El extraordinario legado de los imperios fundadores, como es el caso de la Monarquía Hispánica, se dejaría advertir, ante el apremio de hermanar a quiénes aislados por cadenas montañosas, ríos e inmensidades oceánicas, durante centurias se otearía como una de las principales arterias del planeta.

Era para menos, la cultura y la lengua se convirtieron en los pilares logísticos de toda una red de caminos, que España estoicamente trazaría en tierras americanas.

Así, en las postrimerías del siglo XVI y hasta la última etapa del XIX, nos adentramos en una de las rutas más insólitas de la América colonial, al fusionarse el influjo de la Nueva España en la Ciudad de México hasta Santa Fe, que en nuestros días es la capital del Estado homónimo.

Por lo tanto, lo que aquí se relata, es la promesa de una vida nueva que los colonos españoles a base de sudor y sangre entretejieron de manera magistral, mediante una malla de vías, denominadas ‘Reales’, para posibilitar el trecho de mercancías en los parajes de Nueva España. Las cuatro principales concurrieron en la Ciudad de México: La que se encauzaba al Norte, bastante árida y colmada de muchos riesgos que se le llamó ‘Tierra Adentro’ por lo ignoto de su superficie; pero, igualmente, desenmascarada como una encrucijada abierta a innumerables sueños. Atañéndola de ‘Norte a Sur’ con el periplo de la plata; mientras, que, de ‘Sur a Norte’, se yuxtaponían incesantes abastecimientos y materias primas como el mercurio.

Los 2.560 kilómetros que entre los años 1598 y 1882 aglutinaron el denominado ‘Camino Real de Tierra Adentro’, conocido también, como la ‘Ruta de la Plata’ o ‘Camino de Santa Fe’, se empleó como medio de transporte estructurante de estas sociedades, cuyos trabajos de minería, ocupaciones y villas, daban cuerpo a este itinerario caminero en el que sucesivamente irían surgiendo zonas de alojamiento, prisiones y haciendas como puntos de apoyo, que íntegramente acogió este servicio humanitario.

Los 220 kilómetros iniciales del ‘Camino Real de Tierra Adentro’, apresuradamente se urbanizaron, coincidiendo con el hallazgo en Zacatecas de importantes filones de plata, por una pequeña avanzadilla de soldados españoles e indígenas. Ello, promovió la obra de una carretera principal que la enlazó con la Ciudad de México.

De la misma manera, el ejército virreinal consagró escrupulosamente este acceso, para socorrer a los transeúntes, al ganado y a los efectos o géneros que circulaban por estos recorridos.

Luego, difícilmente podían quedar desvinculados de este camino los grandes centros poblaciones del Norte novohispano, que paulatinamente multiplicó los intercambios de productos e influencias entre lugares tan representativos como Jalisco, Durango, Querétaro, San Luís Potosí, Aguascalientes, Guanajuato, Lagos de Moreno, Zacatecas, Chihuahua y Nuevo México.

Como se puede apreciar en las referencias bibliográficas examinadas, este ‘Camino’ se justificó como un reguero excepcional de comunicación. El alcance más inmediato de esta causa, no pudo ser otro que el auge de las minas y el montaje inmejorable de carreteras y viaductos. Toda vez, que su impacto se consideró como imponente en términos de organización, propagando una integración social inmejorable entre los numerosísimos habitantes que allí concurrieron. Instaurándose poblaciones multiétnicas que denotaron la fusión española y local.

De igual forma, la revolución agrícola y económica no fueron menos, expandiéndose en estos tres siglos de incuestionable presencia hispana. Y es que, la dilatada fuerza histórica de la ruta del ‘Camino Real’, forjaría una inmensa herencia patrimonial a ambos lados de la fachada política binacional, a modo de un complejo cultural que se ha perpetuado como la fundamentación de la cultura del Norte.

Una travesía coligada con puntos arqueológicos prehispánicos de grupos sedentarios rezagados, posiciones de cazadores recolectores y etnias combatientes, que interaccionaron con los moradores españoles durante esta etapa colonial.

Con lo cual, esta gran hazaña nos alienta a reflexionar que el ‘Camino Real de Tierra Adentro’, básicamente desde la visión de conservación de un patrimonio cultural e histórico de magnitud descomunal y del que, sin duda, España adquirió un especial protagonismo por su extraordinaria aportación, es una oportunidad de cooperación multilateral en materia de identificación común.

Lo que ha legitimado en el año 2010, el logro en la declaratoria como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, al mismo tiempo, de contenerse cinco sitios ya registrados en la memoria del Patrimonio Mundial.

Con estos rasgos preliminares, se da por iniciado un trazado universal, como ningún otro había existido antes, implementado con el espíritu impertérrito hispano, presto a abrir de par en par el pórtico de las comunicaciones con el Norte del Virreinato de Nueva España.

Ello iba a permitir, la exploración y empresas militares, como el establecimiento, la comercialización y la evangelización de vastos espacios.

Un paradigma de adaptabilidad sin límites, en una época demasiado escabrosa y de indudable integración cultural, donde la plata, amén de encandilar a los españoles, haría lo mismo, con franceses, italianos, portugueses, ingleses, alemanes y flamencos.

Probablemente, lo más asombroso, es que, en aquel lugar, la estirpe hispana se reunió con civilizaciones indígenas como ‘totonacas’, ‘otomíes’, ‘mayas’ y ‘tlaxcaltecas’, que no imposibilitaría que comparecieran encadenadamente otros pueblos venidos de Asia, en su amplia mayoría japoneses o negros del continente africano, que auspició un mestizaje acelerado.

Un viaje con bifurcaciones que alternativamente se recorrieron por culturas precolombinas, con la premisa de comunicarse y llevarse a término el trueque de actividades comerciales entre el Sur ‘Mesoamérica’ y el Norte ‘Aridoamérica’ y ‘Oasisamérica’, y que a posteriori, serviría para que los europeos recién llegados, diseñaran un conducto que atrajo a un gran número de personas; vislumbrándose pensamientos e impresiones, que, en definitiva, acabaron consolidándose.

Primero, iban a ser ideas imaginarias; más tarde, indagadas y, en último lugar, llevadas a la práctica, pero ahora, impulsadas por el descubrimiento de minerales y piedras preciosas, e inmediatamente después, por las actividades del comercio.

GRu00c1FICO 2

Un nuevo país que actualmente es México alumbró de esta intersección de culturas, más bien, entre inconvenientes, designios civilizatorios como el cristianismo, o reseñas de amor y rencor, que confeccionó lo que en esta época se conoció como riqueza cultural en los sectores que operó el ‘Camino Real’.

Pero, ¿qué les inspiró a los hispanos a encarar tan extenso desplazamiento? Realmente, esta decisión parece inescrutable, porque los territorios de Nueva España escaseaban del atractivo del oro y eran agrestes, solo conservados porque el Rey de España no quería abandonar a los indios convertidos.

Mientras, los colonos pretendían escapar de la malaventura de su existencia en el Reino de Castilla, siendo palpable que los grandes dominios como España o Inglaterra, eran estados ricos con súbditos indigentes, en cierto modo, obligados a desplazarse para prosperar.

Por consiguiente, el origen principal de esta partida encasillada en un éxodo, se catalogaría en la adquisición de un lote de tierra, o en el derecho a servirse del don antes del nombre y el innegable acercamiento a la clase social hidalga.

Centrándome en el Virreinato de Nueva España, cuando la Corona acuerda no renunciar bajo ningún concepto a la provincia de Nuevo México, establece un sistema definido para proveer preceptivamente las misiones, penales y propiedades del Norte. Precisamente, es la expedición conocida como ‘Conducta’, la que marcha cada tres años de la Ciudad de México, con la intención de suministrar diversos envíos y ranchos para compartirlos con otros colonos de Nuevo México, Texas y Arizona, o, lo que es lo mismo, la célebre ‘tierra de frontera’.

Se emprende así, tras el ciclo de lluvias una amplia y peliaguda andanza de seis meses.

Los que allí estaban como testigos directos, avistaban algo así, como una interminable columna humana dispuesta de colonos, religiosos y milicias de escolta, acompañada en la retaguardia por rebaños de reses, cerdos, caballos y el resto de la recopilación de la ganadería española, preparada para ser reubicada en el septentrión hispano.

Ahora, hombres, mujeres y niños con todo tipo de utensilios, se dirigían en grandes carros remolcados por bueyes. La caravana acarreaba semillas, plantones, e incluso, elementos litúrgicos, que tan imprescindibles iban hacerse para sobrellevar la supervivencia de aquellas distantes y devastadas tierras del Norte.

Cómo era de esperar, por el ‘Camino Real de Tierra Adentro’, progresivamente, se inyectó la cultura española.

A la vuelta, era sabido que los carromatos se surtirían de vino, bienes agrícolas, pieles de bisonte, prendas y otros artículos de Nuevo México, que, posteriormente, eran negociados en la feria de Chihuahua; por último, se aprovisionaban de plata proveniente de las minas de Guanajuato o de Zacatecas y del Paral.

Todo este gentío humano y de materiales varios, peregrinaba en treinta y dos consistentes carretones a cuatro ruedas, con lonas arqueadas y preparados para acarrear dos toneladas de embalaje.

Los bueyes, aunque menos asustadizos que las mulas, eran más tardíos en sus arranques y se desenvolvían muchísimo peor en tramos fangosos y empinados, lo que originó que mansamente, los trenes de carros se sustituyeran por recuas de mulas maniobradas por arrieros que, poco a poco, disminuyeron la duración del viaje en tan solo cuatro meses.

Una vez llegada la hora de la verdad, los colonos afrontaban un trayecto de más de mil kilómetros; muchos iban a ser los despechos que debían de soportar, entre ellos, de vez en cuando, las crecidas de los ríos, que podrían obligar a permanecer en las orillas largas semanas de espera, hasta que, por fin, descendían las aguas y podían cruzarlos.

En la otra cara, surgían las sequías prolongadas, que harían padecer lo indescriptible a personas y animales.

A poco de emprenderse esta aventura, les aguardaban las cuadrillas de ladrones salteadores, deseosos con hacerse de algún recaudo. Prontamente, se encaminaban a los desiertos mexicanos como Chihuahua, que, en resumidas cuentas, se convertían en apesadumbrados y angostos días de trance.

Del mismo modo, en estos páramos residían tribus indias predadoras, decididas a adueñarse de los caballos, aunque, no se desdeñaba la captura de algún individuo relegado o de alguna mujer o niño alejados del resto, que, en alguno de los descansos programados, lo más presumible es que no regresase jamás.

Simultáneamente a los movimientos furtivos indios, la estela de este grupo era rastreada incesantemente por manadas de lobos que al acecho y ante cualquier descuido, lograban hacerse con alguna de las cabezas de ganado.

En esta odisea no podía omitirse el cruce del río Grande en ‘El Paso’, que, a su vez, se tornaba en tragedia, porque exteriorizaba la línea de los límites fronterizos y tras franquearse estas aguas, tocaba alcanzar lo más temeroso; me refiero a la terrible ‘Jornada del Muerto’. Mucho más apartado de ‘El Paso’, ahora tocaba resistir cien kilómetros sin agua y donde abastecerse, que les supeditaba a un cruel e inhumano contratiempo de aguante.

Muy próximo a la divisoria y sin apenas pausa en el alivio, llegaba la antesala de las dunas de Samalayuca, con la aparición de arenas movedizas que irremisiblemente obstruían las ruedas de las carretas, imponiendo dar un gran rodeo y, posiblemente, proceder a la realización de enormes esfuerzos. Eran tantos los obstáculos como los recelos, y los desencantos como las supuestas fortunas que les esperaban.

Hay que hacer alusión a las tropas agregadas en los presidios, que, acompañando al convoy, repetidamente se reemplazaban para garantizar la seguridad; especialmente, cuando la muchedumbre se introducía en parcelas al resguardo de la noche; era aquí, donde los carros con las personas y animales dentro, establecían una especie de círculo como barrera defensiva. Y así, se alcanzaba Santa Fe, donde se repartían a los viajantes por el departamento de la frontera, a través de otros destacados cruces, como el de los Adaes y de los Tejas.

En consecuencia, estas ciudades y el ‘Camino Real de Tierra Adentro’, comenzaron a llevar una vida conforme a las realidades que acontecieron, al margen de las necesidades del Imperio. Suscitándose una cultura propia con la implicación de los nativos, como los pertenecientes al pueblo originario de Taos.

Los colonizadores admitieron estos vínculos como medida de afianzamiento en los lazos de unión con los indígenas. La estrategia seguida se definió como efectiva, hacinándose como un plumón de confianza frente al avance de otras potencias europeas como Francia e Inglaterra, establecidas más al Este.

No obstante, el siglo XIX hubo de reportar nuevas complejidades que más adelante simbolizaría un precedente, de lo que acabaría convirtiéndose en el primer enjambre descolonizador, que incluiría al resto del mundo.

Más que mercancías, ‘Tierra Adentro’ se monopolizó por las huestes de ambas partes. Tras la Independencia de los Estados Unidos (1775-1783) y con el objetivo de optimizar las buenas relaciones, el nuevo estado mexicano extendió la senda comercial hasta Misuri. Estas, definitivamente quedaron fracturadas al detonar la guerra entre ambos (1846-1848), tras la cual, se asignó la frontera que dividió en dos el ‘Camino Real de Tierra Adentro’, justo en medio de ‘El Paso’.

En seguida, las muchas confluencias de accesos modeladas meritoriamente por los españoles, comenzó a quedar estéril con la irrupción de la línea férrea.

Hoy, estos indicios exclusivos de marca hispana, es un ente indeterminado que engarza localizaciones en el plano mexicano, aunque, se hace constar, componentes antiguos entre pequeñas villas y puentes como los de Ojuelos, Atongo y La Quemada.

Contemplado e indagado sucintamente la repercusión del ‘Camino Real de Tierra Adentro’ que obró los sistemas carreteros, la tierra mexicana quedó interrelacionada desde épocas prehispánicas por una espaciosa red de comunicación, ya fuera en la aspereza del Norte o en los recónditos campos y follajes bajos del Sureste; así como, en la altiplanicie Central y en las penínsulas de Yucatán y Baja California.

A mitad del siglo XVI, otros tantos itinerarios se encarrilaron rumbo al Norte, erigiéndose como los primeros cabos sueltos que se ataron entre la incultura y la civilización. Lógicamente, el desenvolvimiento y la propagación de la minería, por doquier, fortaleció y agrandó esta ruta donde se movían importantes sumas de plata y mercurio, aparte de maíz, trigo, maderas para leño y otros productos que surtían las comunas norteñas y otras regiones.

Con el sucederse de los tiempos, el ‘Camino Real de Tierra Adentro’ funcionó como detonante en la fundación de nuevos focos de población, evidenciándose la responsabilidad diaria de un colectivo mestizo que, paso a paso, imprimió una nueva relatividad en la vida del hombre y por el que discurriría la cultura occidental, con indudables tradiciones orales.

Un usufructo que, hoy por hoy, es claro modelo de un diseño incomparable de etapas memorables, modos populares y caracteres aplicados a una proeza civilizadora, que no puso límites a la hora de consumarse y que lo abanderó una gran Nación como España.

Finalmente, a lo largo y ancho de este fascinante recorrido de más de trescientos años, evidentemente, se trenzaron mundos culturales de diversas poblaciones, como la expresión, el habla, la medicina, el universo de la música o el factor biológico de contrastar el crecimiento de las plantas mediante los sistemas de irrigación, cómo, asimismo, la conceptuación y las tecnologías de la ocasión.

La inmensa mayoría de la plata trasladada de la Nueva España entre los años 1561 y 1630, se extrajo de las explotaciones de Guanajuato y Zacatecas; un tesoro que se constituyó en la variable indiscutible para la colonización del Norte de México.

Por ende, el florecimiento de aldeas, villas, pueblos y haciendas emplazadas a la vera de este ‘Camino Real’, se debe a la portentosa labor de estos mortales de linaje hispano, en su empeño por las comunicaciones; un menester culminado de manera sobresaliente, que ambiciosamente aumentó y perfeccionó las diversas vías geográficas, dentro de lo que fueron los sistemas carreteros virreinales de España.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 11/VIII/2019.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: