Lamentablemente, el 25 de mayo de 2020 se ha convertido en otro de los iconos tenebrosos que manchan esta trágica historia con un nombre propio, George Floyd, muerto por un policía mientras le oprimía con su rodilla el cuello para inmovilizarlo: no pudiendo coger aire y en su desesperación final llamó a su madre.

Minutos más tarde, aparecía un vídeo desgarrador en el que se contemplaría al afroamericano no oponiendo la menor resistencia al arresto; confirmándose una vez más, el abuso de poder y la violencia racial. Posteriormente, el médico forense Andrew Baker, ratificaba que el crimen vino derivado de la “sumisión, restricción y comprensión del cuello”, cuando brutalmente era trabado por el agente Derek Chauvin.

Al hilo de lo expuesto, el SARS-CoV-2 continúa inexorable como un mal epidemiológico que no da tregua, las escalofriantes imágenes cristalizadas hasta hacerse inmortales en el tiempo, persisten transitando en las redes sociales y, a su vez, milimétricamente se analizan y si cabe, con mayor indignación.  

Siguiendo la estela del pasaje que antecede a este texto y que aborda el espejo distorsionado del racismo con sus prejuicios y el estigma de la primera potencia mundial, los hechos acontecidos en las últimas jornadas son muestras irrefutables que la discriminación se perpetúa inherente, si acaso, crónica, con sus traumas y facturas.

Ya, desde trechos inmemoriales con Abraham Lincoln (1809-1865), cientos de miles de ciudadanos y diversos movimientos sociales, dieron la batalla para enmendarlo y de una vez para siempre, excluirlo, pero sus resultados fueron infructuosos.

Los escenarios consecuentes e improcedentes de América, tan antiguos, como mismamente es su democracia, requieren de una interpretación para arrojar algo de luz a una cuestión enquistada que ha estallado como una sintomatología antirracista.

Desmenuzando el dietario de esta región, uno de los quebrantamientos más evidentes forman parte de la segregación. Los acontecimientos que le han acompañado en los últimos cuatro siglos, están interrelacionados de manera más o menos directa, con la esclavitud y el racismo.

Remontándonos al denominado ‘comercio triangular’, en el que las colonias británicas en América del Norte trasladaban a esclavos desde el continente africano para emplearlos como mano de obra barata en las plantaciones, hasta los derechos civiles promovido por Luther King y las efemérides más cercanas como el movimiento ‘Black Lives Matter’; todos, sin distinción, adquirieron como protagonista al racismo estructural.

El sendero para la adquisición de una igualdad plena, aunque únicamente se plasmase formalmente, era dilatada y enrevesada y en gran medida, EEUU, llegó a última hora a una materia que en otras latitudes del planeta, con creces había despuntado.

Bien entrados en el siglo XX, la población afroestadounidense no obtuvo derechos efectivos como la ciudadanía blanca. Un siglo transcurrió desde la Guerra de Sucesión (12-IV-1861/9-IV-1865) entre la Unión y los Estados Confederados, una batalla infernal de cuántas existieron y a cuya causa de tantas, residiría la abolición de la esclavitud.  

Si bien, a efectos legales difícilmente quedan glorias de aquel período, el muro infranqueable se resiste. La urbe afroestadounidense en similitud a otros grupos como la etnia blanca o hispana posee de media pésimos ingresos, considerable tasa de paro, abandono escolar prematuro y alta criminalidad. Dichas divergencias, se descifran en reclamos que demandan mejoras económicas y sociales para conseguir una igualdad efectiva. Ni tan siquiera la recalada de Barack Hussein Obama (1961-58 años) a la Casa Blanca, conjeturó un cambio radical, más allá del indudable simbolismo.

La disyunción racial desmembró a la ciudadanía blanca de la población negra y el alcance cualitativo no pudo ser otro, que una colectividad fragmentada en la que los negros constantemente eran excluidos e incluso agredidos y sitiados por individuos y organizaciones racistas.

Los hombres blancos premeditaban que los negros debían estar catalogados como seres inferiores y no merecían idénticos derechos. Este raciocinio siniestro procedía de la etapa antes mencionada de la esclavitud, en que los colonos europeos confiscaron a millones de personas en África para comercializarlas cautivas en el Nuevo Mundo.

En la horquilla de los siglos XVII y XIX, respectivamente, existieron millones de encadenados y vejados en las Américas. La revocación de la esclavitud se sancionó en 1863, pero numerosas personas blancas y administraciones persistían enquistadas en que los negros estaban por debajo.

De ahí, que los puestos públicos y las ocupaciones directivas estuviesen dispuestas para la gente blanca; toda vez, que los negros tenían que conformarse con las colocaciones más severas y exiguamente asalariadas. La convivencia de blancos y negros era ilusoria. Siendo impensable la relación como amigos y el trato de iguales. Y, ni mucho menos, los enlaces interraciales.

Las políticas de discriminación comprometían a conservar áreas independientes para blancos y negros, tales como colegios, establecimientos e incluso clínicas; todo era distinto. Los comedores y particulares que aceptaban a personas negras disponían de dos accesos, uno para el público blanco evitando cruzarse con los negros y el otro…

Para hacernos una idea del atropello segregacionista, había bares, cines y gimnasios estrictos para negros. Más aun, habiendo fuentes de agua para blancos y negros, se impedía el contacto físico, como si nos estuviésemos refiriendo a una enfermedad infecciosa. En los autobuses de transporte público, a los negros se les situaba en los asientos finales para quedar al margen de la clase superior.

Recuérdese la anécdota de Rosa Parks (1913-2005), registrada al nacer con el nombre Rosa Louise McCauley Parkd, una mujer negra que no permitió ceder su asiento en el autobús, es uno de los episodios más alegóricos de la lucha por los derechos civiles de los negros. Lo acaecido a posteriori, ya es conocido: no se tardaría en detenerla y conducirla a la comisaría por su acción de alzamiento, ante unas prescripciones que se reconocían ilegales.

El contexto se auspiciaba atormentado en el Sur de Estados Unidos, porque arrastraba una larga tradición con los ‘Estados esclavistas’. En Arkansas, Georgia, Mississippi y Alabama, el censo poblacional negro era multitudinario, pero hostigado por dictámenes prejuiciosos y grupos vehementes como el ‘Klu Klux Klan’, una asociación racista de extrema derecha que contaba con la confabulación de las autoridades.

En la década de los 50 y 60, en el resto de naciones imperaban empresas con recursos humanos negros y escuelas mixtas. No obstante, en el Sur, el paralelismo racial era más peliagudo de conquistar; precisamente, en este lugar la comunidad negra emprendió más protestas y manifestaciones con los consiguientes enfrentamientos.

Actualmente, las revueltas se encaminan contra la irracionalidad y el salvajismo policial y el racismo hacia los negros, que es el lastre del Estado imperialista. O lo que es lo mismo, los asesinatos de afroamericanos, pero, asimismo, como han expresado infinidad de voces, postulando los 300 años de supremacismo blanco y la clase dominante que hospeda en su ADN la esclavitud.

Las perturbaciones antirracistas y los derechos reivindicados por el movimiento negro, permanecen desde las últimas épocas como los procesos más explosivos en el entorno norteamericano, contraponiendo a la dirección demócrata y republicana. Tal como se ha implementado en las líneas que anteceden a este relato, en el gobierno de Donald Trump, el racismo se ha recrudecido a expensas de múltiples declaraciones de odio contra los afroamericanos.

Hoy, se recrudece con las repercusiones sanitarias del COVI-D19, donde los índices de decesos estremecen a los negros, pobres y otras minorías étnicas.

La terrorífica realidad que han de afrontar los afroamericanos, pone al descubierto la conducta racista del sistema político y de sus instituciones. Este colectivo es más propenso a ser asesinado por la policía tres veces más, que los blancos. Tras ellos, figuran los latinos convertidos en la segunda minoría que padece el ensañamiento en carne propia.

Allende a estos argumentos injustificados en cualesquiera de sus fórmulas, la discriminación sigue incrustada como una depravación inmutable, pero no obligatoriamente explícita: violencia, vejamen policial y más víctimas.

Así como la brecha salarial, la conciliación laboral o el llamado techo de cristal están pendientes de resolverse, la represión violenta a las comunidades afroamericanas encierran larga data. Porque, en el fondo el hervor de la violencia no es algo novedoso, siguen cometiéndose demasiadas muertes con el punto de mira dirigido a esta población.

En la otra cara de una misma moneda, las instituciones policiales americanas desmienten con rotundidad que subsista una discriminación metódica. Caso contrario, ocurre con quienes preconizan los derechos de los afroamericanos, que legítimamente lo ratifican como algo persistente, porque raramente los agentes se desenvuelven con el mismo tono, si el detenido es blanco.

Luego, el hervidero de acusaciones y reproches flanqueados con tumultos que por doquier circulan, exigen una respuesta inmediata de Trump. Inexcusablemente, estas pasan por una gestión proporcionada de las medidas para devolver el orden catapultado, puesto que siendo una coyuntura a largo plazo, es imperativo disponer de unos mecanismos apropiados que valgan para simplificar con eficiencia los abusos, que con asiduidad perturban a los afroamericanos.

En vez de eso, Trump no se ha separado de su consabida maniobra para buscar a un contendiente, al objeto de eximirse ágilmente ante cualquier contrariedad que se manifieste. Vagamente, a tener altura de miras y discernir que las palabras declaradas no son las más acertadas de un ciudadano más, el mandatario, con anterioridad a reconocer la raíz de la dificultad, ha rastreado posibles responsables prácticamente en cualquier esfera.

Sin complejos, el presidente estadounidense ha culpabilizado a los gobernadores por no dominar las movilizaciones, culpando a la extrema izquierda de estar detrás de las revueltas. E incluso, ha advertido a los manifestantes reunidos ante la Casa Blanca, aseverando literalmente que si atravesaban las vallas, los abordaría con “los perros más feroces y las armas más siniestras”.

Ahora, todo menos enfrentarse a la crueldad policial, ha llevado a que millones de estadounidenses perciban a los uniformados, no como servidores de la sociedad en sí, sino como una provocación. El goteo continuo de defunciones a merced de policías en su proceso de detención o identificación es tan extendido en el tiempo, que resultaría incauto referirse a lances aislados.

En las últimas horas, miles de condenas se han propagado a 650 lugares estratégicos de 50 Estados del país y han franqueado los confines más distantes: decenas de miles de personas han caminado por zonas neurálgicas de Australia, Reino Unido, Francia o Canadá, para dar voz a la arbitrariedad policial fusionada con el racismo.

Entre los cientos de carteles, anuncios y proclamas que se unen a las banderas aborígenes, se dejan ver lemas como: “detengan las muertes bajo custodia policial”; “el silencio blanco es violencia”; “el racismo es una pandemia”, etc. Clamores articulados a una exclamación común con sentimientos denodados, apelando la justicia de los muchos sacrificados, así como aquellos afroamericanas que inicuamente se marcharon a manos de la policía.

Finalmente, George Floyd se había contagiado del virus, además, le habían despedido del trabajo por motivos de la situación epidémica y como es sabido, atrozmente perdió la vida. La semblanza de este hombre agonizante ha dado la vuelta al mundo y se eclipsa entre los árboles, que no dejan vislumbrar lo que en EEUU entraña ser negro.

Transcurridos cincuenta años del crepúsculo de las leyes de segregación, más de ciento cincuenta años desde la abolición de la esclavitud y tomadas acotaciones tan emblemáticas, como la de un presidente afroamericano, blancos y negros no comparten una misma aldea global y en reiteradas ocasiones, en la Tierra no residen por igual.

Los primeros, se resisten a quedarse en la retaguardia, siempre en la vanguardia, gozando de una mejor salud y más aspiraciones, con menos posibilidades de terminar en el suelo inmovilizado y rodeado por agentes de la policía, como violentamente actuaron con George Floyd.

Su nombre, no será el que cierre la larga relación de otros tantos homicidios inexplicables a la sombra de la infamia; la obcecación racista que perdura en el consciente e inconsciente, un prototipo de segregación que solapadamente se alimenta con el veneno del supremacismo blanco.

En consecuencia, es intolerante que las instituciones que han de cuidar con meticulosidad la consumación valiosa de los Derechos Humanos, abreviado, DH y del principio de no discriminación, sean justamente las que realizan estas barbaries.

Por eso, es necesario hacer un llamamiento al campo en el que se oxigena la resolución de los conflictos generados por la criminalidad americana, para que se afiance una investigación rápida e imparcial de este asesinato, que otorgue acceder a la justicia, verdad, reparación y no repetición. Realmente, es alarmante la réplica exaltada e iracunda de Trump; porque las autoridades políticas en su condición de defensores de los derechos inalienables, no desempeñan su compromiso para acometer esta lacra proveniente del racismo.

Lo sucedido recientemente y que ha prendido la mecha de la consternación, tendría que ayudarnos para recapacitar en las tesis sobre el ‘racismo’, ‘xenofobia’, ‘afrofobia’, ‘islamofobia’, etc., que sin ir más lejos, se inocula en España.

¡No nos traicionemos a nuestros principios! Somos conscientes que el calado esparcido contra las personas que no son blancas, no es el que se desarrolla en tierras americanas, pero, es indiscutible que confluye un racismo estructural en los espacios de la sociedad que menos nos imaginamos.

Sobraría resumir para vergüenza de la raza humana: la denegación de bienes y servicios fundamentado en el color de la piel; o las políticas arrogantes de control migratorio contradictorias; soflamas de aborrecimiento prejuicioso en redes sociales; malas praxis policiales como la inercia de rasgos étnicos y raciales en las identidades; estigmatizaciones racistas en los medios de comunicación; afirmaciones segregacionistas, intransigentes o islamófobas de personas con cargos representativos, etc.

Cada uno de estos indicativos a modo de variables intervinientes son el espejo aberrante en el que han de contemplarse las minorías raciales o étnicas, recrudecidas al combinarse con otros elementos como el género, que imposibilita la composición de la igualdad en derechos y deberes. Es crucial tomar conciencia de un racismo estructural y cultural, sutilmente arraigado y regulado, no sólo para inhibirse de practicarlo, sino igualmente, para contrarrestarlo dinámicamente.

Los españoles somos condescendientes y cada vez más evolucionados en el reconocimiento de los derechos, lo que ha conformado que prosperemos en las políticas de igualdad; pero, advertimos que no acaba de culminarse la interiorización en las formas de discriminación racial o étnica. Posicionándome que España es diversa, multirracial y multicultural, es inaceptable que en un Estado Social y Democrático de Derecho, el color de la piel u origen étnico, supediten el disfrute de los DH.

Para refutar las prolongaciones del racismo, se insta a una responsabilidad resuelta, osada y categórica del conjunto poblacional, así como del tejido empresarial, los medios de comunicación, las organizaciones del tercer sector y todas las instituciones públicas. Todas y todos, sin excepción.

En esta disyuntiva, lo primordial y con premura es la admisión de una Ley integral de igualdad de trato y no discriminación, que disponga de un régimen sancionador y autoridad independiente, dejando aproximarse a la justicia a las personas que padezcan cualquier expresión de racismo y discriminación.

Es incontrastable, que el salto en el camino que necesita España para vencer la discriminación racial o étnica, es mucho más recóndito que una metamorfosis legislativa, pero, sin duda, decididamente es un paso imprescindible.

En tanto, que esto no se proyecte y no se avalen los derechos en condiciones de igualdad, las constantes vitales de la calidad democrática del Estado español, proseguirá en entredicho y los derechos esenciales únicamente estarán a favor de quiénes se aferran al gremio mayoritario.

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Foto: National Geographic de fecha 9/VI/2020

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