Del amor…

Del amor…

La miel de tu arroyo
es ámbar dorado en mi piel
cuando en la penumbra rumores
gimen murmullos de amor.


La caricia del alma sedienta
apoya tu mano en mi ser
y en la intensa mirada nos une
sólo aquello que nadie ve.


Cuando miras yo miro tus ojos:
la parda melancolía
se adormece en la tarde
y en las sombras que rápido arriban
hay dudas, perdones, olvidos
y estalla radiante tu oro líquido
fundido en mi cóncavo ser.

Destino

En la densa noche 
de las noches plenas
mi alma te busca
en los profundos sueños
mas no te encuentra
en el deleite magno
y sí te halla trunco
en la verdad oculta.


Tú, negra estrella
en agujero infinito.


Yo, perdido ocaso
de otros tiempos
cuando sembramos gritos
en la mudez de la tierra
cuyos silencios perduran
en los ecos perdidos.


Mas una historia revive
en la sorda indiferencia
que una realidad nos mantiene
más allá del olvido
y más acá nos retiene
en el divino destino
de ser uno y otro diversos,
inexorablemente unidos.

El hombre que espera

En la ceniza del tiempo
el hombre espera.
Las nubes marcan
extraños señuelos
en planos ocultos.
El ámbar de luna
ilumina el horizonte
moneda insistente
de ascuas fortuitas.
La noche, pelaje azabache
y mirada mansa
se entrega a los sueños.
Sobre la simple mesa
el ábaco desgrana
cuentas de silencios
y las burbujas de aire
en el agua fresca 
de un vaso encendido
rememoran ardientes
amores ya idos
mientras la vida transcurre
en planos de olvido.
Mas hay un alerta
que late inconsciente
como pájaro de alas
azules de tiempo
y en la espera mansa
del todo perdido
nace un ansia divina
en un nuevo camino

El olvido

El astrolabio que me rige
en la inútil búsqueda
del inasible amor.
La luna de los cobres
que no muda y permanece
quieta en el silencio.
La palabra desecha
en el uso intenso
de algún eco sonoro
o secreto no dicho.
Todo ha sido o es
anverso y reverso
de la fluida energía.
No vienen ya los recuerdos
a avivar mi mente
en la peor de las señales:
te has ido.
Y e  la mansedumbre
de las horas del hombre
perdido, me ignoras
con tu ciega luz
y recibo tus haces de olvido. 

Ascua sagrada

Se ha roto el silencio
que pendía de palabras
pensadas en la quietud
de la tarde, en el hastío.
No hay sino algún sonido
que tenue vibra en mis oídos
memoriosos, sin atisbos. 
La penumbra toca mis ojos
y en la lejana techumbre
de un tímido recuerdo
el piano sueña armonías
en perfecta melancolía.
La antigua puerta del olvido
se abre repentina y entra
inasible tu presencia
como un ascua sagrada
en la tarde mortecina.
Y en acirde sin final
las notas vagan tímidas
en la noche doblegada
al estricto rigor del tiempo
que silente, ha huído. 

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