Desde que los pensamientos ilustrados irrumpieran en los círculos intelectuales de Europa y América, cuantiosos movimientos historiográficos y políticos han descifrado el transito del tiempo como una conquista hacia la prosperidad.

En paralelo, la historia de la raza humana podría desentrañarse como un combate impertérrito por la adquisición de progreso, bienestar y libertades; frecuentemente, logrado con éxito. De ahí, que siglos atrás la amplia totalidad de las urbes vivieran bajo sistemas políticos intransigentes y en circunstancias deplorables.

Sin embargo, existe un indicador de primer orden que tiende a reforzar el enfoque global de la crónica universal. Me refiero, a las formas de gobiernos influyentes en los prolegómenos del siglo XIX. Mismamente, si en el presente la inmensa mayoría de personas conviven en regímenes democráticos que garantizan los mínimos derechos, hace dos centurias, esto era algo inalcanzable.

La consecuencia es módicamente asombrosa, porque la Revolución Francesa (5/V/1789-9/XI/1799) enardeció una cadena de innovaciones estructurales en todo el viejo continente.

Desde su primera conquista y posterior fiasco, los intereses políticos de los agitadores e insurgentes transitaban por socavar las raíces del ‘Antiguo Régimen’; una expresión que los sublevados franceses emplearon para señalar peyorativamente al sistema de gobierno precedente. Así, palabras como “derechos”, “democracia” y “libertades” comenzaron a glosar las constituciones, tratados ideológicos, revueltas y rebeliones.

Lo cierto es, que pocos dieron fruto y tan sólo en los inicios del siglo XX, un exiguo elenco de estados ratificaron el sufragio universal, entre ellos, en el año 1890, se hallaba España.

Las dos Guerras Mundiales y la consumación del colonialismo allanaron el camino para que las dictaduras y autocracias fueran sucumbiendo. Evidentemente, a día de hoy, continúan irrumpiendo con sus tentáculos aplastantes. La más notoria, es la que atañe a la República Popular de China, donde cuatro de cada cinco individuos viven sometidos a un régimen político intolerante. O la República Islámica de Irán, que, junto a otras democracias autoritarias, durante las últimas décadas ha aflorado en Europa.

Desechado el raciocinio dual de la Guerra Fría (1947-1991) y en una esfera geopolítica más poliédrica, apenas existen muestras exactas de democracias íntegras y dictaduras impecables. Al margen de las comparaciones que pudiesen desenmascararse, los regímenes democráticos parecen haber ganado protagonismo.

En este momento, el 56% de la aldea global reside en alguno de ellos, predominando a finales de los noventa. E incluso, hasta un 20% permanece en regímenes mixtos, donde conjuntamente se articulan componentes de la democracia y de las administraciones autoritarias. Y, por si fuese poco, un 23% habita en naciones donde los mecanismos más abusivos de un sistema, subyacen sobre el resto.

O séase, en dictaduras.

Con estos mimbres, confrontada la posición de hace doscientos años, la silueta que se contornea corresponde a la de un planeta del todo diferente. Las colonias se han eclipsado (o se han transformado en partes secundarias y aún en discusión, como Gibraltar), cuando en 1816 acogían al 38% de la población total. Las autocracias, extinguidas tras la Primera Guerra Mundial, anteriormente llamada la Gran Guerra (28/VII/1914-11/XI/1918) y reemplazadas por regímenes autoritarios con obvias libertades, dispusieron en los años treinta de una segunda juventud.

Su destrucción irrevocable en la Segunda Guerra Mundial (1/IX/1939-2/IX/1945), posibilitó la vía para que, gradualmente, las democracias primasen sobre el espectro de fórmulas políticas.

Un punto de vista progresista confirmaría en afirmar que desde entonces, el mundo marcha más acorde en muchísimos aspectos. Si, además, esta aseveración se propone con actitud pragmática, se vislumbran realidades como la violencia, la pobreza, el autoritarismo o la regresión, que continuamente están ahí y que de ningún modo se darán por eliminadas.

A ello hay que añadir, que las coyunturas que en los últimos tiempos se han desencadenado, indican empíricamente un fuerte retroceso de las democracias, haciéndose visible el cerco al Estado de Derecho, a la justicia y a las instituciones independientes, que con la artimaña de consultas populares, la democracia en sí, acaba desmoronándose.

Sin soslayarse, el naufragio de las fuerzas de centro, el acorralamiento a las minorías o la imposición sobre los medios de comunicación. Una decadencia y rotura a grandes rasgos en los valores democráticos, en el que se hayan sumidos unos cuantos estados europeos como Turquía, Polonia y Hungría.

Bien apreciable, es el delicado estado de salud que reflejan algunas democracias de nuestro entorno, como el músculo que en contraposición exhiben las autocracias. En la teoría, el impulso económico tendría que forjar clases medias formadas que nos trasladaran a espacios más democráticos. Pero, en la práctica, las dictaduras demuestran una extraordinaria destreza para resistir a los cambios.

Véanse como ejemplos los argumentos que patentizan Rusia, China e Irán, hasta convertirse en los espejos de dictaduras, llamémosle, “casi perfectas”. Depurando sus capacidades de control social y palpando el refinamiento en sus decisiones despóticas, arbitrarias y por momentos, avasalladoras.

De hecho, a cal y canto obstruyen a las Organizaciones no Gubernamentales y activistas extranjeros, incomunicando la entrada a contenidos comprometidos en la red de redes. Como, de la misma manera, acomodando los amplios medios para la propaganda y el adoctrinamiento.

Tampoco es menos, el rastreo verificado en las redes sociales y la cibervigilancia, que facilita la desactivación de grupos opositores, con anterioridad a que pudiesen ser una amenaza. Si casualmente así lo fuese, inmediatamente contrarrestan los brotes espontáneos derivados del clamor popular habidos en las calles.

Con lo cual, la compensación adecuada para la persistencia y continuidad de las dictaduras, se obtiene armonizando una elevada legitimación apoyada en la ideología o en los resultados, con una simplificación de la represión y un nivel intermedio de cooptación; un procedimiento clave para el sustento de la legalidad estatal. En otras palabras, una herramienta política que se antepone a los paradigmas sobre la descentralización, autonomía y participación de la comunidad.

A grandes luces, como ya se ha citado, son diversos los gobiernos que desafían la partición binaria entre democracia y dictadura, empleándose a fondo para alcanzar una conjunción entre dichos elementos y avalar la estabilidad.

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Ahondando en la esencia que me lleva a fundamentar este pasaje, la tercera y extendida ola democratizadora que aconteció en las postrimerías del siglo XX con el desplome del Imperio Soviético, alteró las condiciones nacionales e internacionales de dominio político. Con la peculiaridad de las corrientes islámicas, que en algunos lugares se radicalizaron y, con ello, un sinnúmero de tradiciones ideológicas acabó eclipsándose.

La globalización económica y comunicacional y el cierre hermético-autocrático de las áreas de influencia política, se tradujeron en una ficción incongruente que apelaba las consignas de la libertad, los derechos humanos y el apoyo político de los ciudadanos.

Paulatinamente, aparecieron otros aires de potestad autocráticos, académicamente calificados como autoritarismos electorales, o lo que es igual, autocracias con elecciones. Los plebiscitos se distinguieron por los realizados en el bloque socialista de la Europa del Este: con los comunistas en lo más alto, las votaciones alcanzaron el 99% del electorado y sus partidos aliados consiguieron idénticos porcentajes de los votos.

Pero, hoy, nadie pone en duda, que confluyen entresijos de manipulación, como enredos y engaños, porque las elecciones presentes brindan a la oposición una clara posibilidad de movilización, establecimiento de alianzas y la construcción de un marco de opinión pública en las vertientes nacional e internacional.

En el siglo de ahora, la ambición imperativa de suscitar aparentes trazados de democracia, forman una espiral de arrogantes legitimidades hacia dentro y fuera, que comporta serias dificultades para quienes detentan el poder. La divisoria de debilidades y fortalezas entre los patrones de dictadura y democracia son cada vez menos nítidos.

Luego, ante la Rusia de Vladímir Vladímirovich Putin (1952-67 años); o la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan (1954-65 años), o las situaciones reales de Ucrania, Venezuela, Filipinas y Singapur, no más lejos de cualquier controversia encubierta, interesaría preguntarse: ¿estaríamos refiriéndonos a autocracias, o más bien, a democracias defectuosas?

En los últimos lustros se ha tratado con minuciosidad este complejo dilema, tratando de eludir las tipologías galopantes y ubicando los regímenes recientes, sobre un eje métrico que sistematice los ideales de democracia sustentados en el Estado de Derecho y, por otro, la dictadura sin fisuras.

Muchos de estos sistemas políticos resisten en una extensión intermedia y se clasifican desde el ámbito universitario como “regímenes de la zona gris”, que, análogamente, se subdividen en ‘sistemas híbridos’ como Rusia, o en ‘democraduras’ en Venezuela o ‘democracias defectuosas’ como en Hungría.

El equilibrio de estos países, ha sido superior del que se les ha atribuido, ya que en los trechos transitados no encajan en dictaduras impenetrables ni en democracias accesibles, conviniendo desde hace años su propia estabilización; sin olvidarnos, de la receptividad en la composición histórica y política que gravita.

El exclusivismo que, a día de hoy revelan Putin, Erdoğan o Viktor Orbán (1963-56 años), este último, como primer ministro de Hungría, les hace disponer de más aceptación electora o del procuremos una democracia con Estado de Derecho, como la canciller Angela Dorothea Merkel (1954-65 años), o del presidente de Francia Enmanuel Jean-Michel Fréderic Macron (1977-42 años), se interpretan como parte de un puzle posmoderno que compete a estilos de autoridades específicas a escala general.

Si se fraccionan los sistemas políticos en tres variedades, o séase en autocracias, regímenes híbridos y democracias, se reconocerían respetivamente de entre doscientos estados, unas 65 democracias y 45 autocracias abiertas. La suma de las restantes, pasarían a ser regímenes híbridos con sus inestables peculiaridades.

Por tanto, es de enjuiciar: ¿cuál es realmente el contrapeso de estos sistemas políticos para su sostenimiento?, o tal vez, ¿qué duración proyectan estas dictaduras para implementar sus inquietantes intenciones?

En la práctica, los sistemas democráticos han sido los más sólidos, seguidos de las dictaduras y posteriormente, las variantes híbridas. De un análisis cristalizado por el Centro de Investigación de Ciencias Sociales de Berlín, por sus siglas en alemán, WZB, se desprende que, en las dictaduras que engloban las modalidades híbridas, su consolidación se asienta en tres pilares: la legitimación, la represión y la cooptación.

Primero, la legitimación se alimenta de dos precedentes, uno que se supedita a lo normativo-ideológico, y por otro, el que se refiere a los desenlaces acaecidos: el nacionalismo, el antiliberalismo o el antiparlamentarismo, a los que le siguen el racismo y los anacrónicos mandatos salvadores de signo religioso.

Sin inmiscuirse, que, en los epílogos del siglo XXI, las convicciones comunistas y fascistas han disipado su capacidad de inducción. Posiblemente, haya que subrayar las diferenciaciones de un islamismo político fundamentalista, que está cualificado para implantar un intenso compromiso imaginativo entre sus incondicionales.

Pero, dado que estas inclinaciones han condicionado sustancialmente los derechos humanos fundamentales para obtener sus demandas de influjo, sus orígenes de legitimación defendidas en la promesa de salvación que absorbe al mundo, intimidan con empobrecerse en el contexto represivo.

Como derivación de este desgaste preceptivo, los regímenes dictatoriales penden necesariamente de su balance en lo que afecta a la economía, seguridad y orden; aunque, una reforma económica y social excesivamente acelerada, entrañaría un peligro para las autocracias.

Certeza que se hace notar, porque de este avance intermitente resultan capas medias, o se disponen nuevos recursos humanos, aumenta la formación, se desenvuelve la sociedad civil y emergen discursos que postulan más implicación política.

Segundo, las autocracias se apuntalan en la represión más cruel, pudiéndose acoger a distintas hechuras y rigores. Sugiriendo la prohibición de los derechos políticos como la libertad de reunión, expresión, prensa o extenuando los derechos humanos, como el derecho a la vida y su protección.

Ante una hipotética coacción al statu quo, las élites opresoras repelen con más tosquedad, sin someterse a ningún tipo de limitaciones y con la facultad de promulgar y modificar las leyes a su libre albedrío.

En tales casos, la disminución de legitimidad es aguda, porque la acentuación de la represión agranda el peso intimidatorio, pero, a la par, acorta los valores democráticos como base del cambio social y con ella, el beneplácito del pueblo.

Tercero, mediante la cooptación, los sectores autocráticos percuten ingeniosamente, para que gentes influyentes dispuestas por fuera del propio núcleo, acaben implicándose con la intolerancia de la dictadura.

Habitualmente, estos sujetos proceden de parcelas económicas, o acaso, del dispositivo de seguridad o de la órbita militar. A cambio de su traición disfrazada de lealtad, aceptan puestos, prerrogativas políticas, distinciones y asignaciones monetarias. Por antonomasia, los instrumentos manejados se enturbian hábilmente con el soborno, el clientelismo y las redes patrimoniales.

Comúnmente, quienes residen en democracia identifican a las dictaduras con la represión, o al atropello de los derechos humanos, la pobreza y las turbulencias tiránicas.

Recuérdese al respecto, que estos métodos de gobiernos despiadados han sepultado a infinidad de personas, abarcando los cuarenta y nueve millones de rusos que perecieron a manos del régimen de Iósif Stalin (1878-1953), o los más de tres millones de camboyanos que murieron atrozmente durante la convulsión de Saloth Sar (1925-1998), más conocido como Pol Pot, dirigente de los Jémeres Rojos.

Consecuentemente, la predisposición en los últimos tiempos es a la estabilidad. No es que haya más democracias, pero tampoco, es menos cierto, que nos encaminemos a un universo democrático. Elocuentemente no decaemos, pero seguimos estando en cotas imperceptibles con visos de extremados populismos. Y es que, infinidad de corrientes autoritarias se enfatizan, pero no bulle una apuesta integral por el autoritarismo.  

Siendo preciso incidir, que en una época en la que los dictadores o regímenes de un único partido y promotores golpistas, exigen el favor soberano con la evasiva de la falacia totalitaria, el término ‘democracia’, aun siéndonos familiar, la conceptuación que atesora no es adecuadamente comprendida en su dimensión.

A pesar de todo, el espíritu incansable abanderado por la tesis democrática, prevalece en un relato dilatado y turbio que se perpetúa al prosperar en sus constantes vitales y abrir brechas inimaginables, contra toda opresión y servidumbres.

Quienes tienen el patrimonio de aferrarse a una sociedad demócrata son los verdaderos garantes de su libertad, porque el éxito de los valores democráticos descansa, en la medida en que se plasmen sin complejos los ideales expuestos que nos arrastra a los derechos inalienables de la dignidad intrínseca de la mujer y del hombre.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 15/I/2020.

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