Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria y Domingo de Soto: Los Derechos Humanos de los indios y el resultado de la conquista de América

Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria y Domingo de Soto: Los Derechos Humanos de los indios y el resultado de la conquista de América

En este trabajo se examina el pensamiento de tres dominicos ilustres: Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, en relación con la conquista de América y el trato a los indígenas. En este sentido se comparan los puntos de vista coincidentes y las diferencias existentes entre los tres teólogos, y se critican las tergiversaciones realizadas por el Padre Juan Ginés de Sepúlveda, aristotélico y seguidor de Nicolás Maquiavelo, durante su famosa disputa con el Padre Las Casas durante la Junta de Valladolid en 1550, al citar el pensamiento de Vitoria en relación con los indios de forma parcializada. Se concluye que los tres grandes pensadores coincidieron en la defensa y reconocimiento de los derechos humanos de los indios, aspecto de vital importancia que por primera vez en la historia humana, estuvo presente en la colonización española de América. Y se termina con una reflexión de la obra de España en el Nuevo Mundo, empeño singular que no justifica errores ni desafueros.


Las Casas y el Maestro Vitoria

¿Se vieron? ¿Dialogaron alguna vez cara a cara Bartolomé de Las Casas y el Maestro Vitoria? La respuesta hasta ahora viene siendo negativa. Los dos fueron contemporáneos y ambos eran célebres en la España de su tiempo: Las Casas como promotor sin rival de la liberación de los indios de las manos de los conquistadores y encomenderos; Vitoria como creador de una escuela y de un movimiento en pro de los derechos de los individuos y de los pueblos contra la opresión de los gobiernos y de sus leyes.

Verdad es que Las Casas cita varias veces a Vitoria en sus escritos, pero de Vitoria no sabemos que haya hecho alusión alguna a Las Casas. Cuando se reflexiona sobre el pensamiento internacionalista de Francisco de Vitoria, recojo y se examinan las diversas veces que Bartolomé de Las Casas cita a Francisco de Vitoria, se llega a la conclusión de que Bartolomé admiraba al docto Maestro dominico. Siempre hay elogios del Defensor de los Indios sobre el gran sabio salmantino, calificándole de “el doctísimo Maestro”, “el doctísimo varón”, y cuando habla de Vitoria y de Soto dice que son “los doctísimos” y además los califica como “maestros religiosos de clarísimos ingenios”.

En la Apología contra Juan Ginés de Sepúlveda se permite Las Casas discrepar de Vitoria, pero salvando cuidadosamente la autoridad del catedrático salmantino, disculpándole de lo que le parece falso y acentuando el sentido condicional de las proposiciones vitorianas. Resulta que en las famosas disputas de Valladolid de 1550-1551, Juan Ginés de Sepúlveda aduce la autoridad de Francisco de Vitoria a favor de la licitud y justicia de la guerra de los españoles contra los indios.

Sin vacilación y con valentía Bartolomé de Las Casas recoge el guante y analiza los textos de Vitoria en su Relección sobre los Indios. Ironiza Las Casas con el atrevimiento de Sepúlveda, cuando dice éste que Vitoria aprobó la guerra contra los naturales de América, aunque con argumentos más débiles que los suyos. Analiza Las Casas las dos partes de la relección vitoriana. Está plenamente de acuerdo con la primera donde “refuta los siete títulos por los que la guerra puede parecer justa”.

De la segunda, en la que expone los llamados ocho “títulos legítimos”, el Padre Las Casas menciona dos cosas, que por una parte disculpan las expresiones más comprometidas de Francisco de Vitoria y por otra les conceden una interpretación moderada, que creo que es la correcta y la que mejor responde a esa “falta de pudor” y atrevimiento de Juan Ginés de Sepúlveda de citar en su apoyo a personas que “decididamente son opuestos a él”.

Esas dos cosas son:

a) en sus “títulos legítimos” Vitoria se ha dejado influir de “noticias falsísimas…, que le fueron comunicadas por esos salteadores (conquistadores y encomenderos), que sin miramiento alguno siembran la destrucción por todo aquel mundo”.

b) Vitoria expone sus conclusiones “en forma condicional”. Sólo si se dan esas condiciones podría hablarse de guerra justa por parte de los españoles. Ahora bien, dice Las Casas, como esas condiciones no se dan y esas “circunstancias” exigidas por Vitoria “son falsas” por lo que se refiere a los indios, no cabe la aplicación de la justicia de la guerra a nuestro caso.

Hay una cuestión importante en la que Las Casas y Vitoria están plenamente de acuerdo. Es la cuestión del método misionero. El catedrático salmantino fue muy consultado por los misioneros y por las autoridades civiles y religiosas sobre los problemas de Las Indias, lo que se analiza en detalle en las obras de Vitoria.

En un memorial de 1543, Las Casas ofrece al emperador Carlos V un resumen de sus exigencias en torno a la situación humillante de los indios. En él cita a Francisco de Vitoria en su favor sobre una discusión surgida en las Indias de carácter misional. Se trataba de la clase de preparación que era necesaria para la recepción del bautismo por los indios. La consulta dirigida al emperador y a su Consejo de Indias fue pasada a la facultad de teología de la universidad de Salamanca. El dictamen universitario es de 1541, y entre los firmantes se encuentran Francisco de Vitoria y Domingo de Soto. Aunque el punto principal era la exigencia de una suficiente instrucción sobre la fe y las costumbres cristianas para recibir el bautismo los adultos, se veía también la necesidad de cierta uniformidad en los métodos catequéticos, para no dar pie a los indios para pensar que eran diversas las religiones que profesaban los distintos grupos de misioneros.

                                                             
          Francisco de Vitoria

Las Casas y Domingo de Soto

Otro de los personajes de este triálogo es Domingo de Soto. Domingo de Soto se relacionó y pudo convivir con el Maestro Francisco de Vitoria, y discutió, convivió e intercambió cartas con Bartolomé de Las Casas. Soto, pues, se encuentra en el centro, y, aunque el triálogo parece flaquear por uno de sus lados, Domingo de Soto se esforzará por suplirlo por el otro.

Francisco de Vitoria en la relección Sobre los Indios ha estudiado en primer lugar los títulos del poder universal del emperador y del papa sobre todo el orbe, considerándolos como nulos para explicar un justo dominio de España sobe Las Indias. Eso mismo ha hecho Domingo de Soto; ha estirado todo lo más posible las potestades imperiales y papales, y se niega a reconocer bajo ningún concepto que los brazos de ambos poderes, por muy largos que se los suponga, puedan tocar jurisdiccionalmente al Nuevo Mundo.

Domingo de Soto en la relección Sobre el dominio se hace netamente la pregunta, y le da sin 

más una respuesta rápida y, para nosotros, sorprendente. He aquí el texto: “¿con qué derecho retenemos el imperio ultramarino poco ha descubierto? En verdad yo no lo sé”. Nos sorprende la sencillez y el humilde reconocimiento de su nulidad ante el problema en un maestro de tan reconocido prestigio, que parecería debería tener respuesta para todo. El verdadero sabio es también humilde, porque sabe que no debe enseñar como verdad lo que no está bien comprobado.

Trece años más tarde, cuando ya se había pronunciado Francisco de Vitoria abiertamente sobre estos temas en sus relecciones americanistas y corrían éstas manuscritas entre sus discípulos, da la impresión de que Domingo de Soto sigue con dudas importantes sobre el particular. Bartolomé de las Casas escribe a nuestro teólogo una carta hacia 1548, para que favorezca sus proposiciones indigenistas ante la corte.

En esta carta podemos apreciar la serena prudencia de un sabio, característica de nuestro teólogo. Dice ahí que Soto le ha escrito varias veces y que le ha manifestado que no sabe qué responder definitivamente a esos problemas, porque las noticias que llegaban de allende los mares eran muy distintas y contrarias unas a otras. Las Casas le advierte que hay un criterio para discernir la verdad de la mentira en esas manifestaciones. Ese criterio es el interés o desinterés de los informadores. Los que tienen sus riquezas fundadas en el abuso de los indios, robándoles y sirviéndose de ellos como esclavos, ésos dan informes favorables a la encomienda y desfavorables sobre la capacidad y las cualidades de los indios.

Los misioneros, los varones verdaderamente apostólicos, los que no buscan enriquecerse a costa de crímenes e injusticias, los verdaderamente desinteresados, ésos dicen la verdad. Fray Bartolomé de Las Casas habla de otras cartas de misioneros dominicos enviadas por él a Domingo de Soto. Son cartas de los misioneros, que el propio Las Casas se

 llevó consigo de Salamanca en 1544. Esos documentos –le dice el Defensor de los Indios a Soto- deben ser un testimonio de irrecusable valor para el teólogo del convento salmantino de San Esteban.

En realidad la solución está en dos cosas: que desaparezcan las conquistas y que desaparezcan las encomiendas. También Soto, a pesar de no ser tan impulsivo como Las Casas, participa de la necesidad de ese remedio, y lo hace con un lenguaje verdaderamente lascasiano: las encomiendas hay que cortarlas, dice, “como con un cuchillo”. Y así lo menciona fray Bartolomé, haciendo referencia a una carta de Soto:

Grande alegría rescibí con la merced de vuestra paternidad y esperanza muy grande de ver antes que me muera el fin de mis trabajos y deseos cumplidos por el remedio de aquellas ánimas, que sólo consiste en que Su Majestad provea dos cosas que, si yo sé algo de la ley de Cristo, es obligado a proveer de precepto divino. La una quitar aquel oprobio e infamia de la fe tan grande, que son las iniquísimas conquistas, y éstas no están quitadas, como luego diré. La segunda que su Majestad incorpore absolutamente en su corona real todos los indios vasallos, deshaciendo y aniquilando este repartimiento como con el cuchillo, que vuestra paternidad dice, y así todos aquellos tiranos los querrían, y que el rey quedase solo señor de los mismos”.

Vuelve Las Casas al final de este documento sobre la indecisión de Soto hasta lograr una información completa sobre la últimas guerras de Las Indias. Le había manifestado al Defensor de los Indios en carta que esperaba la llegada de don Pedro La Gasca o el envío de sus informes, que pensaba serían definitivos o suficientemente completos. Las Casas le quiere desengañar de antemano, advirtiéndole que la labor pacificadora de La Gasca es sin duda laudable; pero tampoco La Gasca es de fiar del todo. En sus actuaciones en las Indias hay muchas cosas que no son buenas ni justas. Los párrafos sobre La Gasca se los escribe a Soto en latín, para que no se escandalice el vulgo, si alcanza a leer esta carta. Por otra parte las notificaciones de Pedro La Gasca no pueden ser una “información plenaria”, pues no ha recorrido todas Las Indias.

“Información plenaria”. Domingo de Soto debió tardar todavía bastante en ver realizado su sueño. En efecto, dos años más tarde continuó nuestro teólogo en parecidas indecisiones. Lo vemos manifiestamente a propósito de las famosas disputas en las juntas de Valladolid de 1550 y 1551entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé  de Las Casas. Domingo de Soto fue uno de los teólogos asistentes y el encargado de resumir el contenido de esas discusiones.

El problema de de Soto no son las encomiendas. Sobre ellas tiene una posición adversa bien definida, pues escribía a Las Casas que debían “ser cortadas como con cuchillo”. El problema estaba en las guerras de conquista como medio para la evangelización. Domingo de Soto en su resumen de las disputas entre Sepúlveda y Las Casas advierte que fue ése en concreto el tema en que ambos controversistas centraron todas las discusiones. El Emperador sin embargo los había convocado para examinar el método mejor para convertir a los indios y reducirlos a la obediencia de España sin cometer injusticias, que dejaran intranquila la conciencia imperial.

Lo explica Soto en estos términos: “el punto que vuestras señorías, mercedes y paternidades pretenden aquí consultar, es, en general, inquirir e constituir la forma y leyes cómo nuestra santa fe católica se puede predicar e promulgar en aquel nuevo orbe que Dios nos ha descubierto, como más sea a su santo servicio, y examinar qué forma puede haber cómo quedasen aquellas gentes sujetas a la Majestad del emperador nuestro señor, sin lesión de su real conciencia, conforme a la bula de Alejandro.

“Empero estos señores proponentes no han tratado esta cosa así, en general y en forma de consulta; mas en particular han tratado y disputado esta cuestión, conviene a saber: si es lícito a su Majestad hacer guerra a aquellos indios antes de que se les predique la fe, para sujetallos a su imperio y que, después de sujetados, puedan más fácil y cómodamente ser enseñados y alumbrados por la doctrina evangélica del conocimiento de sus errores y de la verdad cristiana”.

Para Domingo de Soto la cuestión única es la evangelización. No trata aquí la cuestión del dominio en sí mismo de los reyes de España o del emperador, pues la sola razón de extender la jurisdicción no tiene en Soto justificación alguna. El fin exclusivo es la predicación del Evangelio; lo demás son sólo medios, buenos o malos, para la consecución de ese fin.

Juan Ginés de Sepúlveda defendía a este respecto que era necesario someter los indios al emperador, y, una vez sometidos, es cuando se los puede evangelizar. Si los indios no aceptan el vasallaje al rey de España, es necesario emplear la fuerza y todos los recursos de la guerra, que sean necesarios para conseguir la sumisión.

Para fray Bartolomé de Las Casas lo primero es la predicación, y, una vez convertidos, los reyes de España los admiten bajo su jurisdicción con algunos tributos razonables, pero sin quitarles a los indios sus bienes ni el dominio que tengan los jefes indios sobre sus tribus y pueblos. La predicación debe ser siempre pacífica, sin emplear la fuerza o la guerra.

Las Casas se niega a reconocer algún valor a la razón fundamental de Sepúlveda: que, después de vencidos los infieles y sometidos, se les predica con mayor eficacia la fe cristiana. La fe, responde el Defensor de los Indios, es sujeción del entendimiento y requiere buena voluntad hacia los que la predican, y esto es imposible conseguirlo por la guerra. Trae a este propósito muchos testimonios de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, para probar la necesidad del buen ejemplo en los predicadores, la bondad, la mansedumbre, la modestia. Ir con las armas en las manos es seguir, no el ejemplo y mandato de Jesucristo, sino el ejemplo y las leyes de Mahoma.

No vale para el obispo de Chiapas el subterfugio: nuestro fin no es introducirles la fe por la fuerza, sino que empleamos sólo la fuerza de las armas para dominarlos y predicarles. “Porque a la verdad –escribe Las Casas- no sólo es esto fuerza indirecta, sino inmediatamente directa, pues que dicen que en estas guerras se ha de tener intención de predicarles después la fe. Porque esto es engendralles primero miedo y fuerza para de temor reciban vanamente la fe. Porque, si unos ven los estragos, robos y muertes que sus vecinos padecen, por no padecer ellos mismos aquello, recibirán vanamente la fe, sin saber lo que reciben”.

Las Casas había señalado seis casos en los que la Iglesia, según los canonistas, podía hacer la guerra a los infieles, pero precisará con cuidado que ninguno de ellos es aplicable a los indios. Estos casos son los siguientes:

1º Si han ocupado violentamente tierras de cristianos.

2º “Si con pecados graves de idolatría, ensucian y contaminan nuestra fe, sacramentos, o templos o imágenes, y por ende mandó Constantino que no se permitiese a los gentiles tener ídolos donde los cristianos se pudiesen escandalizar”.

3º “Si blasfeman el nombre de Jesucristo o de los santos o de la Iglesia a sabiendas”.

4º Si a sabiendas impiden la predicación.

5º Si hacen ellos la guerra a los cristianos.

6º Para librar a los inocentes, aunque esto no es completamente obligado, porque la guerra traería un mal mayor, como es la muerte de un número más grande de inocentes.

Domingo de Soto no está muy conforme con todas las distinciones que hace el obispo de Chiapas para defender a los indios del Nuevo Mundo. Introduce por ello en este resumen de las disputas entre Las Casas y Sepúlveda algo de su pensamiento personal. Cree el profesor de la Universidad de Salamanca que el Defensor de los Indios se excede en sus argumentaciones, dando más libertad a los indios de la que les corresponde.

Si impiden la fe a sabiendas de lo que hacen, como los moros que ya tienen noticia de nuestra religión cristiana, es lícito declararles la guerra. Pero, si impiden la predicación, creyendo que los vamos a robar o matar como a enemigos, entonces no cabe la guerra justa. Esta distinción lascasiana es rechazada por Soto.

Otra distinción del Defensor de los Indios, que tampoco satisface a Domingo de Soto, es la siguiente: si son sólo los príncipes los que impiden la predicación, cabe la guerra justa. Pero, si es todo el pueblo el que no quiere escuchar, sino permanecer en su antigua religión, no hay posibilidad de justificar una contienda bélica.

El catedrático salmantino salta por encima de todas estas distinciones, para decir que existe un derecho plenamente fundado, que es el poder y la facultad otorgados por Jesucristo a todos los cristianos de predicar el Evangelio a todo el mundo, según las palabras recogidas por Mc 16, 15: id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Y comenta Soto: “por la cuales palabras parece que tenemos derecho de ir a predicar a todas las gentes, y amparar y defender a los predicadores con armas, si fuere menester, para que los dejen predicar”.

Las Casas establecía aquí una distinción. Este precepto evangélico no nos obliga a forzar a los gentiles a que nos oigan, sino sólo a predicarles, en el caso de que nos quieran oír. El catedrático salmantino cree que se equivoca el Defensor de los Indios en esta interpretación:

“y para advertir –dice- a vuestras señorías y mercedes, parece que el señor obispo (si no me engaño) se engañó en la equivocación. Porque otra cosa es que los podamos forzar a que nos dejen predicar, lo cual es opinión de muchos doctores; otra cosa es que los podamos compeler a que vengan a nuestros sermones, en lo cual no hay tanta apariencia [o claridad]. Y esto es lo que él allí trató, que no los podemos forzar a que nos oigan”.

En estas precisiones es donde está para Domingo de Soto el núcleo esencial del problema. La cuestión no es el fin de la predicación, que es un mandato de Jesucristo, con su fondo de derecho natural de la enseñanza de la verdad. El problema se plantea sobre el uso de la fuerza o la guerra como medio para conseguir ese fin:

¿Podemos forzar a los indios para que nos dejen predicar la palabra de Dios? Según muchos autores –contra el parecer de Bartolomé de Las Casas-, eso se puede hacer. Y Domingo de Soto está de acuerdo con esta respuesta afirmativa, en el sentido de poder quitar con la fuerza todos los obstáculos que se oponen a esa predicación.

Pero hay otra cuestión, otra pregunta muy relacionada con la anterior y cuya respuesta es más comprometida y difícil. La pregunta es la siguiente: ¿podemos forzar a los indios a venir a nuestra predicación? En esto, confiesa Soto, ya no hay tanta claridad: “no hay tanta apariencia”, dice literalmente.

Las Casas, sin embargo, consiguió probar entonces, utilizando cuatro razones, que no se puede forzar a los indios a que oigan a los predicadores. Al terminar el estudio de la cuarta de esas razones, fray Domingo de Soto, que consideraba que este detalle era muy importante, advirtió lo siguiente:

“este punto examinarse ha más después en esta sapientísima consulta”.

Es la interpretación de la frase evangélica de Lc 14, 34: fuérzalos a entrar (compelle intrare). Sobre esa frase discutirán algo más adelante; es la objeción segunda de Sepúlveda y la réplica segunda de Las Casas.

Se puede pensar que las dudas de Domingo de Soto no afectan a este problema. Desde su primera obra en que trata este asunto hasta la última pensó con Bartolomé de Las Casas que no se pude obligar por la fuerza a los indios a que oigan la predicación. Sus dudas, como hemos podido apreciar, afectan sólo a las causas inmediatas de las guerras de conquista. Por eso esperaba una información completa, que juzgamos que nunca llegó.

En lo referente a la predicación y a sus exigencias su pensamiento es constante desde su relección Sobre el dominio, en que por primera vez, en 1535, ofreció su parecer, y el Comentario al Cuarto Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, en el que trata este asunto por última vez, en 1557, tres años antes de su muerte.

Es una sola página la que dedica en la relección Sobre el dominio, de modo explícito, al tema del dominio español en el Nuevo Mundo, pero es una página digna de que se le dedique concentrada meditación, y es susceptible de un amplio comentario.

Francisco de Vitoria había hecho ya alusiones al tema en sus cartas y lecciones de clase. Estaría por entonces madurando, igual que Domingo de Soto, una posible solución. En el convento de San Esteban de Salamanca, con las cartas de sus misioneros de América en las manos, se comentaban entre los frailes los problemas de Las Indias, y se irían dibujando entre ellos diversas soluciones. El esbozo de Domingo de Soto parece tener como fondo los informes de los misioneros.

Nuestro teólogo comienza su argumentación recordándonos las palabras de Jesucristo, al despedirse de sus discípulos, momentos antes de su ascensión: “id; predicad el Evangelio a toda criatura”. Ya tenemos un derecho bien claro e impuesto como mandato grave: el derecho y la correspondiente obligación de predicar el Evangelio de Cristo en todos los lugares de la tierra. Parece haber aquí un título legítimo de nuestra presencia (de los españoles) en Las Indias. Pero es sólo un título de presencia para predicar; nunca será un título de apropiación de tierras o de pueblos, ni mucho menos un título de conquista por la fuerza o la violencia de las armas.

Domingo de Soto avanza con lentitud, como midiendo bien sus pasos en todo lo que dice. Una consecuencia del deber y del derecho de la predicación es el derecho de defenderse de aquéllos que impiden esa predicación. Es aquí donde caben los abusos. La avaricia, el afán de enriquecerse, puede buscar apoyo en este mero derecho de defensa, para la guerra y la apropiación de los bienes de los indios; Soto lo condena expresamente.

Para precisar mejor su pensamiento y cortar otra disculpa o posible fuente de abusos, recuerda los pasajes evangélicos de Mt 10, 3-23 y de Lc 9, 1-6: “os envío como ovejas en medio de lobos…; no toméis nada para el camino, ni báculo, ni alforja, ni pan, ni dinero…”. Y advierte el Señor a sus discípulos que, si en alguna población no los quieren recibir, no recurran a la violencia, sino que “basta con salir de aquel poblado y sacudirse el polvo de los pies en testimonio contra ellos”. La consecuencia es clara; no es lícito forzar a los indios a que vayan a oír a los misioneros, sino dejarlos y encomendar su causa al Dios de los cielos.

En el Comentario al Cuarto Libro de las Sentencias expresa esta misma doctrina mediante dos conclusiones, con sus correspondientes pruebas, clara y concisamente expuestas.

Primera conclusión: la Iglesia y cada creyente tienen el derecho divino y natural de promulgar el Evangelio por toda la tierra.

La prueba que hace referencia al derecho divino son los textos evangélicos ya citados. La prueba correspondiente al derecho natural es que todos los hombres tienen libertad y facultad “para enseñar a otros” (ius docendi) y persuadir sobre las normas del bien obrar.

Segunda conclusión: si alguno nos impidiere la predicación del Evangelio, con justicia podríamos responder a esa violencia con las armas, a no ser donde veamos por experiencia que eso origina escándalo e injuria de la fe.

Para una más fácil inteligencia de esta segunda conclusión, añade seguidamente esta nota: si un príncipe nos impide el ingreso en su territorio con la fuerza o encarcela a los predicadores, cuando van a sus pueblos a predicar, podemos rechazar esa fuerza con otra fuerza.

Las razones que da para probar la conclusión segunda son dos. La primera es que, actuando de esa forma, los mencionados jefes de los indios nos quitarían nuestro derecho afirmado en la primera conclusión.

Sin embargo –continúa arguyendo Soto- a los que no quieran oírnos, no los podemos obligar por la fuerza a que nos oigan. La razón no es otra que el derecho sólo nos permite predicar. Obligar a que nos oigan, sería como forzarlos a la fe, que es plenamente libre.

La segunda conclusión había exceptuado el caso de que se originara escándalo con nuestra actitud violenta con respecto a los que impiden la predicación. En efecto, si por esa guerra diésemos tal escándalo a los naturales que concibieran odio contra la fe, debería cesar esa guerra como un mal mayor.

Los 22 años que median entre las dos obras (De Dominio e In Quartum Sententiarum) no parecen haber cambiado sustancialmente la solución. La única posible diferencia es el deje de cierta inseguridad que manifiesta en la primera de las dos obras.

Al final de la exposición de su pensamiento americanista escribe en la relección De dominio: “no he dicho estas cosas para condenar todo cuanto se ha hecho entre los indios. Los juicios de Dios son insondables, y quizás quiere Dios convertir a tan numerosas gentes por una vía desconocida para nosotros”.

Tal vez Domingo de Soto se haya dado cuenta de que su doctrina no favorece en nada a los conquistadores y encomenderos de los indios en América, y ni siquiera al emperador y a los de su consejo, y haya querido curarse en salud con el texto citado en último lugar.

En el fragmento An liceat civitates infidelium seu gentilium expugnare ob idolatriam, que data de 1553, parece completar bajo algunos aspectos estas ideas. El texto, por no ser completo, no puede ofrecernos más que un servicio subsidiario. Niega primero que la idolatría, la sodomía u otros pecados contra la naturaleza sean motivo justo de intervenir con la fuerza. Sólo Dios en sus juicios insondables y los jefes de los indios son los jueces naturales. Mientras no se conviertan, la Iglesia no puede intervenir ni directa ni indirectamente sobre ellos.

El problema más serio para Domingo de Soto es la matanza de los inocentes para comer sus carnes. Son atrocidades que se oponen tanto al derecho natural que parece que éste postula necesariamente la intervención, incluso por la guerra, para obligar a los indios a cesar en esos crímenes.

Sin embargo la cuestión no se ve tan clara. En la parte de los sacrificios humanos se sabe que algunos se ofrecían voluntarios para ser inmolados a sus dioses y que ordinariamente las víctimas eran prisioneros de guerra condenados a morir, según sus leyes.

En lo que se refiere al otro hecho, de comer sus carnes, este crimen es un aspecto del pecado principal, que es la idolatría. Nuestra misión ante la idolatría y sus pecados afines o derivados es convencer a los indios de la verdad de nuestra fe y de la falsedad de la suya.

Incluso, aunque el pecado de los sacrificios de hombres inocentes se pudiera combatir con la guerra según el derecho natural, no es conveniente hacerlo. Jesucristo no quiere que se corte la cizaña mezclada en el campo con el trigo, pues se corre el peligro de que se arranquen las dos cosas. No se puede corregir un mal con otro mal mayor. Si por evitar la muerte de unos pocos inocentes, damos muerte por la guerra a un número considerablemente más grande, no debe emprenderse ésta.

El fragmento ofrece un pensamiento incompleto, pero no cabe duda que nos ofrece muy útiles consideraciones. La frase final es muy ilustrativa. Queda como cortada y como pidiendo cierta explicación, pero es un pensamiento que merece la pena transcribir. Dice simplemente: “sólo por el derecho divino podemos subyugar a los infieles”. Ni el derecho natural, ni el civil o humano-positivo dan base para apoderarse del dominio de los indios. El único derecho existente es el de la predicación, con las exigencias y condicionamientos que ésta conlleve.

Entonces la única justificación, el único derecho que tienen los españoles, de acuerdo con el pensamiento de De Soto, para dominar a los indígenas, es el derecho de predicarles el Evangelio. Las Casas, Vitoria y De Soto están de acuerdo en que son los misioneros quienes deben llevar la Palabra de Dios a los indios de América, y no los encomenderos. Los tres repelen la institución de las encomiendas. Desde el punto de vista teológico, los tres tienen dudas sobre el derecho que asistía a España.

No cabe duda de que los escrúpulos de los tres grandes pensadores dominicos, encabezados por Fray Bartolomé de las Casas con su prédica ardiente y su pluma incansable, cambiaron para mejorar la colonización y evangelización de América e introdujeron en ella el cristianismo a través del trabajo de los misioneros, de forma que por primera vez en la historia humana no se conquistó solamente con la espada, porque la Cruz de Jesucristo siempre estuvo presente.

Reflexiones sobre la colonización española de América

Fuera de las largas y meticulosas disquisiciones teológicas, los resultados de la colonización española en América demuestran que la vida de las gentes que vivían en el Nuevo Mundo cambió definitivamente después del choque de culturas y civilizaciones que es resultado de cualquier conquista. No se pretende con esto justificar abusos ni crímenes cometidos por encomenderos ni esclavistas. No se trata tampoco de explicar el pretendido saqueo de las riquezas americanas, porque los indios americanos no las utilizaban para vivir y esas riquezas no eran base de su economía ni de su sustento material. También es necesario dejar claro que desde los inicios de la colonización y la conquista, numerosos personajes de las dos grandes órdenes religiosas, dominicos y franciscanos, entre los que descuellan figuras del calibre de Antón de Montesinos, Pedro de Córdoba y sobre todo Bartolomé de las Casas entre los dominicos, y por los franciscanos destaca el Gran Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, quien nombró a Las Casas Protector Universal de los Indios, y muchos otros como Fray Francisco de San Román y el Comisario General Fray Cristóbal del Río, contrario a la esclavitud de los indios. Un violento memorial presentado a los jerónimos en los inicios de 1517 y escrito en latín, firmado por Fray Pedro de Córdoba y nueve dominicos más, así como por el franciscano Fray Remigio de Faulx y diez de sus compañeros, fue el primer documento enviado por un grupo de misioneros protestando por la esclavitud y explotación de los indios, y ese mismo año, y a fines de mayo del mismo año, otro informe, extenso y explosivo contra los encomenderos, fue enviado por tres franciscanos y once dominicos al Señor de Xevres, ministro de Carlos V. Ocho días después, el 4 de junio, los provinciales franciscano y dominico, con los frailes de las dos órdenes reunidos en sus respectivos capítulos, enviaron otro informe, y en 1519, el franciscano Fray Antonio Pedroso denunció la conducta de los encomenderos enviando informes a España y se entrevistó con las autoridades de Santo Domingo para denunciar los hechos.

Finalmente, la aparición de las Ordenanzas de 1542 prohibiendo la esclavitud de los indios demostró que el trabajo de los religiosos no había caído en saco roto y que los naturales de América quedaban bajo la protección de la Corona de España.

Si se mira desde lejos, desde la distancia de cinco siglos, el papel de España en el desarrollo de América, sería necesario concordar en que el resultado final de la hazaña comenzada por el Gran Almirante y continuada durante más de tres siglos por cientos de miles de españoles (misioneros, sacerdotes, prelados, militares, colonizadores, exploradores, marineros, comerciantes, artesanos, regidores, alcaldes, gobernadores, capitanes generales, virreyes) sostenida por el poder de 21 Reyes Católicos, desde Fernando de Aragón e Isabel de Castilla hasta Alfonso XIII, fue un continente cuyos países y pueblos están unidos por el uso del idioma español, con habitantes mayoritariamente cristianos y católicos, que mantienen numerosos usos, costumbres, leyes, valores y tradiciones en gran medida heredados de España, y forman una cultura cuya base fundamental es la cultura española en todos los órdenes de la existencia, al tiempo que residen en las ciudades que fundaron los españoles y aún estudian en las universidades y centros de altos estudios que sus antepasados hispanos erigieron.

¿Qué hizo España en América? ¿Cuál fue el tesoro que nos dejaron como herencia?

En apenas tres cuartos de siglo, los españoles dejaron para la posteridad el reconocimiento y exploración de las costas desde la Tierra de Fuego hasta el Canadá, que debe su nombre a que el capitán Esteban Gómez, cuando estaba explorando Terranova, escribió sobre el mapa indicando la inmensa extensión blanca de nieve y hielo que se extendía al oeste: ACÁ NADA, sin saber que estaba bautizando el inmenso país que es hoy Canadá; encontraron el estrecho de Magallanes que une el Atlántico con el Pacífico; completaron la circunnavegación del globo terráqueo gracias al viaje Magnífico de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano; realizaron el descubrimiento del Pacífico por Vasco Núñez de Balboa y construyeron los primeros astilleros en las costas de este océano; enviaron las primeras expediciones al Perú; documentaron los vientos y corrientes descubiertas por Andrés de Urdaneta para abrir desde Acapulco en México la ruta de Asia hasta las Filipinas; erigieron ciudades según el modelo europeo, vistieron a los indios; fundaron centenares de misiones y enviaron miles de abnegados frailes para convertir y civilizar a los naturales en el mayor empeño civilizador y cristianizador que recoge la historia del Mundo; crearon escuelas, iglesias, catedrales, audiencias, conventos, seminarios, universidades, caminos, puentes, acueductos, presas y carreteras; iniciaron la cultura del trabajo; implantaron la imprenta; acuñaron moneda propia; abrieron las primeras minas, aclimataron en el Nuevo Mundo la vid, el olivo, la naranja, el trigo, la cebada, la avena, la oveja, la vaca, el cerdo, el caballo y las aves de corral; trajeron las formas de conservación de las carnes y los cereales, y aportaron a Europa del pavo, la piña, el tabaco, la quinina, el cacao y la papa; implantaron la escritura, la literatura y el español como lengua universal del continente; escribieron los primeros libros y las primeras obras de teatro, dieron a conocer la rueda, las embarcaciones de vela, las aleaciones de metales; las fortalezas, castillos, astilleros y arsenales; y en general las construcciones de piedra; la industria de la minería; la pintura, la escultura, la arquitectura y la filosofía… todo ello revolucionó el comercio y se produjo, gracias a España, el nacimiento de un nuevo mercado gigantesco en América; revolucionando también al mismo tiempo la agricultura, el derecho de gentes, la cartografía, el arte de navegar y la historia de las religiones.

Hay más. Se supo qué había más allá de los mares, y la Tierra dejó de ser una incógnita. Se erradicaron el canibalismo y los sacrificios humanos que ensangrentaban y despoblaban América. Y una nueva cultura heredada de Grecia y de Roma, fundida y modelada en el crisol de España, hizo adelantar en 10,000 años el reloj de la historia, de forma que los primitivos habitantes de América transitaron en pocos años del Neolítico a la Edad Moderna, y sus antiguas y rudimentarias civilizaciones se fueron fusionando con la sangre y la rica cultura que llegó de Europa. Miles de misioneros, sacerdotes y prelados, estimulados por la urgencia y la necesidad de evangelizar a los indios, pasaron de España a América, muchos de ellos encontraron el martirio en tierras del Nuevo Mundo.

Pero España hizo más al proclamar, por medio de las Leyes Nuevas u Ordenanzas de 1542, la libertad de los indios en el Nuevo Mundo; y desde los primeros pasos de la colonización comenzó a erigir ese monumento jurídico que es la Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias para que el imperio de la ley normara la vida, los derechos y los deberes de los ciudadanos en el continente que acababa de nacer.

Es fascinante y magnífico considerar que antes de que transcurrieran tres cuartos de siglo del descubrimiento de Cristóbal Colón, se habían reconocido, explorado y cartografiado las tierras de América, y ya habían sido fundadas las capitales de las que hoy son naciones independientes de América, aparte de un numeroso muestrario de importantísimas ciudades: en 1496 Bartolomé Colón fundó Santo Domingo, en 1508 Juan Ponce de León erigió San Juan de Puerto Rico, Diego Velázquez fundó San Cristóbal de La Habana y Santiago de Cuba en 1514; Veracruz fue erigida por Hernán Cortés en 1519, y ese mismo año Gaspar de Espinoza fundó Panamá, luego Cortés fundó México, en 1521, sobre las ruinas de Tenochtitlán; Pedro de Alvarado, San Salvador en 1524 y la Antigua en Guatemala, 1527; Guadalajara surgió en 1533 gracias a Cristóbal de Oñate; y ese mismo año Pedro de Heredia echó las bases de Cartagena de Indias en Colombia; en 1534 Sebastián de Belalcázar erigió San Francisco de Quito en el Perú. En 1535 se fundaron Guayaquil en Ecuador, Lima y Trujillo en Perú y Buenos Aires en Argentina, y en 1536 Juan de Ayala fundó la Asunción de Paraguay, mientras que Gonzalo Jiménez de Quesada dio inicio a Santa Fe de Bogotá, Colombia, en 1537. En Chile, 1541, Pedro de Valdivia fundó Santiago, Concepción y La Serena, y Francisco de Montejo, en 1542, Santiago de los Caballeros de Mérida en Yucatán. Juan de Saavedra puso las bases de Valparaíso, Chile, en 1552; en 1567 Diego de Losada erigió Santiago de León de Caracas en Venezuela. Pedro Menéndez de Avilés fundó San Agustín de la Florida, primera ciudad de los Estados Unidos, en 1565; y Juan de Oñate la segunda, Santa Fe, en 1598; mientras que Jamestown fue fundada en Virginia en 1607 por los ingleses, cuando San Agustín llevaba 35 años de existencia; aunque se debe aclarar que Jamestown quedó destruida y abandonada en 1622.

Hubo más ciudades, muchas, que fundó España en América del Norte. El franciscano fray Antonio de Olivera echó los cimientos de la ciudad de San Antonio, Texas, en 1718, y es allí donde radica la Catedral Católica de San Fernando, primada de las Catedrales de los Estados Unidos. Tomás Sánchez fundó Laredo, en Texas, en 1755; y al llegar 1769, Gaspar de Portolá fundó un presidio y en junio de ese mismo año el gran misionero franciscano fray Junípero Serra bendijo una cruz al crear la Misión de San Diego de Alcalá, antepasada directa de la ciudad de San Diego de California. El explorador Juan Bautista de Anza puso las bases de San Francisco, 1776; y Felipe de Nieve, en 1781, erigió la de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles (Los Ángeles) también en California. Al cabo de diez años, en 1791, Alejandro Malaspina dejó la huella de España en Alaska cuando fundó Ciudad Valdéz, primera ciudad de este estado norteamericano. En 1542, la expedición de Ruy López de Villalobos descubrió el archipiélago de Hawai, el único estado de la Unión que se encuentra fuera del continente americano. No hay un pedazo de tierra de Estados Unidos, dentro o fuera de Estados Unidos, a donde no llegaran los españoles para reconocer el territorio y describir la geografía, los recursos y los habitantes.

Todo esto se conoce en los Estados Unidos. Numerosos historiadores lo han proclamado así, como lo afirman estas palabras:

«El honor de dar América al mundo pertenece a España; no solamente el honor del descubrimiento, sino el de una exploración que duró (…) siglos y que ninguna otra nación ha igualado en región alguna… no se nos ha enseñado a apreciar lo asombroso que ha sido el que una nación mereciese una parte tan grande del honor de descubrir América; y sin embargo, cuando lo estudiamos a fondo, es en extremo sorprendente.

Había un Viejo Mundo grande y civilizado: de repente se halló un Nuevo Mundo, el más importante y pasmoso descubrimiento que registran los anales de la Humanidad. Era lógico suponer que la magnitud de ese acontecimiento conmovería por igual la inteligencia de todas las naciones civilizadas… pero en realidad no fue así. Hablando en general, el espíritu de empresa de toda Europa se concentró en una nación, España, que no era por cierto la más rica o la más fuerte…

A una nación le cupo la gloria de descubrir y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglos… y esa nación fue España…

Porque creo que todo joven sajón-americano ama la justicia y admira el heroísmo como yo, me he dedicado a escribir este libro. La razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es, sencillamente, porque hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo; pero nuestros libros de texto no han reconocido esta verdad, si bien ahora ya no se atreven a disputarla. Gracias a la nueva escuela de historia americana vamos ya aprendiendo esa verdad, que se gozará en conocer todo americano de sentimientos varoniles. En este país de hombres libres y valientes, el prejuicio de la raza, la más supina de todas las ignorancias humanas, debe desaparecer.

Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por los españoles fue la más grande, la más larga y la más maravillosa serie de proezas que registra la historia(1)

Sopesando cuidadosamente los pros y los contras, es muy difícil juzgar a España y condenarla por los resultados del descubrimiento y la colonización del Nuevo Mundo, y serían innumerables los tomos que podrían escribirse sobre el tema. El saldo final de la colonización española está vivo y bien visible en todos los países de habla española que representan 620 millones de personas en el momento actual. De este total, se estima que hay 350 millones de mestizos de indios y españoles, y 54 millones de indios puros. En mayor o menor grado, más de 400 millones de indígenas y sus descendientes en América viven en estados que despuntan o están en vías de desarrollo, y se benefician con los resultados de la cultura y la civilización occidental.

Es imposible saber cuánto tiempo hubieran demorado en alcanzar los niveles actuales si la voluntad de España no hubiera civilizado el continente. Tampoco podemos conocer cuántos muertos se hubieran causado a sí mismos, víctimas de las guerras tribales, la desnutrición, los factores ambientales y la antropofagia.

Considerando todo esto, pensando en todo lo expuesto, una rotunda realidad se opone a las opiniones contrarias, sin que se dejen de condenar, con la mayor fuerza y energía, todos los aspectos negativos, para informe y edificación de las generaciones por venir. La civilización es así. Unas palabras inmortales dicen que «El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los malagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.»

Ya no podemos preguntar sus opiniones a Bartolomé de las Casas, al Maestro Francisco de Vitoria o al sabio Domingo de Soto, ni a una pléyade de religiosos jesuitas, mercedarios, agustinos, juaninos, carmelitas, vicentinos, diocesanos, prelados… tal vez no sea necesaria la pregunta por lo obvio de la respuesta. España fue el sol de América. 

Autor: Dr. Salvador Larrúa Guedes

Académico Correspondiente en Estados Unidos de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras.

Secretario de la Academia de la Historia de Cuba.

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Citas:

(1) Lummis, Charles F. Los exploradores españoles del siglo XVI. Universidad de California, 1926.

Bibliografía:

– Clayton, Lawrence A. El Cardenal y el Cura: Cisneros y Las Casas, 1516-1517. I Congreso Internacional de Historiadores Dominicos, Managua, 2004

– Clayton, Lawrence A. Bartolomé de las Casas: A Biography. New York, Cambridge University Press, 2012.

– Hernández Martín, Ramón (o.p.). Vida y pensamiento internacionalista, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 1995, págs. 347-356.

– Larrúa Guedes, Salvador. Presencia de los Dominicos en Cuba. Universidad Santo Tomás de Aquino, Santafé de Bogotá, 1997

– Larrúa Guedes, Salvador. Historia de la Orden de Predicadores en la Isla de Cuba. Universidad Santo Tomás de Aquino, Santafé de Bogotá, 1999

– Larrúa Guedes, Salvador. Franciscanos y Dominicos en la Evangelización del Nuevo Mundo. I Congreso de Historiadores Dominicos, Managua, 2004

– Las Casas, Fray Bartolomé de las (o.p.). Obras Completas. 9. Apología.Edición de ÁNGEL LOSADA. Alianza Editorial, Madrid 1989, págs. 626-629.

– Opúsculos,cartas y memoriales… Edición por J. PÉREZ DE TUDELA BUESO, en “Biblioteca de Autores Españoles”(BAE), nº 110, Madrid 1958, págs. 181-203.

– Soto, Fray Domingo de (o.p.). De Dominio, Salamanca, 1534, pp. 162 ss.

– Vitoria, Francisco de (o.p.). Cf. De potestate civilii, 1529; De Indis; 1532.

Celebramos el 4 de julio. La importante presencia de España

Celebramos el 4 de julio. La importante presencia de España

Pocos saben que el 22 de julio de 2016 se cumplirán 237 años desde que España declaró la guerra a Gran Bretaña en 1779 y abrió camino a la independencia de los Estados Unidos, aunque la ayuda española comenzó discretamente en 1776 con el envío de armas, dinero, suministros, apoyo logístico y de inteligencia.

Una colaboración decisiva

¿Qué aportó España a la independencia norteamericana? Desde que el reino entró oficialmente en la guerra a favor de Washington, se crearon las condiciones estratégicas y militares necesarias para la victoria.

En primer lugar, España era la dueña de Luisiana, que entonces se llamaba Florida Oriental, y desde ese territorio podía lanzar ataques con sus tropas contra las agrupaciones británicas, prestar ayuda a los rebeldes norteamericanos, intercambiar informaciones de inteligencia, y sublevar contra Inglaterra las naciones indias aliadas a España. Desde la Luisiana, el gobernador español Bernardo de Gálvez y Madrid pudo atacar Manchac, Fort Bute, Natchez, Baton Rouge, Mobila y finalmente partió de La Habana con una fuerte agrupación de tropas para atacar la posición fortificada de Pensacola. El resultado fue que la principal plaza fuerte británica en el golfo de México, Pensacola, cayó en manos de España, y que Mobila y las fortificaciones que defendían el delta del Mississippi fueron tomadas. Los ingleses ya no podían conducir tropas ni abastecimientos por el gran río, y los flancos oeste y sur del Ejército Continental(1) de Washington quedaron a salvo de cualquier intento enemigo.

Dentro del territorio norteamericano, los ingleses quedaron reducidos a posiciones fortificadas en el ámbito territorial de las Trece Colonias. No recibían refuerzos desde el oeste y el sur, los movimientos de sus tropas y sus planes de operaciones dentro del espacio que aún ocupaban eran limitados, y eran combatidos simultáneamente por los voluntarios y milicias de Washington y las tropas francesas que comenzaron a llegar en gran cantidad, al tiempo que los gobernadores de Luisiana hacían pactos con indios aliados para atacar la retaguardia de las tropas británicas, ponían emboscadas y daban parte de los movimientos de las agrupaciones inglesas.

Por otra parte, el centro de los servicios secretos españoles en Filadelfia, a cargo del comerciante hispanocubano Juan de Miralles, recogía los informes de numerosos agentes, daba parte a Washington, a los generales norteamericanos o a los auxiliares franceses según el caso, y enviaba copias mediante pliegos trasmitidos directamente a Madrid, al Capitán General de Cuba o al centro homólogo que dirigía fray Antonio de Sedella, religioso capuchino que era Vicario desde la Catedral de San Luis en Nueva Orleans. El P. Antonio agregaba sus propios informes y observaciones a los despachos de Filadelfia, y los enviaba a La Habana utilizando mensajes cifrados y escritura secreta, y por ello Washington, sus generales, las tropas aliadas francesas, los gobiernos de España y Francia, el Virrey de Nueva España y el Capitán General de Cuba, conocían las intenciones, planes y movimientos de Lord Cornwallis y los jefes ingleses.

A esto hay que agregar el flujo constante de grandes sumas de dinero, artillería, morteros, balas de cañón, pólvora, mosquetes, bayonetas, municiones, uniformes, tiendas de campaña, prendas de abrigo y abastecimientos de todo tipo que llegaban de España, México y La Habana, y se llevaban a Luisiana desde donde pasaban a proveer a los siempre necesitados voluntarios del Ejército Continental de Washington y sus aliados franceses.

Pero la ayuda no acaba aquí. La escuadra de guerra norteamericana, al mando del comodoro Alexander Gullon, era reparada, armada y abastecida en el Real Astillero y la Maestranza de artillería de La Habana, sede de una poderosa agrupación de tropas hispanocubanas, fuerte de 10.000 hombres entre regulares, milicias y batallones de pardos y morenos, que logró la victoria en la campaña de Pensacola. Como es natural, las posesiones españolas en el Mar de las Antillas servían de base a las escuadras de la Real Armada, las flotas que arribaron desde Francia y las naves corsarias que obtuvieron patente de corso(2). Por otra parte, el Real Astillero de Cartagena de Indias, Colombia, así como la armería, también estaban al servicio de los rebeldes norteamericanos, Francia y España en otro escenario de la guerra.

Fue notable la actividad de los corsarios al servicio de Washington y sus aliados. Para observar la importancia del corso en la Guerra de Independencia basta decir que los corsarios españoles, norteamericanos y franceses capturaron durante la guerra unos 3.000 buques ingleses, lo que dificultó enormemente el envío de provisiones a las tropas británicas en Norteamérica. Gracias a sus bases y centros de operaciones en las Antillas y el territorio continental se destacaron sobre todo los corsarios españoles y cubanos. Tenemos el ejemplo de Don Baltasar Hidalgo de Cisneros, que en 1780, al mando de la balandra «Flecha» capturó dos corsarios británicos. Al año siguiente, al mando de la fragata «Santa Bárbara» apresó otros 4 corsarios de la misma nacionalidad, mientras que el 14 de mayo el bergantín de guerra “San Antonio”, sorprendió ancladas en Cuba, junto a Cabo Blanco, dos goletas británicas armadas en guerra. Después de cinco horas de combate y de morir los capitanes ingleses con muchos tripulantes, se rindieron las goletas, y fueron remolcadas a La Habana.

Unidas las escuadras de Francia y de España, y desatado el avispero de corsarios cubanos, españoles, norteamericanos y franceses en los mares americanos, la poderosa Royal Navy de Inglaterra se vio relegada a un segundo plano. En cierto momento, una flotilla norteamericana fue capaz de llegar a las costas de Gran Bretaña. En 1778, la marina estadounidense, conducida por John Paul Jones, asaltó el puerto de Whitehaven, en Cumbria. El desembarco por sorpresa fue realizado como una acción de venganza por Jones, y nunca con la intención de invadir Inglaterra. Pero su audacia causó una gran histeria en Gran Bretaña, porque el exitoso ataque patentizó una incapacidad que podría ser explotada por otros estados como Francia o España.

Las escuadras británicas se quedaron sin centros de operaciones en el Caribe, y sus acciones en aguas del Nuevo Mundo se tornaron peligrosas e incómodas. La toma de las Bahamas por el Capitán General de Cuba, Juan Manuel Cajigal, privó a los ingleses de su base marítima principal(3) cuando sus fuerzas y medios estaban impedidas para realizar operaciones efectivas contra Cuba y en especial contra La Habana. Ni siquiera lo intentaron, ya que Cajigal tomó medidas urgentes de defensa, puso en pie de guerra miles de hombres para defender La Habana, y el Almirante Rodney desistió de la idea de atacar. Poco después Cajigal se unió al Almirante español José Solano para perseguir los buques ingleses que entraban en aguas cubanas, que no podían arribar a Luisiana por ser parte de los dominios de España y su gobernador, Bernardo de Gálvez, desde el primer momento proporcionó acceso libre a los buques de Washington en el Mississippi mientras se lo negaba a los buques ingleses.

Un conflicto que se convirtió en Guerra Mundial

Los aliados luchaban contra Inglaterra en Norteamérica, centro y sur América. Había enfrentamientos en el Caribe, en Gibraltar, en el Mediterráneo, en el Canal de la Mancha y en el golfo de Bengala. En los meses finales de la contienda Holanda se sumó a los aliados y entonces se enfrentaban franceses, holandeses, norteamericanos, y el reino de España que puso su inmenso Virreinatos, Capitanías Generales, gobernaciones y todo lo que formaba parte de su imperio en la lucha contra Inglaterra. Se peleaba en América, Europa, África y Asia, se peleaba en todas partes, por tierra y por mar. Se trataba de la Primera Guerra Mundial, y en realidad, la I Guerra Mundial reconocida oficialmente, la de 1914 a 1918, tuvo un escenario más reducido que se limitó en lo fundamental, al territorio de Europa. En 1778-1782, las marinas de guerra de España, Francia, Holanda e Inglaterra se enfrentaron en todos los océanos. 

Entre las acciones más importantes libradas por España contra Inglaterra fuera de Norteamérica y del continente americano, se cuenta el control del Canal de la Mancha, que fue invadido por una flota hispano francesa de 68 navíos de vela, al mando del Almirante Córdova, justo cuando España acababa de unirse a la coalición contra Gran Bretaña, con la misión de desembarcar un gran ejército en Inglaterra, y marchó con tanta decisión para atacar la flota inglesa en sus propias bases, que su ataque relámpago penetró en el canal de la Mancha hizo huir al abrigo de sus puertos las fuerzas navales británicas comandadas por el Almirante Charles Hardy, y se apresó el navío “Ardent” de 64 cañones, que quedó rezagado.

La campaña de Honduras, un desastre para los ingleses.

Tratando de llevar la guerra a los dominios de España, una expedición partió de Jamaica el 3 de febrero de 1780, escoltada por el entonces capitán Horacio Nelson en el Hinchinbroke, para atacar la fortaleza de San Juan en Nicaragua, al mando del capitán John Polson, que disponía de 400 regulares de los 60º y 79º regimientos, 300 hombres del Cuerpo Leal irlandés que formó John Dalling gobernador de Jamaica, y varios cientos de reclutas locales, incluyendo negros e indios miskitos de la costa occidental de Honduras.

La expedición subió por el río San Juan el 17 de marzo de 1780. El 9 de abril, Nelson, en su primer combate, capturó una batería española en la isla de Bartola. Ocho kilómetros río arriba se hallaba la fortaleza San Juan, con 150 defensores, que fueron sitiados el 13 de abril. Pasaban las semanas y los británicos comenzaron a carecer de alimentos y municiones. Tras las lluvias iniciadas en abril, los hombres comenzaron a morir de tifus, malaria y disentería. Nelson fue uno de los primeros en enfermar, siendo embarcado antes de que los españoles se rindieran. Unos 450 refuerzos británicos llegaron el 15 de mayo, pero los afroamericanos y los indios abandonaron la expedición debido a las enfermedades y el descontento. Los ingleses no querían abandonar el sitio, pero las enfermedades causaron tantos muertos que se retiraron el 8 de noviembre. Los españoles ocuparon de nuevo las ruinas de la fortaleza que los británicos destruyeron en su retirada. Murieron más de 2.500 ingleses, lo que hizo que la expedición fuera el desastre británico más costoso de toda la guerra(4). Mientras esto ocurría en Nicaragua, en Campeche y Belice los españoles no estaban quietos y capturaron los establecimientos ingleses de la región.

Las victorias del Almirante Luis de Córdova 

En agosto de 1780, avisado el Almirante desde el centro de espionaje español en Filadelfia de la salida de un gran convoy con refuerzos para las tropas británicas en Norteamérica, llevó sus escuadras para esperar a los ingleses en la ruta obligada, y sobre el cabo de Santa María, el nueve de agosto, maniobrando con su destreza característica, Córdova apresó el rico convoy británico de más de 75 embarcaciones de alto bordo, armadas en guerra y escoltadas por tres fragatas de combate que pasaron a la marina real de España con los nombres de “Colón”, “Santa Balbina” y “Santa Paula”, e hizo aquel día 3.000 prisioneros de las dotaciones, más 1.800 soldados de las compañías reales de las Indias Orientales y Occidentales, evaluándose el botín capturado, de mercancías y municiones, en un millón de duros (moneda de ocho reales). 

El gran Almirante de 73 años dio mucho que hacer. En la campaña de 1781, en el canal de la Mancha, sufrió la escuadra violentos temporales sin experimentar descalabros y males de consideración, gracias a las acertadas disposiciones que tomó Córdova secundado por su mayor general José de Mazarredo. En dicha campaña capturó otro convoy británico de veinticuatro velas, dirigido a reforzar al ejército británico.

La campaña de las Indias Orientales

La guerra en las Indias Orientales constó de una serie de episodios. En 1778, las autoridades británicas tomaron sin dificultad establecimiento francés de Pondicherry. Una escaramuza naval muy débil ocurrió el 10 de agosto en el golfo de Bengala, entre el oficial británico naval en el mando y M. de Tronjoly. Pero hasta entonces los franceses eran más débiles para efectuar grandes ofensivas y permanecieron en las islas Reunión y Mauricio hasta principios de 1782.

Pero en 1781, el Almirante francés Pierre André de Suffren de St. Tropez fue enviado con una escuadrilla. En su camino topó con una fuerza británica que había sido enviada para tomar la posición de los holandeses en el sitio de Praia, la derrotó el 16 de abril y continuó viaje a las islas francesas. A principios de 1782 atacó duramente a los británicos en el golfo de Bengala. Del 17 de febrero de 1782 al 20 de junio de 1783, sostuvo varios combates que definieron su superioridad. Aunque carecía de bases para su escuadra y de aliados salvo el indio Hyder Ali, se mantuvo en el mar, no se retiró a las islas francesas ni aún durante el monzón del nordeste y tomó Trincomalee en julio de 1782, a pesar de la oposición del almirante Hughes. En este escenario de la guerra, infligió grandes pérdidas a los ingleses en todos los combates.

La ayuda financiera de Cuba y la victoria de Yorktown

Durante la guerra de independencia de los Estados Unidos, en los astilleros de La Habana se reparaban y reabastecían barcos de la armada rebelde, mientras el muy rico empresario habanero Juan de Miralles, que era amigo personal del General Washington, hacía todo lo que podía para ayudar a la causa independentista, con la que simpatizaba de corazón, y más de una vez usando su fortuna personal; en tanto que el irlandés Oliver Pollock, comerciante en las Antillas y amigo personal del «financiador de la guerra» Robert Morris, había obtenido en La Habana préstamos (algunos secretos o a través de segundas personas) para ayudar a la guerra, y cuyo dinero representaría hoy muchos millones de dólares más.

Como es natural, las campañas de Pensacola y las Bahamas costaron mucho dinero. En Pensacola, los gastos en diversos suministros de la flota que participó en la contienda, unidos a los de mantener más de 4,000 hombres durante dos meses sin contar los tripulantes de los siete barcos de guerra y los 49 de transporte que participaron en la expedición, abastecerlos de ropa, comida y material de guerra y pagar sus salarios, pueden ascender a más de medio millón de ducados según cálculos discretos, o sea, cinco millones y medio de reales de vellón que salieron de las Cajas de La Habana. Si a lo anterior se agregan los gastos para financiar la expedición de Cajigal a Nassau en las Bahamas, fuerte de 2,000 hombres, la cifra anterior puede subir a nueve millones de reales y a bastante más de diez millones si se consideran los gastos incurridos en La Habana y otros puntos de la Isla de Cuba para prevenir un ataque de los ingleses. Diez millones de reales equivalen a unos 13 millones 300 mil libras tornesas, alrededor de 2 mil 500 millones de dólares actuales.

VictoriadeYorktown

A mediados de 1781, y en vísperas de la batalla de Yorktown, el General Washington y su ejército se encontraban en condiciones deplorables; las arcas que financiaban la guerra estaban vacías, los agricultores no suministraban comestibles por falta de pago y lo mismo ocurría con los armamentos y la pólvora(5), mientras no había dinero para pagar a los marinos de la flota del Almirante De Grasse y a la infantería del General Rochambeau. De Grasse, fracasó en sus gestiones para recoger dinero en Haití, donde era dueño de plantaciones, y fue a Cuba donde los poderosos comerciantes habaneros y el pueblo reunieron en 6 horas 1’200,000 libras tornesas, moneda de plata acuñada en la ciudad de Tours, aceptada internacionalmente, equivalentes a 300 millones de dólares de hoy(6), que fueron enviadas a Washington para financiar la victoria(7).

Conclusiones

Acosados, batidos y derrotados en numerosos escenarios, atacados en su propio territorio, superadas sus poderosas fuerzas navales, Inglaterra se vio obligada a pedir la paz. Sin la ayuda financiera y material de España, que armó, vistió y alimentó a los soldados del Ejército Continental e incluso a las tropas francesas, más numerosas que los contingentes rebeldes, sin su apoyo logístico y de inteligencia, sin la amenaza constante de la poderosa Armada Real de España sobre las tropas francesas, sin las victorias del Almirante Luis de Córdova, que proporcionó derrotas contundentes a los británicos capturando en total 100 buques ingleses que transportaban miles de hombres, armas, abastecimientos y diverso material de guerra a Norteamérica, apoderándose más de un millón de libras en lingotes de oro sin contar el valor de los buques capturados, amén de 3.150 prisioneros, lo que hizo tambalear la Bolsa de Londres; sin el sitio de Gibraltar, que fijó en el norte de África miles de combatientes británicos y consumió los recursos de Inglaterra, sin los centros de inteligencia fundados por Miralles y el P. Sedella en Filadelfia y Nueva Orleans, sin los indios que España sublevó contra Inglaterra; sin los miles de combatientes españoles, cubanos y portorriqueños que conquistaron las fortalezas de Manchac, Baton Rouge, Fort Bute, Natchez, Mobila y Pensacola, tomando y controlando el delta del Mississippi, sin la toma de New Providence en las Bahamas por el Mariscal de Campo cubano Juan Manuel Cajigal, sin el apoyo de los corsarios que atraparon 3.000 mercantes británicos durante la contienda y se apoderaron al menos de 5 millones de libras en oro, sin los servicios del Real Astillero de La Habana y el control de las bases de operaciones en el Mar de las Antillas, sin el millón doscientas mil libras tornesas que los comerciantes habaneros y el pueblo de la capital de Cuba enviaron a Washington cuando el Ejército Continental desfallecía de hambre y escaseces en los accesos de Yorktown8, los norteamericanos no hubieran ganado la guerra, ni siquiera con la ayuda de Francia.

Una verdad apodíctica quedó grabada para siempre entre los grandes hechos históricos: sin la ayuda de España, George Washington no habría logrado nunca la victoria en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.

Por esa causa, Bernardo de Gálvez, Luis de Córdova, Juan de Miralles, Juan Manuel Cajigal, Diego Gardoqui, Francisco Bouligny y miles de combatientes españoles, cubanos y puertorriqueños que aportaron su sangre y murieron por la independencia americana, deben ser eternamente recordados por millones y millones de hombres y mujeres en los Estados Unidos, que ignoran que la libertad de su Patria pudo lograrse gracias al coraje de los héroes hispanos.

Citas:

(1) Se denomina Ejército Continental al ejército comandado por George Washington que creado por los rebeldes norteamericanos para que fuera su brazo armado en la lucha por la libertad.

(2) Larrúa Guedes, Salvador. Conferencia Magistral en la Universidad de Alabama, Tuscaloosa, Al., sept. 2009, repetida ante la Asociación Nacional de Historiadores Norteamericanos en su sede de Montgomery, Alabama, ese mismo mes y año.

(3) Ibídem.

(4) Ibídem.

(5) Sólo en 1776 Washington recibió armamentos por valor de 4 millones de reales de vellón: 216 cañones de bronce, 209 cureñas, 27 morteros, 29 afustes, 12,826 bombas, 51,134 balas, 300 lotes de 1,000 libras de pólvora cada uno, 30,000 fusiles con sus bayonetas, 4,000 tiendas de campaña, 30,000 uniformes completos y plomo para balas de fusil (Morales Padrón, Francisco: Participación de España en la independencia política de los Estados Unidos. Publicaciones Españolas, Madrid, 1952, p. 15

(6) Larrúa, Salvador. Tropas y financiamiento cubano para la independencia de los Estados Unidos. Herencia Cultural Cubana, Miami, Fl., 2009

(7) Los detalles de la inmensa cantidad de oro que se reunió en La Habana en solamente seis horas pueden verse en la Colección de Documentos Originales Inéditos que se conserva en el Centro de Documentación Histórica de la Florida Colonial, Florida Colonial Heritage, Inc., Corpus Christi Catholic Church, Miami, Florida.

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Autor: Dr. Salvador Larrúa-Guedes

Secretario de la Academia de la Historia de Cuba.

Académico Correspondiente en Estados Unidos de la

Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras (RAHA).

Diego Velázquez de Cuéllar, primer gobernador de Cuba. Adelantado de Cuba y Yucatán

Diego Velázquez de Cuéllar, primer gobernador de Cuba. Adelantado de Cuba y Yucatán

Diego Velázquez nació en 1465 en la antigua villa de Cuéllar, provincia de Segovia, sede del Gran Maestre de la Orden de Santiago. El futuro Adelantado de Cuba y Yucatán procedía de una familia noble, sus antepasados habían prestado notables servicios a los Reyes de Castilla, y tuvo una educación esmerada. Con veinte años se enroló en los tercios de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y tomó parte en la primera Guerra Italiana, en 1494. Participó en las batallas de Seminara y Cosenza, y obtuvo los grados de teniente y capitán, pero volvió de la contienda “pobre y enfermo”(1). Abrumado por la situación económica, pasó a las Indias y se enroló en el Tercer Viaje de Colón, en el que hizo amistad con Fray Bartolomé de las Casas.

Desembarcó en La Española el 19 de agosto de 1498, contribuyó en gran medida a la pacificación, y se destacó por su buen trato a los indios y los resultados obtenidos administrando sus haciendas y las minas, hasta convertirse en uno de los vecinos más ricos, destacándose con la fundación de cinco pueblos: Verapaz, Yaquimo, San Juan de la Maguana, Azua y Salvatierra de la Sabana(2), con reconocimiento del Comendador Nicolás de Ovando, que lo nombró su teniente.

Sus grandes dotes lo convirtieron en candidato ideal para la demorada empresa de la colonización de Cuba, y fue elegido por el Virrey Diego Colón. Estaba en la edad madura, pensó que esta empresa iba a consolidar el reconocimiento a su persona, y organizó la expedición conquistadora en 1510 luego de levantar su pendón en Salvatierra de la Sabana. A su llamado, atraídos por su prestigio, acudieron 300 españoles. Financió la empresa y obtuvo el título de teniente gobernador de Cuba, subordinado al Virrey Diego Colón.

Luego de minuciosos preparativos, a fines de 1510 o comienzos de 1511, partió de Salvatierra en cuatro naos con 300 españoles, cierto número de indios y algunos esclavos negros, para desembarcar en el puerto de Palmas(3), al sur de Oriente, cerca de Maisí. Al desplazarse al norte, cruzando el valle del río Toa, chocó con los taínos hostiles inspirados por el cacique Hatuey, fugitivo de La Española, quien alertó a los indios cubanos sobre las intenciones de los españoles.

La resistencia indígena disminuyó con la muerte de Hatuey, que Velázquez aprobó para desanimar a los rebeldes con un escarmiento contrario su ánimo a su bondad con los naturales, quizás porque fue testigo del empobrecimiento en que cayó La Española al extinguirse la mano de obra indígena. Por ello fue cuidadoso durante la pacificación de Cuba, donde el único hecho represivo, aparte de la muerte de Hatuey, fue la matanza de Caonao cuando Narváez, desobedeciendo órdenes expresas, asesinó 2.000 indios, según Las Casas(4), y 100, según informó Velázquez al rey(5). Tomó preso y envió a La Española al lugarteniente Francisco de Morales, por su violencia contra los indios de Maniabón, hizo duras críticas a Narváez y designó a Las Casas para “moderar” la rudeza del conquistador, logrando que la pacificación de Cuba fuera la menos sangrienta en toda América.

Pronto emprendió el reconocimiento de la Isla al tiempo que fundaba pueblos y haciendas, creaba encomiendas con el título de “repartidor de indios” y emprendía labores de colonización exitosas. Sometido el territorio oriental y fundada la primera villa bajo el título de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa en 1512, acometió su plan para someter a los caciques y poner la Isla en producción, mediante un triple avance que efectuó de esta manera: por la costa norte, desde Sagua de Tánamo, salió un bergantín que iba hasta el puerto de Carenas, en La Habana, para desembarcar en sitios importantes de la costa y someter los cacicazgos inmediatos. Otro avance, más lento y penoso, se realizó por tierra con 100 españoles y cientos de cargadores indios bajo el mando de Narváez, asistido por Las Casas, que salió de Bayamo hacia occidente, igualmente hasta Carenas. Por último, Velázquez partió de Baracoa con un grupo de hombres en canoas, dobló el cabo de Maisí y bordeó la costa sur reconociendo los puertos y embarcaderos hasta la bahía de Jagua.

El único incidente serio durante el triple avance fue la desdichada matanza perpetrada por Narváez en Caonao.

Por esa época, Bartolomé de las Casas lo describió detalladamente:

«En La Española era más rico que ninguno… de todos los españoles que bajo su regimiento vivían era muy amado, porque tenía condición alegre y humana y toda su conversación era de placeres y agasajos… era muy gentil hombre de cuerpo y de rostro, y así amable por ello, algo iba engordando, pero todavía perdía poco de su gentileza; era prudente, aunque tenido por grueso de entendimiento, pero engañóles con él. Era bien acondicionado y durábale poco el enojo… que todo lo perdonaba pasado el primer ímpetu, como hombre no vindicativo, sino que usaba de la benignidad…».(6)

La colonización progresaba. Surgían nuevas haciendas, se obtenían algunas cantidades de oro y aumentaban el ganado vacuno, cerdos, ovejas, caballos y las aves de corral. Sus éxitos económicos lo hicieron pensar en la gran empresa de conquistar México, que confió a Hernán Cortés, invirtiendo gran parte de su fortuna, 50.000 castellanos(7). Las expediciones anteriores, que le valieron el título de Adelantado de Yucatán y de Cuba, fueron confiadas a Francisco Hernández de Córdoba y a Juan de Grijalva en 1517-1518, y no hicieron mella en su fortuna, pero la de Cortés, sublevado contra su autoridad, deterioró la riqueza que había amasado en Cuba. El Adelantado prefería fundar a guerrear o saquear, y fue uno de los hombres que asentaron sólidamente el dominio español en América. Cortés fue temerario y pérfido con Velázquez, aunque sus éxitos en México y la importante cantidad de oro que envió a España le ganaron el favor real.

La expedición de castigo de Velázquez contra Cortés, al mando de Narváez, duplicó sus pérdidas. México le había costado 100.000 castellanos. Quedó debilitado económicamente y humillado por la parcialidad real, pero en 1523 era de nuevo muy rico. Sus empresas cubanas, repartidas en 6 hatos y 15 estancias, comprendían más de 1.000 cabezas de ganado vacuno, 3.000 cerdos, 1.000 ovejas y 205.000 “montones” de yuca, sin contar las ganancias obtenidas con el oro(8). En toda la Isla pacían 15.000 cabezas de ganado, 30.000 cerdos y 2.000 caballos(9). En 13 años, de 1511 a 1524, Velázquez triunfó como juicioso administrador, y además de las cinco villas erigidas en La Española, fundó en Cuba siete ciudades: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, San Salvador de Bayamo, Santiago de Cuba, Santísima Trinidad, Santa María de Puerto Príncipe, Sancti Spíritus, San Cristóbal de la Habana y San Juan de los Remedios. Además del fomento económico, realizó grandes progresos en todos los órdenes y se caracterizó por su buen trato a los indios, como proclama su testamento:

«…e thenido e thengo yndios en esta Isla que me an servido e sirben en mis faciendas e granxerias, o en coxer oro, e mi voluntad es, e a sido siempre, si yo pudiese descargar con ello mi conciencia, e quysiera dalles mucho mas, conformandome con lo que agora puedo facer mando que se thomen de mis bienes 500 pesos de oro e se compren de batidores e ropas o otras cosas que se acostumbran dar a los yndios e se repartan por los que thengo en la Villa de la Asunpcion e Vaytiquer10 en esta ciudad (Santiago de Cuba) e en el cacique Eraes de la villa del Bayamo e en los de Sancti Spiritus e la Villa de la Trenidad e Sant Xprtobal de la Habana, que se faga respecto en la destrybucion que se fyciese de las ropas e vestidos… a los dichos yndios… para que los rrepartan por iguales partes… e alcance a parte a cada uno dellos…».(11)

Sus protestas ante la Corte por la conducta de Cortés no dieron resultado. Murió triste y desencantado en Santiago de Cuba, en la noche del 11 al 12 de junio de 1524. En su tumba se colocó una lápida de mármol escrita en rudo latín, con este epitafio:

Etiam sumptibus hac insula debelavit ac pacificativ. Hic iacet nobilissimus Didacus Velazquez insularum Yucatani Preses qui eas summo opere revelavit ac suis propiis sumptibus debelavit in honorem et gloriam Dei omnipotentis ac sui regis: migravit in anno Domini MDCXXIV” , que significa:

“Aquí yace el muy noble y poderoso Don Diego Velázquez, Gobernador de las islas del Yucatán, quien las descubrió a costa de mucho trabajo y a sus expensas las sometió, para honor y gloria de Dios Todopoderoso y de su Rey. También sometió y pacificó a sus expensas esta Isla. Murió en el año del Señor de 1524”(12).

Citas:

(1) Real Academia de la Historia. Colección Salazar, vol. 48, tomo 277. Cita de Chacón y Calvo.

(2) Marrero, Levi. Cuba: Economía y Sociedad. Editorial Playor, Madrid, 1974, t. I, p. 105

(3) Se considera que el llamado Puerto de Palmas debe ser una de las tantas caletas que se abren en la costa sur de Cuba entre Guantánamo y Puerto Escondido, conocida como “Ensenada de Palmas” a mediados del siglo XIX por varios autores españoles. 

(4) Historia de las Indias, libro III, capítulo XXII. 

(5) Diego Velázquez. Primera Carta de Relación (al Rey) sobre la conquista de Cuba, 1 de febrero de 1514. 

(6) Las Casas, Historia de las Indias, libro III, capítulos XXI y XXVII. 

(7) Según el Testamento de Velázquez en CODOIN (Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España) I, t. XXXV, pp. 500-547. Castellano: antigua moneda de oro española con un valor equivalente a 14 reales y 14 maravedís de plata. 

(8) Ibídem, Testamento, CODOIN, pp. 524-528 

(9) Ibídem. 

(10) Baracoa y Baitiquirí, respectivamente. 

(11) Ibídem (9), Testamento, CODOIN, págs. 518 y 544. 

(12) La lápida mortuoria, de mármol blanco, fue descubierta el 26 de noviembre de 1810, a siete pies de profundidad, durante excavaciones realizadas en la Catedral de Santiago de Cuba. Bacardí, Emilio. Crónicas de Santiago de Cuba. Gráficas Breogán, Madrid, España, t. I, pp. 89-90. 

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Autor: Dr. Salvador Larrúa Guedes.

Académico de Número y Secretario Ejecutivo de la Academia Cubana de la Historia.

España en la Florida: Vigencia del 12 de octubre

Larra                    
Hablando en general, el espíritu de empresa de toda Europa
se concentró en una nación, España, que no era por cierto la más rica
o la más fuerte… A una nación le cupo la gloria de descubrir y explorar
la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de acaparar
los conocimientos y los negocios por espacio de siglos… y esa nación fue España.

Charles F. Lumas
-Los exploradores españoles del siglo XVI, Universidad de California, 1926-

Muchas personas, en Estados Unidos, España e hispanoamérica, ignoran que fueron españoles los primeros exploradores y pobladores europeos de Norteamérica, y generalmente ignoran que la primera ciudad de los Estados Unidos, San Agustín de la Florida, fue fundada por los españoles, más propiamente asturianos, que llegaron en la expedición de Pedro Menéndez de Avilés en 1565.

Otros, que conocen de forma superficial la historia, se preguntan cuál fue el resultado de la colonización y presencia de España en tierras de los Estados Unidos, descubiertas en 1513 por Juan Ponce de León y cedidas a la Unión norteamericana en virtud del tratado Adams-Onís en 1821.

En general, los que conocen San Agustín sólo piensan en un lugar turístico con algunas casas pintorescas y una fortaleza digna de verse: el Castillo de San Marcos, y piensan que la herencia española en la Florida se limita a una pequeña ciudad, algunas docenas de misiones, unos pocos miles de indios cristianizados de los que no quedó descendencia significativa, algunos fuertes de frontera, entre ellos uno defendido por negros libres, y los relatos de varios encontronazos con ingleses, algunas crónicas de piratas y corsarios, el imbatible Castillo de San Marcos… y nada más. A esto se reduce lo que saben las pocas personas que dicen conocer la presencia hispana en la Florida: una historia, manifiestan, que no tuvo impacto en el surgimiento y desarrollo de la gran nación norteamericana.

Pero la colonización española de la Florida tuvo múltiples significados.

Lo que significó para España

Para España, y al mismo tiempo para Cuba, la Provincia de la Florida era el escudo del norte, la primera y única línea de defensa terrestre del imperio, la única que tenía una frontera imprecisa, pero frontera al fin, con los vecinos de Georgia y las Carolinas, que la amenazaron por dos siglos.

También facilitó el contacto entre los españoles de Cuba y los ingleses de las Trece Colonias, para servir de puente para el comercio de Georgia y las Carolinas con La Habana y este intercambio de flujos financieros y productos alimenticios de las Trece Colonias a cambio de azúcar y mieles fabricadas en Cuba, llegó a ser decisivo para el despegue económico de la Isla desde finales del siglo XVIII, de forma que se convirtió no sólo en el Antemural de las Indias y la Llave del Golfo, porque también fue bautizada con el sobrenombre de Perla de las Antillas y de Perla Más Valiosa de la Corona de España.

Lo que significó para Cuba

Para Cuba, la estrategia global de defensa del sistema colonial español, del que eran piezas claves la Florida española en el Norte y la gran Isla en el sur, con el fin de garantizar la seguridad del Canal Viejo de Bahamas, fue asegurada mediante la creación del sistema de fortalezas de La Habana, que la convirtió en la plaza fuerte más protegida de toda América.

Tres Reyes Magos del Morro

La toma del Castillo de los Tres Santos Reyes del Morro y a continuación la de La Habana en 1762 por mayor armada británica que viajara alguna vez de Europa a América, a pesar del heroísmo de sus defensores que no pudo contrapesar la ineptitud del Capitán General Don Juan del Prado Portocarrero, determinó que una vez reincorporada la capital de Cuba al dominio español se construyeran sucesivamente el formidable Castillo de San Carlos de la Cabaña, que es la más grande edificación militar construida por España en América, al cubrir un área de 700 m de largo por 240 de ancho.

Tanto costó construir San Carlos de la Cabaña, que al llegar un informe de gastos en 1772 a manos de Su Majestad el gran rey Carlos III, éste se asomó al balcón y su mirada se perdió a lo lejos. Al verlo tan ensimismado y pensativo, le preguntaron qué sucedía y el monarca respondió:

–Es que la Cabaña me cuesta tanto que debo verla desde aquí…

Ese mismo año Carlos III promovió obras de mejora y ampliación en El Pardo, que encomendó a Francesco Sabatini, uno de los arquitectos del Palacio Real de Madrid. El costo iba a ser muy grande, y tal vez el rey se preocupaba por lo caras que resultaban las construcciones.

Tiene la forma de un polígono y está formado por baluartes, revellines, fosos, camino cubierto, cuarteles y almacenes. Su diseño responde al progreso de los sistemas defensivos durante el siglo XVIII, adaptados al desarrollo de la artillería. A partir de la construcción de la Cabaña, el Morro no podía ser atacado por tierra, como sucedió en 1762, y si alguna armada enemiga quería entrar en la bahía de La Habana, debía pasar entre los fuegos cruzados de cuatro fortalezas: el Morro y la Cabaña por el norte, y por el sur los castillos de San Salvador de la Punta y la Real Fuerza, unidos al fuego procedente de las murallas y baterías de la ciudad. Las embarcaciones que lograran pasar por el estrecho paso recibirían de frente las descargas de la artillería emplazada en el Castillo de Santo Domingo de Atarés, situado al fondo de la bahía.

Por otra parte, si intentaran un desembarco por Cojímar y Guabanacoa, en el litoral del este, recibirían el fuego del Torreón de Cojímar y las baterías de costa, por el oeste, en dirección a San Lázaro y el Monte Vedado, los cañonazos del Torreón de la Chorrera y las baterías, y por el sur, un intento de avance sería anulado por los 60 cañones emplazados en las murallas del Castillo del Príncipe de Asturias, Carlos de Borbón, el futuro rey Carlos IV de España.

En un rectángulo de 10 kilómetros cuadrados, 6 formidables Castillos y una fortaleza que montaban casi 1000 piezas de artillería de todos los calibres, aparte de 400 piezas emplazadas en las baterías de las costeras y las defensas de la ciudad.

La ciudad de San Cristóbal de La Habana no podía ser tomada(1).

Pero otras muchas cosas sucedieron en Cuba bajo la influencia y presencia de la Florida española. Entre otras, la creación de un gran mercado; el desarrollo mutuo a partir del comercio, el fomento de una riqueza increíble a partir de la producción azucarera, y más lejos en el futuro, el fomento de tres poderosas corrientes de pensamiento entre los criollos: el anexionismo, el independentismo y el autonomismo.

Las defensas de Cuba dan fe de la voluntad de España de mantener a toda costa su dominio en la Isla. Por suerte para la conformación de la nación cubana, su pertenencia a España por casi un siglo más que el resto de los dominios de americanos fue un factor de desarrollo industrial, agropecuario y económico al calor de las inversiones peninsulares y extranjeras, al mismo tiempo que un aspecto decisivo para la consolidación cultural y el surgimiento de un inmenso amor recíproco de Cuba a España, muy bien correspondido por el amor de España a Cuba, sentimiento que está por encima de las conveniencias económicas y que se mantuvo firme, por cubanos y españoles, sin que lograran disminuirlo 30 años de guerras independentistas producidas más por desenfoques políticos y administrativos que por la voluntad popular de cubanos y españoles.

Lo que significó para los Estados Unidos

¿Qué huella quedó entonces en los Estados Unidos?

Desde La Española, Puerto Rico y Cuba, en el primer cuarto del siglo XVI, salieron hombres osados que bojearon el golfo de México y las tierras continentales y por la puerta de la Florida comenzaron a adentrarse en el continente. Durante meses el explorador y capitán Juan Pardo, enviado por Menéndez de Avilés, reconoció los territorios situados al norte y al oeste de San Agustín informando sobre la tierra, los indios, los recursos naturales, los ríos… otros españoles en el litoral de la Florida, Georgia, las Carolinas, Virginia y Alabama, midieron las bahías, calcularon las mareas, registraron ríos y selvas, dibujaron mapas, situaron los bosques y los desiertos, las cadenas de montañas, las tierras fértiles y los cotos de caza, los valles y los lagos. Localizaron latitudes y longitudes y dibujaron islas, puertos, penínsulas, y golfos. Escribieron largas relaciones dando cuenta de sus hallazgos. Bautizaron la tierra y titularon sus accidentes. Buscaron metales, toparon con innumerables pueblos nuevos, con tribus indígenas en los más antiguos estratos de la civilización desde el neolítico. Aprendieron sus dialectos y comenzaron los contactos, los trueques y demás intercambios de todo tipo. Delante de los soldados y exploradores iban los misioneros franciscanos, movidos por su inagotable fervor evangélico. Comenzaron a instruir a los indios en materia de religión. Todos los que vinieron después tuvieron de su parte toda aquella obra inmensa de los primeros exploradores, soldados, oficiales reales, funcionarios, cartógrafos y misioneros. Utilizaron sus trabajos, navegaron por las rutas marcadas por los expertos marinos españoles, copiaron y usaron los mapas que ellos dibujaron, y se informaron con sus crónicas e informes.

Entrar en la Florida no era tarea fácil. Era como entrar en otro mundo. La tierra era desconocida, no había informes de clima, temperatura, tempestades, lluvias, mareas… la Florida era Terra Ignota. Sus habitantes tenían entre 6,000 y 10,000 años de retraso en comparación con el nivel de los españoles. Eran nómadas que aparecían y desaparecían, vivían al ritmo de la caza y de las estaciones, no conocían las ciudades ni el sedentarismo, sus aldeas eran recintos provisionales que abandonaban cuando se terminaban los recursos de los alrededores. Por otra parte, eran combatientes ubicuos y fieros que se reunían en muchedumbres, atacaban y desaparecían como tragados por los bosques y pantanos.

Pero los españoles establecieron fuertes y los misioneros realizaron un trabajo envidiable. En espacios inmensos donde tribus y pueblos hostiles guerrearon y se aniquilaron durante siglos, se impuso un solo gobierno y se implantó la Pax Hispana. Miles de indios fueron bautizados y convertidos al cristianismo en 124 misiones franciscanas, y hacia 1630 los frailes habían bautizado 60,000 indios conversos. Sólo en la Florida se erigieron más doctrinas y misiones que las fundadas en la Alta y Baja California (en total 51), Texas (26), Nuevo México (16) y Arizona (15) que tomadas en conjunto suman 108 centros entre misiones y doctrinas.

Pero hicieron muchas cosas más. En 1612 se imprimieron en Nueva España el Catecismo en 

Catecismo Timucuana

Lengua Castellana y Timucuana confeccionado por el franciscano fray Francisco de Pareja, así como el Diccionario de Lengua Castellana Timucuana, ese mismo año(2), que fueron los primeros libros de texto utilizados en los Estados Unidos. Quince años después, en 1627, fray Francisco llevó a la imprenta su Catecismo y examen para los que comulgan, en lengua castellana y timuquana(3). En 1588, fray Alonso Reinoso escribió el poema “La Florida” primera expresión poética en tierras de lo que hoy son los Estados Unidos y de toda Norteamérica, y en 1605 se imprimió en Lisboa “La Florida del Inca” escrita por el Inca Garcilaso de la Vega… la obras de Reinoso y del Inca se escribieron 32 y 15 años antes, respectivamente, de que llegaran a Norteamérica los Pilgrims en el Mayflower.

La Florida comenzó a dar un gran salto adelante. Uno de los más importantes elementos de ese salto fue el empleo del español como único lenguaje en un inmenso territorio de más de 300 mil kilómetros cuadrados en esa época. Con el español vinieron las leyes que normaban la vida del cuerpo, plasmadas en ese monumento jurídico que es la Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias y la religión que proclamaba un nuevo y único pacto con Dios en toda la extensión de la Florida y del imperio. En espacios inmensos donde tribus y pueblos hostiles guerrearon y se aniquilaron durante siglos, se impuso un solo gobierno y se implantó la Pax Hispana. La vida de los indígenas dio un salto de al menos 3,000 años en el camino hacia la época moderna.

Como sucedía en todos los pueblos indios sometidos a España, en la Florida los indios conversos comenzaron a conocer la imprenta moderna a través de los libros impresos en México, y tanto en San Agustín como en los fuertes y misiones se comenzó a utilizar el calendario gregoriano, la brújula, el sextante, el cuadrante, el astrolabio, la ballestilla, las cartas de marear, los mapas y portulanos, la navegación a vela, el reloj, la arquitectura traducida en fortalezas, casas, iglesias y castillos, puertos, muelles, almacenes, arsenales, conventos, las técnicas de construcción de barcos, los astilleros, el uso de jardines… tampoco se conocían en la Florida las especies de ganado tan familiares en Europa y Asia. Los españoles trajeron con ellos caballos, cerdos, vacas, gallinas, ovejas y cabras. Entre las plantas más útiles, el trigo, el arroz, la vid, las almendras, ajos y cebollas, las frutas secas como conserva, el limón, la caña de azúcar y el azúcar, las leguminosas como judías, habas, garbanzos, lentejas y guisantes. También dieron a conocer el uso de la rueda, ignorado en el Nuevo Mundo, los objetos de hierro, la metalurgia de Toledo, las armas blancas y de fuego, la pólvora y la cerámica de Valencia en sus diversas manifestaciones. Los misioneros enseñaron a los indios el uso de prendas de ropa, telas de seda y de lana, porcelanas, marfiles, la lectura y la escritura, la aritmética y la gramática, la medicina europea, la botánica, la geografía…

Los oficios llegaron con los españoles. Pintores, carpinteros, maestros de obras, escultores, imagineros, cantantes, maestros, sacerdotes, oficiales reales, escribanos, contadores, médicos, cirujanos, abogados, jueces, administradores, canteros, agricultores, poetas, ganaderos, tejedores, fundidores, armeros, ceramistas, marineros…

En 1566 nació en San Agustín de la Florida Agustín de Argüelles, el primer hijo de europeos, que como es natural eran españoles, nacido en Norteamérica. Era hijo del Alcalde Mayor de la ciudad de San Agustín, primera de Norteamérica, donde funcionaban, todos en calidad de primeros, el Ayuntamiento, el hospital, la Iglesia, el convento, el fuerte, los muelles, las casas, los hábitos alimentarios, la civilización europea que daba sus primeros pasos, la religión cristiana… eran sus padres Don Agustín de Argüelles y Doña Leonor Morales(4)

En el Fuerte Mosé o Gracia Real de Santa Teresa de Mosé, mucho tiempo después, en 1738, surgió el primer establecimiento de negros libres en los Estados Unidos. Los esclavos negros de Georgia y las Carolinas escapaban a la Florida en busca de la posible libertad que brindaban los españoles y que les negaban sus amos ingleses…

Libros, leyes, religión, derechos humanos, educación, comienzos de la cultura urbana… el adjetivo primero, o primera, califica todas las realizaciones españolas en la Florida y en Norteamérica: hospital, iglesia, escuela, convento, ayuntamiento, eucaristía, fortaleza, libro, misión, catecismo, agricultura, ganadería, seminario, sacerdotes, leyes, cabildos, justicia, derechos, deberes, tradición, cultura, geografía, mapas, leyendas, relatos, crónicas, historia, informes, poesía.

Con la Guerra de Independencia de los Estados Unidos se hizo patente la ayuda española y cubana, indispensable para el nacimiento de esta gran nación.

España en la independencia de los Estados Unidos

Pasaron muchos años. A fines del siglo XVIII, parte del territorio actual de los Estados Unidos estaba habitado por colonos descendientes de ingleses que entraron en conflicto con la metrópolis y se levantaron en armas para lograr la independencia.

Los españoles de la Florida y los habitantes de Cuba, México y Puerto Rico, que entonces se consideraban también españoles, acudieron al llamado de Su Majestad Carlos III de España con el propósito de ayudar a los norteamericanos que luchaban por la independencia, dirigidos por George Washington.

En tierras de las Trece Colonias norteamericanas había casas comerciales de cubanos, mexicanos y españoles que realizaban grandes negocios en los Estados Unidos. El hispano cubano Juan Miralles y el cubano Eligio de la Puente formaron una red de agentes, un verdadero servicio secreto por el cual las tropas de Washington conocían los movimientos de los generales ingleses, sus armas y abastecimientos, daban fe de la solidez de las alianzas con las tribus indias, conocían las necesidades del Ejército Continental y las trasmitían a Cuba, España y México desde donde llegaban a Washington mosquetes, tiendas de campaña, pólvora, municiones, uniformes, comida, dinero, bayonetas…

«Su Majestad el Rey de España Carlos III entró en guerra contra Jorge III de Inglaterra el 16 de junio de 1779, dispuesto a ayudar económica y militarmente a los independentistas norteamericanos de las trece colonias. Antes de la declaración de guerra España ya ayudaba a los norteamericanos secretamente. En 1777 Benjamín Franklin, el representante americano en Francia, pidió la ayuda secreta de España a las colonias, de la que obtuvo 215 cañones de bronce; 4.000 tiendas; 13.000 granadas; 30.000 mosquetes, bayonetas, y uniformes; más de 50.000 balas de mosquete y 300.000 libras de pólvora. Franklin agradeció por carta al Conde de Aranda toda esta ayuda, de la que posteriormente recibió 12.000 mosquetes más enviados a Boston desde España. Además España dio casi dos millones de libras a los insurrectos«.

Las naves del comodoro norteamericano Alexander Gullon eran reparadas y artilladas en el Real Astillero de La Habana, a cuenta de las cajas de la Isla y de España.

El gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez, y su poderoso hermano, José de Gálvez, estaban al tanto de victorias, derrotas, estrategias y decisiones. 

Bernardo de Galvez

Bernardo de Gálvez trazó un plan estratégico genial, que constaba de varios aspectos:

Tomar el delta del Mississippi, para que los ingleses no pudieran moverse por el río y llevar refuerzos a sus tropas encerradas en el campo atrincherado de Yorktown; controlar el Mar de las Antillas, tomando las bases de abastecimiento y suministros que utilizaba la poderosa marina británica; conquistar Pensacola y los puestos fortificados de los ingleses en el delta del Mississippi y tierra adentro hacia el norte, a lo largo del río; fortalecer al Ejército Continental de Washington para facilitar su victoria.

Para Bernardo de Gálvez, acción y decisión formaban parte de una misma fórmula. En una serie de acciones relampagueantes venció a los ingleses en Manchac, Panmure de Natchez, los puertos Thompson y Smith, Baton Rouge, Fort Charlotte y Mobila, tomó sus fuertes, y los desalojó completamente, al tiempo que aseguraba los pactos de alianza con las tribus indias de la zona hostiles a los británicos.

Una vez tomado el delta del Mississippi y los fuertes, los ingleses de Yorktown no podían recibir refuerzos y tampoco atacar a Washington por la retaguardia.

Ahora había que tomar Pensacola, donde los ingleses mantenían una poderosa guarnición protegida por fortificaciones. Gálvez se reunió en La Habana con refuerzos llegados de España, los completó con tropas cubanas y con parte de sus veteranos. Una primera expedición fracasó, pero en poco tiempo estuvo lista la segunda. En ella embarcó el Regimiento de Fijos de La Habana, el batallón de pardos y morenos, y algunas tropas auxiliares junto con los regulares españoles.

La toma de Pensacola se realizó en dos meses, desde el 9 de abril al 10 de mayo de 1781. Los británicos tuvieron unas 500 bajas, y los hispano cubanos, alrededor de 200:

«El comandante británico, el general John Campbell y el Almirante Chester que era el Capitán General y Gobernador de West Florida, se entregaron junto con sus 1.113 hombres y todas sus banderas, artillería, pertrechos (123 cañones, 4 morteros y 6 obuses, además de balas, fusiles y demás material bélico) y la ciudad intacta gracias a un acuerdo previo entre los españoles y británicos para no llevar el combate a la ciudad. También se entregaron más de 300 norteamericanos de Georgia que apoyaban a las fuerzas británicas«(5).

Durante las operaciones fueron capturados cinco buques de guerra ingleses que trataron de apoyar a los defensores británicos de los fuertes.

Los franceses apoyaron la toma de Pensacola con ocho navíos de guerra y 725 hombres. El 19 de abril llegaron de La Habana 1,600 hombres de refuerzo al mando del Mariscal de Campo Juan Manuel Cagigal y Monserrate, nacido en Cuba. Después de la rendición de la ciudad, Gálvez dio a la flotilla francesa unos 100.000 pesos, cuando se aprovisionaban para partir. Esas naves francesas iban a participar en el bloqueo de Yorktown, donde la Armada española apoyaba eficazmente a la francesa, el 19 de octubre de 1781 el general británico Cornwallis se rendiría con todo su ejército y su flota.

Como es natural, la toma de Pensacola puso en control de los españoles el litoral del golfo de México y privó a los ingleses de su base más poderosa, a partir de la cual podían lanzar ataques a las tropas de Washington desde el sur.

Sólo quedaba la base naval de Nassau, en las Bahamas, en poder de los ingleses. Pero una fuerza procedente de La Habana, al mando del Mariscal Cagigal, formada por 2,000 hombres de los regimientos habaneros, preparó la escuadra, entró en el archipiélago y el 7 de mayo de 1782 se apoderó de la capital inglesa, Nassau. Los ingleses, tratando de compensar las victorias de Gálvez y Cagigal, lanzaron la escuadra del almirante Rodney contra La Habana, pero las tropas y los destacamentos de milicias, dirigidos por Cagigal, frustraron los intentos de desembarco.

Pero hubo, además, otras ayudas decisivas. A mediados del año 1781, y en vísperas de la batalla de Yorktown, el general Washington y su ejército de rebeldes, se encontraban en condiciones deplorables; las arcas que financiaban la guerra estaban vacías, los agricultores rehusaban suministrar más comestibles por falta de pago y lo mismo ocurría con los armamentos y la pólvora, mientras que a los marinos de la flota del Almirante De Grasse y a la infantería del General Rochambeau (franceses aliados a la causa de los rebeldes), no había dinero con qué pagarles tampoco. De Grasse, después de fracasar en sus gestiones para recoger dinero en Saint Domingue (hoy Haití), donde era dueño de plantaciones, fue a Cuba donde los comerciantes de La Habana y otros criollos reunieron y donaron 1’200,000 libras tornesas (una moneda de plata acuñada en la ciudad francesa de Tours, que se aceptaba internacionalmente), equivalentes a 300 millones de dólares de hoy…

El 3 de septiembre de 1783 terminó la Guerra de Independencia con la firma del Tratado de Versalles entre Estados Unidos e Inglaterra.

El 4 de julio de 2012 se celebra el 235 aniversario de la independencia de los Estados Unidos. Como es natural, ese día se recuerda con veneración a los hombres que llevaron adelante la heroica lucha por la libertad. Los nombres de Benjamin Franklin, George Washington, John Adams, Thomas Jefferson, John Jay, James Madison, Thomas Paine y Alexander Hamilton, están vinculados eternamente a ese día, igual que los que firmaron la Declaración de Independencia. Y también vienen a la memoria el Marqués de Lafayette, Rochambeau, Tuffin, de Grasse, el héroe polaco Tadeusz Kościuszko y el general prusiano von Steuben van a ser recordados por sus aportes a la independencia.

Hay otros nombres, sin embargo, que no van a ser mencionados o sólo se citarán de soslayo. Se trata de Bernardo de Gálvez, su hermano el ministro José de Gálvez, el Mariscal de Campo Juan Manuel Cagigal, nacido en Santiago de Cuba, o Francisco de Saavedra, soporte financiero de la independencia norteamericana… es una pena que no se hable del hispano cubano Juan Miralles, amigo personal de Washington, en cuya casa murió atendido por el médico personal del Padre Fundador, que colaboró de muchas formas con la independencia americana.

La lista sería interminable si agregáramos los nombres de los españoles, cubanos, puertorriqueños, blancos y negros, que cayeron en los combates del delta del Mississippi, en la toma de Pensacola o en la batalla por las Bahamas.

Y tal vez ¿por qué no? se debería recordar a los intrépidos exploradores, los que pasearon por primera vez la mirada por las extensas tierras, las reconocieron, examinaron, estudiaron y nombraron, a los misioneros que trajeron la Palabra de Dios, a los que plantaron las primeras cruces y levantaron ciudades y pueblos, trajeron libros y leyes, conceptos y pensamientos, humanismo y filosofía.

Ellos fueron también Padres Fundadores, y el Día de la Declaración de Independencia merece que se les recuerde y con ellos a todos los que con sus cuerpos y sus almas participaron para forjar la grandeza de los Estados Unidos, esta tierra de hombres libres, para que no sean los grandes ausentes en la fecha hermosa del 4 de julio.(6)

Algo más que agregar

Y mientras todo esto sucedía en el inmenso territorio de la Florida, allá muy lejos, en el oeste situado a miles de kilómetros de distancia, misioneros, colonos y soldados iban echando las mismas bases en los territorios que hoy ocupan los estados de Texas, Nuevo México, Arizona, Colorado, Arkansas, California, Luisiana, Alabama, Mississippi, Tennessee… los franciscanos llegaron a tierras de Oregón, las sobrepasaron, descubrieron la isla de Nootka más allá de Vancouver, cerca de la actual costa del Canadá que mira al Pacífico.

Se trata de un esfuerzo colosal, más que humano, realizado con inmenso amor, con infinita paciencia por una nación que no era de las más pobladas de Europa, una nación cuyos hijos llegaron a las fronteras más lejanas para llevar en alas de la historia, y no de leyendas negras o blancas, la fe en la Resurrección, la tradición occidental, el pensamiento cristiano y las primeras nociones sobre los derechos humanos, la justicia y la igualdad entre los hombres… y no es posible olvidar que todo esto ocurrió porque en 1513. Hace ya 500 años, un hombre intrépido, Don Juan Ponce de León, zarpó de Puerto Rico en una nao cargada de sueños y al descubrir la tierra de la Florida, abrió las puertas de Norteamérica para que un día existieran los Estados Unidos.

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Leyenda:

(1).- Larrúa Guedes, Salvador. Las defensas de La Habana y la estrategia global de España para el Nuevo Mundo. Trabajo monográfico, Miami, 2009

(2).- Fray Francisco de Pareja, Religioso de la Orden del seraphico Padre san Francisco, Guardián del Convento de la purísima Concepcion de Ntra. Señora de san Agustín, y Padre de la Custodia de santa Elena de la Florida. En México. En la Imprenta de la Vda. de Pedro Balli por C. Adriano César, MDCXII.

(3).- Fray Francisco de Pareja de la Orden del Seraphico Padre san Francisco. En México, Imprenta de Juan Ruiz en 1627.

(4).- Larrúa-Guedes, Salvador. Agustín de Argüelles, hijo de españoles, primer descendiente de europeos nacido en tierra de Estados Unidos. Artículo. Centro de Estudios de la Florida Colonial, Miami, Florida, 2013.

(5).- Larrúa Guedes, Salvador. La ayuda de España y Cuba a la independencia de los Estados Unidos. Herencia Cultural Cubana, Miami, 2008.

(6).- Larrúa Guedes, Salvador. Artículo. Los grandes ausentes del 4 de Julio. Revista Ideal No. 382, Miami, 2012

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Autor: Dr. Salvador Larrúa.Guedes

Académico Correspondiente en Estados Unidos de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras.

Secretario de la Academia de la Historia de Cuba.

Fray Antonio de Sedella: el fraile que fue agente secreto, por medio siglo, en los Estados Unidos

Larra 












              Intrigante ejemplar, fue el Padre Sedella agente insuperable del gobierno
de La Habana en su política continental. Máximo inspirador del centrode espías  y saboteadores en Nueva Orleans, ayudó a organizarlodesde su llegada a Luisiana, y su red de servicios secretos,
puesta al servicio de España y de Washington durante laGuerra de Independencia, colaboró en gran medidacon la independencia de los Estados Unidos

Dr. Salvador Larrúa-Guedes

Ya se sabe que Juan de Miralles, delegado del reino de España ante el Congreso de los Estados Unidos, fundó una red de agentes secretos que contribuyó en gran medida a la independencia de los Estados Unidos, a la que aportó, además del talento de una bien montada inteligencia, una inmensa ayuda militar, material y financiera que decidió a favor de Washington muchas batallas, entre ellas, la de Yorktown, que abrió las puertas al nacimiento de la gran nación.

Desde 1777 Juan de Miralles y su red de agentes contaban, además, con los servicios inapreciables del fraile capuchino Antonio de Sedella, designado Inquisidor de Nueva Orleans. El famoso Père Antoine (Padre Antonio), llegó a ser Vicario General de Nueva Orleans y una figura clave en los servicios secretos españoles por su inquebrantable lealtad a la Corona del Reino, que sólo estaba detrás de su doble condición de sacerdote y misionero, porque Fray Antonio de Sedella, natural de Málaga, donde nació en 1748, era un verdadero asceta, un sacerdote ejemplar de vida muy humilde que murió muy querido por todo el pueblo, que lo adoraba y quería verlo en los altares.

La figura de este sacerdote tan querido por los habitantes de Nueva Orleans presenta ángulos muy distintos. Fue Rector del Sagrario de la Catedral y también Comisario del Tribunal del Santo Oficio, por lo que tuvo funciones de inquisidor. Era un monárquico convencido además de español de pura cepa, y un hombre de gran cultura, introvertido y misterioso. Sobre la actuación de este religioso se ha dicho:

«Intrigante ejemplar, fue el Padre Sedella agente insuperable del gobierno de La Habana en su política continental. Máximo inspirador del centro de espías y saboteadores sostenido en Nueva Orleans, ayudó a organizarlo desde su llegada a Luisiana. Bien es verdad que su traslado al Nuevo Mundo obedecía pura y simplemente al propósito de mantener la influencia española en estas tierras… traslado que tuvo su origen en el informe reservado número 250, fechado en Nueva Orleans a 25 de febrero de 1779, dirigido por el (entonces) brigadier Bernardo de Gálvez, gobernador de la provincia de Luisiana, al Sr. Joseph de Gálvez, Secretario del Despacho Universal de Indias…(1)«

Vida singular y novelesca la de este fraile aventurero, mezcla de heroísmo, abnegación y barbarie, consagrado exclusivamente al servicio de su amada Patria, España. Por una de esas singulares coincidencias de la historia, fray Antonio de Sedella llegó a Nueva Orleans el 25 de febrero de 1779 y ese mismo año, el 21 de julio, el rey Carlos III de España dictó la Real Cédula por la que Juan de Miralles Traillon se convirtió en delegado oficial del gobierno de España ante el Congreso de los Estados Unidos. En esos momentos, ya Miralles había probado hasta la saciedad el valor de sus servicios al reino, al tiempo que eran ya invalorables los servicios que había prestado a la causa de la independencia norteamericana.

FrayAntonioSedella

Desde esos momentos, Juan de Miralles y fray Antonio de Sedella quedaron íntimamente unidos por el vínculo común de su amor a España y su igual condición de agentes que actuaban contra todo lo que pusiera en peligro el poder de la Corona en tierras del Nuevo Mundo. Después de la muerte de Miralles en 1779, la actuación del P. Sedella continuó, durante muchos años, al servicio de su Patria, sin vacilación de ninguna índole.

Nunca fue descubierto el humilde fraile que murió en 1829 con fama de santo. Llevaba nada menos que 50 años dirigiendo el centro del espionaje español que tenía su sede en Nueva Orleans, y su vida legendaria y controversial bien merece una biografía que hasta el presente no se ha escrito.

Su actuación como agente de la Corona de España en Luisiana es poco conocida, pero poco a poco y documento tras documento, se ha ido conociendo su papel en la red secreta de Juan de Miralles. Un pliego fechado en Nueva Orleans en octubre de 1779, de carácter muy reservado, y dirigido al Capitán General de Cuba Diego Navarro, nos da una muestra de sus actividades:

«…como en otras ocasiones en que el servicio de S.M. qe. Dios gde. ha requerido de mi esfuerzo paso a enviarles varios mensajes de Don Miralles en los qe. se pone en su conocimiento y en el del gobernador de la Luisiana los movimientos de los ingleses del general Clinton acerca de los indios tratando de allegarlos al convencimiento de rebelarse y crear disturbios y distracciones contra las pocas tropas que quedan en esta gobernación de territorio tan dilatado qe. pocos cientos de hombres no pueden guarnecer dado que el general Gálvez (Bernardo de) anda en otros planes y la frontera se debilita y puede convertirse en un peligro si los ingleses y los indios sus aliados convencen y se ganan a los que son partidarios nuestros…(2)«

Otro documento habla claro de la actividad del P. Sedella:

«…recopilando todos los pliegos que llegan a esta dirigidos por Don Miralles, Franco. Rendon o Esteban Miró para resumir y compararlos los unos con los otros, cotejar y escribirlos de la forma qe. se necesita para luego hacerlos llegar a ese gobierno (la Capitanía General de Cuba) por los medios y formas que se han provisto…(3)«

Lo anterior significa que el dedicado clérigo comparaba entre sí varios informes, los analizaba y resumía, sacaba conclusiones y los resúmenes cifrados o escritos con tintas secretas, según el caso, se dirigían a La Habana o al gobernador de la Luisiana, para que se tomaran las previsiones necesarias en cada caso.

Tinta invisible y mensajes en clave. La toma del delta del Mississippi. Juan de Miralles recoge donaciones y entrega sus propios caudales a la causa de la revolución.

Fue fray Antonio de Sedella quien desde su sede en Nueva Orleans incorporó el uso de tinta invisible y de mensajes cifrados a las prácticas normales de la inteligencia española durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.

Hombre de gran cultura y vastos conocimientos químicos(4), fray Antonio llegó a conocer muy bien el uso del cloruro de cobalto que empleaba como tinta invisible o simpática. Extensos mensajes escritos con una solución de cloruro de cobalto (CoCl2) disuelto en agua en cierta proporción se mantenían invisibles a temperatura ambiente y sobre todo en invierno, pero se podían leer perfectamente cuando el papel se planchaba de forma que su temperatura alcanzara 60 grados centígrados, momento en que el texto adquiría un intenso color azul que permitía una fácil lectura. Con el paso del tiempo, fray Antonio comenzó a emplear, además, el prusiato amarillo como tinta para escritura secreta, porque esta tinta tenía la ventaja de ser indeleble. Colocando encima del papel donde estaba el texto invisible otro impregnado en sulfato de hierro, las letras invisibles se coloreaban inmediatamente en azul.

Además, fray Antonio elaboró procedimientos de cifrado, utilizando claves criptográficas alfanuméricas por medio de algoritmos que cambiaba frecuentemente. Era un procedimiento bastante seguro para el envío de mensajes, aunque el sólo hecho de que el enemigo se apoderara del papel cifrado lo alertaba sobre la existencia de trasiegos de información que podían perjudicarlo.

Muchas veces, el Padre Sedella utilizaba cierto libro. Había dos ejemplares: uno en poder del emisor del mensaje, y otro en manos del receptor. Se acostumbraba utilizar una secuencia de números: el primer trío de números se identificaba con una página del libro, dos números a continuación identificaban el numero de un párrafo dentro de una página, los dos siguientes el número de una línea dentro del párrafo, y los dos otros dos números a continuación, una palabra del mensaje.

Por ejemplo, 056.05.03.15 se traducía: página 56, párrafo 5, línea 3, palabra 15.

El procedimiento del descifrador era laborioso, pero seguro, para localizar una a una todas las palabras del mensaje.

Bastaban dos ejemplares de la misma edición de un libro cualquiera, uno para el emisor, otro para el receptor. Sólo conociendo de qué libro se trataba se podía llegar a conocer el contenido del mensaje.

La ayuda de fray Antonio de Sedella se convirtió, entonces, en una inapreciable colaboración para el servicio secreto español en los Estados Unidos, ya desde el tiempo en que lo dirigía Juan de Miralles y después en los años en que estuvo al frente su sucesor, Francisco Rendón, igualmente comisionado de España ante el Congreso Continental(5).

Después, el propio fray Antonio quedó al frente de los servicios secretos españoles, encargándose de dirigirlos durante medio siglo, 50 años durante los cuales sus adversarios nunca pudieron estar al tanto de los mensajes que se emitían o de los conocimientos e informaciones que llegaban a la inteligencia española a través de procedimientos muy discretos y sutiles en aquella época.

James Madison, en su correspondencia con Clayborne, afirmó que el Padre Sedella era un hombre de educación refinada, aventurero, intrigante y muy peligroso. El Rector de la Catedral de Nueva Orleans afirmaba que fray Antonio era un verdadero santo, y esa era la opinión del pueblo que lo adoraba por su vida pobrísima y ascética, su humildad, su dedicación a los desamparados y su sacrificado desempeño sacerdotal, lo que no le impidió ser el más famoso agente de inteligencia al servicio de Su Majestad Católica, el rey de España(6), y tal vez el único espía en la historia del mundo que lo fue durante 50 años sin que nadie sospechara, porque algunos de sus actos sólo comenzaron a ser conocidos, muy despacio, después de su muerte. Otros, que guardó en total secreto, quedaron sepultados para siempre…

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Leyenda:

(1) Archivo Nacional de Cuba (ANC). Floridas, legajo 15, signatura 79 (Libro copiador de correspondencia del Sr. Bernardo de Gálvez, gobernador de la provincia de la Luisiana, con el Sr. Joseph de Gálvez, Secretario del Despacho Universal de Indias), Cf. Franco, José Luciano. La batalla por el dominio del Caribe y el Golfo de México, tomo I. Instituto de Historia de la Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1964, pp. 203 ss.

(2) Archivo Nacional de Cuba (ANC). Correspondencia de Capitanes Generales, leg. 12, 18. P. Sedella a Capn. Gral. Diego J. Navarro. Acciones de los ingleses entre los indios de la Luisiana, 13.X.1779. En: CDHFC, Luisiana, XVIII, P. Sedella a Diego Navarro.

(3) Ibídem, leg. 12, P. Sedella a Capn. Gral. Diego J. Navarro, sobre informes reservados, en 7.I.1780

(4) Gassler, F.L. Père Antoine, Supreme Officer of the Holy Inquisition of Cartagena, in Louisiana. The Catholic Historical Review, Catholic University of America Press, Luisiana, 1922, pp. 59-63, todo este asunto.

(5) Ibídem

(6) Wyat Bishpam, Clarence. Fray Antonio de Sedella: an appreciation. Luisiana Historical Quarterly. New Orleans, 1922

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Autor: Dr. Salvador Larrúa-Guedes

Académico Correspondiente en Estados Unidos de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras. 

Secretario de la Academia de la Historia de Cuba. 

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