📧 elmonarquico@monarquicosdeespana.es

HAZTE SOCIO DE LA HERMANDAD NACIONAL MONÁRQUICA DE ESPAÑA
OPINIÓN

500 años después. El halo de misterio y genialidad de Leonardo Da Vinci

Recapitulado el Quinto Centenario del fallecimiento de Leonardo da Vinci o Leonardo di ser Piero da Vinci (1452-1519), o lo que es lo mismo, el símbolo que ha suscitado tanta admiración por el talento corroborado en sus obras, exponencialmente se han ido multiplicando todo tipo de reconocimientos, memorias y reflexiones para este personaje versátil, polifacético y avanzado a su tiempo, que se afanó por diversas disciplinas, como escritor, matemático, científico, escultor, pintor, arquitecto, ingeniero, astrónomo, paleontólogo, músico, botánico o urbanista; difícil de destacarlo en alguna más que en otras.

Habitualmente, este polímata florentino ha sido retratado como un experto hábil en sus muchas materias y emblema del Renacimiento, que, como genio cosmopolita, además de filósofo humanista, cuyo interés por la investigación ilimitada únicamente puede ser comparable a su enorme capacidad inventiva, es considerado como uno de los más grandes artistas de todas las épocas y, posiblemente, la persona con la mayor cantidad de competencias adquiridas en los diversos estudios materializados.

Como inventor, Leonardo supo interpretar y madurar ideas pioneras como el automóvil, el submarino, el carro de combate o el helicóptero, entre algunas.

Bien es cierto, que pocas de sus aspiraciones llegaron a cristalizarse, como la máquina para determinar el máximo elástico de un cable, puesto que la mayoría de éstas, no eran operables por entonces.

Ya, como científico, se acrecentó en el aprendizaje de áreas como la anatomía, ingeniería, hidrodinámica o la óptica.

Pero, sin duda, su vinculación más afamada recaería en la pintura. Dos de sus obras más célebres, “La Gioconda” y “La última Cena”, son infinitamente prestigiosas y mencionadas por los especialistas de arte, como algunas de las más excelentes creaciones de todas las edades.

No obstante, Leonardo cuajó poco más de 30 producciones, un elenco de cuadros pequeños para ser un creador tan acreditado.

Esta cifra de trabajos tan minúscula, junto a sus cuadernillos con bosquejos, gráficos, diagramas científicos e introspecciones sobre la esencia de la pintura, configuran un rico legado para las generaciones futuras de artistas virtuosos.

Aunque, un aspecto en general menos consabido por la ciudadanía, residió en que nos dejó un extenso muestrario de manuscritos, básicamente concretados en cuadernos o anotaciones, donde gradualmente compilaba, asentaba, trazaba y discurría por doquier, sobre cada uno los saberes e instrucciones de su momento.

Ello lo evidencia, los poco más o menos de 6.000 pliegos de manuscritos que lo avalan, con escritura especular o invertida, actualmente diseminados entre las Bibliotecas más influyentes de la aldea global; solamente, el Códice Hammer de Leonardo está en posesión de William Henry Gates (1955-64 años), conocido como Bill Gates, un acaudalado magnate empresarial, informático y filántropo americano.

Con estas reseñas preliminares, nos acercamos a una mente y un corazón que anhelaba la sabiduría integral y globalizante; no ambicionando alcanzar ésta por la vía del estudio de la revelación, como los escolásticos y teólogos de las centurias anteriores; y, mucho menos, por la senda de la lógica intelectual que se impregna de las fuentes de autores pasados.

Con lo cual, Leonardo, no se estimó escolástico, ni reposó en el peso de los iniciadores clásicos, como hicieron un sinnúmero de individuos del Renacimiento, porque, en realidad era iletrado.

Una breve semblanza biográfica de Leonardo da Vinci nos revela, que era descendiente de una familia acaudalada de nobles italianos: hijo ilegítimo, porque su progenitor Piero Fruosino di Antonio da Vinci (1427-1504), canciller, embajador de la República de Florencia y notario, dejó encinta a Caterina, una joven sencilla de parentela campesina, de quien se ha conjeturado que pudiese haber sido una esclava de Oriente Medio.

Según refrenda su partida de bautizo, Leonardo recibió las aguas bautismales y pasó sus cinco primeros años en el hogar paterno en Vinci, localidad italiana de la provincia de Florencia, adoptando el tratamiento de hijo legítimo. Muy pronto se cultivó en la lectura y escritura, prosperando en las enseñanzas de aritmética, pero, curiosamente no profundizó lo suficiente en el latín, raíz del saber tradicional.

El hecho que poseyese una ortografía confusa, prueba fehacientemente que su preparación no quedó dispensada de ingentes vacíos; si bien, queda claro, que no era la de un universitario.

En aquellos trechos, las convenciones nacientes en los nombres de las personas no se habían impulsado aún en la Europa Occidental, por lo que singularmente las estirpes importantes explotaban el apellido patronímico. Las gentes de la población solían nominarse por su nombre, al que se le incluía todo tipo de matices como el nombre del padre, lugar de procedencia, algún apelativo o nombre del mentor. Por tanto, su designación secular corresponde a Leonardo di ser Piero da Vinci, que personifica “Leonardo, hijo del maestro Piero de Vinci”; la terminología “da” no puede ir en mayúscula al no utilizarse como apellido.

Conforme Leonardo crecía, acogía como auténticos métodos científicos la contemplación de la naturaleza y la experimentación que, paulatinamente, le iban entusiasmando. De esta manera, vislumbró y dispuso de la praxis empírica un siglo antes que Francis Bacon (1561-1626) discurriese sobre él, y con anterioridad a que Galileo Galilei (1564-1642) lo pusiese como ejemplo y modelo.

Fotografía: National Geographic de fecha 14/I/2020

Leonardo no documentó síntesis metodológicas, pero en sus libretas de notas dejó reflejadas sus inconmensurables percepciones. Y es que, tanto las matemáticas, como la geometría o la aritmética, pueden alcanzar la certeza total dentro de su terreno, porque ellas mismas se sirven de nociones mentales ideales de valía universal.

En sus esquemas abundantes, se constata la trascendencia que otorga al criterio en la indagación investigativa, anticipándose a ilustres de la Modernidad como René Descartes (1596-1650), también llamado Renatus Cartesius y las pautas que armoniza en su plan, que en nada se diferencian de las actuales tesis que se manejan a la hora de disertar sobre el tratamiento científico.

Varias lógicas fundamentan la suma descomedida de escritos, cabiendo subrayarse su ansia de superación, que le imposibilitó completar el conjunto de propuestas en las que se intrincaba con sus técnicas de gestión, quedando fascinado como ya se ha citado, con la admiración escrupulosa de la madre naturaleza.

A lo largo y ancho de su proceder adulto, pero, sobre todo, en el transcurrir de sus intervalos de andadura en la corte de los Sforza en Milán, Leonardo sobresalió como artista y técnico mecánico. Sus obligaciones como pintor e ingeniero ducal, englobaba el realce y toque personal de retratos y el trazado de formaciones, marchas y conmemoraciones, con una multiplicidad de quehaceres en ingeniería que le demandó viveza, iniciativa y destrezas en la manipulación y desenvoltura de materiales.

La multitud de pericias innovadoras se adecuaron a dichas tareas. Así, durante esta etapa, Leonardo fraguó numerosos mecanismos realmente sorprendentes, que le proporcionaron gran popularidad. Entre algunos de sus hallazgos se reúnen, puertas que instintivamente se abren y cierran por medio de contrapesos; o una lámpara de mesa con luminosidad cambiante; o efectos mobiliarios plegables; o un espejo octogonal que produce un sinfín de imágenes y un asador, en el que su horneado es lento o rápido, en la medida en que el fuego discurre moderado o intenso.

Del mismo modo, no redujo exclusivamente sus sutilezas de ingeniería para estos instrumentos, sino que improvisó otros artilugios mucho más sofisticados. Confluyendo aparatos textiles de hilado, tejido, bobinado del cáñamo o artificios de fabricar agujas, así como maquinarias para la fundición y forjado de metal, o dispositivos de corte de madera y pulido de la piedra, o conjuntos de moler. Toda una combinación de equipos básicos de su época.

Un prototipo característico de invención estuvo en los medios de medición que Leonardo proyectó y trazó para sus ensayos científicos. Particularmente, llevó a cabo infinidad de tentativas por perfeccionar los componentes de la relojería para el cálculo del tiempo, que convenientemente todavía no se había perfeccionado.

Conjuntamente a la ingeniería mecánica, pródigamente se consagró en la ingeniería civil y militar; siendo distinguido como uno de los profesionales hidráulicos más notables de Italia y en su estancia con los Sforza, de suponer, que sería el promotor de cada una de las construcciones hidráulicas en Lombardía; modernizando las redes de canales e ideando soluciones específicas para dragar conductos y debidamente empotrar pequeñas tomas en los ríos, impidiendo posibles inconvenientes a las propiedades adyacentes en el proceso de cimentación.

Uno de sus más deseosos, pero no cometidos objetivos hidráulicos, consistió en un acceso navegable entre Florencia y Pisa. Leonardo, dedujo que esta travesía ofrecería regadío para la tierra de secano e incluso, ser aprovechada como cauce industrial, suministrando energía para molinos que abastecía seda y papel, como para las ruedas motrices de los alfareros y el cepillado y corte de la madera.

Ya, como ingeniero militar, con asiduidad se le consultaba acerca del planteamiento y dirección de las campañas bélicas, así como del movimiento y disposición estratégica. Recreándose con croquis de baluartes y procedimientos admirables para detener o derivar corrientes con las que asaltar a las tropas contendientes.

Los innumerables encargos puestos en escena por los gobernantes militares, estribó en la delineación de composiciones armamentísticas, con la finalidad de salvaguardar y proteger los poblados y ciudadelas. Sin soslayarse, la traza de máquinas de demolición en la batalla, además de piezas artilleras, catapultas, municiones de cañón, ballestas gigantes y equivalentes.

Paradójicamente, Leonardo, se contrapuso a los conflictos belicosos, a la que él denominó literalmente como una “locura bestialísima”. Esta supuesta negativa puede fundamentarse, porque se hallaba ante la necesidad inexcusable de administrar algún ingreso permanente, que le proporcionara continuar con sus estudios científicos; más tarde, cautamente, se apoyó en sus modélicas facultades de ingeniería mecánica, mostrando extraordinarios bocetos de ingenios de guerra, con la que afianzar una independencia económica. Análogamente, fue sensato en valorar, que estos diseños nunca se llevarían a término.

Igualmente, de estos cuadernos se deduce, que Leonardo estaba magnetizado por los motores mortíferos del combate. Quizás, al igual que con las catástrofes y calamidades del mundo físico, que en el fondo le seducían.

Hoy por hoy, unas cuantas disertaciones cuestionan ampliamente algunas de estas aportaciones tan destacadas en ingeniería mecánica, civil y militar, como el volumen denominado “Ingenieros del Renacimiento: De Brunelleschi a Leonardo da Vinci”, perteneciente al historiador Paolo Galluzzi (1942-78 años).

Es menester subrayar, la alternativa de Leonardo por la formación en la tecnología empírica medieval, a la mecánica teórica que emprendió con la visión por las matemáticas iniciadas en Milán. De los creadores antiguos, inspeccionó con más ahínco dos obras de Jordanus Nemorarius, un matemático riguroso del siglo XIII que razonó varios tratados sobre matemáticas y mecánica, que demuestran una formidable inteligencia en sus fundamentos.

Sucesivamente, se impregnó de opiniones puntuales de los principales y más originales pasajes del corpus de la ciencia medieval, sobre los pesos, interpretando en sus manuscritos algunas de las proposiciones, que, posteriormente, contrastó hasta rebatirlas experimentalmente con las comprobaciones erróneas.

Para ello, recurrió a la ley de la palanca, con la intención de computar las fuerzas y pesos indispensables que fijasen el equilibrio en sistemas simples y compuestos, involucrando útiles como balanzas o pesos colgando de cuerdas y poleas. Juntamente, examinó escrupulosamente las resistencias en varios segmentos de los hilos, seguramente, con la intención de evaluar las tensiones comparables de los músculos y tendones de las extremidades humanas.

Paralelamente, a la vez que averiguaba las leyes que conducen a los sistemas mecánicos en equilibrio estático, observó la ponderación de los fluidos que en nuestros días está catalogado como la hidrostática. Saltando a la vista, que Leonardo había adquirido un entendimiento absoluto en lo que atañe a la flotabilidad, porque reconoció que los objetos pesan menos en el agua que en el aire, hasta atribuir la diferenciación empíricamente.

Al conformar los estudios de la “Ciencia de los pesos” y de la “hidrostática”, Leonardo se motivó para ahondar en los nexos entre las fuerzas y los movimientos. En sus esfuerzos por plantear lo que en siglos precedentes se adjetivaría como “Ciencia del movimiento”, se topó con serios impedimentos conceptuales que eran de más envergadura que los efectuados sobre la estática.

La deducción geométrica que dedicaba para el diagnóstico de las máquinas, fue más trabajosa de superponer a las demostraciones dinámicas de los cuerpos en movimiento, influenciados por los impulsos que colisionan entre sí. Amén, de los juicios necesarios para exponer con rigurosidad estos fenómenos como la energía, la fuerza o la aceleración, que en aquel período no habían sido descifrados completamente.

Ciertamente, harían falta otros dos siglos para referir y precisar visiblemente estos conceptos elementales de la mecánica.

En atención con la hipótesis aristotélica de los cuatro elementos, propiamente admitida en la Edad Media (siglos V y XV) y durante el Renacimiento (siglos XV y XVI), las movilidades de los elementos, valga la redundancia, resultan de sus directrices naturales a retornar. Leonardo, se retuvo en esta definición teleológica de las fuerzas y el movimiento, pero, en numerosas situaciones llegó a poner en cuestionamiento sus indicios fundamentales, al sopesar que confluían demasiados contratiempos en su celo por averiguar estas manifestaciones mecánicas.

Años después, denotó idénticas sospechas con relación al enfoque aristotélico de la gravedad con el flujo del agua. Llegado a este punto, teniendo en cuenta el entresijo conceptual de la mecánica clásica y medieval, a veces exhibió una agudeza intuitiva de los criterios indeterminados que quedaban por delante de su entorno.

Toda vez, que, en otras coyunturas, no se evadió de las reticencias en las suposiciones tradicionales aristotélicas.

En su empeño por esclarecer la mecánica clásica y medieval, determinó cuatro indicadores cardinales, que tal como lo referiríamos en los instantes presentes, serían el movimiento o la velocidad, el peso, la fuerza y la percusión o el impacto.

Consecuentemente, esta figura inagotable e inabarcable en cuanto a la sapiencia en sus descubrimientos y progresos de principios abstractos de la mecánica anticipados a la sazón, merecen ser enumerados sobresalientemente, como su alcance con el movimiento respectivo; o su atrevimiento instintivo en la retención de la energía y de forma extensiva, su reciedumbre en los principios de la conservación, a los que ineludiblemente hay que añadir su antelación en la ley de la disipación de la energía y su precisión en los métodos invariables con una dimensión física del tiempo.

Y, cómo no, su aproximación entre otros, a la interacción entre la gravedad y la inercia en la oscilación de un péndulo con un predominio semejante al del recorrido de una piedra lanzada con un arco; o, a sus mediciones con un plano oblicuo para analizar la aceleración de la gravedad, o con salidas de agua para indagar los recorridos balísticos; o, su averiguación del principio designado como la “Tercera Ley del movimiento” de Isaac Newton (1643-1727), con su incuestionable anticipación intuitiva del principio de Pierre de Fermat Beaumont-de-Lomagne (1607-1665).

Por último, pero, no menos significativo, su concreción en el centro de masa del tetraedro en razón de su simetría.

En definitiva, se pone de manifiesto que Leonardo conservaba unos conocimientos científicos que rebasaban la herencia aristotélica y arquimediana que absorbió a todo un espacio mundial.

Estas erudiciones que no eran de una persona cualquiera, sino, de Leonardo di ser Piero da Vinci, respaldaban su origen creativo y, por ende, las innovaciones ejecutadas, que no se hubieran plasmado en comparación con su gran potencial gráfico-descriptivo e ingenieril de los contemporáneos de entonces, que daban la impresión de quedar anticuados, ante tanto sentido del saber.

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 18/I/2020.

Fotografías: National Geographic de fecha 14/I/2020 y la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: