reconciliación con Dios, en un entregarse desinteresadamente al prójimo. Nos cultivamos así, sometiendo al egoísmo y a la complacencia de una vida comparativamente confortable y acomodada, conviviendo con simplicidad hasta percatarnos de cuánto dependemos de la infinita misericordia del amor de Dios.

Al desposeernos de las falsas seguridades, nos hacemos pobres y no sólo nos solidarizamos con quienes lo son, sino que nos hacemos más aprovechables a los designios de Dios Nuestro Padre en el cielo, que tan solo puede llenar las manos de aquel o aquella que las tiene vacías.

En consecuencia, al incorporarnos con el Tiempo de Cuaresma en el ‘Misterio Pascual’ de Cristo, tomamos parte de un tesoro imperecedero que no tiene precio: el ‘Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesucristo’. Porque, la Cuaresma bulle sin tregua en la historia del hombre, para que la dinámica bautismal: muerte para la vida, sea experimentada en lo recóndito del alma.

Abandonando al pecado, para renacer con Cristo a la vida nueva.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 10/III/2020. Las dos fotografías que acompañan al texto han sido extraídas de National Geographic

Las cenizas, señal inexorable de la efímera fragilidad humana

Las cenizas, señal inexorable de la efímera fragilidad humana

Atrás, ha quedado la inauguración del Año Litúrgico con la piadosa tradición del Tiempo de Adviento cargado de simbolismo catequético con la Encarnación del Hijo de Dios, hasta descubrir a ese Niño de Dios hecho hombre que nació de la Virgen María, primicia de los gentiles.

Inmediatamente, irrumpió la Celebración de la Epifanía en torno a la universalidad del designio salvífico, adorando sin complejos al ‘Rey de Reyes’ y ‘Señor de los Señores’ cristalizado con el Bautismo del Señor.

Con orden y sin pausa, en los prolegómenos de la Historia de la Salvación, las culturas y pueblos defendieron la noción cíclica vinculada al florecimiento periódico de sus sociedades.

Poco a poco, aparecería con majestuosidad el Tiempo de Cuaresma, o lo que es igual, la etapa de conversión que la Iglesia Católica prepara para desembocar en el ‘Misterio de Pascua’ culminado con la noche de todas las noches: la Vigilia Pascual, que solemnemente rememora la ‘Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo’.

Momentos e instantes propicios desde la gratuidad del Espíritu Santo, que, desde la libertad de los hijos de Dios, se encapricha en recuperar un estilo de vida enteramente consagrado a la espiritualidad con el ‘Triduo Pascual’. Una gracia divina que pone en marcha la cuenta atrás para el inicio de la ‘Semana Santa’ o ‘Conmemoración de la Pasión de Cristo’, con síntesis penitencial a la que le antecede el rito de la ‘Imposición de la Ceniza’.

Hoy, estas cenizas, forman parte de aquello que se disipa como reseña de una vida terrenal, determinada por la ineludible caducidad del hálito humano e irremisiblemente subyugado por la muerte.

Un memorándum que, a viva voz, nos transmite la liturgia actualizada y vivificada para obtener una conciencia cada vez más diáfana, en el hecho que estamos de paso en este difícil recorrido, a fin, que el Reino de Dios se asiente en el corazón del hombre y venza la justicia.

En otras palabras: la vida actual en la que nos encontramos, es circunstancial; mientras, que el proyecto que Dios ha trazado, se fragua en el cielo: Hombres y mujeres abrumados por el pecado se revisten de luz.

Cada año la Cuaresma abre de par en par las puertas de la Iglesia Universal y con ella, resuena un toque de trompeta sublime: el llamamiento de la Comunidad Cristiana para emprender un camino digno, respetuoso y sensato de conversión y renovación, al objeto de celebrar dignamente la ‘Pascua Anual’.

Por lo tanto, brota esa viva voz que clama sin corta pisas: ¡Adelante, comienza con ilusión el itinerario de estos cuarenta días! que, iluminados con el ayuno, la oración y la limosna, pero, sobre todo, con la absolución reconstituyente, nos concede el paso del hombre viejo al hombre nuevo.

Con estos mimbres, la celebración del ‘Miércoles de Ceniza’, una costumbre de gran arraigo en el orbe católico, es un signo que denota la extinción de la vida, el rastro identificativo de un órgano viviente que da por concluida su misión.

Trasladado a la fe, reproduce al hombre sin Dios que no dispone de esa fuente vivificante; porque, está falto del amor por el pecado que habita dentro de él. Y, como la ceniza, simbólicamente ha de consumirse en el fuego, para seguidamente ser purificado de sus muchas inmundicias.

La ‘ceniza’ del latín “cinis”, es producto de la ignición de algo por la acción infalible de la combustión y el ‘Miércoles de Ceniza’, del latín “diez cineris” es el primer día de Cuaresma, el preludio de los cuarenta días de ayuno antes de la Pascua.

Por antonomasia, en esta jornada se describe la conciencia de la nada, de la muerte o la conclusión del ser humano y en sentido trasladado, hace referencia a la humildad y penitencia.

De hecho, la simbología de las cenizas se evidencia en el primer Libro Sagrado de la Torá o Pentateuco y, por tanto, también es el primer Libro del Tanaj judío y del Antiguo Testamento, o séase, el Libro del Génesis que en su capítulo 2 versículo 7, dice literalmente: “Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo…”.

Igualmente, las Sagradas Escrituras aglutinan numerosas narraciones de personas que visiblemente emplean el polvo y la ceniza como comparaciones místicas de arrepentimiento, dolor y duelo; tómense como ejemplos el 2º Libro de Samuel 13,19; o Ester 4,1; Job 2,8; Daniel 9,3; o el Libro del Apocalipsis 7,3; 9,4; 14,1 y 22,4 respectivamente; o el Evangelio de San Mateo 11,21.  

En adelante y por largo tiempo, las cenizas se guardarían en los monasterios para extender a los moribundos en el suelo y con las mismas, recubrirlos. Con lo cual, la expresión alegórica de la imposición de la ceniza en la frente, se realiza como manifestación de la Palabra de Dios que apremia a la conversión; además, es el arranque y acogida del ayuno cuaresmal y el recorrido emprendido para la preparación de la Pascua.

Por lo tanto, el Tiempo de Cuaresma da su irradiación con la ceniza y, conjuntamente, irrumpe con los automatismos propios del fuego, el agua y la luz presentes en la ‘Vigilia Pascual’. Porque, en el fondo, es preciso que algo sea quemado y fundido al crisol de ese hombre viejo antes referido, para dar lugar a la luminosidad de una vida enteramente incorporada en Cristo Jesús.

Cuando nos aproximamos a recibir las cenizas que se dibuja en forma de Cruz sobre la cabeza cabizbaja, signo de humildad, reconocemos los pecados e infinitas limitaciones que nos embargan, meditando profundamente las palabras de dos posibles invitaciones que pronuncia el celebrante: “Conviértete y cree en el Evangelio” o “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”.

La imposición de la ceniza no es algo meramente exterior, ha de ser el testimonio del corazón arrepentido que cada bautizado está convocado a aceptar en la travesía cuaresmal hacia la Cruz, pasando por acrisolar sus glorias mundanas y obtener la gloria celestial.

Ciñéndome sucintamente en la ceniza, las fuentes historiográficas o materia prima de la Historia, no establecen una fecha exacta en su función, hasta que gradualmente comienza a formar parte de la penitencia pública de los pecadores y erigirse en usanza aplicable a todos los fieles.

Los antecedentes justificables lo hacen recular al año 1001, cuando por entonces, el Papa Urbano II (1042-1099) aconsejó su uso para los cristianos, sacerdotes y obispos. Más tarde, en 1901, el Sínodo de Benevento prescribió las cenizas para la Iglesia Universal.

Ya, en la antigüedad, los judíos, egipcios y árabes se familiarizaron a la hora de cubrirse la cabeza con algún sacrificio o duelo; o los ninivitas, un pueblo perverso, idólatra y despiadado que, paulatinamente, se inclinó por la utilización de la ceniza como indicio a la conversión.

En la cultura bíblica el origen de la ceniza está coligado al judaísmo, donde era dispuesta para significar la compunción. La actitud de envolverse con ceniza representaba admitir la debilidad y mortalidad del hombre, que precisaba ser redimido por la misericordia de Dios, tal como lo revela el Directorio sobre ‘La piedad popular y la liturgia’ de S.S. el Papa Juan Pablo II (1920-2005).

Remotamente, al ser una declaración de intenciones, la ceniza, en el año 384 a. C., adoptó para los cristianos un sentido penitencial.

Evidentemente, en los primeros siglos de la Iglesia en Roma, prevalecía la práctica que los ‘penitentes’ o ‘grupo de pecadores’ dispuestos a acoger el perdón con el ‘Sacramento de la Reconciliación’ del Jueves Santo, establecieran su expiación el primer día de la Cuaresma. En esta tesitura, éstos, eran rociados con cenizas, ataviados en sayal y obligados a mantenerse distantes, hasta que, por fin, se reconciliaran con la Iglesia.

Pero, la raíz de la ceniza que hoy conmemoramos, hay que sondearla en los preámbulos de la Cuaresma, que, como Tiempo Litúrgico en la Iglesia, brotó como una orientación para el Bautismo de los Adultos: los catecúmenos, que todos los años se identificaban con la Pascua.

Análogamente a la ceniza, en los años primitivos de la Iglesia, la duración de la Cuaresma iba sucediéndose en su variación. Finalmente, en torno al siglo IV, se afianzó en 40 años. Es decir, se iniciaba con seis semanas precedentes al ‘Domingo de Pascua’ o ‘Domingo de Cuadragésima’.

A partir de aquí, el ‘catecumenado’ se alargó tres años, completándose con unas semanas más intensas de meditación. Dando lugar a dos paralelismos absolutos: el primero, los cuarenta años que el Pueblo de Israel anduvo errante por el desierto y, el segundo, los cuarenta años de Jesús en este mismo entorno, antes de dar por iniciado públicamente su ministerio mesiánico.

Del mismo modo, la Cuaresma surgió como una oportunidad de depuración espiritual para aquellos que habían incurrido en alguna falta. Comenzaba a ser incontrastable la praxis de la ceniza, que se destinaba a la preparación de las Promesas Bautismales y su posterior purificación.

Entre los ceremoniales materializados por los penitentes el primer ‘Domingo de Cuaresma’, sin duda, se hallaba el de depositar la ceniza sobre las cabezas y arroparse con ásperos ropajes. Posteriormente, en el siglo VI, el estreno cuaresmal se adelantó al ‘Miércoles de Ceniza’.

Entre los siglos VI y VII, adquiere gran repercusión el ayuno como hábito pío, pero, a su vez, se presenta un inconveniente añadido, porque, como es sabido, en ‘Domingo’ o ‘Día del Señor’, por ser una jornada íntegramente consagrada al Señor, no estaba permitido ayunar.

Luego, ¿qué fórmula se interpretó como la más adecuada para respetar el ‘Domingo’ y contar con cuarenta días reales para ayunar en el Tiempo de Cuaresma? Para dar una solución, se sumaron cuatro días al primer ‘Domingo de Cuaresma’, instituyéndose los cuarenta días de abstenerse total o parcialmente de comer o beber, reproduciéndose vivamente la privación de Cristo en el desierto: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Entrados en el siglo XI, la Iglesia de Roma tomó la inercia de asignar las cenizas al comenzar este momento, como indicativo del porte que cada bautizado estaba llamado a contraer en la Cuaresma, cuando entre los siglos VIII y X, este método se había precipitado en la nulidad y el olvido.

Desvanecidos los exponentes de los penitentes como grupo generador y advirtiéndose que la máxima de la ceniza era positiva, por doquier, esta ceremonia se extendió al cristianismo.

Con este talante, la comunidad creyente se reconoce pecadora y se insta a ponerse en movimiento apuntando a la conversión cuaresmal. Prosperando en un itinerario del que se sabe, el hombre está impedido y tentado por el maligno, que clama el auxilio benefactor y consolador de Dios.

Hasta lo expuesto, con la Liturgia que es actualización y vivencia mediante los sacramentos que nos injertan en Cristo, se restaura la ‘Imposición de la Ceniza’, al objeto de cimentarse en un paradigma más pedagógico y explícito, configurado con las lecturas bíblicas y la homilía.

De ello se desprende, una mayor comprensión en su trascendencia, hasta tal punto, que se desenmascara el deseo y la disposición de conversión, ansiosos y anhelantes por abrazar las primicias de la ‘Vida Eterna’, que se nos anuncia en un ‘Kairós’ de presencia renovada con la energía pascual de Cristo.

Estas cenizas, valga la redundancia, no son cenizas cualesquiera, pertenecen a los ramos y las palmas que se bendijeron el ‘Domingo de Ramos’ y que, por tanto, según nuestro proceder, han abanderado durante todo un año el morir de Jesús. Un gesto realmente significativo, porque arden los mismos ramos y palmas con los que aclamamos al ‘Hijo de David’, al ‘Bendito que viene en nombre del Señor’ y al ‘Rey de Israel’.

Queda claro, que se esparcen sobre nuestra cabeza las cenizas de la gloria.

Porque, la victoria de Jesús no residió en entrar triunfante y encumbrado en Jerusalén por la muchedumbre, sino, en llevar a término su ‘Misterio Pascual’, que era para lo que ciertamente había comparecido en la Tierra.

Es así, como podemos incorporarnos en este trayecto de mansedumbre con el que hemos de inmolar las propias glorias; no desaprovechándolas, sino, todo lo contrario, ofreciéndoselas a Dios, nuestro Padre en el cielo. Llegados a este renglón del pasaje, la ‘Imposición de la Ceniza’ con el introito del Tiempo de Cuaresma, no acaba aquí, ahora más que nunca, llega el intervalo oportuno para intensificar la lectura y reflexionar la Palabra de Dios, complementada con el trípode precioso y agradable a los ojos de la Iglesia como el ayuno, la oración y la limosna.

La seña atribuida a las cenizas que sustituye al ‘Acto Penitencial’ del principio de la Santa Misa, es una confesión pública de nuestra fluctuación en el combate de la fe y la condición innata de pecadores que acarreamos; pero, que portentosamente se redimensiona con la Pascua, en ese hombre nuevo resucitado.

En consecuencia, comienzan a entronizarse las primeras muestras de este ‘Miércoles de Ceniza’, con la aparición del color morado; o la reducción en la proporción de las flores; o del Aleluya, reservado para la Vigilia Pascual; o el repertorio de los cantos, direccionados a la conversión del hombre de hoy.

Detalles que podrían parecer intrascendentes, son todavía más cruciales, cuando se estrena un relato de vida dispuesto a proclamar ardiente y esmeradamente las lecturas del día, entonando el salmo responsorial, al menos su antífona entre algunas de las estrofas y abrir los oídos al vivificante sermón, que nos anima a introducirnos de lleno en la atemperación de la Cuaresma.

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Quien mejor nos puede transmitir el germen y la sabia de este Tiempo robustecido con la celebración del ‘Miércoles de Ceniza’, es Su Santidad el Santo Padre Francisco, en un fragmento extraído del año 2015 que al pie de la letra dice literalmente: “Cuando el Pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida eterna, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra.

Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad. Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él.

Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida. El Pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser diferente y para no cerrarse en sí mismo”.

Por consiguiente, esta es la somera mirada retrospectiva que retrata al ‘Miércoles de Ceniza’, un culto arraigado en el Pueblo Cristiano y la antesala de lo que ha de venir en lo recóndito de la Pascua.

Las cenizas, que desde tiempos impertérritos vislumbraron un sendero de renovación cristiana, hoy, si cabe, tienen más protagonismo en este desierto singular que hemos levantado en lo arcano de la conciencia.

Una peregrinación en clave pascual que, como explosión de luz fulgurante y transformadora, se empeña en purificarnos al hilo de materializar un proceso de conversión y saneamiento espiritual, encabezados con la impronta de la ceniza.

Un gran Rey, para una España convulsa y agitada políticamente

Un gran Rey, para una España convulsa y agitada políticamente

Es indudable, que el acontecer de los tiempos otorga y a la vez arrebata algo tan representativo como es el raciocinio de la raza humana, retractándose paulatinamente en un inquisidor inexorable e inclemente a la hora de disiparlo.

Actualmente, es irrefutable que transitamos por momentos decisivos en el devenir de la Nación, en los que irremisiblemente se nos exige confrontar una nueva etapa política con altura de miras y sentido de Estado; con la grandeza de interiorizar el interés general para desenmarañar la encrucijada en la que estamos envueltos.

Un periodo apremiado por la polarización y los individualismos intrigantes y en pleno conflicto de la multilateralidad, donde las monarquías parlamentarias a duras penas subsisten: algunas, con goteras en su salud; mientras otras, comprometidas a rejuvenecerse como instituciones atómicas de las democracias europeas.

En este escenario fluctuante, el independentismo catalán monopoliza sus mecanismos con símbolos, o desprecios al Rey, o quema de fotos y banderas; todos, como alegatos de persona no grata, pero sin ninguna argumentación, excepto el de su rebeldía en un ejercicio de desmoronamiento hacia uno de los pilares esenciales del Estado. Entretanto, la izquierda populista quiere coronarse con máximas sensacionalistas, sin llegar a justificarlas.

A pesar de este maremágnum irresoluto, la Monarquía Española valerosamente está afianzada, es dinástica, absolutamente democrática, remozada, cristalina y constitucional.

Pero, tampoco es menos cierto, que España, ni mucho menos está mejor, porque sus retos preferentes, llámense la vertiente territorial o la económica, demográfica e institucional, no sólo continúan latentes en sus debilidades y fortalezas, sino que muestran más inconvenientes y riesgos.

Lapsos en los que ha de afrontarse una fase simuladamente hegemónica de la izquierda, apta para emprender cualquier despropósito con la complicidad de los golpistas.

Un País como España, con un sistema democrático firme y férreos ideales al desarrollo, es indiscutible como legítimo, que confluyan fuerzas políticas de diferentes adscripciones.

Pero, lo que ya no es tan lógico y ni mucho menos legítimo, que personas con competencias del Gobierno arremetan sistemáticamente contra la Institución Real, sobre la que realmente se modula el entramado colectivo. En este caso, lo que todos conocemos como la ‘Monarquía Parlamentaria’.

Si bien, desde que ocupara la Jefatura del Estado, Su Majestad el Rey Don Felipe VI evidencia una elegante imparcialidad en el ejercicio de sus ocupaciones, se constata a todas luces, el rechazo, ultraje e insolencia que en ocasiones recibe por parte de Representantes de la Administración. Quienes, por cierto, no deberían soslayar que el Monarca tiene como mandato principal “guardar y hacer guardar la Constitución”. Y esto, antes que nada, pasa por respetar de manera tajante a las instituciones, comenzando por la Corona.

Con estos mimbres inquietantes, recién estrenada la XIV Legislatura y consecuentes que la Corona en el diseño constitucional es el puntal del sistema democrático, no cabe duda, que las fuerzas populistas y separatistas han iniciado su particular campaña de descrédito y de arremetidas contra la Monarquía Española, que en el fondo desenmascaran la obcecación por dinamitarla.

En unos trechos pedregosos como los reinantes, este pasaje no pretende ahondar en el extenso dietario de la ética y la moral; en términos más moderados, aguarda tomar como punto de partida las reseñas del universo humano.

Si acaso, centrando una mirada retrospectiva en los espacios en los que resulta indispensable descubrir que los valores y principios que nos concretan como sociedad evolucionada, están siendo claramente impugnados por posiciones y enfoques que, o bien lo hacen prescindir, o como mínimo, aspiran a postergarlos en intereses apartados del bien común.

Aunque, habitualmente las personas son las que, desde las administraciones, o el ámbito empresarial, e incluso, aquellas que particularmente deducen abiertamente que intervienen en paralelo con los valores y principios que nos son propios, se preocupan por impulsarlos.

Lo cierto es, que el entorno vigente nos desvela que en sobradas circunstancias priman los intereses políticos o económicos, que, en definitiva, son los que justifican este comportamiento. De ahí, que se vislumbre una ruptura hasta concebirse, que los valores morales y los principios éticos se enjuician como impedimentos invocados erróneamente a ser descartados, para llevar a término los objetivos que cada individuo se proyecte.

En este sentido, es justo y obligado señalar, que nunca ha existido una época ideal en la que haya sido manifiesta la preeminencia de los valores y los principios por encima de los intereses.

Admitiéndose que existe una contracción permanente entre ambos, por lo que cabría interpelarse, si la desmembración de los valores y los principios frente a los intereses en general, son inalterables o prevalecería alguna tendencia que permutase en la forma de operar.

En esta situación, la Monarquía de S.M. el Rey Don Felipe VI y su sucesora, Su Alteza Real Doña Leonor, valga la redundancia, es una Monarquía del presente y para el futuro, que, al igual que otras tantas monarquías parlamentarias europeas, traza unas lógicas garantías para hacer frente a los múltiples desafíos del siglo XXI.

En consecuencia, la Monarquía equidistante a la República, que es anacrónica e incongruente con la democracia, la prosperidad y la innovación; cualquier comparativa o contraposición que se haga al respecto, resultaría ambigua e indeterminada; porque, ni todas las repúblicas priorizan los valores democráticos, como del mismo modo, no todas las monarquías encarnan lo contrapuesto.

Sabedores, que en repetidas coyunturas se ha eclipsado esta realidad, la Monarquía Parlamentaria es una forma de Estado que limita los poderes del Rey en favor del Parlamento y del Ejecutivo, pero, que no le desmarca para nada de su autoridad en defensa de la Nación. Por eso, lejos de falacias denigratorias cimentadas en la fórmula sucesoria, que es lo que suele predominar, Don Felipe VI, posee un sentido de la democracia y del deber exquisitos, que lo hacen ser Digno de la confianza del Pueblo.

Ahora bien, España como Territorio, con 17 Comunidades Autónomas, 50 Provincias y 2 Ciudades Autónomas, es un hecho concretizado en una Historia antiquísima a sus espaldas, no es una obra administrativa inacabada; es un contexto que precede en decenas de centurias a la propia Carta Magna de 1978. De hecho, aunque resulte incoherente presuponerlo, esta Heredad la hemos obtenido gracias a nuestros antepasados, habiéndola de transferir a las siguientes generaciones, si es posible, mejorándola de sus muchas irregularidades y anomalías.

Habiendo de sopesar, como matiz inherente sobre la apreciación que realicemos de nuestra Patria, que no estamos habituados a existencias que no sólo nos aventajan gigantescamente en la dimensión del espacio, sino que también, con una amplitud análoga en los tiempos.

Asimismo, la Monarquía Española es anterior a la Constitución y actora herradora de la propia Nación. Siendo los Reinos y Condados los que pertinentemente se ensamblaron junto a sus Soberanos, en la composición que, hoy por hoy, el escudo de la Bandera nos describe.

Y no lo materializaron por el antojo de sus monarcas, porque, en tales casos, a veces, las alianzas dinásticas no marcharon lo adecuadamente. Las uniones regias se cristalizaron previa o paralelamente, donde se estaban fusionando los lugares que en aquellos precisos instantes simbolizaban.

Finalmente, fueron los impulsos y aspiraciones como las de Don Pelayo (685-737 d. C.); o, tal vez, las de Don Sancho III de Navarra (965 d, C.-1035); al igual, que San Fernando (1119-1252); o Doña Isabel la Católica (1451-1504) o Don Fernando II de Aragón (1452-1516), las que lideraron el entusiasmo y el anhelo por una Tierra que a borbotones diseminaba su encomiable cultura, así como sus leyes, idioma o religión, por cualesquiera de los rincones de los continentes europeo, asiático y americano.

Obviamente, en un repaso sucinto por estos trechos angostos, la presencia de un sinfín de ambiciones y consejeros incapaces, hubieron de paralizar el auge deseable de España y la hicieron teñirse de sangre con irremediables guerras civiles.

Posteriormente, con tantísimos siglos tonificándose en las vicisitudes empeñadas por su temperamento; además, de la justicia, los símbolos, la unidad territorial, la diversidad o su magnificencia, España, es uno de los reinos más destacados del planeta. Donde, la Monarquía Española, dignísimamente simboliza el valor incalculable de sus regiones, aldeas y poblados.

Con lo cual, la Familia Real Española, que evidentemente reproduce nuestra Monarquía, es una huella venerable de nuestro pretérito, que nos engarza a Ella, haciéndolo presente en su ensamble con la colectividad contemporánea y direccionándola con orden y sin pausa, a un mañana que cada día construimos.

Desentrañándose la trascendencia irrefutable que la praxis de la Corona tiene en las mentes y corazones de cuantos nos sentimos españoles; rematándose con cuanto de inmejorable se origina con la honorabilidad, legitimidad y prolongación, en el ser o no ser, como ninguna otra superficie podría plasmar.

El texto preceptivo que hace referencia a la Corona, en su Artículo 56 define literalmente al Monarca: “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las Leyes”.

De esta manera tan rotunda, el Título II de la Constitución rubrica los desempeños para ‘Alguien’ que trabaja denodadamente como Soberano de España.

Sin embargo, se hace notar, que erradamente tenemos tendencia a especular los cometidos simbólicos de S.M., entreviendo que no tienen peso. Los especialistas constitucionalistas coinciden en avalar que el poder emana del pueblo, es soberano y quien designa a sus gobernantes. Luego, el Rey goza de autoridad, pero no de poder, que lógicamente no es lo mismo.

Pero, sus excelentes facultades adquieren una importancia notable, porque amortigua e intercede en el movimiento cadencioso de las instituciones, como la firma de tratados y otras acciones de Estado; e implícitamente, puede proponer a las fuerzas políticas y a sus responsables. En resumen, S.M. desempeña funciones de vital alcance en el resultar de la Nación, haciéndolo en la más incondicional discreción.

No debiendo soslayarse de este escenario, que desde que asumiese la Monarquía, Don Felipe VI, ha afrontado dos situaciones verdaderamente angustiosas, que me atrevería a calificar de excepcionales por lo que han protagonizado:

Primero, la manifestación celebrada en la Ciudad Condal el 26/VIII/2017, a raíz de los atentados terroristas perpetrados en Barcelona y Cambrils el 17 de agosto, fue enardecida por constantes pitidos y abucheos destinados al Rey; un episodio valorado por los expertos como una artimaña de lo que más tarde ocurrió en el otoño independentista.

Y segundo, ante un relato abocado a la sinrazón como el que se desarrolló en Cataluña, el discurso pronunciado por S.M. en la noche del 3 de octubre impecablemente constitucional, permitió restaurar la serenidad de los ciudadanos, cuando habían transcurrido tres días del levantamiento revolucionario, materializado por las autoridades de la Generalitat; sin inmiscuir, el artificio de la Policía Autonómica de Cataluña, conocida como los Mossos de Escuadra; la propaganda subversiva y los improperios a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Un mensaje claro y conciso a los millones de catalanes no independentistas: “No os dejaremos solos”. Y es que, en la Norma Suprema refrendada por el Pueblo, Nuestro Monarca es el símbolo de la unidad, debiendo mantener el orden institucional y la correcta articulación de las instituciones.

Palabras tan directas y con tanta vivacidad, destello y dignidad, que urgentemente precisaban ser escuchadas por los españoles, abocados a la insurrección puesta en curso con desazón y degradación. Frases que decisivamente conquistaron el vacío errante, ante el apocamiento y el revés de los sucesos consumados que minaban la vida nacional.

Indiscutiblemente, era lo peor que podía acaecer ante la prueba de contrarrestar la causa conspiradora de secesión, que en estos tres primeros días turbulentos de octubre había ganado enteros. La insubordinación de los Representantes de la Generalitat había sobrepasado la línea roja, con incuestionable desobediencia de los mandatos de las más altas instancias judiciales.

La deslealtad de los Mossos de Escuadra había sumergido la torpe maniobra gubernamental; una cruzada al servicio del fingimiento que empantanó la jornada del 1 de octubre con rumores ilusorios y manipulaciones, que impregnaron con ingratitud el sentir internacional.

El nacionalismo más intransigente y pendenciero estaba tomando las calles e intimidando a quiénes no se doblegaban a sus preceptos.

Por otro lado, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado soportaban todo tipo de vejámenes y afrentas. Toda vez, que los partidos protectores del orden constitucional eran objeto de persecución, para constatar ilegítimamente que no eran válidos en el nuevo orden nacionalista.

En esta tesitura maquiavélica, el Sr. Puigdemont seguía invadiendo el Palau de la Generalitat manejando la sublevación y conforme al Artículo 153 de la Constitución, se mostraba como la representación del Estado en Cataluña.

Por supuesto, desde el 10 de septiembre al ratificar el Parlamento la llamada ‘Ley de Transitoriedad’, eludía todos los procedimientos de las democracias liberales, erigiéndose en ‘Presidente de la República Catalana’.

Este doble semblante de quién presidía Cataluña, era algo burlesco y ridículo, porque así lo percibíamos los españoles, viendo una revuelta en la que no era necesario dar ningún golpe de mano, porque los amotinados ya estaban en su interior.

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© Solemne Apertura de la XIV Legislatura del Congreso de los Diputados. National Geographic de fecha 07/II/2020, la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor. 

De todo lo aquí expuesto, era para menos, que el mensaje de S.M. el Rey describiese a las mil maravillas este ambiente inepto, e indudablemente, de fractura del orden constitucional, sin reticencias ni rodeos. Convirtiéndose en la onda expansiva que exigió la rehabilitación del orden constitucional, mediante las reglas democráticas y la salvaguardia de los derechos de los ciudadanos que residen en Cataluña, como los que lo hacen en cualquier punto de la geografía nacional.

No quedaba otra, que, sin tregua, estas palabras fuesen consideradas por los partidos constitucionalistas. Los días retrospectivos, habían robustecido la carrera incendiaria, llegando a cotas inimaginables que la recuperación del orden constitucional requería de una ingente labor.

Ante ello, estas dificilísimas horas en la Historia de España, reivindicaban de gran generosidad, saber estar, pero, sobre todo, de un patriotismo titánico; como S.M. el Rey Don Felipe VI completó con su tarea en el marco de las atribuciones que la Ley Fundamental le concede. Apuntalando y consolidando el Estado Social y Democrático de Derecho atribuido en su Artículo 1.

Complementando todo lo fundamentado, Don Felipe VI es un hombre y un Rey de su tiempo; uno de los requerimientos cardinales que acompañan a un gran líder como Su Majestad, en esta inexcusable capacidad de adaptación al pulso histórico y social del medio en el que se le insta a ser un referente.

Y no solo eso, porque más que adaptabilidad, lo definiría como elemental la virtud que acumula, al anticiparse a las muchas ansias o esperanzas, o dificultades y desvelos, atesorada como un bien común en pos de sus ciudadanos, que lealmente se congratulan de conservarlo como Su Hacedor al Servicio del Pueblo.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 11/II/2020.

Auschwitz, sinónimo de racismo y desprecio por la humanidad

Auschwitz, sinónimo de racismo y desprecio por la humanidad

Desde que tuviésemos conciencia de las primeras imágenes de restos humanos; o probablemente, de reclusos tan consumidos que parecían esqueletos vivientes; o quizás, de pequeños desharrapados con la numeración de ingreso grabada en el brazo, la designación de Auschwitz, ha pasado a erigirse en uno de los iconos de la barbarie nazi, donde el sufrimiento y la muerte alcanzaron cotas inimaginables.

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial (I/IX/1939-2/IX/1945), el régimen nazi y sus cómplices eliminaron a unos seis millones de judíos, entre ellos: hombres y mujeres, niños y niñas, en una tentativa por devastar sistemáticamente a la colectividad judía y a millones de individuos de otros grupos, como gitanos, comunistas y homosexuales.

De cualquier manera, las pesquisas fehacientes de los crímenes perpetrados en estos campos, son únicamente una pequeña apreciación, ya que, en muchísimos sumarios, se pretendió eclipsar los rastros de las rudezas realizadas y, en otros, las sumas de las personas asesinadas evidencian una exigua dimensión de esta desdicha.

Cuando por fin, el día 27 de enero de 1945, fecha que no debemos olvidar, Auschwitz quedó en libertad a manos de las tropas soviéticas, otros tantos campos de concentración y exterminio como Belzec o Sobibor, llevaban tiempo pulverizados. El objetivo principal era descartar, borrar o limpiar cualquier vestigio de las fechorías nazis consumadas, por lo que las SS, el cuerpo de combate a las órdenes de Heinrich Luitpold Himmler (1900-1945), decidieron plantar árboles sobre las fosas comunes.

Pero, los escasos sobrevivientes de Auschwitz, el mayor en cuanto a sus dimensiones, desearon preservarlo como un memorial para las generaciones futuras. Hoy, si existe un recinto consagrado que nos encamine claramente a la conciencia de la humanidad, precisamente ese es, Auschwitz. Por ello, su conservación es vital para velar en pro de una aldea global mejor y más serena para todos.

Principalmente inseguros resultan los barracones de madera que, in situ, se atesoran en Birkenau; porque, en aquel tiempo, no se edificaron para que perdurasen demasiado, sino, más bien, se emplazaron sobre un aprovechamiento minero, con visos a su vehemente destrucción. Lo que ha ocasionado frecuentes caídas subterráneas, que visiblemente han reducido su protección.

Y, no son menos significativos, los miles de objetos personales como instrumentos de rasurar o cepillos de dientes concernientes a los más de 1.1. millón de asesinados; o maletines y equipajes con paraderos de un sinfín de rincones de Europa, testimonian la magnitud de las maldades materializadas, donde sus antiguos propietarios ni tan siquiera tuvieron la oportunidad de reposar en una tumba.

Auschwitz, en el Septuagésimo Quinto Aniversario de su liberación, un lugar macabro, tétrico y mortal, constituye la expansión de la muerte a escalas inauditas, donde la vida humana no entrañaría nada más que un dígito estampado sobre el cuerpo, a la espera de esa ducha mortífera derivada de las cámaras de gas tóxico; o, si acaso, de los hornos crematorios y fosas comunes.

Esta destrucción maliciosamente planeada, permitía exámenes genéticos de esterilidad y eugenesia; o lo que es igual, el retoque de la especie humana con el método racista de selección. E incluso, quienes así lo veían pertinente, se servían de los despojos como materia prima para surtir a la industria.

Es más, kilómetros de cabellos humanos se atestaron para la producción textil.

Y, por si fuese poco lo aquí reseñado, las cenizas de los difuntos se reciclaban para su posterior uso como fertilizantes.

Así, consorcios como Volkswagen, Bayer, Siemens, IBM, IG Farben, Daimler Benz, Krupp, BMW, etc., se sirvieron del trabajo esclavo para aumentar desorbitantemente sus dividendos. Ciertamente, los nazis comenzaron el exterminio como criterio de la incultura, tomando como punto referencial el genocidio de 1.5 millón de armenios realizado en el año 1915, que fijaría las bases del nuevo estado turco.

Pero, Adolf Hitler (1889-1945) sobrepasaría lo presagios más apocalípticos de los textos de ficción, justificando este entramado con el temperamento de una nación opresora, como Alemania, que ambicionaba usurpar el viejo continente para escindir otros mercados y, así, ensanchar la supremacía de sus intereses.

Como literalmente lo precisó el judío alemán Leon Schwarzbaum, preso en Auschwitz en 1943, que aguantó hasta el día 26 de enero de 1945, actualmente a sus noventa y ocho años continúa dando fe de lo que pasó: “Veía a la gente apelotonada en los camiones, llorando, suplicando, pidiendo ayuda a Dios porque eran conscientes de que iban camino de la muerte; esa visión no me ha abandonado nunca”, describe este exprisionero, quien afirmó, que por entonces dejaría de creer en Dios.

Con estos precedentes, se sospecha que las SS y la policía alemana, proscribieron entre 1940 y 1945, al menos, a 1.3 millón de personas a los campos de Auschwitz. Acumulando la cifra más elevada de mortandad de las verificadas; pero, a la par, la más prominente en cuanto a los niveles de supervivencia.

En el intervalo infernal del Holocausto, sólo uno de los campos de concentración marcaba a los penados: Auschwitz. Nada más acceder, los condenados eran asignados con un número de serie, el mismo que se les cosía en sus ropas y que los acompañaría hasta el final de sus días. Únicamente, los nominados para otras labores, se les exoneraba de esta clasificación, a diferencia de los trasladados a las cámaras de gas.

Auschwitz, el campo preferente y próximo a Oseiwcim, una población al Sur de Polonia, se convirtió en el más incipiente. La edificación se inició en abril de 1940 en unos barracones desocupados de las fuerzas polacas, que estaban en un arrabal de la ciudad.

Con frecuencia, las superioridades empleaban a los detenidos para la realización de las operaciones obligatorias de expansión de esta superficie. En el primer año de efectividad, las SS y la policía limpiaron una franja de alrededor de 40 kilómetros cuadrados como “zona de desarrollo”, circunspecta para la explotación exclusiva del campo.

Los prisioneros que estrenaron Auschwitz, englobaban a sujetos de nacionalidad alemana, que habían sido transportados desde el campo de Sachsenhausen en Alemania; si bien, eran recluidos como forajidos reincidentes y cautivos políticos polacos que procedían de Lodz, aunque, con anterioridad habían estado en otros campos como Dachau y Tarnow, pertenecientes al distrito de Cracovia.

Al igual que la amplia totalidad de los campos de concentración germanos, Auschwitz, se confeccionó para desempeñar tres planes de obligado cumplimiento: Primero, encerrar por un espacio indeterminado a los adversarios reales o hipotéticos del régimen nazi y de los mandos de la invasión alemana en Polonia; segundo, proveer mano de obra reclusa para las empresas de las SS afines a la construcción, que a la postre, fabricarían armas y útiles bélicos; y, tercero, desenvolverse como área para ejecutar a grupos escogidos de entre la urbe, cuyo homicidio, según la disposición de las autoridades y agentes, era indispensable para garantizar la seguridad nazi.

Exactamente, como en otros campos, Auschwitz disponía de una cámara de gas e incineración. Asimismo, en el dispensario situado en la Barraca del edificio 10, los médicos de las SS procedieron a experimentaciones e indagaciones pseudocientíficas en niños y gemelos; además, de esterilizaciones forzosas y castraciones en adultos.

Pero, en la realidad e inmersos en pleno siglo XXI con los efectos desencadenantes de la globalización, esta evocación va más allá del acontecimiento histórico en sí. Entre 1933 y 1945, el gobierno alemán consumó la caza metódica y el atentado de los judíos que lo suponía política, racial y socialmente como personas indeseables.

Como ya se ha citado, aparte de la población judía, se acosó a los contendientes políticos, a las personas con discapacidad, a los roma y sinti que se reconocen como gitanos, a los testigos de Jehová, homosexuales, eslavos, comunistas y a quienes estimaban rivales a su régimen.

Es preciso incidir, que algunas de las cuestiones que preconizó la fuerza política nazi para cometer estas atrocidades, quedó vista para sentencia con la pureza racial o en la exclusión de las minorías que valoraban “razas inferiores” y desde las que confluirían, valga la redundancia, otras trayectorias como los judíos, por ser estimados una raza infrahumana; o mismamente, las personas con alguna falta o limitación en las facultades físicas o mentales y contempladas como una carga; como, asimismo, los gitanos, por constituirse a su juicio en una raza inferior; o los homosexuales, por ser libertinos de la sangre; o los testigos de Jehová, por no someterse; o los intelectuales, por alterar las capacidades cognitivas.

No lejos de este escenario irracional, existen dos argumentos, que, sin duda, encarrilaron esta tendencia desenmarañada en la avaricia y la perversidad de las mentes y corazones de los que así lo acordaron. Indicios que se enraizaron crónicamente y se consumaron entre los años 1919 y 1945, respectivamente.

Me refiero, primero, a la tesis que Alemania precisaba ensancharse por doquier, en un corto margen de tiempo, tomémoslo, como a marcha acelerada; y, segundo, con la horripilante tesitura en su percepción de dominio como categoría social construida, denominada raza.

Queda claro y conciso: la raza aria por encima de las restantes y dominándolas.

Luego, llegados hasta aquí, la historia de Auschwitz, no encumbra y enaltece al género humano, sino, que lo degrada a lo más recóndito de la miseria, porque, es una crónica de desesperanza y deshumanización. No obstante, percatarnos de sucesos como este, nos permite discernir del porqué y, posiblemente, de la revelación en que lo fundamental pasa por cultivarnos de los errores cometidos, hasta caer en la cuenta que nunca más se vuelvan a repetir estos hechos.

A la hora de difundir un mensaje humanitario sobre el Holocausto y otros genocidios acaecidos, se han ido interpretado gradualmente los diversos procesos que llevaron a la matanza total o parcial de grupos nacionales, raciales, étnicos o religiosos.

Con los puntos de partida antes expuestos, como el esparcimiento geofísico del dominio vital alemán y la servidumbre categórica social de la raza como coyuntura de eliminación y dominación, este horror se expandió con sus tentáculos en numerosas circunstancias a lo largo de más de doce años.

El primer artificio residió en arrastrar al conjunto poblacional con la fundamentación absurda que los judíos, o séase, tanto ciudadanos alemanes como ciudadanos europeos, no disponían de los mismos derechos y que en el caso más depravado, no eran humanos. Inoculada esta mentira en el raciocinio de los alemanes llamados arios, eran ellos mismos quienes debían tomar la iniciativa del país y proscribir al resto. En adelante, a los judíos se les despojó de sus derechos más básicos, extirpándoseles de lo más preciado: la dignidad.

Así, la reglamentación puesta en escena y la propaganda, se transformaron en los pesos pesados de este entresijo; pero, cuando apenas debidamente maniobraba, se ponía en práctica la maquinaria del espanto. Cómo ejemplo, en 1935 se publicaron las leyes de Núremberg, normalizando el trato y las relaciones entre los alemanes judíos y no judíos; como la ‘Ley de ciudadanía del Reich’; la ‘Ley para la protección de la sangre y el honor’ y la ‘Ley de Protección de la salud hereditaria del pueblo alemán’.

La segunda argucia y, a su vez, emboscada, persiguió asfixiar económica y socialmente al pueblo judío. Las consecuencias no podían ser otras: entre 1933 y 1938, 150.000 personas renunciaron a vivir en Alemania. Sin soslayarse, que los germanos estaban inducidos por un asunto destacado: les incautaron sus pertenencias, arianizándolos, como expresaban propiamente los alemanes.

Inmediatamente, surgieron las congregaciones, como los guetos o exclusiones y las marcas; junto a ellas, en junio de 1941 aparecieron los Einsatzgruppen o comandos móviles de asesinato. Estos eran escuadrones de exterminios itinerantes especiales formados por miembros de las SS, SD y otros componentes de la policía secreta, que comparecían en la retaguardia del ejército alemán, arrasando a los judíos de la URSS, gitanos y enemigos políticos mediante ejecuciones sumarias.

Desde aquí, nos encaminaríamos a lo que cruelmente más tarde habría de suceder en los diversos campos de concentración.

Hoy, bajo la macabra inscripción “arbeit macht frei”, que traducida al castellano significa “el trabajo os liberará”, habida cuenta del luctuoso destino que tuvo para los que la traspasaron, aun encabeza la entrada del campo de Auschwitz, donde subyace la consternación de un sinnúmero de insensateces y abusos con una ferocidad sin límites en su realización, hacen de esta efeméride pura ironía.

Setenta y cinco años después y en clave a sus tendencias, los imperialismos atribuyeron un enfoque desvirtuado del Holocausto judío.

Me explico, durante aquellos trechos, el presidente de los Estados Unidos de América, don Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) cerró a cal y canto la frontera, obligando a los refugiados que escapaban, a regresar al supercontinente euroasiático; tal y como ocurrió, con los miles de judíos embarcados en el crucero San Luis, que no les quedó otra que retornar a sus patrias de origen, donde se toparon como en Auschwitz, con la muerte más monstruosa.

Para el colmo de los colmos, Roosevelt apaciguó a las formaciones obreras y populares que mostraban su apoyo y adhesión a los judíos, frente a la delegación alemana a demandas de una burguesía imperialista “aislacionista”, que todavía no había decidido su irrupción en la guerra.

De la misma forma, Francia e Inglaterra obstaculizaron sus puertos marítimos, mientras oficiaban con Hitler el Acuerdo de Múnich (30/IX/1938) en pos de “seguir viviendo tranquilos y felices”, tal como exteriorizó el primer ministro británico don Arthur Neville Chamberlain (1869-1940).

Un desprecio a los judíos en toda regla, que desde 1933, se hallaban desposeídos del rango de ciudadanos alemanes por los capítulos raciales en Núremberg, escalando su momento máximo en 1938, con los violentos progroms anti-judíos por la Austria anexada y las áreas de los Sudetes de Checoslovaquia, recientemente ocupadas por las tropas alemanas, que causaron más de 100 muertes y que desintegró miles de hogares, negocios y templos. Proscribiendo compulsivamente a más de 30.000 judíos a los campos de concentración de Sachsenhausen, Buchenwald y Dachau.

Sí, este es efectivamente el sarcasmo de esta evocación, porque los mismos actores democráticos que entregaron el destino de los judíos al atropello del despropósito nazi, fueron los que se valieron de los tormentos injustificables de un pueblo totalmente abrumado, hasta llevarlos al lastre que desde entonces los acompaña.

De todo lo aquí expuesto honestamente, difícilmente puede quedar en el anonimato los caminos salpicados de sangre por los que experimentaron un castigo indigno ante la confabulación de los aliados, que perfectamente sabían lo que allí estaba ocurriendo. Sin embargo, optaron por hacer oídos sordos hasta la conclusión de la guerra.

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Pasos tenebrosos con rumbo a las cámaras de gas y otros artificios, por los que transitaban colas inacabables de vidas colmadas de vitalidad, que pronto se emolerían por los nazis con la intención abominable de no dejar pistas de este drama.

Entre las paredes, muros y alambradas de Auschwitz, permanecen miles de historias desbaratadas que han quedado sin contar. Relatos de hombres, mujeres, niños y niñas, confinados y asesinados por la excentricidad de alguien que de ningún modo conoció la diversidad y la tolerancia.

Pero, también, de aquellos que tenían la ocupación espeluznante de desocupar las cámaras de gas y calcinar a sus propios camaradas, con el que segundos antes, había compartido las lágrimas del desconsuelo más atroz.

Consecuentemente, dentro de las cuantiosas secuelas que persisten de este disparate que sólo brota de la mente retorcida del hombre, concurren enseñanzas que esta conmemoración quiere hacer presentes.

Tal vez, constan dos, que inexcusablemente deben ser redimidas.

Primero, la elección de la empatía concebida como la capacidad de percibir, compartir y/o inferir en los sentimientos, pensamientos y emociones de los demás, deduciendo que la diversidad en las sociedades, cuando se admite, implica un enriquecimiento colectivo. Esta experiencia genuina, la identificamos como tolerancia.

Y, la segunda, la memoria como praxis esencial del aprendizaje; porque, con ella, hacemos nuestra esa historia que pertenece a una raza, nacionalidad, etnia o religión. Impidiendo reincidir en posibles errores, y si se volviesen a repetir, aquellos y aquellas que conocemos las debilidades y fortalezas, podremos poner ese minúsculo granito de arena, para que la indiferencia no vuelva a anticiparse.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 27/I/2020.

De las dictaduras a las supuestas democracias

De las dictaduras a las supuestas democracias

Desde que los pensamientos ilustrados irrumpieran en los círculos intelectuales de Europa y América, cuantiosos movimientos historiográficos y políticos han descifrado el transito del tiempo como una conquista hacia la prosperidad.

En paralelo, la historia de la raza humana podría desentrañarse como un combate impertérrito por la adquisición de progreso, bienestar y libertades; frecuentemente, logrado con éxito. De ahí, que siglos atrás la amplia totalidad de las urbes vivieran bajo sistemas políticos intransigentes y en circunstancias deplorables.

Sin embargo, existe un indicador de primer orden que tiende a reforzar el enfoque global de la crónica universal. Me refiero, a las formas de gobiernos influyentes en los prolegómenos del siglo XIX. Mismamente, si en el presente la inmensa mayoría de personas conviven en regímenes democráticos que garantizan los mínimos derechos, hace dos centurias, esto era algo inalcanzable.

La consecuencia es módicamente asombrosa, porque la Revolución Francesa (5/V/1789-9/XI/1799) enardeció una cadena de innovaciones estructurales en todo el viejo continente.

Desde su primera conquista y posterior fiasco, los intereses políticos de los agitadores e insurgentes transitaban por socavar las raíces del ‘Antiguo Régimen’; una expresión que los sublevados franceses emplearon para señalar peyorativamente al sistema de gobierno precedente. Así, palabras como “derechos”, “democracia” y “libertades” comenzaron a glosar las constituciones, tratados ideológicos, revueltas y rebeliones.

Lo cierto es, que pocos dieron fruto y tan sólo en los inicios del siglo XX, un exiguo elenco de estados ratificaron el sufragio universal, entre ellos, en el año 1890, se hallaba España.

Las dos Guerras Mundiales y la consumación del colonialismo allanaron el camino para que las dictaduras y autocracias fueran sucumbiendo. Evidentemente, a día de hoy, continúan irrumpiendo con sus tentáculos aplastantes. La más notoria, es la que atañe a la República Popular de China, donde cuatro de cada cinco individuos viven sometidos a un régimen político intolerante. O la República Islámica de Irán, que, junto a otras democracias autoritarias, durante las últimas décadas ha aflorado en Europa.

Desechado el raciocinio dual de la Guerra Fría (1947-1991) y en una esfera geopolítica más poliédrica, apenas existen muestras exactas de democracias íntegras y dictaduras impecables. Al margen de las comparaciones que pudiesen desenmascararse, los regímenes democráticos parecen haber ganado protagonismo.

En este momento, el 56% de la aldea global reside en alguno de ellos, predominando a finales de los noventa. E incluso, hasta un 20% permanece en regímenes mixtos, donde conjuntamente se articulan componentes de la democracia y de las administraciones autoritarias. Y, por si fuese poco, un 23% habita en naciones donde los mecanismos más abusivos de un sistema, subyacen sobre el resto.

O séase, en dictaduras.

Con estos mimbres, confrontada la posición de hace doscientos años, la silueta que se contornea corresponde a la de un planeta del todo diferente. Las colonias se han eclipsado (o se han transformado en partes secundarias y aún en discusión, como Gibraltar), cuando en 1816 acogían al 38% de la población total. Las autocracias, extinguidas tras la Primera Guerra Mundial, anteriormente llamada la Gran Guerra (28/VII/1914-11/XI/1918) y reemplazadas por regímenes autoritarios con obvias libertades, dispusieron en los años treinta de una segunda juventud.

Su destrucción irrevocable en la Segunda Guerra Mundial (1/IX/1939-2/IX/1945), posibilitó la vía para que, gradualmente, las democracias primasen sobre el espectro de fórmulas políticas.

Un punto de vista progresista confirmaría en afirmar que desde entonces, el mundo marcha más acorde en muchísimos aspectos. Si, además, esta aseveración se propone con actitud pragmática, se vislumbran realidades como la violencia, la pobreza, el autoritarismo o la regresión, que continuamente están ahí y que de ningún modo se darán por eliminadas.

A ello hay que añadir, que las coyunturas que en los últimos tiempos se han desencadenado, indican empíricamente un fuerte retroceso de las democracias, haciéndose visible el cerco al Estado de Derecho, a la justicia y a las instituciones independientes, que con la artimaña de consultas populares, la democracia en sí, acaba desmoronándose.

Sin soslayarse, el naufragio de las fuerzas de centro, el acorralamiento a las minorías o la imposición sobre los medios de comunicación. Una decadencia y rotura a grandes rasgos en los valores democráticos, en el que se hayan sumidos unos cuantos estados europeos como Turquía, Polonia y Hungría.

Bien apreciable, es el delicado estado de salud que reflejan algunas democracias de nuestro entorno, como el músculo que en contraposición exhiben las autocracias. En la teoría, el impulso económico tendría que forjar clases medias formadas que nos trasladaran a espacios más democráticos. Pero, en la práctica, las dictaduras demuestran una extraordinaria destreza para resistir a los cambios.

Véanse como ejemplos los argumentos que patentizan Rusia, China e Irán, hasta convertirse en los espejos de dictaduras, llamémosle, “casi perfectas”. Depurando sus capacidades de control social y palpando el refinamiento en sus decisiones despóticas, arbitrarias y por momentos, avasalladoras.

De hecho, a cal y canto obstruyen a las Organizaciones no Gubernamentales y activistas extranjeros, incomunicando la entrada a contenidos comprometidos en la red de redes. Como, de la misma manera, acomodando los amplios medios para la propaganda y el adoctrinamiento.

Tampoco es menos, el rastreo verificado en las redes sociales y la cibervigilancia, que facilita la desactivación de grupos opositores, con anterioridad a que pudiesen ser una amenaza. Si casualmente así lo fuese, inmediatamente contrarrestan los brotes espontáneos derivados del clamor popular habidos en las calles.

Con lo cual, la compensación adecuada para la persistencia y continuidad de las dictaduras, se obtiene armonizando una elevada legitimación apoyada en la ideología o en los resultados, con una simplificación de la represión y un nivel intermedio de cooptación; un procedimiento clave para el sustento de la legalidad estatal. En otras palabras, una herramienta política que se antepone a los paradigmas sobre la descentralización, autonomía y participación de la comunidad.

A grandes luces, como ya se ha citado, son diversos los gobiernos que desafían la partición binaria entre democracia y dictadura, empleándose a fondo para alcanzar una conjunción entre dichos elementos y avalar la estabilidad.

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Ahondando en la esencia que me lleva a fundamentar este pasaje, la tercera y extendida ola democratizadora que aconteció en las postrimerías del siglo XX con el desplome del Imperio Soviético, alteró las condiciones nacionales e internacionales de dominio político. Con la peculiaridad de las corrientes islámicas, que en algunos lugares se radicalizaron y, con ello, un sinnúmero de tradiciones ideológicas acabó eclipsándose.

La globalización económica y comunicacional y el cierre hermético-autocrático de las áreas de influencia política, se tradujeron en una ficción incongruente que apelaba las consignas de la libertad, los derechos humanos y el apoyo político de los ciudadanos.

Paulatinamente, aparecieron otros aires de potestad autocráticos, académicamente calificados como autoritarismos electorales, o lo que es igual, autocracias con elecciones. Los plebiscitos se distinguieron por los realizados en el bloque socialista de la Europa del Este: con los comunistas en lo más alto, las votaciones alcanzaron el 99% del electorado y sus partidos aliados consiguieron idénticos porcentajes de los votos.

Pero, hoy, nadie pone en duda, que confluyen entresijos de manipulación, como enredos y engaños, porque las elecciones presentes brindan a la oposición una clara posibilidad de movilización, establecimiento de alianzas y la construcción de un marco de opinión pública en las vertientes nacional e internacional.

En el siglo de ahora, la ambición imperativa de suscitar aparentes trazados de democracia, forman una espiral de arrogantes legitimidades hacia dentro y fuera, que comporta serias dificultades para quienes detentan el poder. La divisoria de debilidades y fortalezas entre los patrones de dictadura y democracia son cada vez menos nítidos.

Luego, ante la Rusia de Vladímir Vladímirovich Putin (1952-67 años); o la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan (1954-65 años), o las situaciones reales de Ucrania, Venezuela, Filipinas y Singapur, no más lejos de cualquier controversia encubierta, interesaría preguntarse: ¿estaríamos refiriéndonos a autocracias, o más bien, a democracias defectuosas?

En los últimos lustros se ha tratado con minuciosidad este complejo dilema, tratando de eludir las tipologías galopantes y ubicando los regímenes recientes, sobre un eje métrico que sistematice los ideales de democracia sustentados en el Estado de Derecho y, por otro, la dictadura sin fisuras.

Muchos de estos sistemas políticos resisten en una extensión intermedia y se clasifican desde el ámbito universitario como “regímenes de la zona gris”, que, análogamente, se subdividen en ‘sistemas híbridos’ como Rusia, o en ‘democraduras’ en Venezuela o ‘democracias defectuosas’ como en Hungría.

El equilibrio de estos países, ha sido superior del que se les ha atribuido, ya que en los trechos transitados no encajan en dictaduras impenetrables ni en democracias accesibles, conviniendo desde hace años su propia estabilización; sin olvidarnos, de la receptividad en la composición histórica y política que gravita.

El exclusivismo que, a día de hoy revelan Putin, Erdoğan o Viktor Orbán (1963-56 años), este último, como primer ministro de Hungría, les hace disponer de más aceptación electora o del procuremos una democracia con Estado de Derecho, como la canciller Angela Dorothea Merkel (1954-65 años), o del presidente de Francia Enmanuel Jean-Michel Fréderic Macron (1977-42 años), se interpretan como parte de un puzle posmoderno que compete a estilos de autoridades específicas a escala general.

Si se fraccionan los sistemas políticos en tres variedades, o séase en autocracias, regímenes híbridos y democracias, se reconocerían respetivamente de entre doscientos estados, unas 65 democracias y 45 autocracias abiertas. La suma de las restantes, pasarían a ser regímenes híbridos con sus inestables peculiaridades.

Por tanto, es de enjuiciar: ¿cuál es realmente el contrapeso de estos sistemas políticos para su sostenimiento?, o tal vez, ¿qué duración proyectan estas dictaduras para implementar sus inquietantes intenciones?

En la práctica, los sistemas democráticos han sido los más sólidos, seguidos de las dictaduras y posteriormente, las variantes híbridas. De un análisis cristalizado por el Centro de Investigación de Ciencias Sociales de Berlín, por sus siglas en alemán, WZB, se desprende que, en las dictaduras que engloban las modalidades híbridas, su consolidación se asienta en tres pilares: la legitimación, la represión y la cooptación.

Primero, la legitimación se alimenta de dos precedentes, uno que se supedita a lo normativo-ideológico, y por otro, el que se refiere a los desenlaces acaecidos: el nacionalismo, el antiliberalismo o el antiparlamentarismo, a los que le siguen el racismo y los anacrónicos mandatos salvadores de signo religioso.

Sin inmiscuirse, que, en los epílogos del siglo XXI, las convicciones comunistas y fascistas han disipado su capacidad de inducción. Posiblemente, haya que subrayar las diferenciaciones de un islamismo político fundamentalista, que está cualificado para implantar un intenso compromiso imaginativo entre sus incondicionales.

Pero, dado que estas inclinaciones han condicionado sustancialmente los derechos humanos fundamentales para obtener sus demandas de influjo, sus orígenes de legitimación defendidas en la promesa de salvación que absorbe al mundo, intimidan con empobrecerse en el contexto represivo.

Como derivación de este desgaste preceptivo, los regímenes dictatoriales penden necesariamente de su balance en lo que afecta a la economía, seguridad y orden; aunque, una reforma económica y social excesivamente acelerada, entrañaría un peligro para las autocracias.

Certeza que se hace notar, porque de este avance intermitente resultan capas medias, o se disponen nuevos recursos humanos, aumenta la formación, se desenvuelve la sociedad civil y emergen discursos que postulan más implicación política.

Segundo, las autocracias se apuntalan en la represión más cruel, pudiéndose acoger a distintas hechuras y rigores. Sugiriendo la prohibición de los derechos políticos como la libertad de reunión, expresión, prensa o extenuando los derechos humanos, como el derecho a la vida y su protección.

Ante una hipotética coacción al statu quo, las élites opresoras repelen con más tosquedad, sin someterse a ningún tipo de limitaciones y con la facultad de promulgar y modificar las leyes a su libre albedrío.

En tales casos, la disminución de legitimidad es aguda, porque la acentuación de la represión agranda el peso intimidatorio, pero, a la par, acorta los valores democráticos como base del cambio social y con ella, el beneplácito del pueblo.

Tercero, mediante la cooptación, los sectores autocráticos percuten ingeniosamente, para que gentes influyentes dispuestas por fuera del propio núcleo, acaben implicándose con la intolerancia de la dictadura.

Habitualmente, estos sujetos proceden de parcelas económicas, o acaso, del dispositivo de seguridad o de la órbita militar. A cambio de su traición disfrazada de lealtad, aceptan puestos, prerrogativas políticas, distinciones y asignaciones monetarias. Por antonomasia, los instrumentos manejados se enturbian hábilmente con el soborno, el clientelismo y las redes patrimoniales.

Comúnmente, quienes residen en democracia identifican a las dictaduras con la represión, o al atropello de los derechos humanos, la pobreza y las turbulencias tiránicas.

Recuérdese al respecto, que estos métodos de gobiernos despiadados han sepultado a infinidad de personas, abarcando los cuarenta y nueve millones de rusos que perecieron a manos del régimen de Iósif Stalin (1878-1953), o los más de tres millones de camboyanos que murieron atrozmente durante la convulsión de Saloth Sar (1925-1998), más conocido como Pol Pot, dirigente de los Jémeres Rojos.

Consecuentemente, la predisposición en los últimos tiempos es a la estabilidad. No es que haya más democracias, pero tampoco, es menos cierto, que nos encaminemos a un universo democrático. Elocuentemente no decaemos, pero seguimos estando en cotas imperceptibles con visos de extremados populismos. Y es que, infinidad de corrientes autoritarias se enfatizan, pero no bulle una apuesta integral por el autoritarismo.  

Siendo preciso incidir, que en una época en la que los dictadores o regímenes de un único partido y promotores golpistas, exigen el favor soberano con la evasiva de la falacia totalitaria, el término ‘democracia’, aun siéndonos familiar, la conceptuación que atesora no es adecuadamente comprendida en su dimensión.

A pesar de todo, el espíritu incansable abanderado por la tesis democrática, prevalece en un relato dilatado y turbio que se perpetúa al prosperar en sus constantes vitales y abrir brechas inimaginables, contra toda opresión y servidumbres.

Quienes tienen el patrimonio de aferrarse a una sociedad demócrata son los verdaderos garantes de su libertad, porque el éxito de los valores democráticos descansa, en la medida en que se plasmen sin complejos los ideales expuestos que nos arrastra a los derechos inalienables de la dignidad intrínseca de la mujer y del hombre.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 15/I/2020.

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