Las numerosas referencias que argumentan la crucifixión y que inexorablemente han quedado constatadas a lo largo de la Historia, esconden tras de sí, un protocolo de condena que los romanos alardeaban a la hora de ponerla en práctica, como la más execrable e indigna pena capital pública que el mundo temía.

Al mismo tiempo, se vislumbraba un doble castigo, porque no sólo se acababa con la existencia del penado, sino que, mismamente, el individuo sucumbía sin descansar los pies sobre la tierra, no logrando el favor solícito de su última voluntad.

Ya, en sus inicios, la Cruz se había establecido como distintivo de muerte en analogía con la maldición. De hecho, en épocas impertérritas, las cruces se exhibían para amedrentar a la población y recordarles cuan miserables podía ser su desenlace definitivo. Pero, ¿qué mayor evidencia que el tormento padecido por Jesús de Nazaret, al ser azotado, coronado de espinas, golpeado y humillado antes de su crucifixión?

Los Santos Evangelios según San Mateo 27; San Marcos 15; San Lucas 23 y San Juan 19, respectivamente, describen el prólogo y posterior consumación de la Muerte de Cristo. Sin lugar a dudas, la ‘Declaración Testimonial’ que prueba la inhumanidad por la que tuvo que pasar el Hijo de Dios.

Tal como se ha expuesto en el texto anterior y al que este pasaje sigue su rastro, en consonancia al carácter degradante definido, la crucifixión era una fórmula vetada para los ciudadanos romanos castigados a muerte, porque un noble tenía que obtener el mejor de los tratamientos y en la ejecución se salvaguardaba esta prerrogativa.

Así, en el caso concreto que un ciudadano romano fuera penado a muerte, con anterioridad aceptaba el honorable momento supremo de la decapitación, o el método de escindir la médula en la zona del cuello por el filo incuestionable de la espada.

E inclusive, en los hechos que conllevasen a la alta traición, era mal visto colgar a un romano, que, por su propio juicio, elegía perecer a espada antes que el procedimiento pausado, atormentado y deshonroso de la crucifixión, donde no se dilataba únicamente el final, sino que el criminal pasaba a ser la diversión y burla de todos.

Durante el Cautiverio o Cautividad de Babilonia (587-537 a. C.), el Pueblo Judío siguió un calendario lunar de símil babilónico y lo satisfizo al retornar a Palestina. Ordinariamente, el ciclo anual constaba de doce meses lunares, pero, por término habitual, se disipaban once días de cada año en relación al período solar. Con lo cual, era casi obligatorio insertar un mes intercalar y algunos años se convertían en trece meses.

En la génesis de nuestra Era, no existía una norma disciplinada para la elección de los meses intercalares. Cada año el Sanedrín, como Tribunal Supremo Judío, determinaba si era indispensable o no, que se entretejiese un mes de añadido.

Para ello, habían de incidir algunas premisas, la principal residía en que la ‘Celebración de la Pascua’ aconteciese inmediatamente al equinoccio de la primavera; pero, si el año agrícola no había resultado fructífero y los primeros frutos llamados a ofrecerse no estaban lo adecuadamente maduros; o los corderos para el sacrificio no habían crecido lo conveniente, el Sanedrín disponía de la capacidad de introducir un nuevo mes. O lo que es lo mismo: se retrasaba la solemnidad de la ‘Fiesta Mayor’.

Estas peculiaridades han servido de base para el cálculo de la fecha presumible de la ‘Muerte de Nuestro Señor Jesucristo’. Los Santos Evangelios nos refieren que Jesús lo crucificaron en la proximidad o ‘Día de la Pascua’; es decir, el viernes 14 o 15 del mes de Nisán, primer mes del año.

Igualmente, sabemos que el ritual de la crucifixión se materializó en presencia de Poncio Pilatos (12 a. C.-36 o 39 d. C), de quien, por otras fuentes, ejerció el título de Procurador de Judea entre los años 26 y 36 d. C., de la Era Cristiana.

Al ceñirme a la ‘Pasión y Muerte de Jesús de Nazaret’, la Cruz es el símbolo central del cristianismo y su mismo vocablo procede del verbo latino “cruciare”, que significa “crucificar” o “torturar”. Y la palabra “crucifijo”, proviene de la terminología latina “crucifixum”, que es el participo de “crucifigere” que hace alusión a “fijar en la cruz”.

La representación de la ‘Cruz’ en la Iglesia Católica es una línea vertical atravesada por otra línea horizontal. A esta imagen se le conoce como ‘Cruz Latina’. Su embrión se vincula a la técnica de condena que se empleó con Jesús. Algunas exégesis proponen que sus dos maderos, vertical y horizontal, son el paradigma de quienes somos y cuál es la dignidad del hombre.

El madero horizontal, justifica el sentido del transitar al que el Hijo de Dios se ha incorporado haciéndose igual que nosotros, excepto en el pecado; mientras, el madero vertical, nos rotula el destino eterno, porque al no disponer de una morada en la Tierra, marchamos en dirección a la ‘vida eterna’.

De manera, que la ‘Cruz’ desenmascara nuestra identidad que como cristianos hemos heredado.

Una breve reseña historiográfica de la ‘Cruz’ afín con la ‘Crucifixión’, nos remite a algunas excavaciones perteneciente a la Edad de Bronce (3000 a. C.-1200 a. C.), hasta el hallazgo en Europa de una Cruz entre varios elementos semejante al modelo latino; tal vez, con propósitos de ornamentación, pero, también, en lo que atañe al prisma religioso priorizándose la naturaleza.

Toda vez que, en las sepulturas de dicha época, se descubrieron diversos componentes con rasgos conducentes a la Cruz.

Es digno de referir, que no se atesoran iconos de la Cruz correspondientes a los dos primeros siglos del cristianismo, puesto que, como ya se ha mencionado, ésta encarnaba un prototipo de martirio substancialmente deplorable.

Sin embargo, el aspecto de la Cruz formaba parte del semblante en una inmensa mayoría de los primeros cristianos; particularmente, en los trechos de la persecución, con la finalidad de identificarse entre ellos sinuosamente. Generalmente, realizaban el signo de la Cruz con un dedo en el suelo, pero no portaban ninguna figura sobre el cuerpo que les reconociese con la Cruz.

No obstante, en el monte Palatino, la más céntrica de las siete colinas de Roma y de menor elevación, se localizó lo que se supone como la primera estampa pictórica acreditada sobre la ‘Crucifixión de Jesús’, que conserva una leyenda en griego: “Alexámenos sébete theón”“Alexámenos, adorando a su dios”. Sosteniéndose, que la fecha de la obra corresponde al año 85 o 95 d. C., bajo el emperador Tito Flavio Domiciano (51-96 d. C.).

En el siglo IV la Cruz comienza a convertirse en la máxima preferente para personificar a Cristo y su Misterio de Salvación, quedando al margen la composición del ‘Buen Pastor’, el ‘pez’, el ‘ancla’ o la ‘paloma’.

El acaecimiento de admitir la Cruz como el lema cristiano, surgió principalmente con el enfoque concedido por el emperador Flavio Valerio Aurelio Constantino (272-337 d. C.), conocido como Constantino I o Constantino el Grande, hacia el año 312 d. C., al que le antecedió su triunfo en el puente Milvio sobre el Río Tíber de Roma. Desde entonces, a la Cruz le acompañaron expresiones como “in hoc signo vinces” o “con este símbolo vencerás”, distinguiéndose a los cristianos ‘los religiosos de la Cruz’.

En el año 326 d. C., Flavia Julia Helena (hacia 250-hacia 330 d. C.), distinguida como Santa Elena o Elena de Constantinopla, madre de Constantino, milagrosamente encontró la ‘Cruz de Cristo’ en Jerusalén.

Es por ello que el día 14 de septiembre, los ortodoxos conmemoran la dedicación de la Basílica en el punto exacto donde estaba la Cruz de Cristo. Análogamente, en esta misma jornada, la Iglesia Católica rememora la ‘Exaltación de la Santa Cruz’.

Por consiguiente, el artificio de la ‘Crucifixión’ en paralelo con la ‘Cruz Gloriosa de Cristo’, apenas, nos proporciona una vaga idea de la consternación que conjeturó este atormentado recurso de agonía en el Mundo Antiguo. En el caso específico de Jesucristo, el suplicio se compuso de un telón de fondo ignominioso, enfocado al cataclismo de quien había de soportarlo. Me refiero a castigos corporales como la ‘flagelación’; la ‘coronación de espinas’, el ‘camino de la Cruz’ y la ‘Crucifixión y Muerte’.

Primero, con la flagelación, los soldados despojaban de sus ropas al procesado, seguidamente lo aferraban a una columna baja y brutalmente lo fustigaban: bien, mediante el “flagelum”, una barra de madera con tres o cuatro correas de cuero simples; o su derivado, el espantoso “flagrum”, que difería del anterior, en que las tiras se satisfacían de tramos de hueso y metal sobresaliendo en pequeñas texturas de hierro, con la función de amplificar potencialmente la angustia.

Si bien, la Ley Judía fijaba en “cuarenta menos uno” la cantidad de latigazos, a Jesús se le flageló con dos verdugos o lictores, quienes gestionaban los azotes conforme a su estado de ánimo, por lo que difícilmente podían deducirse los límites impuestos.

Se considera que Cristo sufrió no menos de cien intensísimas flagelaciones, que indudablemente le abocaron a quedar completamente moribundo, desbordado de contusiones, desgarramientos musculares, heridas, magulladuras, pérdidas de hasta el 70% ciento de su piel, lesiones semejantes a quemaduras de tercer grado y hemorragias internas, que visiblemente apresuraron su expiración.

Segundo, la coronación de espinas, en seguida a la flagelación y con anterioridad a ser conducido al Calvario, los soldados se mofaron de Jesús y colocaron en su cabeza una corona elaborada con ramas espinosas.

Curiosamente, el arte ha interpretado la corona de espinas como una guirnalda, algo similar a las empleadas por los mandatarios romanos.

Pero, un estudio minucioso del Santo Evangelio, nos desvela que las espinas incrustadas a Cristo “sobre” la cabeza y no “alrededor” de ella, eran algo así como un gorro que envolvía la totalidad del cuero cabelludo, como la tradición de los monarcas orientales.

Con ello pretendo fundamentar, que Jesús soportó entre treinta y cincuenta perforaciones de espina, que, en opinión de los investigadores y expertos, le produjeron un escarpamiento o levantamiento del cuero cabelludo del cráneo, ocasionando un fuerte reguero de sangre e incesantes punzadas.

Tercero, el camino de la Cruz, en este itinerario realizado hasta llegar al Calvario o el Gólgota, término próximo al exterior de las murallas de Jerusalén, la Cruz romana se armaba de dos partes bien diferenciadas: el patibulum o patíbulo, posición erigida para asegurar los brazos y el stipes o palo vertical, en el que se suspendía el cuerpo y de inmediato se remachaban a martillazos los pies y manos.

Ambos maderos incorporados, adquirirían un peso aproximado de unos 150 kilogramos, una carga insostenible para ser transportada por un hombre de condición psicofísica medianamente normal; menos aún, por una persona que preliminarmente había quedado imposibilitada en sus constantes vitales.

Cuarto, la crucifixión y muerte, habiendo alcanzado a duras penas la ubicación estricta de la ejecución, se alcanza la cúspide de la atrocidad: el padecimiento de la Cruz, con la cual, las aflicciones se incrementaban hasta cotas inimaginables al umbral de resistencia. Indescriptiblemente, la dureza del imaginario a la hora de suponer esta maniobra, implica conjeturar las manos clavadas al patíbulo con grandes clavos de hierro, de no menos de doce centímetros de medida.

Sin inmiscuirse de este despiadado escenario, que el clavo no se introducía en la palma de la mano como habitualmente se acostumbra a escenificar en las pinturas, porque los tejidos son excesivamente deleznables para contener la sobrecarga del cuerpo; sino, más bien, en la muñeca, donde el clavo mutila y deteriora el nervio medio y siembra un daño inenarrable.

A continuación, inmovilizadas las manos, los verdugos levantaban el patíbulo y lo acoplaban al palo vertical. Es aquí, cuando comenzaban a sujetar los pies, clavándolos hasta engarzarse a la madera.

Incumbiendo al repertorio de torturas previamente digeridas, el afligido podía estar horas e incluso días en la Cruz. Jesús se enfrentó a seis interminables y agonizantes horas, siendo crucificado sobre las nueve de la mañana y expirando a las tres de la tarde.

La resolución concluyente de la muerte por crucifixión y primordialmente en el sumario de Jesús, se causó por tres circunstancias determinantes.

De cualquier modo, ésta se desencadenó tras una prolongada tribulación y el factor más significativo concierne a la asfixia. Jesús, al hallarse en una posición forzada, paulatinamente, los músculos del pecho se iban extenuando; más aún, en el intento de respirar al que quedó obligado a ayudarse de las manos y los pies, constantemente reavivaba el malestar propagado de los clavos adheridos en ambas extremidades.

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Los segundos transcurrían y la necesidad de coger aire eran cada vez más evidentes, a ello se fusionaba las convulsiones torácicas de inspiración y expiración que eran más dificultosas y complicadas; sin obviarse, el compromiso cardiovascular que se provocaba en este episodio incalificable.

Naturalmente, esta situación terrible hacía más arduo aspirar aire hasta que, finalmente, sucedía la muerte con un paro respiratorio.

Asimismo, los enormes traumatismos digeridos con los latigazos, la coronación y la propia crucifixión transponiéndolo con los clavos, irremediablemente conllevaba a la pérdida gradual de líquidos y sangre de hasta un 20% del total; anexo a la coadyuvante hipovolemia motivada por la sudoración, producto del traslado hasta el Gólgota. Sin descartarse las arcadas que pudo tolerar, aparejaba un shock hipovolémico traumático y fallo multiorgánico en escaso tiempo, cuando el corazón prácticamente subsistía sin capacidad para bombear suficiente sangre.

No puede soslayarse de este gran quebranto, que Jesús hubo de experimentar como la lanza de un soldado le atravesaba el costado, dándose por concluido el final de una muerte anunciada.

Además, en reiteradas ocasiones, como le sucedió a los dos malhechores crucificados a la izquierda y derecha de Jesús, el trance se precipitaba quebrándoles las piernas, dilapidándose el único punto de apoyo para respirar.

A este panorama desgarrador se unía la ignominia ante los presentes, porque la víctima era algo así como un infecto o una no-persona, rebajada hasta el último grado de infamia. El “pañito de la vergüenza” que tantísimos autores han ilustrado en sus obras cubriendo las partes íntimas de Cristo Crucificado, no es sino una forma piadosa de mitigar la aterradora exhibición que presumía agonizar en medio de tan espantoso abatimiento, íntegramente desnudo y a los ojos de todos.

Por si a lo expuesto en estas líneas le faltase alguna pieza irrazonable y descabellada, la muerte del reo parecía no colmar el espectáculo en su plenitud, porque los cadáveres debían de permanecer colgados de las cruces hasta que se descompusieran o fueran devorados por las aves de rapiña, los perros u otros animales salvajes, con la salvedad, que el Imperio de Roma procuraba el exterminio absoluto del condenado para no dejar el más mínimo rastro. Esto no aconteció con Jesús, que contó con una sepultura digna y resucitó al tercer día.

En consecuencia, la crucifixión de Cristo nos muestra a un Dios trascendente y cercano, que ha querido derrotar el mal con su dolor. Un Cristo que es ‘Rey de Reyes’ y ‘Señor de Señores’; pero, a su vez, ‘Siervo’ que ha alcanzado la dimensión de la Cruz haciéndola imagen del amor imperecedero de Dios.

Cristo que en su ‘Muerte y Resurrección’ nos ha proporcionado la reconciliación entre Dios y la Humanidad, nos invita a cargar con nuestra Cruz. Aquella que nos muestra el camino, la verdad y la vida y que nos ilumina hasta fortalecernos en el combate de la fe.

Por tanto, reconociendo en la Cruz a Jesucristo jamás se convertirá en un símbolo vacío, porque será la que permanentemente nos alimente en la fe y en el estilo de vida al que estamos llamados, cultivando el morir de Jesús.

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 13/III/2020

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